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Días después, funcionarios públicos interrogaron al doctor Duarte. Su empresa de importación y exportación estaba siendo investigada por fraude fiscal. Registraron sus almacenes y casas alquiladas. A pesar de todo esto, él no perdió la calma. Se sentaba en su despacho y leía sus revistas de frenología. Sonreía y silbaba el himno nacional acompañando al corrupião en su jaula. Escuchaba la radio religiosamente. Degas rondaba cerca de su padre. Como uno de los mosquitos enormes y molestos del invierno, daba vueltas cautelosamente alrededor del doctor Duarte preguntando acerca de las más recientes revistas de ciencia, hablando de sus propiedades y de la investigación del gobierno, hasta que por fin tocó el tema que más le preocupaba.
– ¿Habrá una revuelta? -quiso saber Degas.
En la tarde del 3 de octubre de 1930, en la radio dijeron que Celestino Gomes y un grupo de militares leales habían tomado las oficinas del gobernador en el sureño estado de Río Grande del Sur. En el norte, en el vecino estado de Paraíba, un grupo favorable a Gomes tomó el control de una base militar.
– Está comenzando -anunció el doctor Duarte.
A pesar de las objeciones de doña Dulce, el doctor Duarte envió a todas las criadas y al muchacho de los recados a sus hogares, en la lejana Mustardinha. Cuando se fueron, puso cadenas en los portones delantero y trasero de la casa. Desplegó una bandera verde y la colgó en el muro de cemento de la propiedad. Luego cogió un revólver antiguo de su estante y se instaló con él junto a la radio. Antes del amanecer del 4 de octubre, las noticias decían que, en Recife, un grupo de la redacción del Jornal da Tarde fue sorprendido pasando de contrabando armas de fuego en rollos de periódicos. Poco después, la Pernambuco Tramways cerró sus oficinas. No había servicio eléctrico ni telefónico en la capital del estado. La radio de Coelho dejó de emitir.
Una hora después, docenas de panfletos volaron por encima de la tapia de la casa de los Coelho. La empresa de soda Fratelli Vita había hecho imprimir lemas en las etiquetas de sus botellas y las había distribuido por toda la ciudad. Convocaban a todos los hombres leales a Gomes. «¡Revolución! -decían-. ¡Luche por un nuevo Brasil!».
El doctor Duarte recogió un pasquín y lo llevó a casa. Había pasado la noche junto a la radio y tenía el traje arrugado, la cara sin afeitar. Puso el panfleto y su revólver en las manos de Degas.
– Si fuera treinta años más joven, pelearía a tu lado -dijo el ilustre frenólogo con los ojos brillantes.
Degas leyó el pasquín. Agarró con fuerza el arma. El entusiasmo del doctor Duarte hizo que Emília pensara que Degas iba a partir de inmediato, vestido sólo con su pijama de rayas. Así era como los muchachos de Taquaritinga reaccionaban ante las peleas. Cuando se hizo mayor, Emília había visto a docenas de padres e hijos abandonar sus casas con una urgencia tal que hasta salían sin sandalias si tenían noticias de una pelea de familia o por antiguas disputas territoriales. Sólo cogían sus cuchillos. En casa de los Coelho, las cosas eran diferentes. El doctor Duarte acompañó a su hijo al comedor y esperó mientras doña Dulce y Emília -que se habían quedado sin criadas ni cocinera- preparaban pan, hacían panqueques de mandioca y cocían harina de maíz. Degas comió despacio. El silencio reinaba durante el desayuno y cualquier cosa que Degas pedía -sal, mermelada, mantequilla- era puesta en sus manos incluso antes de que él las moviera. Después, el doctor Duarte acompañó a su hijo arriba, para ayudarlo a afeitarse. Doña Dulce encontró un morral y puso en él una docena de huevos duros, algunos frascos de remolacha en conserva y mermelada de plátano, un pan y un juego de pañuelos. A Emília se le ordenó que planchara un par de pantalones a su marido.
No había planchado ropa desde sus últimos días en Taquaritinga. La plancha le pareció pesada e incómoda en sus manos. Emília fue cuidadosa con los pantalones, aunque creía que plancharlos era ridículo, pues su destino era arrugarse y ensuciarse. ¿Quién podía saber qué clase de enfrentamientos se estaban produciendo más allá de los portones de los Coelho? La pregunta asustó a Emília. Hizo que sintiera pena por Degas.
