38650.fb2 La Guarida Del Le?n - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 13

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CAPITULO 10

Nicolai cerró los ojos a la tentadora visión de Isabella. El vapor que se alzaba de la piscina caliente solo se las arreglaba para hacerla parecer más atractiva, más etérea. La deseaba con cada fibra de su ser. No solo su cuerpo… deseaba su lealtad, su corazón. Su risa. Sus dedos se cerraron lentamente en dos puños apretados. Le estaba mirando con tal confianza, sus enormes ojos suaves y gentiles.

Sus puños se cerraron con más fuerza cuando sus emociones se oscurecieron, barriendoo a través de él con una intensidad que le sacudió. Sintió la afilada puñalada de agujas en sus palmas.

Isabella estaba observando el juego de emociones en los ojos de él. Vio en que momento exacto la bestia ganó, saltaron llamas rojo-anaranjadas en su mirada y ardieron fuera de control. Quiso llorar, pero en vez de eso sonrió.

– Necesitamos a Sarina, Nicolai, para que se ocupe de tus heridas, ya que yo carezco de conocimento.

– Te la enviaré -replicó él, su voz era una mezcla de brusquedad y sensualidad-. Yo no tengo necesidad ni deseo de ayuda.

Se obligó a reproceder dos pasos. Lejos del cielo. Lejos de la paz y el consuelo. No deshonraría a Isabella o a sí mismo cuando solo tenía una vida de dolor y una horrorosa muerte que ofrecerle.

Cuando cerraba los ojos por la noche, veía la terrorífica escena una y otra vez. Su madre corriendo por su vida, con la boca abierta de par en par mientras gritaba pidiendo piedad. Su pelo se había soltado de la larga trenza, y el viento lo batía tras ella. Había visto a su padre, brillando tenuemente en un momento como hombre, al siguiente un león maciso, cazándola fácilmente como si no fuera más que un ciervo en el bosque o un conejo temblando ante él.

Nicolai siempre corría hacia ellos en el sueño, en un desesperado intento de detener lo inevitable, justo como había hecho en la vida real. Un chico con lágrimas corriendo por su cara… sus padres, su vida, ya perdidos para él, un pequeño cuchillo aferrado en su mano. Había sido un arma patética contra semejante bestia enorme. Pero cada vez que cerraba los ojos, ocurría de nuevo. Él siempre hacía lo mismo, siempre llevaba el mismo cuchillo y siempre veía al león saltar sobre su madre y matarla de un salvaje mordisco.

Sus ojos ardían, y su estómago se tensaba de repulsión. Esta noche él había acechado a Isabella. En el último momento había vuelto en sí, oyéndola pronunciar su nombre. Oyendo su voz susurrarle palabras de amor. De perdón. De entendimiento. Había permitido que la bestia en él se alzara completamente, consumiéndole mientras luchaba con los lobos. Eso no había ocurrido nunca antes. Más y más amenudo, mientras sus emociones se profundizaban, se intensificaban, perdía el control, y la bestia se comía al hombre. Como había consumido a su padre. Un solo sonido de horror escapó de su garganta.

– No, Nicolia -suplicó ella suavemente-. No te hagas esto a ti mismo.

Habían hecho falta años para su padre fuera visto por su gente como la bestia, pero una vez le había ocurrido, le había devorado rápidamente. La gente había visto a Nicolai como la bestia desde ese terrible día en el patio cuando su padre mató a su madre e intentó destruirle a él.

– Casi te mato -La admisión fue baja, áspera, la verdad-. Ocurrirá, Isabella, si no te envío levos. No tengo elección. Es por tu protección. Lo sabes.

– Sé que los leones se negaron a dejarme atravesar el paso. Sé que se supone que debo estar contigo. -Isabella se abrazó a sí misma para dejar de temblar-. Eso es lo único que sé con seguridad, Nicolai. -Levantó la mirada hacia él con sus enormes e inocentes ojos-. Tú eres el aliento en mi cuerpo, la calidez y alegría de mi corazón. Donde quiera que me envíes, me marchitaré y moriré. Si no mi cuerpo, al menos mi espíritu. Mejor tener alegría ardiendo cálida y brillante, aunque sea por poco tiempo, que morir de una muerte larga e interminable.

La expresión de él se endureció, sus ojos llamearon con tal intensidad que pareció atravesarle el corazón hasta que realmente sintió dolor.

– La única cosa que yo sé con seguridad, Isabella, es que si te quedas conmigo en este lugar, seré yo el que te mate.

las palabras colgaron en el aire entre ellos, brillando con vida propia. Isabella sintió un terror helado, incluso apesar de estar sumergida en agua caliente. Alzó la barbilla.

– Que así sea.

