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Y cuando el osezno yacía bañado en su propia sangre, cuando el Rey Leoncio prorrumpía en desesperados sollozos, cuando el público, ante la terrible escena, permanecía en su sitio lleno de piedad y espanto, cuando en el Gran Teatro, habituado a los cantos, la música y los aplausos, se hizo un gran silencio, entonces, por una ventanita que había quedado abierta por olvido, entró una blanca paloma que se puso a revolotear alegremente por la sala.
Era la paloma de la bondad y de la paz; y como sabía muchísimas cosas, creía haber llegado en el momento justo para celebrar también ella el hallazgo del osito raptado. Pero mirando a su alrededor, se dio cuenta enseguida, por la expresión de los rostros, de que, por el contrario, estaba sucediendo algo malo. Inmediatamente vio al Rey Leoncio que estrechaba entre sus brazos al hijito herido.
La paloma se quedó desconcertada. Así, pues, sus revoloteos eran inoportunos en aquel momento. El público la miraba con evidente fastidio. ¿Irse ahora? ¿Esconderse en algún rinconcillo oscuro? Pero una feliz inspiración la indujo a posarse justo en la cima de la chistera del profesor De Ambrósiis, que asistía azorado a la lacrimosa escena.
Todos los ojos se volvieron entonces hacia el viejo astrólogo. También el Rey Leoncio miró a De Ambrósiis. Y De Ambrósiis miró al Rey Leoncio. Un pensamiento dominaba el teatro: sólo el mago, con un golpe de su varita mágica, podía salvar al osezno; ¿por qué, pues, no se decidía?
No se decidía porque, después del episodio de los jabalíes molfetanos, sólo le quedaba un encantamiento disponible. Y si gastaba también éste, ¡adiós carrera de mago! Se volvería un pobre viejo cualquiera, pobre y feo por añadidura; y si enfermaba tendría que llamar al médico y tomar las más nauseabundas medicinas como cualquier otro enfermo, en vez de ponerse sano y robusto en un momento. ¿Se le podía pedir entonces semejante sacrificio? El Rey Leoncio mismo, aun teniendo muchas cuentas que ajustar con el mago, como era de tan buena pasta no se atrevía a pedirle un regalo semejante; y se limitaba a mirar a De Ambrósiis en silencio.
***
Pero en el silencio se escuchó un tac tic
que parecía de un pequeño corazón el batir.
Con el pico la paloma sacudía
un poquito la chistera; parecía
querer decir al profesor:
¿qué tienes en lugar de corazón?
¿Por qué perder esta maravillosa ocasión
de redención?
¡Sólo el egoísmo te puede retener
para impedirte hacer el bien!
Y ahora vosotros, claro, no me creeréis, diréis que son cuentos, que estas cosas solamente pasan en los libros y así sucesivamente. Pero a la vista del osezno moribundo, el astrólogo sintió un repentino disgusto por todas las canalladas que había cometido por odio al Rey Leoncio y a sus osos (¡los fantasmas, el Gato Macaco!), sintió la impresión de que algo le quemaba en el pecho y, quizá también por el gusto de hacer un buen papel y convertirse en una especie de héroe, sacó de debajo de su balandrán la famosa varita mágica -pero, ¡qué poca gracia le hacía!- y comenzó el encantamiento, el último de su vida. Podía conseguir montañas de oro y castillos, convertirse en rey y emperador, destruir flotas y ejércitos, casarse con princesas indias; todo lo habría podido tener con aquel último sacrificio. Y, por el contrario:
«Hareté», dice largamente, separando las
[sílabas.
«Hareté finkete gamorré
ábil fábil dominé
brun stin maiela prit
furu toro fifferit».
Entonces el osezno abrió del todo los ojos y se puso en pie sin señales del agujero hecho por la bala (sólo se sentía un poco débil por la pérdida de sangre), mientras el Rey Leoncio, como enloquecido por la alegría, se ponía a bailar él solo en el escenario. Y la paloma, satisfecha, volvía a revolotear por aquí y por allá más contenta que nunca. Un grito se elevó altísimo: «¡Viva el profesor De Ambrósiis!»
Pero ya el astrólogo había desaparecido escabullándose por la portezuela del palco; corría hacia su casa apretando la varita, inútil ya, y él mismo no habría podido decir si estaba melancólico o extrañamente dichoso.
Y ahora, señoras y señores, es el momento de celebrar la fiesta. Uno quería un desfile militar, otro un baile nocturno. Después de grandes discusiones acabaron por escoger: por la mañana, desfile militar, y por la noche, baile con luminarias. Al primero, el osezno Tonio, todavía un poco débil, asistió sentado en una litera, envuelto en mantas suaves; pero en el baile pudo ya participar e iniciar, de la mano de su padre, el gran corro que giraba a ritmo de polca, ya que durante el día se había robustecido a base de pasteles y chuletas.
Se inicia al principio
en la plaza del municipio
por donde desfilan los batallones
bajo aguerridos pendones.
Después músicas y fanfarrias
desde los montes hasta las playas.
Sigue la gran comilona
con azúcar; miel, chocolate, mazapán,
[almendrados, hojaldre relleno (de crema o
[nata a escoger), frutas escarchadas
y hasta flores de eletaria <strong>[1]</strong>.
Turrones, pestiños, pastafloras, un derroche,
y mucho más hasta que llegue la noche.
Después, en los jardincillos
se encienden los farolillos,
a los sones de la orquesta
desde la izquierda a la derecha.
(El viejo hechicero
espiaba tras los setos.)
Y tanto se bailó
que la aurora despuntó,
y la única tristeza
fue que acabara con tanta presteza.
***
***
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<a l:href="#_ftnref1">[1]</a> Extraña planta tropical, muy apreciada por los indígenas.