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CAPITULO 8

En los días que siguieron, nadie mencionó el incidente con el Capitán Bartolmei. Si alguien había reparado en el aspecto desarreglado de Isabella y el abrigo del capitán sobre sus hombros, estaban siendo discretos. No vio a Don DeMarco, ya que él tenía muchas obligaciones y con frecuencia estaba reunido con sus dos capitanes y sus consejeros. La gente se presentaba continuamente ante el don, pidiendo favores, esperando que resolviera problemas desde disputas domésticas a asuntos de estado. Isabella pasó el tiempo aprendiendo el camino a través del palazzo. Trabajó en conocer a los sirvientes, aprendiéndose sus nombres y caras, sus fortalezas y debilidades. Sarina estaba con frecuencia junto a Isabella, explicando cómo se hacían las cosas, lo que se consideraba una ley inalterable, las preferencias personales del don, y lo que podría cambiarse si Isabella decidía que así lo prefería.

Terminaban de llevar cabo una inspección de despensas cuando oyeron una conmoción en el vestíbulo inferior. Voces alzadas con furia, y un niño chillando y llorando. Juntas, Sarina e Isabella bajaron rápidamente las escaleras para ver a Betto sacudiendo a un chico. La cara de Betto estaba retorcida por la rabia, una terrible máscara de malicia mientras gritaba acusaciones al niño. Una multitud de sirvientes lo rodeaba, pero ninguno se atrevía a desafiar su autoridad. Sarina agarró el brazo de Isabella, sus dedos se hundieron en la piel de la joven.

– ¿Qué le pasa? Él nunca levanta la voz. Betto siempre se muestra tranquilo y confiable. Nunca actuaría de semejante manera, especialmente delante de los sirvientes. -El ama de llaves estaba horrorizada. Se quedó congelada, con la boca abierta de par en par y los ojos desencajados por la sorpresa-. ¿Qué le ha poseído? Este no es mi Betto. Esto no es propio de él en absoluto.

Las palabras resonaron en los oídos de Isabella. Ella había visto a Bello, un alma amable, recorriendo el palazzo en el curso de sus obligaciones. Digno. Eficiente. El epítome del mayordomo discreto. Este no es Betto. Sarina había estado casada con él la mayor parte de su vida. Le conocía íntimamente. Su comportamiento estaba tan fuera de su carácter, era tan raro, que su propia mujer no le reconocía.

Isabella permaneció muy quieta, estudiando los movimientos tensos y corcoveantes de Betto. Los rasgos del sirviente mayor estaban distorsionados por el odio y la rabia. Sacudía un puño huesudo hacia el muchachito, tirando de la oreja del niño. Un torrente de maldiciones explotaba de su boca, palabras sucias, viciosas y cortantes. Este no es Betto.

Las lágrimas corrían por la cara del niño, y luchaba salvaemente por apartarse del anciano. Su madre, una joven bonita llamada Brigita, permanecía en pie retorciéndose las manos y llorando.

– Déjale, Betto. Por favor suelta a Dantel. Solo estaba jugando. Él nunca robaría a Don DeMarco.

– Si le hubieras estado vigilando como debías, tú hija de una puta, el mocoso bueno para nada no habría estado robando las cosas del Amo.

Sarina jadeó y se tapó la boca con la mano. Se tambaleó y se puso tan pálida que Isabella temió que fuera a desmayarse. Isabella rodeó la cintura del ama de llaves con un brazo para ayudarla a mantenerse en pie.

– Betto -Sarina susurró su nombre suavemente, con lágrimas brillando en sus ojos. Su voz estaba rota, reflejando el estado de su corazón.

Isabella podía sentir la hostilidad en la habitación. La ansiedad de la madre y la furia que se alzaba rápidamente en proporción directa al extraño comportamiento de Betto. El ruido de los llantos y gritos había atraído a otros sirvientes a la carrera. Estaban todos murmurando, algunos apoyaban a la madre afligida y otros a Betto. Isabella permaneción inmóvil, buscando algo más allá de lo que estaba viendo con los ojos. Bloqueó los sonidos de la furia, las palabras ruidosas y encolerizadas, hasta que fueron un simple zumbido de abejas furiosas como telón de fondo.

Lo encontró entonces. Sutil. Insidioso. El toque era tan delicado que resultaba casi imposible de detectar. No era tan fuerte como antes, como si hubiera cambiado de táctica, pero la mancha de maldad estaba allí igualmente. Fluía a través de la habitación, tocándo a todos a su paso. Alimentaba las emociones, alimentándose de la furia y la hostilidad. Estaba infundiendo odio dentro del palazzo, volviendo a amigo contra amigo. Sintió su regocijo, sintió la oleada de poder cuando se extendió como veneno a través de la habitación.

Isabella alzó una mano pidiendo silencio. Uno por uno los sirvientes se giraron para mirarla. Era una aristicratica, nacida en el escalafón más alto, y estaba prometida con su don. Nadie se atrevió a desobedecerla. Cuando las caras se volvieron hacia ella, la rabia de la habitación se oscureció a una negra y fea malevolencia, más potente que nada que ella hubiera enfrentado nunca. Era tangible, llenando el aire hasta los techos abovedados. Podía ver la animosidad en las caras que la miraban. Su corazón empezó a palpitar cuando la furia se retorció y dirigió directamente hacia ella.

