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Isabella se sintió fuera de lugar cuando Sarina anunció que Violante había llegado y estaba esperando por ella en la biblioteca. Había pasado la mañana, como era usual, intentando familiarizarse con el palazzo. Parecía una enorme tarea, más habitaciones a la vuelta de cada esquina, algunas que no habían sido utilizadas en años, y una abundacia de esculturas y obras de arte, tesoros ante los que solo podía jadear con respeto. Don DeMarco era rico más allá de su imaginación. Sabía que si Don Rivellio tenía algún indicio del valor de las tierras y la propiedad, lucharía por encontrar una forma de poner sus ávidas manos en ella. No pudo evitar pensar en el despreciable hombre que había condenado a muerte a su hermano. Sabía que siempre sería un enemigo mortal, que implacablemente buscaría la muerte de su hermano. Lucca tendría que pasar el resto de su vida mirando sobre el hombro, preguntándose cuando enviaría Rivello a un asesino. Principalmente temía que los hombres que viajaban con su hermano tuvieran instrucciones de matarle en el momento en que estuviera en tierra DeMarco, quizás con una hierba venenosa.
Isabella había esperado que Francesca la visitara, pero había esperado en vano, finalmente cayó dormida. Había despertado varias veces, creyendo que Nicolai había entrado en la habitación, pero si había estado allí, solo la había observado entre las sombras.
– Si no está de humor para visitas -dijo Sarina gentilmente,con compasión en los ojos- la despediré.
Isabella sacudió la cabeza apresuradamente.
– No, una visita es justo lo que necesito para animarme. Envió palabra antes de que me escoltaría a través de la ciudad y, si teníamos tiempo, de una de las muchas villaggi. Creo que el aire fresco me vendrá bien. Ha dejado de nevar, y el sol ha salido. Será maravilloso estar al aire libre.
Violante se puso en pie y habló mientras Isabella entraba en la habitación.
– Hace un día maravilloso día. Espero no haberte hecho esperar. Sergio necesitaba su almuerzo, y prefiero llevárselo yo misma – Se ruborizó un poco y se ahuecó el pelo, como si debiera estar desarreglado por algún reciente retozón.
– En absoluto, Violante -dijo Isabella-. Aprecio que quieras ocuparte de tu marido. Es un hombre muy agradable, y tiene suerte de tener una esposa tan atenta -parpadeó para contener las lágrimas que parecieron alzarse inesperadamente saliendo de ninguna parte. ¿Por qué no había acudido a ella Nicolai en la noche? Estaba muy necesitada de que la tranquilizara.
– Pareces triste, Isabella -Violante posó una mano enguantada en el brazo de Isabella-. Sé que no somos amigas aún, pero puedes hablar conmigo de lo que te preocupa.
Isabella forzó una sonrisa.
– Grazie. Puedo necesitar una amiga, Violante -Pasó un dedo a lo largo de una lisa y pulida mesa-. Es el mio fratello, Lucca. Está viajando hacia aquí, y creo que llegará pronto, pero parece estar mucho más enfermo de lo que yo creía. No puedo acudir a él, y ni siquiera tengo forma de enviarle una misiva -El pesar la arañaba, la soledad, y era aguda y profunda. Isabella se giró alejándose de la otra mujer para mirar sin ver hacia una pintura en la pared.
– ¿Sabes leer? -La voz de Violante sostenía respeto, admiración, incluso envidia-. ¿Puedes escribir? La mia madre creía que una mujer no tenía necesidad de semejantes cosas -suspiró- Sergio lee con frecuencia, y algunas veces me lee en voz alta, pero una vez, cuando estaba muy molesto conmigo, dijo que desearía que pudiera leer y así nuestros hijos aprenderían -Su expresión reflejaba una profunda pena-. Hasta ahora, he sido una gran desilución. Ningún bambini, y no puedo leer -Se obligó a reir, pero no con humor.
– Tendrás un bambino, Violante -dijo Isabella en un esfuerzo por consolar a la mujer- ¿Has hablado con la sanadora? Sé que nuestra sanadora ofrecía mucho consejo a las mujeres en la villagio cuando deseaban tener un bambino.
– Grazie, Isabella. Espero que tengas razón. Pero me temo que soy demasiado vieja -Apartó la cabeza, pero no antes de que Isabella viera lágrimas brillando en sus ojos.
– ¡Violante! -Isabella estaba sorprendida-. No eres tan vieja. No puedes tener más de un par de años que yo. Ciertamente no eres demasiado vieja para tener un bambino. Habla con tu sanadora, y si eso no ayuda, enviaré palabra a mi sanadora para ver si ella tiene algún consejo.
– ¿Harías eso por mí? -la voz de Violante tembló.
– Bien, por supuesto. Me gustaría que fueramos amigas y esperaba que nuestros bambini jugaran juntos. Vemos, te mostraré lo fácil que es hacer marcas en la página. Escribiré tu nombre para ti -Isabella abrió el gran escritorio y buscó hasta encontrar la pequeña caja que contenía tinta y una pluma.
Violante se acercó a ella, e Isabella cuidadosamente hizo marcas arremolinantes a lo largo del pergamino.
Violante inhaló agudamente.
– ¿Esa soy yo? ¿Ese es mi nombre?
Isabella asintió.
