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Sarina estaba en la habitación de Lucca, quejándose y cloqueando sobre él. Lucca, que parecía desesperado, gesticulaba hacia Francesca tras la espalda del ama de llaves, claramente esperando que ella le salvara. Isabella sonrió a las otras, la sonrisa afectada de los conspiradores.
– Sarina -dijo Isabella, utilizando su voz más dulce-. Francesca y yo tenemos un pequeño recado que ejecutar. Por favor cuida del mio fratello hasta que regresemos.
– Estamos en medio de la noche -siseó Lucca entre dientes-. Ninguna de vosotras debería ir a ninguna parte sin escolta.
– Estaremos perfectamente a salvo -Le tranquilizó Francesca con una brillante sonrisa-. Nos mantendremos en los pasadizos. Sarina se ocupará excelentemente de ti en nuestra ausencia.
– ¡Isabella, te prohibo que corras por ahí! ¿Has perdido todo sentido de la decencia? -Otro espasmo de tos le sacudió.
Las tres mujeres se apresuraron a ayudarle, pero fue Francesca contra la que se apoyó, acostumbrado a la firme sensación de su brazo alrededor de la espalda y el cuadrado de tela que le presionaba en la mano. Débil, se inclinó hasta casi doblarse y aferró el brazo de ella para evitar que se moviera.
Cuando los espasmo hubieron pasado, Lucca levantó la mirada hacia Francesca.
– Puedes ver que te necesito aquí conmigo.
– Solo intenta dormir -Replicó ella dulcemente, palmeándole el hombro-. Volveré antes de que te des cuenta.
– Debería hablar con el tuo fratello -espetó él, disgustado-. Y tú, Isabella, tienes mucho por lo que responder. Francesca me ha hablado de tu compromiso.
Isabella rió suavemente y besó a su hermano en la coronilla.
– Demasiado tarde para preocuparse porque corra por ahí. Llegué a este lugar por mis propios medios. Creo que Don DeMarco tiene intención de hablar contigo sobre mi comportamiento caprichoso.
Los ojos oscuros de Lucca centellearon, revelando momentáneamente su naturaleza arrogante y orgullosa.
– Si quiere hablar conmigo sobre tu comportamiento, podría desear explicar por qué a su propia hermana se le permite estar sin escolta en el dormitorio de un hombre.
– Me encantaría escuchar esa discusión en particular -dijo Francesca mientras tomaba la mano de Isabella-. No lee prestes ninguna atención cuando divague, Sarina. Es la enfermedad.
Isabellla y Francesca escaparon al pasadizo. En el momento en que la puerta oculta se hubo cerrado tras ellas, estallaron en carcajadas.
– Es muy exigente pero tan dulce, Isabella. Dice que le gusta mi pelo. -Francesca se palmeó el peinado- Le pedí a Sarina que me lo arreglara.
La vela que Francesca sostenía chisporroteó. Levantó la llama vacilante hasta una antorcha. La luz saltó y danzó mientras se apresuraban a lo largo de un estrecho corredor.
– Normalmente Lucca no es tan exigente, Francesca. No sé por qué la toma contigo de ese modo o por qué se burla tanto de ti -Isabella se frotó las sienes-. Espero que no hable realmente con Nicolai. No deberíamos dejar que esos dos se reunan nunca.
Francesca pareció vulnerable durante un momento.
– Nadie me ha hablado nunca como lo hace Lucca. Parece tan interesado en mi vida, en mis opiniones. Una vez, cuando estaba citando al mio fratello, se impacientó y exigió saber que pensaba yo. Solo tú y tú hermano me habéis preguntado lo que yo pienso.
Isabella le sonrió afectuosamente. Estudió la joven cara, encontrando un toque de vulnerabilidad. No podía imaginar a la bestia tomando a Francesca. O a Francesca conduciéndola a su perdición en un balcón resbaladizo. O acechándola a través de las calles de la ciudad. Suspiró suavemente. Si Francesca no la había perseguido, eso dejaba a Nicolai.
– Lucca cree que una mujer debería expresar su opinión, aunque es extremadamente protector. Bien podría hablar a Don DeMarco.
– No podía dormir, y me contó las historias más divertidas. Adoro su voz. Adoro sus historias -Agachó la cabeza-. Espero que no te importe que le hablara de tu compromiso. Le aseguré que Nicolai te ama.
– ¿Qué dijo él? -Isabella agarró el brazo de Francesca cuando empezaron a descender hacia los intestinos del palazzo. Isabella no había estado ansiando contárselo a su hermano, sabiendo que supondría cómo había sucedido el encuentro.
Francesca bajó la mirada a sus manos.
– Parecía complacido. Nicolai es un buen partido, pero no pude obligarme a hablar a Lucca sobre los leones. Quería. No quería mentirle. Cuando me mira, quiero contárselo todo -Suspiró y alisó su vestido-. Me dice las cosas más agradables.
– Me alegro de que no haya sido demasiado difícil contigo. Te debo tanto, Francesca. Debe ser duro para ti estar dentro tanto tiempo después de tu libertad -Miró a la joven-. Tu vestido es hermoso. ¿Lo notó Lucca? -Era propio de su hermano observar los detalles.
