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Acepté la oferta de Diana Gray para el puesto de oficinista en la sección femenina del Sydney Herald y comencé a trabajar al día siguiente. Además de Caroline y Ann, una chica pálida que llevaba el pelo recogido en una alta cola de caballo, estaban Joyce, la secretaria de Diana, y tres reporteras, Suzanne, Peggy y Rebecca. Diana tenía su propio despacho, pero solía dejar la puerta abierta. En cambio, Caroline y Ann se encerraban en los suyos, por lo que tenía que decidir si podía interrumpirlas o no mirando a través de los paneles de cristal. Ann pasaba casi todo su tiempo contemplando fotografías, y Caroline dedicaba la mayoría del suyo a cotillear por teléfono, lo cual representaba gran parte de su trabajo.
Yo me dedicaba a anotar en una pizarra los acontecimientos de la semana y a quién se los había asignado Diana. Entre ellos, se incluía cualquier evento: desde bodas de sociedad, pasando por cenas de gala, bailes, llegadas y salidas de transatlánticos, hasta partidos de polo y de tenis. La mayoría los cubrían las reporteras de menor antigüedad, exceptuando los más destacados o glamurosos, de los que se encargaban Diana o Caroline.
Además de mis turcas diarias, que consistían en distribuir copias a los subeditores, archivar el correo y hacer té para todo el personal, también me encargaba de enviar los modelos que aparecían en la sección y de seleccionar las recetas enviadas por las lectoras para la columna «¿Qué cocinamos hoy?».
Adam había sido muy preciso con su descripción del funcionamiento de la oficina, y, un mes después, comencé a descubrir dónde encajaba yo cuando salimos a almorzar todas juntas para celebrar el cumpleaños de Diana.
El restaurante favorito de Diana era el Romano's. Era un lugar ostentoso regentado por un italiano pelirrojo llamado Azzalin Romano, y tenía una pista de baile elevada y un sistema de aire acondicionado. El interior estaba cubierto de espejos y jarrones con orquídeas. Cuando llegamos, el camarero jefe colmó de atenciones a Diana, que era una clienta habitual. Cuando nos sentó, observó el vestido blanco y negro que Judith me había regalado y me sentó junto a Diana, frente a Caroline y con Ann a mi lado. A Joyce y a las reporteras las fue sentando por orden de edad. Las mesas eran redondas, por lo que nuestro lugar en la mesa no tenía mucho que ver con quién podíamos entablar conversación, pero Caroline le dedicó al camarero una mirada de incredulidad. Estaba a punto de ofrecerme a cambiarme de asiento cuando Diana me sujetó con fuerza por la muñeca.
– Te va a encantar la comida de este restaurante -me dijo-. Romano's es famoso por sus salsas. Pide lo que quieras. Hoy invito yo.
Para mi sorpresa, Ann no pareció alterarse por la distribución de los asientos. Su posición le brindaba una ubicación ventajosa para ver quién estaba comiendo allí aquel día.
– Las señoritas Catherine Moore y Sarah Denison están comiendo juntas. Quizás la señorita Moore está consolando a su amiga porque ha roto su compromiso con el hijo mayor de sir Morley.
Después del plato principal, Ann incluso comenzó a charlar conmigo.
– ¿Qué te parece el artículo especial de moda de esta primavera? -me preguntó.
– Fabuloso -respondí-. Es imposible equivocarse con Dior.
Por el modo en el que bajaba la mirada, me percaté de que le había agradado mi respuesta.
– Voy a acudir a la llegada del Himilaya cuando fondee en el puerto mañana para entrevistar a las señoritas Joan Potter y Edwina Page. Vuelven después de seis meses de París y Londres, y estoy segura de que habrán comprado muchos vestidos hermosos.
La única razón por la que me estaba hablando era porque yo era nueva y podía impresionarme con su historia, pero la escuché con atención de todas maneras. Por lo menos, estaba haciendo el esfuerzo de dirigirme la palabra. Caroline nunca me hablaba. Normalmente, miraba a un punto fijo por encima de mi cabeza cuando me entregaba las copias de sus artículos o cuando le llevaba una taza de té.
– ¿Has visto el trabajo de una diseñadora llamada Judith James? -le pregunté a Ann-. Su ropa es tan hermosa como la de Dior, y además, es única.
– Sí, sí la he visto -comentó Ann, mirando con enfado el tiramisú que el camarero le había puesto delante y tomándose sólo un bocado antes de rechazarlo-. Pero es australiana, ¿verdad? Eso no les sirve a las lectoras de nuestra sección.
– ¿Por qué no? -inquirí, tratando de parecer lo más imparcial que pude.
– Nuestras lectoras consideran que lo australiano es… ya sabes… inferior. No es que la calidad no sea buena, es que simplemente no evoca imágenes de nada «clásico», o «exótico»; no sé si comprendes lo que quiero decir.
Me sorprendí al oír a una australiana de segunda generación despreciando su propio país, pero recordé que ella y Caroline siempre se referían a Inglaterra como su «hogar».
– ¿De quién estáis hablando? -preguntó Caroline, engulléndose el pudin que tenía de postre.
– De Judith James -le contestó Ann-, la diseñadora.
– Oh, la amiga de Anya -replicó Caroline-, la que hace esa ropa chillona neohollywoodiense.
Noté que me sonrojaba. Caroline se dio cuenta, y en su rostro apareció una sonrisa burlona. Diana estaba hablando con Joyce sobre el catálogo de David Jones, pero se interrumpió en mitad de una frase, y me pregunté si estaría escuchando nuestra conversación. Ann me ignoró durante el resto de la comida, dando por hecho que si era amable conmigo, estaría desprestigiándose a los ojos de Caroline. De vez en cuando, miraba el perfil de Caroline. Tenía veinticinco años, pero su ancha barbilla la hacía parecer mayor. Su cabello era de un color apagado y lo llevaba cortado en una aburrida media melena. No era especialmente atractiva o inteligente, y aunque su ropa siempre era cara, no la lucía con estilo. Ni siquiera era agradable estar con ella. Y, aun así, estaba convencida de ser superior a todos los que la rodeaban. La seguridad que tenía en sí misma me asombraba, pero también me parecía detestable.
Antes de que me fuera a casa aquella tarde, Diana me llamó a su despacho. Aquélla fue una de las pocas veces en las que cerró la puerta.
– Querida, quiero decirte que estoy encantada de que estés aquí -me dijo-. Eres muy valiosa para esta oficina. Siento que Caroline haya sido tan grosera contigo. Es una arrogante. Ignórala.
El almuerzo me había puesto de mal humor durante la tarde, pero el cumplido de Diana y su confianza me levantaron el ánimo.
– Muchas gracias -le dije.
– Creo que la palabra correcta para definir los vestidos de Judith es «exquisitos» -continuó-. La llamaré y le preguntaré qué piensa que ocurrirá con los dobladillos durante esta temporada. Después, la citaré en mi columna. Un comentario mío fomentará su negocio. Todavía es la parte más leída de la sección. No todo el mundo está interesado en el cotilleo.
– ¡Diana, muchísimas gracias! -Me cuidé de no levantar la voz, para que las otras no pudieran oírme.
– Será un placer -me respondió-. Y ahora, vuelve a tu trabajo y pon una cara alegre para mí.
De camino a casa, me dejé caer por la cafetería. Todas las mesas estaban servidas, así que me pasé por la cocina. Irina estaba junto al mostrador, vigilando a los clientes, y Vitaly estaba fregando una sartén.
– ¿Se sabe algo de Betty y Ruselina? -les pregunté.
Vitaly e Irina se volvieron.
– Todavía no -dijo Vitaly, echándose a reír-, pero espero que recibamos pronto una postal.
