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Una calurosa tarde de julio, seis semanas antes de dejar la ciudad para ingresar en la universidad, Dylan Ebdus levantó la vista de El lobo estepario de Hesse y se encontró a Arthur Lomb inclinado sobre el mostrador del Häagen-Dazs, separándose una camiseta blanca sudada del cuerpo, suspirando y resoplando por el frío del aire acondicionado. La pequeña tienda estaba vacía, estaban solos, Dylan encorvado sobre el libro con las gafas puestas, un polo con una mancha de chocolate y la cinta de Remain in Light sonando bajito por encima del zumbido de los congeladores. Por fin Arthur había crecido. De hecho, destacaba, era un espárrago con vaqueros tan holgados que parecían pancartas enganchadas a las piernas, unas Puma de ante marrón y un cigarrillo detrás de la oreja. Tenía los ojos rojos, pequeños y arrugados como los de un animal fetal tipo topo ciego o un ternero recién nacido. No debería sorprenderle demasiado verlo allí: un chico de Gowanus podía entrar en Brooklyn Heights cuando quisiera, lo habían demostrado un millón de veces.
Dylan se incorporó en la silla, se quitó las gafas y cerró el libro de lomo resquebrajado.
– Eh, D., déjame probar el helado de… hum… macadamia.
Dylan le dio una cucharada.
Arthur señaló el libro de bolsillo con el mentón.
– ¿Para qué lees eso?
– ¿Qué tiene de malo?
– Esos tíos son idiotas. Eh, tú, he oído que vas a ir a la universidad.
– ¿Quién te lo ha dicho?
– Oh, bueno, ya sabes, lo he oído por ahí. Creo que tu padre se lo dijo a Barry.
– Sí. A Vermont.
– Genial, genial. Yo voy a ir al Brooklyn College. Ahora voy a clases de recuperación en Murrow para sacarme unos cuantos créditos más.
De modo que incluso Arthur había superado el instituto, su pardillo interior era una llama que la calle Dean no había logrado extinguir. Probablemente su madre se había puesto pesada.
– Se está bien aquí -dijo Arthur-. Los días de mucho calor debes de forrarte, ¿eh?
– No es como un taxi. Me pagan lo mismo aunque no entre nadie.
– Imagino que estarás ahorrando para la universidad.
Los dedos mentales de Dylan se aferraron alrededor de la libreta de ahorros.
– Lo digo solo porque tengo una propuesta que podría interesarte -continuó Arthur maliciosamente, regresando a su vieja rutina de mercachifle-. Se me ha ocurrido hablar primero contigo antes de llevar los cómics a la tienda de la calle Tercera Oeste. Liquido la colección. Todos mis primeros números. Pensé que seguirías interesado en esas cosas.
– ¿Por qué?
– Bueno, no sé, recuerdo que solías decir que no dejarías de comprar X-Men mientras Chris Claremont escribiera los guiones. Siempre te tuve por el colmo del coleccionista.
Le afectaba la moral que Arthur le conociera tanto, era una peste que no se iba al lavarte. Lo cierto era que Dylan seguía comprando los números nuevos de X-Men. No todos los meses, pero sí de vez en cuando. Los números que no se llevaba a casa, los leía por encima en la estantería giratoria del estanco de la calle Catorce. Se parecía a pegarse el lote con una ex novia en una fiesta, un recordatorio de que no tenías nada mejor que hacer. Que era exactamente lo que Dylan y Amy Saffrich llevaban haciendo todo el verano, abrazarse en pasillos y cuartos de baño como engañosa prolongación de su ruptura a finales de trimestre. Los meses comprendidos entre el instituto y la universidad eran una época de triste locura, todo el mundo andaba medio centrado en sus nuevos destinos pero sin haberlos alcanzado todavía, viviendo en casa, sintiéndose infantil. Se entendía que Arthur Lomb aprovechara la brecha para su débil reclamación.
– No -dijo Dylan-. Es decir, ¿por qué los vendes?
– Ah… Bueno, intento recaudar fondos -contestó Arthur como quien no quiere la cosa-. Me ha parecido un buen momento.
– Ya, comprendo -repuso Dylan, fingiendo que reflexionaba.
– Estoy seguro de que ahora valen bastante. Todos los cómics están en buenas condiciones.
– Ajá.
El plan de Dylan nació de la curiosidad, sin pensar que le llevaría a Mingus y el anillo, sin presentir que surgía de la traición y la reprimenda de haber visto «DOSE» escrito en la prisión. Empezó como un mero impulso de ver por última vez la casa de Arthur Lomb por dentro, de ver de nuevo su cuarto y, quizá, a su madre. Nada más. Dylan ya estaba a salvo, en realidad ya se había marchado impune a Vermont. ¿Por qué no visitar lo que había dejado atrás?
– ¿Cuándo puedo pasarme a echarles un vistazo? -preguntó sin darle importancia.
– ¿Esta noche?
