38645.fb2 La Fortaleza De La Soledad - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 25

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4

El restaurante, Bongiorno, era malo y no lo sabía. Todo te lo presentaban con una floritura pasiva-agresiva, como si nosotros careciéramos de entendimiento suficiente para apreciar el pan de ajo cargado de orégano, los cuenquitos individuales para los huesos de las olivas, las servilletas almidonadas embutidas en las copas de vino o la afectada enunciación por parte del camarero de una larga lista de especialidades de la casa. Zelmo Swift tomó el control de la carta de vinos y nos llamó a todos por el nombre de pila para asegurarse de que la cena se convirtiera en algo personal.

– Invito yo, no ForbiddenCon -enfatizó-. No sabrían lo que es la comida ni aunque les mordiera en el culo. Se contentan con ese asco de hotel. Sé que a veces el conjunto resulta un tanto horripilante, así que siempre intento sacar al menos una vez a los invitados.

– Se agradece -mentí.

A la mesa, Zelmo seguía bramando con aquel vozarrón impresionante que tenía. Y, además, dominaba el arte del parón repentino a media conversación que exigía el reconocimiento ajeno, el pecho y la cara parecían a punto de estallarle esperando a reanudar el discurso después de un «¿De veras?» o «¡Qué malísimo que eres!».

– Una buena cena y un poco de conversación -continuó-. Vida real. Ese hotel está lleno de momias. Benditas sean.

«Ya, ¿y tú no eres el Rey de las Momias?» Iba a preguntarlo, pero comprendí que era precisamente la superioridad de Zelmo con respecto al resto de la reunión del Marriott lo que buscaba ratificar aquella cena con velas.

– Además, sé que madame Cassini sabrá apreciar la mejor comida italiana del sur de California.

Francesca, sentada a la derecha de Zelmo, se emocionó con la adulación. Estaba bastante seguro de que su herencia italiana no iba mucho más allá de reconocer la diferencia entre una porción de siciliana y otra de napolitana de las pizzerías más remotas de Brooklyn. Pero también estaba bastante seguro de que aquel no era el mejor restaurante italiano del sur de California. Tal vez lo fuera de Anaheim.

En un primer momento, el traje y las maneras de Zelmo disimularon el hecho de que, como Jared Orthman y yo, Zelmo tenía treinta y pico años. Era la segunda vez en el mismo día que me veía obligado a comprobar que mi indumentaria y gustos, comparados con los de mis coetáneos de otras profesiones, se correspondían más a los de un encargado de gasolinera o un vagabundo que a los de un adulto asalariado. La credibilidad desaliñada que mi ropa me confería en mi hábitat natural se perdía para los Jared y Zelmo, a quien mis gafas de montura anticuada solo sugerían que no podía pagarme unas lentillas. Sospechaba que en cada esquina de Los Ángeles me esperaba la misma lección. Berkeley, detenida aún en su burbuja de los años sesenta, nunca me la había enseñado.

Llegó el vino y Zelmo lo probó.

– Este, sí -proclamó. Luego me aseguró en un aparte-: Te va a encantar.

Por lo visto, el hijo no podría mantenerse al margen de la cena. Era necesario conquistarme a mí también.

Mi padre estaba sentado a mi lado, separado de Zelmo por Francesca. Insertada entre Zelmo y yo se sentaba la acompañante de Zelmo: Leslie Cunningham. Que Leslie, con su traje gris, pareciera una actriz interpretando a una abogada en prácticas en alguna serie televisiva no le impidió a Zelmo anunciar que, efectivamente, era abogada en prácticas en el bufete de Zelmo. En el Bongiorno no nos deteníamos en los límites de la ironía. No me molesté en preguntarme qué se escondía bajo el traje de líneas elegantes, me negaba a desear a la mujer de Zelmo. «En Berkeley ni siquiera la habría mirado», me dije. La habría tomado por una cajera de banco, una oficinista, otra rubia californiana inmune a las modas. Tampoco me molesté en preguntarme qué hacía cogida del brazo de Zelmo, imaginando que «las mejores cosas de la vida son gratis», pero que, claro, «puedes dejárselas a los pájaros y a las abejas».

Las mujeres a uno y otro lado de Zelmo disfrutaban del parloteo del hombre. Mi padre, en cambio, estaba sentado serio y en silencio. Supongo que somos tal para cual, solo que él se había ganado la cena con dos décadas de servicio a la causa de la ciencia ficción. De mí se esperaba que al menos mostrara agradecimiento y sorpresa. Como había descubierto en la conferencia, Abraham se caracterizaba por no demostrarlos.

El sumiller nos llenó las copas. Me había llevado la mía a los labios cuando Zelmo dijo:

– ¡Un brindis!

– ¡Por ti! -dijo Francesca-. ¡Por ser tan generoso!

Zelmo negó con la cabeza.

