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Al principio, ella era un objeto más de los que acumulaban en sus redadas. Era como aquel acordeón rojo que tanto admiraban; como los anillos de oro que arrancaban de los dedos a los coroneles poco amistosos; como los crucifijos o los relojes de bolsillo de madreperla que saqueaban en los joyeros. El Halcón llevaba un estuche dorado para las cosas de afeitar, una petaca de plata y unos prismáticos de bronce, metidos en otro estuche, éste forrado de terciopelo. Sus hombres y él grababan sus iniciales sobre cada uno de los objetos que adquirían, los adornaban con remaches de metal y correas de cuero, y los llevaban consigo por las zonas más impenetrables del monte arrasado por la sequía. Cuando finalmente entraban en un pueblo, curas y niños, granjeros y coroneles, por igual, se quedaban estupefactos ante la asombrosa fortuna de los cangaceiros, y los tesoros cobraban un valor sólo comparable a la siniestra grandeza de su origen. Durante las primeras largas semanas de permanencia en el grupo, Luzia se sintió como una de aquellas posesiones. Era un tesoro inútil, una carga extra adquirida en un momento de debilidad y fascinación. Y como aquellos prismáticos, aquellas pitilleras, aquellos incontables crucifijos de oro que se manchaban con el propio sudor de los cangaceiros, se corroían por las lluvias del invierno y eran golpeados y atravesados por las balas durante las redadas, Luzia temió que también ella sería irrevocablemente transformada.
Cuando le dirigió la palabra fuera de la casa de tía Sofía, no le gritó. No la amenazó. No le hizo promesas ni le dio garantías.
Sencillamente, le entregó el uniforme de reserva que ella misma le había cosido a Baiano y le dijo:
– Nunca he visto a una mujer como tú. -Pero no hubo ni compasión ni deslumbramiento en su mirada. Ni siquiera echó un vistazo a su brazo tullido-. Ven o quédate. Veamos qué prefieres.
Era un desafío, no una pregunta. «Veamos». Luzia tomó el uniforme y se dirigió hacia la casa, hacia el armario de los santos. Les pediría que la guiaran, que la orientaran. Pero lo que terminó por decidirla fue el suelo, no los santos. Fueron los profundos surcos que sus rodillas habían dejado, tras años de oración y deliberación. Luzia pasó los dedos sobre las cavidades, como trazando el mapa de su vida. Se volverían más y más profundas con sus oraciones diarias. Habría sequía y lluvias. Llegarían bodas y funerales. Cada mes de julio, Luzia recogería del suelo las vainas de las alubias y las amontonaría en el salón. Cada mes de agosto las sacaría fuera para que se secaran. En enero era el turno de las castañas de cajú; en abril, el de las frutas. Con el tiempo, Emília se marcharía. Tía Sofía pasaría a mejor vida, con una vela entre sus rígidos dedos para iluminar su camino al cielo. Y Luzia se quedaría atrás, arrodillada ante el armario de los santos, rezando por el alma de su tía y por la felicidad de su hermana. Esperando. ¿Esperando qué? No lo sabía. No sería la muerte, pues ya le habría llegado, lenta y sigilosa, llevándosela poco a poco, cada día de su solitaria existencia. Esperaría algún tipo de salvación; una pequeña gracia que el suelo hundido y aquellos santos veleidosos jamás podrían darle, porque no importaba cuánto rezara o cuántas velas encendiera, siempre sería Gramola, la estropeada e intratable Gramola, y jamás sería otra cosa.
Luzia retiró la mano del gastado suelo y acunó su codo rígido. Sintió algo amargo que brotaba en su interior. Deslizó otra vez la mano sobre el suelo y tocó el traje de lona de cangaceiro. Con lentitud, se puso los pantalones. Le resultaba extraño tener las piernas separadas de aquella manera. Caminó de un lado a otro por la oscura cocina. Con los pantalones podía dar pasos más largos. No tenía que preocuparse por una falda díscola, por el aire, por estar en alto o agacharse de forma poco pudorosa. Se sentía bien con los pantalones, protegida y al mismo tiempo libre. ¿Se sentirían así los hombres?
Estuvo a punto de hablarle a Emília sobre esta sensación de libertad. Su hermana había querido confeccionar pantalones para ella misma desde que los había visto en las revistas, pero aquella noche los ojos de Emília estaban vidriosos y distraídos, y sus movimientos eran nerviosos. Le habían ordenado que hiciera la maleta de Luzia.
¡Que le hiciera la maleta! ¡Él ni siquiera había esperado su decisión! Luzia sintió un arrebato de furia, y luego la invadió el temor. Pero era demasiado tarde. Estaba vestida, sus cosas empaquetadas, y el alto mulato la condujo afuera, llevándola del brazo. Como solía decir tía Sofía, ya no había vuelta atrás: la tela estaba cortada.