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Para la última clase de costura, Emília tuvo que ponerse un vestido de luto. Había confeccionado dos después del entierro de tía Sofía -uno negro y uno gris-, ambos de una tela opaca y áspera que doña Conceição le había regalado. La joven costurera había intentado que fueran elegantes, confeccionando mangas esbeltas y bajando el talle para realizar una larga falda tubular, como los vestidos de moda que había visto en Fon Fon; pero su talento tenía un límite. La tela no tenía buena caída y, por tradición, los vestidos de luto debían ser prácticos, no elegantes. El luto oficial por tía Sofía debía durar un año. Un año de vestidos ásperos. Un año en una casa oscura, con los postigos cerrados y los espejos tapados con un trapo. Un año de piedad reglamentada, que Emília no podía soportar. Extrañaba terriblemente a tía Sofía, pero el luto no la haría regresar. Los vestidos oscuros y la casa sombría sólo servían para recordar a los otros que debían ofrecer de manera afectada sus condolencias a Emília, quien no necesitaba que le recordaran lo que había perdido. No necesitaba los consejos impertinentes de la gente, que la exhortaba a dejar de vivir sola y casarse, o de lo contrario sería una mujer perdida. Emília los ignoró: se negó a quedar atrapada en medio del campo, y decidió que no seguiría sus mezquinas reglas. Se marcharía de Taquaritinga, y con cada murmuración, con cada mirada severa, con cada gesto de reprobación se convenció aún más.
Antes de la última clase de costura, Emília se puso una enagua bordada y unas bragas nuevas debajo del vestido de luto. Se había puesto agua de jazmín en el cuello, detrás de las orejas, en el interior de los brazos y en la parte de atrás de las rodillas. Jamás había usado tanto perfume, y cada vez que la mula del coronel se estremecía y estornudaba, tenía la impresión de que el animal le estaba reprochando su extravagancia.
Emília contempló el otro lado de la cadena montañosa, incapaz de mirar hacia la mula que estaba a su lado. No tenía nada sobre el lomo, salvo cestas para mercancías. La maleta verde de Emília -tan pequeña que sólo cabían algunas prendas íntimas, un camisón, su vestido azul y el costurero- estaba metida dentro de la cesta de la mula. El viejo acompañante la había mirado extrañado cuando le entregó la maleta.
– Mi costurero nuevo -explicó Emília, y él se lo había creído. Emília sabía que la gente hablaría de la maleta, pero sólo para comentar que había vuelto a ser la misma excéntrica de siempre. Dirían que era mejor cargar una maleta que los huesos de su tío.
La noche anterior, Emília se había quedado despierta hasta tarde, escondida en su habitación sin ventanas, para que la gente no viera la luz de la vela y especulara. Hizo su maleta, lustró los zapatos regalados por doña Conceição, y se envolvió el pelo con trocitos de tela para que quedara perfectamente ondulado. Aquella mañana, temprano, había llevado sus pájaros azulões al jardín trasero y había abierto la puerta de la jaula. Cerró los ojos para no verlos partir. Luego escribió una nota para Luzia, por si regresaba. Era sencilla: se iba a Sao Paulo, pero tarde o temprano volvería. Antes de marcharse, Emília quitó el retrato de comunión del clavo y lo metió en la maleta.
Durante el entierro de Sofía, Emília había colocado a tío Tirso en la sepultura junto a su tía. Después, sola en su casa, sin tener ni siquiera a su tío para consolarla, la muchacha pensó en el profesor Celio. Había releído sus notas, había hojeado todo el manual de Singer para estudiantes, se había arrodillado frente al altar de san Antonio y había imaginado que comenzaba una nueva vida. Una vida tranquila, apenas interrumpida por el traqueteo de una máquina de coser, los gritos y las risas de los niños y el silbido de una cafetera o los cacareos lejanos de las gallinas. El profesor Celio no la había visitado ni le había escrito, pero los caballeros era gente considerada, se dijo Emília, para convencerse. Tal vez se había enterado de sus desgracias y no quería importunarla. Emília se imaginó su máquina de coser desocupada durante la clase. Se imaginó al profesor Celio echándola de menos tanto como ella a él. Y si no la había echado de menos, Emília le haría comprender, al verla, que sí la había añorado, aunque no lo hubiera advertido.
En Taquaritinga la gente imaginaría lo peor cuando se marchase. Dirían que Emília se había transformado en el tipo de mujer contra el que tía Sofía siempre les advertía: una mujer de vida fácil. La mayoría de las antiguas compañeras de la escuela de Emília trabajaban en puestos decentes en el pueblo. Eran criadas en casa del coronel o se casaban con granjeros y ayudaban a labrar las tierras de su esposo. Pero había otras jóvenes, que nunca habían ido a la escuela, que usaban demasiado colorete y lápiz de labios y frecuentaban a los borrachos en los barracones de madera. Algunas veces, por la mañana temprano, cuando se dirigía a su clase de costura, Emília se topaba con estas muchachas cuando regresaban dando tumbos a sus casas, sin zapatos y con el pelo enmarañado. Emília jamás se convertiría en una de esas mujeres. Se estaba fugando, sí, pero se casaría. Se volvería una esposa respetable, una «dueña de casa». La gente le diría: «Doña Emília», y ella haría un gesto con la cabeza y extendería la mano.