– Yo tengo un brindis preparado. Cuando llamé a Abe para que fuera el invitado de honor de ForbiddenCon 7 ya podría haberme imaginado que el hombre sería tan maravilloso como su obra. Pero ¿cómo iba a saber que vendría acompañado de una dama bella y mágica? Francesca y Abraham, vuestra historia es conmovedora. Que os hayáis encontrado tan tarde en vuestras vidas… -Zelmo casi gritaba cuando por fin alzó la copa-: ¡Por el corazón humano! -Los comensales de las otras mesas se giraron para ver qué pasaba.

Brindamos, nos trajeron una bandeja de calamares fritos y la pareja del brindis se enzarzó en una discusión por lo bajo. Zelmo pasó un brazo por los hombros de Leslie Cunningham y me miró de frente.

– Bueno, ¿y cómo fue crecer en la casa del gran hombre?

Estoy seguro de que puse muy mala cara.

– No tienes por qué contestarme -dijo Zelmo-. Abraham es un tipo muy duro. Pero es la única manera de sacar adelante las cosas. Poca gente lo entiende. Los del hotel, por ejemplo, no tienen ni idea. -Se rió-. Leslie, sin ir más lejos, no entiende por qué me molesto en organizar la convención un año tras otro. Ella jamás pisaría un lugar como este. ¿No es cierto?

– No me gusta la ciencia ficción -reconoció Leslie.

– Bueno, pues a mí de crío me encantaba, cielo. Toda. La guerra de las galaxias, Star Trek, me gustaba todo. A Abraham no le gustará saberlo, pero es la verdad. Con el tiempo fui desarrollando cierto criterio. Va así, Les: se va desarrollando, como una película. Y en todos los grandes hombres del género descubrí la misma dureza de carácter que me ha llevado a donde estoy. Solo que a tu padre nadie le paga seiscientos al año, ¿verdad?

– No -convine, solo para quitármelo de encima.

– Quería devolver algo de lo que he recibido. Así que creé ForbiddenCon. Es mi juguete. Llevo ya siete años. ¿Crees que tengo alguna necesidad de pasar por esto, de tratar con los tipos del comité? Me detestan, pero me necesitan. Pero una velada como esta hace que valga la pena.

Seguía ocupado en asegurarse de que me quedaba claro que despreciaba su juguete.

– ¿Por qué ForbiddenCon? -pregunté.

– No te lo vas a creer, pero la nuestra es la más clásica de las convenciones. En estas cosas el talento de verdad está muy buscado. Tu padre es una perla entre un montón de cerdos.

– Quiero decir: ¿por qué ese nombre? ¿Por qué «Convención Prohibida»?

– Alude a cosas ocultas, escondidas, reveladas. Lo raro, los tabúes, lo que pocas veces se ve. La sabiduría esquiva u olvidada. Gustos adquiridos, como el caviar o un whisky de malta.

– Comprendo.

– También alude a Planeta prohibido, la mejor película de ciencia ficción, sin duda. Mucha gente capta la referencia.

– Ah.

– Hago lo que haga falta. ¿Crees que Fred Vundane ha asistido a alguna convención en los últimos veinte años? No podría pagarse la entrada, por no hablar del billete de avión. Le he invitado a venir solo para que Abe se diera el gusto de decir que nunca ha leído su libro.

– Un momento peliagudo -sugerí.

Zelmo blandió la mano.

– Un hombre como tu padre merece todo lo que quiera.

No podía mostrarme en desacuerdo, pero no estaba seguro de que la humillación pública de Vundane fuese una prioridad.

– ¿A qué te dedicas? -preguntó Leslie, aprovechando una pausa.

Zelmo se apresuró a tomar el mando.

– Dylan es escritor -dijo, orgulloso-. Periodista.

– Escribo sobre música -dije-. Últimamente me dedico a preparar las colecciones de Remnant Records.

Miré los ojos azules, estupefactos, de Leslie. Deseé haberla conocido en un bar de solteros en mi último día sobre la Tierra y no en aquella conversación imbécil.

– Remnant es una discográfica que se dedica a las reediciones. Elaboro colecciones temáticas y escribo los textos del libreto, cosas así.

– Ponnos un ejemplo -dijo Zelmo, gesticulando magníficamente con la copa de vino como si esperara las palabras correctas para sacar el talonario y costear cualquier cosa. Yo estaba otra vez vendiéndome como en Dreamworks.

– Bueno, por ejemplo, tal vez hayáis visto Falsettos. Ha tenido cierta repercusión. Son cuatro compactos que recogen la historia del soul en falsetto: Smokey Robinson, Curtis Mayfield, Eddie Holman. Y algunas sorpresas. Van Morrison. Prince.

– No lo conocemos -dijo Zelmo, hablando por Leslie-. ¿Otro?

– Bueno, algunas cosas son un poco efectistas -admití-. El enfoque de Remnant es bastante novedoso. Así que… eh… bueno, por ejemplo, sacamos un disco titulado Tus supuestos amigos en el que todas las canciones incluían esa expresión.

– No lo entiendo -dijo Leslie con naturalidad.

