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El azar no designa en cierto sentido más que
la imposibilidad de pensar.
C. ROSSET, Lógica de lo peor
Para llegar hasta Al Trote Largo había que dejar la avenida principal y tomar la segunda calle a la derecha, recorriendo luego un breve pasadizo oscuro (¿recuerdan ustedes la tópica tonalidad dominante en la boca de los lobos?) que llevaba a una especie de patio interior, alto, estrecho y con ropa colgada a varios niveles a modo de domésticas gualdrapas. En el ángulo izquierdo, al fondo, había una puerta con argollas y remaches que recordaba la tapa de un ataúd puesta vertical. Y en ella el rótulo gótico con el nombre del local buscado, que habría sido fácil leer puesto que era de buen tamaño si no hubiera faltado totalmente la luz a aquella hora y en aquel rincón. Es lo malo que tienen la noche y los reservados secretos: que no se ve ni gota.
Llegaron los cuatro hasta la puerta funeraria, es decir, el comando completo: el Príncipe, el Profesor, el Doctor y el Comandante. Marchaban oscuros en la noche solitaria, con una luz incierta, bajo la luna maligna, como Eneas y sus compañeros por las moradas vacías y los reinos desiertos de Plutón, silenciosos también salvo por un leve y pegadizo zumbido proferido entre dientes por el Comandante, que pretendía ser una versión libre del tema de la serie policíaca «Enigma entre sombras». El Príncipe tomó sobre sí la responsabilidad de apretar dos veces el timbre de la puerta. Les abrió un jockey enorme, con sus botas de montar, su gorra bicolor y su fusta bajo el brazo izquierdo. Debía de medir cerca de uno ochenta y pesar en torno a los cien kilos, o sea que era sin duda el segundo jockey más voluminoso del mundo después de Victor McLaglen en El hombre tranquilo. Eso sí, amable como el que más. «Bien venidos, pasen ustedes. Ésta es su casa. No recuerdo ahora mismo sus caras. ¿Quizá es la primera vez que nos honran con su visita?» «En efecto», confirmó el Príncipe, mientras el Comandante sintonizaba vocalmente Surprise Party, considerándola más apropiada para la ocasión. «Esta tarjeta suya nos la dio un habitual de por aquí, Pat Kinane.» El megajockey sonrió amable y distraídamente, sin molestarse en coger la tarjeta que le ofrecían y a la que sólo dedicó una mirada por encima. «Claro, desde luego, lo dicho: bien venidos, pasen, pasen…»
El local estaba decorado con artesonados barrocos y excesivos, ajados terciopelos escarlata oscuro, lámparas con flecos de lágrimas de cristal multicolor, o sea como una discoteca provinciana de hace cincuenta años o como un lupanar clásico de hace cien. Muy acogedor, desde luego, según entendería ese concepto un espíritu libre aunque más bien tradicionalista de mediana edad: en el breve pasillo que daba acceso al salón principal, un cartel advertía: «Espacio para fumadores. Los no fumadores también son bien venidos.» Y la cantidad de humo que flotaba triunfal por metro cúbico demostraba que estos últimos estaban por fin en franca y merecida minoría. Resumiendo, Al Trote Largo era sencilla y llanamente un lugar de juego, mejor dicho, de juegos variados y reunidos, aunque todo él puesto bajo la advocación tutelar del turf. Los grabados de las paredes y las abundantes fotografías enmarcadas representaban siempre a grandes caballos, jinetes célebres y carreras memorables. También había retablos que recogían chaquetillas de cuadras famosas, completadas con fustas, botas y gorras que habían conocido momentos gloriosos y ahora se exhibían un poco vergonzantemente pero todavía ufanas en pequeños altares laterales. Por lo demás, todo el personal de servicio (desde las camareras en microfalda, descocadas aunque algo pasaditas de años y de kilos, hasta los crupieres) llevaba uniformes con alusiones al deporte de los reyes.
