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A medida que se acercaban las elecciones, el Partido Azul trató de desacreditar a Gomes atacando a las sufragistas. Los periodistas del diario del Partido Azul escribieron artículos acerca de la «peligrosa emancipación» que se les estaba ofreciendo a las mujeres jóvenes. Aparecieron tiras cómicas de maridos agobiados que se quedaban con una prole de niños llorosos mientras sus esposas -siempre enormes y torpes, jamás elegantes, según observó Emília- dejaban el hogar con la maleta en una mano y el billete de tranvía en la otra.
Un efímero programa radiofónico de mujeres llamado Cinco minutos de feminismo se abría y cerraba con alegres sambas cuyas letras decían:
Ella tendrá todo lo que quiere,
ella hará todo lo que pueda;
pero, queridos amigos, ¡ella nunca será un hombre!
Todas las noches el doctor Duarte tamborileaba con los pies al ritmo de esas canciones, mientras Degas lanzaba perspicaces miradas a Emília.
– Odio esas canciones -dijo finalmente Emília, sin poder seguir tolerando por más tiempo el aire de maligna satisfacción secreta de Degas. No le gustaba que se burlase en silencio de las ideas de su padre.
El doctor Duarte la miró, sobresaltado. Doña Dulce asintió con la cabeza.
– La samba es terrible -afirmó-. Siempre me ha parecido terrible.
El doctor Duarte arrugó la frente. Miró fijamente la radio, como si viera por primera vez ese aparato. Después de un momento, la apagó.
– Tonterías. Sois víctimas de la propaganda del Partido Azul -aseguró con brusquedad-. Quieren que nos quedemos paralizados. ¡Pero nos pondremos en pie! ¡Nos pondremos en pie!
Movió con entusiasmo su grueso dedo en el aire. Nadie respondió, y al cabo de unos instantes volvió a encender la radio y escuchó atentamente Cinco minutos de feminismo.
El doctor Duarte, como la mayoría de los hombres del Partido Verde, creía que el sufragio femenino era un paso inevitable hacia la modernidad. Él, como muchas mujeres de las Damas Voluntarias, estaba convencido de que el voto no iba a interferir en los deberes de las mujeres hacia su familia. Las feministas brasileñas no eran, después de todo, como esas radicales mujeres británicas que se inmolaban y ponían bombas en los edificios, solía decir con frecuencia Lindalva, y Emília siempre detectaba algo de nostalgia en su voz, como si hubiera preferido aquel radicalismo.
Como respuesta a los ataques del Partido Azul, los periodistas verdes de Recife publicaron escabrosos historiales delictivos y aseguraban que el gobierno azul había perdido el control, la autoridad moral sobre el país. En Pernambuco, los periódicos escribían sobre el grupo del Halcón. El líder cangaceiro había sorprendido a periodistas y funcionarios públicos al telegrafiar a Recife. Su mensaje apareció en la portada del Diario de Pernambuco:
Corrijo un error en su diario. PUNTO. Los buitres comen lo que ya está muerto. PUNTO. Los halcones son diferentes. PUNTO. Cazan, matan y luego comen. PUNTO. Estoy vivito y coleando.
PUNTO. Cuando vengan más soldados, asegúrense de que traigan agua. PUNTO. No quiero que mueran de sed. PUNTO.
Firmado:
Capitán Antonio Teixeira,
llamado «el Halcón»
Desde la emboscada a las tropas gubernamentales, se había producido una breve pausa en las actividades de los cangaceiros, seguida por más violencia. El grupo del Halcón secuestró a la hija de un coronel y la liberó después del pago de un abultado rescate. Asaltaron un tren en el pueblo de Aparecida, la estación más occidental en Brasil de la línea del Ferrocarril Gran Oeste. Los vagones de carga del tren estaban llenos de maíz y harina de mandioca que se iban a vender en la costa. Los cangaceiros dispararon al maquinista en el muslo y distribuyeron la comida entre los vecinos.
Cuando el primero de esos artículos apareció en el Diario de Pernambuco, Degas lo leyó en voz alta durante el desayuno.
– ¡Por favor! -exclamó doña Dulce, agitando su blanca mano en dirección a Degas-. No permitiré asuntos sangrientos en la mesa.
