38619.fb2 La costurera - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 25

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Emília tembló detrás de la máquina de coser. Su pie se quedó atrapado en el pedal. Se había quitado el pañuelo de la cabeza antes de clase y lo había metido en la maleta y, dejando a la vista su corta melena. Pero el calor del cuarto de costura y su propio sudor estropearon los rizos que con tanto esmero se había hecho, aplastándolos y alisándolos. La máquina número 17 -el puesto de Luzia- estaba vacía, delante de ella. Su última lección consistía en el bordado.

El profesor Celio fue amable y solícito, y le aseguró que recuperaría las clases perdidas. El resto de las mujeres de la clase pasaban sus manteles una y otra vez bajo la gruesa aguja de la máquina, hasta que las puntadas se transformaban en gruesos diseños de flores y vides retorcidas. Emília no podía concentrarse. Sus flores no parecían flores, sino horribles manchas rojas. Se sintió aliviada y asustada cuando el reloj que estaba encima del escritorio del profesor Celio finalmente dio la hora y terminó la clase.

Las matronas de mayor edad se congregaron alrededor del instructor y le soltaron sus últimas preguntas desesperadas. Tiraban de las mangas de su traje, intentando llamar su atención.

– Profesor, ¿qué hago si se me rompe la aguja?

– Profesor, ¿qué pasa si el pedal de mi máquina se queda pegado?

– Profesor, ¿por qué siempre me salen torcidas las puntadas?

Emília se tomó tiempo para ordenar su espacio de trabajo. Dobló y volvió a doblar la tela de la práctica. Enrolló cuidadosamente todos sus hilos alrededor de los husos de madera. Cerró la tapa de la maleta. La joven madre de la máquina 12 se demoró cerca de la silla de Emília. Miró atentamente el vestido oscuro de Emília y preguntó:

– ¿Dónde está tu hermana, querida?

Emília tiró del hilo que estaba en la base de su máquina.

– Lamento que la otra señorita Dos Santos esté enferma -terció el profesor Celio, apostándose al lado de la máquina de Emília-. Espero que le enseñes lo que hemos aprendido hoy.

Emília asintió. Se sintió henchida de amor por él. A su alrededor, las mujeres comenzaron a enumerar recomendaciones para la ficticia enfermedad de Luzia -aceite para el dolor de cabeza, té para el dolor-. Emília asintió, distraída. Observó al profesor Celio mientras se pasaba un peine de metal por el pelo. Rápida y elegantemente, le quitó el polvo a las máquinas y colocó las sillas en su sitio. Cuando se hubo marchado la última de las mujeres, Emília se quedó rezagada.

– La clase de hoy ha sido muy buena -dijo-. Lamento haberme perdido las otras. -El sudor corría por su cuerpo. Emília bajó el tono de voz-: ¿Sabe por qué he faltado a clase?

El profesor Celio levantó sus pálidas manos, indicándole con ello que no siguiera.

– Tu acompañante vino a contármelo -dijo-. Es información de carácter sumamente confidencial.

– Sí -suspiró Emília, aliviada.

«Es información de carácter sumamente confidencial», se repitió a sí misma. Qué hermoso. Echó un vistazo por la ventana de la clase; su viejo carabina se había retrasado. El tiempo era oro. Las manos se resbalaban alrededor del asa de su maleta. Había preparado bien lo que iba a decir, y las palabras exactas habían ocupado su mente durante los días previos a la clase, mientras pulía cada frase y practicaba cada pausa, ensayando sus súplicas para que tuvieran un tono más respetable que desesperado. Carraspeó.

– ¿Cuándo debes encontrarte con tu acompañante? -preguntó el profesor Celio.

– No vendrá.

– Ah, ¿no? -El profesor Celio hizo una pausa, pensando en aquella maleta-. ¿Te quedarás aquí, en Vertentes? ¿Tienes familia en esta zona?

– No tengo familia.

– Disculpa -dijo el profesor Celio con gravedad. Sacudió la cabeza, y luego tomó la mano de Emília en la suya. Sus dedos eran tan delicados y fríos como los de un niño. Presionó los labios sobre su mano. Emília sintió que la garganta se le quedaba muy seca y tragó saliva para no toser y arruinar el momento. El profesor Celio levantó la vista mientras mantenía la mano cerca de su boca.

– Disculpa mi osadía -dijo-. Me marcharé a Sao Paulo dentro de un par de días. Vendrá un nuevo representante de Singer. Quería pasar más tiempo contigo. Tal vez… -su cara enrojeció, y luego prosiguió-: Tal vez sin tu acompañante.

– Celio… -comenzó Emília, y las palabras aparecieron estampadas en su memoria como las marcas azules del patrón de costura que indicaban qué conservar y qué desechar-. Como bien sabes, estoy en una situación desesperada…

– Por supuesto -interrumpió Celio-. Lo comprendo. Sólo que yo…

– Lo sé… -siguió Emília, y el patrón se le apareció con claridad en la mente-. Estoy apresurando nuestro noviazgo.

