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El día que yo me muera, como me venga uno
con resurrecciones y demás, ¡le parto la cara!
A. SCHMIDT, El brezal de Brand
– Por favor, déjame hablar a mí. Y no discutas con nadie ni hagas ninguna cosa rara. No tienes que hacer nada, sólo fotografías y callar. Si me estropeas lo de hoy, te mato.
Susana Lust agitó con una cabezada rebelde las blandas y bien cuidadas serpientes de su cabellera caoba, como una Gorgona asidua al hair-dressing pero no por ello menos fiera. Abdulá asintió parapetado tras su sonrisa obsequiosa, convenientemente mansa, resignada, incluso sumisa. Por dentro, sentía la exaltación feroz del guerrero que va a entrar en batalla, pero artísticamente combinada con la satisfacción profesional del actor que ha conseguido una caracterización convincente. Ulises disfrazado de mendigo regresando vengador a su palacio de Itaca. ¡Pécora! -pensó el sonriente y sumiso Abdulá-. ¡Mala pécora lasciva y dominante, hija de Belial! No, tú no vas a matarme, ni a mí ni a nadie. Estás hecha para pudrir la vida y la rectitud de las almas, no para ejecutar la pureza del exterminio ni aun menos para aceptar el martirio. Soy yo, yo, quien va a matar. Hoy mataré y probablemente seré muerto, porque viajo cabalgando un cometa cuyo fulgor conozco, un esplendor liberador y letal que ni siquiera puedes sospechar. Hoy es mi día. Mira con qué diligencia te obedezco y te sonrío, hasta que llegue la hora…
– Soy Susana Lust, del Aviso de la Mañana -aseguró cortésmente imperiosa la periodista al encargado que comprobaba las acreditaciones en la puerta del Members Enclosure del hipódromo-. Tengo una cita para entrevistar al señor Basilikos. Éste es el fotógrafo. -Hizo un gesto hacia Abdulá, como si estuviese a punto de añadir: «Lo siento, a mí tampoco me gusta pero yo no lo he elegido.»
El empleado comprobó los datos en su lista y autorizó la entrada. En el interior del exclusivo recinto se respiraba un aire inequívocamente patricio: el montante mínimo de juego admitido en las taquillas de apuestas era diez veces más elevado que el corriente, y en los bares, en donde abundaban las pamelas multicolores y los sombreros de copa gris perla, se bebía preferentemente champán. Un ascensor llevó a los reporteros hasta el nivel superior, donde se encontraban los palcos verdaderamente reservados: allí todo el mundo vestía de etiqueta, el uniforme de los camareros y los próceres. Cargado de cámaras, con sus vaqueros gastados y su zamarra sin mangas llena de bolsillos para lentes y objetivos, Abdulá ponía la nota de proletario moderno. En cambio, la espléndida silueta y los andares decididos de Susana resultaban sin duda más envidiablemente aristocráticos que el marchito garbo envuelto en tules y tachonado de joyas que lucían las señoras con quienes se cruzaron. Abdulá miraba a su alrededor con mueca turbia, displicente y furtiva: ni detector de metales ni registro de bolsos, perfecto. Todo iba resultando aún más fácil de lo que había supuesto. En la suprema altura, Alguien ante cuyo poder palidecen los poderes de este mundo velaba porque llevara a cabo sin obstáculos su sagrada misión.
Ante la puerta del palco número 5, propiedad del Sultán, montaban guardia tres cancerberos cuyas hechuras de halterófilos se adivinaban sin esfuerzo bajo el esmoquin. En ese momento recibían instrucciones de un cuarto personaje menos ciclópeo, que parecía el jefe del comando. Aunque sólo pudo verle de espaldas, algo en su nuca canosa y en sus hombros levemente desparejos le resultó familiar a Abdulá. No tuvo tiempo para más averiguaciones, porque uno de los titanes les franqueó la entrada y los dejó esperando en el antepalco, donde había varias butacas y una mesita llena de botellas y canapés, mientras él pasaba al balcón que daba sobre la pista para avisar a su amo. Susana repartía su atención entre miradas curiosas a la excelencia que los acogía y otras más desasosegadas a Abdulá, del que esperaba en cualquier momento una fatal metedura de pata.
