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Markus estaba ante la puerta de Nathalie, era hora de actuar, lo cual lo sumía en la inmovilidad más absoluta. Benoît, un colega de su equipo, pasó por allí:

– ¿Qué haces ahí parado?

– Esto… voy a reunirme con Nathalie.

– ¿Y piensas verla quedándote plantado delante de su puerta?

– No… es sólo que hemos quedado a las diez… y son las diez menos un minuto… y ya me conoces, no me gusta llegar con antelación.

Benoît se alejó, visiblemente en el mismo estado que aquel día de abril de 1992 en que vio una obra de Samuel Beckett en un teatro alternativo.

Markus estaba ahora obligado a actuar. Entró en el despacho de Nathalie. Estaba enfrascada en un expediente (¿el 114 quizá?), pero enseguida levantó la cabeza de sus papeles. Markus avanzó hacia ella con paso decidido. Pero nada podía ser fácil nunca. Al acercarse a Nathalie, tuvo que aflojar el paso. Le latía cada vez más fuerte el corazón, una auténtica sinfonía de sindicalistas. Nathalie se preguntaba qué iba a pasar. Y, la verdad sea dicha, tenía un poco de miedo. Sin embargo, sabía que Markus era la amabilidad en persona. ¿Qué quería? ¿Por qué no se movía? Su cuerpo era un ordenador averiado por exceso de datos. Los suyos eran datos emocionales. Nathalie se levantó y le preguntó:

– ¿Qué pasa, Markus?

– …

– ¿Se encuentra bien?

Éste consiguió volver a concentrarse en lo que había venido a hacer. La agarró de repente por la cintura y la besó con una energía que ni él mismo sospechaba. Antes de que Nathalie tuviera tiempo de reaccionar, Markus había salido ya de su despacho.