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El hombre que tiene la suerte a su favor es más

raro que un cuervo blanco.

JUVENAL, Sátiras

Que no, Lucía, que no tienes derecho a hacerme ningún reproche, ni siquiera a mirarme con desaprobación, como si yo pudiese decirte una cosa por otra. Sabes que ése nunca fue mi estilo, ni antes de… ni tampoco ahora, faltaría más. Si te digo que sólo tomé un whisky y medio es porque eso fue lo que bebí, ni más ni menos. Y no fumé ni un mísero cigarrillo, mucho menos un puro. Hace bastantes meses que no compro puros ni acepto los que me ofrecen, a pesar de que ya sabes cuánto me gustan. En lo que toca al alcohol, me resulta aún más fácil moderarme, porque nunca he sido demasiado aficionado: me molestan todas las formas de delirio, incluso ese delirio portátil que es la embriaguez. De modo que queda dicho y te pido muy seriamente que no te pongas escéptica sólo para hacerme rabiar, que ya nos conocemos: bebí poco, no fumé nada. Y punto.

¡Ah, que me estoy volviendo virtuoso! Ya veo la guasa que te traes… ¡anda, menuda eres, nunca voy a conseguir que me tomes en serio! A ver, ¿cuándo he sido yo vicioso, es decir, vicioso de verdad, vicioso grave? ¡No, eso no era ningún vicio y mucho menos entre marido y mujer! Lo que pasa es que tú habías corrido muy poco mundo cuando… cuando aún estabas en el mundo, corazón mío. Y todo te escandalizaba en ese terreno, aunque tuvieras una manga mucho más ancha que yo en casi todo lo demás. La mentira, por ejemplo. Nunca he conocido a nadie que mintiese con mayor aplomo que tú, y mentiras bien gordas. «Sin mentiras no se puede vivir o se vive mucho peor», me decías, tan tranquila. Y cuando yo te confesaba que la mentira siempre me ha dado no sólo asco sino también miedo, que sólo he recurrido a ella en las ocasiones de mayor apremio, como quien toma un asqueroso purgante o se hace estallar un grano lleno de pus con las uñas para acabar de una vez con el absceso… entonces me tomabas gentilmente el pelo. «¡Ay, mi científico, mi sabio riguroso e insobornable siempre en busca de la verdad! ¡Pobrecito, lo que le espera!» ¿Habrase visto impertinencia semejante? Y ahora cuánto la echo de menos…

Pues no, so lista: ni la virtud ni la moralina tienen nada que ver con lo morigerado de mis hábitos. Aunque te lo tomes a broma, se trata de ciencia, pura ciencia y simple lógica aplicada, nada más. ¡Venga, ya te puedes reír todo lo que te apetezca! En estas cuestiones higiénicas tengo una teoría básica, que paso a explicarte aunque te tapes los oídos para no escucharme o la boca para no romper en carcajadas. Cuando me empeño en algo, ya me conoces. Pues bien, la cosa va así: yo creo que hasta los treinta años, más o menos, los humanos somos capaces de vivir a nuestro aire porque la naturaleza cuida de nosotros. El niño puede saltar, trepar o meterse en agua helada para experimentar qué se siente, el adolescente y el joven pueden comer basura, emborracharse, tomar todo tipo de sustancias nocivas, bailar hasta la extenuación en cuchitriles mal ventilados o pasarse las noches sin dormir: da igual, la naturaleza nos tiene a su cargo, repara los daños, minimiza los riesgos. Por supuesto, de vez en cuando ocurren accidentes, un niño se electrocuta al meter los dedos en el enchufe o un veinteañero se estrella yendo en moto a demasiada velocidad y borracho, pero son acontecimientos aislados, comparativamente raros en vista de la seriedad y frecuencia de los peligros asumidos.