Arthur parecía no creerse la suerte que tenía. Su propuesta había sido un tiro al aire, una tontería.
De modo que, como en los mejores tratos, los dos creerían que estaban timando al contrario.
– Salgo a las once -dijo Dylan-. Espérame en casa.
El piso estaba igual, era una cápsula del tiempo: moqueta, piano, gatos aturullados de color carey. La madre de Arthur Lomb escuchaba radio WBAI vestida con una camiseta de batik y sin sujetador. Saludó a Dylan con efusiva gratitud, sorprendida por lo visto de que mantuviera el contacto con su hijo. La actitud de la mujer parecía decir que Dylan era muy generoso por permitirle seguir considerando que los dos chicos eran tal para cual. Entretanto, Arthur había desaparecido en su cuarto y había cerrado la puerta.
– ¿Te vas a la universidad?
– A Camden.
– Qué maravilla, Dylan. Me alegro mucho por ti. Dios mío, qué mayor estás.
Le asqueó descubrir que flirteaba con la madre de Arthur, comprender, ahora que por fin apreciaba plenamente a las chicas, que siempre había flirteado con la madre de Arthur. Peor aún, que se la tiraría si pudiera.
– Esto… tengo que ver unas cosas que Arhtur tiene para mí.
– Me alegro de verte, Dylan.
– Sí, gracias.
La colección estaba enterrada en el ropero de Arthur debajo de calzoncillos ovillados y una pila de revistas porno, en su mayoría Players y Hustler. Arthur no parecía incómodo ante la cascada de desplegables centrales con peinados africanos iluminados desde atrás con tonos morados y aureolas color chocolate. ¿Estaba practicando para ser negro? Dylan no quería saberlo. Arthur empujó las cajas de plástico llenas de cómics precintados con plástico mylar al centro de la habitación y se despatarró en la cama, encendió un Kool.
– Valen su peso en oro.
Dylan se arrodilló con gesto afectado en la moqueta, que estaba cubierta de semillas de marihuana y cerillas gastadas, y revisó las cajas. Tenía la impresión de haber sido reducido a algo, propulsado de vuelta al pasado de zumos y deshonras ajedrecísticas, pero se quitó la idea de la cabeza. La colección parecía bien conservada. Arthur había logrado invertir una cantidad sorprendente de fondos en números uno sin estrenar: tenía de cinco a diez ejemplares de Peter Parker, Los Eternos, Kobra, Ragman, Míster Machine y Nova. Por si acaso.
– ¿Quieres vender la colección entera?
– Sí.
– Hum… ¿Qué cantidad tenías pensada?
– Quinientos.
– Estás loco.
– Cuatrocientos.
– Ni siquiera pienso hacer una oferta hasta que no saques los de El pato Howard y los Omega. Además del número noventa y siete de los X-Men. Que supongo que escondes debajo de la cama. -Dylan vio las fundas de plástico que asomaban por debajo de la cama.
No había modo de avergonzar a Arthur.
– ¿Cómo no? Por ti, lo que sea: Howard, Omega, lo que quieras.
– Te daré cien dólares.
– ¿Me tomas por tonto?
– Ciento cincuenta.
– Cabrón. ¿Cuándo?
– Los llevo encima. Pero tendrás que ayudarme a cargar los cómics hasta casa.
Sacaron el lote escondido de debajo de la cama y luego cada uno de ellos cargó con una caja. Las bajaron al portal de Arthur. El brillo del dinero había vuelto a Arthur imprudente, fanfarrón. Dylan pudo confirmar entonces sus sospechas, que el rastro del dinero conducía a Mingus. Mientras contaba los billetes de veinte, comentó:
– Bueno, ¿y para qué son los fondos?
– Gus, Robert y yo vamos a comprar un cuarto para cortarla y sacarnos una pasta. De los amigos de Barry.
– ¿Cocaína?
Arthur se rebotó:
– No, mira, pensábamos en algo más en tu línea: virutas de chocolate.
– De modo que estáis juntando dinero.
– Eso.
– ¿Crees que Mingus me vendería sus cómics?
– Debes de estar de broma. Los tiene hechos una pena.
Como si las páginas interiores de los suyos no tuvieran tetas repasadas en boli o anuncios de Sea-Monkey decorados con pollas y huevos enormes. De todos modos no había por qué preocuparse: un par de símbolos del dólar sustituyeron a los ojos de Arthur Lomb y, de paso, al cerebro que tenía detrás.
– Supongo que si le haces una buena oferta se lo pensaría.
Dylan exprimió el momento.
– Tendría que sacar más dinero del banco.
– Excelente idea, así podrías cerrar la transacción de una vez.
– Pero coméntaselo primero a Mingus.
– Claro.