– Es solo una frase que aparece en letras de canciones. Como «tú y tus supuestos amigos». Elvis la canta en «High Heel Sneakers», Gladys Knight en «Come See About Me», Albert King en «Don’t Burn Down the Bridge», etcétera. Es como un meme, una palabra-virus mundial que transmite cierta idea o emoción… -Dejé la frase inacabada, humillado.

Nos trajeron los primeros platos.

– Me gustaría que me lo explicaras con más detalle -me advirtió Zelmo, moviendo un dedo.

Pero el abogado estaba demasiado ocupado presidiendo la cena de las mujeres y, por el momento, rompió sus cadenas. Así que me volví hacia mi padre y nuestros platos gemelos de espaguetis con albóndigas -¿habíamos sucumbido Abraham y yo al mismo instinto de desinflar la pomposidad de las especialidades del Bongiorno con un primer plato de pobre?- y por fin pudimos compartir un momento para los dos.

– ¿Lo estás pasando bien? -preguntó.

– Claro. ¿Y tú?

Abraham arqueó las cejas.

– Antes de que me olvide, quería que leyeras una cosa.

Se sacó un tríptico del bolsillo interior de la americana y me lo entregó a escondidas, a la altura de la mesa. Lo desplegué sobre mis rodillas. Era una fotocopia de un recorte de la revista Artforum. «Gateo épico: el viaje secreto de un titán americano» de Willard Amato. Empezaba así:

¿Qué posibilidades había de que el pintor abstracto más entregado de Estados Unidos dejara el lienzo en 1972? ¿O de que expusiera su obra por última vez en 1967, en una colectiva figurativa que apenas tuvo repercusión? Tantas como de que el cineasta de vanguardia más profundo de nuestro tiempo nunca sea proyectado en su ciudad natal, Nueva York, o de que el último artefacto modernista monumental tenga que fabricarse en secreto, en un medio sin nombre, durante el largo declive del modernismo. Cada una de estas improbabilidades nos conduce al mismo lugar: un estudio en un desván de Boerum Hill, en Brooklyn, donde…

– Léelo luego -me rogó-. Quédate la fotocopia, tengo más.

De modo que el hombre olvidado, el don nadie, no se contentaba con serlo. No era ninguna novedad que Abraham siguiera teniendo aspiraciones, pero el recorte de prensa sí fue una sorpresa. Me lo guardé en el bolsillo.

– Bueno, ¿y qué tal le va a Abby?

– Está bien.

– Es una pena que no haya podido venir.

De pronto vi nuestra mesa con otros ojos: dos parejas y un soltero. No tenía ni idea de dónde estaba Abby esa noche.

– Tiene clases -dije, consciente de sonar a la defensiva pero sin poder evitarlo.

Francesca oyó el comentario y anunció:

– Ojalá hubiese venido, Dylan. ¡Es un encanto de chica! -Cosa que atrajo la atención de Zelmo y Leslie-. Es afroamericana -explicó Francesca con los ojos como platos con total sinceridad. Francesca y Abby solo habían coincidido una vez, cuando Abby y yo pasamos por Nueva York de camino a una conferencia musical en Montreal-. Tendrías que verla -le recomendó a Leslie-. ¡Tiene una piel preciosa!

Las buenas intenciones de Francesca acabaron con la conversación. Nos limitamos a comer pasta y ternera como soldados obedientes.

– ¿Todavía está estudiando? -preguntó por fin Zelmo, apiadándose de mí: sí, mi novia negra y ausente también era menor de edad. Las rubias adultas en edad de trabajar pertenecían a la misma categoría que las pajaritas, las lentillas y los mocasines de borla: lujos accesorios que Dylan Ebdus no era todavía lo bastante maduro para lucir.

– Un posgrado -dije-. Está terminando la tesina.

– Estupendo -contestó Zelmo, convirtiéndolo en una felicitación a la raza de Abby.

Era imposible escapar del paternalismo de Zelmo. Los artistas eran su grey defectuosa y herida y acogería cuantos pudiera bajo sus cuidados (un plato de albóndigas y una entrada a ForbiddenCon). Y los negros venían a ser como los artistas.

– Cariño -dijo Francesca a Abraham-. Cuéntale lo del padre de su amigo.

– ¿Eh?

– Aquel pobre hombre de nuestra calle, Abe. Dijiste que Dylan querría saberlo.

Abraham asintió.

– Tu viejo amigo Mingus… ¿Recuerdas a su padre, a Barry? ¿El vecino?

«Barrett Rude Junior», corregí en silencio. La lógica de Francesca era transparente: «A Dylan le gustan los afroamericanos» conducía directamente a «Aquel pobre hombre de nuestra calle». Me prometí a mí mismo que sería paciente, aunque ver a Abraham tan lento de reflejos me daba ganas de gritar. ¡El vecino! El señor Rogers tiene vecinos: nostros teníamos una manzana. Yo prácticamente crecí en aquella casa. Solo me he limitado a escribir la biografía de ese hombre para el libreto que acompaña el recopilatorio de los Distinctions. Pero lo primero no lo mencionaría porque Abraham se lo tomaría como una queja. Y lo segundo, mi padre no podía saberlo porque ni se lo había mencionado ni le había enviado los compactos.