A partir de los treinta el panorama comienza a cambiar, la naturaleza nos atiende con mayor desgana y racanería: como una de esas pólizas baratas de seguros que cubren pocas eventualidades y sólo mientras no desborden una cifra módica de gastos para la empresa. Pero de los cuarenta en adelante, la madrastra Natura nos abandona por completo y se muestra indiferente a nuestras cuitas. Ya no cuenta con nosotros para nada y si nosotros contamos con ella para algo vamos listos. Según refieren los que han llegado hasta viejos a pesar de todo, de los sesenta para arriba -es decir, para abajo- la naturaleza se vuelve francamente hostil y nos persigue con todo tipo de trampas o dolencias, disparando sus cañones para abatirnos como el videojugador que trata por todos los medios de liquidar a los invasores marcianos. Ni nos cuida ya ni le resultamos indiferentes, sino que para sus planes estamos de sobra. Somos una pieza a cobrar, una alimaña superflua. Y colorín, colorado…

De modo que yo estoy ahora en la fase de la autoprotección, lo que los médicos latinos llamaban la cura sui. No cometo excesos porque sé que cada uno de ellos es un pagaré contra mi propio y cada vez más escaso capital, no contra los fondos inexhaustos de la naturaleza. Como puedes ver, la virtud no interviene en esto para nada. Querida mía, lo cierto es que no abandonamos los vicios por virtud, sino porque ya no podemos costeárnoslos con la salud que nos queda. No somos nosotros quienes dejamos el vicio, sino que es el vicio quien nos deja en paz, aburrido de tantos melindres. De modo que bebo poquito y prácticamente no fumo jamás. La naturaleza ni me mira y yo sólo la miro con el mayor de los recelos. No te preocupes, que si sigo así conseguiré vivir muchos años. Lo que soy incapaz de decirte es para qué quiero seguir viviendo más años sin ti. Sólo se me ocurre una explicación, que no es desde luego natural ni del todo sobrenatural. Mientras yo viva, tú también seguirás estando en este mundo como presencia protagonista. Con mi muerte, moriremos del todo y para siempre ambos, nos perderemos en la nada como si no hubiésemos existido jamás, como si nuestro amor no hubiera sido, cuando en realidad fue tanto, tanto… Igual que antes luché para que no murieses, ahora intento evitar la muerte yo, por lo mismo: para que sigamos juntos. Otra razón no tengo para este largo penar, ni otro apego.

Que sí, que tienes razón: venga, ya dejo de quejarme y de hablar de cosas tristes. Vamos a lo que importa. El caso es que esa noche salí de Al Trote Largo sobrio como un juez. Tampoco creo que ninguno de los otros tres compañeros hubiese bebido mucho, aunque el Comandante se empeñaba en mascullar la sintonía de «Noche de copas». Recorrimos de nuevo el callejón y nos despedimos al llegar al bulevar principal. El Príncipe nos convocó a un consejo de guerra a la mañana siguiente, pero sin necesidad de madrugar, ya hacia mediodía. Y luego cada cual se fue a su guarida. Es decir, todos menos yo. Porque resulta que yo tenía mis propios planes y en cuanto se perdieron de vista volví sobre mis pasos y regresé al local que acabábamos de abandonar. No entré, sino que me aposté a favor de la oscuridad en el quicio de un portal situado enfrente. Y allí comencé mi acecho. ¿A que no te imaginas lo que me había propuesto? Nada, frío, frío, no aciertas.