– Entonces pasaré por alto -aceptó Degas- los asuntos sangrientos, por respeto a ti y a Emília.
Al lado de ella, Degas abrió el periódico por la segunda página del artículo. Emília sintió el olor de la tinta del periódico. Notó la mirada fija de Degas, como si estuviera desafiándola a que mirara el diario. Emília recordó su conversación en el dormitorio, cuando ella había fumado su primer y último cigarrillo. Felipe y las criadas del coronel le habían contado a Degas todo lo referente al rapto de su hermana con un brazo lisiado. Sabía que el Halcón se había llevado a Luzia.
Emília mantuvo la cabeza inclinada y los ojos fijos en el huevo frito que estaba sobre su plato. Pinchó la yema, luego pasó el cuchillo en diagonales rápidas sobre la propia yema y la clara.
– Lee, hijo -dijo el doctor Duarte.
Después de que Degas leyera ese primer artículo sobre el cangaceiro, Emília estaba decidida a no dejarse sorprender otra vez. Se despertaba todos los días al amanecer y cogía el periódico antes de que nadie lo hiciera.
La joven esposa se llevaba a hurtadillas los periódicos al recibidor lleno de espejos, donde las criadas rara vez entraban. Allí, en aquella estancia débilmente iluminada, leía. Poco a poco, el tema favorito de los periódicos dejó de ser el Halcón para concentrarse en su acompañante. Una mujer, según decían. Una mujer que se vestía como un hombre. Según lo declarado por los lugareños, los cangaceiros la llamaban «la Costurera». Al principio, la gente dudó de su existencia y los informes no reproducían ningún detalle concreto acerca del aspecto de la cangaceira, lo cual era frustrante para Emília. Finalmente, un periodista de Recife pudo ver al grupo del Halcón mientras viajaba por el interior. Los cangaceiros le robaron el dinero e hicieron añicos su máquina de escribir, pero él se las arregló para regresar a Recife con vida y redactar una serie de artículos sobre sus aventuras.
Quién es la «Costurera». Un retrato
Por Joaquim Cardoso
¿Quién es esta costurera? Uno podría decir que es sólo una mujer, pero lleva pantalones y gafas con montura de metal de considerable valor. Un indicio de feminidad puede hallarse en sus pertenencias. Sus bolsas y cantimploras están decoradas con colores chillones. En este sentido, ella es como muchas mujeres de los pueblos pequeños y sucios del interior. Tratan de parecer presentables, pero no lo logran. Es inusitadamente alta y tiene un brazo deforme. Aparte de estos atributos que la caracterizan, en todo lo demás es como cualquier mujer de un campesino. Tiene pies grandes, uñas sucias, una boca carnosa y los pechos nacidos. Es una mujer vulgar y el interior está lleno de mujeres como ellas.
Lo que diferencia a la Costurera es que no es la mujer de un campesino. Se ha casado con un bandido, un hombre de piel oscura, feo y maloliente. Esta mujer tiene una mirada furtiva y amenazante. Arriesga su propia vida, protege al más débil de la banda, y con silenciosa repulsión permite las atrocidades sanguinarias de su marido. Es insensible y a la vez sentimental, fría y a la vez feroz. En pocas palabras, es una mujer. ¿Y qué hombre podría penetrar los misterios de un alma tan contradictoria?
Emília leyó el artículo hasta que sus palabras se volvieron borrosas. Luzia estaba viva. Ya no cabía duda. Pero su alivio fue pronto reemplazado por la cólera. ¿Quién era ese periodista para decir semejantes cosas? La mirada de Luzia no era furtiva. Su hermana no era vulgar. Luego surgió el temor: ¿y si Luzia había cambiado? ¿Acaso ella misma, Emília, no se había convertido en alguien diferente desde que llegó a Recife? La tristeza la abrumaba, como una piedra que le aplastara el pecho. Era como si le hubieran robado algo precioso y luego se lo hubieran devuelto, pero con una forma que resultaba irreconocible. ¿Quién era esa mujer, esa Costurera? En el fondo de su alma, Emília sintió algo extraño. Frío. Tal como solía sentirse cuando veía alguna encantadora prenda de encaje y no podía poseerla. Tal como se sentía a veces ante las modelos de Fon Fon, con su pelo perfecto y sus vestidos elegantes. Siempre había envidiado la libertad de Luzia, su fuerza. Todavía la envidiaba.