Betty había descubierto el secreto de Vitaly e Irina mucho antes de que estuvieran preparados para confesarlo. Pero, en lugar de enfadarse, estaba encantada de que se hubieran enamorado.
– Ésta es mi oportunidad para ir jubilándome -había dicho-. Tom y yo siempre nos propusimos concedernos unas vacaciones, pero nunca tuvimos la oportunidad de hacerlo. Ahora, os voy a formar a los dos para que regentéis la cafetería y me voy a tomar más descansos. Es un negocio muy asentado y será un buen comienzo para vosotros.
Como primeras vacaciones, Betty y Ruselina cogieron el tren para ir a la costa sur.
– ¿Qué crees que estarán haciendo allí? -le pregunté a Vitaly.
– Según he oído, están pescando -dijo Irina.
– Sí, claro, pescando jubilados -añadió Vitaly, con una sonrisa burlona. Todos nos echamos a reír.
– ¿Qué tal ha ido hoy el negocio? -les pregunté.
– No hemos podido tomarnos ni un respiro -contestó Irina, cogiendo un trapo para limpiar la barra-. Pero ahora se ha calmado. Cuando Betty vuelva, es probable que contratemos a otra camarera.
– ¿Quieres algo de comer? -me preguntó Vitaly.
Negué con la cabeza.
– Hoy he asistido a una comilona.
– Ah, esta chica ya sólo se mueve en círculos de la alta sociedad -dijo Irina, riéndose.
– Espero que no -le respondí.
– ¿Así, tal cual? -preguntó Irina, arqueando las cejas.
– Así, tal cual.
Entró una pareja en la cafetería, e Irina se apresuró a atenderles. Me senté a la mesa de la cocina y miré cómo Vitaly troceaba un pollo.
– No debes dejar que esas chicas te impidan disfrutar de tu trabajo -me dijo, mirando a sus espaldas mientras trabajaba-. Tú eres más fuerte que ellas. Irina y yo estábamos hablando precisamente de eso esta tarde.
Irina se inclinó sobre el mostrador y le pasó el nuevo pedido a Vitaly.
– Le estaba diciendo a Anya que no se preocupe por esas chicas de la oficina -le dijo. Leyó el pedido y cogió una botella de leche de la nevera-. Ella es fuerte. Es más australiana que todas ellas.
Me eché a reír. Irina se volvió y asintió con la cabeza.
– Es verdad, Anya. Cuando te conocí en Tubabao eras tan silenciosa y retraída… Has cambiado.
Vitaly hizo dos batidos de chocolate y se los pasó a Irina.
– Le encantan las plantas australianas, lee libros australianos, lleva ropa australiana, va a clubes nocturnos australianos… Es una de ellas -dijo Irina.
– No, no lo soy -repliqué-, pero me gusta su país más que a ellas. Están todas locas por Gran Bretaña.
Había otra mujer que pertenecía a la alta sociedad y que trabajaba en el periódico, pero que no tenía nada que ver con Caroline y Ann. Se llamaba Bertha Osborne y editaba la columna de cocina. Bertha era una mujer rechoncha y pelirroja, con el pelo muy rizado y corto. Escribía los artículos de cocina sencillamente porque le encantaba cocinar y venía a la oficina una o dos veces a la semana para mirar las recetas y componer la columna. Bertha siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todo el mundo, desde el ascensorista y el camarero en el salón de té hasta el propio dueño del Sydney Herald, sir Henry Thomas.
– Anya, le voy a decir a Diana que debería ascenderte. Eres la más inteligente de esta oficina -me susurraba Bertha cada vez que le entregaba las recetas que había estado clasificando durante la semana. Las únicas personas por las que no se preocupaba eran Caroline y Ann.
– Es como comunicarse con un muro de ladrillo -oí que le decía una vez a Diana.
Diana me contó que Bertha no sólo trabajaba para varias asociaciones de caridad, sino que también componía cestas de comida todas las semanas para familias pobres de los barrios desfavorecidos. Siempre que venía a la oficina, era como si alguien hubiera abierto una ventana para que entrara aire fresco.
Una tarde, cuando yo llevaba trabajando en el periódico aproximadamente un año, Bertha me pidió que me quedara un poco más y la ayudara a seleccionar recetas para hacer un especial de la edición del domingo. Acepté encantada. Estaba deseando aprender todo lo que pudiera sobre diseño y edición, y, además, Bertha proporcionaba buena compañía.
Caroline se marchó temprano para recoger un vestido que iba a ponerse esa misma noche en un gran acontecimiento que se celebraba en el Prince's. Joyce estaba de vacaciones con su marido y sus hijos. Ann y las otras reporteras se habían ido a casa.
Rebecca, Suzanne y Peggy vivían todas lejos de la ciudad, por lo que les venía muy bien irse a su hora siempre que podían. Diana estaba esperando que Harry viniera a recogerla. Llevaba un vestido de cóctel porque era su aniversario de boda, y Harry había prometido llevarla a algún sitio especial.
Bertha hojeaba el fichero de recetas y seleccionó la ensalada de áspic de salmón y galletitas de queso picantes como entrantes, pero no acababa de decidirse sobre qué elegir para los otros platos. Estaba a punto de sugerirle el merengue de limón para el postre cuando Diana contestó el teléfono y, un instante después, dejó escapar un chillido agudo.
– ¡Un accidente de tranvía! ¡Oh, Dios mío!
Levanté la mirada para ver a Diana desplomándose en su silla. El corazón me latió con fuerza. Me imaginé a Harry tendido a un lado de la calle en algún lugar entre Rose Bay y Castlereagh Street, cuando escuché que Diana decía:
– Caroline.
Bertha y yo nos miramos boquiabiertas. Diana colgó el teléfono y se aproximó hacia nosotras. Estaba pálida como una sábana.
– ¡Caroline ha sido atropellada por un tranvía en Elizabeth Street!
Contuve un grito. No tenía ni idea de qué decir. No me gustaba Caroline, pero morir aplastada por un tranvía era algo que no le deseaba a nadie.
– Lo siento -dijo Diana, agarrándose la cabeza-. No quería asustaros. No ha fallecido. El tranvía la golpeó de lado. Pero la han llevado al hospital con un brazo y varias costillas rotas.
Bertha se levantó de un salto de su silla y cogió a Diana del brazo.
– Vamos -le dijo-, estás muy afectada. Deja que te prepare un té.
– Ya lo hago yo -le dije-. Sé dónde está todo.
Mientras echaba las hojas de té en la tetera, Diana estaba haciendo esfuerzos por volver a recuperar su faceta profesional.
– Oh, Dios -exclamó-. Esta noche es la fiesta de los Denison. Lo mejor es que llame a Ann para ver si lo puede cubrir ella.
– Me encargo yo de llamar a Ann -le dijo Bertha, dándole palmaditas en el brazo-. ¿Dónde está el número?
Diana señaló al tarjetero sobre su escritorio.
– Allí.
Le llevé a Diana el té, mientras Bertha marcaba el teléfono de Ann.
– No contesta -nos dijo Bertha desde el despacho-. ¿Intento llamar a alguna de las otras chicas?
Diana consultó el reloj.
– No les va a dar tiempo. Viven demasiado lejos. -Se mordió el labio y se mordisqueó una uña, costumbre poco habitual en ella-. Si cancelo nuestros planes de aniversario por la fiesta del vigésimo primer cumpleaños de una niña de la alta sociedad, Harry me pedirá el divorcio. He sido yo la que he estado insistiéndole sobre la celebración del aniversario durante semanas -se lamentó.
Bertha colgó el auricular del teléfono y salió del despacho.
– Envía a Anya. Es una chica encantadora y con muy buena presencia. Podrá hacerlo.
Diana me sonrió y se encogió de hombros.