Estaba esperando a que saliera Narciso Bello, ni más ni menos. El gran triunfador debía de estar gastándose parte de sus ganancias en el bar, hacia donde yo le había visto dirigirse cuando salíamos. Pero antes o después volvería a casa, no era cuestión más que de tener paciencia. Alguna vez tendría que acabar de celebrar su «buena suerte»… ¡La buena suerte! ¡Menuda gilipollez! Todo el discursito del enano me había parecido auténtica basura. La verdad, me extrañó que una persona inteligente como el Príncipe -porque listo lo es como él solo, de eso no cabe duda- le hubiera escuchado con tanta reverencia y poniendo cara de que estaba aprendiendo cosas de mucho interés. Si se tratase del Profesor, vale, porque a ése cualquier cosa que suene a fantástico y medio espiritualista le atrae como la mierda a las moscas. Pero el Príncipe ya es más raro que se tragara tantos cuentos. Claro que quizá fingía, puede que sólo fuese un truco para sonsacarle… Porque lo que es a mí, te aseguro que me parece evidente que todo eso del azar, la suerte, la casualidad, el hado y no sé qué más son sencillamente palabrería para revestir nuestra ignorancia de las causas que operan en el mundo. Lucía, ya sabes cómo pienso yo en esas cuestiones: en cuanto ocurre, sea dentro o fuera de nosotros, no manda más que la necesidad. Todo lo que pasa es necesario que pase, aunque a veces nos sorprenda porque ignoremos las múltiples e irresistibles causas que han coincidido para producirlo. Pero la necesidad no le gusta a la gente y siempre tienen que procurarse algún embeleco verbal para añadir purpurina a la monotonía gris de lo real. Unos se inventan dioses, otros creen en los astros y bastantes se esconden tras nombres aparentemente más neutros pero en el fondo tan supersticiosos como los demás: ¡el azar! Y hasta fundan con otros ilusos una Hermandad para «celebrar» la buena suerte, lo mismo que quienes forman una cofradía para cantarle a la Virgen de los Desamparados. Puaf, me revuelven el estómago. ¡Y qué contentos están de haberse conocido y de tener un mágico secreto que lo explique todo sin explicar nada de nada! Detesto por igual las intuiciones, las visiones y todas las revelaciones: me bastan la lógica, el cálculo y la humildad de admitir sencillamente que hay muchas cosas que no sé… pero que tienen que ser tan necesaria y rigurosamente causadas como las que sí sé.

Entonces… ¿qué pasa con don Narciso, el elegido de la buena suerte? Vamos, no te hagas la boba ni quieras tratarme a mí como si fuera lerdo. Sabes perfectamente que sus extraordinarias ganancias no pueden deberse a caprichos del azar sino a algo difícil de concebir pero no sobrenatural: un sistema de juego, un método bien calculado para derrotar la inercia de la ruleta. Lo sé, lo sé: son miles los que han intentado alcanzarlo, aunque siempre en vano. Es algo de lo que se habla con anhelo pero que nadie conquista y que por tanto sólo los descerebrados siguen empeñados en buscar, como el Santo Grial o la Piedra Filosofal. Sin embargo… Aunque el Profesor cree que lo he olvidado o no lo conozco bien, tengo muy presente a Sherlock Holmes. Recuerdo especialmente el axioma básico de su sistema deductivo: cuando todas las explicaciones verosímiles han sido descartadas por demostrarse imposibles, lo que queda, por extraño o chocante que parezca, debe ser la solución verdadera. Bueno, algo así, ya me entiendes. El caso es que ese imperturbable afortunado sin lugar a dudas tiene que haber encontrado un mecanismo para forzar la aparentemente caprichosa suerte, una fórmula combinatoria cuyo resultado inexorable y necesario es saltar la banca. ¿Difícil de creer? Puede que sí, pero todo lo demás es imposible de creer. O mejor dicho, no hay nada que creer en ello, es humo, mero vacío.

De modo que me instalé entre las sombras, a la espera de que el así llamado Narciso Bello abandonase el escenario de sus triunfos. Mi esbozado propósito era simple, quizá en demasía. Pensaba abordarle y hablarle con la mayor franqueza que me estaba permitida. Me presentaría como una especie de científico o de académico, un estudioso de lo lúdico y de sus formas, cualquier chorrada semejante que pareciese tan convincente como moderna, es decir lo uno por lo otro. No le pediría que me revelase su método -¡atención, esto es muy importante!- porque yo no soy jugador ni pretendo hacerme rico por la vía rápida arruinando a los casinos. Ya tengo resuelto el problema de ganarme la vida, lo único que quiero solventar ahora es la cuestión de en qué invertirla. Pero eso desde luego no me lo va a facilitar él…

