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Entrenar un caballo, como criar un niño,

consiste realmente en enseñarle a hacerse

responsable.

J. SMILEY, Un año en las carreras

De madrugada, el entrenador Wallace volvió a orinar sangre. La habitual urgencia que le hacía levantarse para ir al retrete en torno a las tres de la mañana -la hora en que acaban las agonías y empiezan los catarros- había dejado de ser una leve incomodidad, luego compensada por la recuperación de la cama tibia, y se había convertido en una acuciante pesadilla: ¿volverá a pasarme hoy? Y volvía a pasarle, una y otra vez. No sentía entonces ningún dolor (eso venía en otros momentos, como una puñalada en el bajo vientre), ni siquiera el mínimo escozor en el miembro sensible, pero el débil chorro se teñía poco a poco de rojo, cada vez más oscuro, como en aquella fuente que había cerca de la casa donde transcurrió su infancia cuyo surtidor cambiaba por la noche de color mediante un juego de luces. Dentro de la taza del water quedaba después una vaga huella oscura, semejante al rastro del espectro en la foto tomada durante una sesión de espiritismo. Una historia de fantasmas, algo de eso había. Pero ¿qué historia humana no es un cuento de fantasmas?

Lo peor de todo era que, al volver a la cama, Wallace ya no podía recobrar el sueño. Desvelarse es fácil cuando uno tiene que abandonar transitoriamente el lecho a las tres o a las cuatro y sabe que por motivos laborales deberá levantarse definitivamente como muy tarde a las seis. Pero el entrenador estaba sometido a esa disciplina desde hacía más de treinta años y siempre se las había arreglado bastante bien para no perder nunca del todo el hilo de su descanso. Ahora ya no: tras la micción siniestra, contaminada, le resultaba imposible volver a dormirse. El horror de nuevo confirmado giraba con renovada furia en su cerebro como un ventilador atroz que no dispensara aire sino angustia. No es que le agobiara demasiado la inminencia de la muerte, la daba por descontada. Miraba desde hacía tiempo a las personas y las cosas con los ojos de la despedida, como alguien que irremediablemente se marcha: es decir, gracias a su enfermedad había alcanzado en buena parte la actitud del sabio. Pero no del todo. Aún mantenía un vínculo afectivo y por tanto doloroso con el mundo: Espíritu Gentil y la Copa, la gran carrera.

Era el caballo, ese caballo y el reto que tenía por delante, lo que le empujaba a pensar una y otra vez no en su destino fatal, sino en la cuestión del plazo. La Copa habría de disputarse dentro de poco más de un mes. Y los médicos eran imprecisos acerca de cuánto le quedaba de vida. Movían serenamente la cabeza, señalaban que en esas cosas nunca se sabe, que suelen darse tanto las gratas sorpresas como los dolorosos desengaños. El más enérgico de todos, con un tono de resolución viril (a Wallace le recordó a esos valientes que se meten en el mar sin juguetear en la orilla ni rociarse previamente de agua para irse acostumbrando a la temperatura), se atrevió a decirle: unos tres meses. Al paciente le pareció de inmediato una exageración o, casi peor, una bravuconada. Más valdrá reducir ese plazo a la mitad y esperemos que aun así no resulte optimista, pensó Wallace. Y se repetía: ¡qué pronto se hace tarde!, ¡qué pronto se hace tarde! Sin duda la consideración sobre nuestra vida más obvia e inevitable de todas.