– Sarina, tú conoces realmente a Betto, a través de los ojos del amor -Isabella dirigió sus declaraciones a su única aliada en la habitación pero habló en voz alta para que todos la oyeran-. Algo debe ir terriblemente mal. Quizás está enfermo y necesita nuestra ayuda. Ve con él, y utiliza tu amor para guiarle de vuelta. Todos ayudaremos. -Sonrió a los sirvientes y se alejó de Sarina para dirigirse hacia la joven madre. Tomó las dos manos frías y nerviosas entre las suyas para conectarlas.

– Piensa, Brigita. Betto normalmente no te diría semejantes insultos. ¿Alguna vez te ha tratado a ti o a tu hijo con tanta crueldad? ¿Ha sido tan rudo? -Para mantener la atención de la doncella en ella en vez de en el niño lloroso, Isabella habló suavemente, persuasivamente, mirando directamente a los ojos de la joven.

Brigita sacudió la cabeza.

– Él siempre ha sido amable con Dantel y conmigo. Esto es tan impropio de él. Cuando mi marido murió, él nos proporcionó comida y me dio un trabajo aquí. -Su voz vaciló, y estalló en lágrimas frescas.

– Es impropio de Betto, ¿verdad? -recalcó Isabella-. Creo que hay algo más en esto -Palmeó la espalda de Brigita alentadoramente-. Betto es un buen hombre. Sarina tiene mucho miedo de que le pase algo. Quizás está enfermo. Ahora todos debemos ir en su ayuda, cuando más nos necesita.

La joven asintió, no del todo convencida mientras miraba al anciano que temblaba con una furia antinatural.

Isabella cruzó la habitación hasta estar junto a Bello aparentando más confianza de la que sentía. Sonriendo serenamente, retiró gentilmente la mano del anciano del brazo del chico y tiró del niño hacia ella. Sin mirar a Betto, se arrodilló hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los del niño.

– Dantel, tu madre me ha contado lo bueno que ha sido siempre Betto contigo. ¿Es eso cierto? Todo sabemos que no estabas robando. Betto lo sabe también, él no ha perdido su fe en ti. Esto es un malentendido, y se han dicho cosas con rabia. -Gentilmente limpió las lágrimas de la cara del chico-. Necesitamos tu ayuda ahora mismo, Dantel. Sé que eres muy valiente, como los leones que hay aquí en el valle, valiente como tu don. Tu madre cree que eres valiente, y eso dice también Sarina. Debes hablarme de la amabilidad de Betto contigo. Cuéntanos a todos.

Dantel se sonó varias veces, sus grandes ojos oscuros miraban fijamente a los de ella como si no se atreviera a mirar a Betto o estallaría en lágrimas de nuevo. El pequeño cuerpo se enderezó, y sacó pecho.

– Soy muy valiente -concedió-. Si necesita mi ayuda, signorina, haré lo que desea. -Su mirada oscura saltó a su mdre, que estaba muy quieta retorciéndose las manos con indecisión.

– Todos necesitamos tu ayuda. Cuéntanos cómo ha sido amable Betto contigo.

El muchachito miró intranquilo Betto.

– Me talló un león y lo colocó sobre mi cama en mi cumpleaños. Él no sabe que le vi, pero yo le sigo todo el tiempo.

– ¿Por qué le sigues? -preguntó Isabella.

– Me gusta estar con él -admitió el chico-. Le vi tallar el león, así supe que me lo había dado él. -Sonrió ante el recuerdo, su mirada moviéndose vacilante hacia su madre-. Y una vez cuando no teníamos suficiente comida, y madre estaba llorando porque estaba muy hambrienta porque me había dado nuestra última comida, él nos trajo toda clase de cosas para comer. -Su voz se volvió más fuerte-. Me enseñó a montar a caballo.

– También enseñó a mi hijo -otro sirviente intervino.

– Y cuidó del viejo Chanianto hasta que falleció -dijo otro-. ¿Recordáis como le lavaba y le mantenía limpio? Incluso le alimentaba con sopa cuando el viejo estaba demasiado débil para comer por sí mismo.

La atmósfera de la habitación había cambiado sutilmente. Los sirvientes estaban sonriendo a Betto. Sarina fue con su marido, le rodeó con los brazos, y le abrazó, ferozmente protectora. Entonces fue Betto quien lloró. Aplastó a su esposa contra él y lloró como si se le estuviera rompiendo el corazón. La madre de Dantel dejó escapar un suave sonido de desasosiego. Las lágrimas brillaron en los ojos de varios de los otros sirvientes que miraron hacia adelante.

Dantel corrió a envolver sus brazos alrededor de las piernas del anciano.

– ¡Todo va bien, Betto! -exclamó el chico- ¡Te quiero!

