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El 22 de mayo de 1930, al mismo tiempo que el candidato del Partido Azul asumía el cargo de presidente en Río de Janeiro, el Graf Zeppelin aterrizó en Recife. Los diarios de la ciudad enterraron la ceremonia de toma de posesión en la página tres, y dieron prioridad al dirigible alemán. Durante semanas el GrafZeppelin le había hecho sombra a la política. Iba a cruzar el océano Atlántico para hacer su primer aterrizaje en América del Sur, y el sitio elegido no fue Río de Janeiro, sino Recife. Después de las elecciones, el gobierno municipal construyó una torre de aterrizaje en el pantano de Afogados. Recibió el nombre de Campo de Jiquiá y lo equiparon con una estación de combustible, un pabellón para las ceremonias, una capilla y una torre-antena de radio. Se esperaba que la llegada del Graf Zeppelin atrajera a una gran multitud. Para pagar la construcción del Campo de Jiquiá, la ciudad planeaba cobrar la entrada. El alcalde declaró fiesta oficial el día del aterrizaje e incluso las criadas de los Coelho tuvieron la tarde libre con la esperanza de ver el dirigible.
El Graf Zeppelin medía 230 metros de largo. Emília había leído sus dimensiones en los periódicos. Podía alcanzar los 110 kilómetros por hora y cruzaba el océano Atlántico en un tiempo récord de tres días. El diario lo llamaba «el pez plateado». El doctor Duarte lo llamaba «la vaca voladora». Cuando Emília preguntó qué quería decir, el doctor Duarte dejó escapar un suspiro y sonrió, como si le aliviara que alguien, aparte de Degas, le prestara atención.
– Se cuenta que después de la invasión de los holandeses -comenzó el doctor Duarte, dejando sus cubiertos del desayuno-, éstos quisieron construir un puente, pero no tenían dinero. El conde Nassau, el gobernador holandés, construyó una plataforma y dijo que una vaca iba a salir volando desde ella. ¡La gente acudió en masa para verla y él cobraba las entradas! Nassau era un hombre inteligente, pero pícaro. Me habría gustado tomarle las medidas. -El doctor Duarte hizo una pausa y fijó la mirada en su plato, como si estuviera imaginando la sesión de mediciones. Después de un instante, sacudió la cabeza y continuó-: No había ninguna vaca que volara, por supuesto. Cogieron una piel de vaca y la rellenaron, luego la dejaron caer de la plataforma para que se elevase como lo que era, un globo. La gente se quedó tan sorprendida que olvidaron que habían sido estafados por el holandés.
– No fueron estafados, querido -interrumpió doña Dulce-. Tuvieron un puente, después de todo.
– ¡Les vaciaron los bolsillos! -replicó el doctor Duarte.
– Entregaron el dinero por propia voluntad -continuó doña Dulce, con voz conciliadora-. ¿No dices siempre que sólo los tontos natos son arrastrados hacia los comportamientos imbéciles?
El doctor Duarte dejó escapar un gruñido y volvió a ocuparse de su comida. Después del desayuno, doña Dulce llevó a Emília aparte y le dijo que no alentara los arrebatos de su marido, porque el doctor Duarte todavía estaba amargado por las elecciones.
Pero las preocupaciones de doña Dulce eran exageradas, su marido había perdido pocas influencias. Muchas de las familias viejas y muchos de los líderes del Partido Azul le debían dinero, lo cual hacia que fuesen amables con él. Y a pesar de la distracción del Graf Zeppelin, el Partido Verde no había desaparecido del todo. Todavía aparecían ásperos editoriales en el Diario de Pernambuco acerca de los prolongados efectos de la crisis. Aún había grupos de estudiantes opositores, a los que Degas, con la esperanza de reconciliarse con su padre, aseguraba haberse unido. Había vagas alusiones a una posible revuelta. Y el doctor Duarte todavía seguía asistiendo a sus reuniones en el Club Británico, aunque llevaba su insignia del Partido Verde escondida debajo de la solapa. Emília no estaba segura de si la escondía de la mirada pública o de doña Dulce.
El día del aterrizaje del Graf Zeppelin, Emília descubrió el cierre de oro de la insignia que sobresalía de la solapa del doctor Duarte. El gobierno de la ciudad había dicho que a cualquiera que exhibiera abiertamente el color verde se le prohibiría la entrada a la ceremonia de aterrizaje. No querían agitadores, especialmente en el pabellón de ceremonias, al que los Coelho, junto con el alcalde y las demás familias notables, habían sido invitados para presenciar el aterrizaje de la célebre aeronave. Los bordes del pabellón estaban recubiertos con tela azul y en el centro se veían hileras de sillas blancas de madera. No había nadie sentado en ellas. Había más posibilidades de aliviarse con alguna brisa estando de pie, aunque cuando el viento llegaba era cálido y húmedo como un jadeo. Se veían pañuelos en abundancia. Los hombres se secaban la frente y las mejillas. Las mujeres agitaban abanicos de seda delante de sus rostros. Una pequeña orquesta tocaba en uno de los extremos del pabellón. El sudor corría por el cuello de los músicos y oscurecía la tela de sus camisas. Un camarero con chaqueta blanca de tela tan gastada que parecía gasa puso un vaso de zumo de fruta en las manos de Emília. Lo encontró dulce y templado.
