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12

El Halcón dejó de pasear por las mañanas. Dejó de discutir con Eronildes por las tardes. En las noches, mientras yacía en el cuarto de huéspedes, se oían los golpes de las muletas contra el suelo de madera y luego un salto lento, una y otra vez, como si una bestia de tres patas estuviera caminando de un lado a otro en el pequeño cuarto contiguo a la cocina.

Finalmente un día el Halcón le dijo a Eronildes que ya había descansado lo suficiente; iría a reunirse con sus hombres. El doctor Eronildes insistió en que la pierna aún no estaba curada y que si se marchaba, todo su trabajo habría sido en vano. Cuando el Halcón persistió, Eronildes se sentó en el porche solo a fumarse varios cigarrillos, hasta que volvió a la habitación contigua a la cocina.

– Di a tus hombres que vengan aquí -dijo el médico en voz baja-. Pero diles que se comporten.

– No son animales -replicó el Halcón-. Usted es un amigo y tratamos a los amigos con respeto. Cuanto antes lleguen, antes podrá librarse de mí. -Miró a Luzia, y luego de nuevo al doctor-: De nosotros.

El Halcón pidió una tarjeta y una pluma. Con trazos lentos y torpes, garabateó su firma, «Capitán Antonio», sobre la tarjeta y la envolvió en su pañuelo verde de cuello. Luzia cosió el envoltorio dentro del forro de un morral sencillo que pertenecía a un vaqueiro de Eronildes. El hombre se puso la bolsa al hombro y partió hacia la iglesia de Marimbondo.

Semanas después, nueve hombres regresaron con el vaqueiro: Baiano, Canjica, Inteligente, Orejita, Halagador, Medialuna, Cajú,

Sabia y Ponta Fina. Los demás habían muerto o desertado. Su ropa estaba manchada y deshilachada. Ponta Fina tenía un brazo en cabestrillo. Ronchas rojas moteaban sus caras, cuellos y manos. Habían acampado lejos de la capilla de Marimbondo, pero las avispas los habían encontrado. Los hombres caminaron alrededor del Halcón. Uno por uno él pasó revista a sus cortes, rozaduras, esguinces y picaduras de avispa, como un padre orgulloso. Luego envolvió a cada uno en un abrazo. Eronildes estaba de pie sobre el porche. Cuando el Halcón lo señaló, el doctor metió sus grandes manos blancas en los bolsillos de su chaleco.

– Es el doctor Eronildes -dijo el Halcón-, es nuestro mejor aliado y amigo. Le debo la vida.

Hasta ese momento, Luzia había estado contenta. ¿Quién había conseguido que atravesaran el río? ¿Quién había encontrado al doctor Eronildes? Miró hacia abajo, hacia el vestido andrajoso que le quedaba demasiado grande. Quería volver a usar los pantalones. La vieja criada los había lavado y guardado. Luzia decidió que en cuanto acamparan los hombres buscaría los pantalones y se los volvería a poner.

Los hombres fueron bien alimentados. Se comieron hasta el último bocado y chuparon una y otra vez sus cucharas de madera. La criada anciana zigzagueaba entre el grupo, sirviéndoles más frijoles. El Halcón fue cojeando de un hombre a otro, sentándose en cuclillas a su lado y hablando rápidamente con cada uno de ellos. La presencia de los hombres lo había revitalizado, y manejaba las muletas con más agilidad. Los cangaceiros asentían y sonreían, con la boca llena. De vez en cuando miraban a Luzia, y luego de nuevo a su comida. Habían acampado cerca de la casa, colgando todas las hamacas de fibra de caroá del doctor. El Halcón ayudó a Canjica a hacer una fogata y luego los llamó para rezar. Luzia se arrodilló al lado de Ponta Fina, que la miró nerviosamente, y luego bajó la mirada hasta sus manos. Después, habló con él.

– ¿Qué le ha sucedido a tu brazo? -preguntó Luzia.

Ponta se encogió de hombros.

– Me pegaron un tiro.

– ¿Sigue dentro la bala?

– No -farfulló Ponta-, lo atravesó de lado a lado.

– Tu morral desapareció -dijo-. Tendremos que hacer uno nuevo.

Echaba de menos su máquina de coser y pensó, furiosa, que las criadas en casa del coronel Clovis la habrían dejado seguramente en medio del monte para que se oxidara.

– No quiero uno nuevo -dijo Ponta-. No lo quiero si está hecho por ti.

Luzia dio un paso atrás, herida.

Ponta contrajo el rostro en un gesto severo.