– No puedo. Si fuera cualquier otra cosa, por supuesto que enviaría a Anya. Pero se trata de un gran acontecimiento. Va a estar incluso sir Henry. No podemos permitirnos que nada vaya mal.
– Llama a Stan, del departamento de fotografía -le dijo Bertha-. Dile que necesitas a alguien muy bueno que sepa desenvolverse bien en ese ambiente. El fotógrafo ayudará a Anya. Ella sólo tendrá que anotar los nombres de los asistentes. Eso sí podrá hacerlo.
Diana miró de nuevo el reloj y luego a mí.
– Anya, ¿te ves capaz? Será mejor que vayas a coger algo del armario. No te dejarán entrar si llegas tarde.
El armario al que Diana se refería era el guardarropa común de la sección femenina. Diana, Caroline y Ann podían permitirse sus propios vestidos, pero las otras reporteras eran chicas normales de familias de clase media que no podían comprarse vestidos de noche formales para más de una ocasión. Para ayudarlas, Diana recopilaba vestidos de pases de moda, muestras y desfiles. Rebusqué entre los percheros. Yo era más alta que las otras chicas, pero también estaba más delgada. Saqué un vestido sin tirantes y me lo probé, pero la cremallera estaba rota. Garabateé una nota en la que escribí «Necesita arreglo» y la prendí con un alfiler al vestido. Deseé que la persona que se había puesto el vestido por última vez hubiera tenido el mismo tipo de cortesía. No había tiempo de volver a casa para ponerme el vestido que Judith me había regalado, así que tuve que conformarme con un vestido de tafetán rosa con lazos en los hombros. Había una ligera mancha de óxido cerca del cinturón, pero esperé que nadie se diera cuenta en la oscuridad. Los otros vestidos eran demasiado pequeños o demasiado grandes. Había llevado durante todo el día el pelo recogido, y aunque algunos pequeños mechones habían empezado a salírseme del moño, no había tiempo de hacer nada con ello. No me apetecía nada enfrentarme a una estancia llena de Carolines y Anns sin mi mejor aspecto, pero tampoco quería decepcionar a Diana.
El fotógrafo me estaba esperando abajo, en el vestíbulo. Casi me eché a llorar cuando le vi. Llevaba un chaleco de tela reflectante y pantalones con ribetes. Podía verle los calcetines blancos en el espacio entre el dobladillo y los zapatos. Llevaba grandes patillas y el pelo negro engominado. Parecía un roquero del Cross.
– Hola, soy Jack -me dijo, estrechándome la mano. Apestaba a humo de cigarrillo.
– Yo, Anya -le contesté, haciendo todo lo posible por sonreír.
El Prince's estaba a unas pocas manzanas, así que decidimos ir andando. Jack me explicó que la fiesta que íbamos a cubrir era una gran ceremonia, aunque no necesitaba que me lo repitiera. Sentía suficientes náuseas sin recordatorio alguno. El evento era un baile con cena celebrado por Philip Denison en honor del vigésimo primer cumpleaños de su hija. Los Denison eran dueños de la cadena de grandes almacenes más grande de Australia, así que eran importantes para el periódico por motivos de publicidad. Por eso, el dueño de nuestro periódico, sir Henry Thomas, iba a acudir también.
– Nunca he hecho nada parecido, Jack -le dije-. Así que confío en ti para que me digas a quién debemos fotografiar.
Jack sacó un cigarrillo de un bulto en forma de caja que tenía en el bolsillo de la chaqueta. Lo olfateó y se lo colocó detrás de la oreja.
– Seguro que todas las personas más importantes de Sídney van a estar allí -dijo-. Pero ¿sabes lo que sí va a ser noticia sobre este acontecimiento?
Negué con la cabeza.
– Será la primera vez que Henry Thomas y Roland Stephens se encuentren en la misma habitación desde hace más de veinte años.
El significado de aquello se escapaba a mi comprensión. Miré inexpresivamente a Jack.
– Ah -me dijo, sonriendo-, olvidaba que eres nueva en el país. Roland Stephens es el mayorista más importante de Australia de tela y lana. Probablemente sea uno de los hombres más ricos del país, pero depende del apoyo de Denison tanto como sir Henry.
Me encogí de hombros.
– Sigo sin enterarme -le contesté-. ¿Por qué es tan importante que se vayan a encontrar en la misma habitación? No es como si se hicieran la competencia.
Jack me dedicó una sonrisa maliciosa.
– Esos dos no están enfrentados por los negocios precisamente. Se trata de una desavenencia por una mujer. Una hermosa mujer llamada Marianne Scott. Era la prometida de sir Thomas… antes de que Roland Stephens se la robara.
– ¿Ella va a estar aquí también? -le pregunté, pensando que aquel acontecimiento empezaba a parecerse más a una noche en el Moscú-Shanghái que a una fiesta de la alta sociedad de Sídney.
– No -dijo Jack-. Hace tiempo que se marchó. Ahora ambos están casados con otras mujeres.
Sacudí la cabeza.
– ¿Quién puede entender a los ricos?
Jack y yo llegamos al Prince's y nos dijeron que esperáramos con el resto de la prensa. Nos dejarían entrar después de que todos los invitados importantes hubieran llegado. Contemplé un Rolls Royce detrás de otro acercándose a la alfombra roja. Las mujeres llevaban vestidos de Dior o Balenciaga, y los hombres, esmóquines, lo cual me hizo sentir aún más avergonzada de mi desgastado vestido. Vi a sir Henry Thomas salir de un automóvil en compañía de su esposa. Había visto su fotografía en el periódico muchas veces, pero nunca me lo había encontrado en persona. Yo ocupaba un cargo demasiado bajo como para que me lo presentaran.
Los botones abrían las puertas a los invitados según llegaban, y, aunque había más de cien personas entrando en el restaurante, todos les daban propinas. En particular, me fijé en un hombre que se estaba aproximando a las puertas. Era alto y ancho de hombros, con una cabeza como un bloque de granito. Se rebuscó en el bolsillo y echó unas monedas al aire, provocando que los botones se tiraran al suelo a por ellas.
Me di la vuelta, indignada.
Una vez que los invitados más importantes hubieron entrado, le permitieron el acceso a la prensa. Bertha me había llevado a comer unas cuantas veces al Prince's. La decoración estaba compuesta por paredes y manteles blancos con espejos por todas partes. Igual que Romano's, tenía una pista de baile, pero la moqueta que la rodeaba era de color rosa. «Para resaltar la belleza de los rostros femeninos», me había explicado Bertha.
Algunos de los invitados ya habían tomado asiento en las mesas ovaladas que rodeaban la pista de baile y contemplaban cómo la banda se estaba instalando. Pero la mayoría de la gente estaba todavía socializando, y Jack comentó que debíamos trabajar deprisa, antes de que las conversaciones evolucionaran hacia temas más privados y la gente se molestara porque intentáramos hacerles fotografías.
– Sydney Herald. ¿Puedo hacerles una fotografía? -les preguntaba Jack a grupos de gente, aunque para cuando le respondían, ya había disparado su cámara.
Después de que él sacara la foto, yo me apresuraba a disculparme y les pedía que me dijeran su nombre a las personas que aparecían en la imagen. Después, anotaba la información en mi cuaderno y corría detrás de Jack, que ya estaba ocupado con el siguiente grupo. La mayoría de los invitados eran educados, especialmente las esposas de los hombres de negocios, que querían promocionarse a sí mismas y a sus maridos apareciendo en la prensa. A pesar de todo, un joven que estaba charlando con un grupo de amigos se volvió y nos contempló con una mirada despectiva.
– Bueno, si no queda más remedio… -nos dijo, haciendo un gesto con la mano-. Detestaría que perdierais vuestros trabajos por no hacerme una foto.
