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Alguien había pintado las paredes interiores en un suntuoso semiesmalte rosa medicinal, un tono a lo antidiarreico Kaopectate o a lo representación de un cerebro sufriente antes de recibir el alivio del analgésico. De esa superficie sucia, combada por la humedad, colgaban un calendario regalo de un banco, un horario mimeografiado, un anuncio amarillento de Alcohólicos Anónimos de la década de los cincuenta, y poco más: nada como, por ejemplo, una placa con el lema «NO HAY QUE ESTAR LOCO PARA TRABAJAR AQUÍ, PERO AYUDA» y, desde luego, ninguna fotografía de esposas, mascotas o hijos. La mesa de madera que separaba a los dos hombres tenía marcas circulares de café, arañazos de clips, treinta años de agujeros en su enchapado rubio rojizo: la habían recuperado de una escuela pública cercana. En el lado de la mesa que daba de cara a la puerta del despacho rosa, el mueble lucía además algunos tags, graffiti y rayones nerviosos hechos con bolígrafo, punta de llave o navaja de bolsillo al discreto nivel de las rodillas, donde las manos rencorosas podían ocultarse de la vista del interrogador al tiempo que, más arriba, la cara mantenía una expresión de atenta escucha.
En la mesa que separaba a los dos hombres había una carpeta abierta.
Era julio de 1978. Los dos hombres llevaban corbata: el blanco de treinta y tantos lucía, sobre una camisa blanca de manga corta y sin americana, un modelo grueso azul pastel cuyo color destacaba como un nervio inflamado en el cerebro rosa que recordaba la oficina. El negro, mayor, llevaba una corbata delgada pasada de moda, de color negro y enganchada cuidadosamente a la americana de su nuevo tres piezas de tienda de beneficencia, un traje de banquero salvo por las solapas anchas de payaso. Los cinco botones de la americana estaban abrochados, encerrando el torso del hombre como una salchicha envasada. No había aire acondicionado, de manera que el pañuelo bordado resultaba útil para retener el manantial que brotaba de frente, nariz y cuello, este último visible únicamente por encima del firme nudo de la corbata.
– Le digo que en esa casa hay mucho tejemaneje -dijo Barrett Rude Senior.
– Y a usted, ¿qué más le da?
– Es un deber para cualquier siervo del Señor.
– Pues este siervo en particular debería mantenerse alejado de las chicas de Pacific tres años antes de meterse con nadie -dijo el hombre de detrás de la mesa-. Solo porque algún novato se apiadara de ti y decidiera no empapelarte no significa que el informe no llegara hasta mi mesa. No finjas que te estás quitando, Barry, no creas ni por un minuto que no me entero de lo que pasa.
Quizá el hombre de detrás de la mesa pareciera demasiado joven para hablarle así al anciano Rude o a cualquiera: su tono de tipo curtido sonaba un poco inmerecido, y su dialecto callejero, fingido. De ser así, la explicación a su arrogancia no residía en la pistola que llevaba enganchada del tobillo y que mostró al recogerse el pantalón para cruzarse de piernas, ni en las esposas que le colgaban del cinturón; en realidad, todos estos eran síntomas de una única cosa, todos apuntaban a un tipo de persona con tendencia a implicarse en una línea de trabajo en particular. Un convicto llamaría a esa clase de individuo «vaquero». Como los cazadores de presos escapados bajo fianza o los guardas de prisiones, los vaqueros eran hombres demasiado sádicos u obstinados para integrarse en los cuerpos de policía tradicionales. Entre los agentes de libertad condicional la presencia de bienhechores tipo Serpico representa una escasa minoría; los vaqueros son la norma. Para ellos romperte las pelotas forma parte de la rutina cotidiana, no es nada excepcional.
Si no bastara con el centro de reinserción social, el de rehabilitación y el departamento de vehículos motorizados para explicar ciertas malas vibraciones en la calle Nevins entre Flatbush y State, aquí está el secreto: una oficina de control de libertad condicional premeditadamente discreta situada en la segunda planta de un edificio de la esquina de Schermerhorn y compuesta de seis despachos más sala de espera además de una cocina convertida en laboratorio para análisis de orina y una sala trasera con ventanas barradas a modo de celda improvisada. Desde su primera visita, al día siguiente de descender del autobús en Port Authority, Barrett Rude Senior se había presentado semanalmente en el despacho siempre de punta en blanco. Su agente de la condicional no le había devuelto el favor e iba con la camisa desabrochada, mal afeitado, y tenía varios envoltorios de bocadillos sobre la mesa.
– Se equivoca al subestimar a un anciano -dijo Barrett Rude Senior-. Intentaba atraer a esas chicas al rebaño del Señor.
– Pues te aconsejo que Jesús y tú os mantengáis alejados de la calle Pacific a la una de la madrugada. ¿Me has traído el informe firmado?
Barrett Rude Senior estaba obligado a presentar una hoja firmada que certificara horas de servicio a la comunidad supervisadas por la pastora Gib del Salón del Sagrado Ministerio de la avenida Myrtle. A falta de un empleo, un preso en libertad condicional necesitaba algún lugar en el que fichar; ese era el de Senior, elegido personalmente. No obstante, lo vivía como una humillación. Todas las semanas una punzada de furia destruía su compostura cuando hundía sus dedos esqueléticos en el bolsillo del pecho en busca de la prueba exigida.
– Salgo a pasear -dijo Senior, rígido por el orgullo herido y sin renunciar a rebatir la cuestión-. Paso demasiadas horas en casa y necesito salir a airear la cabeza.
– Pues pasea por la tarde, no a medianoche. Ve a dar de comer a los patos.
– Me llegan sonidos de la planta alta que no debería oír porque nadie debería hacerlos.
– ¿Qué quieres que te diga, Barry? Ponte tapones en los oídos. -El agente echó un vistazo al papel y lo devolvió.
– Tienen que buscarme un sitio fuera de esa casa porque el mal me acosa. Me vuelve loco saber que están llevando a ese chico por el mal camino y no poder hacer nada.