Barrett Rude Junior no podía haber muerto, de eso estaba seguro. Me habría enterado. Rolling Stone me habría pedido que escribiera la necrológica (sospechaba que unas cuatrocientas palabras).

– Se le pararon los riñones -dijo sencillamente Abraham-. Espantoso. Vino una ambulancia. Se mantenía con vida conectado a una máquina.

El tema resultaba demasiado lejano o tal vez demasiado vívido para Zelmo Swift. De modo que probó otra táctica para entablar conversación con Leslie y Francesca y a mi padre y a mí nos dejaron tranquilos.

– Llevaba semanas solo en casa, muriéndose. Ninguno de los vecinos teníamos ni idea. Hacía mucho que le conocíamos, pero desde el tiroteo apenas salía de casa.

Abraham y yo nunca habíamos abordado lo que él daba en llamar «el tiroteo», ni en las dos últimas semanas de verano antes de irme a estudiar a Vermont, ni después. Mingus y Barrett no habían mencionado mi nombre en las conversaciones con la policía. Mi presencia aquel día en la casa quedó como un secreto que solo nosotros conocíamos, al menos que yo supiera.

Recordé por enésima vez los montoncitos de polvo blanco: pues claro que se le habían parado los riñones. ¿A qué habían estado esperando? Empecé a redactar mentalmente las cuatrocientas palabras.

– Entonces ocurrió un milagro. Encontraron a tu amigo Mingus. En una prisión al norte del estado. Dictaron una orden judicial y lo dejaron salir al hospital para que donara un riñón.

– ¿Qué?

– Aprobaron una disposición especial porque Mingus era el único donante posible. Le salvó la vida a su padre al operarse. Y después volvió a prisión.

Alcé la copa de vino en un brindis fantasma y me bebí lo que quedaba. La cabeza me iba a mil por hora y tenía la garganta cada vez más tensa, así que casi me atraganto con la boca llena de Borgoña.

– Entonces, ¿Mingus está otra vez en la cárcel? -dije.

– ¿Pensabas otra cosa?

– Lo último que supe fue que Arthur me dijo que lo habían soltado. Pero de eso hará diez años o más. La verdad, no sé qué pensaba.

– Barry es un hombre muy dulce -dijo Francesca, eligiendo el momento para intervenir-. Muy callado. Y creo que muy triste.

– ¿Le conoces? -conseguí preguntar. ¿Por qué no iba a conocerle? Ahora todo parecía posible. Se me empañaron las gafas.

Asintió mirando a Abraham.

– Tu padre y yo le llevamos comida de vez en cuando. Sopa, pollo, lo que nos sobre. No come. A veces se limita a quedarse sentado en la escalinata de entrada. Incluso bajo la lluvia. La gente del barrio no le conoce. Nadie le habla. Solo tu padre.

– Perdonadme -dije, y dejé la servilleta sobre la silla.

Conseguí llegar al lavabo de caballeros antes de romper a llorar o vomitar las albóndigas. No me apetecía exponer mis miserias delante del abogado aficionado al whisky de malta y Planeta prohibido. Ocultaría mis lágrimas, no las mostraría y así no estarían disponibles para el Museo de lo Patético de Zelmo y no las expondrían junto a R. Fred Vundane.

«Le salvó la vida a su padre al operarse.» De vez en cuando, una vez por década o así, me veía obligado a reconocer que la calle Dean todavía existía. Que Mingus no era una persona producto de mi imaginación. Me permití un minuto de recuerdo y luego empujé a Mingus de vuelta a donde estaba antes, a donde siempre estaba me molestara yo en saberlo o no, entre los millones de hombres destruidos que no eran mis hermanos.

Luego sequé las gafas, me soné y regresé a la mesa, donde me dediqué a no hacer caso de mi padre y Francesca a pesar de que eran el único motivo de mi presencia allí. En su defecto, hice cuanto pude por emborracharme con coñac caro e impresionar a Leslie Cunningham con mi ingenio y encanto, mis pícaras insinuaciones. Creo que podría haberle causado cierto efecto, pero Zelmo Swift lo malbarataba todo. Tendría que haberla tumbado sobre la mesa para socavar la imperturbabilidad de aquel hombre.

Zelmo me habló en un aparte cuando nos levantamos de la mesa. Mi padre había ido al servicio.

– ¿Vas a quedarte al pase de la película de mañana?

– Por supuesto.

– Para tu padre significa mucho.

Debe de ser difícil estrangular a un hombre con una pajarita. Tal vez por eso las inventaran.

– Intentaré no dejar a nadie en ridículo -dije.