Lo dijo suavemente, lamentándolo por él, esperando reconfortarle, deseando el solaz de sus brazos incluso cuando la certeza de su muerte inevitable la aterraba.

Él giró sobre sus talones y salió a zancadas de la habitación, dejándola en el agua, en la oscuridad, en una habitación poco familiar sin nada para guiarla. Isabella apoyó la cabeza en los azulejos del borde de la piscina y lloró por ambos.

Sarina apareció inmediatamente y encontró a Isabella con lágrimas corriendo por sus mejillas. Inquieta al oir que la joven había salido sin más acompañante que Nicolai, vestida solo con su bata a la noche cerrada, Sarina cloqueó desaprovadoramente. Incluso así, sus manos fueron gentiles mientras examinaba a Isabella en busca de magulladoras. Se quedó en silencio, ni hizo ni una sola pregunta, mientras atendía las heridas punzantes de los hombros de Isabella.

– ¿Examinaste las heridas de Nicolai? -preguntó Isabella, atrapando la mano del ama de llaves-. Luchó con una manada de lobos. -El agua caliente había eliminado los escalofríos, pero temblaba de todas formas, recordado el terror de huir de la manada a la caza. Recordando al león acechándola.

– Se negó a permitirme ayudarle -Sarina agachó la cabeza- Es incómodo para ambos. Él prefiere estar solo -Secó a Isabella y le deslizó un camisón por la cabeza. Después sostuvo una bata limpia.

– Nadie prefiere estar solo, Sarina. Yo iré contigo, y examinaremos sus heridas. Puede necesitar puntos -Isabella tenía que verle esta noche. Si no lo hacía, temía por él, temía por sí misma. Él le había roto el corazón con sus palabras tristes.

Sarina comenzó a trenzar los mechones del largo pelo de Isabella.

– Está de un humor de perros. No me atreví a regañarle por sacarte con este tiempo a solas, solo con tu bata, ni por entrar en la habitación mientras te bañabas. -Dudó, buscando las palabras apropiadas-. ¿Te tocó, Isabella?

– Está de un humor de perros porque de nuevo piensa enviarme lejos por mi propio bien. Teme que me hará daño.

Las lágrimas brillaron en los ojos de sarina.

– Todos esperábamos que tú serías la que nos ayudarías. Pero estuvo mal por nuestra parte sacrificarte. Es posible que el don tenga razón y debas irte. -Su mano acarició el hombro de Isabella-. Él es peligroso. Es por eso que se contiene a sí mismo… para protegernos de la bestia.

Isabella se alejó de Sarina en un golpe de genio, sus ojos oscuros eran tormentosos.

– Es un hombre, y como cualquier hombre necesita compañerismo y amor. ¿Se os ha ocurrido a alguno que si le tratarais más como un hombre y menos como una vestia, podríais verle como un hombre? -Se paseó por la habitación con furia contenida, entonces se dio la vuelta para formular su desafío-. Ha sacrificado mucho por su gente. ¿Vas a venir conmigo a examinar sus heridas?

Sarina estudió la cara furiosa de Isabella durante un largo momento. Suspiró suavemente.

– No se alegrará de vernos -advirtió.

– Bueno, eso no es tan malo. Tendrá que vivir con ello.

– Y es completamente impropio que le visites en ropa de cama -señaló Sarina, pero condujo a Isabella fuera de la habitación llena de vapor hacia las amplias escaleras que conducían a los pisos superiores. Los hombros de Isabella estaban cuadrados mientras marchaba escaleras arriba, preparada para la guerra. Estaba enfadada con todos ellos. Y cerca de las lágrimas. Eso la hizo enfadar todavía más. Se había desmayado como una tonta. No le extrañaba que el don fuera realmente a enviarla lejor. Su padre había tenido razón sobre ella todo el tiempo. Nunca había dado la talla, nunca tuvo el coraje para ser vendida en matrimonio por el bien de los intereses Vernaducci. Quizá si cuando Don Rivello había hecho la primera oferta por ella, hubiera aceptado, su padre todavía seguiría vivo. Su hermano no habría estado prisionero ni sus tierras confiscadas. Había sido tan cobarde, no deseando ser tocada por un hombre codicioso y ávido con una enfermiza y lujuriosa sonrisa y ojos fríos y muertos.

Había tenido doce veranos cuando Don Rivellio había visitado su palazzo por primera vez, la mirada fija de él había seguido cada uno de sus movimientos. Se relamía los labios con frecuencia, y dos veces, bajo la mesa, le había visto frotarse obscenamente la entrepierna mientras le sonreía. La había enfermado con su buena apariencia fría y su malvada sonrisa. Después de su visita, dos de las doncellas habían sido encontradas sollozando… violadas, magulladas, maltratadas, y casi demasiado asustadas por sus pervertidas torturas para contar a su don lo que había acontecido. Ambas afirmaron que casi las había matado, extrangulándolas deliberadamente para silenciarlas. Las magulladoras alrededor de sus gargantas habían convencido a Isabella de que decían la verdad.