– ¿No parece hermoso? Recuerdo la primera vez que Lucca me mostró mi nombre-. Escribió su propio nombre al final del pergamino con soltura. Lo estudió por un momento con ojo crítico.
– ¿Qué dirías en una carta a tu hermano si estuvieras escribiendo para él? -preguntó Violante, curiosa-. ¿Cómo lo escribirías?
Isabella alisó el pergamino con la punta de un dedo.
– Escribiría su nombre aquí, justo bajo donde está el tuyo -Así lo hizo y añadió un par de líneas de ejemplo- Esto dice que le hecho de menos y deseo que se apresure y se una a mí. En realidad no soy del todo buena con las cartas. No practico lo suficiente. ¿Ves donde algunas líneas vacilan? -sopló la tinta húmeda para secarla, complacida de haber encontrado una forma de empezar una amistad con la esposa de Sergio Drannacia.
– Parecen muchas marcas para esas palabras -observó Violante.
Isabella tragó con fuerza.
– Añadí que le amaba… estúpido, cuando él nunca lo verá.
– Dijiste que tu hermano estaba siendo retenido en las mazmorras de Don Rivellio -recordó Violante- Me alegro de que esté libre. A Theresa le disgusta intensamente. El don tiene reputación de ser difícil.
– Una palabra agradable para describirle, Signora Drannacia -dijo Isabella secamente-. ¿Cómo es que la Signora Bartolmei tiene tratos con Don Rivellio? -Isabella sentía curiosidad, a pesar de que le disgustaba chismorrear.
– Debes llamarme Violante -imploró la mujer mayor-. Theresa, por supuesto, es prima de Don DeMarco. Se crió en una granja, en alguna parte cerca del palazzo, pero es una aristocratica-. Había un dejo de envidia, de frustración, en el tono de Violante-. Se casó con Rolando Bartolmei, quien, como Sergio, también lleva un gran nombre. Naturalmente, ella y su parentela son invitados a todas las celebraciones en las otras fincas.
Isabella se sentó a la mesa y estudió la cara de Violante. La mezcla de celos y alivio que vio allí fue casi humorística. Pero la expresión de Violante era seria.
– Theresa y Rolando llevaron a Chanise, su hermana menor, con ellos a un festival. Don Rivellio estaba allí. Prestó particular atención a Chanise, aunque ella solo tenía once veranos.
El corazón de Isabella saltó. Muy deliberadamente colocó las manos en el regazo para evitar que traicionaran su agitación. Un miedo infantil crecía en su estómago y se extendía rápidamente.
– Theresa dijo que el don había sido galante y encantador. Estaban todos impresionados con sus atenciones. Chanise parecía muy enamorada de él. Pero ella desapareció. Estaban frenéticos y la buscaron por todas partes, pero en vano -Violante suspiró-. Chanise era una niña hermosa, muy querida. Yo solía desear tener una pequeña bambina, justo como ella.
Isabella se frotó las súbitamente palpitantes sienes.
– ¿La encontraron alguna vez?
Violante asintió.
– Después de mucho tiempo, Don Rivellio envió palabra de que Chanise se había ocultado entre su equipaje e insistía en quedarse con él. Ella tenía un bambino pero estaba muy enferma. Hay una enfermedad que ataca a la gente de este valle si se alejan demasiado tiempo. Si no volvemos nos desmejoramos y morimos. Theresa y Rolando la trajeron a casa. No hablaba. A nadie en absoluto -Violante suspiró suavemente-. Voy a verla con frecuencia, pero no me habla. Mira fijamente al suelo. Tiene cicatrices en las muñecas y tobillos. Theresa me dijo que tiene marcas de latigazos en la espalda. Al bambino es al único al que responde. Creo que se quitaría su propia vida si no le tuviera a él. Rolando y Theresa odian a Don Rivellio, y no puedo culparlos.
– ¿Sabe esto Don DeMarco? -Por supuesto que lo sabía. Él sabía todo lo que pasaba dentro y fuera de su valle. Isabella no podía imaginar a Nicolai permitiendo semejante atrocidad sin castigo. No creía ni por un momento que la niña hubiera elegido ir con Rivellio.
– Él hizo los preparativos para el pasaje seguro de Chanise y negoció su liberación con Rivellio cuando el don fingió ser reluctante a dejarla marchar a ella y al bambino. Afirmó que no estaba seguro, pero que el bambino podía ser suyo -Violante soltó un resoplido poco elegante- Si Chanise estuvo alguna vez con otro hombre, fue porque él se la entregó. Don DeMarco pagó una gran suma para traerla de vuelta… al menos ese fue el rumor. Theresa no habla de ello en absoluto. Yo creo que se siente culpable por ceder a las súplicas de su hermana para asistir a la celebración.
Violante sacudió la cabeza.
– En verdad, nadie podía resistirse a Chanise. Era como la luz del sol balilando sobre el agua. Theresa ya nunca habla de ello, pero la tristeza y culpa estará siempre con ella, y se merece algo mejor.
– Tú también lo lamentas -observó Isabella-. Debes tener una relación muy estrecha con Theresa y su famiglia.
– Ya basta de hablar de tristezas. He venido a alegrarte -Violante se puso de pie resueltamente y miró alrededor buscando sus guantes- En realidad deberíamos irnos si voy a mostrarte los alrededores. La oscuridad cae rápidamente aquí en las montañas.