– ¿Te gusta? -Preguntó Francesca tímidamente, complacida por que Isabella lo hubiera notado-. Sarina siempre me persigue para que lleve los vestidos que Nicolai ha mandado hacer para mí. Normalmente yo los daba a las jóvenes que realmente los deseaban. Lucca cree que es adecuado -sacudió la cabeza-. Lucca sabe que algo va mal. Evita preguntarme. Le dije que debía dormir, pero quiso saber por qué estaba triste.
– Encontraremos una forma de contarle la verdad.
– ¿Qué verdad? Que soy la hermana medio-loca de Nicolai que ocasionalmente se convierte en bestia? -La voz de Francesca tembló- Realmente me gusta. Ni siquiera sé por qué, pero no quiero que piense mal de mí.
Isabella la miró fijamente.
– Lucca no tiene razón para pensar mal de ti.
Francesca ya no estaba prestando atención. Su mano aferraba la muñeca de Isabella. Estaban en una pequeña habitación profundo bajo el castello. Estaba desnuda, vacía, sombría, un lugar casi feo, no se parecía a ninguna otra habitación que Isabella hubiera visto.
Se estremeció en el frío.
– ¿Qué es este lugar?
– Aquí es donde Sophia fue enterrada, aquí bajo el suelo. -Francesca habló en tono reverente, señalando la cruz tallada en el marmol en medio del suelo.
– Pero no hay nada aquí -protestó Isabella-. Debería tener velas, algo que la honrara. No era culpable de los crímenes de los que la acusaban. ¿Por qué nadie se ocupa de su lugar de descanso?
Francesca parecía atónita.
– Acausa de su maldición, por supuesto.
– ¿ si la entidad ya estaba suelta en el valle, haciendo presa de la debilidad humana? ¿no crees que, en ese momento, cuando sus amigos la traicionaban, cuando su propio marido la traicionaba, se habría alimentado de su furia natural? -Isabella se encogió de hombros-. Me encuentro pensando en ella con frecuencia, deseando su bien. Que terrible tormento ha vivido. Espero que al menos esté con su marido y haya encontrado algo de felicidad.
– Todos la desprecian… los "otros", quiero decir. La culpan por encerrarlos en el valle. Ninguno de ellos se le acerca. No sé nada de su marido.
Francesca pronunció un sonido suave de advertencia y giró la cabeza a un lado, cerrando los ojos.
– Ella está aquí con nosotras. -Se quedó en silencio un momento, escuchando susurros que Isabella no tenía esperanzas de oir-. Te agradece tu generosidad y pensamientos amables. Te advierte de un gran pelibro, de traición. -Francesca entrelazó sus dedos con los de Isabella como si pudiera de algún modo aferrarla bien, evitar las horrendas predicciones, las ominosas advertencias-. El mal despertó cuando llegaste al valle, y tú eres su gran adversaria. Hace presa sobre Nicolai -Francesca parecía afligida-. Sobre mí y todos los demás, para hacerte daño.
– Por favor dile que lamento todo su dolor y angustia. Espero ponerla en libertad. Si no puedo, buscaré encontrarme con ella en la otra vida -Isabella sintió su corazón palpitar ante la idea de como encontraría su muerte.
– Puede oirte, Isabella, pero no puede ayudarte. Los que están atrapados en el valle no pueden proporcionar ayuda a los vivos. Dice que solo puede recordarte que ella, que era fuerte y estaba muy enamorada de su marido, cayó presa de la entidad. Tu tarea es doble. Lamenta lo que ha causado -Los ojos de Francesca estaban llenos de lágrimas-. Está llorando. Alexander, su esposo, está en eterno tormento, incapaz de alcanzarla, incapaz de estar con ella, ni ella puede alcanzarle a él.
– Nicolai es un buen hombre, al que bien vale la pena salvar. Lo haré lo mejor que pueda. Es todo lo que puedo hacer -dijo Isabella suavemente.
Francesca exhaló un suspiro de alivio.
– Ahora se va. No la siento -El frío había penetrado en su sangre-. Vamos rápido.
Isabella permitió que Francesca la arrastrara de vuelta a través del laberinto de corredores, sin prestar realmente atención a las direcciones que tomaban. Sophia la había advertido del peligro que Isabella había sabido todo el tiempo estaba allí. No podía abandonar a Nicolai y a su gente. Se había encariñado con ellos. Se frotó las manos arriba y abajo por los brazos para calentarse, obligando a su mente a alejarse de pensamiento de Nicolai y la bestia. Estaba decidida a pensar en él solo como un hombre. Alguien tenía que verle como hombre en vez de como bestia.
La mayor parte de su vida había sido formada por su legado, formada por su aislamiento y la mirada esquiva de su gente. Si no le daba nada más, le daría el regalo de su propia humanidad. Y mientras fuera suyo, le atesoraría. Se volvió consciente del silencio de Francesca. Recorriéndola con la mirada, notó la mirada afligida en su cara.
– ¿Qué pasa?
