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Cuando salieron del tren, el sol brillaba con fuerza. Deslumbrada, se le humedecieron los ojos. El sudor perló su labio superior. El pelo se le rizaba; cuanto más cerca estaban de la costa, más ensortijado se volvía, hasta que al llegar a la estación central de Recife se transformó en una maraña hirsuta que asomaba por debajo del sombrero de ala pequeña que Degas le había regalado. Allí en la estación, en la cúpula abovedada había cuatro halcones de bronce con las alas desplegadas que relucían bajo la luz del sol de la tarde. Emília sintió un tirón en la falda de su vestido de viaje recién estrenado. Miró hacia abajo y vio a un golfillo. Uno de sus ojos supuraba pus.
– ¡Tía! -gritó el niño-. ¿Tiene una moneda?
– ¡Largo! -ordenó Degas. El pequeño mendigo salió corriendo.
Degas agarró con fuerza el brazo de Emília y la guió hacia delante. Era algo frecuente, lo de agarrarle la mano con demasiada fuerza, sujetarle enérgicamente la muñeca. En Caruaru, antes de tomar asiento, Degas había intentado quitarle la chaqueta de viaje sin tener en cuenta los broches, que se engancharon con la blusa y estuvieron a punto de desgarrarla. Emília creía que se trataba de simple torpeza, de una impaciencia infantil que ella podría remediar con el tiempo. Abrazó con fuerza su maletín de viaje y dejó que Degas la condujera al carruaje.
Había coleccionado muchas fotografías de Recife: imágenes de jardines bellamente ornamentados; puentes de hierro forjado; calles empedradas con raíles para el tranvía que se extendían, largos y sinuosos, como cintas de metal sobre el suelo. Emília no había pensado en lo que podía haber en los márgenes de esas fotografías, más allá de las fronteras de sus marcos. Las alcantarillas estaban repletas de vegetales podridos y trozos de vidrio verde. Mujeres descalzas balanceaban sobre la cabeza canastas con frutas de color rojo. Los tranvías chirriaban sobre los raíles de metal. Oyó los gritos de los vendedores ambulantes, los aullidos de los perros callejeros, los chillidos salvajes de los pájaros. Las aguas marrones del río Capibaribe corrían, caudalosas, a su lado. Emília jamás había visto tanta agua. Casitas de madera se tambaleaban precariamente sobre sus orillas, y temió que se derrumbaran de un momento a otro. La humedad de las lluvias de invierno aún impregnaba el aire. El sol se abatía sobre montones de excremento de caballo diseminados por las calles. Emília se enjugó la frente. Cuando cerró los ojos, sintió como si estuviera dentro de una enorme y fétida boca. Rápidamente, los volvió a abrir.
Meses después, cuando con su suegra, doña Dulce, dieron sus primeros paseos alrededor de la plaza del Derby, Emília encontró finalmente los jardines y las mujeres elegantemente ataviadas de las fotografías. Doña Dulce le señalaba a cada mujer, susurrándole el nombre de casada, el nombre de soltera y si pertenecía a una de las viejas o de las nuevas familias. Algunas veces se cruzaban con esas mujeres, y debían pararse a conversar. Emília no dominaba aún el arte de la conversación. No podía recordar todas las palabras que doña Dulce le había prohibido usar. No tenía permitido hablar acerca de su familia. No tenía permitido hacer ninguna referencia a la costura. No podía gesticular como una persona del interior, ni tocarse el cabello ni tirar de las puntas de sus guantes. Emília se sentía a salvo guardando silencio. Daba la impresión de ser agradable, encantadora, discreta. Por cortesía, las mujeres se dirigían a ella e inevitablemente le pedían que contara sus primeras impresiones de Recife. Emília no podía decirles que se sentía defraudada. No podía describir su pánico, sus náuseas. «La buena educación -solía decirle doña Dulce durante sus interminables lecciones de etiqueta- exige que jamás manifiestes un sentimiento desagradable». Por ello, cuando la mujer formuló la pregunta, Emília omitió por completo su llegada y comenzó el relato por la casa de los Coelho.
Había llorado de alegría al verla. La casa de dos pisos estaba pintada de blanco, y tenía remates curvos de cerámica en la fachada y alrededor de las ventanas. Los postigos y las entradas rematadas en arcos eran de color crema, y cada tejado estaba coronado por una pina de cerámica, cuya superficie brillaba, vidriosa, bajo el sol de la tarde.
– ¡Parece una tarta de boda! -exclamó Emília.
