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Hay sueño en torno a nuestros ojos, así como

la noche se queda todo el día en los abetos.

R. W. EMERSON, Confianza en sí mismo

El tren estaba a punto de partir y un empleado de la estación me daba las últimas instrucciones para llegar a Berwick. Me hablaba en alemán, yo no sé alemán, era milagroso que le entendiera a ratos. Debía continuar hasta Halle (¿o Hull? ¿o Hule?), bajar en esa estación y tomar allí el expreso a Berwick. Era preciso seguir a todo trance hasta Halle (¿Halle? ¿Hule?) porque si perdía esa conexión no encontraría otra, no habría más remedio que volver atrás, empezar de nuevo. Intenté que me escribiera el nombre de la estación crucial en un trozo de papel, pero yo no tenía bolígrafo y él tampoco. Me prometió ir a buscarlo, se fue, no volvía. Y el tren estaba arrancando ya. Subí sin más equipaje que mi zozobra, sonó el silbato y el convoy se puso en marcha. Traca-taca, traca-taca…

No recuerdo por qué voy a Berwick. Nunca he estado allí, no sé cómo es Berwick. ¿Existe Berwick? Supongo que sí, creo recordar que hubo o quizá hay todavía tal cosa como un duque epónimo de dicho lugar. ¿O era un nombre parecido? En cualquier caso, desde luego mi viaje nada tiene que ver con el duque. ¿Por qué deberé yo ir a Berwick? Sólo sé que es urgente mi viaje, imprescindible, inexcusable. El resto me da igual. Hasta el viaje en sí mismo me da igual, una vez que tengo asumido el destino que debo alcanzar. El paisaje que veo desde la ventanilla del vagón es monótono y gris, monótono y gris. Las edificaciones -bajas, cuadradas, como búnkers- alternan con árboles desmochados y caducos, casi tímidos en su desnudo patetismo. Así kilómetro tras kilómetro, aunque no debemos de haber recorrido muchos porque el tren va bastante despacio, incluso se diría que nunca arranca decididamente del todo o no se decide a acelerar, como si después de haber finalmente arrancado fuese a parar en cualquier momento. Pero ahora frenamos sin lugar a dudas, probablemente estamos llegando a una estación.

El nombre de la estación es ilegible, impronunciable, borroso: un jeroglífico más que un rótulo. Me esfuerzo por descifrarlo con impaciencia, con ansiedad también, aunque estoy seguro -¡naturalmente!- de que aún no puede ser Halle, Hulle o Hule. Sube al tren una señora, en fin, señora es mucho decir, una mujer mayor, desgarbada, chillonamente emperifollada pero que no me da impresión de ser de clase alta sino más bien modesta, muy modesta: una mendiga quizá, una vagabunda. Arrastra una gigantesca maleta con ruedas (las ruedas también son muy grandes, casi de carretilla) y dos sombrereras de las que escapan ruidos metálicos, como si estuvieran llenas de cacerolas. Con una voz desabrida y grave, casi de barítono -hasta el punto que pienso de pronto que podría ser un travesti-, reclama mi ayuda para transportar sus pertenencias. De forma imperiosa, impertinente, impúdica pero a la que soy incapaz de negarme. Cargo con sus dos sombrereras, clang, clang, quizá lleve una armadura repartida entre ellas, en la una el yelmo y el peto, en la otra las manoplas y las calzas acorazadas, luego desfilamos por el estrecho pasillo del vagón en busca de acomodo. Precedo a mi esclavizadora y voy abriendo la puerta corredera de cada departamento, pero todos están llenos, atiborrados de gente, de niños, de militares despechugados y con cara de borracho. Pasamos por uno ocupado en su totalidad por árabes, envueltos en túnicas y velos, que nos lanzan a través de su máscara de tela una mirada fija y hostil. Entretanto el tren avanza, ahora parece que mucho más de prisa, da bruscos parones que casi me hacen caer con mis embarazosas sombrereras y vuelve a arrancar con no menos aspereza. ¡Por fin un departamento semivacío! Sólo viajan en él dos niñas idénticas, con tirabuzones y sonrisa maligna, que nada dicen pero intuyo que se burlan de nuestras fatigas. Las odio en silencio, mientras me esfuerzo por poner las sombrereras en la red superior portaequipajes. Imposible, claro, no caben, ruedan una y otra vez hacia abajo, clang, clang.