En tres grandes mesas redondas, cubiertas de fichas multicolores y de ceniceros en forma de herradura, tenían lugar animadas partidas de naipes. Los jugadores hacían frecuentes comentarios en voz alta pero siempre risueña, sin ninguna brusquedad en el tono. De vez en cuando se oían bromas y carcajadas más o menos estrepitosas, hasta hubo aplausos irónicos para un afortunado que arrastró hacia sí un buen montón de fichas del centro de la mesa. A uno de los costados estaba la ruleta, especialmente concurrida por apostantes y mirones, de la que llegaban con regularidad las voces tradicionales: «Hagan juego… hagan juego… ya no va más.» También allí el clima era más bien familiar, nada tenso ni dramático, aunque con el justo punto de emoción ocasional que realza el sabor adictivo de ese tipo de locales. En el centro de la sala estaba, sin embargo, la principal atracción de la casa: una especie de carrusel donde giraban en perpetua e inútil persecución mutua una hilera de caballitos metálicos. Cada uno de ellos medía no menos de treinta centímetros y estaban realizados con auténtico primor artesano, diferentes en la posición de galope, en la actitud de los jinetes y en los colores de sus chaquetillas pintadas evidentemente a mano. La carrera circular tenía lugar de cinco en cinco minutos, que los clientes aprovechaban para hacer sus apuestas. Después sonaba un alegre carillón y comenzaba la rueda, de medio minuto de duración, muy rápida al principio y que se iba parando poco a poco: el ganador, naturalmente, era el caballo que quedaba más próximo al poste de la meta, coronado por una lucecita roja. Alrededor de ese hipódromo giratorio había varias parejas jóvenes, que animaban a sus favoritos con gritos y gestos o se besaban para celebrar una victoria. Quizá no fuese el juego que convocaba a mayor número de parroquianos, pero sin duda era el más bonito y servía a modo de emblema del local.
Los cuatro recién llegados deambularon un poco de aquí para allá, inspeccionando con atención manifiesta los espacios de juego y de manera más subrepticia al personal que intervenía en cada uno de ellos. Luego se fueron dispersando. El Profesor optó de inmediato por situarse junto a los caballitos, viéndolos girar y soñando con lo estupendo que sería instalar algo parecido en su cuarto de estar. «Si yo tuviese algo así, ya no saldría de casa», se decía, con arrobo. En cambio, el Comandante fue atraído sin resistencia ninguna por la ruleta y a los cinco minutos ya estaba en posesión de un puñado de fichas y apostaba con entusiasmo, sin dejar de silbar entre dientes «Cita en Las Vegas». En cuanto al Príncipe y al Doctor, tras un breve recorrido se quedaron detenidos junto a la mesa de póquer. Allí llevaba la banca y desde luego la voz cantante una señora enteca y hierática, estrictamente revestida con el luto profesional de las viudas más integristas que solamente aliviaba la doble vuelta de un soberbio collar de perlas. Mezclaba, cortaba y repartía los naipes con una infalible precisión que habrían igualado pocos prestidigitadores y muy raros tahúres. El resto de la mesa la consideraba con un respeto temeroso y también con ese punto de resignación con que acatamos el fastidio de que en todo haya superdotados.
– ¡Vaya dominio! -le comentó con admiración de entendido el Príncipe al Doctor.
– Reconozca que no ha visto nunca destreza semejante. Doña Pía es realmente única.
Quien acababa de hacer este ditirambo era un tipo rollizo y bajito, cuya calva rosácea parecía el culito casi masticable de un bebé. Por supuesto, el Príncipe mostró inmediatamente su acuerdo.
– En efecto, antes de jugarme los cuartos con esa doña Pía, me lo pensaría mucho. No sólo tiene cara de póquer, sino hasta cuerpo de póquer. ¡Y cómo maneja las cartas!
– Con decirle que la llaman Pía Baraja… -El amistoso compadre lanzó una triunfal carcajada, que sus oyentes acompañaron con una risita tan cortés como escasa-. Oiga, ¿por qué no se vienen ustedes a tomar una copa con nosotros? Parece que mi amigo Gaudy le conoce a usted.
De modo que el Príncipe y el Doctor le siguieron hasta una sala contigua, en cuyas mesitas no se jugaba pero se bebía y se tomaban snacks. La más próxima a la puerta, estratégicamente situada de tal modo que permitía vigilar casi en su totalidad el salón principal, estaba ocupada por un barbudo de blanca melena profética y gafas oscuras. Se puso en pie para saludarlos sin que ello aumentara demasiado su estatura porque era un liliputiense, aunque su ancho torso y cabeza patricia no lo revelaban a primera vista. A su lado, incluso el calvo parecía un jugador de baloncesto, lo que no impedía que evidentemente le profesara una indudable veneración.
– Éste es mi amigo Gaudy.
– Encantado, siéntense, por favor. ¿Qué quieren tomar?
Realizadas que fueron las presentaciones y tras haber encargado las copas, el Príncipe tomó la iniciativa.
– Me ha comentado Lucky -tal había resultado ser el nombre de su enlace- que usted me conoce ya.