– Perdóname -dijo el anciano, con la voz rota y la garganta en carne viva y atascada por las lágrimas-. No decía en serio ninguno de esos insultos, Dantel. Eres un buen chico, muy amado por todos en el palazzo. Muy amado por mí. En realidad, no sé que me ha pasado, por qué salía semejante basura de mi boca. Estoy tan avergonzado. -Se sentó abruptamente sobre los brillantes azulejos, sus rodillas cedieron, llevando a Sarina al suelo con él.

La anciana se aferró a él, manteniéndole cerca, riendo un poco ante el absurdo de dos viejos sirvientes sentados en el suelo. Llorando por el terrible susto para ambos, Betto se puso una mano sobre la cabeza.

– Brigita, perdóname. No sé que pasó. Conocí a tu madre y tu padre. Se casaron en la Santa Iglesia. -Sacudió la cabeza, sosteniéndosela entre las manos, gimiendo de abyecta humillación.

– Estuvo mal -estalló Dantel-. Estaba jugando con la estatua, y sabía que no era mía. La dejé caer Betto. -Empezó a llorar de nuevo-. No llores, Betto, no es culpa tuya. Yo la cogí.

– Betto está enfermo -dijo Isabella, revolviendo el pelo del chico para consolarle-. Tú no robaste, Dantel, y todos lo sabemos. Betto solo necesita descansar, y todos le cuidaremos. Sarina necesitará tu ayuda para llevarle cosas y entretenerle mientras está descansando. Corre con tu madre y consuélala mientras nosotras metemos a Betto en la cama. Después puedes ayudar a Sarina a llevarle la comida. Esta vez todos serviremos a Betto y pagaremos sus muchas amabilidades.

– Lo haré, -dijo Dantel incondicionalmente, haciéndose el importante. Extendió el brazo en busca de la mano de su madre-. Llámame cuando me necesites, Sarina, y vendré de inmediato.

Isabella y Brigita se extendieron hacia Sarina y Betto al mismo tiempo, ayudando a la pareja a ponerse en pie. Cuando Betto se tambaleó, todavía abrazando a su mujer firmemente, Isabella sintió nuevamente la presencia de la oscura y malévola entidad. Sintió una oleada de veneno, de odio concentrado dirigido solamente hacia ella. Presionándose una mano sobre su sección media, Isabella giró la cabeza hacia la entrada de la habitación, levantando la mirada al el techo como si realmente pudiera ver a su enemigo.

Brigita y Dantel dieron tres pasos hacia la amplia entrada de la habitación. Isabella saltó tras ellos, su advertencia muriendo en los labios. Llegó demasiado tarde. La bestia estaba agazapada en el gran salón, con los ojos fijos sobre madre e hijo, una mueca en su cara, y la punta de su cola sacudiéndose mientras yacía emboscado.

Era un león enorme, con una magnífica melena que rodeaba la enorme cabeza y caía hacia abajo por su espalda, envolviéndose alrededor de su barriga.

Varios de los sirvientes gritaron. Algunos corrieron de vuelta al interior de la enorme habitación e intentaron ocultarse tras el mobiliario, mientras otros se quedaban congelados y empezaban a rezar en voz alta. Inmediatamente Isabella sintió la oleada de regocijo, de poder. Dos de los hombres cogieron espadas que colgaban de la pared, armándose y manteniendo su posición reluctantemente. Parecían absurdos, una defensa penosa contra un enemigo tan poderoso.

– ¡Alto! -siseó Isabella. -¡Todos, quedáos en silencio! Mantenéos perfectamente inmóviles. -Empezó a moverse muy lentamente, abriéndose paso centímetro a centímetro alrededor de Sarina y Betto, ignorándolos cuando ambos hicieron ademán de agarrarla del brazo para detenerla.

Isabella estaba temblando violentamente, pero sabía que no importaría en que parte de la habitación estaba si la bestia decidía atacar. El león era capaz de comerse a todos los que estaban allí. Su velocidad era indiscutible. Era enorme, invencible. Las dos espadas eran armas ridículas contra el animal con sus grandes dientes y sus afiladas garras. No tenía ni idea de cuales eran sus planes, solo que algo en el fondo de su corazón y alma la empujaba hacia adelante.

Isabella insertó su cuerpo entre el león y su presa. La mirada del león se fijó inmediatamente en ella. Le sostuvo la mirada. En el momento en que sus ojos se encontraron, la comprensión la golpeó como un puño. Dos entidades le devolvían la mirada a través de los ojos del león. Una era indomable y confusa, la otra hostil y enfurecida. Estrechó su foco, decidida a mantener inmóvil al león e ignorar al terror innombrable que ardía en sus ojos.

– Sarina, ve a buscar a Don DeMarco -mantuvo la voz baja y consoladora. Esta titubeó apesar de su determinación a mantener la calma-. Si valoras la vida de los que estamos aquí, muévete muy lentamente hasta que atravieses la habitación. Yo retendré la atención del león, y tú ve a la otra entrada. Una vez estés fuera, apresúrate.

La mano de Sarina se extendió como si pensara que podría arrastrar a Isabella de vuelta a la seguridad. Betto tomó los dedos temblorosos y los apretó tranquilizadoramente. Ninguno de los otros sirvientes se movió, nadie emitió ni un sonido, nadie parecía respirar.