Zelmo frunció el ceño para dar a entender que no se le había ocurrido la posibilidad, pero que ahora la consideraría.

– ¿A qué hora sale tu avión?

– Justo después.

– ¿Sales del LAX?

– No, de Disneylandia. Con Goofy Air. -La broma se cortó en mi boca; era una cita de una broma que Abby me había hecho ese mismo día interminable.

– Ja, ja. Te llevaré en coche; si quieres, claro.

Tal vez había bebido más de lo que creía, pero la oferta me desconcertó.

– Cogeré un taxi -dije, de mal humor.

– Permíteme que te ahorre el gasto. Y así hablamos.

Entonces Francesca apareció a mi lado, susurrando.

– Ve con él, Dylan.

– ¿Para hablar de qué?

– Chisss… -dijo Francesca.

Me tumbé en una de las dos camas de mi habitación del Marriott en calzoncillos y me entretuve cambiando de canal de televisión: vi cocodrilos copulando y a Lenny Kravitz. En dos ocasiones me acerqué al teléfono y marqué el número de mi casa, en Berkeley; en dos ocasiones colgué cuando oí mi voz en el contestador. Intenté enfocar la vista en la fotocopia de Artforum:

… Ebdus abjura de la comparación con el protagonista wittgensteiniano de Corrección de Thomas Bernhard, que trabaja durante años en el bosque en la construcción de un misterioso «cono» que nadie ha visto, del mismo modo que rechaza cualquier tipo de reducción conceptual o filosófica de la naturaleza -en esencia material y «pictórica»- de su exploración. Todo en la obra de Ebdus procede de la naturaleza puramente física del pigmento sobre el celuloide y de la luz que atraviesa un proyector. Más fructífera sería tal vez la comparación con el viaje meditativo (por no decir obsesivo) de varias décadas del compositor modernista Conlon Nancarrow, quien durante el exilio mexicano impuesto por la caza de brujas exploró las peculiares posibilidades compositivas de la pianola, desarrollando un método único y minucioso de perforar los rollos que controlan el teclado mecánico. Nancarrow necesitaba dos o tres años para componer una pieza de cinco o diez minutos, un ritmo no mucho más lento que el de Ebdus pintando su película…

Me alegré por mi padre, pero no conseguía centrarme. Las distracciones ahogaban mi triste corazón. Cuando cerraba los ojos sentía que Mingus Rude estaba en la habitación, tal vez en la otra cama o en la bañera. Tomé prestada de alguna leyenda urbana la imagen de un hombre metido en hielo en la bañera al que una banda de traficantes de órganos le había robado un riñón. Si no, y pese a que mi propio padre se hospedaba cinco plantas más arriba, me convencía de que el hotel pendía en el vacío, era un sarcófago de felpa con televisión con cable a la deriva por el espacio. Esta segunda alucinación me despertó de golpe de la modorra que me había vencido sobre la colcha y me empujó a buscar la llave del minibar.

Vacié los bolsillos sobre la cómoda. Me quedé contemplando el resultado. Además de la llave del minibar, la tarjeta de entrada a la habitación y algunos dólares arrugados, estaba también el anillo de Aaron X. Doily. Me lo había metido en el bolsillo esa misma mañana para rescatarlo del interrogatorio de Abby.

Me preguntaba si el anillo todavía funcionaba y, en caso de que funcionara, si sus poderes habrían cambiado. Sin parar de preguntarme cosas me puse los pantalones, guardé la llave de la habitación en el bolsillo y me puse el anillo en el dedo. Crucé descalzo la habitación hacia la puerta y salí al corredor, donde me quedé parpadeando cegado por la luz.

No me veía las manos ni los pies, pero claro, estaba borracho. No fue hasta que se abrió la puerta del ascensor y subí en el interior forrado de espejos cuando me convencí. Estaba solo y el ascensor parecía vacío. Apoyé las manos en los espejos y solté aliento alrededor: el vapor dibujó unos dedos invisibles. Daba igual que no hubiera usado el anillo desde hacía años: mantenía el mismo poder. Mi poder, cuando decidía utilizarlo.

Había pasado lo que me parecían horas hundido en la miseria, tumbado en la cama. Así que esperaba que el vestíbulo estuviera vacío. En cambio, estaba a rebosar de forbiddenoides. Igual que el bar. Me colé, esquivando las habituales colisiones. Diez años antes me había convertido en un hombre invisible de gran habilidad y mantenía la pericia.

Los moradores de la convención rodeaban las mesas redondas del bar sentados en grupos de diez o quince. Sus conversaciones transmitían cierto aire de discusión, de enfrentamiento, como debates regurgitados. Pero eran humanos: bebían, rompían a reír. Era probable que algunos se emparejaran esa noche, como los cocodrilos. Me alegré de ser invisible. La barra del bar, una isla central, estaba casi vacía. Volqué un vaso con hielo derretido para entretenerme, y luego, mientras el camarero lo limpiaba entre refunfuños, me colé detrás de él y cogí una botella terciada de Maker’s Mark. Al pegármela al pecho se contagió de mi transparencia. Volví al vestíbulo de puntillas. Paul Pflug estaba allí, sentado en un sofá entre dos mujeres vestidas con corpiños de cuero idénticos y unas botas altas de tacón no muy distintas de las de Abby. Brindé por él con la botella invisible y subí el whisky a la habitación para volverlo invisible por otros métodos.

