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5

El lecho nupcial de Emília era antiguo y macizo. Según doña Dulce, la cama había pertenecido a la familia desde que el primer ejército holandés les había arrebatado Recife a los portugueses, tres siglos atrás. Uno de los antepasados holandeses de doña Dulce, un Van der Ley, había quedado tan enamorado de la castaña de cajú de los indígenas que mandó tallar las frutas campaniformes en la cabecera. Desde entonces, todas las novias Van der Ley habían pasado la noche de bodas en esa cama. Aunque ahora era una Coelho, Emília haría lo mismo.

La estructura maciza de la cama era muy diferente de las cuatro patas torcidas que sostenían el colchón de hierbas en Taquaritinga. ¡Y las sábanas! A Luzia le hubiera llevado meses reproducir las grecas de flores azules y blancas del cubrecama y de los bordes de las fundas. No parecía correcto arrugar esas sábanas, apoyar la cabeza sobre las almohadas perfectamente mullidas. Emília se acercó a la cama. El aire de la noche estaba húmedo y viscoso. El polvo de talco perfumado bajo sus axilas se había transformado en grumos, por el sudor.

En la otra punta del pasillo, una ronca voz femenina retumbó en el tocadiscos de los Coelho.

«Tengo prisa», decía, primero en portugués y luego en un extraño dialecto fragmentado.

– Tengo prisa -repitió Degas, y su voz resonó por el pasillo hasta llegar a su habitación.

Después de cenar, Degas había reunido un montón de discos para aprender inglés y se había encerrado en la habitación de cuando era niño.

– Debo volver a mis estudios -dijo, y besó a Emília rápidamente en la frente.

«Buenos días, señora». Good morning, ma'am, sonó la voz en el disco.

Good morning, maaaam, oyó que repetía Degas.

Emília revisó su camisón. Lo había cosido ella misma, ribeteando las mangas con encaje, cortando y cosiendo la abertura vertical en una línea perfecta, justo debajo del ombligo. Este camisón, como muchos otros, había sido confeccionado originalmente para las sobrinas de doña Conceição, y había sido metido en sus baúles de ajuar. El día de la boda de Emília, doña Conceição le puso un bulto suave en las manos y le susurró:

– Para tu noche de bodas.

Emília no desenvolvió el regalo, ni siquiera lo admiró. Ya sabía lo que era. Luzia y ella habían bordado cada camisón y les habían cosido pequeñas cruces rojas encima de la abertura vertical. No habían dejado de reír mientras cosían. Tía Sofía les había ordenado que se callaran.

– Cuando llegue el momento, esa cruz será un consuelo para esas niñas -las increpó su tía-. Se acostarán de espaldas y pensarán en Dios.

«Disculpe señor», se oyó en el disco. Excuse me, sir, repitió Degas.

Emília se arrodilló sobre el suelo de madera de los Coelho. Entrelazó las manos como le había enseñado tía Sofía y le pidió a la Virgen misericordia y buen juicio. Pero la Virgen, pensó Emília, había tenido sus primeras relaciones con Dios. La Santa Madre no tuvo que esperar, nerviosa y sudorosa, a que su esposo terminara sus lecciones de inglés para acostarse con ella. La Santa Madre no tuvo que usar un camisón con una abertura vertical en la parte frontal. Y luego, cuando se acostó con José, ya sabía lo que tenía que hacer. Ya había tenido relaciones con Dios, así que tener relaciones con un hombre debió de parecerle simple, después de aquello. Emília se puso tic pie. No podía concentrarse en la oración.

«Es urgente». It's urgent.

Emília abrió el enorme armario de madera que había, al lado de la cama. Estaba vacío, salvo por dos vestidos de Taquaritinga, su maletín de viaje y algunas prendas íntimas. Con cuidado, Emília sacó el retrato de comunión de su escondite bajo las enaguas. Quitó el envoltorio y miró a su hermana menor. Los ojos de Luzia estaban bien abiertos. Su brazo tullido, desnudo. El encaje que lo cubría se había caído; la cámara lo había captado en el aire. Revoloteaba por encima del suelo, como un pájaro blanco. Emília se giró para observar de nuevo su cama nupcial. ¿Qué haría Luzia en su lugar? ¿Esperar? ¿Rezar? Ninguna de las dos cosas, pensó Emília. Luzia no se hubiera casado con Degas.