– ¿No oiste lo que dijo? Dijo que la entidad estaba haciendo presa en mi. Te advirtió de traición y peligro. Yo era la bestia que te siguió a través de la ciudad. Nicolai me olió. Isabella ¿Qué hacemos? Podría hacerte daño sin nisiquiera recordarlo. Nicolai podría hacerte daño.
Isabella se detuvo en el pasadizo y abrazó a Francesca.
– Sophia no dijo que tú fueras la bestia. Ya sabíamos que había una posibilidad de peligro y traición. Lo aclararemos juntos, tú, yo y Nicolai. Solo tenemos que vigilarnos los unos a los otros, intentar estar preparados para la entidad cuando se alimente de nuestras debilidades.
Francesca asintió silenciosamente, con aspecto de ir a estallar en lágrimas. Tomó un profundo aliento y encontró el panel que abría la puerta oculta en el dormitorio de Lucca. Extinguieron la antorcha antes de entrar.
Pero no era Sarina la que las esperaba allí. Don DeMarco estaba paseándose, sus largas zancadas le llevaban de acá para allá a través del suelo según su silenciosa y fluída costumbre. Se dio la vuelta cuando entraron, sus ojos ámbar ardían de furia. Se movió tan rápido que el corazón de Isabella saltó cuando la sujetó de la muñeca, y justo delante de su hermano, la arrastró contra él.
– ¿Dónde has estado? ¿No crees que ya me he preocupado bastante por ti esta noche sin otra desaparición?
Su voz fue tan suave en su amenaza, que Isabella se estremeció. Miró a su hermano. Él estaba observándolos, con especulación y conocimiento en su mirada. Lucca y Nicolai se giraron ambos hacia Francesca en el mismo momento.
Ella alzó la barbilla.
– Mis movimientos no son asunto de nadie. Estoy segura de que no acostumbro a ver mis actividades cuestionadas. -Intentó sonar arrogante, pero su voz tembló un poco.
– Puedo ver que he sido demasiado indulgente contigo, Francesca -respondió Nicolai, reteniendo su apretón sobre Isabella cuando ella habría ido al lado de su hermano-. Tu seguridad es de suprema importancia. Hay enemigos dentro de nuestro valle, y tenemos un traidor entre nosotros. Debo insistir en que te conduzcas con propiedad y comportamiento circunspecto. Soy el tuo fratello y tu don. Debes responder ante mí.
Francesca miró fijamente a Lucca.
– Esto es cosa tuya. Le has contado cosas.
Lucca se recostó, entrelazando los dedos tras la cabeza, con una expresión satisfecha en la cara.
– Hemos tenido una charla de lo más informativa -admitió sin remordimiento.
Nicolai bajó la mirada a la cara inclinada hacia arriba de Isabella.
– Los que necesitamos tener una charla de lo más informativa -dijo desagradablemente- ahora mismo, somos nosotros dos. Di buenas noches, Isabella. -Era una orden.
Lucca se encrespó visiblemente ante el tono de propietario utilizado con su hermana, pero permaneció en silencio cuando ella le rozó un beso en la coronilla.
– Buenas noches, Lucca. Te veré lo primero de todo por la mañana. Me alegro mucho de que estés finalmente aquí.
Los dedos de Nicolai se apretaron alrededor de su muñeca, tirando para alejarla de la cama. Apenas se refrenó a sí mismo mientras la escoltaba a su dormitorio, utilizando el pasadizo secreto para así no tener que dejarla delante de los sirvientes y volver luego. Estaba pataleando de furia, el miedo la estaba mordiento hasta que temió que pudiera explotar. El fuego ardía brillantemente, y una taza de té humeando esperaba sobre la mesita de noche, evidencia de que Sarina había preparado la habitación. Nicolai se acercó a la puerta, asegurándose de que estaba cerrada, antes de volverse a enfrentarla.
Isabella inclinó la barbilla.
– ¿Tengo que informarte de cada uno de mis movimientos?
Él dejó escapar el aliento en una sola ráfaga.
– Absolutamente si. No tienes ni idea de lo que significa para mí, de lo que he descubierto que soy capaz de hacer. Dio, Isabella, todo este tiempo que he estado malgastando preocupándome por lo que podría hacer yo dentro de unos años. Debería haber estado tan cerca de ti como fuera posible. Amarrarte a mí de cada forma concevible para que no cupiera duda entre nosotros.
Ella arqueó una ceja.
– ¿Duda, Nicolai? ¿Es que te encuentrás a ti mismo dudando? ¿Seguramente no de mi fidelidad?
Él se pasó una mano por el pelo, dejándolo tieso y despeinado.
– He estado oyendo varios… rumores desagradables.
Ella le miró fijamente, su cuerpo entero tenso de ultraje.
– ¿Y, siquiera por un momento, has creído esos rumores desagradables? -Contuvo el aliento, esperando su respuesta, necesitando que fuera la correcta. Todo lo que ella era, su corazón y alma, era su palabra de honor. Si Nicolai dudaba de eso, no sabía nada de ella.
Una lenta sonrisa suavizó la dura línea de la boca de él.