Isabella se puso en pie también, colocándose los guantes distraídamente. Junto con la historia de la corrupción y depravación de Don Rivellio había llegado esa sensación de maldad. Se arrastró dentro de la habitación, oscura y maligna, como si el mismo nombre de Rivellio convocara lo que ya estaba retorcido. Isabella se estremeció y miró a su alrededor, deseando estar fuera a cielo abierto donde pudiera ver a cualquier enemigo que se aproximara. A veces, había descubierto, se sentía rodeada de enemigos.
Violante se estremeció visiblemente también, afectada por el mismo nombre de Rivellio. En su apresurada salida de la habitación, se movió demasiado rápidamente y golpeó un macizo tomo al borde de un estante. Este golpeó el suelo con un ruido sordo. Violante se puso roja y dio un chillido avergonzado.
– A mí me ha pasado más de una vez. -dijo Isabella apresuradamente, sabiendo lo abochornada que Violante se sentía con el más ligero error social. Se detuvo para recuperar el gran libro. Era más pesado de lo que había anticipado, y se le escurrió de entre los dedos para aterrizar con un segundo golpe. Se rió suavemente, deseando disipar la tensión en la habitación, pero esta se retorcía en su estómago persistentemente.
Estuvo más que feliz de seguir a Violante fuera del palazzo al aire freco y críspado. Isabella inhaló profundamente. El viento se apresuraba a través de los árboles, y las hojas brillaban de un hermoso plata. Las ramas se balanceaban gentilmente. El mundo parecía un lugar deslumbrante de plata y blanco. Siguieron el camino bien gastado que conducía desde el gran castello, un fortín casi imnesprugnable, pasando las murallas exteriores hasta la ciudad de casas y tiendas. El mercado parecía familiar… los olores y vistas, los puestos, los estrechos escalones y pequeños patios donde la gente se reunía para charlar e intercambiar artículos de interés. Filas de edificios se extendían en todas direcciones, creando una comunidad muy unida de personas que vivían y trabajaban dentro o cerca del castello.
Isabella observó tristemente a algunos niños jugando, tirándose nieve los unos a los otros. Ella nunca había hecho tal cosa, y parecía muy divertido. Se quedó en pie un momento observando.
– Donde yo crecí, no teníamos nieve. ¿Tú jugaste así, Violante, cuando eras niña?
– Algunas veces. En su mayor parte la mia madre se negaba a permitirme salir con los demás. Para ella era importante elegir a mis amigos. -Ella también estaba observando a los niños, con una mirada de anhelo en la cara.
Isabella miró alrededor cuidadosamente para asegurarse de que ningún adulto estuviera cerca. Entonces se detuvo y recogió algo de los helados cristales en la mano, dando forma y amanasándolos como había visto hacer a los niños.
Violante retrocedió alejándose de Isabella, sacudiendo la cabeza en advertencia.
– ¡No te atrevas! Dificilmente somos pequeños rufianes para jugar con semejantes cosas.
– ¿Por qué van a quedarse ellos con toda la diversión? -preguntó Isabella con una sonrisa malvada.
Una bola de nieve aterrizó en la nuca de Isabella, salpicándo hacia abajo la espalda de su vestido. Ella se inmovilizó, se dió la vuelta, esperando confrontar a los niños. Theresa, a unos pocos pasos de ella, estaba recogiendo más nieve rápidamente, riendo mientras lo hacía. Parecía estar bastante familiarizada con el juego, amasando los helados cristales con movimientos veloces y eficientes.
Isabella lanzó apresuradamente su bola de nieve a Theresa, riendo con tanta fuerza que casi resbaló y cayó. Theresa justo estaba enderezándose, y la bola de nieve la golpeó en el hombro, el hielo se pegó a su manga. Arrojó su esfera compacta de vuelta hacia Isabella, que saltó a un lado, agachándose mientras lo hacía, ya recogiendo más nieve.
Violante gritó cuando la nieve le golpeó el hombro y el cuello. Se tambaleó hacia atrás y cayó, aterrizando sobre los copos húmedos.
– ¡Ooh! -balbuceó por un momento, como si no pudiera decidir si reir, enfadarse, o llorar.
Theresa e Isabella estaban en medio de una guerra total, arrojando bolas de nieve de acá para allá rápida y furiosamente. Violante formó decididamente varias esferas y las tiró con inesperada puntería a las otras dos mujeres.
Ambas intentaron vengarse, sus manos enguandadas cogieron puñados de nieve y los arrojaron de vuelta a Violante, sus risas despreocupadas sin inhibición fueron llevadas por el viento.
– ¿Qué está pasando aquí, señoras? -La voz era baja, divertida. Masculina.
– ¡Theresa! -El nombre fue siseado con una voz atónita y avergonzada, tensa por la desaprovación y la reprimenda.
– ¿Violante? -La tercera voz estaba más sorprendida que embarazada.
Las tres mujeres cesaron instantáneamente, girando las caras hacia los oradores. Las risas de Violante y Theresa murieron, reemplazadas por el horror y la vergüenza. La mirada de Isabella danzó con algarabía y un dejo de malicia mientras mirada al don.
Sergio Drannacia y Rolando Bartolmei miraban pasmados a sus esposas en una especie de atónito silencio.
Nicolai habló primero.