Pero, ante la inmensidad absoluta y disolvente de la muerte, ¿qué importancia puede tener que un caballo gane o pierda una carrera? Precisamente si algo bueno debemos reconocerle a la cercanía de la muerte es que le dispensa a uno de preocuparse por esas minucias. Sin embargo, también es cierto que resulta más fácil renunciar a la vida que a nuestras verdaderas aficiones. Se cuenta de un monarca inglés que estaba moribundo el mismo día que su caballo disputaba el Derby. El potro venció y un edecán acudió junto al lecho del agonizante, que ya había cerrado los ojos y parecía en coma. De todas formas, el fiel servidor murmuró a fondo perdido la buena noticia al oído de su señor. Sin abrir los ojos, el rey suspiró: «Me siento sumamente complacido.» Fueron sus últimas palabras… A fin de cuentas, puesto que nos sabemos mortales desde que tenemos uso de razón (enseñarnos nuestra finitud es la primera función racional), no está claro por qué deberíamos alegrarnos o entristecernos más de las peripecias del mundo cinco años que cinco minutos antes de morir. Pero quizá la culpa de esta zozobra exagerada la tenga que íntimamente también nos sabemos y experimentamos inmortales, hasta que estamos muertos.

¿Cuántos caballos había entrenado Wallace a lo largo de su vida? Sin duda muy cerca de los trescientos, calculando por lo bajo. Y como es lógico los había visto ganar o perder miles de veces. Algunos le habían decepcionado y otros le habían proporcionado inesperadas satisfacciones. En cualquier caso, casi nunca había llegado a sentir verdadero apego por ninguno de ellos. Permanecía escéptico aunque agradecido ante las victorias, lamentaba con fría objetividad las derrotas (¡lo peor era explicárselas al congestionado propietario!) y se centraba sencillamente en esperar la siguiente carrera. Y así fue siempre, hasta que apareció en su establo Espíritu Gentil. No se trataba sólo de que fuese un buen caballo, un gran caballo, el mejor sin duda que había entrenado jamás. Desde el primer día en que lo tuvo delante, antes de que hubiera participado en ninguna carrera, incluso antes de verlo galopar con torpeza casi pueril por primera vez, el animal le hizo sentir algo distinto y nuevo. «Me estremeció -se decía Wallace a sí mismo, un poco avergonzado de tan insólito énfasis-. Ese jodido bicho me hizo estremecer por dentro, me llegó al alma.» Era algo así como descubrir en un niño que juega en el parque con los demás una aura de majestad casi divina y comprobar luego, con la variable experiencia del tiempo revelador, que ese infante desciende irrefutablemente de reyes y merece una corona. Por eso los triunfos en la pista de Espíritu Gentil fueron para su entrenador mucho más que un éxito profesional: una especie de arrobo, la vocación de su vida legitimada. Y su inesperada derrota le hizo sufrir de un modo desmesurado, ridículo, impropio de alguien tan veterano como él.

No es que el caballo fuese simpático en su trato diario, ni mucho menos. Todo lo contrario, era rebelde y traicionero hasta el salvajismo. Que se lo preguntasen si no al mozo de cuadra que el año pasado perdió el meñique de su mano derecha por un feroz mordisco mientras trataba de colocarle la brida. Cuando menos podía esperarse lanzaba coces y dentelladas, perseguía a sus cuidadores hasta arrinconarlos en la cuadra, se negaba a colaborar durante los entrenamientos, tenía a todo el mundo atemorizado y de vez en cuando en su mirada furiosamente altiva se veía que disfrutaba con ello. Una mala bestia, sin duda. Con todos, menos con Wallace. No es que le mostrase afecto, eso nunca, pero lo aceptaba como a un igual y en ningún momento se permitió el mínimo movimiento hostil contra él. Le consentía acercarse, palparle las patas musculosas y el lustroso flanco, incluso inspeccionarle la boca. Al final de cada jornada de ejercicio, Wallace le calzaba una especie de botas cerradas llenas de hielo para descongestionarle las extremidades. Luego, se las friccionaba con alcohol y se las vendaba cuidadosamente para el descanso nocturno. Y a veces, a la caída de la tarde, en el box lleno de fragante paja fresca recién cambiada, permanecían ambos en silenciosa y reverente compañía, esperando la llegada del sueño. Espíritu Gentil se relajaba, olvidando poco a poco las pesadillas e intemperancias del día. Y Wallace, callado e inmóvil, como ausente, se quedaba allí junto a él, contemplándole vivir, hasta que definitivamente se cumplía el amplio aterrizaje de la noche.