– Las condiciones de tu traslado desde California estipulan que vivas en casa de tu hijo. -Habló como si recitara una aburrida receta: dos partes de agua por una de arroz-. Si quieres te mandamos a ti y a tu ficha de vuelta a Raleigh. Que te quedes en la ciudad de Nueva York, donde por la noche las calles están plagadas de minifaldas, depende de que mantengas tu residencia actual y lo sabes.
– Para que conste: no es bueno para mi rehabilitación que viva rodeado de narcóticos y música funk. Anótelo.
– Venga, Barry. No intentes jugármela.
– Lamento decirle que mi hijo juega con el diablo. Póngalo en su informe. Llegaremos a las manos o algo peor. Pido un nuevo alojamiento por el bien de todos los implicados y usted es el responsable. Me llevaría al chico conmigo si no fuera porque ya es casi un hombre y tendrá que luchar él solo. Rezo todas las noches, cuando consigo escucharme por encima de los gritos, los gemidos y el chisporroteo de la pipa.
– Aquí lo importante es que controles lo que no estás controlando y tampoco me estás contando. Todo lo demás ya lo he oído antes, son cuentos viejos. No voy a mandar arrestar a tu hijo y no soy religioso, así que de momento no me has dicho nada de interés.
– Quiero una habitación en el Times Plaza para evitar las presiones.
– ¿Y quién la va a pagar?
– Creo que el diablo pagaría para tenerme bien lejos.
– Ese hotelucho de mala muerte no es mucho mejor que la prisión. La mitad de las habitaciones están infestadas de talegueros matando el tiempo entre un golpe y otro.
Barrett Rude Senior volvió a erguirse como si le hubieran malinterpretado.
– Conozco a un hombre de la iglesia, un hombre de bien, que vive allí. Cuando mira por la ventana no ve inmundicia por todas partes.
– ¿El Pájaro de Alcatraz?
Senior se limitó a devolver una mirada de abierto desdén. En su mirada resumió por un momento la elocuencia momificada de una herencia de hombres que cantaban en campos de algodón, feligreses empapados de sudor, jinetes enmascarados y galeones provenientes de África, todo lo que el agente con su acento del Bronx a lo Dion and the Belmonts no podía fingir entender. Por un momento fue como si Senior hubiera llegado a la cita a lomos de una mula, como si el aullar de los sabuesos recorriendo los pantanos se hubiera colado en el despacho.
Cualquiera que fuera la minúscula fibra de bienintencionado Serpico que residiera en la psique de vaquero del agente recibió un breve impacto.
– La cosa está realmente mal con tu hijo, ¿verdad, Barry? Imagino que debe de ser serio para que quieras mudarte a un antro como el Times Plaza.
– He visto mujeres con mujeres y otras cosas contranatura.
– Ya basta, que me provocas urticaria. Veamos qué puedo hacer.
– Nacido en Babilonia, trasladado a California…
– ¡Somos caballeros que dicen «Ni»!
– Ánimo, vamos a un festival de bostezos.
– ¡Tienes… que… traernos… un… felpudo!
– Oye, vamos a por unos bocatas de Blimpies, tengo tanta hambre que podría comerme un caballo. Au, mierda, ¿a qué viene eso?
– Te advertí que la próxima vez que dijeras «Blimpies» te daba un puñetazo.
– ¡Cabrón de mierda!
Falsetto, cruzando la calle al salir de clase: «¡Tengo un Basketball Jones, tengo un Basketball Jones…!».
Gabriel Stern y Timothy Vandertooth iban soltando un graffiti vocal de imitaciones: Steve Martin y Marty Feldman y George Carlin, Devo, Python, Zappa, Míster Spock, El prisionero. Gabe Stern había memorizado las canciones de Tom Lehrer, Tim Vandertooth sabía imitar el Wild and Crazy Guy de Steve Martin y el yogui de Peter Sellers. La iniciación en la compañía de Gabe Stern y Tim Vandertooth había empezado la segunda semana de clase, el lunes después de las tres. Gabe y Tim rodearon a Dylan antes de que llegara a la parada de metro de la calle Catorce y lo invitaron a una porción de Original Ray con extra de queso. Luego fueron al salón de exposición y ventas de Crazy Eddie y jugaron con el modelo de demostración de Pong, retorciéndose de falsa agonía cada vez que uno perdía sin hacer caso de los clientes y los empleados.
– ¡Cabrón!
– Venganza, juro que me vengaré.
– No me río yo de tus planes, ¿sabes?
Gabe, de espaldas anchas, pelo moreno y rizado, tenía núcleos de ampollas acneicas en ambas mejillas, como si le hubiera goteado ácido y se le estuviera comiendo la piel. Tim tenía el pelo rubio rojizo, era desmañado, andaba como un hippy, dirigiendo su cuerpo alto y flaco como una cometa en el viento. A su lado, Dylan se veía más pequeño. Había crecido, había experimentado desarrollos íntimos, extrañas matas de pelo, pero al lado de Gabe y Tim se sentía infantil y, posiblemente, invisible. En cualquier caso, a todo el mundo le delataba su cuerpo de uno u otro modo, todo quedaba perdonado y no se debatía.
Dylan se acopló a la unidad que formaban Gabe y Tim como un tercero redundante: era árbitro, público, apéndice. Un día podía parecer que Gabe y Tim interpretaban para él, cortejándolo, como si Dylan fuera capaz de dirimir un conflicto que llevaban toda la vida tratando de resolver: ¿cuál de los dos era más gracioso, más espectacular, más irresistible? En esos días Dylan sentía que proporcionaba un equilibrio esencial a la manía de los otros dos, que si elegía o se decantaba mínimamente por Tim o Gabe el otro moriría entre chisporroteos como la Bruja Malvada del Oeste. Otros días las energías de Gabe y Tim eran exclusivas, completaban el circuito ellos solos, y era como si Dylan viera un episodio de Tom y Jerry en la televisión con la cabeza apoyada en las manos mientras las payasadas se reflejaban en sus gafas.