Emília notaba que la tela del vestido se le pegaba en la espalda. Era una de sus creaciones, un vestido amarillo y blanco con cinturón que le llegaba justo debajo de las rodillas.
– Pareces un huevo -le había dicho doña Dulce antes de salir de la casa de los Coelho.
– Parezco Coco Chanel -replicó Emília.
Su vestido no era ni remotamente tan elegante como los de las mujeres francesas que había visto en las revistas, pero eso no le preocupaba. Ya no tenía por qué prestar atención a las advertencias pasadas de moda de doña Dulce. Emília era miembro de las Damas Voluntarias. Tenía peso social por sí misma, y su propia agenda de actividades. La campaña por el voto había terminado con las elecciones de marzo, no así el sueño de Emília de tener su propio taller. En los meses posteriores a las elecciones, había reanudado sus visitas semanales a Lindalva. Emília transformó lentamente la decepción de su amiga en decisión. Podían ignorar a los líderes azules y tener su propia empresa, le dijo Emília a su amiga. Ellas solas podían poner de moda los pantalones para las mujeres. Podían educar a sus costureras y convertirlas en obreras alfabetizadas, y así podrían unirse a las filas de mecanógrafas, maestras y telefonistas que estaban revolucionándolo todo. Emília incluso había mencionado de pasada sus planes al doctor Duarte. Las elecciones habían frustrado sus sueños de un Instituto de Criminología apoyado por el Estado y ya no necesitaba una secretaria, pero Emília seguía yendo a su estudio cada vez que Degas no lo hacía. Escuchaba las ideas del doctor Duarte y compartió con él las suyas de manera cautelosa. Cuando habló de su deseo de vestir a las mujeres de Recife, se aseguró de usar las palabras que más le gustaban al doctor Duarte: modernidad, progreso, innovación. Nunca usó la palabra «empresa»; en su lugar decía «pasatiempo». El doctor Duarte se rió entre dientes ante su charla sobre vestidos, sombreros y vuelos de faldas, pero cuando doña Dulce aseguró que Emília no podía llevar su vestido amarillo y blanco al aterrizaje del Graf Zeppelin, el suegro sacudió la cabeza.
– Debemos recibir a la modernidad con estilo moderno -dijo, dando por terminado el asunto mientras sonreía a Emília.
El GrafZeppelin debía llegar a las cuatro de la tarde. A las cinco no había aparecido. En el pabellón y alrededores la gente empezó a ponerse nerviosa. Los tranvías habían triplicado su frecuencia de viaje para llevar a los espectadores a presenciar el acontecimiento. Los empleados municipales habían limpiado un área para quienes tenían entradas más baratas: estudiantes, periodistas, comerciantes y familias no invitadas al pabellón. En esta zona se habían colocado tablones sobre el suelo embarrado y se construyeron largas pasarelas de madera con barandillas para que las personas de ingresos medios pudieran llegar desde los tranvías. Más allá de esto, en terrenos embarrados, vallados y con mil policías a su alrededor, estaban «las masas», como las llamaba doña Dulce. Eran ruidosas y alegres, y cantaban y bailaban a pesar del calor. Emília vio a dos niñas pequeñas, descalzas, que se reían sin disimulo moviéndose entre la multitud. Llevaban cintas verdes en el pelo.
Junto a Emília, Degas se inclinaba ligeramente sobre la barandilla del pabellón. Abajo, en la zona de la clase media, estaba Felipe. Vestía un traje desaliñado y un sombrero de fieltro deformado. Allá en Taquaritinga, recordó Emília, solía pensar que la ropa de Felipe era la viva imagen de la elegancia.
Cuando vio a Degas, Felipe se quitó el sombrero y lo agitó; lentamente al principio y luego con más vigor. Degas le dio la espalda para fijar su atención en la banda que tocaba dentro del pabellón. Felipe dejó de saludar con la mano. Miró a Emília, que se dio la vuelta rápidamente. Según Degas, Felipe había sido expulsado de la facultad de Derecho de la Universidad Federal debido a su ruidoso y persistente apoyo al Partido Verde. Desde entonces, ya no estaban juntos. Las notas de Degas habían bajado.
