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Como no podía ser de otra manera, la boda fue preciosa. Una celebración sencilla y tierna, ni extravagante ni sobria. Había una botella de champán para cada invitado, lo cual resultaba de lo más práctico. La alegría reinante no era fingida. En una boda hay que estar de humor festivo; mucho más que en un cumpleaños. Hay una jerarquía en la obligación de la alegría, y las bodas están en la cúspide de la pirámide. Hay que sonreír, hay que bailar y, más tarde, hay que animar a los viejos a irse a la cama. No olvidemos precisar la belleza de Nathalie, que se había trabajado su aparición, en un movimiento ascendente, cuidando con varias semanas de antelación su peso y su cutis. Una preparación dominada a la perfección: estaba en el culmen de su belleza. Había que detener en el tiempo ese instante único, de la misma manera que Amstrong había plantado la bandera americana en la Luna. François observó a Nathalie con emoción y, mejor que nadie, grabó en su memoria ese momento. Su mujer estaba ante él, y sabía que era esa imagen y no otra la que surgiría ante sus ojos en el momento de su muerte. Así ocurría con la felicidad absoluta. Nathalie se levantó entonces para coger el micrófono y cantó una canción de los Beatles [2]. A François le encantaba John Lennon. De hecho, en su honor, se casó vestido de blanco de los pies a la cabeza. Así, cuando los novios bailaban, la blancura de uno se perdía en la del otro.
Por desgracia, empezó a llover. Ello impediría que los invitados pudieran respirar bajo el cielo y contemplar las estrellas que completaban tan perfecto decorado. En esos casos, a la gente le da por decir tonterías, como por ejemplo que trae suerte que llueva en las bodas. ¿Por qué tiene uno que aguantar siempre esa clase de frases absurdas? Pues claro que no tenía importancia. Llovía, era todo un poco triste y ya está. La velada perdió cierta amplitud al habérsele amputado esos momentos de aire libre. Pronto resultaría agobiante ver la lluvia caer con intensidad creciente. Algunos invitados se marcharían antes de lo previsto. Otros seguirían bailando, igual que si hubiera nevado. Y otros no sabrían muy bien qué hacer. ¿De verdad les importaba eso a los novios? En la felicidad siempre llega un momento en que uno está solo entre la multitud. Sí, estaban solos en el torbellino de la música y los valses. Hay que dar vueltas y vueltas sin parar, decía él, dar vueltas hasta que no sepas adonde ir. Ella ya no pensaba en nada. Por primera vez, vivían la vida en su densidad única y total: la del momento presente.
François cogió a Nathalie de la cintura para sacarla del salón de bodas. Cruzaron el jardín corriendo. Ella le dijo «Estás loco», pero era una locura que la volvía loca de alegría. Empapados, estaban ahora ocultos detrás de unos árboles. De noche, bajo la lluvia, se tumbaron sobre el barro del suelo. El blanco de su ropa ya no era sino un recuerdo. François levantó el vestido de su mujer, reconociendo que era lo que le apetecía hacer desde el principio de la velada. Habría podido hacerlo en la iglesia mismo. Habría sido una manera inmediata de glorificar los dos «sí, quiero». Había contenido su deseo, hasta ese instante. A Nathalie le sorprendió su intensidad. Hacía ya un rato que ni siquiera pensaba. Seguía a su marido, tratando de respirar bien, tratando de no dejarse arrastrar por tan tremendo frenesí. Su deseo seguía al de François. Tenía muchas ganas de que la tomara en ese momento, en su primera noche como marido y mujer. Nathalie esperaba, esperaba, y François no paraba quieto, tenía una energía incontenible, un hambre desmedida de placer. Sin embargo, en el momento de penetrarla, se quedó paralizado. Sintió una angustia que tenía algo que ver con el miedo a una felicidad demasiado intensa, pero no, no era eso, era otra cosa que lo incomodaba en ese instante y que le impedía continuar. «¿Qué pasa?», le preguntó ella. Y él contestó: «Nada… nada… es sólo que es la primera vez que hago el amor con una mujer casada.»
<a l:href="#_ftnref2">[2]</a> Here, There and Everywhere (1966)