Gabe y Tim iniciaban de pronto una pelea en la acera, delante del instituto, y tiraban las mochilas al suelo como si los atacaran, como si trataran de ahogarlos. Aunque era distinto de un ataque real, que congregaba de inmediato una muchedumbre. A excepción de Dylan, nadie más les prestaba atención. Cuando cualquiera de los dos, Tim o Gabe, derrotaba al otro, aplastándole el pecho con las rodillas, atrapándolo del cuello con una llave o retorciéndole el brazo en la espalda, le exigía una contraseña idiota.
– Di Fanta.
– No. ¡Au! ¡Doctor Pepper!
– Doctor Pepper, no. Fanta.
– ¡Tab!
– Fanta.
– ¡Míster Pibb! No. ¡Mierda, para! ¡Cabrón, cabronazo!
– Ya sabes lo que quiero.
– Vale, au, vale, vale… ¡Fanta!
– Y ahora: ¡Sprite!
– ¡No! ¡Eso nunca! ¡Suéltame!
Stuyvesant atraía a los mejores alumnos de la Nueva York continental, una migración que pasaba inadvertida en las horas punta, riadas que inundaban el metro compuestas de chicos del Upper West Side con polos Lacoste que se conocían desde la guardería; aturdidos genios matemáticos negros del sur del Bronx que se desplomaban en los pasillos preguntándose si alguna vez se recuperarían de la impresión; estudiosos pardillos puertorriqueños de la zona que solo habían cruzado la calle para ir a clase y seguían subyugados por los matones de sus vidas anteriores a la secundaria; y diligentes chinos de diversos barrios de inmigrantes -Greenpoint, Sunnyside-, normalmente distribuidos por familias: siempre había una hermana mayor en un curso superior dispuesta a propinar un tirón de orejas si alguno de los pequeños empezaba a tontear con la masa de niños que se saltaban las clases casi a diario para fumar porros y jugar al frisbee en el parque Stuyvesant, que estaba en la misma manzana del instituto. Los lemmings se reunían allí desde todos los rincones de la ciudad y algunos pobrecillos que iban en el transbordador desde Staten Island todas las mañanas tenían que poner el despertador a las cinco o las seis de la mañana o alguna hora aún más intempestiva.
Gabriel Stern y Timothy Vandertooth vivían en Roosevelt Island y se habían conocido hacía tres años, cuando sus familias se mudaron a un complejo de viviendas recién construido. Roosevelt Island era un enigma, no había coches ni perros y vivía acechado por las ruinas de un sanatorio para tuberculosos erigido en la orilla sur. Vivir allí era como pertenecer a algún culto. El tranvía sobre poleas de ciencia ficción que pendía junto al puente de la calle Cincuenta y nueve y que Tim y Gabe cogían juntos para ir y venir del instituto todos los días representaba muy bien su amistad resuelta e impenetrable: eran un par de bichos raros transportados a diario a la isla de Manhattan desde su propia isla subordinada de aspecto lunar, así que no era de extrañar que hablaran un lenguaje propio, de extraterrestres, vivieran muchos años y prosperaran.
Stuyvesant era blanco judío, blanco protestante de clase media, blanco hippy, chino, negro, puertorriqueño y muchas otras cosas pero, sobre todo, era pardillo, pardillo, pardillo, la gran familia de aquellos capaces de destacar en el examen de ingreso. Roedores de lápices, gafotas preferidos del profesor, el Arthur Lomb que todos llevaban dentro afloraba allí, donde era libre para mostrarse. Resultaba patético pensar en Arthur, encaminado durante años en el Saint Ann hacia su destino natural para que luego, a apenas seis meses de la meta, la calle Dean lo apartara de su camino. Era un misterio cómo tantos que habían acatado la disciplina, que habían antepuesto los estudios a la vida social con el fin de aprobar el examen, luego, a las pocas semanas de orientación para novatos, sacaban sus cazadoras vaqueras con pintadas de Jim Morrison y Led Zeppelin y empezaban a holgazanear todo el día en el parque, arruinando de la noche al día unas carreras escolares inmaculadas.
Timothy Vandertooth y Gabriel Stern no se dejaron atrapar por la afiliación porrera, no exactamente. La única clase que se saltaban era gimnasia y aunque pasaban esa hora, la del almuerzo y algunas más después de clase en el parque, eran unos ineptos con el frisbee, de pelo corto y ningún interés por Hendrix, Morrison o Zeppelin, cuya música resultaba demasiado contundente o ferviente para digerirla de una sola escucha. Las lánguidas chicas de lacias melenas del parque no les prestaban la menor atención, incapaces como parecían de comprender una broma, cualquiera que fuera el registro empleado.
– Te juro que la chica casi te mira cuando se te ha escapado el gallo. Deberías hablar así todo el tiempo, consigue un tanque de helio.
Tim y Gabe debatían estas cuestiones a pleno pulmón como si las chicas fueran sordas en una especie de pobre venganza por el silencio con que los castigaban.
– En realidad, creo que estaba distraída mirándote los pantalones. Comprueba la cremallera, puede que tengas una mancha de leche con cacao o suciedad o algo.
– Es por el calabacín que llevo escondido en los calzoncillos. Un método nuevo que os recomiendo fervorosamente. Os lo cedo gratis, no me debéis derechos de autor. Al final no notas el frío.
Tim y Gabe a veces fumaban marihuana y otras no. Ni en un caso ni en el otro encajaban, eran turistas, un interludio cómico para los melenudos del parque que, a su vez, eran un interludio cómico para Tim y Gabe, nunca quedaba claro quién debería reírse de quién, solo que Tim y Gabe se movían a mayor velocidad, sus movimientos y pensamientos eran febriles, entrecortados. Los primeros meses de instituto Tim y Gabe esperaban algo que los completara o, al revés, algo esperaba a completarlos. Estaban estancados como robots, conjurando su frustración codificada.
– Abre las puertas del tanque, Hal. Abre las puertas del tanque, Hal. Abre las puertas del tanque, Hal. Abre las puertas del tanque, Hal.