– Me miras con tanta confianza, con tanta fe de que diré y haré lo correcto. Temo por ti, Isabella. Temo que a donde quiera que vayas hay ojos que te vigilan con celos mezquinos, y que la maldición ya está llegando a su final. Hay más aquí que el hecho de que yo controle o no a la bestia. Lo dijiste tú misma. No confío en nadie contigo. -Cruzó a su lado y extendió la mano para sacarle las horquillas del pelo. Lo obsevó caer como una cascada sedosa, espesa y lujuriosa, por debajo de su cintura.
– Francesta te ama, Nicolai. No te traicionará.
– Yo nunca dudé de que el mio padre amara a la mia madre, isabella, pero al final la traicionó -Inclinó la cabeza hasta su boca, necesitando saborearla, necesitando abrigarla cerca de su corazón. Los labios de ella eran cálidos, fundidos bajo los suyos. El cuerpo de ella entró en el suyo, suave y flexible, moldeado por su forma más fuerte y musculosa.
Isabella alzó la cabeza para mirar sus extraños ojos ámbar.
– Quizás ella le traicionó a él, Nicolai. No con su cuerpo, sino con su mente. Quizás no amaba lo que él era.
– Una bestia actua por instinto, Isabella, no razona -advirtió-. ¿Cómo podría una mujer amar alguna vez esa parte de él?
– A veces, Nicolai, una mujer actua por instinto también. Si la bestia reside en ti, entonces es parte de ti. Una mujer no separa y elige qué ama en un hombre. Lo ama todo de él.
Sus manos le enmarcaron la cara.
– ¿Amas todo en mí, cara, incluso mi lado salvaje? -Su voz era una caricia baja, jugando sobre la piel como el toque de sus dedos. Rozaron alas de mariposa a lo largo de sus entrañas.
– Amo cad parte de ti -susurró suavemente-. Tu voz, la forma en que ries, lo gentil que puedes ser. Amo la forma en que amas a tu gente, la forma en que dedicas tu vida a ellos.
– ¿Y mi lado salvaje, hermosa… amas esa parte de mí?
– Muy particularmente, signore -estuvo de acuerdo.
Los pulgares de él le trazaron el cuello hacia abajo, la garganta, deslizándose a lo largo del escote de su vestido. Isabella se estremeció cuando las yemas de los pulgares rozaron la piel expuesta.
La mirada de él era caprichosa, pensativa, una oscura mezcla de amor y desesperación. La deseaba; el deseo ardía ferozmente en él. Había vivido con los resultados de su legado; Isabella no tenía que hacerlo. Aún así, ella creía ver las cosas más claramente.
– ¿Tienes razón, amore mia? ¿Coloco toda mi fé y confianza en que eres capaz de asegurar nuestro futuro? No hay retirada, ni vuelta atrás, por mucho que yo haya intentado fingir que podíamos. Mantenerte como mi amante no cambiaría nada.
Ella sacudió la cabeza.
– No, no lo haría. -su voz fue un susurro tembloroso. Los dedos de él le aflojaron el vestido, permitiendo que este se abriera, liberando los pechos entre las sombras del fuego oscilante. La luz y oscuridad parecieron acariciar sus curvas, y el roce de sus yemas sobre la carne enviaban un calor enroscándose profundamente en su mismo centro-. ¿Qué otra elección tenemos más que vivir nuestras vidas, Nicolai?
Las manos de él le enmarcaron la cara, sus ojos ámbar estaban vivos con amor, con ternura.
– Quiero hacerte una promesa. Te amaré con todo lo que hay en mí. Te daré tanta felicidad como pueda darte. Pero no puedo permitir tu muerte, no a mis manos. Tú eres más importante que yo -Con la boca encontró cada uno de sus párpados, después bajó por la mejilla hasta la comisura de sus labios-. No protestes. Solo escúchame. He pensado en mucho en esto. Tu vida está en peligro. Tú lo has aceptado, y estás dispuesta a dar una oportunidad a nuestro amor. Pero yo no puedo vivir con tu muerte en mis manos. No puedo, Isabella -Le besó la boca, sus labios suaves y flexibles, sacando fuerza de ella, su interminable coraje convirtiéndose en el de él.
Cuando alzó la cabeza, sus ojos ámbar vagaron sobre la cara de ella.
– Después de que nazca nuestro hijo, un heredero para nuestra gente, cuando vea que la bestia crece en fuerza terminaré con mi vida.
Ella gritó, una sorprendida protesta, pero los brazos de él se apretaron a su alrededor, aplastándola contra él, aplastando sus objeciones.
– Estoy colocando mi confianza y fe en ti, toda ella, en que tu modo es el camino correcto para nosotros, pero tú tienes que permitirme esta salida. Tienes que prometer, darme tu palabra de honor, de que criarás a nuestros hijos para amar este valle, a los leones, su legado. No me arrepentiré, Isabella. Tu vida, nuestra vida juntos, vale la pena.
Ella le deslizó los brazos alrededor de la cintura, temiendo hablar, temiendo decir algo equivocado. ¿Qué podía decir? Oía la finalidad en su voz. Ella tenía que guiarlos a través de los oscuros pasajes hacia la luz. Tenía que haber una forma. Estaba segura de que la clave yacía dentro de ella. Y se negaba a perderle.