Fotografiamos a toda la familia Denison, incluyendo a Sarah, a la que su novio acababa de dejar, y a los amigos más atractivos de la cumpleañera Ruth Denison. Jack miró a su alrededor para ver si se nos había pasado a alguien.
Clavó su mirada en una persona, como un halcón eligiendo a su presa.
– Esto no saldrá en el periódico, pero, para ser correctos, será mejor que hagamos esta foto -comentó, arrastrándome a través de la muchedumbre. Vi que nos estábamos dirigiendo hacia el hombre que había visto antes, el que había lanzado las monedas a los botones. Estaba de pie, en compañía de una pareja mayor. Hubiera querido que Jack me dijera quién era, pero él ya le había preguntado si podía hacerle una fotografía. Los otros dos invitados se apartaron a un lado mientras el hombre elevaba la barbilla para entrar en el encuadre. El flash de la máquina de Jack relampagueó.
– Perdone, señor -le dije, adelantándome-. ¿Sería usted tan amable de darme su nombre?
En aquel preciso instante, pareció como si toda la estancia se quedara en silencio. El hombre abrió mucho los ojos y movió la boca, pero no dijo nada. Miré de reojo a la pareja que estaba junto a él. Me estaban mirando, avergonzados.
Jack tosió y tiró del cinturón de mi vestido para apartarme.
– Anya -me dijo-, ése es Roland Stephens.
Primero noté calor y luego frío. Jack me arrastró hacia la puerta. Sentí como si todo el mundo me estuviera taladrando con la mirada. Nos cruzamos con una de las reporteras de sociedad de otro periódico. Su rostro estaba iluminado por el regocijo. Me imaginaba a mí misma apareciendo en su columna a la mañana siguiente: «El Sydney Herald consideró apropiado enviar a una ignorante novata ataviada con un vestido desgastado a uno de los acontecimientos más importantes de la temporada… ¿Pueden creérselo? ¡No sabía quién era Roland Stephens! ¡Qué vergüenza!».
– Lo siento muchísimo, Jack -le dije, una vez que hubimos salido.
– No es culpa tuya -me respondió-, es culpa de Diana. Si Caroline no podía venir, tendría que haber venido ella.
Me recorrió un sentimiento de pavor.
– ¿Va a tener problemas?
– Bueno -me contestó, encogiéndose de hombros-, imagínate. Sir Henry estaba allí. Esto le da a Roland Stephens una cosa más por la que regodearse. Da la sensación de que sir Henry contrata a gente que no sabe lo que hace.
Durante toda la noche, di vueltas y más vueltas en la cama. Me tuve que levantar una vez para vomitar, aunque no había comido nada desde la hora del almuerzo. Una cosa era que hubiera conseguido que me despidieran, pero arrastrar a Diana conmigo me parecía impensable. Apreté los dientes con rabia, odiando Sídney, o, más específicamente, su alta sociedad. ¿Por qué no me había quedado en la cafetería, donde lo más difícil a lo que me tenía que enfrentar era a clientes que pedían batidos sin helado?
A la mañana siguiente, en el que pensé que sería mi último día de trabajo en el Sydney Herald, me puse mi vestido blanco y negro con el aspecto de alguien que va a asistir a un funeral. Si me iban a reprender y a despedir por no saber quién era aquel hombre arrogante, entonces pretendía que me reprendieran y me despidieran con estilo. Lo único por lo que sentía remordimientos era por Diana.
Cuando llegué a la sección femenina, me di cuenta de que la historia ya había circulado por la compasión pintada en las miradas de las otras chicas. Ann estaba atareada en su oficina moviendo cosas de un lado a otro. Ya llevaba trabajando con ella el tiempo suficiente como para saber que aquello significaba que estaba emocionada. Me preguntaba si pensaría que iba a conseguir el puesto de Diana. Decidí ser valiente y dirigirme al despacho de Diana directamente para contarle la verdad. Traté de prepararme para lo que se avecinaba, pero, cuando entré, ella levantó la mirada y me sonrió.
– ¡Vaya noche maravillosa! -me dijo, sonriendo-. Harry me llevó a una cena a bordo de un transatlántico en el puerto. Nadie de la alta sociedad. Qué alivio.
«No se ha enterado», pensé. Estaba a punto de preguntar si podía sentarme para explicarle lo que había sucedido la noche anterior, pero, antes de que consiguiera pronunciar una sola palabra, Diana exclamó:
– Me alegro de que hoy te hayas puesto ese vestido tan bonito, porque sir Henry nos ha pedido que nos reunamos con él en su despacho a las diez.
Traté de tartamudear para decirle que necesitaba hablar con ella, pero sonó el teléfono, y, cuando empezó a hablar sobre el diseño de un ajuar, supe que la llamada iba a durar un buen rato. Corrí desde el despacho de Diana hasta el aseo de mujeres, convencida de que iba a vomitar. Pero el frío de los baldosines de la pared me calmó. Después de comprobar que todos los cubículos estaban vacíos, me enfrenté a mi imagen reflejada en el espejo.
– Aclara este asunto y asume la responsabilidad -le dije a mi reflejo-. Actúa de manera profesional por el bien de Diana.
Justo antes de las diez en punto, Diana y yo bajamos a la planta de dirección. La secretaria de sir Henry nos acompañó a su despacho. Estaba hablando por teléfono con alguien sobre los costes del papel y nos hizo un gesto para indicarnos que tomáramos asiento. Yo me desplomé en el sillón de cuero junto a su escritorio. Estaba tan baja que casi no alcazaba a verle por encima del nivel de mis rodillas.
Miré a mi alrededor para ver los diferentes retratos de los miembros de la familia Thomas que habían dirigido la empresa antes del actual. Había varios cuadros originales colgando de las paredes, pero el único que pude reconocer fue una pintura con unas ninfas flotando en el aire. El artista tenía que ser Norman Lindsay.
– Siento haberos tenido esperando -dijo sir Henry, colgando el auricular. Nunca antes le había visto de tan cerca. Tenía rostro de actor, teatral, con las facciones muy marcadas y nobles.
No se molestó en presentarse. ¿Por qué debería hacerlo? En breves instantes, iba a salir de su vida para siempre.
– Mejor que os acomodéis en la mesa. Quiero mostraros algo -dijo, levantándose y conduciéndonos a una mesa de aspecto medieval, rodeada por sillas con respaldo alto.
Miré de soslayo a Diana. Me preguntaba en qué estaría pensando.
Nos sentamos y sir Henry sacó una carpeta de un estante junto a la mesa. Para mi sorpresa, se dirigió hacia mí.
– Como probablemente sabrás, Anya, los periódicos se financian gracias a la publicidad. Los beneficios publicitarios lo son todo. Y ahora más que nunca.
«Oh, Dios mío -pensé-, esto va para largo.»
Sir Henry se rascó la cabeza.
– Nuestros publicistas de cosméticos nos han reprochado que no tenemos una columna de belleza en este periódico, como en las publicaciones estadounidenses y europeas.
Asentí y volví a mirar de soslayo a Diana. Estaba sonriendo abiertamente. Empecé a pensar que sabía algo que yo ignoraba.
Sir Henry empujó hacia mí un anuncio de Helena Rubinstein.
– Diana y yo lo hemos hablado y estamos de acuerdo en ponerte a ti a cargo de la columna. Me ha contado que has estado ayudando mucho a Bertha y que tú misma has escrito algún artículo.
Me sequé el sudor de las manos en la parte inferior de la mesa. Su oferta no era lo que yo estaba esperando, pero, de algún modo, conseguí asentir con la cabeza.