Por supuesto, el entrenamiento del díscolo alazán no resultó precisamente fácil. Puso a prueba casi hasta la extenuación la paciencia oriental de Yukio Osabe, el jinete encargado desde hacía muchos años de los galopes matutinos. El comportamiento de Espíritu Gentil oscilaba entre dos extremos: o bien parecía no querer saber nada del ejercicio y trotaba ramplonamente, como si todavía estuviese medio dormido, o se despendolaba por completo lanzándose a tumba abierta, para agotar lo mejor de su energía en unos cuantos cientos de metros. En ambos casos, no quedaba más remedio que tomarse un descanso y luego volver a empezar de nuevo. O dejarlo para el día siguiente.

Pero gradualmente Espíritu Gentil se fue acostumbrando a cumplir con bastante profesionalidad por las mañanas y dejó de darle a Osabe constantes quebraderos de cabeza, aunque de vez en cuando recaía puntualmente en sus caprichos de primera hora. Tampoco fue sencillo encontrar un jinete que se entendiera con el temperamental campeón cuando le tocó ir a los hipódromos. A dos años debutó perdiendo por un cuello en un compromiso modesto tras no querer emplearse en la mayor parte del recorrido y luego sus primeras victorias fueron conseguidas por pura superioridad aplastante, aunque durante cada prueba hizo todas las arbitrariedades imaginarias para intentar perder. Varios jinetes se turnaron en sus lomos y todos se bajaron proclamando que era un fuera de serie, mientras se prometían en voz baja no volver a montarlo jamás.

Por fin llegó Pat Kinane. El irlandés aparentemente se limitaba a subirse al caballo y quedarse lo más quieto posible allí hasta después de haber cruzado la meta. Pero mandaba y era obedecido, aunque de esa dialéctica sin aspavientos sólo tuvieran constancia el caballo y él. Porque el más rebelde de los rebeldes, el Espartaco menos dispuesto a rendirse, también acata la autoridad de algún emperador secreto cuyo dominio -incontestable y fraterno- sólo él conoce. Y Kinane sabía pronunciar con leves movimientos de las muñecas o cierto apretón de las rodillas la palabra mágica que no se dice en vano, al menos en el caso de Espíritu Gentil. Llegaron las mejores victorias y sobre todo dos Derbies fabulosos -el de Epsom y el del Curragh-, que ningún testigo hubiera querido perderse ni aceptaría resignarse a olvidar. Wallace atesoraba la memoria de esa época como una especie de vida dentro de la vida, algo juntamente irreal y más auténtico que cualquier realismo rutinario. A cualquier hora se sorprendía tarareando y diciéndose: «¡Vale la pena, vale la pena!»

Todo parecía ir bien en esa trayectoria triunfal hasta que ocurrió lo más trivial y lo más inoportuno. Una infracción de gravedad mediana determinó que los comisarios del hipódromo (que nunca le mostraron demasiado aprecio, correspondiendo al evidente menosprecio espontáneamente altanero del interesado) pusieran a pie durante tres semanas a Kinane. Y se daba la circunstancia de que dentro de esas semanas en que no podía montar iba a tener lugar la Gran Copa. De modo que el Dueño requirió los servicios de uno de los más célebres y sobre todo de los más caros jinetes de Estados Unidos para pilotar a Espíritu Gentil. Bien: para decirlo en pocas palabras, el sustituto no logró hacerse con la autoridad tranquila del jinete aplazado. Durante la Copa, Espíritu Gentil no corrió mal ni tampoco bien sino sólo como le dio la realísima gana. Finalmente tuvo que contentarse con la tercera plaza, después de luchar más tiempo con el acalorado yanqui que con sus adversarios y haber derrochado mayores energías en la pista para perder que las invertidas en todos sus triunfos anteriores. O sea, un desastre.

