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Se casaron en noviembre, a la sombra del porche delantero de Eronildes. Luzia llevaba una camisa limpia y una falda prestada por la esposa de uno de los peones. Tuvo que alargar los bajos y coser un volante fruncido de algodón rústico alrededor de la falda y los puños de la camisa. Llevaba un ramo de azahar, y también llevaba sus gafas.
Habitualmente, antes de una ceremonia nupcial el novio y sus parientes se encaminaban a la casa de la novia, en donde ella se despedía de su familia y marchaba a la capilla junto a su prometido. No había capilla en la hacienda de Eronildes y Luzia no tenía ni hogar ni familia, por lo que se instaló en el porche trasero de la casa y esperó con la vieja criada. La mujer había guardado su pipa. No le había hecho ninguna advertencia ni dado consejo alguno a Luzia. Sencillamente trenzó su cabello muy apretadamente, le dijo que masticara clavos de olor para el aliento y hurtó un poco de la loción Zarza Real del doctor, con la que frotó el cuello y los brazos de la novia. La loción perfumada era potente, y mientras Luzia esperaba a Antonio en el porche trasero olía como el doctor Eronildes, a sábana almidonada.
Antonio llegó acompañado de sus hombres. Llevaba el pelo peinado hacia atrás con tanta brillantina que relucía como un casquete de seda oscura. Sus alpargatas también habían sido lustradas con brillantina, a falta de otra cosa. Debe de haber usado una lata entera, pensó Luzia. El lado de su rostro sin la cicatriz temblaba. La boca se elevó, le siguió la mejilla, y la piel alrededor de su ojo se frunció. Eran movimientos que habrían pasado desapercibidos en otro, pero cuando se comparaban con la mirada plácida e inmutable de su lado marcado parecían exagerados e involuntarios. Era más fácil no verlo, concentrarse en el lado inmóvil a pesar de la marca estriada. Pero Luzia se centró en la observación del lado activo. Era el que le decía algo de aquel hombre.
Cuando subió al porche trasero y extendió su mano, Luzia le dio la espalda y se arrodilló. La tradición dictaba que cayera sobre sus rodillas y se despidiera besando las manos de sus padres. Pero sólo estaba la criada. Luzia le cogió la mano: tenía los huesos delgados y era áspera, como la pata de una gallina.
Antonio la condujo al porche delantero, donde el doctor Eronildes esperaba. No había sacerdotes cerca de su hacienda y no podía llamar a uno del poblado ribereño más cercano. Atraería demasiada atención. Al principio, Eronildes no quiso oficiar la ceremonia. Dijo que no tenía Biblia, que no conocía oraciones, pero Antonio insistió. Quería una boda de verdad. Señaló el diploma enmarcado de médico, en letra cursiva, que colgaba en el salón de Eronildes. El diploma hacía de Eronildes un representante oficial, dijo Antonio. Lo hacía casi tan válido para esas cosas como un sacerdote.
La ceremonia fue rápida. Cuando llegó el momento de la entrega de los anillos, Luzia extendió la mano pero Antonio sacudió la cabeza. Se desabrochó la chaqueta y desenredó una cadena de oro del cuello. Era una medalla de santa Lucía, un amuleto redondo con dos ojos de oro en el centro. Antonio la pasó por encima de la cabeza de Luzia.
Los cangaceiros estaban de pie debajo del porche, al sol. Tenían expresiones serias y concentradas en los rostros. Las mismas expresiones que cuando se escondían entre la maleza y observaban una hacienda o un pueblo desde lejos, tomando nota de sus ventajas y amenazas. Aun así, una boda significaba una fiesta, y ello los animó. Canjica y la criada anciana asaron tres corderos y tres gallinas. Abrieron frascos de mermelada de cajú y botellas de licor de caña. Los hombres comieron y bailaron. Cuando Luzia desató el ramo y arrojó las flores de azahar al aire, se empujaron unos a otros, con alegría, para cogerlas.