– Diana piensa que tienes talento de sobra para hacerlo. Yo creo que eres inteligente e ingeniosa. Además, incluso aunque la competencia comience a comprender la importancia de una columna de esas características, dudo que tenga a nadie en plantilla tan hermoso como tú. Y eso es importante para una editora de belleza -añadió sir Henry, guiñándome el ojo.
Estaba segura de estar teniendo alucinaciones por falta de sueño. ¿Cuándo se le ocurrió a sir Henry la idea de que yo era inteligente e ingeniosa? De la noche anterior, estaba claro que no.
– ¿Qué contenidos se van a tratar en la columna? -dije, sorprendiéndome a mí misma de que hubiera logrado formular una pregunta inteligente.
– Estará compuesta de dos partes -explicó Diana, volviéndose hacia mí-. La primera estará relacionada con las novedades, y allí podrás explicar las características de los productos que aparezcan en el mercado. La segunda incluirá consejos de belleza. No es nada difícil y yo te supervisaré.
– Podemos discutir los detalles más adelante -dijo sir Henry, levantándose para atender al teléfono-. Sólo quería conocerte, Anya, y saber qué pensabas sobre el tema.
Diana y yo salimos de su despacho. En las escaleras, de vuelta a la sección femenina, Diana me agarró del brazo y susurró:
– Llevo meses hablándole de mi idea sobre la columna de belleza y sobre que quería que tú fueras la editora. Pero esta mañana, cuando llegué, de repente, lo único que me dijo fue: «¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!».
Se abrió la puerta del rellano de la escalera, y escuché a sir Henry llamándome para que volviera.
– Ve -me dijo Diana-, nos veremos arriba.
Sir Henry me estaba esperando en su despacho. Cerró la puerta detrás de mí, pero permaneció de pie.
– Hay una cosa más -me dijo, mientras una sonrisa juvenil le iluminaba su arrugado rostro-. Creo que lo que hiciste ayer por la noche fue muy inteligente. Ya sabes, al aparentar que no sabías quién era Roland Stephens. Tu pequeño truco fue el tema de conversación durante el resto de la velada. Algunos incluso decían que yo mismo te había aleccionado para que lo hicieras. Una chica australiana no habría salido impune, pero tú lo hiciste parecer real. Ese hombre es tan arrogante que merecía que alguien minara su ego.
Aunque me habían concedido el cargo de editora de belleza, no era nada más que una periodista del grado más bajo. Era mejor que ser una oficinista sin rango y, gracias a ello, ganaba un poco más. Lo mejor del cargo era que ya no me desairaban en los eventos sociales. De hecho, aquellas mujeres me consideraban una amenaza. Pensaban que las miraba en busca de algún defecto en la piel o en el peinado, y, en más de una ocasión, me vi acorralada por la esposa de algún político importante o de algún conocido hombre de negocios rogándome que la aconsejara sobre sus primeras canas o arrugas.
– Aquí está la gurú de belleza -decía Bertha, echándose a reír, cada vez que me veía en la oficina. El título que me había concedido era adecuado. Cada semana, en la columna, les decía a las mujeres cómo podían realzar su atractivo. Les enseñaba a meter los codos en limones cortados por la mitad para mantenerlos tersos y blancos, o a aplicarse vaselina en las cutículas para fortalecer sus uñas. Yo no me hacía ninguna de aquellas cosas, excepto lavarme la cara cuidadosamente antes de irme a la cama. Pero mis lectoras no eran tan sensatas. Trabajar, salir a bailar con Judith y Adam, escuchar a Irina cantar en la cafetería… Todas aquellas cosas hicieron que mi segundo año en Australia pasara rápidamente. En Navidad, Irina y Vitaly anunciaron su compromiso y fijaron la boda para noviembre del año siguiente. Aparte de que aún seguía añorando a mi madre, mi vida en Australia era feliz, y estaba segura de que 1952 iba a ser mi mejor año. Pero me equivocaba. Algo iba a suceder que cambiaría mi vida por completo, una vez más.
Regresé al piso de Potts Point una noche y lo encontré desierto. Sabía que Irina y Vitaly estaban en el cine. Había una nota de Betty sobre la mesa de café que decía que había ido a darse un chapuzón a los baños Domain. Había dibujado un mapa por si quería unirme a ella. Era un día bochornoso, estábamos en mitad de una verdadera ola de calor típica de Sídney. Eran las siete y media, pero el sol aún brillaba con fuerza. Me saqué los zapatos y abrí las puertas y las ventanas. Encontré a Ruselina sentada en una tumbona en el balcón, llevaba un sombrero de paja chino y gafas de sol, y trataba de disfrutar las primeras ráfagas de brisa de la tarde. Abajo, en la calle, podía escuchar los gritos alegres de unos niños que estaban jugando con una manguera.
– Esto es lo que los australianos llaman «calor espantoso», ¿verdad? -comentó Ruselina.
Le pregunté si quería un poco de limonada.
– Gracias. Hoy ha llegado un telegrama para ti, Anya -me dijo-. Lo he puesto en la mesa de la cocina.
Corrí a la cocina, preguntándome quién podría haberme enviado un telegrama. Mi corazón dio un brinco por la emoción cuando abrí el sobre y vi que era de Dan Richards, mi amigo estadounidense. El telegrama decía que vendría a Sídney la semana siguiente y me pedía que me encontrara con él en el consulado a las once en punto.
– ¡Mira! -exclamé, dirigiéndome hacia donde estaba Ruselina-. Es de Dan, mi viejo amigo. El que trató de ayudarnos a entrar en Estados Unidos. Vendrá a Sídney la semana que viene y quiere verme.
No podía imaginarme una sorpresa más grata que encontrarme de nuevo con Dan. Habíamos mantenido correspondencia durante aquellos años, sobre todo felicitaciones navideñas, pero también alguna que otra carta. Por entonces, ya era padre de dos niños.
– ¡Un visitante extranjero! ¡Debes de estar emocionada! -dijo Ruselina, inclinando su sombrero para poder verme mejor-. ¿Trae a su mujer y a sus hijos?
– No lo sé -le dije-. Supongo que sí, aunque el más pequeño apenas tiene cinco meses. Debe de venir de vacaciones, o bien por negocios.
Leí el mensaje de nuevo. Me sorprendía que Dan me hubiera enviado un telegrama en lugar de escribirme una carta para darme más información. Deseé que trajera a Polly y a los niños. No conocía a su esposa, pero siempre había sentido curiosidad por ella. Dan la describía como una mujer animada y decidida. Sabía que tenía que ser alguien especial para haber inspirado tanta lealtad en un hombre.
La mañana en la que iba a reunirme con Dan, me desperté a las cinco de la madrugada. Había dormido bien, pero no podía seguir tumbada por la expectación de verle de nuevo. Ya había preparado mi mejor vestido de verano. Estaba planchado y colgaba de la puerta del armario: era un vestido corto de color rojo cereza con un sombrero a juego, una de las últimas creaciones de Judith. El sombrero estaba decorado con un adorno de gardenias. El vestido era sencillo y favorecedor, y el sombrero le proporcionaba equilibrio y personalidad. Me deslicé fuera de la cama sin molestar a Irina y fui a la cocina. Me preparé un té y una tostada con mermelada y fui de puntillas hasta la terraza, teniendo cuidado para no despertar a Betty al pasar por la zona de estar. Sin embargo, había pocas posibilidades de que eso ocurriera. Betty acostumbraba a dormir profundamente. Tan pronto como se ponía el pijama y se acomodaba el pelo en la redecilla, se quedaba inmóvil hasta que sonaba la alarma de su despertador por la mañana.