Un sollozo se le escapó, y se apretó un puño contra los labios para contenerlo. Sabía que vivía en un mundo donde una mujer era poco más que una forma de adquirir propiedades o herederos. Pero Lucca la había valorado, había conversado con ella como si fuera un hombre. Pacientemente le había enseñado a leer y escribir y hablar más de un idioma. Le había enseñado a montar a caballo, y, por encima de todo, a creer en su propia fuerza. ¿Qué pensaría Lucca de ella cuando le confesara que se había desmayado?

Y Don DeMarco. Estaba tan solo. Era tan maravilloso. Un hombre como ningún otro. Aun así le había fallado, como a Lucca y su padre. Nicolai la necesitaba desesperadamente, pero cuando más importaba, ella le había decepcionado, había tomado la salida del cobarde. Se había desmayado. Debería haber continuado llamándole, trayéndole de vuelta a ella. Había tenido la fuerza para contener al otro león, pero se había desmayado como una niña cuando el don la necesitaba.

– ¿Isabella? -La voz de Sarina estaba llena de compasión.

Isabella negó con la cabeza inflexiblemente.

– No. No quiero llorar, así que no seas agradable conmigo. Espero que Nicolai esté furioso, así podré enfadarme yo también.

Estaban al principio de las escaleras que conducían al ala privada del don. Sarina dudaba, mirando hacia arriba temerosamente, con la mano sobre la cabeza esculpida de un león.

– ¿Estás segura de que quieres hacer esto?

Isabella subió las escaleras rápidamente, pasó a los guardias del salón y desafiantemente llamó a la puerta.

Saltó cuando Nicolai abrió la puerta de un tirón. Había un gruñido en su cara, una máscara de cólera amenazante.

– ¡Te dije que no deseaba ser molestado por ninguna razón! -excupió antes de enfocar completamente a Isabella.

Sarina se santiguó y miró con empeño al suelo. Los guardias se giraron alejándose de la bestial visión.

Isabella miró directamente, beligerantemente, a los resplandecientes ojos de Nicolai.

– Scusi, Don DeMarco, pero debo insistir en que sus heridas sean tratadas apropiadamente. Gruña todo lo que quiera, eso no le hará bien. -alzó la barbilla desafiantemente hacia él.

Nicolai se tragó las furiosas y amargas palabras que fluían de su interior. Si hubiera sido cualquier tipo de hombre, habría tenido el valor de enviarla lejos. Se había jurado a sí mismo que sortearía a los leones que guardaban el valle, incluso si eso significaba destruirlos. Ahora, mirándola, sabía que no lo haría, no podría enviarla lejos.

Sin ella estaba perdido. Ella alejaba la cruda soledad de su existencia y la reemplazaba con calidez y risa, reemplazaba su pesadilla recurrente por ardientes y eróticos pensamientos y la promesa del cielo, un refugio en los placeres de su cuerpo. Su mente le intrigaba… le forma en que pensaba, lo franca que era, sin la más mínima coquetería sino directa y genuina en sus opiniones. Donde todo el mundo le tenía miedo y le obedecía, ella se le enfrentaba con humor y bravatas.

La necesitaba si iba a continuar con su propia existencia, si iba a continuar protegiendo y guiando a su gente. Querría llorar por ella. Por sí mismo. Había suplicado fuerzas para enviarla lejos, pero esta no estaba allí, y descubrió que odiaba qué y quién era.

Parecía hermosa en su desafío, pero bajo eso, veía su miedo al rechazo. Una súplica mezclada con la tormenta de su mirada. Una necesidad de ayudarle. Una necesidad de que él la quisiera. Algo duro y pétreo alrededor de su corazón se derritió. Extendió el brazo, allí mismo delante de Sarina, delante de los guardias, y cogió a Isabella por la nuca, transportándola al abrigo de su cuerpo. Tomó su boca, la besó dura y profundamente, con la intensidad de sus volcánicas emociones. Vertió sus sentimientos en el beso, fuego y hielo, amor y arrepentimiento, alegría y amargura. Todo lo que tenía para darle.

Isabella instantánemanete quedó suave y flexible contra él, aceptando completamente su salvaje naturaleza, devolviendo beso por beso, exigencia por exigencia. El fuego saltó entre ellos, instantáneao y ardiente, crujiendo en el aire y arqueándose de uno a otro, invisible pero ciertamente sentido por los observadores. Se abrazaron, dos almas que se ahogaban, perdidos uno en los brazos del otro, su propio santuario, su único refugio seguro.

