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TERCERA PARTE. PRISIONEROS1

En la habitación del ático que llamaba mi despacho había una cama plegable que normalmente estaba cubierta de papeles, paquetes de prensa que acompañaban las copias promocionales de los cedés y plásticos protectores y sobres acolchados en que solían llegar estos. Aunque esa mañana la colcha, bañada por la luz sesgada de septiembre a las siete de la mañana, la luz del veranillo de San Martín, estaba libre de restos de envoltorios y publicidad. En su lugar, la cama contenía dos cosas: un estuche de plástico para veinticuatro compactos y Abigale Ponders vestida con una camiseta raída de los Meat Puppets (mía) y unos calzoncillos Calvin Klein (míos no, de ella), con las piernas y los brazos dispuestos en un elegante desorden soñoliento. Solo una de las dos cosas me acompañaría en el vuelo de las nueve y media a Los Ángeles. El discman y los auriculares ya estaban guardados, junto con una muda, en la bolsa de viaje que esperaba en el piso de abajo, al lado de la puerta.

No era habitual ver a Abby en mi despacho del ático. Sinceramente, era un fastidio tenerla allí. Había contado con escabullirme de casa mientras ella durmiera en la habitación de abajo. Pero me había seguido hasta arriba. Allí, bajo la luz sesgada, con los calzoncillos blancos resaltando contra su piel y la colcha granate, componía una foto estupenda: ideal, si se pasaba por alto el emblema de los Meat Puppets de la camiseta blanca casi transparente, para la portada de un viejo disco de jazz del sello Blue Note. Ella misma parecía una marioneta marrón, con los brazos en jarras, la cabeza inclinada, la boca abierta, los párpados como drogados. Tendría que haber sido un malcarado Miles Davis para sentirme digno de entrar en el encuadre. O, como mínimo, Chet Baker. Toda Abby era un reproche. Me encantaba tener una novia negra y quería a Abby, pero yo no tocaba la trompeta.

Rebusqué en la pared de los cedés, abrí un estuche y dejé caer en la colcha el Whereabouts de Ron Sexsmith.

Abby bostezó.

– ¿Por qué pasas la noche fuera?

Abby confiaba en la despreocupación grogui para romper el punto muerto alcanzado la noche anterior. Nos habíamos declarado una guerra de silencio, la peor hasta la fecha. Valía la pena intentarlo: la alenté, aunque no estuviera en condiciones de cooperar con ella.

– Ya te dije que voy a visitar a un amigo.

– ¿Tienes una cita con una amiga?

Musité la mentira:

– Un viejo amigo, Abby.

A continuación elegí Still Bill de Bill Withers. Lancé el disco sobre la colcha sin apartar la vista de la estantería.

– Eso: un viejo amigo, una cena, se me había olvidado. Perdona. -El compacto cayó al suelo-. He sido yo. -Rió brevemente.

Cogí el disco que todavía giraba en el suelo, lo guardé en la funda, cerca de los pies de Abby.

– Intento que me dirijas la palabra.

– Voy a perder el avión.

– Tengo entendido que sale uno cada hora.

– Sí, pero en Dreamworks me esperan a la una. No me jodas la reunión.

– No te preocupes, Dylan, no pienso joder a nadie. ¿Te referías a eso?

– Abby. -Intenté poner mala cara.

– Ni siquiera a ti. Así que no tengas celos, porque no vas a pillar cacho.

– Vuelve a la cama -sugerí.

Bostezó y se desperezó. Apoyó las manos en los muslos desnudos, forzando los codos como si quisieran tocarse uno con otro.

– Podría ayudar que todavía folláramos, Dylan.

– Ayudar ¿a quién?

– La naturaleza del follar implica a dos personas.

Lancé Another Green World de Brian Eno sobre la cama y me imaginé una fila de asientos para mí solo a seis mil pies de altura.

Se pasó los pulgares por debajo del elástico.

– Anoche me corrí cuando estabas dormido.

– Contarle a alguien más tus masturbaciones implica a dos personas, Abby, pero no lo convierte en follar.

Era el tipo de comentario habitual entre Abby y yo. El fuerte sabor a déjà vu de la broma facilitó que siguiera rebuscando en la colección de discos.

– ¿Quieres saber en quién pensaba cuando me corrí? Es una ordinariez.

– ¿Le veías el blanco de los ojos?

– ¿Qué?

– Da igual. Te estoy interrumpiendo.

– Te lo diré si tú me dices el nombre de tu cita secreta en Los Ángeles.