– ¿Eso le ha dicho? ¡Este Lucky…! No, a usted no tengo el gusto de conocerle, aunque le he visto un par de veces de lejos y sé que se llama Samuel Parvi. Pero a quien traté bastante en cambio fue a su padre. Al Rey… -La voz del enano se hizo más opaca, como si se envolviera en terciopelo negro-. He oído que falleció… Es decir, que le mataron.
– Así es. Hace ya tiempo.
– ¿Una trampa? ¿Una emboscada?
– Más o menos.
Gaudy suspiró, agitando con pomposo fatalismo su envidiable cabellera. Luego, como quien establece un axioma:
– Sin traición de por medio, no hubiera sido fácil liquidar al Rey.
El Príncipe asintió con un leve movimiento de cabeza. Tras un par de nuevos suspiros, Gaudy prosiguió:
– Y dime, Samuel… Porque puedo tutearte, ¿verdad? En nombre de la vieja amistad con tu padre me permito llamarte de tú. Pues dime, Samuel: ¿qué te trae por aquí? ¿Eres jugador? Recuerdo que a tu padre no le gustaban los juegos de azar, sólo apostaba a los caballos…
– Me temo que yo soy bastante más ludópata que él. Siempre estoy a la busca de nuevos antros de perdición…
Lucky se frotó las manos gordezuelas con regocijo y metió baza:
– ¡Las ganas de perdición son lo último que se pierde…!
Probablemente se consideraba un legítimo heredero de Oscar Wilde. La mirada que le dedicó Gaudy demostraba bien a las claras, en cambio, que no compartía un criterio tan optimista.
– Fue un amigo del hipódromo quien me habló de este sitio: Pat Kinane.
Gaudy sorbió un trago de su whisky y luego alzó los ojos al techo, a la vez reflexivo y pulcramente gozoso.
– ¡Ah, el querido Pat! Es buen amigo nuestro. Siempre me ha sorprendido lo articulado y agudo que resulta a veces, a pesar de ser jockey. Bueno, no pretendo menospreciar a nadie, entiéndeme, pero he conocido a bastantes de su gremio y…
– Hoy no le veo por aquí -comentó el Doctor en tono casual.
– No, la verdad es que hace semanas que no viene. Y tampoco asistió a la cena de la Hermandad, el jueves pasado.
– ¿La Hermandad? Perdona, Gaudy, pero… ¿a qué Hermandad te refieres?
Aunque pretendieron disimular su interés, tanto el Príncipe como el Doctor se habían inclinado atentos hacia delante. Lo cual desde luego no se le escapó al gnomo, que los miró con los ojos entrecerrados y prolongó su silencio, mientras sonreía.
– Pues… nuestra Hermandad. Por lo que veo vuestro amigo Pat nunca os habló de ella. Muy discreto por su parte, ¿eh, Lucky?
En tono confidencial y reverente, el calvo apostilló:
– Gaudy es el Hermano Mayor.
– Vaya, Lucky, tú en cambio nunca serás acusado de callarte lo que sabes. ¡Hermano Mayor, qué paradoja! Debo de ser el Hermano Mayor más pequeñito del mundo… -Después palmeó la mesa con sus manitas de marioneta, como para despertar a sus oyentes-. ¡Eh, vamos! No pongáis esas caras de intrigados. Con esto de la moda esotérica seguro que estáis pensando que somos una secta satánica o algo parecido. ¡Uhhh, los templarios, la Santa Compaña, los adoradores de Belcebú…!
Aceptó con evidente regodeo las muecas divertidas pero algo embarazadas del Príncipe y el Doctor.
– Me parece que cuando os lo cuente vais a llevaros una decepción. De modo que, a lo mejor, será preferible que no os diga nada más. ¡Son tan bonitos los enigmas y tan tristes las soluciones que los aclaran! -Se rió con malicia aunque sin perder la cordialidad-. Pero no, tranquilos, no voy a pasarme de misterioso. Eso sí, tendréis que dejarme que cuente la cosa a mi manera. También yo tengo derecho a disfrutar un poco… Para empezar, ¿qué sabéis del azar?
Como resultaba evidente que no esperaba ninguna respuesta convincente, el Príncipe se limitó a hacer un amable gesto de sorprendido desconcierto. El orador se esponjó de gusto, dentro de lo que sus limitaciones físicas permitían tales engrandecimientos.
– Primero, un poco de erudición. A ratos me gusta la pedantería… aunque sean ratos cortos, que nadie se asuste. La palabra «azar» viene del árabe. Unos dicen que su origen es el nombre del castillo de Hasart, que allá por el siglo XII se elevaba en algún lugar de Siria, cerca de Alepo. Los castellanos debían de ser gente muy aficionada a juegos y apuestas… Vamos, digo yo, porque en realidad sólo conozco el nombre del lugar. Claro que no faltan quienes suponen que la etimología de la palabra hay que buscarla en otro término arábigo, al sar, que significa «el dado». De modo que vale la conjetura de que en el castillo de Hasart se jugaba a los dados y así todos contentos, ¿no?