– El capitán fue herido de bala -dijo-, perdimos a la mitad de nuestro grupo. Jamás nos había pasado antes de que tú aparecieras. Las mujeres no pertenecen al cangaco. -Hizo una pausa y fijó la mirada en las manos, como si estuviera leyendo lo que decía-. Traen mala suerte.

A la joven se le secó la garganta. Cruzó los brazos con firmeza sobre el pecho, sujetándose para no venirse abajo. Si lloraba, él pensaría que le creía. Pensaría que tenía razón, que ella era como las piedras que la gente recogía cuando estaba enferma o preocupada. Hablaban a esas piedras, les contaban sus dolores y temores, y luego las besaban y las arrojaban lejos, porque creían que la piedra asumiría la carga de su infortunio y que se curarían.

– Fue vuestro capitán quien decidió atacar las tropas, no yo -dijo con severidad, adoptando el tono de tía Sofía cuando era niña-. Los hombres de verdad asumen su responsabilidad. No culpan a otros. Ni a las mujeres.

Con descanso, alimento y tratamientos del doctor Eronildes a base de infusiones y una higiene adecuada, los hombres se recuperaron lentamente de sus males. Luzia se hizo calladamente indispensable, remendando su ropa ajada, sirviéndoles las comidas, reprendiéndoles por olvidarse de cambiar las vendas. El Halcón aún dormía en el cuarto de la cocina, pero pasaba cada vez menos tiempo en la casa. No hubo más lecciones de tiro, ni discusiones a altas horas de la noche. Eronildes se acercaba a menudo a Luzia con su libreta y sus preguntas.

Le preguntó sobre las oraciones matinales de aquellos hombres. ¿Creía ella en el cristal de roca? ¿Creía ella que pronunciando la oración del corpo fechado protegía su cuerpo del mal? Luzia no sabía cómo responder a estas preguntas. No era una ignorante, la piedra cristalizada no era más que una roca; los santos de su antiguo arma rio eran de madera y arcilla; el crucifijo que chorreaba sangre sobre el altar del padre Otto era de yeso y alambre. Desde que el Halcón se ocupaba de sus hombres, todas las tardes Luzia paseaba sola al lado del río. Observaba a los pescadores mientras estiraban las velas de lona sobre la orilla, para que se secaran. Veía jóvenes a bordo de estrechos barcos, dirigiéndolos río abajo con largas pértigas. Veía altares de santos blanqueados, instalados al lado del agua. Veía las expresiones siniestras de las carrancas de madera talladas en las proas para ahuyentar a los demonios de río. Era una forma de vida que jamás imaginó que existiera. Los pescadores tenían sus supersticiones, sus demonios, sus santos preferidos. Y debajo de las aguas marrones del Viejo Chico había otro mundo. Un lugar habitado por pescados rayados y otras criaturas inconcebibles. Era un mundo que no podía habitar ni explicar, pero que sabía que existía.

Cuando regresó una tarde de su paseo, vio al doctor Eronildes sobre su yegua, que volvía de un viaje río abajo. Su vaqueiro montaba al lado en una mula de carga. En las alforjas del animal había varios paquetes, dos latas de queroseno y una pila de periódicos. La anciana criada de Eronildes descendió del porche y lo saludó. El doctor se bajó torpemente de su caballo. Saludó a Luzia con la mano.

– ¡Tengo algo para ti! -le gritó.

Eronildes se acercó a ella. Dio una palmadita sobre el bolsillo de su chaleco y sacó un pequeño estuche negro.

– Un regalo -dijo.

Luzia tomó el estuche, vacilante. Era de cuero duro. Rápidamente abrió la tapa. El interior era suave, de terciopelo. Dentro de sus oscuros surcos, como una semilla en su vaina, había unas gafas con montura de metal.

– He pedido que las traigan de Salvador -dijo Eronildes, algo excitado-. Te hice un examen de la vista no hace mucho tiempo, ¿recuerdas? No fue completamente preciso, pero creo que servirá. Tú eres miope, como yo. Estas gafas corregirán tu visión.

Los anteojos parecían etéreos en sus manos. Luzia temió estropearlos. Movió torpemente sus delgados brazos. Eronildes la ayudó a ceñir los extremos redondeados alrededor de sus orejas. El metal estaba frío. Le hacía cosquillas en el tabique nasal. Detrás del doctor Eronildes, Luzia vio de repente, con toda claridad, cada grieta en las paredes blanqueadas de su casa. Vio la veta torcida de las vigas de madera del porche, cada hoja oval en el árbol de juazeiro al lado de su ventana, y al Halcón, de pie al lado de la blanca pared de la casa. Había venido a indagar acerca de los periódicos, pero se paró en seco. Apoyó los dedos gruesos de su mano sobre la pared de la casa y los observaba. Luzia se quitó las gafas.