Emília cerró los ojos. Pasó los dedos por la tosca crin de la mula. El viaje a Vertentes parecía no acabar nunca. Tenía el estómago revuelto. Las viejas advertencias de Luzia resonaban en su cabeza: ¿De verdad creía que Celio se casaría con ella, con una campesina? ¿Creía que sus intenciones eran honestas? Emília sacudió la cabeza para ahuyentar la voz de Luzia. Sabía que ella apreciaba al instructor de costura más de lo que él la apreciaba a ella. Presentía que tal vez lo sorprendería con su requerimiento. Pero también sabía que el profesor Celio era un caballero. Le había escrito cartas; la había elogiado. Un caballero no establecía una correspondencia con una joven a no ser que tuviera intenciones serias. Emília lo había leído en Fon Fon y lo había memorizado. Se había convencido de que era cierto, a pesar de sus propias dudas y de las advertencias de su hermana. Luzia se había marchado y no sabía lo que significaba perder a tía Sofía. Luzia no sabía lo avergonzada que se sentía Emília de tener que vivir de la caridad del coronel y doña Conceição. De un día para otro, llamaron a Emília para que les cosiera cortinas, sábanas y manteles nuevos. Doña Conceição ya no insistía en ahorrar en tela. No se colocaba al lado de la máquina de Emília para observar sus progresos. Y cuando la chica entregaba las prendas terminadas, doña Conceição sencillamente las ponía a un lado o las metía en un armario sin siquiera revisar la calidad de las puntadas, como había hecho siempre en el pasado. Luzia no tenía por qué agobiar a Emília con advertencias sin fundamento. Luzia no sabía lo sola que se sentía.
Emília apartó esos pensamientos enseguida. Observó a la mula, que marchaba despreocupada a su lado. No sabía qué era peor, si resignarse a la muerte de Luzia o continuar creyendo que estaba viva. Si su hermana estaba viva, probablemente había sufrido más de lo que Emília podía imaginar. Aun así, la muchacha no pudo evitar desear que Luzia estuviera viva. Echaba de menos la fortaleza de su hermana, su sentido común. Emília tenía tantas dudas y preguntas… Sabía lo que hacía falta para ser una doña de verdad. O al menos tenía una idea. Las novelas por entregas de Fon Fon hablaban de abrazos apasionados. Emília podía imaginarlos. Podía imaginar al profesor Celio, sus suaves y blancas manos, su delgado cuerpo inclinado bajo su chaleco de lino, abrazándola, incluso besándola, pero no sabía exactamente lo que sucedía después. Luzia y ella habían especulado muchas veces sobre el tema antes de dormirse.
– ¿Cómo crees que es? -susurró Emília una vez junto a la oreja de su hermana para que tía Sofía no pudiera oírlas-. Debe de ser tremendamente romántico.
– Es igual que los animales -replicó Luzia-. Me lo dijo Ana María.
– ¡No! -exclamó con voz sorda Emília. Sentía aversión por la hija del tendero-. Ana María es vulgar.
Emília había visto a las gallinas cacarear y corretear cada vez que el gallo de doña Chaves inflaba su plumaje y corría tras ellas. Había visto a la hembra del cerdo y de la cabra en celo, dándose contra las paredes de su corral con la cabeza o las pezuñas, hasta que eran apareadas con un macho. Una vez, camino a la escuela, Emília y Luzia habían visto a dos caballos «en el acto sagrado», como lo llamaba tía Sofía. Dos hombres condujeron a una yegua de la brida y la colocaron en un pequeño espacio vallado, donde había un semental. Éste se meneó de un lado a otro, resoplando agitadamente por las fosas nasales. La yegua relinchó y corrió en círculos, dando coces y levantando nubes de polvo. Cuando se calmó, el semental se precipitó sobre la yegua. Sus patas traseras parecían demasiado delgadas para sostener su gran peso. Su vientre era abultado; las patas delanteras se enroscaron bajo su cuerpo; sus partes privadas, de color oscuro, colgaron cerca del suelo. Cayó sobre la espalda de la yegua. Esta pareció hundirse bajo su peso, pero lo soportó. Emília se negó a creer que lo mismo sucedía entre hombres y mujeres. Tal vez los brutos de Taquaritinga fueran como animales en corrales, pero los hombres educados eran diferentes.
La mula relinchó a su lado. El viejo acompañante le golpeó los cuartos traseros con un palo. Emília cerró los ojos. Se imaginó que con el profesor Celio sólo sentiría suavidad, una gran suavidad que la consumiría hasta quedar sumida en un profundo sueño a su lado. Sí, pensó Emília, así sería.