– ¿Noviazgo?

– Sí. -Suspiró, irritada por sus interrupciones. Celio soltó su mano. Emília la recuperó y se aferró a ella. No había sido tan difícil concentrarse cuando estaba sola en su casa, pronunciando este discurso mientras lavaba las ollas o intentaba distinguir las vigas oscuras antes de dormir-. Sé que estoy apresurando nuestro noviazgo. No querría jamás ser una carga para ti. Pero sé que somos compatibles…

– ¿Noviazgo?

Emília apretó su mano aún más fuerte, exasperada porque insistiera con un tema tan menor. Nerviosa, siguió adelante:

– Soy una costurera excelente. Te puedo ayudar con cualquier gasto. Estoy dispuesta a comprar mi propio billete de tren. -Emília respiró hondo. Se trataba de una mentira, no tenía dinero suficiente para el billete del tren, pero esperaba que Celio insistiera en pagarlo. Si no podía hacerlo, lo sacaría de cualquier parte. Celio retiró bruscamente la mano.

– No estoy seguro de entender lo que se propone, señorita Dos Santos. -De pronto, ya no la tuteaba.

– Te estoy pidiendo que resuelvas las cosas deprisa. Que me lleves contigo a Sao Paulo.

– Estoy muy confundido, señorita Dos Santos. Viajaré solo a Sao Paulo.

– ¡Oh! -dijo Emília. Muchas veces había temido que sucediera algo así, pero había preferido no pensar en ello-. ¿Significa que deseas alargar nuestro noviazgo?

– ¡No tenemos ningún noviazgo! -estalló el profesor Celio.

– Pero tus cartas, nuestras cartas…

– Se trataba de notas. Las notas no son cartas, señorita Dos Santos.

Emília sintió vértigo. Se concentró en una hebra de hilo suelta sobre la solapa gris de Celio. Había esperado que la llamara por su nombre, no señorita Dos Santos, que sonaba remilgado y anticuado, como si fuera una solterona. Intentó concentrarse una vez más en lo que debía decir, pero las palabras se volvieron confusas e inútiles en su cabeza.

– Estoy desesperada -susurró Emília-. Soy una costurera excelente… -Igualmente respiró hondo y lo miró; sus ojos estaban dilatados y llenos de temor. Emília siguió-: Si me das esta oportunidad, jamás te faltarán cuidados ni afecto. Sé cómo manejar una casa. Sé cómo planchar una camisa. Siempre estaré presentable. -Le cogió la mano-. Por favor.

El profesor Celio se desplomó sobre la silla de la máquina número 15. Apretó los labios y exhaló un largo y lento suspiro.

– Señorita Dos Santos, lo siento. Creía que se trataba de un inocente coqueteo. -Sacudió la cabeza-. Debí ser más prudente, haberme dado cuenta.

– ¿Darse cuenta de qué? -Emília usaba ahora un tono exigente.

– No es su culpa, señorita Dos Santos. Es culpa mía. No tuve en cuenta el lugar donde me hallaba -hizo un gesto en el aire con las manos-. Usted parecía tan divertida, tan moderna… -Volvió a sacudir la cabeza. Su pie golpeó nerviosamente la pata de hierro de la máquina-. He estado demasiado tiempo fuera de Sao Paulo.

Emília tosió. Se cubrió el rostro con las manos.

– Por favor, señorita Dos Santos, no se sienta culpable. Se entiende perfectamente que haya establecido un vínculo afectivo conmigo.

Emília se atragantó mientras se tapaba el rostro. Deseó ser capaz de mantenerse serena, como su hermana. Deseó poder tragarse las lágrimas, sepultarlas en algún lugar profundo en su interior, como hacía Luzia.

– Será mejor que se vaya -dijo Celio. La agarró del codo con la mano fría y húmeda y la condujo hacia las puertas de vidrio de la clase-. Señorita Dos Santos, le ruego que sepa disculparme -dijo, entregándole la maleta verde-. Es usted una joven muy atractiva y tiene una letra muy bonita; pero ha sido irresponsable por mi parte comenzar a coquetear con usted. Había sobreestimado su grado de sofisticación. Siento mucho el daño que puedo haberle ocasionado.

Antes de que pudiera hablar, la sacó por la puerta a la calle inundada de sol. Los vendedores ambulantes que arrastraban carretillas llenas de verduras de invierno pasaron a su lado. Los burros del coronel esperaban al otro lado de la calle, solos, con las bridas atadas a un árbol raquítico; el viejo acompañante habría ido a buscar alguna mercancía olvidada. La maleta verde resultaba pequeña y patética a sus pies. Emília oyó que se echaba la cerradura de la puerta detrás de ella.