Cuando terminó de planchar los pantalones, los colgó en una percha y fue en busca de su marido. No estaba en el baño, ni en su dormitorio de niño, ni en la habitación de Emília. Se sintió frustrada por su desaparición. Emília no podía regresar a la cocina; doña Dulce la reprendería, diría que era una inútil. Decidió registrar todas las habitaciones de la casa.
Fue al patio y miró por las puertas acristaladas. En el salón vio al doctor Duarte moviendo el dial de la radio, a la espera de captar alguna señal. En su estudio, las puertas estaban abiertas pero sólo el corrupião se encontraba dentro. Las persianas de la sala de estar de los espejos estaban cerradas. Emília estaba a punto de abrir sus puertas cuando vio un movimiento en la estancia. Una sombra. Se acercó y miró a través del panel de vidrio de la puerta. La habitación estaba exactamente igual que la había encontrado el primer día que había entrado en casa de los Coelho, sólo que el ventilador eléctrico no estaba encendido y Degas se encontraba en un rincón, ante una enorme Virgen de madera. Llevaba una camisa de calle y los pantalones del pijama. Estaba con la vista fija en la imagen, la cabeza echada hacia atrás como un suplicante.
Cuando Emília abrió la puerta del patio, él se apartó rápidamente de la imagen.
– ¿Vienes para llevarme fuera? -preguntó Degas.
– No -respondió Emília, mostrándole los pantalones-. Vengo a darte esto.
– Bien -dijo él, sacando los pantalones de la percha-. Estaba echando una última mirada.
– No será la última -replicó Emília, sin poder esconder el titubeo en su voz.
– Una parte de mí espera que lo sea -confesó Degas mientras colgaba los pantalones sobre una silla.
– ¿Era por eso por lo que estabas rezando? -quiso saber Emília.
– No -espetó Degas-. No rezo. La estaba observando, eso es todo.
Emília observó la cara inexpresiva de la Virgen. Los ojos pintados de la imagen parecían húmedos y con vida.
– A mi madre no le gusta -explicó Degas-. Le tiene miedo.
Emília recorrió con la mirada la sala de estar y su colección de madonas. Había por lo menos una docena, grandes y pequeñas, de madera y de arcilla, sobre estantes y sobre rinconeras, junto a otros objetos.
– ¿Entonces por qué colecciona tantas? -quiso saber Emília.
Degas se encogió de hombros.
– Algunas fueron obsequios. Son valiosas. Mi madre no puede excluirlas del hogar; no sería correcto. Pero no soporta ni siquiera mirarlas. Por eso están encerradas con llave aquí y no las tiene repartidas por todos lados.
– ¿Cómo lo sabes?
– Mi madre me lo dijo una vez. Dijo que prefería la ira de Dios a su misericordia.
Emília asintió con la cabeza. El padre Otto solía decir que la misericordia de la Virgen era su poder. Que la gente tenía temor de la misma generosidad que pedía porque quedaba comprometida con quien la concedía. Emília estaba de acuerdo; en Recife, cualquier muestra de generosidad se convertía en algo como los préstamos del doctor Duarte: nunca podía ser devuelto, sólo era posible aceptarlos y preocuparse por ellos.
– Lo comprendo -dijo Emília. Degas se mostró sorprendido.
– ¿Lo comprendes? -preguntó.
– Tú me sacaste de Taquaritinga. Me volviste respetable. La gente no deja de recordarme tu generosidad.
Degas suspiró.
– Hice lo que tenía que hacer, Emília, para mantener tu secreto. No me molestes con eso.
– ¿Con qué?
– Él está en el Centro de Detención debido a sus acciones, no a las mías -susurró Degas.
– Pero tú lo dejaste allí-dijo-. Lo dejaste encerrado por tus propias razones. No por mí.
Emília trató de hablar con convicción, pero no estaba segura de los motivos de Degas. Éstos la asustaban. Recordó lo que él había dicho hacía casi dos años, cuando estaban recién casados y habló de Luzia: «Estamos obligados a protegernos mutuamente de los comentarios».
