38619.fb2 La costurera - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 36

La costurera - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 36

8

El pueblo de Fidalga estaba a medio día de marcha a pie desde la granja de Seu Chico, y pertenecía al coronel Floriano Machado. Había puesto ese nombre al pueblo en honor a su difunta madre, una portuguesa, y en la plaza central había colocado un busto de piedra de la mujer, con la mandíbula inferior hundida en un gesto de severidad y la mirada dirigida al este, como si contemplara su país. Luzia examinaba el busto cada vez que Ponta Fina y ella iban a Fidalga.

Antes de realizar sus viajes, Ponta se ató el pelo hacia atrás y se quitó todas las fundas de cuchillo, excepto una. Se vistió con pantalones y una camisa de arpillera que pertenecía a uno de los hijos de Seu Chico. Luzia se puso un vestido. Era holgado y corto. Seu Chico había conservado todos los vestidos de su esposa fallecida, pero la mujer era menuda y de estatura baja en comparación con Luzia, que tuvo que coser otra franja de tela alrededor del vuelo del vestido para que le cubriera las pantorrillas. Cuando lo usó por primera vez, Luzia echó de menos sus pantalones. Se sentía demasiado vulnerable con falda.

– Tú serás nuestros ojos -le dijo el Halcón antes del primer viaje al pueblo con Ponta.

Ponta Fina aún no tenía la típica melena hasta los hombros de los cangaceiros, detalle que delataba su identidad, pero sí tenía ya el pelo largo y la espalda encorvada. La gente del pueblo desconfiaría, desde luego, de un muchacho extraño de pelo largo, pero no desconfiaría de una mujer. Ni de un hermano y una hermana. Visitaron Fidalga tres veces, haciéndose pasar por viajeros huérfanos en busca de provisiones. Ponta siempre la llevaba del brazo, sujetándola con fuerza. La primera vez que recorrió los estrechos caminos de tierra de Fidalga, Luzia tuvo la sensación de que todo el pueblo la miraba. Observaban su brazo rígido, su vestido amplio, sus pies cubiertos de callos. En la segunda visita, Ponta y ella compraron carne seca y melaza. En la tercera ocasión ya eran conocidos; sus humildes miradas y el pago inmediato aflojaron las lenguas de los comerciantes.

La hacienda del coronel Machado se extendía hasta el horizonte, desde cualquiera de los lados del pueblo que se mirase. Ni siquiera a caballo podía un hombre cruzar todo su territorio en un solo día. Las primeras casas de Fidalga habían sido construidas por campesinos arrendatarios. Más adelante, el coronel erigió una pequeña capilla y permitió que instalaran tiendas, bares y un salón de baile, y permitió que hubiera una feria los sábados. Como en el caso de otros coroneles, el contrato de Machado era sencillo: la gente no pagaba ni un solo tostao por vivir en su tierra, pero a cambio le debían obediencia, y un porcentaje considerable del fruto de sus cosechas o de sus ventas, cualesquiera que fuesen éstas. Si no le gustaba el color de una casa, el coronel Machado ordenaba que la pintaran de nuevo. Si no le gustaba el aspecto de alguien, le pedía que se marchara. Y si se negaba o rompía el contrato de alguna manera, ya no era un asunto para resolver con el coronel, sino con su gente armada, los capangas.

Después de cada visita, Luzia y Ponta tomaban un camino intrincado para volver a la granja de Seu Chico. Cuando llegaban, se sentaban con el Halcón y describían Fidalga: la situación de su tienda principal, su prisión improvisada y la mansión del coronel, de color azul pálido, en las afueras del pueblo. Como la casa del coronel, sus capangas eran fáciles de identificar. Durante su segunda visita, Luzia vio a un grupo de hombres sentados sobre bancos de madera, junto a la tienda más grande del pueblo. Llevaban sombreros redondos de vaqueiro con el ala corta y el cuero arqueado por efecto del sudor y la lluvia. Eran seis.

– Grandullona como un caballo -dijo señalando a Luzia el mayor de los capangas, un hombre de pecho amplio que tenía más de 40 años.

– ¡E igual de hermosa! -dijo otro, riéndose por lo bajo. No debía de ser mayor que Ponta Fina.

Durante su visita también se enteraron de que el coronel Machado se había marchado a Pará para comprar ganado y estaría ausente durante dos meses.

– Me tiene sin cuidado -dijo el Halcón-. No necesito su permiso.