Y ahora, con la Copa a un mes escaso, no había noticias de Kinane. Quizá apareciese a tiempo, pero quizá no. Dijera lo que dijese el Dueño -que sin duda tendría la última palabra, malhaya sea-, Wallace debía ir preparando por si acaso una alternativa. Desde luego, el primer descartado era el americano que tanto cobró por lucirse tan poco el año anterior: «¡Cualquiera menos el texano! ¡El texano, ni hablar!», gruñía Wallace lleno de un resentimiento quizá algo injusto. Mientras se afeitaba esa mañana, el entrenador volvía a darle una y mil veces vueltas al asunto. Luego se palmeó la cara con una loción ligeramente perfumada y se peinó cuidadosamente sus escasos cabellos, como si no fuese a calarse la gorra dentro de pocos minutos. Wallace siempre se presentaba impecable a los entrenamientos: no porque tuviesen lugar a las seis de la mañana se consentía el mínimo desaliño en la indumentaria ni en su cuidado personal. Siempre exigió el mismo perfeccionismo a toda la gente que empleaba, sobre todo en la presentación y puesta a punto de los caballos que sacaba a la pista. «Todo guarda relación: quien es abandonado para una cosa, pronto lo será para las demás», tal era su principio más querido y repetido. Desde que le diagnosticaron la enfermedad había multiplicado aún más esta vigilancia de su aspecto, consciente de los estragos que descarnaban su rostro y embotaban su ánimo. Ni siquiera moribundo quería parecer un borracho que regresa de farra o un pordiosero.

La mañana era muy fresquita, aunque a esas horas casi todas lo parecen. Por fortuna Wallace no tenía que hacer cada día un desplazamiento demasiado largo, por que el Dueño poseía -¡naturalmente!- su propia pista de entrenamiento a menos de un kilómetro de sus establos y a poco más de la casa de Wallace. A pequeña escala (aunque no tan pequeña, dado que medía ochocientos metros de cuerda, más que algunos hipódromos provincianos) se reproducían allí artificialmente las ondulaciones de la recta de Newmarket, la famosa curva Tattenham de Epsom con su traicionero peralte, la llegada cuesta arriba de tal pista y el giro cerrado de tal otra… Una antología de las dificultades o retos que los caballos encontrarían en sus auténticos compromisos. Y que constituía, desde luego, el mejor regalo que podía desear cualquier entrenador para su trabajo. Cuando llegó Wallace a la pista de entrenamiento, junto al vallado esperaban dos vehículos, el Land Rover de sus muchachos y un deportivo (modesto pero deportivo, ¡qué caramba!) que sin duda pertenecía a Johnny Pagal. El joven jinete llevaba puesto ya naturalmente su uniforme laboral para los trabajos mañaneros y a la mirada experta de Wallace no se le escapaba que estaba un poco sorprendido de haber sido convocado al entrenamiento sin tener a la vista ningún compromiso importante. En cuanto vio aparcar el coche de Wallace se fue derecho a saludarle, en parte por la respetuosa cortesía que le caracterizaba -y que tanto agradaba al entrenador- pero también por curiosidad: «¿Qué querrá de mí hoy?»

Wallace saludó telegráficamente a Johnny y de inmediato se dirigió a sus tres auxiliares, que esperaban junto al Land Rover, echándose el aliento en el cuenco de las manos para calentarlas y dando pequeños saltitos a fin de desentumecer las articulaciones. El más reposado, como siempre, Yukio Osabe: y también como siempre que le veía se asombró Wallace de su aspecto invariablemente terso y juvenil, a pesar de que sin duda había rebasado ya con mucho los cincuenta años. A veces el entrenador se había preguntado cómo se las arreglaría cuando tuviese que prescindir de él; ahora, con melancolía prospectiva, se preguntaba qué sería del japonés cuando… en fin, cuando se disolviera por fuerza mayor el contrato que los unía desde tantos años atrás. Los mozos de cuadra le miraron expectantes, aún sin instrucciones para el entrenamiento. Hasta el último momento había tenido dudas acerca de qué haría esa mañana, pero su elección estaba ya tomada y ordenó, conciso: «Traed al cabrón y al gato.» Luego, mientras el Land Rover volvía al establo, se reunió con Johnny.

