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A primera vista, Emília creyó que la casa de los Coelho, con su amplia escalinata de piedra y su pasillo alfombrado, era la casa principal de un otrora glorioso ingenio, una gran hacienda. Había visto en los libros de historia del padre Otto incontables acuarelas de las plantaciones, con sus majestuosas mansiones rodeadas de cultivos de caña de azúcar. Durante la comida, el doctor Duarte Coelho disipó las ideas de Emília. La casa de los Coelho sólo había sido construida hacía diez años. Era una maravilla moderna envuelta en una cascara antigua. El doctor Duarte había pensado en todo. El agua provenía de un pozo del patio trasero, donde había instalado una bomba que empleaba la fuerza del viento para llevar el agua a las cañerías. En la cocina había una serie de cilindros de gas que calentaban el agua antes de que, misteriosamente, subiera al baño. Había ventiladores y lámparas eléctricas, un tocadiscos, una radio, un refrigerador. Todos eran alimentados por cables que estaban conectados a postes de madera colocados a lo largo de la calle.
– Pagué un buen dinero para que me instalaran esos postes -dijo el doctor Duarte.
Doña Dulce sonrió con sutil desdén.
– Son míos -prosiguió el hombre, apretando un grueso dedo contra el mantel-. Yo compré la madera, contraté a los hombres. Me reuní con la empresa de Tranvías y les di un incentivo para que extendieran la red eléctrica hasta aquí. Antes de que nos diéramos cuenta, otras familias se estaban mudando a Madalena. Familias como Dios manda; nada de chusma.
Era un hombre rechoncho y bajo, con bolsas bajo los ojos y varios pliegues de papada debajo de su cuadrado mentón. A Emília le recordaba a un toro viejo, torpe pero aún amenazante.
El doctor Duarte declaró que los Coelho eran una de las primeras familias con suficiente previsión como para mudarse al barrio nuevo de Madalena. Los territorios originales de Recife estaban desbordados. Sólo las familias viejas insistían en seguir viviendo sobre la diminuta isla de Leche, o en los vecindarios de San José y Boa Vista. Las familias nuevas estaban construyendo modernas casas sobre el continente, al otro lado del puente Capunga, lejos de bullicio de las islas, el comercio del puerto y todos los elementos desagradables que lo rodeaban: los cabarets, los burdeles, los artistas y vagabundos que frecuentaban el Casino Imperial. El doctor Duarte observó a Degas. El esposo de Emília no miró a su padre, y se concentró, en cambio, en su plato medio vacío.
Degas parecía una versión diluida de su padre. Todos los rasgos de Duarte Coelho -su pecho fuerte y grueso, su nariz ganchuda, sus ojos oscuros y sus cejas gruesas y blancas- parecían más concentrados, más intensos. Pero el doctor Duarte jamás levantaba la voz ni aferraba los cubiertos tan intensamente como su hijo. Emília se preguntó si el tiempo lo había domesticado.
– Hay que reconocer que el mundo está cambiando -dijo su suegro, interrumpiendo los pensamientos de Emília. Dio pequeños golpecitos sobre el plato con su tenedor-. Debemos cambiar con él.
– Por supuesto -dijo doña Dulce clavando la mirada en Emília-. Todos debemos padecer los cambios.
Antes de entrar en el comedor, doña Dulce le había advertido a Emília que a su esposo le gustaba exponer sus opiniones. No era necesario participar en las discusiones del doctor Duarte, dijo doña Dulce, porque una dama jamás hablaba de nada que fuera importante durante las comidas. Aunque la intimidaba, Emília se sintió agradecí da por la conversación de su suegro. Le permitía concentrarse en algo que no fuera la extraña comida de su plato, las filas de cubiertos misteriosos que lo rodeaban y la mirada inquebrantable de doña Dulce.