No, la petición que iba a hacerle, con más o menos rodeos, era mucho más sencilla: le rogaría que me confirmase si efectivamente lo suyo es un método, un sistema, una combinatoria y no mera casualidad favorable. No pretendo saber lo que hace -iba a decirle-, sino sólo comprobar que hace algo, que cumple un esquema previo deliberado y científicamente exacto. De ese modo lo que a primera vista, para los ilusos y descerebrados, parecía una convalidación de factores irracionales se demostraría a fin de cuentas un testimonio más a favor de la razón, el único instrumento que descubre los engranajes según los cuales funciona el mundo. Por supuesto, le daría la seguridad de que nada de lo que me dijese, por genérico e inconcreto que fuera, se haría público sin su autorización: yo no busco el renombre, ni quiero nada para mí -le aseguraré-, sólo aspiro a la íntima satisfacción de ver derrotada de nuevo la superstición idealista, aunque todo quedase a fin de cuentas entre él y yo. En último caso, si no quería hablar para no comprometerse o descubrirse, me bastaba con que afirmase o negase con la cabeza cuando yo le formulara la pregunta crucial.

Esperé y esperé, pasaba el tiempo y se me hacía largo, tenía cada vez más sueño. Pero ya sabes cómo soy, no pertenezco al inconstante pelotón de los que cejan. Por fin mi hombre salió del antro: no había error posible porque permaneció durante un largo momento encuadrado por la luz de la puerta abierta, mientras con un gesto tópico y para mi gusto bastante repugnante introducía un billete doblado, una propina, por el escote ancho y blando de una moza liberal que le había acompañado hasta la salida, sin duda con la esperanza de lograr algún trato posterior más remunerativo. Después la puerta se cerró y volvió la oscuridad, pero como mis ojos estaban ya bastante acostumbrados a ella le vi trastabillar e incluso le oí maldecir un par de veces con voz pastosa. Resultaba evidente que estaba bastante borracho. Una circunstancia imprevista pero afortunada, porque esa turbia condición podría facilitar mis planes. Mi experiencia me ha enseñado que todos los que sienten primero la irresistible necesidad de beber no tardarán mucho en experimentar la no menos irresistible necesidad de hablar. De modo que me dispuse a salir de las sombras y acercarme a él, quizá para ofrecerle un último trago mientras fingía estar yo también un poco demasiado alegre.

Pero algo me detuvo. La puerta del garito había vuelto a abrirse y una segunda figura, para mí desconocida, marchaba ahora en pos de Narciso Bello. Podía tratarse de una simple coincidencia, claro está. Quizá el otro parroquiano se retiraba también hacia su casa y no tenía más remedio que recorrer ese mismo trayecto, al menos hasta salir del oscuro callejón. Y sin embargo algo en su actitud, su forma de vigilarla silueta tambaleante que le precedía (y que de vez en cuando apoyaba la mano en la pared, para recobrar el equilibrio) me convencieron de manera intuitiva, maldita intuición, de que iba siguiéndole. Era sin duda una presunción inquietante: Narciso Bello debía de llevar encima una cantidad nada desdeñable en efectivo, por mucho que se hubiera gastado en copas. Además tenía una bien ganada reputación de que nunca salía del salón de juego con los bolsillos vacíos. Cualquiera de los que asistieron a su velada triunfal y le vieron luego beber en exceso podía haber concebido la esperanza delictiva de que no iba a ser muy difícil dejarle sin blanca. Un crimen menor, después de todo, porque ya volvería a ganar otra vez la próxima semana… ¡con la buena suerte que tenía!

De acuerdo, Lucía, admito que a veces me gusta especular y en seguida monto una teoría a partir de unos cuantos datos. Pero no vas a negarme que mi historieta conjetural sonaba perfectamente verosímil, incluso muy probable. Casi inevitable, en este mundo poco fiable y nada honrado en que vivimos. De modo que, con el mayor sigilo y procurando no desmarcarme nunca de la penumbra, me lancé en pos de las dos figuras que desfilaban delante. Te confieso que no tenía la menor idea de lo que iba a hacer a continuación. Por supuesto, no era cosa de intervenir antes de tiempo a partir de meras sospechas y arriesgándome a quedar en ridículo. Pero si en el momento oportuno podía echarle una mano salvadora al elegido de la fortuna, quizá el agradecimiento que sin duda debería ganarme así facilitaría la charla con él y propiciaría sus confidencias.