– ¿Vamos a intercambiar a una persona real por una imaginaria? ¿Se supone que eso es un buen trato?

– Ah, pero es que las dos son reales.

No contesté, pero elegí otro par de compactos: Swamp Dogg, Edith Frost.

– En realidad, estaba medio dormida. Guy d’Seur me recorría el cuerpo con sus manitas gabachas. ¿No te parece estúpido, Dylan? Nunca he pensado en él en ese sentido, ni por un segundo. Tenía una polla enorme.

– No me sorprende.

No me sorprendía. Ni la aparición de D’Seur en la fantasía de Abby ni el tamaño que ella le había atribuido a su aparato. Guy d’Seur era algo más que el tutor de tesis de Abigale Ponders, era una celebridad de Berkeley. Nada que ver con ser crítico de rock, ni siquiera comparable a ser músico de rock. Los catedráticos de los diversos departamentos de posgrado eran las estrellas que enloquecían a los habitantes del lugar. Entrar en una cafetería de Berkeley y encontrarse sentado ante un café con leche y un bollo a uno de los teóricos vestidos de negro de la facultad de retórica o inglés -Avital Rampart, Stavros Petz, Kookie Grossman y Guy d’Seur componían el panteón actual- equivalía a un nudo en la garganta inmediato. En Berkeley esa gente era la que conseguía hacer el silencio en una sala. Sus libros ilegibles llenaban las mesas de novedades en las librerías.

Abigale Ponders era la hija única de una pareja de dentistas negros de Palo Alto, honorables y esforzados miembros de la clase media que lo único que querían era verla ir a la universidad y maravillarse ante el resultado. La tesis de Abby, «La representación de la cantante negra en las imágenes parisinas de la cultura afroamericana, de Josephine Baker a Grace Jones», la había conducido, hacía dos años, a visitar al único periodista en activo de Berkeley que había entrevistado a Nina Simone. En 1989, yo había cumplido con mi humilde peregrinaje para ver a Simone en nombre de la Musician Magazine, y Abby había demostrado ser capaz de investigar un índice bibliográfico con los mejores números de la revista. El día de la entrevista, engatusé a Abby poniéndole rarezas de Simone hasta que fue lo bastante tarde como para sugerir una botella de vino.

Al cabo de tres meses se mudó a mi casita de Berkeley.

– Ahora me debes una -dijo-. ¿A quién vas a ver en Los Ángeles? ¿Qué merece pagar una habitación de hotel que no puedes permitirte?

– La habitación de hotel está en Anaheim y no me cuesta nada. Supongo que acabo de darte una pista. -Me había resignado a descubrir mi secreto.

– ¿Vas a cobrar por una noche de sexo? ¿Con quién, con un personaje de la Disney?

– Esfuérzate un poquito más, Abby. ¿Quién insiste siempre en pagarlo todo cuando vas de visita?

Abby se calló, algo avergonzada.

Aproveché la ventaja.

– Sueñas con D’Seur porque le debes a sus manitas gabachas un borrador de capítulo y lo sabes.

– Vete a la mierda.

– Como quieras, pero ¿por qué no aprovechas para volver al trabajo?

– No he dejado de trabajar.

– Vale. No he dicho nada.

Abby se incorporó y cruzó las piernas.

– ¿A qué va tu padre a Anaheim, Dylan?

– Por negocios.

– ¿Qué clase de negocios?

– Abraham es el invitado de honor, el artista invitado, de ForbiddenCon.

– ¿Qué es ForbiddenCon?

– Creo que estoy a punto de averiguarlo.

Pausa.

– ¿Tiene algo que ver con su película? -Lo preguntó con delicadeza, como debía. La obra inacabada de toda la vida de Abraham Ebdus no era cosa de risa.

Negué con la cabeza.

– Es algo relacionado con la ciencia ficción. Le han dado un premio.

– Creía que esas cosas no le interesaban.

– Supongo que Francesca le habrá convencido.

La nueva novia de mi padre, Francesca Cassini, tenía un don para sacarlo de casa.

– ¿Por qué no me dijiste que venía?

– Porque no viene. Voy yo a verle.

Hablábamos en tono impersonal y seco, un alivio después de las provocaciones sexuales de Abby. Que se perdieron con tanta facilidad como el humo de un cigarrillo solitario.

Saqué Black-Eyed Blues de Esther Phillips de su estuche y lo pasé al portacedés. La luz de fuera cambió. En media hora llegaría una furgoneta del aeropuerto.