Salvo Lucky, que parecía estar pasándoselo en grande aunque debía de haber escuchado ya la lección más de una vez, el resto de los contertulios presentaba a esas alturas un aire de cortés resignación. El improvisado conferenciante alzó un dedito admonitorio.
– Pero venga de donde sea la palabra azar, la idea o, si preferís, el concepto que expresa es desde luego mucho mas antiguo. Probablemente uno de los más antiguos de la humanidad y sin duda el primero con el que los incrédulos se enfrentaron a la tradicional creencia en los dioses, sus designios y su providencia. Porque hablar de azar, de la casualidad, la suerte, el hado o la fortuna… todo son formas de negar que haya razón o propósito divino, y mucho menos justificación moral, en lo que acaece en nuestras vidas.
– Si no recuerdo mal, también la Fortuna y el Hado fueron dioses… -arguyó el Príncipe.
– ¡Vamos, amigo mío! Tampoco habrá olvidado que los impíos revolucionarios jacobinos desalojaron el altar mayor de Notre-Dame de sus hostias y vírgenes para entronizar a la diosa Razón, representada por una actriz ligera de ropa. Para ser eficaces, los comienzos de la lucha contra lo establecido y tradicional deben adoptar formas superficialmente semejantes a lo que combaten. Los humanistas del Renacimiento no paraban de invocar a la diosa Fortuna a fin de hacer menos patente que no sentían devoción por ninguna otra divinidad de las realmente veneradas… ¡salvo por aquella que las desmentía a todas!
El Doctor se sentía evidentemente un poco incómodo envuelto en tanta mitología.
– Pero ¿no era el azar o la suerte una especie de predestinación para los antiguos? Algo así como la causa que invocaban cuando no sabían qué causa invocar. Y creo que hoy sigue funcionando igual para nuestros contemporáneos más supersticiosos…
El Hermano Mayor enano le interrumpió con brusquedad y bastantes malos modos. Era evidente que disfrutaba mucho más dando lecciones magistrales que contestando objeciones.
– ¡Ni mucho menos, nada de eso! ¡Como si los grandes maestros del pasado fuesen imbéciles! ¿Acaso era imbécil Lucrecio, para quien sólo la noción de azar acaba con la superstición porque excluye todas las razones fundadoras y cualquier ordenamiento intencional del mal llamado cosmos? ¿O Pascal, que atinadamente consideraba la opaca y ciega casualidad el reverso infernal de Dios? Señor mío, se diría que confunde usted lo radicalmente aleatorio con el horóscopo de las revistas o la buenaventura de las gitanas…
Se había encrespado tanto que se le erizaba la copiosa barba y parecía lanzar chispas, como si estuviese sometida a electricidad estática. De modo que el Príncipe optó por suprimir la polémica y pasó a interesarse mansamente por la doctrina.
– Creo entender por tanto que su Hermandad rinde algún tipo de culto o veneración al azar…
– ¡Pues entiende usted muy mal! -Gaudy se mantenía en pie de guerra, aunque se iba tranquilizando poco a poco-. Mire, sigue usted creyendo más o menos que el azar es para nosotros una especie de divinidad, en vez de lo antidivino por excelencia. Fíjese, hombre, y se convencerá: en el azar no hay nada que adorar o que reconocer porque precisamente el azar consiste en negarse a cualquier adoración, a cualquier reconocimiento y sobre todo a cualquier explicación última. ¡No hay razón de nada, todo es sin por qué o porque sí, como prefiera!
Había alzado agudamente la voz casi hasta el chillido, lo que sobresaltó a un viejo camarero y puso en riesgo de derrumbe las copas y la botella que llevaba sobre la bandeja.