Solo seis semanas. Las dos cajas de primeros números de Arthur Lomb ocupaban ahora las profundidades del armario de Dylan Ebdus, que tumbado en la cama del desván se dedicaba a despreciarse a sí mismo con el único solaz de una huida tan próxima que oía ya como un pálpito lejano, un radiocasete a todo volumen en un patio puertorriqueño en verano o un DJ en uno de los jardines Wyckoff. Quizá había parecido por un momento que la ciénaga de Arthur y Mingus se lo había tragado, pero solo había vuelto a zanjar viejos asuntos que tenía pendientes para ganarse su desaparición de la calle Dean. Seis semanas: podía intrigar, ser tan cobarde como Arthur, daba igual. Se estaba despidiendo.
Se tumbó a dormir pensando en la madre de Arthur, un tributo que le debía desde hacía años.
Arthur, que ejercía de enlace, fijó la cita para la noche siguiente, viernes. Se mostró espeluznante y pretenciosamente vago al teléfono, como si Dylan y Mingus no pudieran verse sin su ayuda.
– Saldremos a recogerte a las escaleras. No llames a la puerta, despertarías a Senior.
– Conozco al abuelo de Mingus, Arthur.
– No le has visto últimamente.
– No, hace tiempo que no le veo.
– Bueno, pues confía en mí.
Arthur y Mingus estaban en la escalinata a la hora acordada. Mingus saludó a Dylan con un abrazo, le dio un cabezazo en el hombro, imitó unos golpes de boxeo.
– ¿Dónde has estado, Dillinger? ¡Tío, qué alto estás!
Dylan se dijo que le habría devuelto el abrazo de haber estado a solas con Mingus. Bajo la mirada de Arthur Lomb se sentía crispado, cubierto de hielo. Por mucho prestigio punk que hubiera adquirido en Manhattan, los ojos de Arthur no lo registraban: en la mirada de Arthur, Dylan solo veía reflejado un chico blanco que servía cucuruchos. Así que, a modo de defensa, contestó a Mingus encogiéndose de hombros: visita de negocios. Lo mejor era enfatizar la transacción. De todas maneras, en el plan de Dylan se trataba únicamente de un simulacro: primero compraba los cómics, luego otra cosa.
Los sentimientos los reservaba para la segunda visita que tenía proyectada, una en la que Arthur no estaría presente.
– Tengo entendido que estáis intentando reunir algo de dinero -dijo Dylan.
– Sí, sí, D-Man, ¿quieres participar en el negocio? -Mingus parecía inmune a los desprecios.
– Podría comprarte los cómics.
El cuarto era una cueva oscura. Por daños que hubieran sufrido los cómics, seguro que el sol no les había comido el color, aunque quizá estuvieran podridos. Al alzar la vista, Dylan descubrió que habían arrancado el estante de encima de la puerta, se veía la marca en el yeso. Ni casco de fútbol ni nada. Apartó la vista de todo lo demás, las paredes pintadas y el techo, no le interesaba. Entonces alguien se movió entre las sombras, tiró de los pantalones a la altura de las rodillas y la entrepierna para sentarse derecho. Robert Woolfolk. La parte de la tercera parte, por lo visto. Robert asintió, casi imperceptiblemente. Dylan le contestó. Mingus volvió a subir el volumen de la música funk una vez cerrada la puerta. Arthur rascaba y daba golpecitos con una cuchilla de afeitar sobre un trozo de espejo con los afilados bordes forrados de cinta aislante negra. Esnifó una raya y ofreció el dólar enrollado a Dylan. Dylan negó con la cabeza.
– Está buena.
– No, gracias.
Arthur le pasó el dólar a Robert, que asomó la mitad de su cuerpo fuera de las sombras para inclinarse sobre el espejo.
– Conoces a Robert, ¿verdad? -dijo Arthur con descaro, provocador.
– Claro. Una vez me robó la bici.
No habría reconocido nada más: ni Rachel, ni la porción de pizza, ni la emboscada en el East Village. Que Arthur y Mingus cavilaran sobre aquella alusión a la prehistoria de la manzana. Robert no iba a contradecirle. Dylan confiaba en el trato de silencio que habían cerrado al mirarse a los ojos en casa del camello gay o incluso antes, toda una vida de diferencias forjadas en el patio de la Escuela Pública 38. Robert Woolfolk no le llevaría la contraria a Dylan porque podía ser cualquier cosa menos un mentiroso, un bolas.
– Pero eso fue hace mucho -añadió Dylan con sarcasmo munífico-. ¿Cómo va eso, Robert?
– Hola -contestó Robert Woolfolk desde las profundidades, mientras absorbía la coca hasta el fondo de la garganta.
Mingus había sacado los cómics del armario, apilándolos de cualquier modo. Era probable que no los hubiera visto en años.
– Nunca llegué a guardarlos en bolsas de plástico -dijo en tono de disculpa, aturdido. Abrió un ejemplar de Los Cuatro Fantásticos y la nostalgia lo transfiguró-. Jo, si hasta les ponía mi nombre, mira.
Mingus hablaba solo. Su nostalgia era incongruente, a nadie más le interesaban los cómics.