Abby tiró de una de las rastas cortas de su frente, enroscándosela delicadamente en los nudillos. Pensé en una cabritilla frotándose con suavidad, rascándose el bultito de los cuernos contra una verja, algo que había presenciado en Vermont hacía mil años. Cuando dejó de mirarme a los ojos, Abby bajó la mirada, la fijó en sus rodillas desnudas. Movió los labios, pero no dijo nada. Me pareció oler que se había excitado levemente metiéndose conmigo.

– Pareces un poco triste -dije.

– ¿Qué?

– Últimamente te veo un poco deprimida otra vez.

Alzó rauda la mirada.

– Esa palabra ni la menciones.

– Intentaba ser comprensivo.

– No tienes derecho.

Nada más decir esto, salió repentinamente de la habitación, sacándose la camiseta de los Meat Puppets por la cabeza mientras bajaba las escaleras y desaparecía de mi vista. Solo le vi fugazmente la espalda. Al cabo de un minuto oí la ducha. Abby tenía un seminario, el segundo del nuevo semestre. Debería haber dedicado los meses de verano a escribir un fragmento de su disertación, igual que yo debería haber redactado el borrador de mi guión. En lugar de escribir, los dos nos habíamos dedicado a pelearnos y follar con cada vez más intermedios en los que los dos nos aislábamos en el silencio de nuestras respectivas habitaciones. Ahora, mientras Abby estaba a punto de enfrentarse a sus mentores con las manos vacías, yo estaría volando hacia Los Ángeles para exponer una acalorada justificación de por qué no había escrito ni una nota.

Mi editor ocasional en The L.A. Weekly me había conseguido la reunión, la primera. A lo largo de los dos años anteriores como trabajador por cuenta propia había ido hundiéndome en una deuda de treinta mil dólares con la tarjeta de crédito, y ahora me ganaba la vida básicamente gracias al trabajo para la discográfica de reediciones Remnant Records, ubicada en Marin. Mis tratos con el propietario de Remnant, un beatnik emprendedor y canoso llamado Rhodes Blemner, me resultaban vejatorios. De modo que la reunión de hoy era una apuesta por la libertad.

Debí de perderme en mis pensamientos, porque lo siguiente que recuerdo es que Abby apareció vestida en lo alto de la escalera. Llevaba vaqueros, una camiseta negra de tirantes y unas botas hasta la rodilla que la hacían más alta que yo. Todavía le faltaba atar los complicados cordones de las botas. Se quedó de pie, frotándose las manos y los codos con crema hidratante y mirándome con furia acerada.

– No te cuento las experiencias más difíciles de mi vida para que después me las eches en cara -dijo-. Cuando he estado deprimida, al menos he tenido el valor de admitirlo. No quiero que vuelvas a emplear esa palabra conmigo, ¿de acuerdo?

– Pues claro que has tenido el valor de admitirlo. Y por lo visto he metido el dedo en la llaga. Eso se llama dejarte conocer, Abby.

– ¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama cuando uno no se conoce a sí mismo?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Por qué no me dijiste que vendría tu padre, Dylan? ¿Cómo has permitido que siguiera haciéndome el lío?

Me quedé mirándola.

– Tú sí que estás deprimido, Dylan. Es el secreto que te escondes a ti mismo. No lo admites. Te rodeas de depresión para no admitir que tú eres la fuente de la depresión. Piensa en ello.

– Una teoría interesante -musité.

– Que te jodan, Dylan, no es interesante, no es una teoría. Estás tan ocupado sintiendo lástima por mí o por cualquiera, por Sam Cooke, porque te resulta conveniente para no pensar en ti.

– ¿Qué es lo que quieres exactamente, Abby?

– Que me dejes entrar, Dylan. Te escondes de mí, sin disimulo.

– Otro modo de describir el hecho de que una persona intenta ahorrarle a otra sus cambios de humor más violentos.

– ¿De eso se trata? ¿De cambios de humor?

– Hace un momento te estabas corriendo ahí mismo, en la alfombra, y ahora me vienes con este ataque de nervios. No puedo con todo, Abby.

– ¿Crees que me has ahorrado tus estados de ánimo? ¿Cómo te crees que me siento yo viviendo bajo tu cabina de mando de todas las miserias? -Señaló a la pared cubierta de mil cuatrocientos cedés: dos estanterías con setecientos cada una-. Eso es un muro de estados de ánimo, un muro de la depresión, señor Correlato Objetivo. -Golpeó las estanterías, que temblaron.

– Vaya, eso se llama formular cargos. -Yo solo buscaba un respiro, nada más.