– He estado tan solo, apartado de la vida, sin saber realmente por qué estaba tan vacío. Tú llenas todos esos espacios vacíos, cara mia. Duermo contigo entre mis brazos y no tengo pesadillas. Abro los ojos y anhelo cada hora, para oir tu risa, para observarte moverte por mi casa. Tu sonrisa me roba el aliento.
Levantó la mirada hacia él, el amor brillando en sus ojos, completa aceptación. Nicolai la besó de nuevo, permitiendo que la fiebre se alzara, permitiendo a su apasionada y posesiva naturaleza pasar a primer plano.
Deseaba mirarla allí con la luz del fuego acariciando su cuerpo. Sus manos bajaron rápidamente el vestido, dejándolo yaciendo en un espumoso charco sobre el suelo. No quería nada en su camino, ni la más fina barrera. Cuando estuvo desnuda, solo la caída de su pelo burlándole, se movió para colocarse a alguna distancia de ella.
Isabella estaba de pie ante el fuego, su pelo brillando con luces azules. Las sombras acariciaban sus pechos, su estómago, sus piernas. Observó la expresión de él, vio la floreciente lujuria mezclada con su amor. Vio los calzones crecer más ajustados, tensos, la tela estirándose para acomodarle. Era excitante estar enteramente desnuda ante él mientras él estaba completamente vestido. Sus pezones eran duros picos de deseo y su cuerpo dolía con un calor rizado que reconoció.
Nicolai caminó a su alrededor, sin tocarla, solo mirando, bebiendo de ella, devorándola con su ardiente mirada. Gesticuló hacia la cama mientras cruzaba hacia la botella de vino colocada en la mesita de noche.
– Ve a tenderte. -Su voz era ronca, un testamento de su erección. Se sirvió un vaso de vino y se sentó en la silla junto al fuego.
Isabella caminó por la habitación, consciente de los ojos de él siguiéndola, consciente del balanceo de sus caderas, de sus pechos. Se recostó hacia atrás, sintiéndose más sensual que nunca en su vida. No la había tocado, pero cada parte de su cuerpo estaba viva y pulsante de deseo.
– Dobla las rodillas y separa los muslos para que pueda verte, Isabella.
Ella observó su cara, el hambre tallada tan profundamente allí. Estaba dándole placer, y eso era tan excitante para ella como lo era para él. Lentamente le obedeció, permitiendo que la luz vacilante brillara entre sus piernas, revelando la refulgente invitación.
Nicolai tomó un lento sorbo de vino, permitiendo que este goteara por su garganta. Era tan hermosa, tan todo para él.
– Siente tus pechos, Isabella. Quiero que conozcas tu cuerpo como lo conozco yo. Lo perfecto que es. Desliza tu mano hacia abajo por tu estómago y empuja tus dedos profundamente dentro de ti misma.
Esperaba una tímida protesta, pero Isabella tenía valor, y deseaba su placer tanto como el propio. Acunó el peso de sus pechos en las palmas de las manos, sus pulgares se deslizaron sobre los pezones. Se quedó sin aliento, atascado en su garganta.
El aliento de Nicolai se quedó atascado en la suya. Su cuerpo se apretó hasta el pundo del dolor. Su mirada estaba pegada a las manos de ella, a la belleza de sus pechos llenos y firmes derramándose de las palmas. Observó como los dedos se deslizaban lentamente sobre sus curvas, acariciando su estómago, la curva de su cadera, después enmarañándose en los apretados rizos de su montículo. Los pulmones casi le explotaron cuando los dedos desaparecieron dentro de su cuerpo, como con frecuencia habían hecho los de él.
Su cara se volvió hacia la de él, enrojecida por la pasión, el placer aumentando su belleza. La observó hasta que su aliento se convirtió en cortos jadeos y su cuerpo se estremeció, hasta que ya no pudo soportar estar separado de ella. Se puso en pie, dejó su copa de vino, y empezó a quitarse la ropa.
Isabella se recostó y le observó. Parecía un dios magnífico, con la luz del fuego acariciando los duros ángulos y planos de su cuerpo, con su erección empujando grande e insistente hacia ella. Nicolai extendió la mano, cogió su muñeca, y le succionó los dedos en la caliente y húmeda caverna de su boca. El cuerpo entero de ella se tensó.
– Nicolai -dijo suavemente, casi reverentemente.
Él se arrodilló sobre la cama entre sus piernas abiertas.
– No hay otra como tú, Isabella -Lo decía en serio también. Su cabeza estaba rugiendo, su mente estaba entumecida por el deseo. Su cuerpo era un dolor feroz que parecía como si nunca fuera a poder ser apaciguada. Estaba enorme, grueso, duro y latente por la urgencia. Le cogió las caderas y empujó duro, enterrándose profundamente con una estocada desesperada. La cosa más importante en su vida era tomarla, poseerla, amarla por distracción.
Mientras bombeaba sus caderas con fuerza, guiando las nalgas de ella con las manos, observó su cara, observando el juego de la luz del fuego vacilante sobre sus pechos. Observó sus cuerpos unirse en perfecta armonía. Su vaina era caliente, apretada y encajaba como si hubiera sido hecha para él. Ella alzaba las caderas para tomarle todo, ansiando cada centímetro, sin avergonzarse por demostrar que le deseaba como él la deseaba a ella.