Emília hubiera querido recortar el artículo para ponerlo con su foto de comunión, pero no podía. Tenía que volver a doblar el periódico cuidadosamente, como hacía todos los días, para devolverlo al buzón junto al portón de hierro de la casa de los Coelho. A la hora del desayuno, Degas leyó el artículo con tono vacilante, como si su contenido lo perturbara. Impaciente, el doctor Duarte arrebató el diario de las manos de su hijo y él mismo terminó de leerlo. Luego le pidió a una criada unas tijeras y recortó el artículo en la mesa, a pesar de las objeciones de doña Dulce.
El recorte se quedó sobre el escritorio, en su estudio. Emília se vio obligada a verlo todas las tardes. Se había convertido en la secretaria personal de su suegro. Después de sus reuniones políticas en el Club Británico, el doctor Duarte tenía muchas ideas y muchos planes. El suegro de Emília guardaba en secreto para sí toda estrategia del Partido Verde que él pudiera conocer, pero el doctor Duarte creía que después de las elecciones sus teorías criminológicas serían aceptadas y aplicadas. Tenía que poder explicar su ciencia de manera sucinta y eficaz a los líderes del Partido Verde. El doctor Duarte no podía almacenar todas sus ideas en la cabeza, pero tampoco podía escribirlas con suficiente rapidez. Cuando lo hacía, luego no podía comprender su propia caligrafía. No quería contratar a «una niña tonta» que después pudiera chismorrear acerca de sus planes. El partido no lo aprobaría. El doctor Duarte necesitaba a alguien discreto, digno de confianza, y fácilmente disponible. Emília era la candidata obvia. Cuando el doctor Duarte hablaba, ella escribía, aunque no siempre la ortografía fuera la correcta.
Él partía de los tres tipos corporales del doctor Ernst Kretschmer: el asténico, o huesudo y delgado; el atlético, o muscular; y el pícnico, o redondeado y gordito. Los asténicos eran a menudo esquizofrénicos, excéntricos y criminales. Los atléticos eran en general normales. Los pícnicos eran filósofos, holgazanes, depresivos. Había una diferencia inherente entre un criminaloide (alguien que comete crímenes o practica perversiones debido a su naturaleza débil, que puede ser curado) y el verdadero criminal, el homo delinquins (que perpetra crímenes desde la infancia sin mostrar ningún remordimiento y que no tiene ninguna posibilidad de curación). El verdadero criminal era similar a las razas primitivas y a los niños, los cuales son hedonistas, entrometidos y crueles.
– En los pueblos salvajes -dijo el doctor Duarte mientras iba de un lado a otro en su oficina-, la mujer parece ser menos sensible. Es decir, más cruel que el varón y más propensa al deseo de venganza. Pero nadie sabe si eso es igual en el criminal de hoy. Hay muy pocos delincuentes de sexo femenino.
Bajó la mirada a su escritorio y rozó el recorte de periódico suavemente con las yemas de sus dedos.
– ¡Cómo me gustaría medirla! -Su voz era suave, afectuosa.
– ¿Qué vería usted si lo hiciera? -preguntó Emília.
El doctor Duarte alzó la vista, sobresaltado por la voz de su nuera.
– ¿Qué vería usted… en ella? -repitió Emília.
– No lo sé. Pero tengo mis hipótesis.
El doctor Duarte frunció los labios y miró a Emília, luego abrió un cajón del escritorio y sacó una caja de madera. Dentro, sobre una cubierta de terciopelo, había un juego de pinzas plateadas. Eran grandes y curvadas. Sus extremos eran chatos. El doctor Duarte las sacó de la caja. Tenían asas parecidas a las de unas tijeras.
– ¿Me permites que te enseñe? -preguntó.
Emília bajó su libreta de anotaciones.
– ¡Oh, no! No, doctor Duarte. Era sólo una pregunta tonta.