– ¿Así lo llamas cuando no interpreto para ti a la chica depresiva? ¿Pasas a tus pequeñas fantasías kafkianas? Yo no tengo el poder para acusar, Dylan. Aquí solo soy la mascota oficial de toda la mierda que no te permites sentir. Una pieza más en la colección Ebdus de negros tristes.

– No estás siendo justa.

– Veamos, Curtis Mayfield, «We People Who Are Darker Than Blue»: a mí me suena a depresión. -Tiró el cedé al suelo-. Gladys Knight, sufrimiento, depresión. Johnny Adams, depresión. Van Morrison, depresión de caballo. Lucinda Williams, esa sí que necesita Prozac. Marvin Gaye, muerto. Johnny Ace, muerto, trágico. -A medida que iba despachando títulos los sacaba de la estantería y las cajas se rompían contra el suelo, ruidosamente-. Little Willie John, muerto. Little Esther y Little Jimmy Scott, qué triste: todos los Little son tristes. ¿Qué es esto, Dump? ¿De veras escuchas una cosa llamada «Vertedero»? ¿De verdad? ¿Syl Johnson, Is It Because I’m Black? Quizá no eres más que un perdedor, Syl. Gillian Welch, por favor, madre mía. ¿Los Go-Betweens? Five Blind Boys of Alabama, sin comentarios. Al Green, antes creía que Al Green hacía música feliz hasta que me explicaste lo trágico de toda la historia, que se quemó con una olla de sémola de maíz hirviendo y que su mujer se pegó un tiro de lo deprimidísima que estaba. Brian Wilson, loco. Tom Verlaine, muy deprimido. Ni siquiera tú pones ese disco. Ann Peebles, I Can’t Stand the Rain. Harold Melvin y los Blue Notes, ¡puaf! «Drowning in the Sea of Love»… ¿esto de ahogarse en el mar del amor es bueno o malo? David Ruffin, es drogadicto, lo sé. Donny Hathaway… ¿está muerto?

– Muerto.

– Los Bar-Kays, parece un nombre feliz pero me dan mala espina, este disco emite malas vibraciones. ¿De qué van los Bar-Kays?

– Bueno, iban en el avión de Otis Redding.

– ¡Muertísimos! -Lo lanzó contra la pared del fondo y aterrizó en la almohada.

– Vale, Abby. -Levanté las manos abiertas, rogando una tregua-. Paz. Me rindo. -Mi cerebro añadió: «¡Sprite! ¡Míster Pibb! ¡Clítoris!».

Abby se detuvo y los dos nos quedamos mirando los restos cristalinos que rodeaban sus pies.

– Tengo música alegre -dije, adaptándome a su discurso como un tonto.

– ¿Como qué?

– Probablemente mi sencillo favorito es «You Sexy Thing». Me gustan muchas cosas de la época disco.

– Menudo asco de ejemplo.

– ¿Por qué?

– Un millón de cantantes quejicas, diez millones de canciones depresivas y por cinco o seis canciones alegres… que encima te recuerdan a cuando tenías trece años y los demás niños te pegaban. Vives del pasado, Dylan. Estoy harta de tus secretos. ¿Te ha preguntado tu padre si iba a acompañarte?

Me sonrojé y no dije nada.

– Y toda esta mierda… ¿Qué es toda esta mierda? -Junto a la caja que ocupaba el estante de encima de los compactos había una serie de objetos que yo nunca había mencionado ni enseñado: el anillo de Aaron X. Doily, el peine afro de Mingus, unos pendientes de Rachel y un librito hecho a mano con fotografías en blanco y negro encabezado por: «Para D. de parte de E.». Las botas sin atar de Abby pisaban ruidosamente los estuches de plástico rotos-. ¿De quién es este relicario? ¿Emily? ¿Elizabeth? Vamos, Dylan, lo has dejado ahí para que lo viera, me debes una explicación.

– No.

– ¿Has estado casado? Ni siquiera lo sabría.

Cogí el anillo del estante y me lo guardé en el bolsillo.

– Son cosas de cuando era crío.

Una simplificación excesiva: E. era la mujer de un amigo de la universidad, y el libro, un regalo por algo que estuvo a punto de pasar y que decidimos que sería mejor que no ocurriera.

Los cómics de Mingus estaban en una caja en el ropero, mezclados con los míos.

Abby cogió el peine para cabellos rizados.

– ¿Ya recopilabas recuerdos de chicas negras cuando eras niño? No creo, Dylan.

– No es de una chica.