Isabella no giró la cabeza para ver si Sarina había hecho lo que le había pedido; tenía que creer que el ama de llaves encontraría el coraje para hacer lo que le había pedido. No se atrevía a romper el contacto visual con el león. La gran bestia se estremecía con la necesidad de saltar sobre ella, de rasgar y desgarrar, de hundir los dientes profundamente en su carne y oir el satisfactorio crujido de sus huesos. Fue solo la mirada concentrad de Isabella lo que evitó que el animal atacara.

La necesidad de matar del león era tan grande que Isabella podía sentirla profundamente dentro de su propio corazón. El conflicto dentro del animal era tan considerable que sintió pena por él, una punzada dolorida en contraste con el terror que emanaba dentro de ela. Se negó a parpadear, se negó a dar la espalda, tanto por el destino de la bestia como por su propia vida. Estaba confuso y luchaba consigo mismo mientras la oleada de oscuro poder empujaba hacia el instinto continuamente, urgiéndole a matr. Matar a Isabella. Matar a todo el mundo.

El león se estremeció de nuevo, un terrible temblor, y se arrastró hacia Isabella, con la barriga en tierra, los ojos enfocados en ella, fijos y directos. Los músculos tensos se ondearon a lo largo de su cuerpo macizo. La saliva goteó de sus enormes colmillos cuando gruñó hacia ella, una advertencia, casi una súplica, un oscuro desafío. El aliento de la bestia era caliente sobre su cuerpo, pero ella no movió ni un músculo.

Tras ella, los sirvientes se movieron con pánico, dispuestos a correr, pero Betto los detuvo con una mano imperiosa alzada y un rápida sacudida de la cabeza. Cualquier movimiento o ruido súbito podía disponer al león a atacar. Isabella podía sentir las diminutas gotas de sudor corriendo por el valle entre sus pechos. El corazón le palpitaba en los oídos. Saboreó el miedo en su boca. Sus rodillas amenazaron con ceder, pero mantuvo su posición, mirándo a los brillantes y redondos ojos, decidida a no correr. Su boca estaba tan seca que no estaba segura de si podría hablar si tuviera que hacerlo. El animal era enorme, estaba tan cerca de ella que podía ver las variaciones de su pelaje, plata, negro y marrón entretejidos tan firmemente que aparecía ser de un negro sedoso. Podía ver pestañas, bigotes, dos cicatrices profundamente acuchilladas en el gigantesco morro.

– Estoy contigo, Isabella. No tengas miedo -La voz era suave, casi sensual. Nicolai se acercó lentamente, cuidadosamente al costado de Isabella. Su mano envolvió la de ella, apretándose alrededor de sus dedos, conectándolos físicamente. Isabella no se atrevía a apartar la mirada del león, pero incluso así, supo que Nicolai estaba observando intensamente a la bestia, sus ojos ambar llameaban con furia, concentrándose en sujetar a la criatura en su lugar. Casi podía sentir como él empezaba lentamente, esforzadamente, a imponer su voluntad al animal.

Isabella luchó junto a él, entendiendo la batalla como no podía hacerlo ningún otro en la habitación. Entendió entonces la inmensa concentración y enfoque que requería a Nicolai comunicarse y controlar lo indomable. Los leones no eran dóciles ni estaban domesticados, no eran mascotas, eran animales salvajes que tenían que cazar presas y vivir lejos de la sociedad humana. Para evitar que siguieran sus instintos naturales, Nicolai utilizaba una tremenda cantidad de energía todo el tiempo. Él era de algún modo parte de ellos, unido a ellos, y los leones le consideraban el líder de su manada.

El león quería obedecer. La criatura parecía estar luchando en alguna batalla interna. Isabella continuó mirando fijamente a esos ojos, su naturaleza compasiva se extendió hacia el enorme felino. Sintió su propia fuerza inundando a Nicolai. Él parecía enormemente poderoso. Podía sentir su cuerpo cerca del propio, vibrando a causa de la tensión, del esfuerzo. Isabella comenzó a sentir un extraño afecto por el león, casi como si no pudiera separar a Nicolai de la bestia. Su expresión se suavizó, y su boca se curvó.

Supo en el momento exacto en que la mancha de retorcido poder fue derrotada y se retiró, dejando al infortunado león para enfrentar solo a Nicolai. Ella sintió la retirada del odio negro, sintió la oscuridad saliendo de su mente, y entonces la habitación quedó vacía de malicia. Normal. Todavía estaba cargada de tensión, el olor del miedo, pero nada alimentaba las intensas emociones con rabia y odio. Isabella comenzó a respirar de nuevo, y su cuerpo tembló en reacción.

El león agachó la cabeza, se giró, y se alejó silenciosamente corredor abajo hacia las escaleras que conducían a las regiones más bajas del castello. Isabella estalló en lágrimas. Le dio la espalda al don, a los sirvientes, con toda intención de precipitarse a la privacidad de su dormitorio, pero sus piernas se negaron a llevarla a ninguna parte.

Los fuertes brazos de Nicolai la aplastaron contra él, envolviéndola, protectoramente. Enterró la cara en el abundante pelo de ella.

– ¿En qué estabas pensando? No deberías haberte acercado a ese león. Algo iba mal con él… ¿No pudiste verlo?