Dejo las sombrereras una sobre otra en un asiento, después de todo hay sitio libre de sobra. La virago pretende ahora que ponga la maleta gigante, viejísima, en la red superior, lo que es a todas luces imposible. Mientras trato de convencerla, el tren se detiene con humeantes resoplidos en otra estación. Me excuso confusamente y salgo a toda prisa del departamento, seguido por las invectivas groseras de la desagradecida y por las risitas tenues, pero mucho más hirientes, de las dos niñas paralelas. Recorro el pasillo lateral del vagón hacia la puerta, mientras trato de vislumbrar por las ventanillas sucesivas el nombre de la estación en que nos hemos parado. Pero no hay ningún rótulo a la vista que pueda informarme.¿Será Halle o Hulle? Ahora que lo pienso, probablemente el tren ya habrá hecho alto en una o varias estaciones más, mientras yo me debatía con las malditas sombrereras. Desde la portezuela del vagón pregunto a gritos a un anciano caballero, con gabán y sombrero tirolés de fieltro verde, que pasea fumando por el andén: «¿Estamos en Halle?» No me oye bien, se lleva la mano en forma cóncava a la oreja para señalármelo, pero se detiene y se acerca amablemente. Repito varias veces mi pregunta, cada vez con mayor premura porque oigo varios pitidos que probablemente anuncian la inmediata partida del convoy. ¿Halle? Parece que no me entiende, seguramente no habla mi lengua o puede que yo no pronuncie bien el nombre. ¿Hulle? ¿Hule? Por fin niega rotundamente con la cabeza y sonriendo hace un gesto con la mano, señalando hacia la parte trasera del tren, al camino de donde venimos. Lo que yo me temía, me he pasado de estación.

El tren comienza a ponerse perezosamente en marcha. Me bajo apresuradamente, saltando desde el último peldaño y trompicando al aterrizar en el andén. Si debo retroceder, cuanto antes empiece mejor. Mi informante se aleja, sonriendo siempre y dando chupadas a su cigarro, mientras me saluda llevándose la mano al sombrero. Los nervios se me agolpan en el pecho, me cuesta respirar y más así como estoy, envuelto en los humos apestosos del tren en marcha, que pasa interminablemente a mi lado, en fuga inexorable. Veamos, debo tranquilizarme, nada está aún perdido. Seguramente pronto saldrá otro tren hacia Halle o, aún mejor, quizá desde esta estación desconocida haya alguna combinación más directa a Berwick. No es imposible que las instrucciones de viaje que me dieron al partir fuesen erróneas y que Halle o Hulle no sea el único punto para realizar la conexión a mi destino. De modo que me dirijo hacia la oficina de billetes de la estación.

Está vertiginosamente iluminada, como si fuera un quirófano o un estudio de televisión. Y llena de gente, sentada o recostada en los bancos, sobre las maletas e incluso en el suelo. El personal es de todo tipo: mujeres de apariencia campesina con niños pequeños, ejecutivos bien trajeados y con portafolios, militares, curas y hasta un zíngaro de enormes patillas grises que enlazan en el bigote y que se entretiene jugando con un monito uniformado con una minúscula casaca roja. Al fondo, tras una mampara de cristal esmerilado, adivino las sombras de los empleados que atienden -es de suponer que por riguroso orden- a los sucesivos clientes. Me abruma el desánimo. No sé cómo pedir turno y nadie parece entender mis preguntas: «¿Quién es el último? ¿Quién tiene la vez?» Se encogen de hombros, fruncen el ceño o responden en una lengua desconocida. Insisto una y otra vez, en vano. Ya ni caso me hacen. Sólo el monito, zalamero, se acerca con un cubilete en la mano y me tira del bajo de los pantalones, pidiendo unas monedas. Aumenta mi agobio pensar que si llego por fin ante el oficinista tampoco lograré hacerme entender por él ni probablemente comprenderé sus explicaciones. Hulle, Halle, Berwick, un billete de segunda clase, dónde debo cambiar de tren… todo ininteligible, absurdo. ¡Qué desamparo! Siento una opresión intolerable en el pecho. Con desconsuelo pero también con un principio de alivio, rompo a llorar.