– Mira, chico, estoy preparando lo de la Copa, ya sabes… En principio cuento contigo para Nosoygato, que tendrá que hacer la carrera de cuadra.

El muchacho asintió, conocía ese cometido desde hacía mucho y estaba muy concernido por la responsabilidad que se le iba a encomendar. A pesar de que su tarea consistiría en sacrificarse abriendo camino al campeón, no por ello resultaba menos importante. Quizá la victoria o derrota de Espíritu Gentil dependiese del acierto de esa colaboración… Wallace hizo una pausa, le miró a los ojos fugazmente y luego se extasió contemplando hasta la lejanía la pista de entrenamiento, los verdes dorados y grises nebulosos más remotos, como si la viera por primera vez. Dijo, sin volverse:

– Hoy quiero que montes al Espíritu. No hemos localizado aún a Pat y, bueno… nunca se sabe. Imagínate que… Pero por si acaso. Yo confío en ti, siempre que hagas lo que te digo.

Nunca, en toda su breve vida deportiva, Johnny Pagal había sufrido conmoción semejante. ¡De modo que tenía una posibilidad, por lejana que fuese, de montar a Espíritu Gentil… y nada menos que en la Copa! ¡Wallace le consideraba capaz de tanto, a pesar de sus muchos errores y de su manifiesta inexperiencia! Entonces es que realmente había visto algo en él… Se le vinieron a la cabeza las tribulaciones de sus comienzos: las peleas con sus padres, siempre económicamente agobiados, que no comprendían por qué se empeñaba en dedicarse a una ocupación tan incierta y carente de cualquier referencia familiar; el largo y feroz período de aprendizaje, solo y enclenque frente a los matones que le llevaban la ventaja de años de experiencia junto a bastantes kilos de más de músculos agresivos; aquella ocasión en la que se cayó de su montura cuando galopaba hacia la salida de la segunda carrera de su vida y se quedó llorando sobre el pasto… No se hizo ilusiones: conocía al caballo (¡y sobre todo a su dueño!) lo suficiente para saber que sus probabilidades de montarlo en la gran carrera eran realmente mínimas, apareciese finalmente o no Pat Kinane. Pero eso era ya lo de menos: lo que realmente importaba era haber descubierto que la persona a la que más respetaba en el mundo también le respetaba un poco a él. «Entonces ya puedo estar seguro: no soy un inútil», se dijo Johnny. Pese a ser aún muy joven, tenía la suficiente experiencia como para considerar seguro que lo que de veras cuenta no es resultar un triunfador sino no ser un inútil, porque lo primero depende de las circunstancias pero lo segundo de nuestra propia fibra.

Seguían esperando la llegada de los caballos cuando vieron acercarse un coche, un suntuoso y casi amedrentador cuatro por cuatro negro. «¡Bendita sea la madre que me…!» El entrenador creyó adivinar de inmediato quién era el visitante. Y no se equivocó. El Dueño en persona bajó del cuatro por cuatro, luciendo una parka verde oscuro que debía de estar recomendada en los más exigentes catálogos de vestuario campestre. En todos los años que llevaba como entrenador de sus caballos, Wallace no recordaba haberle visto en un galope matutino más de un par de veces. Desde luego no le echaba de menos: su humorística teoría, que alguna vez tras unas cuantas copas había confiado a sus más íntimos colegas, era que a los propietarios había que tratarlos como a los cultivos del champiñón, o sea mantenerlos en la oscuridad y cubrirlos siempre que se pudiera de fértil mierda. Por tanto la visita del Dueño sólo podía causarle desasosiego. Inquieto, se preguntó qué podría traerle precisamente esa mañana a la pista de pruebas.