La estaba manteniendo virtualmente en pie. Si la hubiera soltado, Isabella se hubiera derrumbado sobre el suelo en un montón. Enterró la cara en la camisa de él, intentando contener los sollozos que la sacudían de la cabeza a los pies. Ahora que el peligro inmediato había pasado, se estaba cayendo a pedazos. No importaba cuanto se amonestara a sí misma para dejar de llorar y no humillarse ante los sirvientes, Isabella continuaba llorando y temblando. Se aferró a él, una ancla de seguridad en un mundo de peligro.

– ¿Qué está pasando aquí? -La voz de Nicolai fue imperiosa, exigente.

El repentino silencio penetró en la casi histeria de Isabella, y espió mas allá de Don DeMarco para observar a los demás ocupantes de la habitación. Los sirvientes estaban en silencio, intranquilos, mirando fijamente al suelo, al techo, al salón. Mirando a cualquier parte excepto a su don. Sarina estaba mirando a Isabella, evitando estudiadamente mirar a Nicolai.

Eso fue suficiente para detener el flujo de lágrimas indeseadas. Isabella quiso sacudirlos a todos ellos. Nicolai DeMarco acababa de salvar sus vidas, pero ellos ni siquiera le miraban. Apartó la cara, sus dedos se entrelazaron firmemente con los de él, su postura era protectora, su mirada furiosa y acusadora cuando se fijó en Sarina.

Sarina suspiró suavemente e hizo un esfuerzo visible para endurecerse a sí misma antes de mirar completamente a la cara de Don DeMarco. Jadeó y se presignó.

– ¡Nicolai! -Fue tanta su sorpresa que se mostró tan familiar como para llamarle por su nombre.

Betto levantó la mirada instantáneamente, presignándose, y una sonrisa tiró de su boca.

– Don DeMarco, este es un día extraordinario. Mírate, mi muchacho -Sonreía, su apretón sobre su esposa era fuerte-. Mírale, Sarina. Un chico guapo convertido en un hombre guapo-. Sonaba como un padre orgulloso.

Isabella estaba confusa. Sarina y Betto miraban a Don DeMarco como si no le hubieran visto nunca antes. Las lágrimas brillaban en los ojos de Sarina.

– Miradle -animó a los otros sirvientes-. Mirad a Don DeMarco.

Isabella giró la cabeza para mirarle. A ella le parecía el mismo, un modelo esculpido de belleza masculina incluso con las cuatro cicatrices que solo parecían definir su valor. Era el epítome de fuerza y poder. ¿Nadie entre su gente había notado lo realmente guapo que era? ¿Ninguno de ellos podía ver su integridad? ¿Su honor? Estaban tan claro a la vista, sin misterio, un hombre dispuesto a llevar cargas y proteger a los demás. Seguramente no eran todos tan mezquinos como para que las cicatrices les hicieran imposible mirarle de frente. Isabella creía que estas daban al don una apariencia libertina.

El bajo murmullo de sorpresa hizo que Isabella se diera media vuelta para enfrentar a los sirvientes. Algunos se presignaban. Algunos lloraban. Todos miraban a Nicolai como si fuera un desconocido, pero estaban sonriéndole, con ojos brillantes y sonrisas felices. No tenía sentido, y hacía sentir incómodo a Don DeMarco. Triste, incluso. Isabella captó las sombras en las profundidades de sus ojos.

Quizás en su juventud todos habían pensado que era notablemente guapo, y ahora, a causa de sus cicatrices, evitaban mirarle. Por supuesto que le entristecía y avergonzaba ser el centro de semejante atención. Isabella solo deseaba reconfortarle. Le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos, bajando la cabeza hasta la suya, y se puso de puntillas para que su boca pudiera alcanzarle el oído.

– Sácame de aquí, por favor, Nicolai.

Él la cogió en brazos, levantándola como si no pesara más que un niño. Por un momento se quedó quieto, con la inmovilidad de un depredador, su cara enterrada en el pelo de ella, y entonces se movió, poderosos músculos hinchándose bajo su ropa, su zancada silenciosa y segura mientras se deslizaba a través de los largos salones hasta el dormitorio de ella.

Isabella sintió la boca sobre su cuello, los labios eran suave terciopelo, el roce de una carica, nada más, pero una extraña necesidad se estaba enroscando en su cuerpo. Alzó la cabeza hacia él en flagrante invitacón, deseando la oleada de fuego, deseando apartarlo todo excepto la sensación de él, su fragancia.

La boca encontró la suya instantáneamente, ardiente y posesiva. Su puño se enrredó entre el pelo de Isabella, tirando de su cabeza hacia atrás mentras su pie pateaba la puerta cerrándola tras él, sellándolos lejos del resto de la casa.

– Pensaste con rapidez al pensar en evitar que el león atacara, pero fue muy peligroso. No sé como lo conseguiste, pero nunca debes volver a hacer semejante tontería. Me aterrorizas con tu coraje. -La presionó contra una pared, su cuerpo duro contra el de ella. Nicolai la besó de nuevo, duro y salvaje, el hambre alzándose rápida y furiosamente-. Me aterrorizas -susurró contra la comisura de su boca.