– No es de una chica. -Tiró el peine sobre la cama-. ¿Ese es tu modo de decirme algo que prefiero no saber? ¿O lo compraste por internet? ¿Es el peine de Otis Redding, rescatado del accidente? Quizá perteneciera a uno de los componentes de los Bar-Kays. Supongo que lo que te atormenta es que nunca llegarás a saberlo con certeza.

Entonces arremetí.

– Imagino que tengo que aguantar todas estas tonterías porque no te sientes lo bastante negra, Abby. Porque te criaste montando ponis en una urbanización.

– No, tienes que aguantarlas porque crees que todo se reduce a dónde te criaste tú y dónde me crié yo. Escucha lo que dices, Dylan. ¿Qué te pasó? Tu infancia se ha convertido en un santuario privilegiado en el que vives todo el tiempo en lugar de estar aquí conmigo. ¿Piensas que no lo sé?

– A mí no me pasó nada.

– Vale -dijo con gran carga de sarcasmo-. Entonces, ¿por qué estás tan obsesionado con tu infancia?

– Porque… -De verdad quería contestar, no solo para calmarla a ella. Yo mismo quería saber la respuesta.

– ¿Por qué?

– Mi infancia… -dije con cautela, eligiendo cada palabra-. La infancia es la única época de mi vida… hum… no abrumada por la infancia.

Abrumada… ¿O quería decir arruinada?

– Bien. -Y nos quedamos mirándonos un rato largo-. Gracias.

– ¿Gracias?

– Acabas de decirme a qué atenerme, Dylan. -Lo dijo con tristeza, sin preocuparse ya por demostrar nada-. ¿Sabes? La primera noche que pasé en esta casa, ¿no se te ocurrió que subiría a curiosear tus cosas? ¿Crees que no vi ese peine afro en la estantería?

– Solo es un peine. Me gusta la forma.

Abby pasó por alto mi comentario.

– Me dije: «Abby, este hombre te colecciona por el color de tu piel». Me pareció bien, quería que alguien me coleccionara. Me gustaba ser tu negrata, Dylan.

La palabra resonaba entre los dos, impidiéndome replicar. La veía escrita en una fuente típica del estilo graffiti o los cómics, reluciendo con sus adornos chillones, rayos, estrellas, halos. Como con el peine, aprecié la forma. La mayoría de esas palabras se devaluaban, escolares de todos los colores se las escupían a la cara a diario en las calles o amantes como Abigale Ponders y yo nos las susurrábamos en privado. Aunque nuestra relación estaba de vuelta de casi todo, «negrata» era la excepción, un agente antientrópico que se autorrenovaba. La profunda fealdad de la palabra en el mundo hacía saltar la alarma siempre que era necesario.

– Pero nunca quise que me coleccionaran por mis distintos estados de ánimo, tío. Tú has coleccionado mi depresión, la has cultivado como un cactus, como un gato malhumorado que te gustara tener cerca para sentir lástima por él. Nunca me lo habría imaginado. Nunca.

Abby hablaba para sí. Cuando se dio cuenta, un poco después que yo, cambió la expresión de la cara.

– Recoge la habitación -dijo, y bajó al piso de abajo.

La furgoneta del aeropuerto llevaba un rato tocando el claxon. Mi cuarto tendría que esperar y tendría que conformarme con los cinco o seis discos que ya había seleccionado. El Is It Because I’m Black de Syl Johnson había resbalado del pequeño montón de compactos y trozos de plástico que Abby había dejado tras de sí. Lo recogí y lo añadí al portacedés.

Abby estaba de pie junto a la mesa de la cocina, con un pie apoyado en una silla, atándose los interminables cordones. Había cambiado la joyería africana de sus piercings. Me habría parecido una indumentaria absurda para ir a clase de no haber sabido hasta qué punto se disfrazaban los estudiantes en tales ocasiones. Las botas representaban un pequeño obstáculo en el arte de las salidas dramáticas de escena: seguro que Abby tenía pensado marcharse antes que yo con la intención de que las últimas palabras pronunciadas en el piso de arriba quedaran como la conclusión.

Cogí la bolsa que esperaba junto a la puerta. La expresión de Abby, cuando alzó la vista, era de sorpresa, no estaba preparada. El claxon volvió a sonar.

– Buena suerte -dijo, en tono incómodo.

– Gracias. Llamaré…

– No estaré en casa.

– Bueno. Y Abby…

– ¿Sí?

– Buena suerte.

No sabía si estaba siendo sincero ni a qué me refería en el caso de serlo. ¿Le estaba deseando buena suerte para dejarme? Pero lo dije, completé aquel colofón absurdo: buena suerte para todos. Después me marché.