Se perdió en ella, profundo y caliente, llevándola más y más alto. Sintió el cuerpo femenino apretarse, ondear, tensarse alrededor de él. Ella gritó, le hundió los dedos en los brazos cuando rebasó el borde. Nicolai mantuvo la mirada pegada a la de ella, mujer a hombre, hombre a mujer, incluso cuando su cuerpo se sintió primitivo con una lujuria que nunca había experimentado. Empujó con fuerza, estocada tras estocada, manteniendo su placer tan alto que ella lloraba, gritando su nombre, suplicándole.
Cuando llegó su alivio, se derramó en ella, vaciándose completamente. Se derrumbó sobre ella, besando sus pechos, succionando sus pezones en la boca para que el cuerpo de ella continuara tenso y girando fuera de control. Yacieron juntos, corazones palpitando, respirando con dificultad.
Cuando descubrió que podía moverse, rodó a un lado, liberándola de su peso, empujándola sobre el estómago. Nicolai le pasó los dedos por la curva de la espalda.
– ¿Sabes lo hermosa que eres para mí? Pienso en ti todo el tiempo, como eres, así. Tan dispuesta a dejarme amarte de cualquier forma que desee. Tu confianza cuando te tengo toda para mí.
– Siempre me das tanto placer, Nicolai -dijo suavemente. Las manos de él le estaban amasando las nalgas, los muslos, acariciando la parte baja de su espalda. Adoraba cada nueva lección que él le daba en su dormitorio. Se sentía perezosa y contenta, tan saciada como era posible estar, aunque cuando él inclinó la cabeza para besarle el costado de un pecho, su pelo derramándose por el cuerpo de ella, se estremeció en reacción.
Él oyó la nota adormilada en su voz. Jugueteaba con sus sentidos, aumentando su placer incluso más. Ella casi estaba ronroneando de satisfacción. Nicolai se colocó más cerca, su mano acunándole el pecho, su pulgar deslizándose sobre el pezón.
– Duerme, amore mia, por ahora. Necesitarás descanso. No he terminado esta noche. -Y sabía que así era. El cuerpo de ella era cálido y suave. Su confianza en él, su aceptación, su completa entrega de sí misma en sus manos, se le había vuelto tan necesario como respirar.
Isabella vagó hasta el sueño con una sonrisa curvando su boca. Despertó dos veces durante la noche cuando los labios de él se movieron eróticamente sobre su cuerpo, sus manos explorando, memorizándola íntimamente, su cuerpo tomando el de ella. No importaba cómo la poseía, rápido y duro o lento y tierno, se asegurada de que ella encontraba esa última ráfaga de placer y después la besaba de nuevo hasta dormirse.
Su cuerpo estaba deliciosamente magullado cuando despertó en las primeras horas de la mañana. Se sentía bien utilizada, feliz. Nicolai se había desvanecido, sin perturbarla, y los primeros rayos de luz estaban justo empezando a deslizarse a través de los colores de su ventana. Isabella se tomó su tiempo para vestirse, tocando con frecuencia la almohada donde la cabeza de él había descansado. Sus cuerpos habían permanecido entrelazados a lo largo de toda la noche. Sabía que esto era correcto, como debía ser. Su lugar estaba con Nicolai. Compartían algo profundo e íntimo y bien valía la pena luchar por ello.
Relevó a Francesca, que parecía muy cansada, habiendo pasado la noche intentando entretener a Lucca. Había estado intranquilo, tosiendo, algunas veces delirando por la fiebre, otras burlándose de ella y contándole historias. Isabella observó a Francesca plegar las colchas alrededor de su hermano antes de salir inadvertida para obtener un descaso muy necesitado. Isabella se sentó con su costura. Su té y desayuno le fueron servidos en la habitación de su hermano, y la mañana pasó tranquilamente hasta que Lucca despertó.
Él le sonrió, sus ojos oscuros vivos con amor.
– Lo hiciste, Isabella. Salvaste mi vida. Un milagro. ¿Pero te he atado a un monstruo? ¿Cómo es él, este don que ha reclamado a mi hermana?
Ella se ruborizó, sintiendo el color subir por su cuello.
– Le conociste. Es maravilloso -Cuando él continuó mirándola fijamente, suspiró. Nunca había sido capaz de mentirle-. Las historias son ciertas, Lucca. La legenda, los leones, el hombre. Todo es cierto. Pero le amo y deseo estar con él. Él intenta protegerme, pero en realidad, no hemos descubierto como derrotar a la maldición -Se lo barbotó todo, hasta el último detalle, aparte del hecho de que ya había yacido con el don.
Él se frotó las sienes, sus ojos oscuros reflejaban su confusión interna. Lucca nunca había malgastado tiempo en arrepentimientos, o circunstancias que no podía cambiar.
– ¿Si pudiera arreglar tu escapada, te marcharías?
Ella sacudió la cabeza.
– Nunca.