– Te daré ciento cincuenta dólares. -Dylan habló sin mirar a Mingus, tenía la vista clavada en Arthur, que seguía ocupado con la cuchilla de afeitar.
Robert Woolfolk se reclinó en la silla baja, ocultándose en las sombras.
Mingus frunció el ceño para fingir que deliberaba, una actuación inútil en aquel ambiente de transacción de mierda.
– Bueno, supongo que es un precio justo.
Dylan tiró el dinero sobre el espejo. Confiaba en que supieran lo insignificante que era para él aquella suma. Era una demostración para los otros tres, en tanto que representantes de Gowanus, de que él ya no pertenecía a ese lugar.
En respuesta, Robert Woolfolk se limitó a recoger el dinero, sacar un fajo de billetes enrollados y añadirle los de Dylan.
– He comprado una mochila -dijo Dylan-. No necesito ayuda.
Mingus asintió y pestañeó, rendido ante la eficiencia de Dylan.
– De acuerdo, entonces, estupendo.
De espaldas a los tres, Dylan metió los cómics desgastados y garabateados con rotulador en la mochila. Le carcomía la rabia de tener que estar arrodillado en el suelo. Presa de un gesto irracional, cogió también un desnudo de una mujer negra de Mingus y lo guardó con los cómics. Entonces recordó su frialdad, el modo en que había tirado el dinero. Tenía un objetivo, un plan. Los cómics no serían más que una broma. Dylan era el basurero de la juventud de todos, que por fin había pasado a recoger los restos. Podrían haber sido pelotas coladas en tejados o calcetines viejos.
– Acompáñame a la puerta -dijo, ya de pie.
– Sí, claro, por supuesto.
Volvieron a pasar de puntillas por delante de la cripta de Senior. Junto a la puerta del apartamento, Dylan susurró:
– Llámame mañana. Cuando Lomb y Woolfolk no estén.
Lomb y Woolfolk, como Abraham y Straus o Jekyll y Hyde, una vieja asociación. Dylan casi se ríe.
Mingus abrió sus ojos rojos como platos, pero Dylan lo dejó en ascuas. Podían ser dos los que jugaran a los misterios espurios, o tres o cuatro: cualquiera podía dar miedo, las falsas amenazas callejeras no eran un bien escaso en Gowanus. Dylan había sobrevivido en la calle Dean cuando Mingus Rude no era más que un escolta de Filadelfia y Arthur Lomb un memo de colegio privado. Solo Robert Woolfolk podía dar miedo de verdad y Rachel Ebdus ya se había ocupado de eso, Dylan era intocable. Los otros dos serían recién llegados y coleccionistas de cómics de por vida, y si querían irle con jueguecitos a Dylan, bueno, pues Dylan también sabía jugar. Decidió que su demostración había servido para dejar claro que el que tenía la libreta de ahorros tenía también la sartén por el mango.
Once de la mañana, el calor se aferraba ya al día como un torno, y casi salió todo mal desde el principio. Abraham entró mientras Dylan contaba el dinero.
– Dios mío -dijo Abraham.
Dylan se lo embutió en el bolsillo de los pantalones cortos a cuadros amarillos, su indumentaria ska para la jungla de cemento.
– ¿Cuánto dinero tienes? -preguntó Abraham.
– Trescientos dólares -mintió Dylan.
– ¿No deberías ingresarlos en el banco?
– No es asunto tuyo.
Abraham se molestó e intentó formular una réplica severa, un esfuerzo con el que siempre lograba darle lástima a Dylan.
– Pues yo diría que sí es asunto mío, Dylan. ¿Para qué es ese dinero?
– Se lo tengo que prestar a Mingus -dijo Dylan de manera poco convincente y demasiado cercana a la verdad.
– ¿Y para qué necesita Mingus trescientos dólares?
– No lo sé. -Dylan se dirigió a la puerta.
– ¿Dylan?
– Trátame como a un adulto, Abraham -repuso Dylan en tono seco-. Te dije con cuánto pensaba contribuir a finales de verano y el verano todavía no ha terminado.
Desde luego no había llegado el final del verano: estaban en plena canícula. Por todas partes los coches avanzaban despacio con los indicadores de temperatura al rojo vivo, incrustando chapas de botellas de Yoo-Hoo, Rheingold y Manhattan Special en el asfalto reblandecido. Los acompañantes de los conductores que se acercaban por Nevins subían de golpe las ventanillas para protegerse de los chorros de agua dirigidos mediante una lata: algún vigilante había vuelto a abrir la boca de riego para que escupiera el suministro público y a ningún cerebro recalentado se le había ocurrido llamar a la policía o a los bomberos. A mediodía, hasta la última casa tenía todas las ventanas abiertas en un intento de que entrara el aire de la calle. Inútil. No se movía una gota de aire.
Con quinientos dólares en el bolsillo, su última oferta decidida de antemano, Dylan Ebdus se encaminó a casa de Mingus Rude vestido de cualquier modo, sudando a mares.