Las diez era demasiado temprano, pero al menos la sala estaba a oscuras. Mi padre estaba nervioso y malhumorado, ensartando la película en el proyector, insistiendo en hacerlo él mientras un par de trabajadores del hotel que habían traído el proyector a la sala esperaban a un lado. Me senté con Francesca en primera fila, incapaz de pasar totalmente por alto el hecho de que detrás de nosotros solo había quince o veinte asientos ocupados en una sala que pedía al menos cien. El público esperaba pacientemente, más pacientemente que yo. Algunos bebían zumo de naranja de tetrabriks pequeños con pajita, otros comían galletas. No se veía a Zelmo por ningún lado, de momento.

Bajo mis párpados acartonados ya discurría una película de la resaca. A duras penas me había duchado y había llegado a tiempo para encontrar el salón Wyoming B. Confiaba en el café y el bagel del avión y, de momento, me conformaba con la pastilla de Advil del bolso de Francesca. Mi bolsa estaba preparada y esperando debajo de la silla y tenía el anillo de Aaron Doily en el bolsillo. A fuerza de empujar, había escondido en el minibar la botella vacía de Maker’s Mark.

– Les mostraré dos secuencias -explicó mi padre, empezando sin previo aviso-. La primera va de mil novecientos setenta y nueve a mil novecientos ochenta y uno y dura veintiún minutos. La segunda es más reciente, de mil novecientos noventa y ocho. Creo que dura unos diez minutos. Si les parece bien, dejaremos para el final los comentarios y las preguntas.

No hubo objeciones. Nadie a excepción de Francesca o yo mismo habría tenido motivos. La pequeña representación de fans de la línea dura de mi padre se removieron en sus sillas con la excitación que precede siempre al inicio de cualquier película, incluso una proyectada a las diez de la mañana en el salón Wyoming del Marriott de Anaheim. No tenían ni idea.

Aquella película me importaba. Tampoco tenía opción. Había convivido con su presencia más que ninguna otra persona a excepción de mi padre. En mi infancia la película era una especie de dios mudo y lisiado que cuidábamos arriba como a un pariente demente. Conocía bien la sección de veintiún minutos de 1979 a 1981: había acudido a su anterior proyección pública, realizada hacía cuatro años en el Pacific Film Archive de Berkeley y había presenciado las proyecciones de prueba esa misma semana. Era una secuencia que Abraham consideraba particularmente acabada. Un paisaje iluminado por una luna invisible con el horizonte partiendo en dos la pantalla y la tierra más brillante que el cielo (aunque Abraham habría rechazado los términos «paisaje», «horizonte» y «tierra»). Con todo: un cielo negro y gris y una tierra gris y gris. El efecto venía a ser más o menos el de mil Rothkos de la última época puestos en sucesión temporal y proyectados con luz temblorosa. Los años entre 1979 y 1981 no eran más que dos de los seis años que Abraham había dedicado a pintar esa única imagen: el negro y el blanco enzarzados en una feroz pelea. A veces el suelo estaba más alto o curvado, como si hubiera crecido un océano y se mecieran las olas. A veces el negro goteaba desde el cielo y rodaba brevemente por la zona inferior: cuando esto ocurría tenía el efecto de una acción muy impactante porque el resto era quietud hipnotizadora. Solo una vez, un punto rojo y amarillo se movía como un sol tapado por las nubes detrás del fondo negro, pero acababa disolviéndose en fragmentos. ¿Había mojado Abraham secretamente esa semana en particular, desde hacía tanto tiempo? Nunca me atrevería a preguntarlo.

Daba la casualidad de que además yo estaba bastante seguro de que el segmento de veintiún minutos incluía mi única contribución a la película, un fotograma que había falsificado un día después de clase en mi último curso. Cuando llegué a casa, Abraham no estaba, quizá estuviera de compras. No recordaba las circunstancias exactas, solo la compulsión que se había apoderado de mí de colarme en su estudio para pintar un fotograma. Los pinceles de Abraham estaban húmedos: había estado trabajando hacía muy poco. El fotograma vacío estaba centrado en el tambor y solo tendría que adelantarlo una posición para ocultar mi añadido. Se me ofrecía una oportunidad en bandeja, pero no me atrevía. Acerqué tembloroso un pincel con la punta mojada en pintura sin tocar el celuloide con el pigmento: sería un acto irreversible. Me aterraba la autoridad, no la de Abraham, sino la mía.

