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En marzo Celestino Gomes perdió en su intento de convertirse en presidente. El día de las elecciones, el doctor Duarte y otros adinerados miembros del Partido Verde se pusieron sus insignias de color esmeralda en la solapa y condujeron sus Chrysler a las mesas electorales colocadas en el centro de la ciudad. Cuando los votos del estado fueron sumados, Gomes ganó en Recife, pero perdió en el campo.
Los coroneles se habían unido contra él, dando todos los votos del interior al presidente en ejercicio y candidato del Partido Azul. Lo mismo ocurrió en todo el norte, mientras que en el sur Celestino Gomes ganó en su propio estado de Minas Gerais, pero perdió en todo Sao Paulo y Río de Janeiro, donde el Partido Azul era más fuerte.
El alcalde de Recife -hombre del Partido Azul- decretó un día de fiesta. El doctor Duarte se encerró enfurruñado en su estudio. Doña Dulce estaba alterada por las consecuencias de las ideas políticas de su marido: hizo tres frascos grandes de mermelada de plátano en una tarde. Emília no podía hacer sus visitas semanales a Lindalva, porque había noticias de enfrentamientos en las calles. Los grupos del Partido Verde estaban por todas partes proclamando que la votación había sido un fraude, mientras los seguidores del Partido Azul celebraban el triunfo. En los días posteriores a las elecciones se dio muerte a innumerables perros callejeros, a los que taparon la boca con los pañuelos verdes.
Al conocer estos sucesos, los líderes estudiantiles planearon una concentración del Partido Verde delante de la alcaldía. Emília y los Coelho se enteraron de eso mientras escuchaban la radio en la sala.
El doctor Duarte dio unos golpecitos en el brazo de su hijo.
– Soy demasiado viejo para la agitación -dijo-, pero tú debes estar con tus iguales.
A Degas se le subieron los colores a la cara. El día de las elecciones había acompañado sin ganas a su padre a la mesa de votación verde.
– Es una agitación inútil -replicó Degas-. Las elecciones ya han pasado.
– Estoy de acuerdo -interrumpió doña Dulce. Venía de la cocina y todavía llevaba su mandil blanco, con los bordes festoneados arrugados por el calor de la cocina. Sus mejillas estaban inusualmente arreboladas-. Por favor, Duarte, no más conversaciones sobre política en esta casa. Lo que pasó ya pasó.
El doctor Duarte entrelazó sus gruesos dedos. Miró a Emília como si buscara un aliado. Ella de inmediato centró su atención en la labor de bordado. Por una vez, la joven estaba de acuerdo con doña Dulce y con Degas. Le alegraba que las elecciones hubieran terminado y que ya no hubiera más tonterías azules y verdes.
– Muy bien -aceptó el doctor Duarte, alisando su espeso pelo blanco-. Hablaré de ciencia entonces. No puedes negarme eso. Emília, refresca esta mente vieja que tengo. Dime otra vez a cuál de los tipos de cuerpo del doctor Kretschmer corresponden los hombres gruesos, los que son holgazanes y escépticos. ¿Cómo se llaman?
Emília levantó la vista. Doña Dulce miraba sin decir nada, con cara rígida e inexpresiva, como si se hubiera lavado el cutis con almidón. Degas se movió en su silla. La suavidad formal de su camisa de vestir estaba arrugada en el pliegue que había encima del vientre. En su cara apareció la misma expresión preocupada que le había dirigido a Emília cada vez que la había cogido de la mano en público, como si le estuviera rogando que no la retirara.
– No me acuerdo -respondió ella.
Sabía la respuesta; era «pícnico». Cuando la escuchó por primera vez, Emília supuso que la palabra era alemana, como el médico que la había inventado, y eso le había hecho recordar al padre Otto, aunque su volumen lo hacía reconfortante y cálido, no haragán y de naturaleza débil.
– Me sorprende, Emília -comentó el doctor Duarte-. Por lo general tienes una memoria muy precisa.
– Gomes debe aceptar que perdió -espetó Degas-. ¿No es eso lo que le gusta decir a usted: «Los hombres honran sus deudas y aceptan sus pérdidas»?
– Las pérdidas justas -precisó el doctor Duarte-. Los hombres deben aceptar las pérdidas justas y luchar contra las injustas. Me habría gustado que mi hijo comprendiera la diferencia.
– La comprendo -replicó Degas-. Para usted…, para nosotros… los resultados son injustos. Pero para el Partido Azul son más que justos, tienen sus razones.
– No creí que te convirtieras en un traidor tan rápidamente -sentenció el doctor Duarte, alisándose el bigote.
