38619.fb2
El mes de mayo trajo una serie de chaparrones aislados. Todos los días, la vieja criada del doctor Eronildes rezaba a san Pedro. Los peones hacían apuestas sobre cuándo llovería y cuánto durarían las lluvias. A lo largo del San Francisco, los pescadores plantaron desesperados sus frijoles, sus calabazas y su mandioca. Las lluvias llegaron, pero desaparecieron rápidamente. Los cultivos seguían languideciendo, aunque la gente dio gracias a los santos con fogatas y altares, porque un poco de comida era mejor que nada. Hasta el doctor Eronildes expresó su gratitud por las escasas lluvias, aunque no rezó. El único momento en que guardaba silencio y adoptaba una actitud reverente era por las noches, cuando se sentaba ante el retrato de la pálida niña en el salón delantero. Cuando el Halcón recuperó fuerzas suficientes para moverse, se sentaba al lado de Eronildes y bebía pequeños sorbos del whisky que el doctor mandaba traer de Salvador. Al principio, el médico interrogaba a su paciente acerca de plantas medicinales. El Halcón enumeraba velozmente una serie de remedios y el doctor Eronildes los apuntaba febrilmente, olvidando a su pálida prometida.
Sus conversaciones se apartaron rápidamente de la cuestión de las cortezas y las infusiones. Luzia cosía cerca de allí y se distraía, con lo que se pinchaba frecuentemente el dedo con la aguja de bordar que Eronildes le había dado. Le preocupaba que los hombres discutieran, que el Halcón perdiera los estribos y el doctor Eronildes dejara de ofrecerle sus cuidados. Pero quien más perdía los estribos era el doctor, mientras que el cangaceiro sonreía y bebía su copa. Observaba a Eronildes con divertida admiración, como quien mira a un cachorro o un hermano menor, algo inofensivo y dulce, pero que insiste en salirse con la suya. Eronildes se enfadaba con esta actitud, pero la toleraba porque, a su vez, respetaba al Halcón. Luzia no pudo determinar si la admiración era por el Halcón mismo o simplemente por la rápida recuperación de su cuerpo y su capacidad para soportar las curaciones diarias del doctor. Lo llamaba Antonio, no el Halcón ni capitán. Para sorpresa de Luzia, el Halcón no lo corregía. Eronildes no era un coronel, un hacendado ni un vaqueiro; era una especie completamente diferente, inmune a las reglas de la caatinga.
– Usted es como un sacerdote -dijo el Halcón, y el doctor Eronildes frunció el ceño. El desagrado del médico lo impulsó a seguir-: Ambos salvan vidas.
– No, Antonio -respondió Eronildes-. Los sacerdotes no salvan: alimentan temores. Desconfío de los hombres que se ponen al servicio de amos invisibles. Yo estoy al servicio de los cuerpos, de lo que es real, tangible. De lo que ha sido demostrado.
– Nada se puede demostrar -respondió el Halcón, moviendo una espina de mandacaru entre los dientes-. Salvo la muerte.
Luzia levantó la mirada de su costura. Eronildes, pálido y encorvado, aspiró impaciente el humo de su cigarrillo. A su lado, el cangaceiro se reía. Una pierna corta y robusta la tenía apoyada sobre un banco de madera. Entre ellos, mirando hacia abajo desde su retrato, la prometida de Eronildes tenía un aspecto lánguido y aburrido, como si estuviera cansada de sus discusiones.
Las tardes eran más animadas cuando el doctor Eronildes recibía sus periódicos. Una vez al mes viajaba río abajo a buscar las provisiones que mandaba traer de Salvador. Puesto que no podían ser repartidos diariamente, sus periódicos se acumulaban y llegaban atados con hilo en grandes paquetes, con las páginas mojadas y rotas, y algunas secciones hurtadas por curiosos capitanes de barco. El Halcón se sentaba a su lado y leía lo que descartaba el doctor, o fingía hacerlo. Más tarde, en la quietud de su habitación, le pedía a Luzia que volviera a echar un vistazo a los periódicos, para pescar algo que se le hubiera escapado. A Luzia le gustaba sentarse con él, solos en la habitación oscura, sin las interrupciones de Eronildes. Se alegró de que el Halcón estuviera bien, pero extrañaba en secreto la época en que pasaba las horas febril y somnoliento y podía mirarlo a sus anchas. Después de recuperarse, Eronildes rara vez permitía que estuvieran solos, acosándolos con preguntas.