– Buenos días, Wallace. ¡Caramba, hace fresco! No me acostumbraré nunca a estas horas de entrenar… No sé cómo se sentirán los jacos, pero los demás desde luego tenemos sueño. Y frío. ¿Cómo anda usted? Me contaron que estaba algo fastidiado de salud…

«¡Ah, de modo que es por eso por lo que vienes! Quieres comprobar por ti mismo si aún cumplo o si debes darme ya la patada.» Wallace ni por un momento pensó que el interés del propietario por su estado fuese fruto de la simpatía humana o de la simple cordialidad, ni siquiera superficial. Aunque no era hombre aficionado a las letras, hacía tiempo había leído y anotado en un cuaderno la opinión de un viejo escritor inglés: «Para saber lo que Dios piensa del dinero, basta fijarse en a quién se lo da.» Tenía al Dueño por la confirmación más insigne a su alcance de este irrefutable apotegma.

– Pues ya ve, don José, estoy bastante bien, gracias. Ha sido un bache pero parece que vamos saliendo de él.

– Estupendo, me alegro, me alegro mucho. Mejor así, claro. Con la Copa tan cerca todos debemos estar en forma, ¿verdad? Bueno, ahí llegan los caballos. ¿Cómo se plantea el entrenamiento de hoy?

Wallace se lo explicó sobriamente. Johnny Pagal llevaría a Espíritu Gentil, tratando de reservarlo todo lo posible. A los mil quinientos metros se les uniría Nosoygato con Osabe y harían mil metros más fuertes de verdad, a ver cómo remataba el campeón. El Dueño se quedó pensativo.

– Muy bien. ¿De modo que el chico lleva a Espíritu, eh? En fin, seguro que usted sabe lo que hace.

Ya estaban los dos caballos junto a ellos. Espíritu Gentil resultaba menos impresionante visto con su sobrio apresto cotidiano que aderezado para el esplendor cuando aparecía en el paddock antes de uno de sus compromisos en el hipódromo: de hecho, parecía más pequeño y casi más humilde. Lo mismo que esas estrellas de cine que despiertan pasiones en la pantalla o cuando acuden a las galas con vestido largo pero no llaman la atención a quien se tropieza con ellas haciendo la compra en el supermercado. Sin embargo de vez en cuando el fulgor del día recién estrenado destacaba como por sorpresa la potencia de su juego muscular rotundo y fibroso bajo la piel leonada. A su lado, el siempre fiable Nosoygato tenía un aire irremediablemente utilitario. Wallace repitió un par de veces sus instrucciones a los jinetes, con brevedad y precisión. Después ambos partieron por la pista hacia sus respectivos puntos de salida, con ese galope corto llamado en jerga hípica «cánter» como olvidado recuerdo al paso que llevaban los peregrinos de antaño en su camino hacia Canterbury.

Para qué negarlo, Johnny Pagal estaba nervioso. Era la primera vez que ocupaba la montura de aquel caballo con fama de difícil y quería a toda costa demostrarle al entrenador que no se equivocaba confiando en él, aunque fuera para esa tarea aparentemente menor. Además, la inesperada presencia del Dueño -que le había tributado un saludo escueto e inquisitivo- no contribuía precisamente a su tranquilidad. El potentado acababa de comentarle a Wallace que su campeón tenía buen aspecto, mejor dicho: que no lo tenía malo, y el entrenador repuso entre dientes que «Después de todo, lleva un año entero sin correr». Había cierto reproche en el comentario, porque él hubiera querido darle una carrera de preparación antes de la Copa, pero el Dueño lo había prohibido taxativamente. Exigía a toda costa que Espíritu Gentil no volviera a la pista más que una vez y sólo una, para vengar su derrota. Después lo retiraría a la placentera existencia de semental, quizá en Estados Unidos o en Japón, desde donde ya le habían hecho multimillonarias ofertas. Curiosa circunstancia: aunque en realidad nada irreversible estaba en juego esa mañana, flotaba en el ambiente el tenso y picante aroma de las grandes ocasiones.