Un guardia tosió delicadamente, y Sarina hizo un sonido en algún sitio entre el ultraje y la aprobación.

– Suficiente, joven signorina. Ya habrá bastante tiempo después de su boda. -El ama de llaves fijó su mirada en su don mientras estaba entre los brazos de Isabella. Aunque sonreía, hizo todo lo que pudo por fruncir el ceño a la pareja.

Lentamente, reluctantemente, Nicolai alzó la cabeza.

– Bien puedes entrar, ya que estás aquí -sonrió a Sarina por encima de la coronilla de Isabella-. Tiende un poco a meterse en problemas, ¿verdad?

– Yo la tenía encerrada a salvo -le reprendió Sarina.

Nicolai retrocedió para permitirlas entrar.

– Y ya sabemos que una vez la encerramos bajo llaves, ella permanece a salvo dentro siempre -lanzó a Isabella una sombra de su rompedora sonrisa juvenil, pero fue suficiente para ganarle una pequeña sonrisa en respuesta.

Pero Sarina se tomaba su roll como protectora de Isabella muy seriamente, y su diversión se desvaneció. Se ceño se profundizó, y cerró la puerta de la habitación de Nicolai, gritando hacia la expresión interesada del guardia.

– Habría estado perfectamente a salvo si alguien no se hubiera arrastrado al interior de su cámara y la hubiera llevado sin acompañante a la noche -dijo ella en reprimenda-. Deben casarse inmediatamente, antes de que los acontecimientos de esta noche salgan a la luz.

Nicolai asintió.

– Pediremos al sacerdote que lleve a cabo la ceremonia tan pronto como pueda arreglarse, también yo creo que es lo mejor.

– El mio fratello -le recordó Isabella-. Se molestará si no está presente para verme casar.

Sarina cloqueó desaprovadoramente.

– Tome la mano del don -indicó-. Debo ver sus heridas para saber como tratarlas.

– Tengo noticias de tu hermano -dijo Nicolai, sus dedos se apretaron alrededor de los de Isabella-. Envié a uno de mis pájaros a Don Rivello. El pájaro acaba de volver con un mensaje. El don ha entregado a tu hermano a mi cuidado. Está enfermo pero en camino. Soy responsable de su comportamiento futuro. -una sonrisa sombría tocó su boca, después decayó, como si la idea de que Don Rivellio le hiciera responsable de alto le hiciera rechinar los dientes y sacara a relucir su instinto depredador.

Hizo una mueca cuando Sarina puso una mezcla de hierbas en una de sus heridas más profundas. Isabella apretó sus dedos alrededor de los de él.

– Tu hermano entenderá que lo mejor es que nos casemos cuanto antes. Su viaje será lento, ya que su escolta debe viajar a una velocidad segura para él. -Nicolai se llevó la mano de ella al corazón y la presionó sobre su pecho.

– Una vez casados, Nicolai, no intentarás enviarme lejos, ¿verdad? -se atrevió a preguntar Isabella, con expresión ensombrecida.

Él se arriesgó al desagrado de Sarina abrazando a Isabella cerca de él. Sus labios le rozaron la oreja.

– Debería. Sabes que debería. Pero si tú estás dispuesta a arriesgar tu vida, yo lo estoy a arriesgar mi alma. -Eterna condenación sería lo que merecería si alguna vez se volvía contra ella.

Sarina fingió no notar que la pareja soltera se arrullaba mientras ella examinaba las laceraciones, extendiendo el bálsamo que había hecho de una mezcla de hierbas.

Mientras el ama de llaves trabajaba, Nicolai sujetaba a Isabella firmemente, descansando la cabeza sobre la de ella. Isabella podía sentir el corazón de él latiendo. Podía sentir cada sobresalto. Se sentía correcto estar entre sus brazos. Se sentía como si ese fuera su sitio. Cerró los ojos, cansada por sus aventuras y calentada por el calor del cuerpo de él.

Despertó sobresaltada cuando Sarina hizo un ruido cloqueante.

– Está hecho. Diga buenas noches, signorina. Se está cayendo dormida donde está.

El don dejó caer un beso en su pelo.

– Duerme bien, Isabella. Pronto arreglaremos todo a nuestra satisfacción. -Las puntas de sus dedos le rozaron la mejilla antes de dejar caer su mano y retroceder de vuelta a las sombras.

Sarina cogió el brazo de Isabella y la arrastró fuera de la habitación del don en el momento en que hubo completado su trabajo.