– Pero entonces ustedes… Es decir, esa Hermandad…
– No se apresure en sus conclusiones. Hay más. Ya le advertí que debía dejarme contarle las cosas a mi modo. -El irascible liliputiense había vuelto a tratar de usted al hijo de su viejo amigo, por lo visto como consecuencia del distanciamiento producido en la viva discusión. Pero su tono iba haciéndose de nuevo amistosamente familiar-. Mira, la casualidad o el azar son el marco general de cualquier concepción del mundo no supersticiosa. No se trata de ningún dogma que afirme o justifique nada, sino algo parecido a llevarse el dedo a los labios y decir «¡Chiis…!» a la barahúnda cacofónica de los dogmas vigentes. Sin embargo, aunque uno renuncie a la Providencia o a la Sabia Naturaleza que todo lo planea (y que son lo mismo), todavía queda lo más irrefutable, lo que nadie puede negar aunque carezcan de explicación última: los hechos. Esos hechos azarosos que nos construyen o destruyen, que juegan a nuestro favor o en nuestra contra. -Se agitaba en la silla como presa de picores, mientras sus piernas, que no llegaban ni mucho menos al suelo, lanzaban bajo la mesa patadas al aire-. Y de tales hechos nos interesan, ¿qué digo nos interesan?, nos fascinan unos cuantos en especial, aquellas casualidades que nos salvan de improviso o que nos proyectan a la gloria, esas que representan lo mejor que puede pasarnos, sin vulgares moralismos ni interesadas meritocracias, o sea, por decirlo en dos palabras: la denominada buena suerte. Ahora se lo puedo decir ya: la nuestra es la Hermandad de la Buena Suerte.
Gaudy marcó un silencio solemne, como si acabara de pronunciar una palabra mágica o de realizar un arriesgado juego de prestidigitación con perfecto resultado. Se le quedó, como siempre que acababa de hablar, una visible perla de saliva en el labio, repetida circunstancia que al Príncipe llevaba desagradándole desde hacía rato. Por decir algo y mostrar aplicación, recapituló:
– Vaya, conque se trata de eso. De modo que ustedes consideran que son especialmente afortunados…
Esa observación volvió a encrespar al diminuto Hermano Mayor.
– ¡Claro que no! Entre nosotros hay gente con suerte favorable y otros a los que no les sonríe jamás, como en cualquier colectivo humano. ¿Acaso le parece que yo he tenido buena suerte naciendo con este cuerpo de alfeñique?
– Pues entonces no entiendo…
– Creo que no entiende porque no tiene paciencia para dejarme que le explique las cosas del todo. Nosotros no somos más propicios a la buena suerte que los demás, ni podemos conseguirla ni invocarla en modo alguno. Nos limitamos a celebrarla. La suerte es insobornable y automática: precisamente consiste en el automatismo de un mundo sin por qué. Pero de vez en cuando, todos los días, a cada momento, la buena suerte ocurre. Llega sin mirar a quién le toca, de modo perfecta y gloriosamente amoral. Y nosotros celebramos esa aparición cada vez que podemos constatarla. Ciertos pueblos primitivos rendían culto al sol, que sale cada día para iluminar a los santos y a los canallas, a los tristes y a los felices. Pues bien, la buena suerte es como el sol para nosotros. Algo radiante e implacable. Y de vez en cuando se diría que siente predilección por alguien y le distingue con sus visitas más frecuentes. Es sólo una forma de hablar, naturalmente, algo que intenta expresar nuestra limitada perspectiva antropomórfica…
Siguió explayándose sobre el asunto, de manera incontenible. Era evidente que había repetido el sermón mil veces y siempre con el mismo íntimo regusto. La Hermandad carecía de rituales, salvo una cena semanal en la que cada uno de los miembros relataba los casos más deslumbrantes de buena suerte que habían llegado a su conocimiento. Por eso, para buscar material, solían frecuentar lugares en que la suerte se manifiesta de manera más obvia: casinos, paritorios, la Bolsa de valores, competiciones deportivas, cualquier tipo de sorteo…
– Aunque, claro, la buena suerte puede darse en todas las circunstancias de la vida humana. Por ejemplo, hemos estudiado durante meses las incidencias que rodearon los atentados terroristas en Nueva York, Madrid y Londres. ¡Deslumbrante! La gente que el once de septiembre no fue a trabajar a las Torres Gemelas o perdió en el último momento el avión asesino donde ya tenían plaza reservada. Los que el día de autos no pudieron tomar el tren de Atocha como hacían cada mañana porque estaban con gripe o llegaron a la estación de Russell Square en el metro anterior al que fue dinamitado… ¡los elegidos de la buena suerte!
El Doctor, que llevaba un rato removiéndose inquieto en su asiento, creyó llegado el momento de formular su objeción:
– Pero todo eso son meras casualidades, ni más ni menos. No indican nada ni creo que haya en ellas nada que celebrar. En todos esos casos, la buena suerte de unos fue malísima para los demás, por decirlo con su propio lenguaje…
El Hermano Mayor le miró casi con conmiseración, sin irritarse siquiera.