Lo pinté: capa de negro, capa de gris. Luego huí del escenario del crimen sudando de miedo. Durante una semana esperé la acusación, pero no llegó. Nunca supe si me había descubierto. Mi padre era muy capaz de detectar el fotograma falsificado y optar por no decir nada. Dejándolo o no, pero sin decir nada. Aunque ahora yo me permitía imaginar que Abraham lo había dejado. Una veinticuatroava parte de un segundo en veinticinco años era mía.

Le gorroneé un analgésico a Francesca e intenté obviar la presión que ejercía mi cerebro deshidratado contra los globos oculares. En el salón reinaba el silencio, roto solo por el arrastre de la película y el zumbido del ventilador del proyector. Entre la resaca y la sensación de notar a Abraham detrás del proyector, vigilándonos a varios asientos vacíos de distancia, costaba darle a la película lo que merecía (fuera lo que fuese). Costaba no notar en la nuca la decepción de los asistentes. Esperé el extraño destello rojo y amarillo: por fin. Habían pasado veintiún minutos.

– Así es como tu padre tortura a toda esta gente que le adora -susurró Francesca-. Torturándolos con oscuridad.

No repliqué. En ese instante no me habría venido mal un poco más de oscuridad.

El segundo fragmento era una sorpresa. Un despacho enviado desde la frontera: mi padre había descubierto un triángulo verde de puntas romas que trataba de caer, sin conseguirlo, sobre el fantasmagórico horizonte borroso.

El triángulo ocupaba más o menos un cuarto del fotograma. Temblaba, se inclinaba un grado, casi tocaba el suelo, retrocedía. El progreso era una ilusión: dos pasos adelante, dos pasos atrás. Aunque era imposible no alentarlo. Notarlo tantear como un pie en busca de apoyo. Atreviéndose, dudando, fracasando.

Inesperadamente, me emocioné, me olvidé de la sala y del dolor de cabeza, atraído de pronto por los esfuerzos del triángulo, por aquella tragedia sin actos. Francesca me dio un pañuelo de papel de su bolso. Prisioneros, triángulos, esos días yo era presa fácil. Entonces terminó y se encendieron las luces. Nadie aplaudió: habían olvidado cómo aplaudir o tal vez la película les había convencido de que si intentaban juntar las manos no lo conseguirían.

Zelmo Swift apareció al frente de la sala y nos enseñó a ser valientes: era factible producir el sonido de un aplauso. Nos mostró el camino. Aplaudimos y mi padre se adelantó y se sentó ante un micrófono aunque no lo necesitara en aquella sala vacía. Las pocas preguntas que se plantearon fueron tímidas o estúpidas. Abraham reaccionó con buena educación.

– ¿Ha pensando alguna vez en añadirle una banda sonora?

– ¿Se refiere a conversaciones o a música?

– Eh… música. Para escuchar algo mientras la ves.

– Sí, serviría para eso. Y sí, nos dedicaríamos a escuchar la música. -Hizo una pausa-. Tendré que pensarlo.

Otro preguntó por la continuación de la película después del segundo fragmento. ¿Cómo era ahora?

– No encuentro la paráfrasis. Ha avanzado. Creo que a nivel superficial se parece a la segunda secuencia.

– ¿El triángulo es…? -Por fin lo que en realidad había querido preguntar antes-. ¿El triángulo está más abajo? ¿Ha terminado de caer?

– Ah -dijo Abraham. Hizo una pequeña pausa-. El verde, sí. Sigue luchando. Más o menos como acaban de ver.

Se extendió un murmullo.

– ¿Alguna vez llegará…? -se atrevió a preguntar alguien. La pregunta que todos tenían en mente. Aquella caída inacabada había roto muchos corazones, no solo el mío.

– Prefiero no hacer conjeturas -contestó Abraham-. Desde mi punto de vista, es una tarea diaria. No hay que conjeturar, solo encontrar. Comprender.

Zelmo, que esperaba a un lado, no pudo soportarlo más. Levantó el micrófono.

– En otras palabras, amigos, manteneos en contacto. Abraham Ebdus todavía no ha terminado. Sorprendente.

Sí, la película se había alargado demasiado, pero Zelmo el Presidente, Zelmo el Entendido, no era uno de esos ignorantes que salen antes de tiempo hacia el aparcamiento, no señor.

Se rompió el hechizo. Los admiradores de mi padre abandonaron el salón mientras comprobaban los horarios de bolsillo. Tal vez, con un poco de suerte, R. Fred Vundane participara en alguna otra mesa redonda. Abraham se apresuró a evitar que el empleado del hotel rebobinara de modo incorrecto la película y Zelmo y Francesca me rodearon.

– Tienes que coger un avión -dijo Zelmo, contento.

– Tengo tiempo de sobra.

– Por supuesto, pero tengo el coche esperando fuera. Así que…

– Será mejor que vayas, cariño -dijo Francesca.