– Podría ser mejor que viera a Isabella solo en mi presencia -recomendó el ama de llaves a su amo con su voz más severa antes de cerrar firmemente la puerta.

Isabella reía mientras Sarina se apresuraba escaleras abajo y a través de los salones hacia su propio dormitorio. Debería haber estado aterrada ante la perspectiva de quedarse en el palazzo, pero se sentía casi mareada de alegría. Sarina le abrió la puerta y ondeó la mano hacia dentro.

– Vaya directa a la cama, señorita, y esta vez, ¡quédese ahí! Creo que se está empezando a aficionar a todas estas intrigas con el don.

– Grazie, Sarina, por ayudar a Nicolai -Isabella se inclinó fuera de la habitación para besar la mejilla del ama de llaves-. Eres una mujer asombrosa.

Sonriendo, Sarina sacudió la cabeza antes de girar la llave en la cerradura.

Isabella palmeó la puerta cuando oyó la llave girar. Nicolai no la había enviado fuera. Sarina no tenía ni idea de que podía entrar y salir a voluntad.

– ¿Dónde has estado? -exigió Francesca petulantemente. Rebotó sobre la cama, pateó su pie ociosamente, y manoseó la colcha con agitación nerviosa-. He esperado horas para hablar contigo.

Isabella dio vueltas alrededor.

– Tenía la esperanza de verte. ¡Finalmente sé donde está el pasadizo secreto!

Francesca sonrió hacia ella, una sonrisa rápida y misericordiosa que enfatizó la belleza de sus rasgos.

– ¿Has estado explorando? Dijeron que no lo harías, pero yo sabía que si. Me encanta tener razón.

– ¿Dónde están los interesante gemidos y traqueteos de cadenas esta noche? Todo está muy tranquilo sin ellos. Ni siquiera estoy segura de que alguien pueda irse a dormir sin su arrullo único.

Francesca rió alegremente.

– ¡Arrullo! Isabella, eso es maravilloso. Les encantará eso. ¡Un arrullo! -Batió palmas- ¿No te importan entonces? Pensaron que podrías estar enfadada con ellos. Les gusta charlar y gemir pero no si eso te molesta. Yo creo que les hace bien. Les da algo que hacer para divertirse y les hace sentir importantes.

– Bueno, entonces -Giró en círculos en medio de su dormitorio, extendiendo los brazos para abarcarlo todo-. Se parece a la música. No toda la noche, ya sabes, pero un ratito al menos. La gente… incluso los espíritus, supongo… necesitan algo para mantenerse ocupados. Soy tan feliz. ¡Francesca! ¿Recuerdas que te hablé del mio fratello, Luca? Está en camino hacia el palazzo. Está viajando ahora mismo. Te gustará mucho.

– ¿De veras? -Francesca levantó la mirada ansiosamente. -¿Es joven?

– Un poco mayor que yo, y muy guapo. Es maravilloso, Francesca -Isabella lanzó una sonrisa conspiradora-. Aún no está casado o comprometido.

– ¿Sabe bailar?

Isabella asintió.

– Sabe hacerlo todo. Y cuenta las historias más maravillosas.

– Podría gustarme, aunque la mayoría de los hombres me molestan. Creen que pueden decir a las mujeres qué hacer todo el tiempo.

Isabella rió mientras dejaba caer su bata sobre la silla.

– No digo que él no te diga lo que tienes que hacer. Ciertamente a mí me lo dice todo el tiempo. Pero es muy divertido. -Se deslizó dentro de la cama y tiró de las mantas hasta la barbilla, agradeciendo tenderse. Su cuerpo se relajó instantáneamente- Conocí a la mujer de Sergio Drannacia, Violante, hoy. Es interesante.

Francesca asintió sabiamente.

– Interesante es una forma de describirla. Le gusta ser una Drannacia, eso seguro. Cuando era niña, solía decir a su famiglia que se casaría con un Drannacia, y lo hizo. -Francesca lanzó una sonrisa maliciosa-. Le sedujo. Es más vieja que él.

– Parece como si fuera a ser agradable, si se le da la oportunidad. Refrenaré mi juicio por ahora. Creo que está más intimidada por el palazzo de lo que quiere admitir. Siento un poco de pena por ella. Teme que su marido no la mire con los ojos del amor.

– ¡Probablemente no lo hace! -resopló Francesca, dando su propia opinión- Siempre está dándole órdenes. quiere una casa más grande, reconstruir el palazzo Drannacia. Fastidia a Sergio para que pida permiso a Nicolai, y después se burla de él por necesitar permiso. -Imitó la estridente voz de Violante-. Que se haya llegado a esto, el nombre Drannacia es tan bueno como el DeMarco, comportarse de forma servil pidiendo su permiso para reconstruir lo que ya es tuyo -Lanzó su pelo alrededor, arreglándoselo continuamente-. Cree que es tan guapa, pero en realidad, si no tiene cuidado, terminará con arrugas por toda la cara de fruncir el ceño a todo el mundo.