Después de eso, el Halcón dio por finalizados los viajes de reconocimiento. Cogió varios rollos de billetes de mil reales de su mochila -los suficientes para comprar una docena de máquinas de coser a pedal- y se marchó con cuatro de sus hombres. Se dirigieron al río San Francisco, a visitar a otro amigo ranchero de quien decía que era «un hombre de carácter».

Baiano se hizo cargo del grupo. Los restantes hombres acamparon en el matorral, al lado de la casa de Seu Chico, manteniéndose fuera de la vista. Racionaron el café y la melaza. Una vez por semana, Seu Chico sacrificaba una cabra y todos los sábados él y su hijo Tomás hacían un viaje a Fidalga para comprar harina de mandioca y carne seca. Sólo podían adquirir pequeñas cantidades, para no despertar sospechas. Luzia y Lía hacían queso con la leche de cabra y extraían raíz de macaxeira de la tierra, pero no era suficiente para alimentar a todos los hombres. Luzia sentía un dolor sordo y constante en el estómago. Los cangaceiros no se quejaban. Estaban acostumbrados a vivir con poca comida, pero la falta de actividad los volvió inquietos. Todas las noches Luzia oía sus discusiones cuando jugaban al dominó.

Dormía dentro de la casa, sobre el suelo, al lado de Lía. A menudo pensaba en Emília y en su cama compartida, pero Lía era muy diferente de su hermana. Se parecía más a una de las cabras de Sen Chico: cuello delgado y una larga cara oval con ojos saltones. Como las cabras, Lía tenía el temperamento dulce y tímido; saltaba ante el más mínimo ruido, y se escondía en la despensa cuando Ponta Fina o Baiano se acercaban a la casa. A pesar de su apariencia delicada, las cabras de Seu Chico eran criaturas fuertes e ingeniosas. Estaban empeñadas en sobrevivir en un terreno hostil, para lo cual consumían las plantas más duras, pelando la corteza de los árboles con los dientes y descubriendo el centro pulposo y suave de los troncos. Luzia advirtió la misma determinación en Lía. Cada mañana, la muchacha cogía cactus de palma con sus manos desnudas, lo cortaba en trozos y lo echaba en el comedero de las cabras. Agarraba a los cabritos recién nacidos por las patas traseras y lanzaba un chorro de mercromina en los ombligos sangrientos. Lo hacía tan eficiente e implacablemente que los cabritos no tenían tiempo para asustarse o zafarse.

Algunas noches, Lía lloraba en sueños. La primera vez que sucedió, Luzia intentó consolarla. La muchacha la ahuyentó a manotazos febriles y luego se hizo un ovillo, temblando en el aire frío de la madrugada. Luzia había oído los chismes de la gente de Fidalga sobre Lía. Era una pena, decían, que hubiera sido deshonrada. Lía habría sido una buena esposa. Pero después de la visita de los capangas, jamás podría casarse. Tendría que cuidar de su padre, y cuando muriera Seu Chico, estaría a merced del coronel Machado.

Luzia podría haber escapado un sinfín de veces. Podría haberse levantado de la cama improvisada y salir andando por la puerta sin que lo advirtieran los hombres. Los cangaceiros estaban apáticos, y por respeto a Seu Chico y Lía casi nunca se acercaban a la casa. Pero cada vez que Luzia pensaba en marcharse, sentía que los ojos grandes y asustados de Lía se posaban sobre ella, reteniéndola. Poco hablaban, pero todas las tardes se sentaban a la sombra y pelaban frijoles. Todas las noches cosían juntas, y Lía se asomaba por encima del hombro de Luzia para copiar sus puntadas.

Había algo más que la retenía, algo que Luzia no quería reconocer hasta que se sorprendió esperando oír las fuertes palmadas en la entrada de la granja, o un silbido, o la voz grave del Halcón anunciando su regreso. Una vez, había oído a los hombres ululando fuera y se tropezó con el cuenco de leche al correr a la ventana. Era sólo una celebración por la afortunada caza de tres ratas. Luzia limpió en silencio la leche de cabra que se había caído y se maldijo por semejante insensatez. Aun así, todas las tardes se apoyaba sobre los corrales de las cabras con Ponta Fina y hacía preguntas al muchacho. Quería saber con quién andaba el capitán cangaceiro.