Estaba demasiado confuso para discutir. Zelmo era un pelmazo por carácter y Francesca una pelmaza por amor, y los dos juntos, unidos por la conveniencia y un irritante secreto, me privarían de la media hora que me quedaba en compañía de mi padre. Abraham volvería a Brooklyn y pasaría otro año u otra década. Pero de momento no había aprovechado la visita y media hora en el Marriott no daba para mucho, al menos no con Zelmo y Francesca y la resaca exigiendo mi atención. Me colgué la bolsa del hombro.

– Hijo.

– Papá.

– Me alegro de haberte visto. Esto… -Señaló la película-. Imposible.

– El fragmento nuevo es muy bonito.

Cerró los ojos.

– Gracias.

Nos abrazamos, dos hombres-pájaro tocándose fugazmente sobre una rama. Me había duchado, pero volvía a apestar al licor que se abría camino a través de mis poros. Me pregunté si mi padre pensaría que había ido a Los Ángeles en mitad de una ruptura, de una crisis. Me pregunté si tendría razón al pensarlo.

Luego besé a Francesca y fui escoltado escaleras abajo, a través del vestíbulo y hasta el asiento trasero de la limusina con chófer y cristales tintados de Zelmo Swift.

Disneylandia se veía a lo lejos desde la autopista suburbana: un puñado de edificios que recordaban a un barco hundiéndose en un mar industrial.

– No te gusto -anunció Zelmo sin preocuparse de que el chófer pudiera oírle.

Había espacio de sobra en el mullido asiento de cuero entre el abogado y yo. Supongo que yo daba la impresión de querer escaparme por la ventanilla.

– ¿Qué quieres que te diga?

Necesitaba zumo de naranja, cepillarme los dientes, una transfusión de sangre, un bloody mary, a Abigale Ponders, a Leslie Cunningham, algo bueno, a alguien que me cuidara, un milagro diario… Cualquier cosa menos un momento de sinceridad con Zelmo Swift. Necesitaba un botón que ajustara el volumen de Zelmo Swift.

– Nada. Esto lo hago por respeto a tu padre y Francesca. -Se sacó un sobre de la americana y lo dejó junto a mi mano.

– ¿Qué es?

– Un accidente. Lo entenderás cuando lo leas. Lo hago todo por mis invitados, Dylan. Puedes pensar lo que quieras de ForbiddenCon, pero para ellos es un momento importante, y yo intento que resulte inolvidable. Normalmente, en el banquete del sábado, organizamos una especie de «Esta es su vida: Abraham Ebdus». Con amigos del pasado que aparecen por sorpresa, es todo muy emotivo.

Abrí el sobre. Solo había una página con dos párrafos escritos a máquina. Unos apuntes de una secretaria, sin firmar. Nada oficial, pero escrito en el árido lenguaje seudolegal que aspira a ser legal con indiferencia de la materia que trata.

Ebdus, Rachel Abramovitz: condena por falsificación y conspiración, Owensville, Virginia, 18/10/78, sentencia condicional. Subsiguiente arresto y acusación, Lexington, Kentucky, 9/5/79, cómplice en robo a mano armada; huida en libertad bajo fianza, paradero desconocido; orden de búsqueda expedida 22/7/79.

Y:

Ebdus, Rachel A., última dirección verificada, 2/75: carretera rural 8, n.º 1, Bloomington, Indiana, 44605.

– Espero que no me consideres indiscreto -dijo Zelmo-. En el bufete tenemos un equipo de investigación excelente. Lo que descubran, eso ya escapa de mis manos.

– ¿Por qué me lo enseñas? -Lo que quería decir en realidad era: «¿Por qué me entero de esto por tu boca? ¿Por qué en tu limusina, Zelmo?».

Me entendió.

– Abraham quería que destruyera la información. No le interesaba. Francesca habló conmigo en privado.

– De modo que los deseos de Francesca se imponen a los de mi padre.

– Tiene buena intención, Dylan. Consideró que tenías derecho a saberlo. -Alzó la voz hasta el nivel adecuado para la declamación final ante el tribunal-. No deberías enfadarte con ella. Es muy difícil integrarse en una familia ya establecida, saber qué es lo que hay que hacer.

Volví a mirar la página y noté la mirada de Zelmo. Quería descargar en él toda mi rabia, pero me contuve. Quería preguntarle: «¿Qué coño estás mirando?» y agarrarle por el cuello.

Pero me quedé sentado, como un chico blanco calladito.

– Si quieres, olvídalo -dijo Zelmo-. Borraré todas las huellas.

– Me da igual lo que hagas. Pero no vuelvas a molestar a Abraham con esto.

– Por supuesto.

Metí la hoja en el sobre y el sobre en mi bolsa. Nos callamos, por una vez incluso Zelmo agradeció el silencio. Me pregunté si alguien alguna vez le habría agradecido tan poco lo que él consideraba su generosidad.

Con todo, no era culpa suya que un investigador de su bufete supiera más de mi vida que yo.

«Borrar las huellas.» Yo nunca lo había intentado. Todo lo contrario: había vivido entre ellas treinta años, ajeno, un ciego que se imagina que es invisible.