Degas se puso de pie. Le tembló la frente, dando la impresión de que tenía algo en el ojo.
– ¿Su lealtad consiste en romper escaparates? -preguntó en tono tranquilo-. ¿Se trata de dar gritos en la calle? Eso es muy fácil. Voy a hacerlo.
– Tú te quedas aquí -interrumpió doña Dulce. Dirigió su mirada ámbar a su marido-. No lo provoques, Duarte. Ya hemos perdido bastante, ahora que tu partido no ha ganado. No permitiré que nuestro hijo se meta en esta locura.
Doña Dulce rara vez peleaba con su marido. En los últimos meses había sido vencida en su aversión por el nuevo vestuario de Emília. Había admitido la adquisición de una máquina de coser, a pesar de sus quejas y sus constantes comentarios de que su casa no era el taller de una costurera. Había sonreído pacientemente cuando el doctor Duarte usaba sus corbatas verdes, y había soportado todos los discursos radiados de Gomes. Pero esa noche había llegado a su límite.
El doctor Duarte asintió con la cabeza.
– Debes estarle agradecido a tu madre, Degas. Ella te protege. Siempre te ha protegido.
Degas pasó junto a doña Dulce rozándola y abandonó el salón.
Después de esa noche, Degas se mostró parco con su madre. Evitaba las miradas de doña Dulce y la apartaba si ella trataba de acomodarle el cuello de la camisa o de arreglarle sus finos mechones de pelo. Degas hacía una mueca de incomodidad cada vez que el doctor Duarte hablaba de Gomes, pero no volvió a discutir con su padre. Asistía a sus clases de Derecho con diligencia. En lugar de pasar las tardes fuera de la casa de los Coelho, Degas empezó a quedarse, para permanecer en el despacho de su padre. Acompañaba al doctor Duarte en sus salidas para visitar las propiedades familiares en la ciudad y controlar que los edificios no hubieran sido atacados por los seguidores del Partido Azul. Degas estaba demasiado ocupado con su padre para pasar el tiempo con sus amigos de la facultad, o con Emília. Se negó a llevar a su mujer a la tienda de telas, debido a las peleas callejeras entre grupos verdes y azules. Sin suministros para coser y sin poder visitar la casa de Lindalva, Emília se vio obligada a regresar al patio de los Coelho, donde fingía bordar. Sin que nadie se diera cuenta, espiaba por las puertas abiertas del estudio y observaba a su marido y a su suegro.
El doctor Duarte todavía estaba enfadado con Degas por no ser un fiel seguidor del Partido Verde. Fastidiaba a su hijo con historias de los patriotas de Gomes, y cuando Degas se mostraba incómodo -fruncía la boca, movía el cuerpo como si su silla estuviera recubierta de púas- cambiaba de táctica y elogiaba al joven por su atención y por su recién descubierto interés por las propiedades de la familia. Al escuchar estos elogios, Degas se animaba, aunque con vacilaciones. A Emília le recordaba a un caballo atado que tiraba tercamente, contrariado por su cautiverio pero sin llegar nunca a romper los correajes. Tiraba sólo para demostrar que podía hacerlo, y cuando su amo regresaba con avena y caricias tranquilizadoras, se contentaba con renuencia.
Emília sentía pena por su marido, pero ella no se merecía que le negaran los materiales para coser. En consecuencia, la joven apenas le hablaba a Degas. El doctor Duarte también estaba enfadado con su esposa por su actitud demasiado protectora. Y doña Dulce estaba enojada con todos ellos: con el doctor Duarte por su áspera política, con Degas por su brusquedad y con Emília por ser testigo de sus desilusiones. Doña Dulce descargaba su mal humor con las criadas, que a su vez ponían almidón en exceso en la ropa y chamuscaban las mejores camisas del doctor Duarte con la plancha. Sólo las tortugas del patio y el corrupião en su jaula no guardaban ningún rencor a nada ni a nadie.
Cuando el invierno llegó, un calor húmedo se apoderó de la ciudad. Hubo dos choques de tranvías, varios ataques con navaja y un tumulto en un mercado local cuando corrió el rumor de que los carniceros estaban vendiendo disimuladamente carne de burro. Desde su habitación en la casa de los Coelho, Emília percibió el olorcillo de algo que se estaba pudriendo, como fruta pasada o carne de res mal salada que no se había conservado. Pronto el olor invadió la casa de los Coelho. Ella creyó que era la ciudad -su aire contaminado, el agua estancada del pantano-, pero el chico de los recados descubrió que era un perro callejero arrojado junto a la puerta trasera de la casa, lleno de llagas, con los dientes detenidos en un gruñido eterno, el cuerpo hinchado y a punto de reventar.