– Usted lo llama casualidad y sin duda lo es, pero se trata de una casualidad buena, favorable, salvadora. Ya sabemos que la mayoría de los azares, empezando por nuestra propia venida al mundo, son aciagos y letales. Pero de vez en cuando brilla con luz propia uno redentor y glorioso, como un diamante medio enterrado en un montón de estiércol. A nosotros sólo nos interesa ése y nos regocija saber que está ahí, a pesar de todos los pesares, y que volverá a manifestarse cuando menos lo esperemos, una y otra vez…
– En cualquier caso no me parece posible hablar de «elegidos» de la buena suerte, porque el salvado hoy puede ser destruido mañana por otra casualidad.
– Desde luego, somos conscientes de ello. Empecé por decirles que hablar de «elegidos» era una forma antropológica de expresión, en el fondo inadecuada. Pero aun así puede constatarse que hay personas en las que la buena suerte parece complacerse especialmente, mucho más de lo que les corresponde por simple estadística… -Alzó otra vez la manita, reclamando especial atención, y luego señaló disimuladamente a un hombre alto y elegante de mediana edad que en ese momento cruzaba con paso decidido el salón rumbo a la mesa de la ruleta-. ¿Ven a ese caballero? No sé cuál es su nombre real, nosotros en la Hermandad le llamamos Narciso Bello, ya saben, como ese primo tan afortunado del Pato Donald. Pues bien, ese tipo es un caso extraordinario de buena suerte, al menos en lo tocante al juego. No creo equivocarme si les digo que gana siempre, y yo mismo, en los últimos tres meses, he presenciado cómo saltaba la banca otras tantas veces en este local. En cuanto le ve acercarse a la ruleta, el crupier se pone a transpirar…
Miró al Príncipe con provocación maliciosa e hizo un gesto de invitación como cediéndole el paso.
– Adelante, si no me crees puedes comprobar personalmente lo que afirmo. Te apuesto lo que quieras a que Narciso Bello gana también esta noche. Y créeme si te aseguro que para hacer esta predicción no confío en la buena suerte (a mí nunca me acompaña, soy igualmente desdichado en el juego y en el amor), sino que tan sólo acepto lo que sencilla pero inapelablemente me ha enseñado la experiencia.
El Príncipe le devolvió la mirada y luego se encogió de hombros. Durante un segundo, brilló en los ojos azules la chispa del reto que se acepta, el fulgor del desafío.
– Muy bien, después de todo aún no he hecho ni una sola apuesta en toda la noche. Ya es hora de empezar. ¿Te parecen bien tres de los grandes? -Ante la aquiescencia muda del Hermano Mayor, se volvió hacia la ruleta e hizo un leve gesto con la mano. Aunque el Comandante estaba en apariencia plenamente concentrado en las incidencias del juego, en realidad no quitaba ojo a la mesa de su jefe. De modo que en un momento estaba junto a él, escuchando lo que el Príncipe quiso susurrarle al oído. Después asintió y regresó de nuevo al tapete de juego. Con una leve sonrisa, su patrón se reintegró también como si nada a la charla con Gaudy-. Bueno, ya está. Alea iacta est, como dijo el gran aventurero… un precursor de vuestra Hermandad. Mi amigo nos referirá puntualmente lo que ocurra en la ruleta: puedes estar tranquilo porque en estas misiones su objetividad es total. Y ahora perdona pero hay algo que me resulta chocante. Si quisieras…
– ¡Adelante, adelante! Estaré encantado de aclararte cualquier duda… -De pronto relajado tras ver su apuesta aceptada, el Hermano Mayor era todo mieles y obsequiosidad. Pero seguía con la asquerosa gotita de saliva pegada al labio inferior.
– Pues, francamente, no acaba de encajarme Pat Kinane en todo esto. Me asombra que se haya interesado por cuestiones tan… metafísicas.
– ¿Interesarse? Di más bien que se apasionó en cuerpo y alma. En la última de nuestras cenas a la que asistió, hace dos o tres semanas, intervino contando el caso de un jockey elegido por la buena suerte y fue un auténtico éxito. Comprobamos que tiene esa facilidad céltica para narrar leyendas. En el fondo, todos los irlandeses son más o menos poetas… ¡hasta los jockeys! Lucky, ¿cómo era la historia de ese jinete que nos contó Pat? Seguro que no la has olvidado.
El interpelado dijo que, en efecto, la recordaba muy bien y que tendría mucho gusto en repetirla cuando volviera del excusado.
– Ahora debo ir a hacer algo que nadie puede hacer por mí -aclaró innecesariamente y también innecesariamente pimpante.
Gaudy le miró alejarse y suspiró.