Arthur Lomb y Robert Woolfolk no se contaban entre las criaturas que se arrastraban a velocidad mínima por la acera recalentada. Dylan no reconoció a nadie, sus ojos eran un muro infranqueable.
Domingo, Senior estaba en el Salón del Ministerio de Dios de la avenida Myrtle y, por tanto, Mingus tenía el sótano para él solo y las puertas abiertas de par en par.
Dylan siguió la música.
Mingus estaba tumbado en la cama vestido con unos pantalones cortos y holgados y una camiseta vieja, con las sábanas amontonadas a los pies de la cama y la almohada doblada bajo la nuca, adormilado a la luz del día y con música funk a todo volumen. Posiblemente había inaugurado el día dos o tres veces para volverse atrás, sin nada que hacer hasta que Dylan llegara, reponiéndose de la noche o de varias noches, recuperándose todavía del instituto. El espejo estaba guardado en alguna parte, la luz del mediodía privaba al cuarto de todo su misterio, solo era un dormitorio. Las paredes y el techo estaban pintados de negro, tal vez porque fuera el único color capaz de cubrir el Krylon plateado y el Violeta Garvey.
Mingus se frotó los ojos con los puños como un recién nacido.
– ¿Pasa, D.?
Dylan, de manera afectada, repuso:
– ¿Pasa, tú?
– Bueno, al final quieres entrar en el negocio, ¿eh?
– Quizá.
Mingus sacó los pies de la cama, indicó a Dylan que se sentara, se frotó la barbilla y se relamió los labios.
– El señorito Dillinger tiene sus dudas -dijo Mingus, burlonamente pomposo-. Cosas que necesita saber. Actúa a partir de informaciones imprescindibles.
Dylan no dijo nada.
– No hay manera de arrancarte una sonrisa, D-Man. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que Robert te la pegue? Porque, tranqui, yo me encargo.
– Robert no me da miedo.
– Vale, tranqui. No he dicho nada.
Dylan quería ir al grano.
– ¿Cuánto os falta?
– Nada. La cuestión es: ¿cuánto quieres meter?
– Doscientos.
– Doscientos. -Mingus lo pensó-. Vale. Me parece bien. -Con la antena puesta, esperó a oír la pega-. Podemos meterte por dos billetes, pero no parece un gran negocio para nadie.
– Pero quiero otra cosa.
– Ah, otra cosa.
– El anillo.
– La puta. -Mingus se cubrió la cara con las manos y se rió, sacudiendo la cabeza-. El tío se presenta aquí hablando de esto y de aquello y lo único que quiere en realidad es que le devuelva el anillo.
– ¿Todavía lo tienes?
– Así que la cosa va del anillo. Me has hecho pensar que era cuestión de, no sé, cómics o drogas o yo qué sé.
La risa de Mingus se volvió más amarga. Como si Dylan le hubiera pedido de vuelta su amistad a cambio de dinero, con todos los secretos compartidos, Aeroman y el puente y las cosas que no tenían ni nombre. Como si a lo largo de seis o siete veranos le hubiera puesto un precio de doscientos dólares, ocho billetes de veinte, el salario de una semana haciendo bolas de helado de pistacho o nuez. Podía ser.
Mingus se levantó apoyando las manos en las rodillas desnudas y salió al pasillo sin mediar palabra. Se oyó la orina golpeando la porcelana a través de las puertas abiertas.
– Sí, todavía lo tengo -dijo a la vuelta-. Solo tenías que pedírmelo.
– Vale, pues devuélvemelo.
– ¿Qué? ¿Ahora no me vas a pagar?
Le produjo una satisfacción aterradora oír por fin a Mingus enfadado.
– No, te agradezco que me lo hayas guardado -dijo Dylan, todavía en tono frío pero acalorándose-. No me molesta pagarte.
– Perfecto.
– ¿Quién sabe lo del anillo? -preguntó Dylan. Se había pasado todo el instituto esperando a preguntarlo. Ahora pagaría por la respuesta.
Mingus miró para otro lado.
– ¿Se lo has contado a Arthur?
– No.
Pues claro que no, ¿quién lo habría hecho?
– ¿A Robert?
Silencio.
– Hijo de puta, se lo has dicho a Robert.
– Estaba conmigo cuando salté sobre el poli en Walt Whitman. Tuve que dárselo cuando me detuvieron.
– ¿Alguna vez ha intentado…?
Mingus se encogió de hombros.
– Era como tú.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que lo intentó.
Por supuesto. El anillo no era una herramienta neutral. Juzgaba a su portador: Aaron Doily volaba como un borracho y Dylan volaba como un cobarde, solo cuando no importaba, en el estanque de los Windle. Así que se habría adaptado al caos de Woolfolk.
– No me lo cuentes -dijo Dylan-. Volaba torcido.