Nuestra procesión callada y furtiva prosiguió a todo lo largo del callejón y luego por la avenida principal. Primero el tambaleante Narciso Bello, ahora más bien Narciso Rico… aunque en vías de dejar de serlo, si yo no intervenía a tiempo. Después su codicioso perseguidor, de cuyas protervas intenciones -tan explicables, por otra parte- cada vez estaba yo más convencido. Y luego tu devoto adorador, ignorado por los otros dos y por tanto convencido de que dominaba la situación. ¡Qué fácil es hacerse engañosas ilusiones sobre uno mismo y sobre casi todo lo demás! Aunque el bulevar estaba a esa hora muy poco frecuentado, aún pasaban de vez en cuando parejas tardías y algunos coches, por lo que no resultaba probable que de momento el atracador potencial intentase nada hasta alcanzar una zona menos poblada. Además, no parecía tener ninguna prisa y apenas acortaba la distancia que le separaba de su víctima. Por su parte ésta, aunque su paso fuese cualquier cosa menos seguro, de ningún modo daba la impresión de deambular al azar -tampoco en su trayectoria el azar tenía nada que ver-, sino que resultaba evidente que conocía su camino y sabía, por mucho que le enturbiasen el caletre las brumas del alcohol, adónde diablos iba. Yo me mantenía a distancia, incluso un poco más a distancia que antes, porque en esta calle mejor iluminada resultaba más difícil pasar desapercibido y por nada del mundo quería despertar las sospechas de mi sospechoso. Procuraba ahogar mis pasos, aunque oí perfectamente los de mis predecesores, incluso algún breve chapoteo cuando uno de ellos pisaba uno de los charcos de la reciente lluvia, que brillaban alquitranados bajo la luz de las farolas.

Y de pronto, como si se lo hubiera tragado la tierra, Narciso Bello desapareció de mi vista. Reconozco que debía de estar yo algo más sugestionado de lo que creía por todo lo que contaban de él, ya que en un primer momento casi pensé… pues no, no sé bien lo que pensé y no voy a darte el gusto de comunicarte alguna de las confusas tonterías que me pasaron por el ánimo en ese instante. Pero me alegra poder decirte que duraron segundos y en seguida toda alusión mágica quedó descartada. El señor Bello no había echado a volar ni fue arrebatado por un carro de fuego providencial, sino que sencillamente acababa de meterse en una boca de aparcamiento, sin duda en busca de su vehículo previsoramente guardado algunos niveles más abajo. La reacción de su perseguidor -ahora ya no cabía duda alguna de que lo era- no se hizo esperar, porque aceleró de inmediato el paso con la inequívoca pretensión de seguirle en su descenso. Y yo casi eché a correr tras ellos dos, pero inmediatamente, asustado por el estruendo de mi presuroso pataleo, volví a recuperar a tiempo una marcha algo más rápida aunque menos escandalosa.

Cuando llegué a la entrada del aparcamiento y empecé a descender por la escalera, ni uno ni otro estaban ya a la vista, como es lógico. Sin embargo me pareció oír sus pasos a lo lejos o, mejor dicho, a lo hondo. Comencé a bajar con determinación, sin preocuparme ya de que se advirtiera o no mi presencia. Y de pronto llegó hasta mí lo que había temido o quizá esperado escuchar: el ruido ahogado de una pelea, golpes, un conato de carrera y después un grito, un solo grito, de dolor y también en parte de sorpresa. Salté los escalones de dos en dos con tal apresuramiento que en una de las revueltas tropecé con fuerza en la plataforma y creí haberme torcido un tobillo. Abrí la puerta del primer nivel pero no era allí, no era allí. Bajo mis pies sonaba una especie de sordo gemido continuo y después un gruñido ronco, corrosivo, lleno de desprecio. Al abrir la puerta del segundo nivel fui derribado por un empujón brutal, que me hizo caer al suelo y de paso perder las gafas, uno de mis muchos puntos débiles. De inmediato un revoleo de piernas pasó sobre mí y alguien, sin duda el asaltante, emprendió a toda velocidad el ascenso por la escalera. Ni soñé con perseguirle. La persona que me interesaba estaba en el aparcamiento y probablemente menesterosa de ayuda. De modo que recuperé mis gafas, afortunadamente incólumes, y me precipité en su busca.