La calle resplandecía con una tonalidad verde veraniega, y el puerto brillaba con los primeros rayos de sol. Apenas podía creer que, al cabo de unas horas, volvería a encontrarme con Dan Richards. Cerré los ojos y me lo imaginé durante aquellas sesiones culturales y lingüísticas en Shanghái. Tan cortés y elegante, tratando de pronunciar las palabras en ruso que yo le escribía. Me eché a reír pensando en su cabello pelirrojo y su frente pecosa. Y su sonrisa encantadora y juvenil. Hubo un tiempo en el que pensé que podría enamorarme de él. Aquello también me hizo sonreír y me alegré de que nunca hubiera ocurrido. Era un buen hombre, un hombre amable, pero no habríamos sido adecuados el uno para el otro. Además de que él estaba felizmente casado, yo era demasiado complicada para él. Pero también me alegré de que hubiéramos seguido siendo buenos amigos. Me había sido leal y había demostrado mucha generosidad para conmigo. Había sido afortunada por haber podido contar con su ayuda cuando la había necesitado.
Un dolor me retorció el estómago. Otro recuerdo me vino flotando a la mente como cuando los restos de un naufragio surgen de las profundidades del mar. No cuadraba con la brisa veraniega ni la alegría que había sentido apenas un segundo antes. Un día en el pasado, otra ciudad, otro consulado… «Estoy buscando a mi marido.» El tiroteo en la distancia. El terror en los ojos de la gente que se agolpaba en el vestíbulo. «Por favor, no te preocupes. Aquí todo ha sido caótico. Averiguaré lo que ha ocurrido.» Antigüedades chinas y libros, casi todos empaquetados en cajas. «Anya, ¿éste es tu marido? ¿Dimitri Lubenski?» Un barco que esperaba en el puerto. Su chimenea expulsaba nubes de vapor. «¡Dios santo, Anya!» Dan moviéndose con dificultad a causa de mi equipaje, agarrándome el codo con su brazo para evitar que me tropezara. Mis manos llenas de papeles. Mis piernas débiles por la conmoción. «Confía en mí. Llegará un día en el que te alegrarás de que el apellido de ese hombre no te pertenezca.»
– Anya.
El río de aguas turbias se convirtió de nuevo en el puerto azul.
– Anya.
Era Irina, de pie, junto a la puerta, con un plato de beicon y huevos.
– ¿Qué hora es? -le pregunté, volviéndome para mirarla. Su sonrisa desapareció.
– Anya -preguntó Irina, mientras su mirada se oscurecía-, ¿por qué estás llorando?
Por suerte para mí, el consulado estadounidense en Sídney no guardaba parecido con el de Shanghái, excepto por las banderas del área de recepción. La decoración estaba compuesta por cuero funcional y madera. Era más formal que chic, y sus guardias uniformados tenían un aspecto decidido y serio. No tenía nada de la opulenta atmósfera de su homólogo en Shanghái. Dan Richards me estaba esperando. Estaba sentado en una butaca de respaldo ancho con una pierna cruzada sobre la rodilla y leyendo el Daily Telegraph. El periódico extendido le tapaba el rostro, pero supe que era él por la pelambrera pelirroja que asomaba por la parte superior del diario y por sus largas y delgadas piernas.
Me deslicé sigilosamente hacia él y le agarré el periódico.
– Deberías estar leyendo el mío -le espeté-, no el de la competencia.
Dan lo arrojó a un lado y levantó la mirada hacia mí, mientras en el rostro se le dibujaba una sonrisa.
– ¡Anya! -exclamó, saltando del asiento. Me cogió por los hombros y me besó en la mejilla. No había cambiado ni lo más mínimo. Era el mismo Dan con aspecto de muchacho, a pesar de haber sido padre ya dos veces-. ¡Anya! -gritó de nuevo-. ¡Estás preciosa!
Los guardias y la recepcionista le miraron de reojo, sin impresionarse por la conmoción que estaba provocando. Dan les ignoró y no bajó el tono de voz.
– ¡Vamos! -me dijo, cogiéndome el brazo y entrelazándolo con el suyo-. Hay un sitio a un par de manzanas donde podemos tomar café y algo de comer.
El restaurante al que Dan me llevó se llamaba Hounds. Era exactamente el tipo de lugar en el que uno esperaría almorzar con diplomáticos. Era elegante y cómodo, con un techo decorado con volutas, sólidos asientos y mesas de madera oscura. Lo impregnaba un olor añejo como el del cuero y los libros. Había una chimenea abierta en la zona restaurante que, por supuesto, no estaba en uso en aquella época del año. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y a Dan y a mí nos sentaron junto a una de ellas, con vistas a un patio de tiestos de arcilla con limoneros enanos y macetas llenas de hierbas que habían crecido demasiado.
El camarero me separó la silla para que pudiera sentarme y nos entregó la carta con una rígida sonrisa.
Dan lo observó mientras se alejaba y me sonrió.
– Anya, lo has dejado aturdido. Estás totalmente maravillosa. Me sienta bien que me vean contigo, y eso que llevo muchísimo tiempo casado.
Estaba a punto de preguntarle dónde estaban Polly y los niños cuando el camarero volvió demasiado rápido con la cafetera y perdí la oportunidad.
– Dios, me entra apetito sólo de ver todo lo que hay -comentó Dan, mirándome por encima del borde de su carta-. ¿Te apetece que almorcemos temprano? He oído que el pollo asado está muy bueno.
Era la primera vez que lo miraba directamente. Era el mismo Dan alegre de siempre, pero había algo en su expresión; un brillo en sus ojos que lo hacía parecer intranquilo.
El camarero vino con su libreta y se marchó con el pedido de Dan de pollo y el mío, de sopa de champiñones. De nuevo, volví a percibir aquello. La expresión agitada en el rostro de Dan.
Una opresión nerviosa en su garganta. Por primera vez aquel día, tuve un presentimiento. Temí que algo hubiera sucedido, que algún desastre les hubiera ocurrido a Polly y a los niños. Pero, seguramente, Dan me habría escrito una cosa así antes de venir. Quizás era solamente el cansancio. El viaje entre Nueva York y Sídney era muy largo.
Cogió uno de los bollos de la cesta del pan y comenzó a untarlo con mantequilla, levantando la mirada de vez en cuando y sonriéndome.
– No puedo acostumbrarme al buen aspecto que tienes, Anya. Ya entiendo por qué el negocio de la belleza te pega tanto. Dime, ¿qué sueles hacer en un típico día de trabajo en el periódico?
Sí, había algo raro en todo aquello. Ése era Dan, pero no un Dan despreocupado. Decidí que, fuera lo que fuese lo que le preocupara, tendría que esperar hasta que la comida llegara. Tenía que decirme algo importante, pero yo no quería que el camarero nos interrumpiera. Así que dejé que la charla cordial me tranquilizara, y hablé con él sobre mis costumbres rutinarias. Sobre Sídney y los australianos, sobre Diana, sobre el café de Betty, el apartamento de Potts Point y mi pasión por la moda australiana.
Me dio la sensación de que tardaban siglos en traer la comida. Cuando por fin llegó, Dan la atacó inmediatamente y pareció que no me iba a contar lo que tenía en mente.
– Bueno, ¿cómo está la sopa? -me preguntó-. Aquí estamos, en este caluroso país, comiendo comida caliente. No parece correcto, ¿verdad? ¿Quieres probar el pollo?
– Dan. -Levantó la mirada hacia mí, con la sonrisa todavía en los labios-. ¿Dónde está Polly?
– En Estados Unidos. Con los niños. Están todos bien -me dijo mientras cortaba un trozo de pollo y me lo ponía en un borde del plato-. Elizabeth ya tiene tres años, ¿te lo puedes creer?
– ¿Entonces estás aquí por negocios? -le pregunté. Me falló la voz.