Luzia apreciaba al doctor, pero a pesar de su generosidad y buena voluntad, no le inspiraba simpatía. Comenzó a cansarse de sus apuntes y anotaciones constantes, como si sus acciones y observaciones fueran el objeto de un experimento que desconocía por completo. En la víspera de San Juan, cuando Eronildes repartía maíz entre sus trabajadores y les permitía hacer fogatas y tocar un acordeón, Luzia se sentó con el Halcón y el doctor en el porche y observó desde lejos la celebración. Luzía entornó los ojos. Sólo podía ver el resplandor del fuego y las sombras de los hombres y mujeres bailando. Cuando apartó la mirada, advirtió que Eronildes la estaba observando a ella y no a la fogata. Al día siguiente, cuando el capitán cangaceiro estaba descansando, el doctor Eronildes la invitó a pasar a su estudio. Había montones de libros, una lupa y una enorme pizarra negra sujeta a la pared. La pizarra estaba manchada de tiza. Sobre ella, Eronildes había escrito letras, iban de más grandes a más pequeñas. Luego indicó a Luzia que fuera al extremo más lejano de la habitación y las leyera en voz alta. Ella se cruzó de brazos.
– Conozco el abecedario -dijo, resistiéndose a moverse.
– Entonces, demuéstramelo -dijo, sonriendo.
Luzia caminó a grandes zancadas hasta el otro extremo de la habitación y recitó en voz alta las letras grandes de la fila de arriba, pero las de abajo le parecieron borrosas.
– No te preocupes -la tranquilizó Eronildes-. Sin mis gafas, yo no sería capaz de leer ninguna.
Luzia asintió y lo vio hacer anotaciones en su libro. El Halcón llamaba a Eronildes «alma caritativa», y a pesar de sus desacuerdos respetaba al doctor; prefería a un hombre que tuviera sus propias opiniones que a uno sin ellas. Luzia estaba de acuerdo: Eronildes era un hombre bueno. Tenía una bondad sencilla. Los invitaba a su mesa, jamás levantaba la voz, jamás la trataba como a una criada. Pero recibir su bondad era como estar bajo una luz potente: al principio la calidez resultaba reconfortante, pero al tiempo encandilaba, asfixiaba, y todo quedaba expuesto en su descarnada realidad. Luzia prefería la presencia del Halcón. Le gustaba entrar en su pequeño cuarto contiguo a la cocina, donde el ambiente era oscuro y fresco. Le llevaba un tiempo acostumbrarse a la oscuridad, e incluso cuando veía, cuando podía distinguir la silueta del catre del vaqueiro, su sombrero deformado que colgaba de un clavo en la pared, su pecho que se levantaba y bajaba, seguía habiendo sombras. Pero al alzar la mirada desde su cama, tampoco él podía verla con nitidez. Percibía su silueta y debía imaginar el resto.
En las primeras horas de la mañana, cuando el sol aún calentaba poco, salían a caminar por la orilla del río para ejercitar su pierna. Eronildes los disuadió al principio de salir a pasear, ya que decía que el polvo y la arena ensuciarían la herida del Halcón y se volvería a infectar. Era mejor descansar, insistía Eronildes, permanecer en la cama. El Halcón se opuso de forma terminante.
– No tengo miedo de morir de pie en el matorral -dijo-, pero juro por Dios que no moriré en una cama.
A regañadientes, Eronildes le proporcionó un par de muletas de madera. El Halcón balanceó el cuerpo hacia delante entre las dos. Algunas veces intentaba poner el peso sobre su pierna mala, pero se incorporaba dolorido. Luzia permanecía cerca de él, sujetándolo cuando daba pasos demasiado grandes y perdía el equilibrio. El Halcón la apartaba con la mano. Miraba a Luzia con dureza cuando intentaba ayudarlo, como si prefiriera caerse.