– Como habrás notado, mi amigo Lucky es un imbécil aunque él crea que es humorista y hasta poeta. Pero Lucky no tiene nada de irlandés, pobrecillo… Sin embargo, su memoria es realmente asombrosa. Comprende poco pero nunca olvida nada, ni importante ni trivial. Yo lo utilizo como si fuera mi agenda y no me falla jamás. ¿No has advertido que los tontos suelen tener muy buena memoria? Debe de ser un mecanismo de compensación natural… En cualquier caso, la desgracia es que no saben qué hacer con todo lo que recuerdan.
En cuanto volvió a sentarse a la mesa, Lucky empezó su narración, es decir, la transcripción memorizada de la de Kinane. Resultaba patente que repetía no sólo datos sino giros y expresiones que había escuchado al otro. Hasta los gestos de sus manos gordezuelas y el tono de su voz parecían ajenos, impregnados de una elocuencia que no le pertenecía. Aunque nunca le había tratado personalmente, el Príncipe estaba seguro de que Pat Kinane hablaba precisamente así.
– El jinete se llamaba Johnny Longden y era inglés aunque desempeñó su oficio en Estados Unidos. Realmente uno de los mejores, comparable a Eddy Arcaro o Bill Shoemaker. Su mayor momento de gloria fue cuando ganó la triple corona americana con Count Fleet, en 1943, pero anotó muchos otros triunfos importantes en su palmarés. Montó durante cuarenta años y se retiró en 1966, cuando ya tenía casi sesenta. Había logrado un total de seis mil y pico victorias, lo que le consiguió un puesto en el Hall of Fame del museo hípico de Churchill Downs. Después se dedicó a entrenar, también con éxito: veintiséis años después de haber ganado el Derby de Kentucky como jockey volvió a ganarlo como preparador con Majestic Prince. Nadie ha repetido la hazaña. Por eso la pista de hierba del hipódromo de Santa Anita, en California, lleva su nombre. -De vez en cuando Lucky cerraba los ojos para atrapar el dato que se le escapaba y construía sin fallos las frases, pedantemente, como si las leyera frente a él en una pantalla, escritas por otra mano más culta que la suya-. Pues bien, siempre se dijo que, aparte de sus indudables habilidades profesionales, Johnny Longden gozaba de una suerte realmente asombrosa. Envidiable, desde luego. Y no sólo en los hipódromos. Su buena fortuna llegó a convertirse en una especie de leyenda…
Lucky hizo una pausa para beber un trago, mientras constataba muy orondo la atención mantenida que había suscitado.
– Su primer y más famoso golpe de buena suerte data de cuando tenía cinco añitos. La familia decidió trasladarse a Estados Unidos y tomaron plaza para la travesía en el Titanic. Pero a la hora de embarcar en el barco fatídico, el niño se perdió por el puerto y no hubo manera de encontrarle, a pesar de los esfuerzos desesperados de sus parientes. Apareció justo después de que fuera definitivamente retirada la pasarela, cuando el transatlántico ya zarpaba. A partir de ahí se multiplican los incidentes afortunados. Como entiendo muy poco de carreras, me cuesta repetir los que Kinane nos contó pormenorizadamente, pero entre ellos se incluían lluvias providenciales que ablandaban la pista cuando él montaba un caballo que la prefería así, retiradas de última hora de sus adversarios más peligrosos y hasta una caída en plena recta final del jinete que le disputaba el triunfo. En otra ocasión fue él quien estuvo a punto de caer bajo las patas de los caballos, cuando luchaba entre otros varios durante un final apretado: providencialmente, el jinete que estaba a su derecha le sostuvo por un brazo y el que iba a su izquierda por el otro, permitiéndole equilibrarse de nuevo en la silla. Longden les agradeció brevemente el favor, volvió a empujar a su montura y ganó por medio cuerpo la carrera. También recuerdo ahora otra anécdota que me resultó divertida. En cierta ocasión se encontraba examinando un potro de un año que le interesaba en una subasta y cuando bajó la vista para leer sus datos en el catálogo el animal coceó violentamente con las dos patas traseras y le voló el sombrero de la cabeza. Si no llega a inclinarse tan providencialmente, le machaca el cráneo. ¿Qué les parece? Je, je.
En ese preciso instante se produjo una pequeña marejada. Entre murmullos o francos parabienes, el denominado Narciso Bello cruzaba la sala principal con las manos llenas de fichas de todos los tamaños y colores, rumbo a la caja. Al entrar en el ángulo de visión de Gaudy le lanzó una mirada irónica y le hizo una breve inclinación de saludo, a la que el liliputiense respondió con una florida zalema. Y al momento siguiente llegó a la mesa el Comandante, para rendir su informe. Estaba tan congestionadamente confuso que había olvidado por un momento todo su abundante repertorio musical. Quiso hablarle al oído al Príncipe, pero éste le ordenó que lo hiciera en voz alta para todos los contertulios.