– Al principio resulta abrumador -dijo Eronildes-, pero te acostumbrarás a ello.

– Gracias -respondió Luzia. El Halcón seguía allí, pero ahora estaba otra vez borroso, como una sombra.

– Luzia -dijo Eronildes. Hizo una pausa y entrelazó los blancos dedos-. Los hombres, los cangaceiros, están tramando marcharse pronto; en cuanto se recuperen todos.

Ella asintió. Eronildes la miró detenidamente.

– Mi padre me enseñó otra expresión -continuó-: «Quien mal anda mal acaba». ¿La has oído?

– Sí.

– Cuando los hombres se marchen, si quieres puedes quedarte en mi casa. Tienes un lugar aquí, quiero que lo sepas.

– Sí -dijo. Luzia se concentró en las relucientes gafas, guardándolas nuevamente en el estuche-. Gracias.

Su habitación estaba en penumbra. Los días eran más cortos; el sol ya se había escondido tras las colinas del río. La joven no encendió la vela. Se paró delante del espejo y abrió el estuche de cuero. Tía Sofía le había advertido de que jamás se mirara en un espejo después de anochecer. Si lo hacía, le había prevenido su tía, vería su propia muerte. Pero aún no estaba oscuro del todo. Luzia se enganchó las gafas detrás de las orejas. Las gafas eran mucho más delgadas que las de Eronildes. La montura de metal de cada lente era un círculo perfecto. Brillaban alrededor de sus ojos.

Tal vez se quedaría allí, pensó. Tal vez le enviara un telegrama a Emília. Tal vez fuera a la capital y se convirtiera en una modista famosa.

Detrás de ella, se abrió la puerta del cuarto de huéspedes. En el espejo, vio al Halcón. Luzia distinguió cada una de las arrugas doradas por el sol sobre el lado bueno de su rostro, cada pelo recogido en una descuidada cola de caballo, cada enrevesada medalla de santo. Se volvió hacia él.

– ¿Qué es eso? -preguntó el cangaicero con los labios apretados.

– Unas gafas-respondió.

El Halcón avanzó hacia ella. Su mano salió disparada hacia delante. Luzia sintió un aleteo en el pecho, como si tuviera una polilla atrapada. Se preparó para el golpe, pero los dedos se abalanzaron sobre los anteojos. Luzia se sujetó las gafas, le esquivó y dio un salto atrás para alejarse.

– ¿Qué diablos haces? -gritó la joven.

– No quiero que te regale joyas.

– No es una joya -replicó Luzia, apretando las gafas en la mano-. Son un remedio para mis ojos, para corregir mi visión.

El la agarró con fuerza.

– No necesitas que te corrijan -dijo.

Sus ojos brillaban, oscuros e inquietantes. El lado de su rostro sin la cicatriz se contrajo, subiendo y bajando, como incapaz de decidir qué expresión adoptar. Finalmente Luzia le acarició para que se tranquilizara.

Ya lo conocía. Conocía cada arruga, cada músculo, cada cicatriz oscura y reluciente…, y este conocimiento la llenó de audacia. Luzia miró sus labios torcidos; parecían extraños e inaccesibles, pero no ocurría lo mismo con sus cicatrices. Antes de que pudiera apartarse, posó la boca sobre la marca de su cuello, sobre las picaduras circulares en su mano, sobre el largo corte sesgado en su antebrazo. Sabía a sal y a clavos de olor. Él le echó la trenza a un lado y se inclinó sobre su cuello. No la besó…, inhaló, moviéndose hacia su oreja, aspirándola entera. Su voz era baja e intensa. Luzia no pudo oír las palabras, no pudo saber si eran súplicas u oraciones.

Las gafas se le cayeron de la mano. Luzia cerró los ojos y sintió que estaba de nuevo en el barranco, vadeando a través de aguas extrañas y, de pronto, pisando en un lugar donde no hacía pie. Se sintió atrapada, envuelta, arrastrada hacia abajo. Pero él estaba a su lado, y no en el torrente, sino sobre aquel duro suelo del cuarto de huéspedes. Luzia sintió temor. No podía recobrar el aliento. Sintió movimiento, luego dolor, y luego un gran estallido de calor dentro de ella, como si le inyectaran un chorro de azúcar quemada sobre el vientre. Se contrajo y se abrazó a él, devolviéndole con la respiración sus extrañas e inaudibles palabras, rematándolas no con un «amén», sino con un «Antonio».