Ella deslizó las manos atrevidamente bajo la túnica de él, deseando la sensación de su piel. Su boca vagó por la cara de Nicolai, por la garganta, ávidamente, las llamas le atravesaban la sangre haciendo que pudiera pensar solo en él. Su fragancia, su sabor, su tacto.

Su boca capturó la de ella en un serie de besos largos, profundos y elementales, un fuego salvaje fuera de control. Nicolai le dio la vuelta y la dejó caer sobre la cama, un gruñido bajo escapó del fondo de su garganta. El sonido solo le inflamó más. Besarle no era suficiente. Nunca podría ser suficiente.

Los dientes le mordieron el labio, la barbilla, la linea lisa de su garganta. Nicolai la siguió hasta la cama, su cuerpo atrapando el de ella contra la colcha, duro, caliente y muy masculino. Podía sentir cada músculo impreso en ella, la gruesa y dura longitud de él, urgente y exigente. Cerró los ojos y se entregó al fuego de su boca, a la necesidad de su cuerpo y el hambre de su mente. Así de rápidamente, parecieron rabiar fuera de control, incapaces de pensar coherentemente, solo de arder por el otro, de necesitar al otro. La lengua de él se arremolinó en el hueco de su garganta, trazando un rastro de fuego hacia abajo hasta la hinchazón de sus pechos. Isabella jadeó cuando los dientes arañaron gentilmente, jugueteando sobre la piel sensible. Él tiró del borde del escote de su blusa hasta soltarlo, proporcionándose acceso a la suave piel satinada. Empujó la tela lejos de los hombros, las yemas de sus dedos demorándose sobre la piel. No era suficiiente. Quería verla, necesitaba verla. Nicolai tiró de la blusa aún más abajo hasta que los pechos quedaron completamente expuestos a él, empujando hacia adelante, sus pezones duros e invitarores al frescor del aire. La mirada de él era caliente, apreciativa, moviéndose sobre ella con pura posesividad y puro deseo. Sus pechos eran lujuriosos, firmes, una invitación a un mundo de excitación donde nada más podía alcanzarlos.

– Isabella -Respiró el nombre de ella suave y gentilmente, con reverencia. Tenía tanta necesidad de ella, justo en ese momento cuando ella le traía tanto terror y alegría. Su cabeza palpitaba de deseo; su cuerpo rugía pidiendo alivio-. No puedo pensar en nada más que en hacerte mía-. Y no podía. Ni en su honor. Ni en el de ella. Ni en los leones, o la maldición, o la respetabilidad. Necesitaba saborearla, enterrarse profundamente dentro de ella. Había tanta pasión en ella, tanta vida. Demasiado coraje.

Un gemido escapó de su garganta, e inclinó la cabeza hacia la lujuriosa oferta. Su pelo rozó la piel como un millar de lenguas, encerrándola en un mundo de sensaciones. Su boca, caliente y fuerte, se cerró sobre un pecho. Isabella jadeó de puro placer, un suave grito emergió de su garganta, su cuerpo se arqueó más completamente contra el de él. Enredó los brazos alrededor del cuello de él y le acunó la cabeza mientras él succionaba, su lengua danzando, jugueteando y rozando caricias. Su boca empujaba fuertemente hasta que sintió la sensación por todas partes, un calor líquido ardió bajo, acumulándose, anhelando, impacientándose con su vestido, y simplemente arrancándolo de su cuerpo, tirándolo a un lado, exponiéndola más completamente a él.

– ¡Nicolai! -Su mirada saltó a la cara de él.

Fue una pequeña protesta, pero la mano de él había encontrado su muslo, estaba acariciando su piel, moviéndose hacia arriba para empujar firmemente entre sus piernas. Encontró su húmeda invitación y presionó la palma contra ella. Sosteniendo su mirada, se llevó deliberadamente la palma a la boca y la saboreó.

Los ojos de ella se abrieron de par en par con sorpresa. Su cuerpo ardió. Un calor líquido humedeció los apretados rizos entre sus piernas, y se movió intranquilamente.

– ¿Qué estás haciendo? -Fuera lo que fuera, no quería que parara.

– Cualquier cosa que desee -respondió él suavemente-. Cualquier cosa que desees. -Nicolai inclinó la cabeza otra vez, esta vez hasta la parte inferior de su pecho, su lengua trazó las costillas. Su mano le acarició la pierna mientras lo hacía, moviéndose hacia arriba para rozar los apretados rizos. Lentamente empujó un dedo en la apretada entrada, observándole la cara, su pelo sobre el estómago suave, su lengua arremolinándose en su ombligo.

El cuerpo de ella se apretó firmemente alrededor de su dedo, los músculos se tensaron con fuerza, y su cuerpo se sacudió con la necesidad de montarla.

Ella alzaba las caderas para encontrar los dedos que empujaban profundamente en su interior. Esto era obra suya, este pequeño acto deshinibido. Ella era tan sensual, tan sexy y natural, su propio deseo le consumía. Nicolai oía un rugido en sus oídos. La cabeza le palpitaba, su cuerpo estaba tan duro e incómodo que no podía pensar en nada más que en tomarla.