– Temía que dijeras eso -La admiración se arrastró hasta su mirada-. Entonces supongo que no tengo más elección que ponerme bien y guardarte la espalda. ¿Qué hay de Francesca? No puedo imaginarla moviéndose furtivamente intentando asesinarte. Me ha mostrado solo bondad.
Isabella le miró penetrantemente. Había una nota en su voz que no había oído nunca antes.
– Es una mujer notable, diferente, con extraordinarios dones. Se agradable con ella, Lucca. Veo ese brillo burlón en tus ojos cuando ella está alrededor.
Él sonrió, impenitente.
– Pica tan bellamente cada cebo, ¿cómo puedo resistirme? -Su sonrisa se desvaneció-. Ve con cuidado, Isabella, hasta que esté más fuerte y pueda ayudarte. Si pensamos en esto juntos, deberíamos ser capaces de encontrarle una salida.
– No le abandonaré -declaró ella incondicionalmente.
Francesca entró con el más breve de los toques.
– ¿Cómo estás esta mañana, Lucca? Desperté y pensé en sentarme contigo si quieres compañía. ¿Isabella, tienes cosas que quieras hacer?
Isabella vio la rápida sonrisa de bienvenida en la cara de su hermano para la hermana del don. Se puso en pie con un pequeño suspiro. Lucca no tenía tierras, nada que ofrecer si decidiera que quería a Francesca, y ella cargaba el legado DeMarco en la sangre.
– Grazie, Francesca -Besó la coronilla de su hermano-. Creo que se siente mejor, así que vigila sus burlas. -Echándole el pelo hacia atrás, sonrió a Luca-. Compórtate.
Lucca le lanzó una sonrisa afectada, caldeando su corazón. Estaba volviendo más a su viejo ser a cada hora que pasaba.
Isabella se abrió paso a través del castello, consciente de las dos sombras, los guardias que Nicolai había ordenado que la vigilaran. Ignoró su presencia, dirigiéndose hacia la biblioteca, su único santuario. Estaba dando vueltas a la cuestión de Francesca y Lucca en la cabeza. Inmersa en la idea, le llevó un tiempo darse cuenta de que los sirvientes que pasaban junto a ella susurraban en grupos. Sus voces eran bajas y agitadas.
Se detuvo en medio del gran salón, temiendo de repente que la batalla con Don Rivellio pudiera haber empezado. Seguramente Nicolai se lo habría dicho, aunque la había dejado en la cama en las primeras horas.
Preocupada, se volvió hacia el grupo de sirvientes más cercano, decidida a averiguar qué los había puesto nerviosos.
Los susurros se detuvieron en el momento en que Isabella se aproximó, los sirvientes de repente estaban extraordinariamente ocupados. Incluso Alberita fregaba cumplidoramente una mota imaginaria en la centelleante mesa del comedor formal. Siguió lanzando miradas subrepticias hacia Isabella y apartando después precipitadamente los ojos.
Molesta, Isabella fue en busca de Betto. Este estaba hablando suavemente con otros dos hombres cerca de una de las entradas del pasaje de servicio. Dejaron de hablar y miraron al suelo en el momento en que la divisaron.
– Betto -dijo ella-. Debo hablar contigo.
No pareció contento pero abandonó obedientemente a sus compañeros, que escaparon precipitadamente.
– ¿Qué pasa, signorina?
– Esa es exactamente la cuestión. ¿Qué pasa? El palazzo es un hervidero de rumores. He estado cuidado del mio fratello y no los he oído, pero obviamente me conciernen.
El hombre se aclaró la garganta.
– Es imposible que yo sepa sobre que están chismoreando los sirvientes ahora.
Su mirada le atravesó.
– Será mejor oirlo de ti, Betto. Si es algo preocupante, prefiero oir las noticias de un amigo de confianza.
Los hombros de él se hundieron.
– Mejor que lo oiga de Don DeMarco. Dijo que si usted preguntaba, la llevara a él.
Miró fijamente al sirviente durante un largo rato, tantos pensamientos corriendo por su mente que temía moverse o hablar. Seguramente Nicolai no había enviado a por otra novia. Los hombres de Rivellio estaban en el valle. Nicolai nunca la traicionaría en un juego de poder. Sabía que estaba ocupado con sus capitanes, preparando la batalla. ¿Por qué la llamaría solo para repetir rumores?
Siguió a Betto lentamente subiendo las escaleras hasta el ala del don. Ante su orden brusca, ella entró en sus aposentos con trepidación. Al momento los capitanes se excusaron. Isabella enfrentó a Nicolai a través de la habitación.
Se miraron el uno al otro largo tiempo. No pudo leer su expresión en absoluto, lo que resultaba ligeramente chocante cuando acababa de pasar la noche entre sus brazos. Cuando el cuerpo de él había estado enterrado dentro del suyo. Cuando se habían aferrado el uno al otro, susurrando juntos, compartiendo risas, compartiendo planes. Nicolai parecia casi un desconocido, sus ojos ámbar duros y fríos. No se aproximó a ella, no sonrió en bienvenida.
– ¿Qué pasa, Nicolai? -Deliberadamente se dirigió a él informalmente, esperando romper con su helada conducta.