Mingus no precisó. Siempre había tenido por costumbre proteger el honor de los dos frente a cualquiera: Dylan, Arthur, Robert. No decir nada.
Dylan se levantó y dejó doscientos dólares sobre la sábana manchada. Mingus los miró con ceño fruncido.
– No me parece demasiado -dijo con frialdad.
Dylan tardó un momento en entenderlo.
– ¿Cuánto quieres? -preguntó en voz baja.
Mingus casi sonríe.
– Déjame ver lo que llevas encima.
Aquella frase era la entrada de un guión para una llave -«Déjame ver, deja que te lo aguante un momento, te lo devolveré, tío, ya sabes que no te quitaría nada»-, la autoridad glacial sobre los chicos blancos que Mingus nunca había ejercido. Mingus le había permitido oír por fin la diferencia entre los dos.
Por primera vez Dylan consideró todo lo que Mingus debía de haberle ahorrado. Se le enrojecieron las mejillas mientras palpaba los trescientos dólares que le quedaban en el bolsillo de los pantalones, que, para el caso, podrían haber sido de cristal. Solo porque el anillo no tuviera rayos X no significaba que la visión de rayos X no existiera.
Dylan sudaba por todos los poros de su cuerpo. Los ojos le picaban por el sudor.
– Muy bien.
Mingus abrió un cajón de la cómoda y añadió los billetes de Dylan a los que allí guardaba. Tal vez fuera el fajo de Robert Woolfolk, tal vez no, imposible saberlo. Mingus dejó el cajón abierto, manifestando su indiferencia, quizá retando a Dylan a intentar robarle los fondos a su colega.
Por todo Gowanus, jóvenes emprendedores amasaban fortunas, ¿por qué no?
Isabel Vendle se habría sentido orgullosa. Siempre le había dicho a Dylan que guardara hasta el último dólar en un cajón y contemplara cómo crecía el dinero.
– Tengo que subir a buscarlo -dijo Mingus.
– ¿Arriba?
– Está escondido con el alijo de Barrett. Nadie más lo toca, es un lugar seguro. De todos modos, Barry quiere verte, le dije que ibas a venir. Siempre anda preguntando por qué ya no vienes por aquí. -Entonces, incapaz de no hurgar en la herida, añadió-: ¿Ves algo más que te guste? Aunque supongo que te habrás quedado sin efectivo.
Subieron.
Los discos de oro habían desaparecido de la pared, solo quedaban las marcas rectangulares coronadas por los agujeros de los clavos. Poco más había cambiado, lo demás solo estaba desgastado, desatendido. Barrett Rude Junior estaba detrás de la encimera, sirviéndose Tropicana en un vaso ancho descantillado por tres sitios, las baldosas de la encimera estaban sueltas, con la lechada desmenuzada, y crujieron cuando Junior apoyó el cartón de zumo. Tenía la bata de seda deshilachada, con grandes manchas de sudor bajo los brazos. Le quedaba demasiado holgada. Junior había encogido, había perdido musculatura. Seguía llevando la barba recortada pero ahora era asimétrica y canosa. Tenía las uñas de las manos y de los pies gruesas y amarillas como garras. Se le había hundido la piel de debajo de los ojos.
Un ventilador runruneaba en el dormitorio. No se oía más música que la que se filtraba con el aire muerto de la calle.
– Vaya, el pequeño Dylan.
Dylan estaba atónito, desconcertado.
Si Abraham iba a envejecer así, no quería verlo.
– Cuánto tiempo, tío. Ya casi no te reconozco, hombretón. Mírate.
– Hola, Barry -consiguió farfullar Dylan.
– Me alegro de ver ese culo canijo tuyo, chico. A tu padre no paro de verlo, pero a ti, nunca. Hace un calor infernal, ¿eh? ¿Os apetece un zumo bien fresco?
– No, estoy bien -dijo Mingus.
– No, gracias -dijo Dylan.
– Tendrías que beber zumo de naranja, Gus, tiene muchas vitaminas. Así no estarías tan tirado, chico. Sentaos, me estáis poniendo nervioso. Tenéis toda la pinta de tramar algo.
– Necesito una cosa de tu cuarto -dijo Mingus.
– Pues cógela, ¿qué problema hay? Dylan, siéntate. Tómate un zumo con hielo, no me digas que no te apetece con este calor. ¿Has visto el partido de los Yankees? Ron Guidry, tío. El mejor pitcher del mundo.
Mingus desapareció por la parte de atrás. Dylan se sentó en el sofá, detrás de la mesilla del café. El espejo de Barrett Rude Junior era tal vez la única superficie sin romper de la sala, cubierto de polvos dispersos como una galaxia. A un lado, había una pajita de plástico.
Barrett Rude Junior le pilló mirando los polvos:
– No seas tímido.
– No, gracias.
– No me des las gracias y sírvete.
– Adelante -dijo Mingus, saliendo del dormitorio-. Hazte una raya, D.
– Da igual.