– ¿Señoras? -Hizo una baja reverencia, pero no pudo eliminar el rastro de diversión en su voz.
– Una batalla, signore -respondió Isabella, amasando deliberadamente la nieve entre sus manos apretadas-. Me temo que usted y sus capitanes han sido desafortunados al meterse en medio de ella. – Sin dudar tiró su misil directamente hacia Don DeMarco- Puede conseguir ser golpeado en medio de tanta acción.
Nicolai rechazó el proyectil en medio del aire, evitando que este le golpeara la cabeza. Ignorando a su sorprendidos compañeros, se inclinó para recoger puñados de nieve.
– Acaba de cometer un error, signorina. Nadie es mejor que yo en este tipo de guerra -declaró él.
Isabella tomó la mano de Violante y comenzó a retroceder, riendo. Violante intentó coger a Theresa, que permanecía rígidamente mirando hacia el suelo.
– Con su permiso disiento, Don DeMarco -dijo Sergio, buscando algo de nieve-. Creo que yo solía ser el campeón. -Disparó dos bolas de nieve hacia Nicolai, ambas golpearon su objetivo, después lanzó juguetonamente y en trayectoria elevada un tercer proyectil hacia su esposa.
Violante alzó sus faldas y corrió, pero lps cristales de hielo le golpearon el hombro antes de que pudiera moverse. Sin dudar recogió puñados de copos y los tiró a su marido, corriendo hacia atrás mientras lo hacía.
Isabella golpeó a Rolando directamente en medio de la frente y se dobló de risa ante su expresión. Nicolai tomó ventaja de su algarabía, apedreándola con nieve hasta que estuvo casi cubierta de copos blancos.
Rolando empezó a reir, dejando de repente de dar forma a la nieve hasta convertirla en armas de su propia creación. Tiró dos a Isabella, que estaba riendo tan fuerte que no pudo vengarse.
– ¡Theresa! ¡Ayuda! -suplicó Isabella cuando Nicolai se lanzó hacia ella. Violante tenía claramente las manos demasiado llenas parando a su marido.
Las súplicas de Isabella excitaron a Theresa a la acción, y probó ser la mejor de las mujeres en la batalla, precisa y veloz. Isabella adoró el sonido de la risa de Nicolai. Más que nada, adoró que los otros le vieran como ella lo hacía. Parecía joven y despreocupado, en la batalla rápida y acalorada, sus preocupaciones dejadas a un lado por el juego infantil. Adoró la sensación de los brazos de él alrededor de su cintura mientras se lanzaba sobre ella, tirándolos a ambos a la nieve. Sentir el roce de sus labios en su pelo mientras le besaba la sien antes de lanzar una andanada de bolas de nieve hacia Sergio y Rolando.
Todo acabó demasiado pronto, los hombres ayudaban a las mujeres a salir de la nieve y se limpiaban sus ropas. Los niños se habían apiñado alrededor para animarlos, la mayor parte de ellos mirando con temor reverencial a Don DeMarco, sorprendidos y felices de verle fuera y de cerca.
Nicolai cepilló la nieve del pelo y los hombros de Isabella, su mano demorándose contra su nuca. Ella parecía feliz, sus ojos centelleaban de alegría. Todo en él se derritió como hacía siempre cuando ella estaba cerca. Isabella. Su mundo.
– ¿Adónde ibas, Isabella? -preguntó, su mirada examinaba a la multitud intranquilamente como si algo o alguien pudiera hacerla daño-. No estaba informado de que estuvieras fuera.
– Qué atroz -Ella se enderezó y le cepilló la nieve del pelo salvaje con los dedos enguantados-. Realmente debes hablar con esos espías tuyos. No están haciendo su trabajo -Su vestido estaba húmedo, y estaba empezando a temblar a pesar de su cálida capa.
Él le cogió la barbilla firmemente y la obligó a encontrar su mirada.
– Necesitas calentarte. Vuelve al palazzo -ordenó él.
– Tienes unos ojos increíblemente hermosos -Le lanzó una sonrisa- Muy inusual -Adoraba el color, dorado con iris casi traslúcidos, adoraba sus largas y casi femeninas pestañas.
– Decías la verdad cuando dijiste que no entendías lo que significaba la palabra obediencia. No obedeces ni siquiera los dictados de tu don. -Se inclinó acercándose, de forma que sus labios estuvieran contra el oído de ella, haciendo que su cuerpo se rozara contra el de ella, enviando pequeños látigos de relámpago danzando a través de su riego sanguíneo-. No creas que vas a distraerme con tus palabras bonitas.
– Nunca, signore. Nunca consideré semejante cosa -Su boca se curvó en una sonrisa tentadora-. Creo que tus hombres tienen mucho que hacer, así que, por supuesto, les excusaremos para que atiendan obligaciones más serias.
Nicolai no pudo resistir la tentación de sus labios sonrientes. Simplemente inclinó la cabeza y tomó su boca. Justo así creó magia, abanicando un fuego de las ascuas que ardían a fuego lento, haciendo que corrieran llamas a través de su sangre y que su cuerpo latiera y pulsara en reacción.
La enegía crujía alrededor de ellos, y el mismo aire pareció vivo. Él alzó la cabeza lentamente, con pesar, sin recordar a los niños que reían y a los cuatro adultos que le miraban atónitos. Sus manos le enmarcaron la cara, y le besó la punta de la nariz.