– No soy un número. ¡Soy un hombre libre!
Tú también esperabas, consciente.
Otra sensibilidad se agitaba en la periferia, una localizada en la conjunción de las películas de medianoche en el Playhouse de la calle Octava y el Waverly de la Sexta Avenida: La naranja mecánica, Pink Flamingos, The Rocky Horror Picture Show, Cabeza borradora. A las seis semanas lo habías visto todo menos Cabeza borradora, una perspectiva demasiado aterradora aunque nunca lo admitirías por lo que te limitabas a farfullar la excusa de que esa noche no te dejaban salir.
Un tipo venía a clase todos los días con las uñas pintadas de negro y la cara blanca como Tim Curry convirtiéndose en el centro de las risas de burla y secreta admiración.
Por las mañanas, de camino al metro de la calle Catorce para ir a clase, pasabas por delante de Max’s Kansas City, lugar talismán de no sabías qué.
El grupo Devo quizá tuviera algo que ver con el nuevo ambiente que se respiraba por sus letras sobre mongoloides y cerebros ansiosos e hinchados que ofrecían una irónica puerta trasera hacia la naturaleza animal, un modo de evadirse del atroz camino directo de Jim Morrison.
El principal problema al que se enfrentaba cualquier chico, de haber sabido identificarlo, consistía en cómo encontrarse sexy. Uno olvidaba momentáneamente a las chicas, el problema era entre uno mismo y el espejo.
Afortunadamente, a Manhattan le traías sin cuidado.
Pero ¿y Mingus y Aeroman?
Dylan aminoraba el paso a medida que se acercaba de vuelta a la calle Dean bajo la luz agonizante de las tardes pasadas con Gabe y Tim saliendo y entrando del Crazy Eddie’s y el Ray’s Famous y Blimpies y el J &R Music World y el parque de Washington Square; se arrastraba mentalmente, sigiloso como un fugitivo que retornara a su antigua celda por las noches para comer. En lo que a él respectaba, el barrio estaba muerto. Lo había matado al graduarse en la ES 293 y trasladarse a Stuyvesant. No se trataba solo de Mingus. Henry, Alberto, Lonnie, Earl, Marilla y La-La, todos habían huido de escena o habían cambiado tanto que resultaban irreconocibles. Había días que te cruzabas en silencio con algún chico conocido, ahora todos tenían bigote o pechos o eran negros y tú blanco y no decías ni una palabra.
No había crecido ninguna cosecha nueva de chicos a menos que contaras la desaliñada hornada, en su mayoría de puertorriqueños, que ni siquiera sabían que el lugar de reunión era el patio de Henry o la casa abandonada, ni siquiera conocían a Henry, ocupaban la acera como bichos y tenían tan poca capacidad para sacar adelante los asuntos de la manzana como la habrían tenido los bichos. Un día Dylan vio a uno dibujando un burdo tablero de chapas, no en la pizarra, sino en una baldosa aguijarrada de cemento sin ninguna esperanza, como un superviviente de una catástrofe nuclear enfermo de radiación y garabateando un plano para volver a inventar la rueda. Otro día Dylan pasó junto a los niños bicho y uno le llamó «paliducho» con tanta inseguridad que Dylan se desternilló de la risa ante tanta ternura. La casa abandonada ya ni siquiera estaba abandonada. Tenía un cartel que anunciaba «CINDERELLA N.º 3, PROYECTO DE BROOKLYN UNION GAS» y un día derrumbaron los bloques de cemento y los sustituyeron por ventanas de aluminio oscuras. Destruyeron el misterio. De todos modos, los vagabundos siguieron bebiendo y desmayándose en la entrada varios meses, luego cambiaron de lugar.
Aunque de semana en semana Dylan se encontraba a Mingus sentado en la escalinata de casa cual vagabundo, con una botella escondida en una bolsa de papel. Ahora que Barrett Rude Senior se había mudado a la residencia de la asistencia social de la avenida Atlantic, a varias manzanas de allí, Mingus volvía a gobernar en su patio. Solía saludar a Dylan como en los viejos tiempos, como si los hubieran interrumpido solo unos minutos.
– ¿Sabes el disco de los Parlet del que te hablaba? Ya lo tengo.
– ¿Ah, sí?
– Es algo grande, te lo digo yo, Dillinger, tienes que escucharlo ahora mismo.
Dylan y Mingus se encontraban sin ningún plan previo y por ninguna razón, eran como dardos lanzados contra un calendario, contra la ruleta de los días. Bajaban al apartamento del sótano y se drogaban, y Tim y Gabe, el mundo de Dylan en Stuyvesant, se evaporaban, Manhattan parecía tan irreal como Neptuno o Vulcano, recuperaba su estatus de planeta inexplorado, de futuro.
Ahora el baño y el pasillo estaban cubiertos de tags, todo el sótano era un túnel del metro. Aunque el cuarto de Senior continuaba siendo zona prohibida, una capilla abandonada que apestaba a velas polvorientas.
Mingus se había habituado a beber cerveza, Colt y Cobra, con regularidad.
Dylan no, Dylan solo se drogaba.
Dylan sabía que Mingus todavía se juntaba con Arthur Lomb, veía las firmas de práctica de Arthur en papeles desperdigados por el cuarto de Mingus y, a veces, también a Arthur en persona. Arthur Lomb sufría la maldición del enclenque: aún aparentaba once o doce años, y ningún número de «¿pasa, tío?» o «eh, tú », ningún grado de andares callejeros ni ningunas Puma de ante verde podrían compensarlo. Cuando suspendió el examen de acceso a Stuyvesant, la madre de Arthur había falsificado su residencia para que lo transfirieran al Edward R. Murrow, un instituto de blancos ubicado en el corazón italoirlandés del barrio. Demasiado tarde, a juzgar por las apariencias; habría sido lo mismo si hubiera estudiado en el Sarah J. Hale. Arthur se había vuelto un guarro, siempre llevaba las mangas cubiertas de Krylon, el pelo despeinado y asqueroso y los vaqueros negros. Arthur era un fumeta, a menudo tenía los ojos enrojecidos, vidriosos tras una tarde entera fumando porros. Lo único que tenía era credibilidad en la calle, y tan poca que daba miedo.
