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12

La baronesa parecía una de las tortugas del patio. El mentón cuadrado y fuerte sobresalía por encima de su cuello arrugado, que se movía lentamente de un lado a otro. Movía los ojos, negros y saltones como los de las ranas, de doña Dulce a Emília. Tomaron asiento en grandes sillones de mimbre sobre el porche que daba a la plaza del Derby y al cuartel general de la Policía Militar. Un tranvía se deslizó calle abajo, chirriando sobre las vías y obligando a las mujeres a hacer un alto en la conversación hasta que terminó de pasar. Emília fijó la mirada en los jazmines de la baronesa, a los que se les había dado una impecable forma cuadrada. Piedras de cuarzo rosadas y blancas estaban dispuestas en forma de círculo, dividiendo el jardín en secciones que alternaban flores y piedras. Doña Dulce estaba sentada, sonriente y tiesa, al lado de Emília. Habló de sus preparativos para el carnaval y lamentó lo tarde que caería la fiesta ese año, en la primera semana de marzo en lugar de en el mes de febrero. La baronesa se mecía en su hamaca de mimbre. Tenía un collar de perlas, y cada una de ellas era tan grande como los dientes delanteros de Emília. Su cabello gris ascendía y descendía con la brisa.

– ¿Es capaz de hablar esta muchacha? -dijo de pronto la baronesa-. ¿O es muda?

– Es tímida -explicó doña Dulce.

– ¿Te gustan los dulces? -preguntó la baronesa, golpeando ligeramente el brazo de Emília. Tenía unas manos enormes, con los nudillos abultados. Los dedos estaban torcidos y tiesos, como garras rojizas.

– Sí, señora -respondió Emília.

– Bien. Desconfío de la gente a la que no le gustan los dulces.

La baronesa tocó la campanilla. Una criada apareció y depositó una bandeja de uvas bañadas en leche condensada y espolvoreadas con azúcar. Colocó las uvas delante de Emília.

– Así que te casaste con Degas -dijo la baronesa -. Era un niño muy callado. Solía jugar con mi Lindalva; ¿lo recuerdas, Dulce? -La anciana se rió entre dientes-. El chico adoraba sus muñecas.

Doña Dulce esbozó una amplia y algo tensa sonrisa.

– Ustedes dos tienen algo en común -dijo-. Emília también procede del campo.

– Lo sé -respondió la baronesa Margarida. Escogió una uva azucarada-. El anuncio del casamiento en el periódico era tan pequeño que casi no lo pude leer. ¿Decía que eras de Toritama? No conozco ese pueblo.

– Soy de Taquaritinga do Norte -dijo Emília-. Fue una errata de imprenta.

– ¡Taquaritinga! -dijo la baronesa, olvidándose de las uvas-. Entonces somos dos muchachas de montaña. Yo me crié en Garanhuns. Adoro el interior. Todos los años hago un viaje durante los meses de lluvia, a causa de mi artritis. -La baronesa levantó las manos torcidas-. Mi padre era un estanciero, criador de ganado -prosiguió la anciana-. Paulo Carvalho. ¿Has oído hablar de él?

Emília sacudió la cabeza. La baronesa frunció el ceño.

– Bueno, no tiene importancia. Los Carvalho han desaparecido. Sólo quedamos mi Lindalva y yo. ¡Gracias a Dios y al viejo barón! Todo el mundo creía que era un árbol de banano que ya había entregado toda su fruta -guiñó el ojo-, pero nos sorprendió a todos.

Emília sonrió. Las mejillas de doña Dulce se riñeron de un rojo intenso.

Una chica salió de una puerta lateral. Su vestido era del color de la yema de huevo. La falda dejaba ver las pantorrillas y un par de elegantes zapatos blancos. Su pelo negro era aún más corto que el de Emília y lo tenía recogido con un pañuelo blanco envuelto alrededor de la cabeza,al estilo de una artista de cine o de una pintora. Emília se miró el vestido gris y se sintió ridícula.

– ¡Ah, Lindalva! -sonrió la baronesa-. Hablando del rey de Roma…

Lindalva se apoyó detrás de la silla de su madre. Su rostro era liso y redondo, como el lado convexo de una de las cucharas de plata de doña Dulce.

– ¡Hola! -dijo con la respiración entrecortada, como si acabara de entrar corriendo en el porche.

– Lindalva fue quien las vio correteando por la plaza del Derby -dijo la baronesa, señalando el parque-. Estaba espiando para ver por dónde iban. -Hizo un guiño a doña Dulce, y luego inclinó los ojos hacia Emília-: ¿Te gusta mi jardín?

– Es hermoso -respondió Emília, recordando rápidamente la primera lección de doña Dulce.