– Debe ser difícil ser mayor que tu marido. Sergio Drannacia es guapo y encantador. Probablemente le preocupa que alguna mujer le atraiga y esté dispuesta a acostarse con él.

Francesca se retorció el pelo alrededor de un dedo pensativamente.

– No había pensado en eso. He visto a algunas de las mujeres flirteando con él -suspiró suavemente.- Eso sería dificil. Pero ella no es muy agradable, Isabella, así que es difícil sentir pena por ella. Ella no le quiere, ya sabes. Solo quería el título.

– ¿Cómo sabes que no le quiere? -preguntó Isabella, curiosa. Intentó sin éxito ahogar un bostezo.

– La oí. Le digo a su madre que tendría su propio palazzo, y no le importaba lo que tuviera que hacer para conseguirlo. Sedució a Sergio y después fingió temer estar embarazada. Por supuesto él hizo lo más honorable y se casó con ella, pero no hubo niño después, y no lo ha habido desde entonces. Creo que tiene miedo de que si su barriga crece, él no la desee.

– Si quería poder, ¿por qué no fue tras Nicolai? -Isabella no podía imaginarse mirando a otro hombre mientras Nicolai estuviera libre.

Francesca pareció sobresaltada.

– Todo el mundo tiene terror a Nicolai. Y Nicolai no es de los que se enamoran de una mujer porque le desnude los pechos. Ni permitiría que una mujer tratara a su gente injustamente o los recriminara por accidentes. No soportaría la vanidad de Violante. Mantiene a la costurera ocupada todo el tiempo, y nunca está satisfecha.

– Que triste. Creo que es posible que se haya enamorado de su marido -Isabella suspiró y se acurrucó bajo la colcha-. Hay una tristeza en sus ojos. Y desearía saber como ayudarla.

– Podría intentar sonreir de vez en cuando -señaló Francesca.-Eres demasiado amable, Isabella. Ella no está perdiendo el sueño por ti.

– También conocí a Theresa Bartolmei, y nuestro encuentro fue muy embarazoso. Su marido había intentado salvarme de la escoba caprichosa de Alberita, y me agarró por la muñeca, así que parecía como si me estuviera cogiendo de la mano -Isabella rió suavemente-. ¡Deberías haber visto sus caras, Francesca! ¿Conoces a Theresa?

– Desearía haber estado allí. Seguramente eso dio a Violante leña para sus chismes. Sin duda todavía está repitiendo la historia a Sergio.

– Él estaba allí. Y también Nicolai.

Francesca pareció sorprendida.

– ¿Nicolai? -respiró con respeto-. ¿Qué hizo él?

– Reir conmigo, por supuesto, solo que no delante de los otros. Sentí pena por Theresa, porque el incidente obviamente la sorprendió.

Francesca echó la cabeza hacia atrás.

– Siempre está llorando y llamando a su madre. Y no es muy buena con los sirvientes. Les molesta siempre que viene de visita. Y le aterra el don -Francesca dijo lo último con satisfacción.

– ¿Por qué iba a tener miedo de él?

La mirada de Francesca se apartó.

– Ya sabes. Una vez, cuando él mantenía su propia faz, ella quedó horrorizada por sus cicatrices. La oí decir a Rolando que la ponían enferma -puso los ojos en blanco-. Nicolai no debió malgastar energía permitiéndola verle.

– Ella no te gusta -Isabella tampoco se sentía muy dispuesta a que le gustara Theresa en ese momento.

Francesca se encogió de hombros.

– No está mal. Es terriblemente tímida y no muy divertida. No sé por qué Rolando la eligió. Una vez pasaron la noche aquí en el castello, y cuando empezaron los aullidos, chilló tan alto que incluso el don en su ala la oyó. Insistió en abandonar el palazzo, pero Rolando dijo que no y la hizo quedarse -Francesca rió.- ¿Por qué alguien tendría tanto miedo de un poco de ruido?

– Eso no es muy amable, Francesca -dijo Isabella gentilmente-. Tú estás acostumbrada al ruido, pero en realidad, la primera noche que pasé aquí, tuve miedo. Quizás comportarte como una amiga y ayudarla a superar sus miedos. Es joven y obviamente echa de menos a su famiglia. Deberíamos hacer lo que pudieramos por ayudarla a sentirse más cómoda.