– Por favor -insistió él-. Me gusta explicarlo de manera práctica. Y te ayudará a tomar notas si sabes a qué me estoy refiriendo. -Rodeó el escritorio con el calibrador en la mano-. ¡No tengas miedo, querida! -El doctor Duarte se rió entre dientes-. Ponte derecha ahora; no quiero despeinarte.
Colocó uno de los extremos planos del calibrador entre sus ojos y estiró el otro hasta la parte posterior de la cabeza. El metal estaba frío.
– Desde el comienzo de la nariz hasta la parte posterior del cráneo se mide el diámetro anterior-posterior máximo -dijo el doctor Duarte-. Cogió la libreta de notas y la pluma que usaba ella. Garabateó allí una medición y la escondió de la vista de su nuera. Luego el doctor Duarte le colocó el calibrador sobre cada uno de los lados de la cabeza, presionando sobre las sienes-. Este es el diámetro transversal.
Emília cerró los ojos. El traje del hombre olía intensamente a lima. Era la colonia cítrica con la que lo rociaba antes de cada reunión en el Club Británico. Más que verlo, oyó que escribía otra anotación.
Puso luego el calibrador sobre la cabeza y en la base de su cuello.
– Transversal o curva biauricular -dijo, para luego garabatear algo.
Sintió el contacto de los dedos de su suegro, fuertes y gruesos, que ahora sujetaban con firmeza la base de su cráneo. En ese momento estaba midiendo con las manos. Emília tragó saliva. Abrió los ojos.
– Listo -anunció el doctor Duarte-. Terminado. Ahora hacemos algunas cuentas. Tengo que sumar los cinco elementos para obtener tu capacidad craneal, luego aplico una fórmula para obtener lo que llamamos el índice cefálico.
Emília asintió con la cabeza. El doctor Duarte se sentó a su escritorio y se inclinó sobre la libreta de notas. Emília giró en su silla. La niña sirena estaba sobre el estante de atrás, serena y dormida.
– Bueno -murmuró el doctor Duarte-. Emília…
Ella se volvió.
– Tú, querida, eres una braquicéfala.
– ¿Una qué?
El doctor Duarte se rió.
– Tienes un cráneo perfecto, encantador, totalmente dentro del índice normal de una mujer.
Emília suspiró. El doctor Duarte sonrió.
– ¿Estabas preocupada? -preguntó, volviendo a sentarse en su silla y entrelazando los gruesos dedos-. Las mujeres criminales son egoístas y maliciosas. Son mentirosas. Tú, Emília, no eres ninguna de esas cosas.
Emília asintió con la cabeza y se excusó, porque deseaba retirarse.
En su habitación sacó la foto de comunión de su escondite en el joyero. Emília quería rezar, pero ¿por qué? ¿En señal de agradecimiento por su normalidad? ¿Por su cráneo encantador? Se había puesto nerviosa en el despacho del doctor Duarte. E incluso se había asustado un poco. Cuando él le reveló sus resultados, se sintió a la vez aliviada y desilusionada. Era normal, se la podía conocer. Y eso no pasaba con Luzia. A Luzia no se la podía medir. Era tan opaca e imprevisible como el río Capibaribe, que cortaba la ciudad con sus aguas marrones: a veces calmas, a veces turbulentas y aterradoras.
Pero ¿hasta qué punto, pensó Emília, los propios atributos físicos determinaban sus destinos? La tía Sofía y el padre Otto creían que el cuerpo era un caparazón para el alma. El alma -esa esencia espiritual intangible- era la que daba forma a una persona. Sin embargo, incluso las almas tenían sus limitaciones; el padre Otto decía que Jesús miraba el interior de las almas de las personas y podía ver todos los pecados que los seres humanos iban a cometer incluso antes de que los hubieran cometido. En lugar de impedir esos pecados, había muerto por ellos. Había dado su vida por su perdón, porque los pecados eran inevitables.
