38619.fb2 La costurera - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 67

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8

Luzia pensó que la llevarían a un médico de animales o a un curandero en una choza llena de hierbas secas y cortezas de tronco. Cuando el joven la condujo a la verja de una gran casa blanca, Luzia empezó a desconfiar. No traspasaría la verja.

– Haz que salga -dijo, tomando las riendas de la yegua-. No entraré hasta que lo vea.

Se paró al lado de los pilares de la verja, preguntándose nerviosamente si la yegua podía aguantar su peso y el del Halcón. Estaba acostado boca abajo, corno un cadáver, sobre el lomo del animal. Un hombre de mediana edad salió de la casa con un farol de queroseno en la mano. No parecía un coronel ni un soldado. Era muy delgado, con los hombros encorvados y el cuello ladeado, como si su cabeza pesara demasiado para su cuerpo. Tenía el pelo húmedo y lacio por encima de las orejas. Usaba una camisa planchada y gafas con una montura de metal que brillaban como si tuviera una joya sobre el rostro. Las lentes aumentaban el tamaño de sus ojos, que parecían redondos y saltones como los de un pájaro recién nacido. Sostuvo el farol en alto y se dirigió a Luzia.

– Has interrumpido mi cena -dijo.

Luzia señaló la yegua detrás de ella.

– Le han pegado un tiro.

– Lo siento; no curo animales -respondió el hombre.

– No es el animal -dijo Luzia, enfadada por la impaciencia del doctor. Tomó el farol de su mano y lo sostuvo sobre el caballo. Cuando el doctor vio el cuerpo cubierto por la frazada, abrió la verja y le hizo un gesto para que entrara.

Colocaron al Halcón sobre una larga mesa de madera en la cocina del médico. Una criada anciana puso un gran caldero de agua sobre el fogón. Cuando hirvió, el doctor dejó caer dentro una serie de instrumentos de metal. El médico llenó otro tazón, se arremangó y se lavó las manos. Igual que la cabeza, eran excepcionalmente pálidas y grandes. Cuando terminó, desenvolvió la pierna herida del Halcón. La venda vieja estaba pegada a la herida. El médico la aflojó con suavidad, y luego la arrancó con firmeza. El Halcón se estremeció. Abrió los ojos e intentó sentarse. El doctor lo empujó hacia atrás.

– Tiene la pierna infectada -dijo, agachándose junto a la cara del Halcón-. La limpiaré y sacaré lo que esté alojado dentro.

El Halcón miró a su alrededor. Cuando vio a Luzia, se relajó. El doctor descorchó una botella de licor de caña y levantó la cabeza del Halcón.

– Bebe esto -ordenó.

El lado izquierdo de la boca del Halcón se frunció:

– Beba usted primero -dijo, con la voz rasposa y débil.

El médico no le hizo caso, acercó la botella a la boca del Halcón.

– No gano nada envenenándote. Si no hago nada, te morirías de todas formas. Ahora bebe.

El Halcón miró intensamente al hombre, y luego a Luzia. Bebió ávidamente el licor de caña, hasta que se derramó por las comisuras de la boca. Luego tosió y se echó hacia atrás.

– Hay que darle la vuelta -dijo el doctor-. Tenemos que atarle las piernas y los brazos.

Hizo un gesto a Luzia y los dos giraron el cuerpo del Halcón sobre el vientre. La anciana criada dio rápidamente unas cintas al médico, que ató los tobillos y muñecas del Halcón con firmeza a las patas de la mesa.

– Tú -dijo el doctor, dirigiéndose a Luzia por primera vez desde que habían entrado en la cocina- mantenle quietos los hombros y la cabeza. No puedo trabajar si se mueve.

La criada reunió diez faroles de otras dependencias de la casa y los puso en la cocina. Siseaban y chisporroteaban. La habitación resplandecía de luz. Luzia se inclinó sobre la cabeza del Halcón. Tenía el rostro de lado, y la parte de la cicatriz hacia abajo. Tenía los ojos abiertos. Luzia se inclinó hacia delante y puso los antebrazos con firmeza sobre sus omóplatos. El Halcón respiraba jadeando con dificultad. Cada vez que exhalaba, Luzia olía el licor de caña.

El doctor se echó yodo en las manos, y luego limpió la pierna del Halcón. Cuando cogió sus instrumentos, Luzia miró hacia abajo. Fijó la mirada en la ropa manchada del Halcón, su cabello apelmazado. Los faroles colocados a su alrededor calentaron rápidamente la cocina. A Luzia casi le pareció que estaban de nuevo a mediodía en medio del matorral. El sudor le provocó escozor en los ojos; el olor a queroseno la mareó. Más abajo, el cuerpo del Halcón se puso rígido, levantó el torso. Sus brazos tiraron de las ligaduras de tela.

– ¡Distráelo! -dijo bruscamente el médico. Su rostro estaba enrojecido, y los ojos, enormes. La camisa estaba pegada al pecho.

Luzia se apoyó aún más, presionando con más fuerza sobre su espalda. Inclinó la cabeza, y la boca se acercó a su pelo. No sabía qué decir ni cómo hablarle. Sólo podía pensar en su dolor y en cómo, hasta cierto punto, podía entenderlo.

– Cuando era niña -comenzó-, me caí de un árbol…

El doctor reanudó la curación. El Halcón volvió a ponerse tenso. Luzia levantó la voz. Le habló del árbol de mango, del silencio tras la caída, sobre el bálsamo de grasa de la curandera y el olor acre que la acompañaba por culpa del maldito remedio. Le habló de Emília, del armario de los santos en la cocina de tía Sofía, de la promesa que le había hecho a san Expedito y de las hendiduras en el suelo de tierra, labradas por sus propias rodillas. El cuerpo del Halcón se relajó.

Se oyó el sonido de un objeto de metal tintineando contra la palangana de porcelana. Luego, el ruido sordo de un corcho, el siseo del ácido carbólico para cauterizar la herida, y el olor de pelo chamuscado. El doctor suspiró. El Halcón se estremeció y todo su cuerpo se relajó.