Degas apoyó su mano en los pantalones planchados y los estudió, como si estuviera examinando el trabajo de Emília. Ella se adelantó y quitó los pantalones del respaldo de la silla. Degas levantó la vista, sobresaltado.
– Tu madre te está esperando -dijo Emília-. Póntelos.
– Lo he pensado detenidamente -replicó Degas-. Si ganamos, quedará libre. La gente dirá que es un patriota. De mí también, si voy a pelear. Patriotas. Los patriotas son respetados. Se les otorga toda clase de medallas y honores. Si ganamos, mi padre tendrá poder. Le pediré que le dé un puesto a Felipe en algún buen lugar. Se olvidará de todo…, de mí, de tu hermana… gracias a esta oportunidad. La gente tiene mala memoria cuando se le da algo mejor. Tú lo sabes bien.
– ¿Y si perdéis? -preguntó Emília.
Degas se encogió de hombros.
– Preferirán un héroe muerto a un hijo vivo. Y tú serás una viuda. Eso a veces es mejor que ser una esposa, ¿no?
– No hables así -contestó Emília. Sintió un hormigueo dentro de su cuerpo, como si hubiera una docena de gallinas peleando dentro de ella, dando picotazos. Sin darse cuenta, agarró los pantalones con demasiada fuerza; sus manos los arrugaron. Emília los puso sobre el sofá y trató de alisar las arrugas.
– Tendré que plancharlos de nuevo -dijo-. Los he vuelto a arrugar.
Degas le cogió la mano.
– Están bien. En primer lugar, era absurdo plancharlos -dijo riéndose-. Cuando regresé a Gran Bretaña siendo adolescente, después de haber aprobado mis exámenes del colegio de secundaria y de haber convencido a mi padre para que me enviara otra vez allí, a un colegio que me preparara para la universidad, no tuve que ir a vivir a una residencia de estudiantes como había tenido que hacer cuando era niño. Alquilé una habitación. Pero no sabía ni lavar, ni planchar, ni coserme los calcetines. Era un desastre. La gente en la calle no dejaba de mirar mis trajes arrugados, las terribles corbatas que me enviaba mi madre, mis sombreros panamá. La dueña de la pensión se dio cuenta de que yo estaba necesitando consejo. Me dijo: «Coelho -ella llamaba a todos los alojados por sus apellidos-, usted tiene que volverse invisible». Así que ese mismo día cogí el cheque que me enviaba mi padre y me compré un traje de tweed, una gabardina, una corbata de rayas y un sombrero hongo, exactamente igual a los que usaba cualquier otro hombre en la ciudad. Así iba a mis clases y a los pubs. Nadie me señalaba. Nadie esperaba nada de mí. Fue maravilloso.
Degas miró a Emília a la cara. Tenía las mejillas encendidas, los ojos vidriosos.
– No es como aquí. Aquí no hay paz para mí. Todos miran y juzgan. Tú lo sabes, porque te lo han hecho a ti. Observan de qué manera tomo el café, cómo conduzco mi coche. Aquí, se espera que siente la cabeza y me case. Se espera que coja un arma y salga a luchar en esta maldita revolución.
– ¿Es por eso por lo que me escogiste? -quiso saber Emília-. ¿Pensaste que yo no iba a esperar nada de ti?
– Tal vez -dijo Degas-. En realidad, no. Tú esperabas cosas de mí, pero todo lo que tú querías era simple, definido. Parecías ser muy práctica. No tenías ideas románticas en la cabeza. Todo lo que querías, yo podía dártelo. Debí haberlo pensado antes.
– ¿Haberlo pensado antes? -preguntó Emília.
– La gente cambia. Sobre todo las mujeres. Vosotras queréis más de lo que tenéis.
– ¿Y tú no? -preguntó.
– Yo también. Por supuesto. Pero no soy tan tonto como para esperarlo.
Degas se acercó a ella como para besarle la mejilla. Emília sintió el olor de su loción de afeitar mezclado con el de humo rancio de cigarrillos. Cuando llegó a la cara de ella, no la besó, sino que susurró.
– Si no vuelvo -le dijo-, le he dicho a mi padre que te dé una casa para ti sola. En algún buen lugar. Tiene montones por toda la ciudad. Eso es lo mínimo que te debo.
Dobló los pantalones sobre el brazo y se retiró.