Solamente el doctor Eronildes se mantuvo alejado de las efusiones. En medio de la luz crepuscular del atardecer, se sentó en su porche y leyó los últimos periódicos que le faltaban. Una botella de whisky descansaba a medio beber a su lado.
– ¿Vamos a brindar? -le preguntó Antonio-. Nos prometió un brindis.
Eronildes levantó la mirada. Tenía los anteojos opacos, los ojos rojos. Arrugó el periódico en la mano.
– No es ocasión para brindar.
Antonio frunció el ceño. Eronildes tragó rápidamente un vaso de whisky. Luego arrojó un periódico a Luzia.
– Léelo -dijo, tosiendo-. El mercado se ha desplomado.
– ¿Se ha derrumbado? -preguntó Luzia, confundida. Sin ningún motivo, pensó en Emília y se preocupó-. ¿Cuál? ¿Dónde?
– ¡No ha sido un edificio! -explicó Eronildes, enjugándose la frente-. El mercado de valores en Estados Unidos. El azúcar, el algodón, el café no valen nada ahora. Estamos condenados a la miseria.
Luzia estiró el periódico arrugado. Era de hacía varias semanas, con fecha de los últimos días de octubre. Los barones del café de Sao Paulo y Minas hacían cola, cansados y serios. Sus cosechas no tenían ningún valor. En Estados Unidos llamaban al problema financiero el crash, y en Brasil lo llamaban «la Crisis». Los productores de azúcar en los alrededores de Recife estaban quemando la caña, porque esperaban que eso hiciera subir el precio. Las elecciones presidenciales habían sido retrasadas hasta marzo del siguiente año. Los candidatos echaban la culpa de la crisis a los otros partidos.
– Sólo Dios sabe lo que ha sucedido desde entonces -dijo Eronildes-; ese periódico es viejo. Tendré que enviar un telegrama a Salvador mañana para ver si mi madre está bien. Todo debe de ser un desastre en las ciudades. -Bebió otro trago de whisky. Sus dedos temblaban-. Ahora elegir a Gomes es nuestra única salvación.
– Nuestra salvación no está en esta tierra -respondió Antonio.
– Me refiero a la salvación comercial -ladró Eronildes, arrastrando las palabras-. La modernización es nuestra única esperanza, la queramos o no.
– Lo nuevo no es siempre lo mejor -alegó Antonio.
Eronildes se echó más whisky, con tanta brusquedad que le salpicó en el pantalón.
– Tú empleas rifles, ¿no es así? -argumentó el doctor-. Puedes disparar a un hombre desde muchos metros de distancia. He ahí un invento moderno.
– Un rifle es útil -respondió Antonio-, debo admitirlo. Pero cualquier idiota puede disparar uno. En cambio, matar a un hombre con un puñal requiere una mayor destreza. Ése es el problema con lo moderno…, alienta a los idiotas a creer que son tan capaces como los hombres de verdad.
Eronildes soltó una risa aguda. Un azahar marchito cayó de su ojal.
– Bueno, señora Teixeira -dijo, poniendo énfasis en cada sílaba-, ¿qué piensa de todo esto? ¿Quién es el idiota y quién es el hombre de verdad?
Luzia lo oyó pero no pudo hablar. Había descubierto la sección de sociedad de otro periódico atrasado. Debajo del título había una fotografía titulada «Concurso anual de quitasoles de las Damas Voluntarias de Recife, 1929». Una fila de mujeres sonrientes portaban sombrillas primorosamente decoradas. El primer premio tenía cintas que colgaban de los bordes. En su diseño se veía una nube de lluvia, una mazorca de trigo, un sol, una dalia. La mujer que llevaba este quitasol lucía un sombrero redondo con una pluma rayada en el ala. Su cabello le llegaba hasta la barbilla y llevaba rizos. Tenía los labios oscuros; los ojos, cerrados. Aun así, Luzia supo quién era.