– Te sorprendería saber quiénes son nuestros amigos. -Ponta sonreía. Respondía a sus preguntas con evasivas, lo cual irritaba a Luzia.

– Se llevó dinero -dijo Luzia-. ¿Qué tiene pensado comprar?

– El hecho de que lo haya llevado no significa que vaya a gastarlo. Nuestra protección vale más que el dinero.

– ¿Protección?

– El capitán es un hombre de palabra -suspiró Ponta, irritado por su ignorancia-. Nadie quiere terminar sucumbiendo bajo su navaja.

Hablaba lentamente, como para que le fuera más fácil entender. Había hacendados, coroneles, hasta sargentos de la policía que comerciaban con el Halcón, enterrando municiones o comida u otras dádivas en lugares preestablecidos, donde los cangaceiros podían desenterrarlos más tarde. A cambio, el Halcón les pagaba con dinero o con la promesa de protegerlos de los coroneles rivales y de sus capangas. En el caso de la policía, algunos sargentos les habían pagado para fingir una refriega. Sus hazañas aparecían en los periódicos, se llevaban la gloria, pero realmente nadie resultaba herido.

– Tenemos tesoros ocultos en todo el estado -dijo Ponta. Su voz se volvió seria. Era un muchacho inquietante, pensó Luzia al ver su barba de varios días.

En su aprisco, las cabras balaban y se preparaban para pasar la noche. Dos machos cabríos se alzaron sobre los cuartos traseros y se embistieron. Sus cuernos chocaron.

– ¿Cuándo volverá? -preguntó Luzia.

– ¿Por qué quieres saberlo? -Ponta sonrió-. ¿Lo echas de menos?

– No deberías hablarle de ese modo a una muchacha. Es una falta de respeto. ¿Acaso nadie te lo ha enseñado?

– No -dijo Ponta con voz queda. Se miró los pies.

– ¿Y tu padre? -preguntó Luzia, suavizando la voz-. ¿Tan poco él te lo enseñó?

– Está muerto -murmuró Ponta-. Lo mataron. -El chico dio una patada a la madera del corral de cabras-. Otro carnicero, un hijo de mala madre, le dijo a todo el mundo que mi padre pesaba mal la carne, que había trucado la balanza. Pero no lo había hecho. Yo estaba allí. No puedes dejar que un hombre diga esas cosas. Mi padre hizo lo que debía hacer para proteger su nombre. Sólo que no ganó. -Ponta miró a Luzia, y luego dio otra patada, más fuerte-. ¿Alguna vez has visto a alguien morir apuñalado?

Luzia asintió. Jamás había presenciado el acto en sí, pero había visto los resultados. Una vez, camino de la escuela con Emília, un muchacho se había acercado corriendo a ellas.

– Seu Zé, el carpintero, se está muriendo -gritó-. ¡Venid a verlo! -Cuando dieron la vuelta a la esquina, vieron el cuerpo de Seu Zé, cubierto con una sábana, desplomado en el suelo.

– No sientas lástima por mí -dijo Ponta Fina-. Después de que matara a mi padre, yo lo maté a él. Le robé sus cuchillos y me marché. El capitán no me aceptó al principio. Decía que yo era demasiado joven. Me dijo: «Este es un callejón sin salida. Una vez que estás dentro, no puedes volver atrás». Pero yo no quería volver. Le mostré los cuchillos. Le dije lo que había hecho. Me dejó entrar. Dijo que un hombre que no se venga no es un hombre decente. Me gustó eso. Me llamó hombre, de entrada.

– Así que todos tus cuchillos pertenecían a…

– El cabrón que mató a mi padre -interrumpió Ponta-. Y. esto… -desabrochó su chaqueta y le mostró un crucifijo de madera sobre una cuerda de cuero-…, esto era de mi padre.

Detrás del cerco, los cuernos de los machos cabríos se embistieron de nuevo, y ahora se trabaron. Los dos animales tiraron hacia atrás, desesperados, intentando soltarse. Ponta entró en el corral a toda prisa.

– ¡Tenemos que separar a estas dos bestias! -gritó.

Pero Luzia no necesitaba que la azuzasen, ya estaba en el corral. Sabía que las cabras, como los hombres, son criaturas tercas. Sin ayuda, quedarían apresados y se morirían de hambre. O tirarían hasta arrancarse los cuernos de las cabezas y morir desangrados. De cualquiera de las dos maneras, Luzia sabía que no habría un ganador.