A las seis de la tarde la banda dejó de tocar. El alcalde dio comienzo a su discurso. Emília se protegió los ojos con la mano y observó la plataforma de aterrizaje. Parecía una gigantesca taza con su platillo balanceándose sobre un poste rojo y blanco. El alcalde explicó que la torre actuaba como una especie de poste de enganche, que amarraba en un extremo el Graf Zeppelin y lo estabilizaba. Los pasajeros y la tripulación bajaban a tierra desde la cabina adherida a la panza del dirigible. No iban a quedarse en Recife mucho tiempo. Se abastecerían de combustible para luego volar a Río de Janeiro. El capitán Carlos Chevalier, un aristócrata, piloto e invitado de honor del alcalde, había hecho el viaje desde Río para participar en el aterrizaje. Una vez que el Graf Zeppelin se hubiera abastecido de combustible, el capitán Chevalier abordaría el dirigible para ayudar en el vuelo.
La voz del alcalde era potente, pero no llegaba hasta la multitud de más abajo, que comenzó a arremolinarse. En el pabellón, la gente aplaudió cortésmente a Chevalier. Emília vio que la multitud de abajo se protegía los ojos con las manos y miraba atentamente al cielo, creyendo que el Graf Zeppelin había llegado. Chevalier se quitó la gorra negra de piloto y saludó con la mano en alto.
Era un hombre pequeño, con oscuras manchas debajo de los ojos y un prominente tupé de pelo castaño. A Emília le recordaba a los sagüis, monos que eran comunes en Taquaritinga y, para sorpresa de Emília, en Recife también, donde saltaban entre los cables de los tranvías, robaban fruta aquí y allá y llenaban el aire con sus chillidos agudos. Como Chevalier, tenían ojos pequeños y centelleantes y mechones de pelos sobresalían de sus cabezas.
Junto a ella, Degas sacó un pañuelo. Con suavidad, se secó la cara y el cuello. Cuando el aplauso finalizó y la orquesta comenzó a tocar, volvió a meter su pañuelo en el bolsillo y se fue. Emília se acomodó el sombrero y siguió a su marido.
Degas zigzagueó entre los invitados hasta que llegó a la parte delantera del pabellón, donde se encontraba Chevalier. El piloto estaba saludando a un grupo de damas. Degas pasó cerca de él. Cuando el grupo de damas se alejó, Chevalier sonrió y extendió una mano. La frente de Degas brillaba sudorosa. Sin su encanto acostumbrado, el marido de Emília balbuceó una presentación, luego se secó las palmas en los pantalones del traje y le dio la mano al piloto. Su marido parecía grande e incómodo comparado con el vivaz Chevalier. Emília sintió una punzada de compasión por él.
El piloto sonrió y miró detrás de Degas. Dirigió la barbilla hacia Emília.
– Tengo otra dama admiradora -dijo Chevalier.
Degas se volvió. Emília vio un destello de fastidio en su rostro.
– Oh, no -farfulló Degas-. Esta señora es mi esposa.
El capitán Chevalier cogió la mano de Emília entre las suyas, y tiró de ella, aflojándole el guante.
– Me habían dicho que las norteñas eran poco atractivas -dijo Chevalier, sin dejar de mirar a Degas-. Ahora sé que eso es falso.
Su acento de Río era fuerte y exagerado. Emília retiró la mano. Se colocó bien el guante.
– Me habían dicho que los sureños eran altos -replicó ella-. Pero ahora sé que eso es falso.
Chevalier parpadeó. Degas arrugó la frente. Abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar, Chevalier se le adelantó.
– Es una mujer muy rápida -le dijo a Degas-. Tiene usted un gusto excelente.
Emília sintió que un calor picante le subía por la nuca. Chevalier hablaba como si ella fuera un accesorio bien elegido -un reloj de bolsillo, una corbata de seda, un sombrero de gala finamente tejido- y nada más. La joven dirigió su mirada a Degas. Su cuello almidonado se había ablandado.
– Pareces acalorada -dijo Degas, al tiempo que le daba una palmada en la espalda-. ¿Por qué no vas a buscar un ponche? Te sentará bien. No quiero que te desmayes.
Emília asintió con la cabeza. No quería estar cerca de Degas ni del piloto, aunque una parte de ella deseaba quedarse, meterse en su conversación. Se dirigió al bar del pabellón. Allí pidió un vaso de licor de caña con zumo de frutas. Antes de tomar un sorbo, una mano le apretó el hombro y la empujó hacia atrás.
– ¡Ponte derecha! ¡Sonríe!
La voz era baja y nasal. Cuando trató de gritar otra orden, la voz se disolvió en una risita mal contenida. Emília dio media vuelta. Lindalva la atrajo hacia sí para besarle las mejillas. Su amiga llevaba un inmenso sombrero de paja, con el ala levantada y sujeta por un alfiler terminado en una perla. La paja del sombrero era de un blanco puro y estaba tejida tan finamente que era blanda y maleable como la plastilina. Lindalva cogió el vaso de la mano de Emília y bebió un sorbo. Frunció los labios.