Al otro lado del pasillo, el tocadiscos se apagó. Emília sintió que el corazón le latía con fuerza. Volvió a guardar el retrato cuidadosamente y corrió a la cama. El colchón era duro; las sábanas estaban tiesas por el almidón. Emília esparció su cabello con delicadeza sobre la almohada y permaneció completamente inmóvil. Cuando entró en la habitación, Degas no encendió la luz. Rápidamente se quitó la bata y se metió en la cama, al lado de ella. Emília cerró los ojos. Pensó en todas esas mujeres Van der Ley, pálidas e impertérritas, como doña Dulce. Pensó en las viejas comadres de Taquaritinga. Habían dicho de ella que era ambiciosa, inmoral, hasta desequilibrada. Pero nadie le había dicho jamás que era temerosa. Emília introdujo la mano debajo de las sábanas. Sujetó con firmeza los dedos de Degas.

– ¿Emília? -dijo él, agitado.

– ¿Sí? -respondió ella.

– Hemos tenido un día muy largo -comentó Degas al tiempo que le soltaba la mano-. Será mejor que durmamos.

Emília sintió que la angustia se disipaba y sobrevenía la irritación. Se había preparado para esa noche, se había preparado para cumplir con un deber y ahora Degas rehuía el suyo. Por supuesto que está cansado, pensó, se ha quedado hasta muy tarde escuchando discos.

– ¿Por qué estudias inglés -preguntó Emília-, si ya lo sabes?

Degas se movió, incómodo.

– No tengo con quién practicar aquí. No quiero perder la práctica, ni la pronunciación. Si voy a Gran Bretaña, no quiero estar desentrenado.

Emília se giró hacia él. Había dicho «si voy», no «si vamos».

– ¿Vas a ir a Gran Bretaña?

– Claro -suspiró Degas, como si detectara irritación en su tono. Decidió mostrarse evasivo-. Sé que debes de sentirte abrumada, Emília; te llevará un tiempo adaptarte. A mí me costó años cuando volví de Gran Bretaña. ¿Te puedes imaginar volver a este calor insoportable? ¡Y casi sin electricidad, con mi madre que seguía usando orinales, mi padre que vociferaba acerca de mediciones craneales, y esas malditas madonas por todos lados!

– No me molestan las madonas.

– Ya -dijo Degas-. Puede ser que tú sí que te sientas a gusto aquí.

– ¿Acaso tú no? -preguntó Emília.

Degas miró al techo. Habló lentamente, como si estuviera rezando:

– Sucede, sencillamente, que cada vez que vuelvo tengo que volver a aprender las reglas; a nadie le gusta hacerlo.

– ¿Qué tipo de reglas? -preguntó Emília, preocupada. Había tenido que seguir tantas reglas ridículas en casa de tía Sofía que albergaba la esperanza de que la vida en la ciudad no fuera tan rígida.

– El tipo de reglas del cual nadie habla -replicó Degas-. Es difícil de explicar.

– Entonces, ¿cómo es posible seguirlas?

– No creo que sea algo que te deba preocupar ahora.

Ese «ahora» quedó suspendido en el aire entre ellos, como un mosquito zumbando en los oídos de Emília. ¿Ahora no debía preocuparse por las reglas implícitas de Recife, pero más tarde sí? Emília recordó el discurso de doña Dulce en el patio.

– A tu madre no le agrado -susurró.

Degas suspiró.

– Lo que no le agrada es la situación. Debes comprenderlo, está muy apegada a la tradición. Ella quería una boda de lujo para mí. Le llevará un tiempo comprender todo esto. E incluso si no le agradaras, jamás lo demostraría. Jamás te trataría mal, Emília. Mi madre se siente orgullosa de no perder jamás la compostura. Para ella supone un cambio tener que convivir con otra dama. Aquí siempre ha sido la dueña. Y está muy bien, ¿no crees? A ti no te gustaría tener que llevar la casa, ¿verdad? Deja que sea ella quien se ocupe de eso. Tú sé mi esposa. Entonces verá que has sido una buena elección.

Degas se acercó. Emília se puso tensa. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Ella era su esposa y tendría que cumplir con el deber más importante que conllevaba ese título. Cerró los ojos, preparada.

Degas le cogió la mano.

– Buenas noches, Emília -dijo y se volvió, dándole la espalda.