Degas se rió. La dejó con la criada, que condujo a Emília a través de los amplios pasillos de baldosas. La sirvienta -una muchacha que tenía la edad de Emília, o tal vez menos- caminaba presurosa. Emília no pudo echar un vistazo al interior de las numerosas habitaciones de la casa, ni acariciar la barandilla de bronce de la escalera principal. La muchacha la condujo a través del patio central. Había una fuente bordeada de helechos, dentro de la cual un diminuto caballo con cola de pescado echaba agua por la boca. Emília habría querido tocar sus verdes escamas.
Al otro lado del patio, la criada abrió unas puertas con paneles de vidrio. Le hizo un gesto a Emília para que entrara.
– Su sombrero -dijo la criada, extendiendo la mano. Tenía la mandíbula cuadrada y era delgada. Llevaba una cofia blanca almidonada, con una cinta de encaje que se ajustaba sobre la frente, dándole un aspecto elegante, casi majestuoso. Se parecía a una actriz que Emília había visto una vez en Fon Fon.
– No -dijo Emília, aferrándose a su sombrero. No podía quitárselo y mostrar su horrible pelo ensortijado.
La criada se encogió de hombros e intentó cogerle el maletín. Emília se echó hacia atrás.
– No es necesario.
– Entonces, espere aquí -dijo la muchacha-. Enseguida viene doña Dulce.
Después de que la criada se marchara, Emília inspeccionó la sala. Empotrados en las cuatro esquinas más altas había cuatro querubines de yeso, con las mejillas infladas y redondas, y los brazos regordetes extendidos. En los nichos de las paredes, docenas de madonas de madera fijaban sus tristes miradas sobre los sofás con respaldos de mimbre y las sillas de caoba de la habitación. Un ventilador portátil ronroneaba en el rincón más alejado. Era grande y plateado, con una rejilla metálica frente a sus paletas. Dentro de la rejilla había un bloque de hielo. Emília se paró delante del ventilador. El aire frío le despejó el rostro. Había oído hablar del hielo, pero jamás lo había visto. Era traslúcido y brillante, como una piedra preciosa.
– Detesto ese artilugio -se oyó una voz de mujer por encima del murmullo del ventilador-. Pero mi esposo insiste en usarlo.
Tenía el color del pan sin hornear. Su pelo trigueño, recogido en un rodete enorme y tirante, armonizaba con su pálida tez, y parecía una de las madonas de porcelana de la pared, con su rostro alargado e impecable. La única diferencia eran sus ojos, estrechos y de color ámbar, como bolitas de vidrio incrustadas en su rostro flácido, pero desprovistos por completo de la misericordia de la Virgen. Emília se alejó del ventilador.
– Gotea sobre el suelo -dijo la mujer, señalando un cuenco de plata debajo del hielo-. No siento ninguna afición por los ventiladores modernos. Pero los tiene todo el mundo.
Llevaba un vestido largo y oscuro, con botones de perlas. Cada vez que sacudía la cabeza, el cuello de crepé del vestido hacía un extraño ruido, como si le raspara la piel. La mujer miró largamente a Emília, como si estuviera esperando una respuesta.
– La casa de doña Conceiçáo no tenía instalación eléctrica -soltó Emília.
La mujer parecía satisfecha.
– ¿Eras su costurera?
Emília asintió.
– Pobre mujer. Su hijo es tan delgado… Creo que padece una tuberculosis. El doctor Duarte le ha advertido a Degas una docena de veces de que no los visite. También me dijeron que el coronel es una bestia. Dicen que no sabe leer ni escribir. -La mujer sonrió a Emília-: Tú sabes leer y escribir, ¿no es cierto, querida?
– Sí.
– Muy bien.
Doña Dulce se acercó a Emília dando pasos cortos y medidos. Los tacones de sus zapatos apenas rozaron las baldosas.
– Este es un Franz Post original -dijo, señalando la pintura que se hallaba detrás del ventilador-. ¿Conoces su obra?
El marco dorado del cuadro resultaba demasiado grande para la tela. Había un pueblo y una iglesia, muy parecidos a Taquaritinga. Figuras negras caminaban por un sendero, con canastas sobre sus cabezas. El sol se estaba poniendo, y las pinceladas amarillas sobre el campanario le daban un deslumbrante resplandor al conjunto. Pero en una esquina había una oscuridad absoluta: se trataba de una jungla. Un grupo de animales, un caimán, un pájaro de colores intensos, un armadillo, miraban fijamente el pueblo. Emília no supo si estaban entrando o saliendo, pero envidió a aquellos animales, ocultos tras las sombras, distanciados de la vida, y no en su epicentro.