– No es más joven que tú. ¿Qué crees que habría hecho si un león se hubiera arrastrado hacia ella de la forma en que lo hizo hacia ti cuando salvaste a Brigita y Dantel? Todo el mundo está hablando de tu coraje. Theresa se habría desmayado hasta morir. -Había una mofa en la voz de Francesca.

– ¿Qué habrías hecho tú? -preguntó Isabella tranquilamente. No podía admitir que ella se había desmayado cuando más la necesitaba Nicolai.

Francesca tuvo la decencia de parecer avergonzada.

– Me habría desmayado hasta morir también -admitió. Lanzó su sonrisa traviesa, asegurando que fuera instantáneamente perdonada -¿Por qué no te desmayaste tú?

– Sabía que Don DeMarco vendría. El león no quería matarnos, pero algo estaba mal. Algo… -Isabella se interrumpió, incapaz de poner en palabras exactamente lo que había sentido en el león.

Francesca tomó un profundo aliento mientras miraba alrededor ansiosamente.

– Es maldad -susurró, como si las paredes tuvieran oídos. La cabeza de Isabella se alzó, y miró a Francesca con sorpresa y alivio.

– ¿Tú lo sientes también? -instintivamente bajó su propia voz.

Francesca asintió.

– Los otros realmente no saben de ello, pero lo sienten a veces. Por eso te pusieron en esta habitación. Eso no puedo entrar aquí. Esta habitación está protegida. es muy peligroso, Isabella, y te odia. Quería decírtelo, pero no creí que me creyeras. Lo despertaste cuando entraste en el valle.

Un escalofrío bajó por la espina dorsal de Isabella. Había sentido la perturbación incluso en medio de su miedo al desconocido don y la salvaje tormenta. Francesca estaba diciendo la verdad.

– ¿Cómo está protegida esta habitación, Francesca? -Algo dentro de Isabella se quedó inmóvil. Estaba más asustada por la respuesta, temía saber ya la que sería.

– Esta ala es parte del palazzo original. Esta era la habitación de Sophia. ¿Ver las tallas? El don las hizo hacer para ella. Eso no puede entrar aquí. Esta habitación es el único lugar en el que estás realmente a salvo. Creo que la entidad tuvo algo que ver con tu accidente, cuando casi caes del balcón.

Isabella casi jadeó pero mantuvo la voz tranquila.

– ¿Cómo has oído eso? Creía que nadie lo sabía.

– Yo oigo cosas que los demás no. Si se susurra, yo lo sé. Creo que esta cosa ha arreglado más de un accidente para librarse de ti.

Bajo la colcha, Isabella se sintió a sí misma estremecer, su sangre de repente era como hielo.

– ¿Qué es?

Las lágrimas llenaron los luminosos ojos de Francesca.

– No lo sé, pero tú eres su enemiga. Por favor ten cuidado. No puedo soportar pensar en que te haga daño como hizo… -se interrumpió con un pequeño sollozo y saltó sobre sus pies, recorriendo media habitación hacia la entrada secreta, presionando una mano sobre su boca.

– ¡Francesca, no te vayas! No quería molestarte. Por favor, piccola, no estés triste. Piensa en la diversión que tendremos cuando Lucca venga a quedarse. Puedes ayudarme a alegrarle. Está muy enfermo y necesita absoluto descanso y entretenimiento.

Isabela echó hacia atrás la colcha, con intención de consolar a Francesca, pero la chica ya se había ido, tan rápido, tan silenciosamente, que Isabella ni siquiera la vio deslizarse a través de la pared. Isabella suspiró. El cuarto de Sophia. Por supuesto que su dormitorio tenía que ser el cuarto de Sophia. ¿qué podría ser más apropiado? ¿O más aterrador? ¿Qué decía la maldición? Esa historia se repetiría una y otra vez. El marido de Sophia había empezado amándola, pero al final le había fallado, y la había condenado a muerte. Nicoali creía eso, como DeMarco, él era parte de esa terrible maldición, que al final la destruiría.

¿Y Francesca? ¿Cómo sabía lo del accidente del que nadie había hablado? Ella tenía acceso a la habitación de Isabella.

Y había sido una voz femenina la que la atrayera a la escalera de servicio. Seguramente Francesca no era una enemiga. Isabella cerró los ojos. No quería pensar así, no quería sospechar de Francesca.