Dan me observó fijamente. Me dirigió una mirada honrada y compasiva. Su expresión era la de un hombre que no deseaba decepcionar a una amiga. Dejó a un lado el tenedor. Sus ojos se nublaron. El cambio de humor entre nosotros fue tan repentino que me sorprendí. Noté que mi cara empalidecía y la sangre empezaba a zumbarme en los oídos. Fuera lo que fuera lo que tenía que contarme, estaba allí, oculto, interponiéndose entre nosotros, como un cadáver en el depósito, esperando a que alguien lo identificara. Dan tomó aliento. Yo me preparé.
– Anya -comenzó-. No he venido por negocios. He venido porque tengo algo importante que decirte.
No había modo de detener lo que vendría a continuación. Yo misma lo había desencadenado. Quizás no habría habido necesidad de que surgiera si yo no hubiera preguntado. Eran malas noticias. Lo sabía por el extraño tono de voz de Dan. Era un tono que nunca le había escuchado antes. Íbamos a hablar de algo angustioso, algo tabú. Sin embargo, ¿qué demonios podía ser?
– Anya, no he podido dormir durante toda la semana pasada -me dijo-. Me he atormentado pensando en qué debo hacer contigo. Por las cartas que me has enviado y, ahora, al verte aquí, sé que eres feliz con tu nueva vida y con tu país de adopción. He tratado de escribirte como mínimo diez cartas y, al final, las he acabado destruyendo todas. Lo que tengo que comunicarte no puede escribirse en una carta. Por eso he venido en persona, creyendo en tu fortaleza y con el consuelo de que aquí estás rodeada de amigos de verdad.
Su discurso era tan incomprensible que casi me eché a reír por los nervios.
– ¿Qué sucede? -Mi voz era tranquila, pero en mi interior, estaba gritando de pánico.
Dan extendió el brazo por la mesa y me cogió la mano.
– Tengo noticias de tu marido, Dimitri Lubenski.
Unos puntos blancos comenzaron a bailarme frente a los ojos. Me eché hacia atrás en mi asiento. Me envolvió una brisa cálida proveniente del patio. Olía a salvia y a menta. Dimitri. Mi marido. Dimitri Lubenski. Repetí aquel nombre para mis adentros. Tenía conexión con mi pasado, pero no podía asociarlo a nada de mi presente. Su nombre evocaba el aroma del coñac y el sonido de los trombones y la percusión de la banda de instrumentos de metal en el Moscú-Shanghái. También lo asociaba a los esmóquines, los vestidos de terciopelo y las alfombras orientales. No formaba parte del restaurante en Sídney donde me encontraba, sentada frente a Dan. No tenía nada que ver con la calidez o el color azul del cielo australiano. Las imágenes se me aparecieron en la mente en fragmentos inconexos: un plato de sopa de aleta de tiburón, la rumba en una atestada pista de baile, una estancia llena de rosas nupciales… Bebí un sorbo de agua, casi incapaz de sostener la copa firmemente con mi temblorosa mano.
– ¿Dimitri? -fue lo único que logré pronunciar.
Dan se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó ligeramente la frente.
– No tengo ni la menor idea de cómo decirte esto…
Dan me estaba hablando a través de una bruma. Apenas podía escucharle. La mención de Dimitri había sido como un golpe. No estaba preparada para aquello. «Íbamos a tomar café y tarta. Dan había venido por negocios. Íbamos a pasar la mañana riéndonos y charlando sobre nuestras vidas.» Todo parecía dar vueltas. Dan y yo no éramos las mismas personas que hacía diez minutos. Notaba algo parecido al sabor del metal en el fondo de la garganta.
– Anya, hace poco menos de una semana, mientras estaba sentado a la mesa tomando el desayuno, Polly trajo la correspondencia y el periódico. Iba a ser un día normal como cualquier otro, excepto porque llegaba tarde y tendría que leer el periódico en la oficina. Después de vestirme, lo cogí de la mesa para meterlo en el maletín. Me detuve cuando vi la fotografía de la portada. Reconocí el rostro de aquel hombre al instante. El artículo decía que la policía estaba tratando de identificarle. Le habían disparado en una especie de atraco que había salido mal, y estaba inconsciente en el hospital.
Se me humedecieron las manos por el sudor, empapando el mantel con manchas en forma de mariposas. Dimitri. Atraco. Herido. Disparado. Traté de imaginármelo, pero no pude.
– Cuando vi la fotografía, en quien primero pensé fue en ti -continuó Dan-. ¿Debía contártelo? En mi interior sentí que no debía. Que tú tenías una nueva y feliz vida, y el modo en el que te había tratado aquel hombre era poco menos que abominable. ¡Abandonar a su joven esposa! ¿Cómo pudo estar seguro de que ibas a coger el siguiente barco? Si hubieras esperado unas cuantas horas más, te habrías quedado atrás y habrías sido ejecutada por los comunistas.
Dan se reclinó en su asiento, con el ceño fruncido. Recogió su servilleta, la volvió a doblar y, de nuevo, se la puso en el regazo. Se me ocurrió que aquélla era la primera vez que lo veía enfadándose.
– Pero sabía que tenía un deber moral para con la policía y el gobierno y que debía acudir, por lo menos, a identificar a Dimitri -me explicó-. Así que llamé al sargento de policía que se mencionaba en el artículo. Me tomó declaración y me dijo que el sacerdote del hospital estaba interesado en hablar con cualquier persona que conociera a aquel hombre. No sabía a qué venía todo aquello, pero me sentí obligado a llamar, de todos modos. Telefoneé al hospital y el sacerdote me dijo que Dimitri se encontraba en muy malas condiciones, que estaba consciente, pero la mayor parte del tiempo deliraba. Le habían disparado cuando trataba de defender a una chica de diecisiete años. Cuando escuché aquello, me quedé petrificado. «¿Y quién es Anya? -me preguntó el sacerdote-, no para de llamar a Anya.» Le dije que acudiría en el siguiente vuelo.
Hacía tanto calor en el restaurante. El calor parecía aproximarse a mí en grandes olas. «¿Por qué no encienden un ventilador? -pensé-, que hagan algo para que circule el aire.» Me manoseé torpemente el sombrero. Me lo quité y lo dejé en una silla a mi lado. Me pareció un objeto tan tonto y frívolo. Qué estúpida era por haberme sentido tan encantada por aquel sombrero. Todo estaba cambiando. Sentí como si mi silla se estuviera elevando. Me dio la sensación de que el techo se me acercaba. Era como si estuviera en equilibrio sobre la cresta de una ola y en cualquier momento pudiera ser arrastrada a las profundidades submarinas.
– Anya, esto es una gran conmoción para ti -dijo Dan-. ¿Quieres que pida un coñac?
Dan parecía estar mejor. Lo que había estado temiendo ya había pasado. De repente, volvía a ser él de nuevo, mi buen amigo, ayudándome en otra crisis.
– No -le respondí, mientras toda la estancia del restaurante se balanceaba ante mis ojos-. Sólo quiero un poco más de agua.
Le hizo un gesto al camarero para que llenara mi copa. El camarero mantuvo la mirada apartada, tratando de ser discreto. Pero había algo morboso en él. Sus pálidas manos sirviéndome el agua apenas parecían humanas. Su ropa olía como a iglesia antigua. Tenía más aspecto de director de funeraria que de camarero.
– Por favor, continúa -le pedí a Dan-. ¿Qué pasó cuando viste a Dimitri? ¿Está bien?
Dan se revolvió en su asiento. No contestó a mi pregunta. Me poseyó la sensación de que todo estaba a punto de cambiar. De que todo lo que había sentido desde Shanghái iba a invertirse en un instante. No había sabido entender a Dimitri. El hombre sobre el que Dan me estaba hablando no era el que yo había imaginado durante tanto tiempo. ¿Dónde se había quedado su vida fácil? ¿Y su club nocturno? ¿Dónde estaba Amelia?