Dylan ya no podía envidiarle la compañía de Mingus: Arthur la necesitaba muchísimo más de lo que Dylan la había necesitado jamás. Que Arthur se imaginara cierta paridad si quería. De hecho, Dylan sabía que la amistad de los dos con Mingus, la suya y la de Arthur, eran enormemente distintas. Dylan y Mingus vivían en un reino sin madre, lleno de secretos. Aeroman, para empezar. Y otras cosas más. Dylan dudaba que Arthur tuviera ya vello púbico. Además, Dylan y Mingus conocían cada uno al padre del otro, y Mingus entraba en casa de Dylan. Dylan estaba seguro de que Arthur no querría que Mingus viera el interior de su santuario momificado plagado de zumo con alto contenido en vitamina C y galletas hidrogenadas.
Cuando a Mingus le faltaba un dólar para comprar una bolsa de marihuana, Dylan y él arañaban algo de cambio en la cocina de Dylan o incluso subían al estudio de Abraham. Allí arriba, Mingus esperaba junto a la puerta por la que se colaba música de jazz bajita, mientras Dylan gorroneaba unos billetes. Abraham, que notaba siempre la presencia del pasillo, preguntaba:
– ¿Es Mingus?
– Sí.
– No tiene por qué esconderse. Dile que entre a saludar.
En presencia de Abraham, Mingus se volvía más educado, le llamaba señor Ebdus y le preguntaba por los progresos de la película. Abraham suspiraba y contestaba con algún comentario absurdo:
– Tan bien como Sísifo, querido Mingus.
– ¿Sífilis?
Mingus respondía rápidamente con alguna asociación libre. El chico y Abraham llevaban tiempo bromeando con que se entendían. Parecían no cansarse nunca.
– Ah, Sífilis. Puede que por una vez Sífilis esté avanzando. Ojalá fuera así.
Por otro lado, ya no subían a ver a Barrett Rude Junior. Habría dado lo mismo que hubieran bloqueado la escalera que unía el sótano con la planta del salón. Dylan veía pruebas de que Mingus evitaba la cocina de arriba: latas de comida calentadas en el hornillo de Senior o envoltorios de alimentos preparados Slim Jim en el cubo de la basura del lavabo. Aunque cuando subían a tope el tocadiscos de Mingus, Dylan se preparaba, incluso con ganas de que ocurriera, para la aparición de Junior en la puerta preguntando «¿Qué coño haces, Gus?», una dulce queja que era como un fragmento de una canción que habrías querido escuchar entera.
Pero ningún volumen conseguía atraer a Junior hasta la puerta; en el apartamento de Mingus, ahora eran hombres-topo ocupados en sus exploraciones profundas.
Pinchaban «Get Off» de Foxy quince veces seguidas, cada vez más fuerte, intentando destruir la distancia que los separaba de aquella línea de bajo carnosa, como de goma, como si la canción fuera una fotografía, un póster central de Playboy que agrandaran poco a poco hasta poder entrar en el encuadre, colarse en la foto.
También miraban fijamente ciertas fotografías hasta casi dejar restos de sus ojos irritados en las páginas, luego se intercambiaban pajas de alivio sin darle la menor importancia.
Mingus tenía el traje y el anillo, él era Aeroman. Los dos objetos estaban guardados en un estante encima de la puerta, junto a un trofeo de hockey y un viejo casco de fútbol americano de Mingus: el anillo escondido y el traje hecho una bola detrás del casco, de modo que nadie que entrara por casualidad en la habitación, por ejemplo Arthur Lomb, se fijaría en ellos. No hablaban de si Mingus se los ponía cuando Dylan no estaba. Pasaban tardes enteras sin mencionar a Aeroman, sin tocar ni ver el anillo; Dylan se sentaba en la cama de Mingus y miraba hacia el estante entre una calada y otra pero no ocurría nada, salían a la calle o alquilaban una película de kung-fu o sencillamente Dylan volvía a casa colocado a cenar lo que fuera que hubiera preparado Abraham. Entonces Aeroman podría haber sido el protagonista de una serie de corta duración de la Marvel como Omega o Warlock o un compañero asesinado, rápidamente vengado para ser luego olvidado, o un nombre de la época dorada, quizá, como Dollman o la Bomba Humana: en otras palabras, en realidad no un superhéroe, nadie a quien se recordara.
Otros días le decía a Abraham que cenaría en casa de Mingus o se escapaba después de engullir la cena con Abraham para volver al apartamento del sótano y luego, pasado un rato, Mingus también miraba el estante y decía:
– ¿Combatimos el crimen?
– Claro.
– ¿Seguro?
– Ajá.
Mingus sonreía y añadía:
– Mírate. Pones cara de «Creía que nunca lo preguntarías».
Aeroman voló seis o siete veces ese otoño, participó en unos ocho o nueve incidentes, se apuntó unos tres rescates genuinos, delitos sobre los que descendió volando como un martillazo. En la calle State, cerca de Hoyt, detuvieron a un puertorriqueño de un metro ochenta que amenazaba con un cuchillo a un chino menudo, ocupado en tratar de entregarle todos los dólares que llevaba en los bolsillos, apareciendo como por arte de magia: el puertorriqueño se rindió aterrado. Mingus-Aeroman saltó desde una salida de emergencia e inmovilizó al atacante con una llave de piernas alrededor del cuello que, al tratar de retorcer, mandó a los dos al suelo; Dylan salió pitando de la entrada de un edificio de apartamentos para abalanzarse sobre el cuchillo, que recogió del suelo y rodeó con el cuerpo como si fuera a detonar. Puertorriqueño y chino huyeron despavoridos. Pese a que Dylan blandió los billetes arrugados y llamó a la víctima, esta no volvió. Exhaustos y asombrados por el arma y el dinero confiscados, Dylan y Mingus guardaron el traje y la máscara de Aeroman en una bolsa de papel y se encaminaron al restaurante Steve de la Tercera Avenida, donde celebraron la hazaña con hamburguesas con queso y batidos de chocolate, al tiempo que el colocón de adrenalina y marihuana dejaba paso a un hambre voraz mientras sus células adolescentes pedían lípidos a gritos. Los camareros no les quitaron ojo de encima durante toda la comida, sospechando que se irían sin pagar, pero a Dylan y a Mingus les dio igual. Tenían pasta, hasta dejaron una propina escandalosa para joder.