– Anochece rápidamente en las montañas. Vuelve a casa pronto.
Un poco aturdida, Isabella asintió, tocándose la boca, donde todavía podía sentirle, todavía le saboreaba.
Nicolai batió palmas, y los niños se dispersaron alarmados mientras él ondeaba la mano. Sergio y Rolando le siguieron cuando se alejó a zancadas de la ciudad y hacia el denso bosque. Isabella se quedó de pie mirando fijamente a los tres hombres.
Violante y Theresa le sonreían. El cuerpo de Isabella estaba dolorido de deseo, con un hambre que rápidamente se le estaba haciendo familiar. Finalmente parpadeó hacia las dos mujeres, como si estuviera sorprendida de verlas allí de pie.
– ¿Qué? -preguntó. Pero sabía qué. Nicolai había sacudido el mundo para ella, lo había quemado, y nunca se sentiría igual, nunca volvería a ser igual.
– ¿Cómo es que pude verle? -preguntó Theresa, con sorpresa en su voz.
Isabella se presionó una mano sobre el estómago.
– Es un hombre, Theresa. ¿Por qué no ibas a verle? -Se sentía extraña, temblorosa. La sensación se arrastró hasta ella, y tembló, cerrándose la capa alrededor-. Deberías verle siempre como un hombre.
– No pretendía ofenderte -dijo Theresa velozmente-. Estaba asombrada, eso es todo. Él raramente hace apariciones.
– Espero cambiar eso -respondió Isabella con una pequeña sonrisa, intentando recapturar la camaradería de su juego. Sabía que había mordido hacia Theresa, sabía que la gente de la finca raramente miraba a Nicolai, temiendo poder ver la ilusión del león. Isabella no pretendía morder, pero se sentía perturbada. La molestaba que nadie pareciera considerar la soledad de la existencia de Nicolai, y el que la forma en que todos le trataba podía contribuir a la propia ilusión.
– El juego fue divertido -dijo Violante- pero frío. -Se frotó las manos arriba y abajo por los brazos para calentarse-. No podía creerlo cuando Sergio comenzó a tirarnos nieve -Intentó ahuecarse el pelo para volverlo a su lugar, consciente de su desarreglada apariencia-. Supongo que no me veo muy guapa toda desarreglada. -Su mirada se movió sobre Isabella y Theresa críticamente, envidiosamente, la risa desapareciendo de sus ojos. -Theresa, tu pelo ha caído sobre un lado, y tu cara está roja. Supongo que es imposible para nosotras vernos tan bien como Isabella.
– Pero si estoy hecha un desastre -dijo Isabella, estudiando su capa y su vestido húmedo. Su estómago estaba hecho un nudo, y apretó los dientes.
– He notado que Rolando disfruaba del juego mientras estaba jugando contigo, Isabella -cantureó Violante-. Si no le hubieras tirado nieve, podría haber dado a la pobre Theresa otra de sus lecciones sobre como comportarse.
– Bueno, no hay duda de que Theresa fue la mejor en nuestra pequeña guerra -Isabella sonrió resueltamente hacia ella-. Golpeabas tu objetivo cada vez.
– Tengo dos hermanos menores -admitió Theresa-. Tengo mucha práctica. Debo irme. Estaba visitando a una amiga pero debo regresar-. Alzó una mano y se puso en camino, siguiendo la senda que conducía a las filas de edificios.
Isabella la observó hasta que estuvo fuera de la vista.
– No sabía que tuviera dos hermanos. No los había mencionado antes.
– Están bajo las órdenes de Rolando -dijo Violante-. Theresa tiene suerte de que su familia esté tan cerna. Yo habría pensado que criarse en una granja evitaría que uno fuera capaz de encajar en la corte, pero su famiglia lo hacia fácilmente.
La voz de Violante era tan triste, que Isabella le enredó un brazo alrededor de la cintura y la abrazó amablemente mientras empezaban a caminar.
– No creo que ninguna de nosotras tengo tu gracia y presencia, Violante, yo crecí dirigiendo el palazzo de la mia famiglia, y aún así no puedo arreglármelas para parecer tan confiada y elegante como tú. Yo siempre estoy diciendo y haciendo lo equivocado.
Violante bajó la mirada a sus guantes húmedos.
– Vi la forma en que Don DeMarco te abrazaba y besaba. Vi el amor en su cara. Tú tienes algo que yo nunca tendré.
Isabella dejó de caminar para enfrentar a la otra mujer.
– He visto a tu marido cuando te mira -dijo suavemente-. No tienes ninguna razón para temer que él se ocupe de ninguna otra mujer aparte de ti.
Violante se presionó una mano temblorosa sobre los labios, parpadeando rápidamente para evitar que las lágrimas se rebalsaran.
– Grazie, Isabella. Eres una auténtica amiga por decir tal cosa.
– Solo digo lo que veo.
– Solo quiero que estés preparada, Isabella. Nicolai es un hombre poderoso, un hombre al que otras mujeres desearán. Una vez le vean, le mirarán con ojos lujuriosos y voracez. Serás incapaz de saber qué mujer es amiga o enemiga. Un hombre puede ser débil cuando las féminas se tirán ante él.