– Hice levantar un muro bajo alrededor para que desde nuestro porche pudiéramos ver la plaza del Derby. Es bastante agradable. Podemos ver a los que pasan. Pero el precio que pagamos por nuestra curiosidad es que todo el comadreo de las viejas familias puede fisgonear por encima de mi pared y ver mi jardín. Si hoy se les ocurre echar un vistazo, verán que estás tomando el té aquí con nosotros. -Sonrió. Sus ojos chispeaban ahora como bengalas-. Verás, querida, que Recife es una ciudad de familias nobles con tapias bajas.

– Me gustaría enseñarle la casa -dijo Lindalva, tendiendo a Emília su mano regordeta de cortos dedos-. Ven. Mi madre le hará compañía a doña Dulce.

Se fueron agarradas de la mano y entraron en la casa. Era más grande que la mansión de los Coelho, pero más sencilla. La baronesa tenía menos muebles y muchos ventanales. Entraron en un salón luminoso con suelo de damero en blanco y negro. Lindalva condujo a Emília a una pequeña butaca con almohadones y se sentó cerca de ella. Recorrió con la vista su vestido gris, como si lo viera por primera vez.

– ¿Estás de luto? -preguntó Lindalva, y su ceño se frunció, preocupada.

– No -respondió Emília, y enseguida rectificó atropelladamente-: Bueno, en realidad sí.

– ¿Por quién?

– Mi tía y mi hermana murieron en junio, pero luego me casé y…

– ¿Esto te lo escogió Dulce? -interrumpió Lindalva.

– Sí -suspiró Emília, aliviada.

– Pues espero que no te ofendas -dijo Lindalva, inclinándose aún más hacia Emília-, pero es completamente aburrido. Eres una chica preciosa. Deberías destacar tu figura. Hay una tienda en Río de Janeiro que fabrica los vestidos de luto más espectaculares. Ya están hechos, por supuesto. Hoy toda la gente del sur está comprando prendas prét-a-porter. Te daré la dirección. Yo acabo de venir de allí. Me gradué en la Universidad Federal, en Literatura portuguesa. ¿Te gustaría ver una fotografía de mi graduación?

Emília asintió, distraída. Lindalva tenía la energía de un colibrí, y sólo se detenía el tiempo suficiente para que Emília entendiera lo que estaba diciendo antes de saltar a otro tema completamente distinto. Emília no tenía ningún deseo de ver la fotografía, pero no podía ser descortés. Lindalva corrió al otro lado del salón, y la falda amarilla flameó tras ella. Volvió con un estuche de terciopelo. Dentro había una fotografía enorme: un grupo de jóvenes con vestidos de noche blancos se hallaba sentado en dos hileras.

– ¡Había tan pocas mujeres en mi clase! Antes de morir, mi padre insistió en que fuera a la universidad. Mi madre estudió en la Universidad Católica, aquí en Recife, después de casarse; ¿lo sabías? En aquel momento era bastante radical. -Lindalva sonrió y le entregó la placa a Emília-. Dime quién soy.

Emília fijó la mirada en la muchacha de tez pulida que tenía delante y luego en la foto. ¡Había tantas jóvenes! ¿Cuál sería? Rápidamente recorrió con la mirada sus rostros grises y blancos, y finalmente señaló a una muchacha vestida con el traje que le pareció el más bonito.

– ¡Cielos, no! -Lindalva rió-. ¡No tengo la tez morena ahora y tampoco la tenía entonces! Inténtalo otra vez.

Emília sentía que le latían las sienes. Quería volver al porche, sentarse en silencio y escuchar a doña Dulce parlotear sobre el carnaval. Sin pensarlo señaló a otra muchacha.

– No -sonrió Lindalva-. Estoy aquí.

Señaló a una muchacha de la hilera de atrás con un enorme sombrero, del cual salía una pluma blanca. Emília reconoció el rostro redondo, la peculiar sonrisa. En ese instante, Lindalva cerró la caja de terciopelo.

– Le prometí a mi madre que volvería a Recife. Me gusta mucho la ciudad, pero la gente de aquí es completamente aburrida, especialmente las mujeres. Las cosas son tan rígidas…, nada modernas. Tienes que visitar Sao Paulo. Allí una mujer puede caminar sola por la calle. Puede conducir un coche sin que se burlen de ella. Te vi en el parque y le rogué a mi madre que te invitara. Pensé que serías diferente de todas estas tontas. ¡Me refiero a que has tenido un empleo! ¡Una costurera! -Agarró la mano de Emília-. Estoy convencida de que una mujer no debe ser un parásito. Estoy segura de que Dulce y el doctor Duarte están contentos contigo. Estaban desesperados por casar a Degas. -La cara de Lindalva cobró un matiz rojo y se agarró aún más fuerte a la mano de Emília-. ¿Cómo diablos conociste a Degas Coelho?

– Conocí a Degas Coelho -repitió Emília, como si las palabras de Lindalva fueran las lecciones en los discos de su marido- en Taquaritinga. Durante sus vacaciones de invierno.

– ¿Y qué te llevó a casarte con él?