El doctor Duarte iba a misa y comulgaba, pero creía que los cráneos de las personas -no sus almas- eran los que determinaban su futuro. Los cráneos tenían la forma adecuada para alojar los cerebros, que eran moldeados por la herencia. La madre de la niña sirena había sido bebedora y criminaloide, de modo que su hija, si hubiera vivido, habría heredado los mismos rasgos. El padre de Emília había sido un borracho, pero ni ella ni Luzia podían soportar el olor del licor de caña. El doctor Duarte no conocía su historia familiar, sin embargo la había declarado normal, no era mentirosa ni maliciosa ni egoísta. Pero estaba equivocado. Emília sabía que llevaba consigo todas esas faltas. Había mentido. Les había dicho a los Coelho que su hermana estaba muerta. Algunas veces, después de soportar alguno de los comentarios mordaces de doña Dulce, Emília había entrado a hurtadillas a la cocina para lamer una cuchara y meterla en todos los frascos de la preciada mermelada de su suegra, maliciosamente, esperando deteriorarlas. Y la otra noche, en lugar de confortar a su marido después de su extraña confesión, se había apartado de él, demasiado preocupada por sus propios miedos como para atender los de él.
Degas había confesado que prefería una vida prescrita, predeterminada; era reconfortante para él creer que sus acciones eran inevitables, que su cerebro era inflexible.
Emília no podía imaginar que vidas enteras pudieran estar determinadas por algo tan tosco y vulnerable como el cuerpo o por algo tan etéreo como el alma. No podía convencerse de que su destino, o el de Degas, o el de Luzia, hubiera sido fijado desde el principio. Emília estaba acostumbrada a tomar decisiones. Toda costurera lo hacía. Hasta la muselina más insulsa y más rústica podía ser teñida, cortada y convertida en un espléndido vestido si se tomaban las decisiones correctas. Elecciones similares podían convertir la seda más encantadora en una catástrofe desordenada y plagada de defectos. Pero cada tela, como cada persona, tenía limitaciones y ventajas únicas. Algunas eran delicadas como el papel de seda, encantadoras pero frágiles, y se estropeaban al menor defecto. Otras estaban tejidas de manera tan apretada que no se podían ver las fibras. Otras eran ásperas, gruesas y duras. No había manera de cambiar el carácter de un paño. Podía ser cortado, rasgado, cosido para convertirlo en vestidos o pantalones o arreglos de mesa, pero más allá de la forma que adquiriera, un paño siempre seguía siendo el mismo. Su verdadera naturaleza era inmutable. Cualquier buena costurera lo sabía.
Emília miró a las niñas en su foto de comunión. Siguió la línea del brazo lisiado de Luzia, siguió las curvas sutiles de su propio cuerpo de niña que se estaba convirtiendo en mujer, y se preguntó qué era lo que en sus caracteres era inmutable como el paño y qué parte de ella había sido producto de las circunstancias. Emília recordó la presión de las manos del doctor Duarte sobre su cabeza, el metal frío de sus pinzas. Recordó las palabras del recorte de periódico que quedó sobre su escritorio: «¿Y qué hombre podría penetrar los misterios de un alma tan contradictoria?».
– Ningún hombre -susurró Emília ante las niñas de su foto de comunión-. Y mucho menos un medidor de cráneos.
Durante las semanas siguientes, Emília empezó a estudiar diseños de pantalones. «Pantalones de dama para navegar», los llamaban las revistas de moda europeas. Eran blancos y estrechos en la cintura, con amplias perneras. Nunca podría hacerse uno así para ella misma: eran demasiado atrevidos y las Damas Voluntarias no lo aprobarían. Pero de todas maneras, soñaba con los pantalones. Todas las tardes robaba algún dinero de la billetera del doctor Duarte y se compraba sus propios periódicos. Se detenía en un quiosco al regresar de la casa de Lindalva. El dueño del puesto era su cómplice. Escondía su Diario de Pernambuco entre las revistas de moda y le hacía un guiño cuando se las entregaba. Recortaba los artículos que quería y los guardaba bajo llave en su joyero. Leyó acerca de la vida de Luzia como si su hermana fuera la oscura heroína de una novela. Todos los días al despertarse, Emília se sentía excitada. Excitada por ver lo que Luzia iba a hacer después. Su hermana estaba a cientos de kilómetros de distancia, pero Emília sentía que se encontraba cerca de ella otra vez. Era como si estuviese dando refugio a un fugitivo ante las mismas narices de los Coelho.