– ¿Es eso lo que te ocurre a ti? -Isabella no podía reconciliar al hombre que había jugado con tanta alegría en la nieve con un hombre capaz de traicionar a su mujer.
Violante se encogió de hombros.
– Veo la forma en que cualquier mujer flirtea con él. Y me creen vieja y árida.
– Importa poco lo que crean otras mujeres -dijo Isabella suavemente- solo lo que crea tu marido. Y él te vé con los ojos del amor. Debes saber que eres hermosa. -Isabella sintió que Violante estaba empezando a sentirse incómoda con las confidencias privadas, así que buscó una distracción- ¡Oh, mira! el mercado.
Agradecidamente Violante volvió su atención a las mercancías. Se apresuraron a lo largo de filas de puestos, exclamando por los diversos tesoros que encontraron.
Isabella encontró a la gente de la finca agradable e informativa. Se hacinaron a su alrededor ansiosamente, deseando conocerla. Violante se quedó cerca, agradable y amistosamente pero asegurándose de que Isabella tenía espacio para moverse a través de los muchos puestos y casetas. Violante se distrajo cuando divisó una caja tallada del tamaño perfecto para las baratijas que había adquirido, pero cuando extendió el brazo hacia ella, otra mujer la alzó para inspeccionarla.
Isabella sacudió la cabeza cuando estalló una discusión entre las dos mujeres. Sabía que la otra mujer no conseguiría la caja tallada si Violante la deseaba. Violante podía ser tenaz. Un revoloteo de color captó la atención de Isabella cuando una mujer con una melena de flotante pelo negro desapareció tras la esquina de un edificio. Se movía como Francesca y era de su peso y constitución. Pocas mujeres llevaban el pelo suelto. El color de su vestido era inusual, también… una explosión de azul real que ella había visto antes. Ciertamente era Francesca, Isabella se apresuró a bajar la manzana y giró hacia un estrecho pasillo. No había nadie a la vista. Aligeró sus pasos, mirando con atención en varios caminos laterales que conducían a pequeños patios y también a redes de otros pasillos que se adentraban en la ciudad. Después de varios minutos de búsqueda, Isabella suspiró y se dio la vuelta hacia el mercado. Nadie se las arreglaba para desaparecer tan rápidamente como Francesca.
Una larga fila de grandes edificios captó su atención. Eran hermosos y tallados con los inevitables leones. Caminó lentamente hacia ellos, estudiando las diversas representaciones de la enorme bestia. Isabella los encontraba fascinante. Algo en sus ojos, no importaba como estuvieran bosquejados, atraía su atención. Los ojos parecían vivos, como si estuvieran observándola desde todas direcciones. Se giró primero en una dirección y después a otra, pero siempre los ojos observaban.
Aunque los edificios bloqueaban el viento, ella tembló, colocándose mejor la capa. Se estaba haciendo tarde, y se encontraba inexplicablemente cansada. Las sombras se estaban alargando, y la multitud de escalones y sendas se hizo más gris. Se hizo consciente del silencio, y un escalofrío bajó por su espina dorsal. Isabella giró la cabeza en dirección al mercado. Se deslizó sobre un trozo de hielo y cayó con fuerza, hiriéndose la espalda contra la esquina de un edificio. Las marcas de garras estaban sanado, pero ahora latieron, recordándole su aterrador encuentro. Se irguió sentándose cuidadosamente, mirando alrededor, deseando estar fuera de la nieve.
Hizo varios intentos hasta conseguir ponerse en pie sobre el helado pasillo. Cuando las sombras crecieron, la temperatura cayó, y el frío se hizo penetrante. El pasillo refulgía por el hielo. Podría ser más sabio escoger un camino menos resbaladizo. Isabella tomó un pasillo estrecho y menos pronunciado sin escalones y empezó a bajarlo. Tenía la esperanza de que condujera directamente al mercado hacia el centro de la ciudad, pero el camino se abrió a un patio. Había esculturas esparcidas alrededor, pero no vio gente.
Se quedó inmóvil en un momento de indecisión. Se se tomaba tiempo para encontrar su camino de vuelta hacia el mercado a través del poco familiar laberinto de edificios y caminos, podía haber oscurecido para cuando saliera. Parecía una mejor idea volver al palazzo. Este estaba alto sobre la ciudad, y todo lo que tenía que hacer era abrirse paso colina arriba. No había forma de perder de vista el enorme castello. Estaba segura de que Violante iría allí tan pronto como comprendiera que Isabella había perdido su camino.
Lucca se reiría de ella por perderse. No era frecuente que perdiera su camino, aunque dos veces ahora había conseguido girar mal. Casi como si todo hubiera cambiado de posición deliberadamente a su alrededor. La idea era escalofriante y trajo de vuelta la extraña sensación de estar siendo observada. Isabella contuvo su desbocada imaginación. Los edificios no podían moverse. Pero entonces, los hombres no podían convertirse en leones.
La sensación de estar siendo observada persistió. Isabella miró fijamente alrededor. Había una gran estatua de un león en el patio. Parecía estar observándola, pero eso no contaba dado el peso de malevolencia que sentía. Bruscamente empezó a caminar a lo largo de un estrecho camino que conducía hacia arriba. No estaba segura de por qué no veía gente. ¿Se metían en sus casas cuando el sol se ponía para evitar un desastre con un león perdido? Un estremecimiento bajó de nuevo por su espina dorsal ante la idea.
