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En Taquaritinga la gente rica tenía excusados. Los Coelho tenían un cuarto de baño. Arriba, cerca de los dormitorios, había una habitación revestida con interminables hileras de azulejos color rosa. En medio había una enorme bañera blanca, con patas que semejaban las gruesas garras de una pantera. De la superficie de la bañera salía vapor. En un rincón, pegada al suelo, había una taza de porcelana, con un depósito de agua y un cordel para descargar el sanitario. Emília tiró del cordel. La máquina gorgoteó, y luego rugió el agua. La joven retrocedió y casi deja caer el maletín de viaje. Había conservado el bolso -con el retrato de comunión escondido dentro- al lado de sus pies durante la cena y luego lo había llevado arriba cuando doña Dulce insistió en que se bañara. Emília esperó a que el agua del inodoro se aquietara. Volvió a tirar del cordel.
– ¿Señorita Emília? -Era una voz de mujer. Abrió la puerta del cuarto de baño. Se trataba de Raimunda, una criada mayor, con el ceño arrugado y las mejillas ajadas. Era delgada y tenía aspecto de pájaro, pero sin la gracia de un ave. Se asemejaba más a una de las gallinas de doña Chaves, interesada por sobrevivir y no por volar. Un mechón de pelo -crespo y castaño- asomaba por debajo de su cofia de encaje. Miró la bañera y frunció el ceño.
– Si no se mete, se enfriará el agua -dijo.
– Lo sé -replicó Emília. Como la otra criada, Raimunda no la llamaba «señora». Era como si hubieran determinado al instante el estatus de Emília y hubieran decidido que no merecía ese tratamiento-. Estaba admirando el cuarto de baño -prosiguió Emília.
– Creía que ya habría visto otros parecidos -dijo Raimunda. Metió los dedos en el agua.
– Es la primera vez que veo uno. Cuando llegué, usé el baño de abajo.
La criada sacó la mano del agua.
– No debe usar ese cuarto de baño -dijo-. Es el del servicio.
Emília sintió una oleada de calor en el pecho. Antes de la cena, la joven criada la había conducido al baño que estaba al lado de la cocina. Allí había dos orinales de arcilla. Las moscas volaban en círculos a su alrededor, a la altura de las rodillas.
– Bueno, vamos -dijo Raimunda, dándose la vuelta-. No miraré.
Emília posó el bolso en el suelo. Se desabrochó la blusa. La había confeccionado ella misma, con el lino beis que había comprado con sus ahorros. Degas se había ofrecido a comprarle ropa antes de la boda, pero Emília sólo aceptó un sombrero y el maletín de viaje. Sólo una mujer de mala vida aceptaba ropa de un hombre que no era su esposo. Dio un paso para despojarse de la falda. Estaba muy arrugada y polvorienta. Doña Conceiçao le había dicho que usara un vestido viejo para el viaje y que reservara su traje y su blusa nuevos para cuando llegara a Recife. Emília no le prestó atención. Quiso marcharse a la ciudad con el mejor aspecto.
Se metió con cuidado en la bañera. El agua le provocó escozor en la piel. Raimunda rodeó la bañera y se colocó a su lado. La criada plantó la mano en el cuero cabelludo de Emília.
– Métase bajo el agua -dijo-. Vamos, no se ahogará.
Emília cerró los ojos y se sumergió. Se imaginó las frutas de las mermeladas de tía Sofía zambullidas en el agua azucarada hirviendo, hasta despojarse de sus cascaras y conservar sólo la pulpa. Cuando volvió a salir, Raimunda le enjabonó la espalda y los brazos con una esponja vegetal. Frotó con fuerza. Emília se deslizaba hacia delante y hacia atrás en la bañera resbaladiza. Se agarró con las manos a los laterales para no hundirse.
– María no debía haberla llevado a ese baño -dijo Raimunda-. No debería encargarse de recibir a la gente. Es demasiado joven. Doña Dulce se lo encarga porque es bonita, no porque trabaje bien. A doña Dulce le importan mucho las apariencias.
Raimunda puso champú en sus manos y restregó el pelo de Emília, que cerró los ojos con fuerza. Quería saber más cosas de doña Dulce, pero tenía miedo de preguntar.
– Tiene suerte de ser tan bonita -dijo la criada-. Unos dientes bonitos. Le facilitará las cosas.
– ¿Qué cosas? -preguntó Emília.
– Vivir aquí. -Raimunda le frotó la cabeza con más fuerza.
– ¿Por qué?
– Sumérjase -ordenó Raimunda, empujándole la cabeza antes de que Emília pudiera hablar. El agua estaba templada y turbia. Emília salió a la superficie rápidamente y se frotó los ojos.
– No creo que vivir aquí sea difícil en absoluto -dijo-. Es una casa hermosa; tan grande, tan moderna…
– Eso es obra del doctor Duarte -dijo Raimunda-. Si fuera por doña Dulce, estaríamos viviendo como las viejas familias.
– ¿Y eso qué significa? Todo el mundo habla sobre las nuevas y las viejas familias. No lo comprendo.
– Ya lo entenderá, más rápido de lo que imagina. No difiere demasiado de las peleas familiares en el interior. Es del interior, ¿no?
– Sí.
– ¿Su padre es un coronel?
– No.
– ¿Un hacendado?
– No.
Raimunda guardó silencio durante un momento y luego señaló con el dedo el agua turbia.
– Lávese ahí abajo -dijo, y se dio la vuelta. Emília cogió el jabón con torpeza.
– ¿Usted también es del interior? -preguntó Emília. Se impulsó con fuerza para salir de la bañera, aferrándose a los bordes.
– Sí -replicó Raimunda. Se arrodilló y secó los pies de Emília.
– ¿Por qué vino a Recife?
Raimunda movió la toalla más rápidamente mientras secaba el torso de Emília.
– No debería hacerme preguntas.
– ¿Por qué no?
– Porque no debería hacerlo.
– Pero usted me ha preguntado a mí.
– Y si hubiera sido sensata, no me habría respondido.
– No comprendo. -Emília sintió frío. Quería coger ella la toalla y secarse-. Pensaba que estaba siendo amable.
– Yo no soy quién para ser amable. Y usted no debería permitir que yo lo sea. -Raimunda le frotó el pelo con vigor y luego se detuvo. Se quedaron frente a frente. Raimunda parecía paciente y exasperada a la vez. Era la misma expresión de tía Sofía cuando observó que en la despensa vacía sólo quedaban harina de mandioca rancia y verduras lacias y tuvo que inventar cómo cocinarlas. Raimunda abrió un frasco de polvo de talco perfumado.
– Yo no soy quién para darle consejos -dijo-. No soy su madre. -Espolvoreó el pecho y las axilas de Emília-. Pero si estás rodeada de ranas, más vale que aprendas a saltar.