– Ese tipo, joder, un auténtico prodigio. ¡Zas, zas, y gana sin parar! Apuesta de golpe, casi ni mira dónde pone las fichas, cada vez más… rojo, negro, falta, pasa… catapún… y se lo lleva todo… ¡paf! -La onomatopeya era la figura retórica favorita, quizá demasiado favorita, del Comandante-. Al comienzo, no se le notaba nada especial. Pss… perdía unas veces y ganaba otras, tanteando, como todo el mundo. Pero de pronto empezó a ganar. Y a ganar. ¡Y a ganar, uf! Ya no volvió a perder ni una sola puta apuesta. Si sigue un poco más, yo creo que los despluma. Hasta los obliga a cerrar el local. ¡Así, en un pispás! Pero ha preferido retirarse con los beneficios y marcharse poniendo cara de bueno. Les ha perdonado la vida, seguro… ¡Será jodido el cabrón!
Sin decir palabra, el Príncipe sacó un puñado de billetes de la cartera y se los entregó al Hermano Mayor, que los recibió con gratitud reverencialmente burlona. Después comentó, al desgaire:
– Supongo que el señor Narciso Bello será miembro destacado de su Hermandad…
– Pues no, te equivocas de nuevo -dijo Gaudy mientras se embolsaba las ganancias-. En una ocasión intenté reclutarle y le hice oír el discursito que vosotros ya conocéis, pero se rió en mis narices. «¿Buena suerte?», decía entre carcajadas un poco excesivas. «¡Pero qué buena suerte ni qué…!» No hubo manera.
– Seguro que tiene un método, un sistema científico de juego -estableció a media voz el Doctor.
– ¿Usted cree? -El Hermano Mayor hizo con la garganta unos ruiditos escépticos-. Me extrañaría muchísimo. La mitad de la gente que está en torno a esa mesa no hace más que observarle, anotar todas sus apuestas y tratar de descubrir el secreto de su éxito. Y hasta el momento, nada de nada. Me parece más fácil resignarse a los caprichos de la suerte…
El Príncipe asintió vigorosamente, suscitando el escándalo del Doctor.
– En esta ocasión debo decir que comparto tu criterio, aunque lo irracional me resulta muy poco atractivo…
A continuación, se puso en pie y tras una cortés despedida marchó hacia la puerta, seguido del Doctor, el Comandante y el obsequioso Lucky, que correteaba junto a ellos balando melifluo: «¿Ya se van? Pero ¡por qué se van ya, si ahora es cuando esto se pone bien! Nada, que se van, ¿eh? Los acompaño, los acompaño…»
Y así lo hizo, hasta la misma puerta. Allí detuvo al Príncipe tirándole de la manga.
– Por lo visto lleva tiempo sin echarle el ojo encima a Pat, ¿verdad?
El Príncipe asintió, sin responder.
– ¿Por qué no va una noche de éstas al Elixir de Amor? Allí canta toda la semana Siempreviva. Cosas de ópera, ya sabe. Tiene una voz estupenda. Resulta que Siempreviva es también miembro de nuestra Hermandad y muy, muy amiga de Pat Kinane. Algo podrá decirle sobre su paradero… ¡Con Dios, con Dios! ¡Que la suerte los acompañe! -Y celebró en solitario su rasgo de ingenio.
El Profesor se alejó con esfuerzo y pena del carrusel de los caballos. Sus giros despertaron ese lado bobalicón, infantiloide, que era su deleite y su vergüenza. No podía remediarlo. Había estado toda la noche efectuando apuestas mínimas en el juego, pero sobre todo viendo girar la rueda de la fortuna e imaginando los grandes premios internacionales que allí podrían estar representados de manera alegórica. Para él, cada uno de los muñequitos hípicos que hacían la ronda una y otra vez ya tenía su personalidad, con habilidades y caprichos propios. Alguno de ellos -en particular uno de chaquetilla negra y gorra roja- se ganaba una atención y casi un afecto especiales. Al Profesor le tenía hechizado ver cómo unas veces, incluso varias veces seguidas, ocupaba su predilecto la primera plaza, para ser último después. Claro que en esa contienda cíclica el último no era más que un candidato a primero que se pasaba de listo… «Como en la vida -se decía-, como en todo lo demás. Siempre dando vueltas pero sin perder el entusiasmo. Y de vez en cuando, nos pasamos.»