Me despiertan los sollozos, mientras doy boqueadas para recobrar la respiración. Tardo largos minutos en asumir que no debo resolver ningún embrollo ferroviario: por fin logro anular en mi alma sobresaltada el imposible viaje a Berwick. Con la punta de la sábana me seco los ojos y la cara. Creo que llorar me ha salvado a fin de cuentas del infarto o una perdición aún peor, como a Miguel Strogoff, otro viajero sin suerte. Mi permanente disponibilidad para el llanto no siempre ha de ser una maldición, por mucho que me haga frecuentemente quedar en ridículo. Es bueno llorar, es sano, aunque no esté de moda, sobre todo a mi edad. Los héroes griegos lloraban como si nada, sin menoscabo de su hombría y espada en mano, lo mismo que después algunos grandes santos: ¿no era San Agustín quien tenía lo que teológicamente se ha llamado «don de lágrimas»? Van den Borken no celebra el llanto, maldito racionalista, pero lo acepta como una forma de expulsar del cuerpo los malos humores melancólicos. Una especie de purga natural, como sudar, escupir o vomitar. No me ayuda, nunca me ayuda de veras: supongo que por eso me fascina. En fin, lo dijeron los clásicos y toda mi vida no ha sido más que una confirmación de este apotegma: sunt lacrima rerum. Tiene cierta triste gracia que hoy ya no haya una persona de cien (¡de mil, de diez mil!) capaz de traducir esa frase latina, aunque cada cual siga llorando más o menos en privado, solo o en compañía de otros, como si cometiese un crimen o revelase una enfermedad…

Mis lágrimas, el Doctor desde luego no me las aguanta. Es el gran inquisidor de la mínima o más inicial de mis humedades oculares: no autoriza la gota que resbala, ni el suspiro que escapa del pecho dolorosamente cargado.

«¡Basta! -me dice-. Ya está bien de mendigar compasión. Todos sufrimos, a ver si te enteras. Todos. Y algunos mucho más que tú. ¿Quieres mimos? ¿Con qué derecho? El mundo no tiene un libro de condolencias ni tampoco de reclamaciones. Además… ¿de qué te quejas? Eres un afortunado llorón, un privilegiado tiquismiquis. La princesa a la que incomoda el bulto del guisante bajo diez colchones de plumas. No insistas, no me das pena: sólo me das grima.» Es inútil tratar de aclararle que mi llanto no es el de la víctima, que ni mucho menos tengo pretensiones reivindicativas, al contrario: lloro para demostrar que comprendo, lloro para asentir y confirmar, lloro por el honor vencido del fuerte que cae y del débil que no puede o al que no dejan levantarse, lloro por casi todos y por todo, para demostrar que los acompaño en el sentimiento.

Y de mis sueños, más vale que no le hable. Ni en sueños acepta el Doctor los sueños. Literalmente: hace poco, confidencial pero a la vez siniestramente ufano, me declaró que él ya nunca sueña. Y que si por un descuido se le cuela en la negra nada de la noche un ramalazo de imágenes, inmediatamente lo proscribe, lo tacha, lo borra, lo machaca. Sobre todo, lo olvida. «Olvídate de José y de la mujer de Putifar, nunca le creas a Freud. Los sueños -me explica, cuando está en vena didáctica- no profetizan nada, no advierten nada y no significan absolutamente nada.» En eso, precisamente en eso y probablemente nada más que en eso se parecen a la vida, pienso yo (sin decírselo, sin defenderme). Ningún sueño revela el sentido secreto de la vida, sino un secreto mucho mayor, que la vida carece de sentido. Y que tanto da soñar como vivir: alguien me habló de una tribu perdida de Oceanía -pero nunca faltan tribus así en las discusiones de madrugada y los antropólogos son tan inventivos… que concede mayor realidad e importancia vital a lo soñado que a la vigilia. Esta última es para ellos como un deambular incierto entre la bruma, mientras que los sueños tienen una urgencia nítida y atroz. Se regocijan con sus triunfos soñados y se vengan refinadamente de las injurias que se les infieren cuando sueñan. Pertenezco a esa tribu, cuyo nombre no conozco y que probablemente no existe.