Cuando llegó a su lugar de partida, Johnny dio un par de breves vueltas para serenar a su caballo y después enfiló la pista y le exigió suavemente. Los primeros cien metros Espíritu Gentil los hizo con languidez, como si aún le costara olvidar el calorcillo reposado de su cuadra. Pero después la potente máquina se puso en marcha y comenzó a galopar en serio. Fueron unos momentos embriagadores para el joven jinete, que experimentó con todo su cuerpo esa mágica revelación que sólo un verdadero profesional apasionado de su oficio puede realmente calibrar: la emoción de sentirse llevado por un auténtico purasangre de calidad fuera de serie, criado para la velocidad y digno del certamen de la gloria. El largo, cada vez más largo tranco de Espíritu Gentil tenía una especie de poderío aterciopelado, sin tirones ni altibajos. Su grupa no mostraba el menor sobresalto y el jockey iba sobre la montura como si ocupase el más confortable sillón de su casa. ¿Todo bien, entonces…?

No, no todo marchaba bien. Por el contrario, Johnny Pagal empezó a inquietarse. Porque Espíritu Gentil seguía aumentando más y más su esfuerzo, aunque ya no iba exigido. Estaba llegando al punto máximo de aceleración… ¡cuando aún faltaban quinientos metros hasta el punto donde debía reunirse con Nosoygato y mil más para terminar la prueba! «No son las órdenes, éstas no son las órdenes», repetía a media voz Johnny como si creyera que el caballo pudiera oírle y recapacitar sobre su conducta.

Empezó a tirar de las riendas, delicada y gradualmente al comienzo (como le habían enseñado), después con más energía y finalmente casi con desesperada violencia. Nada, ni caso: lo único que consiguió fue un ligero cabeceo del animal, como si quisiera espantarse una mosca insistente y molesta. Apretó las rodillas, tensó las muñecas, imposible, imposible. Hacía falta mucha más fuerza o quizá otro tipo de maña para frenar el empuje de ese bólido de carne y sangre. El muchacho sintió como si le estuvieran arrancando los brazos de cuajo en alguna sesión de tortura brutal; notaba bajo sus hombros los alfileretazos al rojo vivo producidos por el ácido láctico que se acumulaba en los antebrazos. Mientras, los muslos se le iban quedando rígidos y acartonados en el inútil intento de comprimir la exuberancia arrolladora sobre la que cabalgaba. «No puede ser, no me puede pasar, no lo voy a consentir…» También se dio cuenta de que nunca había viajado sobre un caballo a semejante arrolladora velocidad y no pudo evitar una bofetada de exaltación brutal, junto al agobio y la humillación de su evidente descontrol. Tenía lágrimas en los ojos, de rabia y de júbilo.

Vio acercarse vertiginosamente a Nosoygato, que esperaba a un lado del trayecto, y de reojo percibió al pasar junto a él cómo se lanzaba en su persecución, furiosamente alentado por Yukio Osabe. El veterano no era ni mucho menos un mal competidor y estaba perfectamente fresco, pero apenas consiguió mantener el paso dos o tres cuerpos detrás del ciclón dorado que arrastraba en su lomo al impotente Johnny. Sin embargo, inevitablemente, el derroche de energía de Espíritu Gentil empezaba a hacerse notar: es posible correr más que nadie un rato pero es imposible correr siempre y para siempre más que todos. Era evidente que Espíritu Gentil no competía contra Nosoygato ni contra ningún otro caballo presente, real, sino contra sí mismo o contra secretos fantasmas del pasado… así como quizá también contra espectros venideros. Johnny notó perfectamente que el furioso corcel viajaba a toda velocidad sin respirar, en la loca apnea del supremo esfuerzo. Pero también se dio cuenta sin necesidad de mirar atrás de que el casi intacto Nosoygato estaba ya sobre ellos, ganando palmo a palmo terreno sin cesar. Y entonces decidió que nunca, nunca los alcanzaría mientras estuvieran juntos Espíritu Gentil y él. Dejó de intentar retener a su caballo ya exhausto y lo braceó enérgicamente, más rápido, aún más. A su derecha apareció obstinado y pugnaz el morro de Nosoygato, que avanzaba por su flanco… pero no pasó de ahí. Cuando cruzaron el poste de llegada, Espíritu Gentil -ya sin aliento- conservaba todavía medio cuerpo de ventaja sobre su rival.