– Sus zapatos -dijo Emília distraídamente, recordando los brillantes zapatos de Degas. En el mismo instante en que lo dijo, Emília se arrepintió de hacer semejante afirmación en voz alta. Quería decir que Degas era alguien novedoso y diferente. Que su presencia la hacía olvidar la monotonía en que se había convertido su vida; que durante sus paseos la llamaba inocente y pura, mientras que el resto del pueblo creía exactamente lo contrario. Al final no tuvo que convencerla. Simplemente la reclamó para sí, y ella se lo permitió.

Lindalva soltó una carcajada.

– He oído peores motivos para casarse -dijo alegremente-. Mi madre dice que las mujeres estaríamos mejor si nos olvidáramos del amor. Cree que un esposo feo y liberal es la mejor opción.

– Pues yo no -dijo Emília-. Yo creo que el amor es importante, es esencial.

Se sorprendió por la firmeza de su propia voz, y de repente sintió rabia contra la muchacha de tez lisa. Rabia, también, contra doña Dulce, por su presión y sus correcciones constantes, y rabia por el silencio que él guardaba cada noche cuando le daba la espalda y volvía calladamente a su dormitorio de la infancia.

– He dicho algo que te ha molestado -dijo Lindalva-. Lo siento.

– No -respondió Emília, dándose palmaditas en la cara-. No estoy molesta.

– No quiero que pienses que soy una terrible chismosa. Te hablo con franqueza porque así me gusta que me hablen a mí. Verás que aquí no es lo más frecuente. -Lindalva respiró hondo y dio una palmada en la rodilla de Emília-. ¿Cuáles son tus planes?

– ¿Mis planes?

– Sí, tus objetivos. Los Coelho no te pueden encerrar para siempre. Especialmente a ti, ¡una mujer trabajadora! Estoy segura de que estás acostumbrada a una vida propia, a tener actividad fuera de la casa.

– No tengo planes -respondió Emília.

Lindalva tomó aire.

– Si no haces tu propio plan, Dulce lo hará por ti.

Emília jugueteó con los guantes. Recordó la visita a la modista, la conversación junto a la ropa para bebés.

– Dulce siempre tiene planes -prosiguió Lindalva-. Si no los tuviera, no se molestaría en sacarte a pasear. Todo el mundo sabe que no soporta a mi madre, pero aquí está. Dulce pertenece a una de esas familias antiguas llenas de títulos, pero sin dinero. Después de casarse con el doctor Duarte, las viejas familias la rechazaron. Y ella cree que está por encima de todas las familias nuevas. -Lindalva hizo una pausa. Miró a Emília-. La gente dice que tú eres huérfana; que provienes de una familia del interior cuyos integrantes murieron, uno por uno, de tuberculosis, y que tú debiste trabajar como costurera para mantenerte. Dicen que Degas te rescató. ¿Es cierto?

– ¿Quién inventaría una historia así? -preguntó Emília.

– ¿Quién crees que podría hacerlo? -Al hacer la pregunta, Lindalva se encogió de hombros-. Las nuevas familias adoran las historias trágicas, especialmente cuando la tragedia está muy lejos de sus propias vidas.

– Pero podrían averiguar fácilmente que no es cierta -dijo Emília. Pensó en el hijo del coronel Pereira, Felipe. Se había enterado, por las advertencias de doña Dulce a Degas, de que Felipe estudiaba Derecho y vivía en una pensión en una zona de Recife que las damas y los caballeros no frecuentaban. En la capital, Felipe se transformó en un estudiante modesto que no pertenecía ni a una familia nueva ni a una vieja, sino a aquel otro grupo anónimo. De todas formas, era de Taquaritinga y conocía los orígenes de Emília.

– Presta mucha atención a lo que te voy a decir -dijo Lindalva, cogiendo otra vez las manos de Emília entre las suyas-. Si escarbas lo suficiente dentro del pasado de cualquiera de estas familias que se dicen nobles, ya sean viejas o nuevas, la búsqueda acabará llevándote a la selva o a las cocinas. Aquí nadie examinará demasiado tu pasado siempre y cuando dejes claro que también los demás pueden ser examinados.

Emília se removió, nerviosa. Se sentía agobiada. Quería soltar la mano de Lindalva, que la estrujaba con fuerza, y marcharse. Fue para ella un gran alivio que entrara la criada para decirles que el café estaba servido. Volvieron al porche y se sentaron con la baronesa y doña Dulce. Emília se concentró en su taza de café, incómoda por el constante parloteo de Lindalva y las sonrisas cómplices y amistosas que le dirigía cada vez que hablaba de doña Dulce. Cuando se iban a ir, la baronesa Margarida tomó la mano de Emília entre sus rojos dedos con forma de garra.

– Te volveré a ver después del carnaval -sentenció la baronesa-. No tendrás que tomarte ninguna molestia. Enviaré mi automóvil para que te recoja.

A Emília le dolía la cabeza. Lindalva sonreía de pura felicidad.