Lo oyó entonces. Suave. Apenas discernible. Un resoplido. El susurro de piel deslizándose contra algo sólido. Empezó a caminar más rápido camino arriba, acurrucándose en su capa, su corazón palpitando a cada paso. Sentía su presencia. Sabía que eso estaba acechándola, siguiendo su olor. Moviéndose deliberadamente lento para aterrorizarla.
¿Nicolai? ¿Podía él hacer tal cosas para enseñarle una lección? ¿La maldición se estaba desplegando porque había yacido con ella? Él la había observado desde las almenas mientras ella hablaba con Sergio. Incluso había enviado a Sergio alguna misiva advirtiéndole que se alejara de ella. Había estado segura de que él había entrado en su habitación la noche anterior. Ese algo la había visitado en su habitación. Se estremeció de nuevo y se frotó los brazos para calentarse. Había sentido ojos sobre ella en la noche. Debería haber sentido los brazos de Nicolai, pero él la había dejado sola. ¿Estaba lo bastante celoso como para acecharla, cazarla, y devorarla?
Isabella se quedó muy quieta, avergonzada de sí misma. Reconoció el sutil flujo de poder dirigido hacia ella. Eso alimentaba sus dudas, alimentaba sus miedos. Si ella no creía en Nicolai, en su fuerza, ningún otro lo haría nunca. No creería que era Nicolai. No cedería a la maldición. Ni permitiría a la entidad alguna influencia sobre ella. Pero sabía que estaba en grave peligro. Isabella se aferró al cierre de su capa como si pudiera sentir al león hundiéndole los dientes en la garganta. Oyó el peculiar gruñido que hacían con frecuencia los leones. Una bestia estaba definitivamente rastreándola. Isabella rodeó una esquina, y su corazón casi se detuvo. Por un momento estuvo segura de que había llegado a un callejón sin salida. Una línea de edificios le bloqueaba el paso.
– Nicolai -susurró su nombre. Un talisman-. Nicolai -dijo en voz alta mientras corría hacia dos edificios que parecían poder ser casas – ¡Nicolai! -gritó su nombre tan ruidosamente como pudo, con un sollozo en su voz mientras se apresuraba hacia la puerta de la casa más cercana y la golpeaba. El león resopló de nuevo. Estaba mucho más cerca. Y no había nadie en casa, la puerta estaba asegurada. Isabella sintió la oleada de triunfo en el aire. De maldad. No estaba sola con el león. La entidad estaba allí. Real. Pataleando de malevolencia. Llenaba la pequeña área entre las casas con una nube espesa de veneno.
– ¡Isabella! -Oyó la voz de Nicolai y quedó débil de alivio, hundiéndose en los escalones delante del edificio-. ¡Respóndeme! Había pánico en la voz de Nicolai.
– Aquí, Nicolai, estoy aquí -Sabía que él oiría el miedo y alivio en su voz-. ¡Rápido! Hay un león.
Lo vio entonces, la forma oscura oculta entre las sombras. Sus ojos brillaban con un rojo feroz de aborrecimiento hacia ella. Isabella le devolvió la mirada, hipnotizaba por un odio tan intenso. La criatura se hundió acurrucándose, observándola, odiándola.
– ¡Isabella! Si algo se atreve a hacerte daño, nada, ni nadie estará a salvo en este valle -juró él. Ella podía oir el maceo de los cascos de su caballo mientras él rastreaba su olor a través del laberinto de calles. Había un filo en su voz, como si hubiera extendido la mano para controlar a la bestia, y la hubiera encontrado resistente.
Ella se enderezó para ver al león, pero estaba bien metido entre las sombras. Solo los ojos estaban claros, brillando hacia ella con una malvada promesa. El león era consciente de la aproximación de Nicolai, y gruñó una vez, revelando enormes dientes que brillaron hacia ella desde las sombras. Repentinamente la bestia se dio la vuelta y simplemente desapareció entre los edificios.
Nicolai montó alrededor de la esquina en un galope mortal y tuvo que tirar de su caballo antes de pisotearla. Estaba fuera de la silla antes de que el animal hubiera siquiera parado. Su cara estaba pálida, su pelo salvaje. La atrajo a sus brazos y la aplastó contra él.
– Voy a atarte a mi lado -Era una promesa, nada menos. Sus manos le enmarcaron la cara, obligándola a levantarla para poder encontrar su boca. El miedo los unió.
Sus manos la recorrieron, buscando cada centímetro cuadrado de ella, necesitando asegurarse de que estaba de una pieza. Esto le había dejado sin aliento en el cuerpo, ese súbido conocimientro entre los leones de que su mujer estaba siendo cazada.
– Isabella, esto no puede continuar. Tiene que parar. Me estás volviendo loco con tu conducta despreocupada. – Sus manos se apretaron sobre los brazos de ella, y la sacudió-. Estás en peligro. ¿Por qué no puedes entenderlo? Por mi parte, por parte de este valle, de todo el mundo. Eres tan temeraria, tan cabeza dura, no pareces ser capaz de mantenerte fuera de problemas ni por un momento -La sacudió de nuevo y después una vez más emborronó el mundo, su boca encontrando la de ella en algún lugar entre la furia y el puro terror.