En la calle Smith, aullando mientras descendía un «uuo-uuouuo» de indios y vaqueros que no había ensayado, Aeroman espantó a unos borrachos que se peleaban delante de un centro social, única misión al final de una larga noche de vigilancia que pasaron merodeando en busca de algún entretenimiento y matando el rato firmando en las puertas metálicas. En la Tercera Avenida, bajo una fría lluvia de mediados de octubre, frustró un intento de atraco a uno de esos antros chinos protegidos por una mampara de plexiglás, dejando un montón de arroz frito esparcido a la entrada y pisoteado hasta parecer natillas. Al final de Heights Promenade, protegido por la oscuridad, fue objeto de los comentarios de los hombres que se citaban en los bancos del parque y que no necesitaban su protección. En la calle Pacific cerca de Court, Dylan y Aeroman entraron a una casa de vecinos desde la azotea y se tumbaron boca abajo, en traje y ropa de calle, espiando por la cornisa, memorizando la vida de aquel edificio desconocido donde las chicas gritaban «¡Mira, mira!» a alguien que no contestaba, los chicos golpeaban una pelota contra la pared, las madres se apoyaban en las ventanas en postura budista a mirar, igual que miraban Mingus y Dylan, absortos, sin hacer nada.
Cruzar el puente caída la noche era peligroso, un paseo nocturno por allí era un error reconocido, de modo que pusieron rumbo al puente: Dylan se quedó de cebo junto al inmenso pilar de la orilla que todavía lucía los fabulosos autógrafos de Mono y Lee algo desgastados, y Mingus, con el traje, voló hasta lo alto del cable oscilante. Abajo, en las calles, era finales de verano pero allí arriba estaba llegando el invierno, arrastrado por el océano. Atracaron a Dylan en cuestión de minutos; resultó cómico de puro predecible, casi tierno, cuando dos chicos emergieron de entre las sombras del pilar y dijeron:
– Eh, blanco, préstame un dólar, tío.
Dylan fingió con gusto que buscaba dinero en los bolsillos, sus atacantes eran pan comido. Solo que Mingus no se comió el pan, no saltó.
– ¿Qué buscas, tío?
Dylan los había puesto nerviosos. Intuían que tanto titubeo respondía a una trampa y seguían las miradas que Dylan echaba al puente, a las líneas que se elevaban hacia el cielo. De modo que los tres vieron la figura de la capa peleándose con la ráfaga de viento que la había arrancado del cable, vieron a Mingus dando vueltas en el aire, intentando hacer pie y a punto de conseguirlo antes de que el viento lo empujara, en el espacio que separaba el puente y el agua, al vacío. Los tres observadores lo perdieron de vista por debajo de la carretera que cruzaba el puente. Fue poco más que un centelleo, una máscara, una capa, quizá unas suelas Puma, y luego nada.
El viento lo había echado del puente.
Dylan dio media vuelta y salió disparado hacia la entrada de Brooklyn, abandonando la escena exactamente tal y como Rachel le había dicho siempre que hiciera -«¡Tú corre, nenito, usa esos palillos que tienes por piernas que seguro que no te pillan!»- y que nunca había puesto en práctica en mil estrangulamientos. Gracias a Mingus se encontró las piernas y corrió. Estuvo a punto de caerse al esquivar a un poli de ronda que vigilaba a los pies de la escalera, saludó sin detenerse al ceño fruncido del agente y siguió corriendo entre resuellos, agitando las extremidades. Los taxis giraban al salir del puente, anónimos, viraban hacia la plaza Cadman en dirección a la calle Henry o Clinton, hacia plácidos edificios de ladrillo que tenían instalaciones de gas de imitación. No había nadie a quien pedir ayuda, Dylan estaba solo, Mingus -Aeroman- estaba hecho pedazos en el agua que cubría el anillo. Dylan tomó los senderos oscuros que corrían por debajo del puente en busca de la orilla del río, el yermo lleno de basura donde la ciudad escondía los coches de policía siniestrados y los parquímetros saqueados, además de otras pruebas de su indefensión.
Mingus estaba encorvado y goteando a los pies del fondeadero, escurriendo las puntas de la capa mientras la mancha de agua crecía en el cemento como un ángel de nieve. Dylan llegó jadeando, acalorado, sin habla.
– Jo, tío -dijo Mingus-, menuda mierda.
– ¿Estás bien?
– He tenido que nadar, tío. Y yo no sé nadar. -Hablaba en un tono pausado de asombro, señalando al agua con la cabeza.
– ¿Qué quieres decir?
– Como un pez, D-Man.
– ¿Me estás diciendo que el anillo te ha dado el poder de nadar?
– O de volar por debajo del agua, ni idea. Aunque me he metido en un marrón digno de Aquaman, tío.
Se dirigieron a la calle Dean con sigilo. Dejaron inacabado el rescate planeado y la caída en picado desde los cables, pasaron página, aunque, después de la experiencia, Dylan, Mingus y Aeroman bordeaban el puente. Aeroman, puesto a secar, reposó en el estante durante semanas, recuperándose, deshaciéndose tal vez de los efectos de la caída. Mingus no cogía el traje y Dylan tampoco le empujaba a hacerlo. En cambio, Dylan sí se obsesionó brevemente por los poderes clandestinos del anillo. ¿Por qué suponer que Aaron X. Doily los había sondeado todos? Era posible que hubieran bautizado a Aeroman prematuramente, que tuviera mucho más que ofrecer. Dylan se puso el anillo y sumergió la cabeza en la bañera llena de Mingus con la esperanza de poder respirar bajo el agua. Se inundó los pulmones, emergió destrozado y a punto estuvo de vomitar, el agua de la bañera le quemaba la nariz.