– ¿Qué pasa? ¿Nunca la has probado, tío?
– Déjale en paz, Gus. El pequeño Dylan puede hacer lo que le plazca. Es mi chico, va a ir a la universidad, maldita sea, no me puedo creer cómo pasa el tiempo, ¿eh, Gus? El pequeño Dylan se nos va a la universidad, no puede colocarse porque necesita tener la cabeza en su sitio.
Mientras Barrett Rude Junior improvisaba una letra de canción, una variación de un viejo tema -la llamaremos «El pequeño Dylan, segunda parte»-, Mingus Rude se dejó caer junto a Dylan en el sofá. Las rodillas de los dos se tocaron al hundirse el sofá y, sin decir una palabra, Mingus abrió la mano de tal modo que el anillo de Aaron X. Doily cayó suavemente en un hueco vacío del espejo.
Barrett Rude Junior preparó dos vasos de zumo de naranja con medialunas de hielo flotando como peces hinchados.
– ¿Qué es eso? -preguntó Junior.
– Una cosa que le guardaba a Dylan en el suelo de tu habitación. Se la va a llevar a Vermont, donde las chicas nadan desnudas y los negros trabajan en las gasolineras.
– Oh.
Junior no hizo ni caso. Se acomodó en el butacón con la bata abierta dejando a la vista los pantalones de boxeo y su pecho avejentado, el esternón le sobresalía como una tienda de campaña.
Un hombre como una mansión había sido vaciado, ahuecado como si se lo hubieran comido las termitas.
Dylan cogió el anillo y se lo guardó. Sin pensar, se llevó los dedos a la nariz, esnifó donde habían rozado el espejo.
– Ya está -dijo Junior-. Te refresca al instante.
– ¿Ves? Sí que quiere -dijo Mingus-, lo que pasa es que no lo sabe.
Con el anillo a buen recaudo en el bolsillo, Dylan oyó de pronto su canción, la que llevaba tarareando todo el verano: «El pequeño Dylan casi se ha ido». Recordó la condición básica: a la cárcel, solo de visita. Que Mingus le guiara a otro lugar nuevo antes de salir disparado hacia Camden College, en Camden, Vermont. Había probado el ácido, se había tomado una pastilla de Quaalude en una bolera, setas alucinógenas en Jones Beach, así que ¿a qué venían tantas dudas? Arthur no estaba allí para verle, para echarle en cara el farol. No le pasaría nada por esnifar cocaína. Bastaba con recordar la rutina, con fingir que no era la primera vez.
Dylan se llevó la pajita del espejo a la nariz y aspiró tal como había visto hacer.
Y Mingus Rude se hizo una raya.
Y Barrett Rude Junior se hizo una raya.
Y todos se hicieron otra raya y Dylan Ebdus se estaba metiendo coca con Gus y Junior, solo era una tarde más en la calle Dean, nada especial. Fue como una visita a una vida alternativa, una vida en la que nunca había abandonado el barrio, nunca había dejado de visitar aquella casa. La droga recorrió a Dylan y racionalizó la ilusión, borró cualquier duda.
Podías refrescar el cuerpo desde dentro, sudar como un cubito de hielo.
Una línea de bajo nunca sonó tan profunda como cuando Barrett Rude Junior colocó la aguja sobre Let Me Party with You de Bunny Sigler y el zumo de naranja bajó sorprendentemente bien por la garganta.
– ¿Te gusta? -preguntó Junior, ensanchando su calavera barbuda con una sonrisa. Tal vez Dylan se estuviera acostumbrando.
– Sí -contestó Dylan, sincero, con los ojos abiertos.
– Está bien, ¿eh? -dijo Mingus. Suavizó el tono de voz, como si lo único que hubiese querido todo ese tiempo era que Dylan hubiera estado con él, que su amigo más antiguo e íntimo le ratificara en el ambiente de la cocaína.
– Sí -repitió Dylan.
Quizá podías ser perdonado. Quizá había sido un malentendido y todo iba estupendamente. Ahora tenías el anillo en el bolsillo. Estabas con Mingus y Junior y además solo te faltaban semanas, días, para ir a la universidad más cara del mundo. Una cosa y otra no se excluían mutuamente, tus miedos habían sido infundados.
Quizá todo fuera perfecto, pero incluso mientras todavía lo estabas pensando Barrett Rude Senior subió las escaleras y se asomó a la habitación, sorprendiéndolos a todos y a nadie más que a sí mismo.
Pese al calor del día llevaba un traje negro, la aguja de corbata y los gemelos de oro y un pañuelo blanco.
Olía mucho a flores, a rosas.
Mingus fue el que vio su cara en el espejo. Soltó el tubito y se limpió la nariz con un dedo.
– Esto pasa cada vez que salgo a la calle -dijo Senior con voz temblorosa-. Corrompéis la moral de otro joven del vecindario.
– Baja a tu piso, viejo -dijo simplemente Junior, sin mirar a su padre.