Yacía en el suelo, a medias recostado contra una columna, apretándose el vientre con las manos, que se le iban empapando de sangre. No hacían falta muchos más conocimientos médicos de los pocos que yo tengo para comprender que el navajazo había sido tremendo y que el pronóstico de la herida no podía ser peor. Lo que agravaba aún más la situación es que con una herida en el abdomen se puede durar mucho, nada de esperar un desenlace rápido y piadoso. Tenía para largo: una promesa de tortura, si un analgésico potente no llegaba a tiempo. Me acuclillé junto a él y no sé por qué le puse la mano en la frente sudorosa, como se hace para calmar a un niño enfermo.

– Tranquilo, amigo, aguante un poco. Voy a pedir ayuda ahora mismo.

Pero allí dentro mi móvil no tenía cobertura, de modo que tuve que correr hasta la puerta y salir al hueco de la escalera. Desde allí sí se podía hablar. Llamé a la policía, expliqué brevemente lo ocurrido y solicité que vinieran con una ambulancia. Tuve ocasión de exasperarme primero con la reticencia plácida del funcionario y luego con su meticulosidad al recabar mis datos, la dirección del aparcamiento, etc. Por fin pude volver junto al herido. Le encontré no ya blanco sino ceniciento, empapado en sudor helado y con los ojos cerrados. La sangre iba formando un charco en el suelo, que tuve buen cuidado de no pisar. De nuevo me agaché junto a él, le interpelé suavemente. Se quejaba en voz baja, como si refunfuñase, pero después abrió los ojos y me miró.

– ¿Cómo se encuentra?

– ¿A usted qué le parece? ¡Fatal, coño! ¡De puta pena! Y ese hijo de la gran puta se ha llevado mi cartera, con todo… con lo de esta noche.

– Ya he avisado a la policía. Traerán una ambulancia. En seguida estarán aquí.

Cerró otra vez los ojos, respiró con fuerza, después hizo una mueca de dolor. Volvió a mirarme.

– A usted le he visto yo. Estaba con los de la Hermandad, ¿no? ¡Menudos imbéciles!

– En efecto, en efecto, lo mismo pienso yo. Los he conocido esta misma noche, pero me han causado una pobre impresión. Muy pobre. Están obsesionados con usted…

– ¿Ah, sí? ¡Vaya, hombre! Ya lo sabía. Hasta me han puesto un mote ridículo… -Farfulló tacos y gimió un poco.

– Creen que todo lo que gana usted a la ruleta se debe a que es un hijo predilecto de la buena suerte o algo así. No saben lo de su método, claro.

– ¿Mi método? ¿De qué coño habla usted?

– Me refiero al método de juego que utiliza, a su sistema, a la combinación que ha encontrado para desbancar al casino. Ya sé que no tiene nada que ver con la suerte, que es algo puramente científico, un cálculo. Pero me pregunto…

Volvió los ojos hacia el techo y empezó a sonreír. A sonreír irónicamente. Luego habló y la boca le apestaba aún a alcohol y a otra cosa todavía más agria. A muerto.

– De modo que es eso, ¿eh? Quiere usted conocer mi sistema, mi gran secreto. Pretende usted forrarse a mi costa. Es típico de todos los buenos samaritanos que he conocido…

– ¡No, me está usted malinterpretando! Yo no juego, el juego, las apuestas, todo eso no me interesa… Soy un racionalista, nada más. Me interesa la ciencia, el conocimiento. Lo único que quisiera es que usted me confirmase que tiene un método de juego gracias al que infaliblemente gana, sin que la suerte tenga nada que ver en el asunto.