No hay que perder ni un minuto con los sueños, me reconviene el Doctor. Y sospecha que para mí todo son sueños o casi sueños. Por ejemplo, esas tarjetas de Kinane encontradas por nuestro nuevo amigo, el carterista, gracias a sus métodos non sanctos. A mí me parecen algo prometedor, indicativo, no sé. ¡Ensoñaciones! Tajante, el Doctor descarta que tengan el mínimo interés: según él, lo más probable es que sean reclamos de una casa de mala reputación. Con tino cruel, decide que sólo me parecen significativas porque no hemos encontrado nada mas en todo un día de búsqueda. «Y, naturalmente, estás ansioso por llevarle algo sustancioso a él, un hueso con un poco de tocino para agradar al león…» Es verdad, quiero por encima de todas las cosas que el Príncipe me apruebe y me sonría. Pero además estoy convencido de que esas pequeñas cartulinas constituyen una pista y digo más: no sólo una pista para encontrar a Pat Kinane sino también para saber por qué ha desaparecido. El Doctor me mira con un poco de lástima, sin agresividad: «¡Venga ya! ¿Vas a decirme que tienes un pálpito, una intuición o quizá una revelación semiprofética? A lo mejor va a resultar que eres el nieto perdido y hallado en el hipódromo de Sherlock Holmes.» Como su fuerte no es precisamente la literatura, le ataco con sarcasmo por ese flanco: «Te equivocas, ya no recuerdas tu Conan Doyle. Sherlock Holmes nunca intuía ni se dejaba llevar por pálpitos, aborrecía esos procedimientos poco científicos. Se enorgullecía de guiarse sólo por la deducción a partir de los hechos. No me parezco en nada a él.» «Y… ¿a quién te pareces tú, entonces?», me responde zumbón. Trago saliva y, con cierta altivez, se lo aclaro: «Al Padre Brown.»

De modo que le hemos llevado las tarjetas al Príncipe: yo solícito como un perdiguero que trae la pieza cobrada por su amo y se la entrega esperando al menos una palmada distraída en la cabeza, el Doctor ceñudo y casi pidiendo excusas por hacerle perder el tiempo. Las ha mirado una por una como si no fuesen todas idénticas, deteniéndose un poco más en la que tiene la críptica anotación a mano en el reverso. Luego me ha asestado sus ojos de un azul pálido, al modo que suelen serlo los de los pelirrojos.

– «Al Trote Largo»… ¿Conocéis el sitio?

Negamos al unísono con la cabeza, como muñecos sincronizados: «Ni idea, jefe.»

El Príncipe asiente, como si nuestra ignorancia confirmase una antigua y querida convicción.

– «Seguir la Buena Suerte»… ¿Qué querrá decir eso?

Miro al Doctor, que precisamente resulta que me está mirando. Luego, de nuevo unánimes, nos volvemos hacia el Príncipe con las cejas altas y las manos con las palmas hacia el cielo, en el gesto universal de la universal ignorancia.

– Claro, claro…

El Príncipe hace un ademán generoso con la mano derecha, como dándonos su venia para seguir sin saber nada de nada pero conservando nuestra autoestima a pesar de todo. Luego resuelve:

– Entonces no queda más remedio que hacerles una visita, ¿eh?

Acatamos, aprobamos, admitimos, obedecemos. íntimamente me estremezco. Y allá vamos.

¿Es un oprobio? No se lo pregunto a nadie, me lo pregunto a mí. ¿Es un oprobio el amor perruno, que se disfraza de fidelidad o servil prontitud y jamás de los jamases confesará la devastación de su deseo? Quien no haya conocido el oprobio y el malentendido erótico, de un tipo o de otro, sólo conoce del amor lo que sabe del alcohol el que a lo largo del año no bebe más que una copa de champán en la boda de su hermana. Y ahora recuerdo un dibujo humorístico que encontré hace mucho en un periódico de Monterrey, México -of all places!-, y que se titulaba «Los complejos de alcoba». Presentaba en la cama a un tigre y a una cebra, sin duda tras haber ejercido la peripecia carnal. Cada uno meditaba afligido para sí: «Si le digo que no soy una cebra, se va a asustar» (así el tigre) y «Si le digo que no soy un tigre me va a matar» (así la cebra). ¿Desesperante, verdad? Y tan, tan real. Como suele decirse, después del coito todos los animales se quedan tristes. Añado yo: algunos ya están tristes antes y follan para que se les pase. Oh, vaya, no debería ni pensar estas cosas.