Isabella finalmente se durmió, pero soñó con lobos y enormes leones. Con cadenas arrastrándose y el aullido de fantasmas. Canturreando. Palabras en un lenguaje que no entendía. Soñó con Nicolai besándola, abrazándola, sus rasgos feroces suavizados por el amor. Fue tan vívido que le saboreó, olió su salvaje fragancia. Él se apartó bruscamente, sus ojos dorados como llamas rojas. Vestía una expresión demoníaca mientras la sacaba a la fuerza a un campo. La ató a una larga estaca y encendió un fuego mientras figuras sombrías danzaban en círculo alrededor de ella. Los lobos miraban ávidamente y los leones rugían aprovadoramente. Oyó el cacareo de una risa estridente, mujeres bailando alegramente con un fluir de faldas mientras ella suplicaba piedad. Francesca estaba allí, sonriendo serenamente, bailando alrededor con los brazos alzados como si tuviera un compañero. Entonces el fuego se apagó, e Isabella estaba arrodillada con la cabeza gacha, agradeciendo estar viva. Una sombra cayó sobre ella. El Capitán Bartolmei le sonreía mientras Theresa y Violante cantaban suavemente y Francesca batía palmas con deleite. Todavía sonriendo, el capitán alzó su espada y la balanceó hacia su cuello. Isabella gritó de terror, el sonido la sacó de su pesadilla. Una mano capturó sus brazos que se agitaban violentamente.

– Shh, piccola, nada va a hacerte daño. Fue solo un mal sueño -la voz era cálida y consoladora.

No estaba sola en la cama. Podía sentir un cuerpo cálido entrelazado alrededor del de ella. Solo la gruesa colcha los separaba. El fuego había muerto hacía mucho, y ni siquiera un ascua quedaba entre las cenizas, aunque no importaba nada en absoluto. Nicolai DeMarco. Reconocería su fragancia, la sensación de él, en cualquier parte, sin importar lo oscura que fuera la noche. Su voz era inconfundible, bajo, una aleación de amenaza y calor.

Giró la cabeza lentamente, cautelosamente. La cabeza de Nicolai estaba cerca de la de ella. Luchó por poner sus latidos bajo control.

– ¿Qué está haciendo aquí, Signor DeMarco? -sonó sin aliento, incluso a sus propios oídos.

– Me gusta verte dormir -replicó él suavemente, sin arrepentimiento. Sus manos le enmarcaron la cara allí entre las sombras- Vengo a tu habitación cada noche y solo me siento y te observo dormir tan pacíficamente. Me encanta observar la forma en que duermes. Nunca habías tenido un mal sueño hasta esta noche -sonaba arrepentido-. Yo hice esto, Isabella, y lo siento, nunca debería haberte expuesto a semejante peligro.

– Sueño con frecuencia -cerró los ojos de nuevo, extrañamente segura ahora que sabía que él estaba a su lado. Inhaló profundamente, arrastrando la salvaje y masculina fragancia de él profundamente a sus pulmones. La pesadilla la había sacudido, pero la noche era el mundo de Nicolai, y sabía que él podría protegerla como ningún otro. Él podía temer que le haría daño, pero Isabella se sentía segura en sus brazos.

– ¿No temes que Sarina pueda venir y encontrarte aquí? -Había una nota burlona en su voz.

Acercó la cabeza para presionar sus labios contra las sienes de ella. Su aliento fue cálido contra el oído.

– Tengo toda intención de tratarte honorablemente, por dificil que eso pruebe ser -había una burla de sí mismo en tu tono tierno. Envolvió un brazo a su alrededor- Vuelve a dormir. Me hace feliz verte tan en paz.

– ¿Por qué no estás durmiendo tú? -Su voz era adormilada.

El cuerpo de él se endureció, haciendo urgentes demandas, cuando todo lo que había venido a buscar era satisfacción.

– Yo no duermo de noche -dijo suavemente, sus dedos en enredaron en el pelo de ella. Cerró los ojos contra el recuerdo de sus propias pesadillas, fluyendo inesperadamente, como si su corazón necesitara contarle cada terror de su niñez- Nunca.

Como si pudiera leer su pensamiento, ella encajó su cuerpo más cerca del de él, protectoramente. Su mano salió furtivamente de debajo de la colcha para acunarle la mejilla, su palma cálida contra las cicatrices de su niñez.

– Puedes dormir aquí, Nicolai. Yo velaré por ti -las palabras fueron tan bajas que él apenas pudo captarlas.

Sus entrañas se derritieron. Habían pasado años desde que alguien había pensado siquiera en protegerle o preocuparse por él o consolarle. Ella le estaba poniendo del revés sin proponérselo. Enterró la cara en su pelo, cerró los ojos, y respiró en él. Ella había dicho que él era el aliento de su cuerpo, la alegría y calidez de su corazón. Bueno, ella era el aire que respiraba en sus pulmones. Era su alma.

Don Nicolai DeMarco cerró sus brazos posesivamente alrededor de ella y cerró los ojos, yendo a la deriva mientras escuchaba su suave respiración. Allí en la oscuridad, entre los brazos de una mujer dormida, encontró paz.