– No te preocupes, querida -dijo doña Dulce, ahorrándole a Emília una respuesta-. No esperaba que conocieras su obra. Era holandés; bastante célebre.
– Me gusta mucho -dijo Emília. La cabeza le picaba debajo del sombrero de lana.
La joven criada regresó portando una bandeja con una humeante cafetera de plata. Tenía cuatro patas de lagartija en la parte inferior, a modo de soporte. El asa tenía escamas de plata que formaban la cola de un dragón. La parte superior de la cafetera era la cabeza, con los ojos abiertos y una boca enorme.
– Este calor es agobiante -comentó doña Dulce, y luego se volvió hacia Emília-. ¿No te gustaría quitarte el sombrero?
– No, gracias -replicó Emília-. Mi pelo está completamente espachurrado.
La criada levantó la vista del café que estaba sirviendo. La dura sonrisa de doña Dulce se congeló en sus labios, pero sus ojos se agrandaron y un leve temblor sacudió sus cejas. Cogió el brazo de Emília.
– Permíteme mostrarte el patio -dijo.
La luz del sol rebotaba sobre los azulejos de la fuente. Emília tuvo que entornar los ojos. Doña Dulce se acercó aún más a Emília, agarrándose a su brazo.
– Jamás digas esa palabra -susurró-. Es vulgar.
– ¿Vulgar?
– Es algo que dice la gente de campo -dijo doña Dulce, frunciendo el ceño-. Sabes a cuál me refiero. No la repetiré. Erradícala de tu vocabulario. Usa, en cambio, la palabra «despeinada». Y cuando hagas un cumplido, como lo has hecho con mi cuadro, debes decir: «Es precioso». A nadie le interesa lo que te guste o no. Eso también es vulgar.
Los ojos de Emília se adaptaron finalmente a la luz del patio. Había pequeños helechos que brotaban de las grietas entre las baldosas de la fuente. Las tocó con la punta de su zapato. En el perímetro del patio crecían flores, pero no eran como las dalias de tía Sofía. Las plantas de los Coelho eran gruesas, duras, impenetrables. Las aves del paraíso crecían en matas, y sus sépalos de color naranja se afinaban hasta terminar en una punta afilada. Flores rosadas y rojas, con forma de conos bicolores, crecían cerca de las puertas de vidrio. Emília pudo divisar el comedor de los Coelho, su estudio, los dormitorios de arriba, el salón comedor. Las estancias se enfrentaban unas a otras. Desde dentro, no era como una tarta de boda, en absoluto, sino como una serie de gigantescos recipientes de cristal. Todo era una sucesión de ventanales.
– ¡Arriba el mentón! -ordenó doña Dulce.
Emília se sobresaltó, y obedeció.
– Debes aprender a ser insensible a las críticas -dijo doña Dulce-. Debes ser capaz de tolerar críticas más rigurosas que las mías. Le dije a Degas que se lo pensara bien. Que tuviera en cuenta lo que su decisión significa para ti, y para todos nosotros.
– ¿Qué significa? -preguntó Emília.
Doña Dulce la miró. Examinó el rostro de Emília con la misma intensidad con la que había mirado el cuadro de Franz Post, pero la admiración había desaparecido de su mirada. Doña Dulce parecía haber encontrado un extraño insecto y estaba evaluando sus opciones, decidiendo si la criatura que tenía ante ella era una molestia inofensiva o un peligro real. Antes de hablar, doña Dulce escrutó el patio.
– Significa que ahora eres una Coelho -dijo-. No puedo saber qué intenciones tienes al venir aquí. No soy vidente. Resulta inútil c indecoroso que me ponga a imaginar lo que te preocupa. Sí sé que esto es una mejora notable con respecto a tu situación anterior. Estoy segura de que tú también lo sabías cuando te casaste con mi hijo. Lo que tal vez no sepas es la responsabilidad que acompaña a tu buena fortuna. Tendrás que estar a la altura de tu nuevo apellido. Y Degas, su padre y yo tendremos que asegurarnos de que lo hagas. Ahora es nuestra responsabilidad. Porque lo que hagas o digas de ahora en adelante nos afecta a todos. ¿Entiendes?
Emília asintió. Se quitó el sombrero y se alisó el cabello. Un oscuro objeto se escabulló rápidamente cerca de sus pies. Lanzó un grito ahogado.
– Oh, son las tortugas de mi esposo -dijo doña Dulce en voz alta, echando un vistazo a la criada que había entrado en el patio. Doña Dulce sonrió, cogió el brazo de Emília y la apartó de los animales-. No las toques, querida. Es posible que te arranquen un dedo de un mordisco.