En cuanto saltó al suelo, Johnny ofreció entrecortadas excusas al entrenador: «Lo siento, ha sido imposible. No hay quien pueda… no he podido controlarle.» Wallace le quitó importancia al asunto y dijo unas pocas palabras tranquilizadoras, para dejar claro que no estaba irritado con él. Había empezado de nuevo a sentir el dolor, primero insinuante, un leve malestar o desasosiego, pero después cada vez más penetrante: volvía la puñalada. Se apoyó en el cercado de la pista y apretó los dientes. Temió estar poniéndose probablemente muy blanco. «No me puedo desmayar ahora, delante del Dueño.» No delante del Dueño, ni delante de sus muchachos.

– Ese chico, Pagal, monta bien. Va a ser muy bueno -comentó despaciosamente el propietario.

– Uno de los mejores.

– Sí, pero aún no lo es. No puede con mi caballo. Con ese caballo. Corriendo tan suelto, el Espíritu no ganará nunca a Invisible ni tampoco a… ya no recuerdo cómo se llama el otro.

– Kambises. -Ninguno de ambos nombres se le olvidarían nunca a Wallace.

– Eso es, los dos bichos del Sultán. Sin el jinete debido volveremos a perder, Wallace. Piénselo bien. No puede ser.

«Si aguanto un poco más, el dolor pasará. Cuando es tan agudo, pasa bastante pronto. Si pudiera tomarme el calmante… Está en la mesilla de noche.» Aún tuvo que intercambiar algunas trivialidades con el Dueño, hasta que don José se decidió a despedirse. Por fin pudo estrecharle la mano -no percibiría que la suya estaba sudorosa, gracias a los guantes- y le vio regresar al coche y alejarse por fin. Ahora podría volver a casa, tomar el analgésico, recostarse en el sofá, cerrar los ojos. A esperar. Un mes todavía, un mes nada más, no era pedir mucho. Por favor, treinta días, un puto y simple mes. Tampoco se le podía pedir más a Johnny. Porque es inútil pedir, suplicar frente a lo irremediable. ¡Qué claro está todo cuando ya no hay nada que hacer!

En el patio de la cuadra, Espíritu Gentil agradeció el agua tibia con que le limpiaban el sudor y las fricciones lenitivas de alcohol a lo largo de las patas. Una sensación voluptuosa, sin duda, uno de los placeres de la vida. Luego seguramente le vendarían de nuevo las extremidades y le dejarían solo, para que pudiera estirarse a gusto y tomar su avena. Espíritu Gentil recordaba perfectamente la rutina, los caballos tienen muy buena memoria. Por un momento, con leve desazón, echó de menos a Wallace, cuya cercanía le resultaba habitualmente relajante. Puede que viniera luego… El caballo estornudó un par de veces, después defecó en abundancia. Sus grandes ojos oscuros, en ese momento plácido sin asomo alguno de fiereza, miraban por encima de las cabezas de los mozos que le atendían. Otro estornudo. Con la mano derecha dio dos golpecitos impacientes en el suelo. Parecía preguntarse: bueno y ahora… ¿qué me toca?