– No líes al chico de los blancos, traerás la ruina a esta casa.
Dylan no reconoció en el comentario nada que tuviera que ver con él ni con nada de Gowanus o el mundo. Le pareció tan divertido que casi se carcajea. Mingus le dio un codazo.
– Y, de todos modos, ¿qué haces tan pronto en casa un domingo? -preguntó Junior-. ¿La hermana Pauletta te ha dado la patada porque le has pellizcado el culo a alguna de las chicas que ponen las flores?
– Dios perdone a esa alma retorcida que en otro tiempo fue mi querido hijo.
Barrett Rude Junior se levantó, se alisó el batín, pasó junto a su padre en dirección al fregadero.
– Me he torcido, viejo. Estoy atrapado. Así que ¿por qué no te relajas? Quítate la corbata, hace demasiado calor. Si quieres una raya, sírvete tú mismo.
– Doy las gracias a Dios todos los días de que tu madre no viviera para ver esto.
Barrett Rude Junior se giró y preguntó en voz baja:
– Le rezas a Dios, ¿verdad? ¿Y mencionas a mi madre?
– Así es.
– ¿Y qué te contesta Dios, viejo, cuando la nombras?
Mingus dijo también en voz baja:
– Ve a tu cuarto a rezar, abuelo.
– Rezo todos los días y todas las noches bajo los pies de pecadores -dijo Senior-. Una mañana de estas voy a salir de mi escondite a contar lo que he visto.
– Vete ya -rogó Mingus.
– Se lo gritaré a las montañas.
Dylan no supo cómo Barrett Rude Junior pudo cruzar la sala tan rápido como lo hizo y agarrar a su padre de las solapas de la americana con los puños cerrados y lanzarlo contra la pared del hueco de la escalera. Los dos suspiraron, Junior y Senior, como en un único sonido. Acto seguido, Senior había desaparecido en el piso de abajo y Junior volvía a dar la espalda al sofá mientras dejaba correr el agua del grifo.
Dylan agachó la cabeza en silencio culpable. Mingus se limitó a cabecear y reanudar la sesión de pajita y espejo.
Dylan notaba el pulso por toda la piel: sería cosa de la droga.
La música siguió sonando y por un momento fue como si no hubiera pasado nada. Solo por un momento, luego la habitación volvió a llenarse con el aroma de las rosas, Senior volvía a estar en lo alto de la escalera como si nunca se hubiera marchado y el momento de paz hubiera durado un parpadeo. Solo que Senior había ido de expedición al piso del sótano: la prueba estaba en lo que había sacado de allí y que ahora mostraba con ambas manos. En la izquierda asía un ramo de billetes de veinte, que rápidamente lanzó por los aires y dejó caer revoloteando a la moqueta. En la derecha sostenía una pistola.
Desde los altavoces, Bunny Sigler continuaba cantando ajeno a la situación.
– A tu padre no le pones la mano encima -le dijo Barrett Rude Senior a su hijo-. Así lo ordena el libro. Ahora tengo pruebas de que has utilizado a niños para tus chanchullos. El cuarto del chico está lleno de tu sucio dinero. Si tú no tienes vergüenza, voy a tener que enseñártela yo, hijo.
– Mingus tiene su propio dinero -dijo Junior despacio, observando la pistola de su padre.
– Tú le has enseñado el pecado y tienes que pagar por haberle puesto la mano encima a tu padre.
– Baja esa pistola, viejo.
– Llámame padre. La pistola es para meterte el miedo en el cuerpo.
– «Tienes que admitir que ya eres viejo.» -Era otra de las melodías improvisadas, la última que Dylan oiría.
Mingus se levantó del sofá como una bala y corrió hacia la puerta del cuarto de su padre. Se volvió y, antes de desaparecer en la oscuridad, gritó:
– ¡Vete a casa, Dylan!
Seguía protegiéndolo.
Dylan Ebdus nunca recordaría levantarse del sofá y dirigirse hasta la puerta, de la puerta a la escalinata, de la escalinata a la verja y luego a la acera. Una parte de él seguía dentro, latiéndole detrás de los ojos con los que miraba fijamente las caras, la pistola y Mingus enmarcado por un instante en el umbral antes de volverse y entrar en el dormitorio de su padre. Dylan Ebdus todavía oía la música y notaba el roce en el orificio nasal, todavía se preguntaba por los discos de oro desaparecidos de la pared y la carne que faltaba en la cara de Barrett Rude Junior. Por tanto, el día resplandeciente al que fue expulsado no causó la menor impresión en él. Sin embargo, estaba fuera. Mingus le había gritado que se marchara y se había marchado y estaba intacto, con el anillo en el bolsillo y quinientos dólares destinados a la universidad esparcidos por el suelo por el puño de Rude Senior, misión cumplida. No estaba dentro. Estaba en la calle Dean, tambaleándose sobre una baldosa de acera, cuando oyó el disparo.