– Pienso en ti cuando estoy tendido en mi cama, y mi cuerpo está así de duro. -Tomó la mano de ella y la llevó a la delantera de sus calzones-. Mi siento en mi escritorio y pienso en ti, y me haces esto. No puedo caminar ni comer ni siquiera soñar sin esta dolorosa necesidad. Sácame de esta miseria, cara. Déjame tenerte.

Frotó con la mano la delantera de los calzones, y él gimió de nuevo, su gran cuerpo se estremeció de placer. Le besó la barbilla, la comisura de la boca.

– Yo te deseo del mismo modo -admitó.

Él se apresuró a tomar su boca, de forma dura y hambrienta, afilada por el deseo. Nicolai rasgó sus calzones para liberar la dura y gruesa longitud de su erección, su cuerpo entero ardía y dolía de deseo. Le capturó las rodillas y las empujó abriéndolas para darse un mejor acceso. Sus manos encontraron el pequeño trasero y la arrastraron hacia él hasta que estuvo presionado contra su húmeda y ardiente entrada. Apretando los dientes contra la necesidad de empujar con fuerza, empezó a entrar lentamente en ella. Fue cuidadoso, cuando cada célula de su cuerpo gritaba frenéticamente que entrara frenética y abandonadamente, para saciar su hambre salvave. Su gruesa vara de terciopelo desapareció dentro de ella siendo rodeada por su ardiente y apretada vaina. Gimió por el esfuerzo de tomarse su tiempo, de ser gentil con ella.

Era mucho más largo y grueso que su dedo. Donde antes había habido puro placer, ahora Isabella sintió su cuerpo estirarse, una sensación ardiente y ardorosa. Jadeó y se aferró a los amplios hombros de él.

– Me haces daño.

Durante un terrible momento no le importó. Nada importaba excepto enterrarse en ella, profundo, rápido y fuerte. Aliviar la terrible, dolorosa y palpitante necesidad. Su piel hormigueaba de desep. Sus dedos se apretaron, mordiendo las caderas de ella, y echó la cabeza hacia atrás, su largo pelo despeinado y sus ojos ámbar llameando hacia ella. Le pertenecía. Solo a él. Ningún otro la tendría y viviría para contarlo.

Isabella parpadeó y se encontró mirando al hocico de un león, sintiendo su cálido aliento, vio las llamas en sus hambrientos ojos. Se le quedó la cara blanca, y miró fijamente a esos ojos brillantes, con el corazón martillerando y el cuerpo congelado de terror.

– No, Dio, ¡Isabella, no! -Oyó la voz de él como si llegara de lejos-. Mírame. Tienes que verme. Ahora mismo, cara, debes mirarme.

Sus manos le enmarcaron la cara… manos, no patas. Su boca encontró la de ella… su boca, no un hocico abierto. Había lágrimas en su cara, pero no estaba segura de si las había derramado ella o había sido él. La estaba abrazando firmemente contra él, besándola gentilmente, tiernamente-. No te haría daño por nada del mundo, Isabella. -Su mano estaba presionada contra los húmedos rizos, como si la consolara por el dolor que había causado con su invasión.

Los dientes de ella tiraban de su labio inferor con preocupación.

– Creo que soy demasiado pequeña para ti, Nicolai. Lo siento tanto. -Había vergüenza en sus ojos.

Él maldijo suavemente, y la besó de nuevo.

– Eres perfecta para mi. Es mi deber preparar tu cuerpo para aceptar el mío, Isabella. Te deseo tanto. Iremos mucho más despacio la próxima vez. Hay muchas formas de hacértelo más cómodo. -Mientras hablaba empujaba un dedo gentilmente dentro de ella, una suave estocada que la hizo jadear. Retirándolo, lo reeemplazó primero por dos dedos, estirándola cuidadosamente. Empujó profundamente dentro de ella, observando las sombras abandonar sus ojos. El cuerpo de ella era resbaladizo, ardiente y suave, abierto a él. Las caderas encontraron el ritmo de sus dedos, alzándose para encontrarle con ansiedad.

De repente la cabeza de él se alzó alerta, como si hubiera oído algo que ella no. Retiró los dedos de su cuerpo y cogió la colcha, envolviéndola con ella.

– Estás a punto de tener compañía, pero no hemos acabado aún, cara. De ningún modo. Debes casarte conmigo pronto, Isabella. Te deseo en mi cama. -Se arregló rápidamente los calzones y enderezó sus ropas-. ¿Qué hacemos con este vestido?

No estaba ni de cerca tan tranquilo como le habría gustado que ella creyera. Isabella disfrutó con gran satisfacción observándole luchar para respirar con normalidad. Una sonrisa pequeña y satisfecha flirteó en su cara.

– Quizás podríamos decir que estabas herido y sacrifiqué mi hermoso vestido para proporcionar vendas. -Encontró algún consuelo en saber que su cuerpo no era el único que palpitaba y ardía en busca de alivio.

Él empujó el vestido destrozado dentro del armario. La tela era espumosa, y se vio obligado a enrollarlo. Se desparramó varias veces antes de que finalmente fuera capaz de cerrar la puerta para esconderlo. Isabella tiró de la colcha hasta su boca para amortiguar la risa.