El anillo tampoco daba visión de rayos X, aunque pasaron una noche emocionante convenciéndose de lo contrario, escudriñando con el ceño fruncido los vestidos de las fulanas negras que hacían las calles Pacific y Nevins y los de las colegialas blancas de Saint Ann reunidas en la heladería Baskin-Robbins de Montague.
– Espera, espera, veo algo.
– Ahora me toca a mí.
– Ah, Dios mío. No lleva bragas.
La última aventura de Aeroman durante el primer trimestre en el instituto ocurrió durante una ligera nevada anormalmente temprana a medianoche, quince días después de Acción de Gracias. Dylan paseaba por la calle State mientras Mingus saltaba de tejado en tejado sin perderlo de vista. Desde la víctima china que les había entregado el dinero, la calle State entre Hoyt y Bond, aquella era su franja de suerte en los atracos: estaba a una distancia segura de sus conocidos de Dean o Bergen, a oscuras porque había una farola rota, lo bastante cerca de la parada de metro de Hoyt-Schermerhorn para que los yonquis temerosos de aventurarse en los Heights lo consideraran un lugar ideal para acechar a esposas de renovadores, chicos blancos temblorosos y vejetes. Un puertorriqueño alto apoyado él solo en un coche cogió un puñado de nieve de un parabrisas y la lanzó con puntería a la diana que ofrecía la espalda de Dylan. Cuando Dylan se giró, el puertorriqueño le dijo:
– Intenta tirarme una, gilipollas.
En ese instante, Mingus descendió con una brazada de nieve que descargó por dentro de la camisa del chico.
Luego aterrizó sin problemas al lado de Dylan y los dos echaron a correr chillando mientras Mingus se quitaba el traje y la capa por la cabeza y se quedaba con el pecho desnudo en la noche nevada.
Las tardes pasadas con Mingus, las noches con Aeroman, no podía contarlas al día siguiente en Stuyvesant aunque hubiera querido, aunque hubiera conseguido atraer la atención de Tim Vandertooth y Gabriel Stern. Dylan no tenía ningún interés en hacerlo. A la mañana siguiente se sentía como si reentrara en órbita, sellando a fuego su información secreta. Mingus y Aeroman quedaban a un millón de kilómetros de distancia, en otro reino, en Brooklyn. Además, la cosa que buscaba a Tim y Gabe los encontró.
En cuanto llegó pareció obvio, de hecho ya tenía un nombre común conocido: punk. O nueva ola. Eran tendencias relacionadas: Sex Pistols, Talking Heads, Cheap Trick. Discernir las diferencias, argumentar con precisión tu relación con ambas tendencias formaba parte del asunto, un continuo del presente en el que de pronto quedó claro que cualquiera encajaba. Incluso los fumetas melenudos al rechazarlo se convertían en antipunk y, por tanto, se definían en relación a la tendencia.
Tim llegó un día a clase con un collar de perro de tachuelas. Les mostró su funcionamiento: un simple broche a presión. Gabe, inquieto, se mofó de él durante una semana y luego fue y se compró una cazadora de cuero a lo Ramones cargada de cremalleras y hebillas que olía a preservativos y apresto, casi igual que uno de los lienzos de Abraham. Gabe golpeó la chupa contra una piedra en el parque para intentar avejentarla. Analizaron los resultados. La chaqueta parecía nueva. O tal vez el problema fueran ellos, sus flequillos, el pelo recogido detrás de las orejas. A la semana siguiente Tim y Gabe regresaron de Roosevelt Island con el pelo cortado a tijeretazos. El aspecto de la chaqueta había mejorado levemente.
Ahora Tim fumaba cigarrillos.
Gabe se tatuó una esvástica pequeñita en el antebrazo con una cuchilla de afeitar. «¿Sabes lo que me harían mis padres si la vieran?», susurraba tenebrosamente, como si lo hubieran secuestrado unos satánicos y le obligaran a recitar un juramento.
De pronto, las chicas de pelo corto y teñido de negro llamaban la atención. Sarcásticas, pálidas y planas, ofrecían una novedad que antes había pasado inadvertida.
Unas pocas hasta tenían tetas, detalle que tal vez violara las leyes de la estética punk pero por el que no te importaba hacer una excepción.
Dylan cargó mochilas enteras de discos de Blind Faith y Creedence Clearwater Revival de Rachel para la tienda de compraventa Bleecker Bob’s, avergonzado de verlos en casa, y volvió con el Give’Em Enough Rope de los Clash.
Steve Martin era para niños.
No reinaba el terror. La calle Catorce, la Primera Avenida, eran un asco; estaban llenas de gente ocupada en el tráfico de drogas pero poco interesada en estrangular a los demás. Tal vez hubieras superado el tamaño propio de las víctimas, aunque costaba imaginar que hubiera un consenso general en ese punto, tenías que estar alerta. Empujaron a la vía del metro a una chica de tu edad que iba a la Escuela de Música y Arte, una chelista a la que el tren le cercenó un brazo que le reimplantaron en una operación milagrosa. El incidente desencadenó una fugaz oleada de pánico entre los chicos blancos y sus padres, pero aquello había ocurrido en la calle Ciento treinta y cinco, en Harlem. Pobrecilla, pero ¿qué esperaba? Gracias a Dios que tú no ibas a la Escuela de Música y Arte. Escapar de los distritos periféricos para cruzar en el metro las zonas seguras de Manhattan y emerger en pleno Harlem resultaba irónico, un error de locos en el que al menos tú no habías caído.