– Su bebida tiene alcohol, señora Coelho -bromeó Lindalva.
Emília recuperó el vaso.
– Odio ese zepelín.
– ¿Cómo lo sabes? -se rió Lindalva-. Ni siquiera lo has visto.
– No necesito verlo.
– Hablas como mi madre -dijo Lindalva.
La baronesa había salido de la ciudad antes de la llegada del GrafZeppelin. Había preferido pasar el invierno en su casa de campo en Garanhuns.
– Bien, ese cacharro volador es muy descortés -señaló Lindalva-. Llega tarde a su propia fiesta.
Emília asintió con la cabeza y bebió un trago de su ponche. Le quemó la garganta. A través de la multitud vio a Degas. Estaba inclinado hacia Chevalier y asentía atentamente con la cabeza mientras el piloto hablaba. Chevalier sonreía y gesticulaba con las manos, encantado con la atención que obtenía. Degas le ofreció un cigarrillo y él aceptó; Degas se acercó para darle fuego.
Lindalva cogió el ponche de Emília y bebió otro sorbo.
– Este capitán Chevalier es un descuidado -comentó-. Alguien debería darle a conocer la existencia del peine.
Debajo de ellas, en el barrizal, la multitud comenzó a gritar.
– ¡Oh! -exclamó Lindalva mientras cogía de la mano a Emília-. Mira.
En la distancia se veía un brillo, como un espejo del sol poniente. Emília entrecerró los ojos. La orquesta se detuvo. El silencio se apoderó de la multitud. Lentamente, el Graf Zeppelin se movía en el aire, dirigiéndose hacia el pantano. Era largo y con forma de bala, estrechándose hacia atrás para terminar en una aleta que servía de cola. Flotaba hacia ellos serenamente, como una nube de plata. Desde lejos parecía pequeño e ingrávido e hizo que Emília recordara los globos de fuego que Luzia y ella hacían de niñas. A medida que se acercaba a Campo de Jiquiá, Emília se dio cuenta de que era enorme.
– Es como una gran ballena -dijo una mujer al lado de ella.
– No -replicó un hombre-, es como una embarcación navegando en el aire.
– ¡Viva el señor «Zé Pelín»! -gritó una voz de la multitud de abajo. Se escuchó un estallido de carcajadas. En el pabellón, damas y caballeros no pudieron disimular su risa.
El sol casi se había puesto cuando el Graf Zeppelin llegó sobre ellos, proyectando su sombra sobre el pabellón. Su motor zumbaba. La blanca cabina para los pasajeros pegada a la panza parecía diminuta. Cuando el Graf Zeppelin descendió hacia la torre de anclaje, dejaron caer unas cuerdas. Oficiales uniformados gritaban y corrían por toda la pista de aterrizaje como si estuvieran conduciendo a un animal muy grande y torpe. Cuando, después de hacer varios movimientos bruscos, estuvo en posición, el morro unido a la torre de anclaje y su panza tocando la tierra, la multitud explotó.
Sonaron aclamaciones, silbidos y luego la distante explosión de los petardos. Emília apartó la mirada del Graf Zeppelin y la dirigió hacia la multitud. Fuegos artificiales y explosivos de cualquier clase habían sido estrictamente prohibidos en las cercanías del dirigible. En medio de la multitud de abajo se desplegó una bandera verde.
– ¡Viva Gomes! -gritó un hombre-. ¡A luchar por un nuevo Brasil!
En el pabellón hubo gritos entrecortados. Abajo, en la sección de clase media, un grupo de estudiantes lanzó serpentinas verdes. Emília vio a Felipe entre el gentío, echando el brazo hacia atrás para lanzar serpentinas verdes a las masas, que lo aclamaban. El círculo de policías se cerró velozmente.
Se oyeron más explosiones, luego gritos. Encerrada en el Campo de Jiquiá, la multitud avanzó. El pabellón se tambaleó. Emília sintió que las tablas de madera pintada se movían debajo de sus pies, como la arena en la playa de Boa Viagem.
– Vamos -dijo a su esposa un hombre que estaba al lado de Emília-. Vámonos antes de que ocurra alguna desgracia.
Alrededor de ella hubo susurros y luego codazos. Emília buscó al doctor Duarte, a doña Dulce, a Degas. No podía verlos dentro del grupo que se abría paso a empellones, todos en dirección a la escalera delantera del pabellón decorada con banderas azules. A Lindalva le quitaron el sombrero de la cabeza de un manotazo. Emília vio a los integrantes de la orquesta bajando rápidamente por las escaleras de servicio del pabellón con los instrumentos levantados por encima de sus cabezas, como si vadearan un río. Cogió la mano de Lindalva y los siguió.