Una vez que se habían alejado lo suficiente de la casa de Eronildes, practicaban el tiro al blanco. Comenzaban cada lección con la honda, apuntando a lagartijas, palomas rolinha, mariposas y escarabajos. Si entrecerraba los ojos lo suficiente, Luzia le daba al blanco. Al final de la práctica con piedras, el Halcón le entregaba el revólver. Luzia admiraba el arma. Le gustaba revisar la recámara, quitar el seguro y saber que cualquiera de esas partes pequeñas y aparentemente insignificantes podía paralizar toda la maquinaria. Llegó a quedar seducida por el sonoro chasquido de un disparo y, después, la sacudida que provocaba. Pero eso al Halcón no le gustaba.
– Entiéndelo bien -decía el cangaceiro-: disparar sin tener intención de matar puede matar también, pero a quien tira. Así que es mejor que apuntes bien.
Sus palabras la asustaban, sin embargo su voz no. Era severa, pero jamás amenazadora. Cada vez que ponía el revólver en sus manos, lo hacía con suavidad, envolviendo sus dedos alrededor de la culata como si la estuviera preparando para rezar. Al final de cada lección, cuando volvían a casa de Eronildes, Luzia permitía que caminara delante de ella, impulsándose con determinación con sus muletas. Lo veía hacer equilibrios y casi saltar. Se detuvo frente a un árbol. Era gris y estaba desprovisto de hojas, como casi todos los árboles del matorral alejados del río. Arrancó una ramita, y al ver la médula verde en su interior, asintió tranquilizado.
Cuando regresaron, Eronildes los esperaba. Tenía un periódico en la mano. Hacía poco que había recogido un lote nuevo y se pasaba el día leyendo. El Halcón se dirigió al porche. Eronildes le entregó el periódico.
– Creo que han escrito sobre ti -le dijo el médico-. Nada bueno, por supuesto.
El Halcón le arrancó el periódico de las manos. Casi perdió el equilibrio. Luzia lo sujetó y leyó por encima de su hombro. Era un antiguo ejemplar de hacía más de un mes.
Diario de Pernambuco (Recife, 23 de junio de 1929)
Destacado cangaceiro elude a las tropas En el interior del país reina la perversidad
El capitán Higino Riberio, uno de los pocos sobrevivientes a una emboscada cerca de Sao Tomé en abril de este año, finalmente regresó a Recife. A pesar de las pérdidas, el capitán asegura que no se detendrá. «El Buitre es un bandido de la peor calaña -declaró el capitán Higino-, y estoy decidido a detenerlo».
El Buitre, como es conocido popularmente tierra adentro, invadió la hacienda del coronel Clovis Lucena en diciembre. El señor Marcos Lucena contó que los cangaceiros dominaron la hacienda durante cuatro meses antes de recibir auxilio. Buscado por brutalidades anteriores perpetradas en Fidalga, como la muerte de siete hombres inocentes y haber atemorizado a los residentes del pueblo, el Buitre buscó refugio en Sao Tomé. Allí no menguaron su audacia y ferocidad. Empleó tácticas perversas para atraer y tender una emboscada a las tropas de Pernambuco. Los informes indican que los cangaceiros estaban ataviados con trajes de ricos colores y acompañados por una consorte.
Las condiciones para el desarrollo de un bandolerismo de este calibre son fáciles de resumir:
1. La administración débil por parte de nuestros líderes.
2. La posesión de guaridas y escondites adecuados. Es difícil de entender, pero estos malhechores son aclamados entre los residentes de granjas distantes, lejos de tierras civilizadas. Como pernambucanos no podemos otorgar prestigio ni protección a grupos de bandidos, hombres sin escrúpulos ni fe, por muy populares que sean entre algunos sectores.
Nuestros líderes libran una pobre campaña contra los bandidos. ¿Cambiará esa situación con las elecciones? ¿Cuándo acabará el martirio de nuestros magníficos jóvenes uniformados? ¿Por qué, se pregunta este cronista, debemos continuar perdiéndolos en esas tierras ingratas?