– Ah, usted es un sabio desinteresado. Eso está muy bien -soltó una risotada que acabó en un dramático golpe de tos-, pero que muy bien. No se preocupe, voy a revelarle lo que quiere saber. Sí, carajo, sí, con todo detalle. Me da igual que lo utilice para forrarse o no, nunca he temido a la competencia. Además, no sé por qué tengo la impresión de que voy a tardar mucho en ver otra ruleta… ¡como no las haya en el jodido infierno!

Se rió un poco más, entre estertores, mientras yo atendía cuanto salía de su boca como si a mí también se me escapase por momentos la vida. Por fin se puso serio.

– Mire, amigo, la verdad es que tiene usted razón pero a la vez está profundamente equivocado. No, no pretendo confundirle, aunque me temo que le voy a decepcionar. Sí, en efecto, tengo un método, un sistema infalible para ganar. No lo he aprendido por cálculo sino por experiencia. Y aquí viene lo peor, lo peor para usted y para su racionalismo, porque mi método genial no tiene nada que ver con la ciencia, sino con la suerte…

Se ahogaba y tuvo que parar para tomar aliento. Arriba, en la calle, empezaban a oírse las sirenas de la policía. No pude contenerme:

– ¡Siga, por favor, rápido!

– Paciencia, coño, sin atosigar, que el que me estoy muriendo soy yo. A usted todavía le queda mucho por delante. Verá… Mi método tiene que ver con la suerte, pero no con la buena suerte a la que adoran esos gilipollas de la Hermandad. Tiene usted mucha razón, la buena suerte no existe, es un engañabobos. ¡Ah, pero la mala suerte sí que existe! Es real, muy real: palpable, evidente, salta a la vista. Cuando llego a la mesa de la ruleta, juego un poco al tuntún, mientras observo a los demás apostantes y compruebo cómo les va. Muy pronto localizo al que tiene mala suerte. A veces es uno solo, otras un par de ellos, pero siempre se les nota. Para eso tengo un auténtico sexto sentido. Los huelo, como a la rata que se pudre en un desagüe. Se los nota condenados a perder, apuesten lo que apuesten. Lo demás es muy sencillo: en cuanto los tengo bien localizados, juego contra él o contra ellos el resto de la noche Negro contra rojo, pares contra impares… Es infalible, gano siempre. No tengo más secreto que ése…

Con el habitual derroche de decibelios, un coche de policía seguido por una ambulancia llegó por la rampa. Frenaron imperiosamente para dar paso a unos camilleros, un sanitario y un par de policías. Me incorporé y me aparté un poco, con el fin de dejarlos trabajar en paz. Puse cara contrita y solícita de buen ciudadano que acaba de cumplir con su sagrado deber. Todavía estaba aturdido por lo que acababa de contarme el supuesto Narciso Bello. Un sanitario le tomó el pulso, examinó la herida y luego movió la cabeza con preocupación. Los camilleros dispusieron las parihuelas y le acomodaron con cierta brusquedad sobre ellas, mientras los policías se me acercaban, cuaderno de notas en mano. Se los veía moderadamente recelosos, pero yo no tenía nada que ocultar. Comencé a dar mis datos y a contar una versión abreviada, pero exacta en lo fundamental, de lo que había ocurrido. Pero fui inesperadamente interrumpido por el sanitario que acompañaba al herido:

– ¡Oiga, usted, señor! Parece que este hombre quiere decirle algo…

Los dos policías se acercaron un poco mas a mí, como temiendo que echase a correr. Quizá llegaba por fin la acusación de mi víctima… Me incliné sobre la camilla y el galán de la buena suerte, o si prefieres el adversario de la mala, me cogió el brazo con fuerza. Casi me hacía daño. Tenía los ojos cerrados y habló sin abrirlos, pero otra vez con la sonrisilla irónica a flor de labios, ahora ya más crispada.

– ¡Qué raro es todo, eh! ¿Verdad que todo es rarísimo?