– El sirviente, el que te encerró en el almacén, está muerto -dijo secamente, sin inflexión.
Un estremecimiento bajó por su espalda. Su sangre se convirtió en hielo. Mantuvo la mirada fija en la de él.
– ¿Cómo murió, Nicolai? -Su voz la traicionó, ronca por la emoción.
– Fue encontrado esta mañana, asesinado. Había signos de lucha. Alguien le apuñaló numerosas veces. -Su voz estaba todavía desprovista de emoción.
Ella esperó, sabiendo que había más. El corazón parecía tronarle en los oídos. No podía conciliar al hombre gentil y amoroso con el que había yacido con alguien capaz de un acto tan brutal. Aunque Nicolai había participado en muchas batallas, derrotado a muchos enemigos, era un temido y respetado don. Era capaz de ordenar la muerta e igualmente capaz de matar.
– Había huellas de patas en la nieve alrededor del cuerpo, aunque los leones están escondidos. No había signos de aproximación humana a él, solo el rastro del león-. No apartó los ojos de la de ella, observándola con la mirada fija de un depredador enfocado en su presa.
– ¿Tengo que creer que tú asesinaste a este hombre, Nicolai? Estabas conmigo la pasada noche -Su garganta estaba hinchada, amenazando con cortarle el aire.
Sus pestañas bajaron para romper el contacto con la mirada de halcón de él. Nicolai no se perdía nada; no tenía forma de ocultarle el más mínimo pensamiento. La leía tan fácilmente. Isabella no sabía que pensar. No sabía que estaba intentando decir él. Alzó la barbilla.
– No lo creo, Nicolai. ¿Por qué le matarías? Podrías haber ordenado su muerte, y nadie te habría culpado.
Él se movió entonces, alejándose de ella con un gesto fluido y felino, poder y coordinación ondeando a través de su cuerpo. Su pelo oscuro se deslizó por la espalda, una melena salvaje tan indomable como el hombre.
– Despreciaba a ese hombre, Isabella. Le quería muerto. No solo muerto, quería que sufriera primero. -Hizo la admisión en una voz baja y compeledora-. Le dejé marchar porque tú me lo pediste, no porque estuviera de acuerdo contigo. Quise saltar sobre él y hacerle pedazos en el momento en que fue traído ante mí por lo que te había hecho. Por las horas de miedo que te causó. Por el peligro en que te puso. Por su cobardía al no volver inmediatamente cuando comprendió lo que había hecho, si su historia era cierta. Le quería muerto.
– Quererle muerto no significa que tú le mataras, Nicolai.
Se dio la vuelta para enfrentarla, pareciendo peligroso y poderoso.
– No me importa si le maté -dijo, las palabras le cortaron profundamente el corazón a ella-. Me importa que no lo recuerdo. Salí esta mañana, y corrí. Liberé a la bestia para que corriera libre.
Ella se tomó un momento para recomponerse.
– ¿Por qué ibas a utilizar un cuchillo, Nicolai? Eso no tiene sentido. Si utilizaste un cuchillo, tendrías que recordarlo.
Él se encogió de hombros.
– Recuerdo la víspera cuando él estaba de pie en esta habitación y admitió haberte encerrado en ese almacén, quise empujarle mi estilete a través de la garganta. -Su mirada encontró la de ella sin flaquear-. No me disculparé por quién soy, Isabella. Y nunca me disculparé por desear destruir a cualquier enemigo que se atreva a intentar apartarte de mí. Nunca me disculparé por mis sentimientos hacia ti. No solo estoy dispuesto a morir por ti, sino que estoy más que dispuesto a matar por ti. Y no me disculparé por eso tampoco.
– Nunca te lo he pedido -replicó ella tranquilamente. Agradeció el entrenamiento de su padre, por la compostura que había mostrado cuando cada una de las revelaciones de él la habían sacudido hasta su centro mismo-. Si me perdonas, Nicolai, debo atender al mio fratello.
Él pisó suavemente atravesando el suelo entre ellos, sus pisadas silenciosas, sus ojos ámbar ardiendo.
– Aun no, Isabella. No me dejes aún. Quiero mirar tus ojos y ver que he destruído lo que hay entre nosotros.
Ella inclinó la cabeza, sus ojos encontrando los de él sin flaquear.
– No creo que puedas destruir nada entre nosotros. Te amo con todo mi corazón. Toda mi alama. Confiesa todo lo que quieras, Nicolai, muéstrame tu peor lado, todavía te amaré-. Levantó los brazos, cogió su cara entre las manos, y le besó con fuerza. Sus ojos resplandecieron hacia él-. Y que te quede claro, Nicolai DeMarco. Si lo peor ocurriera y la bestia se liberara y me destruyera, nunca lamentaré lo que compartimos, lo que somos juntos. Amo cada centímetro de ti. Incluso esa parte de ti que es capaz de destruirme.
Cuando pretendió girarse y alejarse de él, él apretó su agarre y bajó la cabeza para reclamar su boca. El amor fluyó, casi abrumándolo, casi superándole. Le atravesó con la fuerza de una avalancha y la sacudió hasta el mismo centro de su ser.