– Estoy salvando tu reputación. -Señaló él, intentando no reirse de sí mismo ante el absurdo de temer a su ama de llaves cuando se había enfrentado a un león sin parpadear-. Cuando era niño, Sarina podía sermonearme como ningún otro en el castello. No creo que porque haya envejecido sea menos temible. Tiene una mirada fría y una voz severa. No escaparás indemne si nos coge.

Isabella arqueó una ceja, después asumió su expresión más inocente y cándida… la que había perfeccionado de niña cuando su padre la pillaba. Observando su muy creíble expresión, Nicolai gimió.

– No te atreverías a culparme.

– Yo no tenía conocimiento de cosas semejantes. -Incluso sonaba inocente-. Tú eres mi prometido y mi don. Yo solo hice lo que me indicaste. -Curiosa, le miró-. ¿Cómo sabes que Sarina está llegando?

Él encogió sus poderosos hombros.

– Tengo buena audición y un agudo sentido del olfato -Se inclinó para mordisquearle el cuello-. Hueles tan maravillosamente que podría comerte.

Durante un momento los ojos de ambos se encontraron, e Isabella se derritó por dentro. Hubo un rápido golpe en la puerta, y Sarina entró llevando una bandeja de té. Jadeó al ver al don sentado en el borde de la cama de Isabella. Apresuradamente apartó los ojos de él, poniéndose muy pálida.

– Lo siento, no tenía ni idea de que estuviera aquí, Don DeMarco. -Aún así se las arregló para sonar desaprovadora-. Vine a ayudar a Isabella a prepararse para ir a la cama. Es demasiado tarde para que tenga visitas. -Colocó la bandeja sobre la mesita de noche y se ocupó en servir el té, apretando los labios mientras lo hacía-. Y no debería haber visitantes masculinos en su dormitorio sin mi presenciia.

– No debería haber visitantes masculinos en su dormitorio en absoluto. -comentó Nicolai secamente.

Isabella se habría reído del ceño de Sarina en cualquier otro momento, pero no podía abandonarle, no cuando Sarina ni siquiera le había mirado. Se extendió en busca de su mano y la sostuvo firmemente.

– Estaba casi histérica después de la confrontación con el león, Sarina. Nicolai se portó muy bien consolándome, ya que sabíamos que tú estabas ocupada con Betto. ¿Cómo está él? -Sin pensar, se llevó la mano de Nicolai a la boca, presionando los labios contra sus nudillos.

Sarina la observó. En vez de evidenciar desaprovación, sus ojos se abrieron con sorpresa, y una pura alegría se extendió por su cara. Tomó un profundo aliento y miró directamente al don. Al momento su expresión se suavizó.

– Es un gran y maravilloso don poder mirarle, Don DeMarco. Me da esperanza.

Nicolai se tocó la cara, después se extendió para tocar la de Sarina. Ella no se sobresaltó sino que le sonrió.

– ¿Cómo es esto posible? -preguntó él. Su mano se deslizó de la de Isabella cuando se extendió para enmarcar la cara del ama de llaves. El miedo floreció en la mujer, y se apartó. Inmediatamente él dejó caer la mano a un costado, su hermosa cara se endureció perceptiblemente.

– Tome su mano. -Instruyó Sarina suavemente-. Don DeMarco, tome la mano de Isabella.

Él así lo hizo, y los leones rugieron. El sonido estalló a través del castello, reververando a través del mismo suelo de forma que durante un breve momento las paredes del palazzo se sacudieron. Sarina ni siquiera se sobresaltó mientras el sonido moría, dejando un vacuo silencio.

– Es Isabella -dijo el ama de llaves-. Es Isabella.

Isabella no tenía ni idea de de qué estaban hablando, pero Nicolai la besó justo delante de Sarina. Un beso largo y lángido que caldeó su sangre y derritiió cada hueso de su cuerpo. Él la miró a los ojos durante un largo e interminable momento. Vio las llamas de deseo, de posesividad. Vio afecto.

Isabella sonrió y trazó con la punta de un dedo su boca perfectamente esculpida. Estaban empezando a estar muy unidos. No importaba que extrañas cosas estaban ocurriendo en el castello, se estaban haciendo amigos. Si iba a casarse con él, quería más que simplemente el ardor entre ellos.

– Buenas noches, Isabella. Confío en que hayas tenido suficientes aventuras por una noche. -Dijo tiernamente, sus ojos iluminados de travesura-. Nada de vagabundear por los salones, buscando fantasmas.

– Es un chica buena y obediente. -Dijo Sarina incondicionalmente. Su mano tanteó la llave en su bolsillo de su camisa y la palmeó para su tranquilidad.

– ¿De veras? -Nicola se levantó a su fluida y graciosa manera, todo poder y coordinación controlada, deslizándose por el suelo silenciosamente. Se detuvo en la puerta-. A quién obedece, me pregunto.

Sarina observó la puerta cerrarse tras él y volvió su mirada desaprovadora hacia los hombros desnudos de Isabella.

– ¿Qué ha estado pasando aquí?