Fue la chupa de cuero la causante del único problema serio. Por una vez no era cosa de Dylan. Un puertorriqueño de unos dieciocho o diecinueve años -con bigote, alto y particularmente grueso de cintura, con forma de pera, y por lo visto erigido en banda unipersonal que patrullaba la calle Catorce entre la Segunda y la Tercera- eligió a Gabe, con su chaqueta de cuero, de entre los cientos de chicos que salían de Stuyvesant y le cortó el paso en mitad de la acera. Algo le había molestado y exigía una reacción recíproca de Gabe.
– ¿Quieres pegarte conmigo?
– ¿Qué? -Gabe bizqueó, presa de la máxima incredulidad.
– Te crees un tipo duro, ¿eh? ¿Te atreves conmigo? -Tocó a Gabe en el hombro. Gabe miró a Tim y a Dylan, los dos retrocedieron.
Gabe enunció con una precisión digna de Maxwell Smart:
– En realidad no me considero un tipo duro, la verdad.
– ¿Estás en una banda?
Era un problema de códigos, las odiosas ironías de un movimiento punk que todavía no se había explicado suficientemente al cuadrante puertorriqueño del universo. El tipo en cuestión llevaba una simple cazadora vaquera, ninguna indumentaria especial ni llamativa. Tal vez el único detalle significativo fuera el pañuelo rojo anudado al cinturón. De nuevo, Gabe buscó a Tim y Dylan con la mirada, pero los dos habían desaparecido. La gente esquivaba a Gabe y su contrincante sin el menor interés.
Cuando Gabe volvió a hablar, el sarcasmo se redujo a un gemido:
– Solo llevo una cazadora, no significa nada.
Dylan detectó ciertas cicatrices en la rápida disposición de Gabe a encogerse, mortificaciones escolares de las que nunca habían hablado. Su tono no distaba mucho del de Arthur Lomb diciendo «No puedo respirar».
– Pues no te presentes por aquí con esa cosa, tío, o tendré que quitártela.
El hecho de que estuvieran rodeados de gente no servía de nada, solo añadía un grado más de humillación. Así que pese a las mofas de Tim, Gabe obedeció al puertorriqueño con diligencia. Les pidió a Tim y Dylan que lo acompañaran todo el camino por la manzana durante semanas. Incluso tomando esa precaución, estaba asustado y caminaba a toda prisa por el metro y ciertas calles vigilando la retaguardia y lucía la cazadora con miedo catastrofista, miedo que, de hecho, funcionaba como un buen complemento para su aura punk.
Por increíble que parezca, un día que desacataron el edicto, de nuevo en lo que debería haber sido una multitud protectora, el radar del puertorriqueño lo guió justo hasta Gabe. Lo separó de Tim y Dylan con un golpe de pecho y lo mandó a la cuneta.
– Te lo dije. Ahora vamos a tener que pelearnos.
Gabe tenía la cara roja y hablaba muy bajito, desconcertado por lo absurdo de la situación.
– No pienso pegarme contigo.
No fue Dylan ni Aeroman el que rescató a Gabe, sino Tim, con una maniobra delicadísima que Dylan apenas comprendió. Se colocó junto a Gabe y el puertorriqueño y se sacó una cajetilla de Marlboro del bolsillo del pecho de la cazadora vaquera.
– ¿Fumas? -Se llevó un cigarrillo a la boca y ofreció el paquete al otro chico. Mientras el puertorriqueño lo miraba, considerando la oferta, Tim añadió-: Dale un respiro, tío. No va de nada, no puede evitarlo.
Por lo visto al puertorriqueño le bastó con que una fuente externa confirmara que lo de Gabe era profundamente reprobable. Aceptó el cigarrillo.
– Dile que no se pasee por aquí -dijo, prescindiendo de Gabe y sin ninguna violencia en el tono de voz.
– Claro, claro.
Por primera vez Dylan, y quizá Gabe, se fijaron en que Tim era más alto, más frío y, tal vez, molara más que ellos. Había dejado de ponerse el collar de perro. Su pelo se adaptaba bien al corte a tijeretazos, a diferencia de los rizos de Gabe. Bien pensado, Tim ganaba siempre que se peleaba con Gabe, que era el único que tenía que gritar alguna vez «Sprite» o «clítoris». Pero de todos modos hacía meses que no se peleaban. Ahora Tim se saltaba todas las clases, suspendía sin parar, mientras que Gabe y Dylan seguían aferrados a cierta respetabilidad. Un día, en el parque, Tim apareció con la raya de los ojos pintada y una actitud a lo James Dean que te desafiaba a mencionar el lápiz de ojos. No lo hacías. Tim fumaba porros con los hippies a las ocho de la mañana, antes de clase, mientras Gabe esperaba enfadado a un lado con su cazadora inútil, la cazadora que no podía defender sin la ayuda de Tim.
Entonces comprendiste que quizá Tim y Gabe ni siquiera se gustaban. Apenas hablaban ni bromeaban, no siempre iban y venían juntos del colegio, cogían metros distintos. En álgebra, el señor Kaplon señaló la silla vacía de Tim y preguntó «Señor Stern, ¿alguna idea de dónde puede andar su amigo el señor Vandertooth?», y Gabe contestó «¿Por qué me pregunta a mí?», resumiendo la cuestión bastante bien. En las vacaciones de Navidad, Gabe y Dylan ya jugaban al Pong en Crazy Eddie’s envueltos en un silencio tenso y sin imaginar tan siquiera la posibilidad de que Tim los acompañara. No era su rollo.
Mingus Rude, Arthur Lomb, Gabriel Stern y Tim Vandertooth, incluso Aaron X. Doily: Dylan nunca conocía a nadie que no estuviera a punto de convertirse en alguien distinto. Tenía un talento especial para conocer a personas a punto de despojarse de una identidad o disfrazarse con otra. Para entonces ya se lo tomaba con calma. Tal vez Rachel-Cangrejo-Huidizo le había enseñado ese arte.
3/4/1979
vistas desde el espacio las narices
radiactivas quieren un pañuelo de papel
constipadas podrían mandar
brooklyn a la feliz inglaterra
no te las hurgues demasiado hondo
o se te tostará el caparazón
por infrarrojos como el mío
cangrejo derretido