– Llegué a Los Ángeles el día después de ver el artículo en el periódico -relató Dan-. Me encaminé directamente al hospital. El sacerdote me estaba esperando allí. Desde que le proporcioné el nombre de Dimitri a la policía, habían hecho una investigación de antecedentes. Parece ser que trabajaba para un gánster llamado Ciatti, le ayudaba a regentar un garito de apuestas ilegales en el centro de Los Angeles.
»La noche que le dispararon, estaba en la casa de algún pez gordo en las colinas. El tipo no se fiaba de los bancos, por lo que se rumoreaba que tenía montones de dinero y joyas por toda la casa. Ciatti se enteró de algún modo y se imaginó que podría hacer un trabajito en un visto y no visto. Dinero fácil cuando su negocio de apuestas estaba de capa caída. Utilizó a un par de sus matones para allanar el lugar. Dimitri se limitaba a conducir. Lo dejaron en el coche. Pero algo salió mal cuando la nieta de diecisiete años del pez gordo apareció en la puerta. Aquello no estaba previsto en el plan. Dimitri la vio subir corriendo las escaleras de la casa, sabiendo que se dirigía directamente a una trampa mortal. De hecho, Ciatti ya la había golpeado con la cacha de la pistola cuando Dimitri irrumpió en la casa. Hubo una discusión. Dimitri forcejeó con Ciatti, recibiendo un disparo en el pulmón y otro que le atravesó la parte superior de la cabeza. Los gritos y los disparos llamaron la atención de los vecinos y Ciatti y sus hombres huyeron de la casa.
– ¿Salvó a alguien? -le pregunté-. ¿Dimitri salvó a una chica que no conocía?
Dan asintió.
– Anya, cuando le vi en el hospital, profería incoherencias la mayor parte del tiempo. Cuando le pregunté qué había sucedido aquella noche, parecía convencido de que la chica a la que había salvado eras tú.
Sentí un desgarro en mi interior, como si algo que hubiera estado enterrado durante años se estuviera volviendo a despertar. Me froté la cara con las manos, pero no pude notar el tacto de los dedos contra las mejillas.
Dan me observó. No tenía ni idea de lo que significaba la tensa expresión de su rostro. Ya no tenía idea de qué significaba nada.
– Pero Dimitri también pasaba por momentos de lucidez -me dijo-. Y entonces, me habló sobre una chica a la que una vez había amado. Una joven que había bailado boleros con él. Era casi como si entendiera quién era yo, como si supiera que yo había acudido a representarte. «Se lo dirá usted, ¿verdad? -me rogó-, ¿le dirá que siempre he estado pensando en ella? Huí porque fui un cobarde, no porque no la amara.»
»"¿Cómo lo sabrá ella? -le pregunté-. ¿Cómo convenceré a Anya de eso cuando tú la dejaste allí para que muriera?" Dimitri no me contestó durante un largo rato. Se hundió en su almohada y se le pusieron los ojos en blanco. Pensé que estaba cayendo de nuevo en coma, pero de pronto me miró y me dijo: "Tan pronto como llegué a Estados Unidos, me di cuenta de que había sido un estúpido. ¿Aquella mujer? ¿Cree que ella me amaba? Me dejó en quince días. Cuando le pregunté el porqué, me dijo que lo había hecho para vencer a Anya. Nunca podré explicarle el poder que ejercía sobre mí. Cómo podía invocar lo peor de la vida en mí. No como la dulce Anya, que me aportaba lo mejor. Pero, entre las dos cosas, debía de haber más oscuridad en mi interior, porque ¿cómo, si no, ganó Amelia?".
»La enfermera vino a examinarle -relató Dan, pasándose los dedos por el pelo-. Le tomó el pulso y comprobó el nivel de suero, luego dijo que yo ya le había hecho suficientes preguntas y que debía irme y dejarlo descansar. Me volví una vez más antes de abandonar la habitación y contemplé a Dimitri, pero ya estaba dormido.
»El sacerdote me estaba esperando fuera. "Dimitri acudió a la oficina de la OIR el día que llegó a Los Angeles -me contó-, el nombre de Anya Lubenskaia no constaba en ningún archivo. Así que les pidió que comprobaran si había alguien que se llamara Anya Kozlova. Cuando descubrió que Anya había vuelto a adoptar su nombre de soltera, dijo que tenía la certeza de que ella estaría bien. Que ella sabía cómo sobrevivir." Le pregunté al sacerdote cuándo le había contado Dimitri todo aquello, y me dijo que había sucedido aquella mañana. Durante su confesión.
»Fui a ver a Dimitri al día siguiente. Su estado había vuelto a empeorar. Estaba muy débil. Yo no había dormido nada durante la noche anterior, por lo mucho que había estado pensando en él. "Pero no trataste de volver con ella, ¿no es cierto? -le pregunté-. ¿No trataste de ayudarla más que eso?" Dimitri me miró con una tristeza infinita en su rostro. "La amaba lo bastante como para no querer volver a hacerle daño", me respondió.
Las lágrimas me escocían en los ojos. Durante todo el tiempo en el que Dan había estado relatándome todo aquello, mi mente trabajaba a toda velocidad. Acudiría a Dimitri. Le ayudaría. Con su hazaña, me había demostrado que no era un monstruo. Había salvado a una chica de diecisiete años. Y la había salvado porque le recordaba a mí.
– ¿Cuánto tardaremos en volver a Estados Unidos? -le pregunté a Dan-. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que pueda volver a verle?
Las lágrimas brotaron de los ojos de Dan. De repente, me pareció que había envejecido. Aquél era un momento de agonía. Nos miramos sin decirnos nada. Alargó el brazo para alcanzar su chaqueta, sacó un paquete marrón y me lo entregó. Con dedos temblorosos, manejé torpemente el envoltorio. Algo cayó del paquete y tintineó sobre la mesa. Lo recogí. Una llave de hierro forjado con un arco parisino. Aunque no la había visto en años, la reconocí inmediatamente. La llave de nuestro apartamento en Shanghái.
«Para toda la eternidad.»
– Se ha ido, ¿verdad? -le pregunté, mientras las lágrimas me caían por las mejillas. Apenas era capaz de pronunciar una palabra.
Dan extendió los brazos sobre la mesa y me cogió las manos, apretándolas fuerte como si tuviera miedo de que me pudiera caer.
El restaurante se estaba llenando de gente, de la concurrencia que acudía a almorzar. A nuestro alrededor, sólo veía rostros felices. Los clientes habituales charlaban por encima de sus cartas de menú, sirviéndose vino, brindando, besándose las mejillas. El camarero pareció animarse repentinamente, corriendo de un lado para otro con los pedidos. Dan y yo nos aferramos mutuamente. Dimitri estaba muerto. Sentí como la revelación de su muerte se expandía por mi pecho y se introducía en mi corazón. La ironía de todo el asunto era demasiada. Dimitri había huido en busca de riquezas y lo que en realidad había encontrado había sido dolor y muerte. Yo me había convertido en refugiada y ni una sola vez tuve que pasar hambre. Durante todos aquellos años, había tratado de odiar a Dimitri, cuando él nunca había dejado de pensar en mí.
Agarré con fuerza la llave en la palma de mi mano.
«Para roda la eternidad.»
Más tarde, mucho más tarde, cuando me mudé a mi apartamento en Bondi y encontré las fuerzas para sacar la llave de la caja donde la había escondido el día que Dan me la entregó, me hice una cerradura para poder utilizarla. Fue la única manera que se me ocurrió para compartir mi vida y mi dicha con Dimitri.
«Para toda la eternidad.»