Y entonces ambos perdieron el control, besándose salvajemente, desgarrando el uno las ropas del otro, intentando encontrar piel, olvidando la oscuridad, el frío, la enemistad del león que había estado acechándola. Ella deseaba el solaz y calor de su cuerpo, la unión de sus cuerpos. Deseaba que la llenara completamente para poder pensar solo en él, en placer.
Él la empujó más profundamente entre las sombras, forzándola contra la pared del edificio profundo dentro del patio. La boca de él era caliente y dominante, una respuesta salvaje a su miedo. Tiró del cordél de su escote, soltándole el corpiño para poder empujar hacia abajo la tela, exponiéndo los pechos a su exploración.
Isabella deslizó una pierna sobre la de él, casi tan salvaje como estaba él, presionando firmemente contra la gruesa erección, frotando su cuerpo contra el de él. Era malvado estar fuera con los pechos expuestos a él, pero le encantaba, le encantaba observarle mirarla. Sus pezones se endurecieron en el aire frío, y chilló cuando él acunó el peso en sus manos y se inclinó para succionar. Al momento su boca la estaba volviendo loca de deseo, dejándola tan débil que se aferró firmemente a él, su pierna enredada alrededor de la cintura de él para alinear su cuerpo perfectamente con el suyo.
– Hay demasiado frío aquí para ti -susurró él mientras sus dientes se deslizaban sobre los pezones y su lengua rozaba caricias sobre los pechos. Su boca, caliente y húmeda, la marcaba, reclamándola como suya.
– Entonces caliéntame, Nicolai, aquí mismo, ahora mismo.
– Va a tener que ser rápido, piccola. ¿Estás segura de que estás lista para mí? No quiero hacerte daño -Ya estaba comprobándolo por sí mismo, deslizando su mano por el muslo para encontrar la caliente y húmeda entrada. Empujó en ella incluso mientras la presionaba más firmemente contra la pared-. Quiero asegurarme, cara -dijo, levantándola en la pared, recogiéndole la falta alrededor de la cintura. Se envolvió las piernas de ella alrededor del cuello.
– ¡Nicolai! -sollozó su nombre, sus puños se apretaron firmemente en el pelo de él en busca de un ancla mientras él rozaba el pulgar sobre su centro.
Nicolai inclinó la cabeza y reemplazó la mano con su boca, su lengua apuñalando profundamente. Su cuerpo perdió el control, corcoveando contra él, fragmentándose, haciendo que le suplicara que parara incluso mientras le sostenía la cabeza hacia ella. Él sintió como el orgasmo la tomaba, una y otra vez, antes de alzar la cabeza, satisfecho de que estuviera lista para él.
– Tendrás que ayudarme. Esta noche hace frío, y eso puede acabar con la habilidad de un hombre. -dijo mientras permitía que sus pies tocaran el suelo. Se estaba desabrochando los calzones, su cuerpo ya caliente y grueso.
– Dime, Nicolai -imploró-. Te deseo mucho ahora mismo.
– Mantenme caliente. Tómame en tu boca, Isabella -Guió su cabeza-. Envuelve tus dedos alrededor de mí y aprieta gentilmente, firmemente. ¡Dio! -Jadeó cuando la boca de ella tomó posesión de él, caliente, apretada e ignorante pero dispuesta. La guió como mejor pudo cuando apenas podía permanecer en pie por las oleadas de placer que le bañaban. Sus manos le encontraron la nuca incluso mientras sus caderas empujaban impotentemente.
La observó a través de los ojos entrecerrados, maravillándose ante su habilidad para complacerle en todos los aspectos. Adoraba su cuerpo, su mente, y ahora incluso su boca no tenía precio. Antes de poder avergonzarse a sí mismo, la arrastró hacia arriba y simplemente la alzó entre sus brazos, descansando el peso de ella contra el edificio.
– Envuelve tus piernas alrededor de mi cintura.
Isabella tiró su falda a un lado y cerró los tobillos tras la espalda de él. Podía sentirle presionar firmemente contra ella. lentamente él bajó su cuerpo para que se colocara sobre la gruesa longitud, centímetro a delicioso centímetro, una agonía de placer. Al principio Nicolai le permitió llevar el control, observando su cara, su soñadora y lujuriosa expresión mientras empezaba a moverse, empezaba a montarle. Era fuerte, sus músculos firmes y apretados. Empezó lentamente, adorando la forma en que podía alzar las caderas y tensar sus músculos para darle a él incluso más placer.
– Te gusta esto, ¿verdad? -susurró ella.
Nicolai asintió, incapaz de hablar, mientras reafirmaba su agarre de las caderas de ella. Empezó a empujar hacia arriba con fuerza mientras bajaba el cuerpo de ella para encontrar el suyo. Ella se quedó sin aliento, aferrándose a sus hombros, los dedos mordiéndole la piel. Él hizo lo que ella más necesitaba… alejar cada pensamiento preocupante hasta que solo estuvo la realidad de Nicolai, su cuerpo tomando el de ella con fuertes y largas estocadas, enterrándose a sí mismo profundamente en ella mientras su cuerpo aferraba el de él y apretaba más más hasta que ella se dejó ir, volando alto, remontando libre, explotando de puro júbilo. Se unieron allí en la oscuridad con el peligro rodeándoles, con nieve en el suelo y en medio de la ciudad. Se unieron en fuego y pasión.