El Sultán apareció de inmediato, rechoncho y alegre. Pese a su tez casi cetrina y su barbita puntiaguda, bien cuidada, no parecía especialmente oriental: todo lo más, levantino. Pero se le notaban toques de exuberancia o extravagancia, como prefieran, de exceso en cualquier caso: por ejemplo, llevaba el frac de un color verde botella perfectamente inusual. Y mientras peroraba en tono a veces tan jubilosamente cordial que parecía casi maligno, palmoteaba con las manos gordezuelas como si se aplaudiese a sí mismo.
– ¡Ah, señorita, querida señorita! ¡Bienvenida! ¿Del Diario de Avisos, verdad? ¿O quizá de Las Noticias? Perdóneme, nunca leo periódicos, una falta imperdonable, ya lo sé: sólo resúmenes de prensa. Resúmenes de prensa, nada más… y lo cierto es que en la mayoría de los casos ignoro cuál es la procedencia de la noticia resumida. ¡El agobio de la vida moderna, el vértigo, todo su estrés! Por cierto, ¿sabe usted que «estrés» viene del latín estringere, o sea apretar, estrujar? Vivimos estrujados, exprimidos por nosotros mismos, y lo peor es que nos gusta. ¡Nos gusta! ¿No le parece, señorita…?
– Soy Susana Lust, señor Basilikos, del Aviso de la Mañana. Y éste es mi fotógrafo. (Lo siento, a usted no le gusta ni a mí tampoco, me lo han impuesto.)
– ¡Señorita Lust, por supuesto, cómo he podido olvidarlo! Un apellido memorable, pero, si me lo permite, la llamaré Susana. ¿No le importa, verdad? Puedo ser su padre o, mejor, sólo su tío. No agravemos las posibilidades incestuosas… Susana, déjeme decirlo o reviento: es usted absolutamente encantadora.
La homenajeada asumió el cumplido con sobriedad profesional. El famoso Sultán se portaba de entrada como otro madurito reblandecido que se cree irresistible, alentado por sus previsibles éxitos con ese tipo de hembras al que se regalan los oídos con más pendientes que piropos. Mejor, sería más fácil manejarlo y quizá sonsacarle algo sabroso. Nada periodísticamente más rentable que un seductor vocacional. Basta con que una permanezca atenta y reprima el asco.
– Por favor, vengan aquí afuera para poder admirar la vista. No hay mejor perspectiva sobre la recta final. ¿Ve? Ahí está la meta, justo enfrente. Imposible perderse ni un detalle. Y usted, si lo desea -se dirigió condescendiente al fotógrafo-, podrá sacar desde aquí buenas imágenes de alguna llegada. ¿Qué le parece?
Abdulá gruñó aquiescencia y gratitud, mostrando dientecitos de conejo. Fatuo pagano explotador de viudas, eres tú precisamente quien está a punto de llegar a la meta final. Yo me encargo de eso, descuida. De nada va a servirte la vanagloria de la pompa y la riqueza. Cuando golpea el puño de Alá, no hay escudo mundano que pueda proteger al infiel.
– ¿Sabe, Susana? Prácticamente nunca concedo entrevistas. Jamás, créame, no me interesa la publicidad, más bien la aborrezco. En realidad, soy un epicúreo. Y no hace falta que le recuerde la recomendación de Epicuro: lathe biósas, vive oculto. O sea, disfruta cuanto puedas pero a cubierto. Me lo doy por dicho, ése es mi lema. De modo que quizá usted se pregunte por qué he aceptado este reportaje… -Pausa sugerente. Susana le miró con cándido interés fingido, pestañeando admirablemente un par de veces-. Por supuesto, no puedo decirle que el motivo haya sido conocerla. No me creería y con razón, porque ayer no era cierto ni verosímil… aunque hoy ya lo sea. No, me he prestado a esta entrevista porque su periódico ha asumido el compromiso de que las preguntas sólo versarán sobre temas hípicos. Y en esta materia tengo pocos secretos, al contrario. ¡Me gusta hablar de caballos! De modo que estoy a su disposición, Susana.
Antes de que la reportera pudiese decir palabra, el Sultán pidió prórroga con el gesto convencional de ambas manos cruzadas y tomó los prismáticos para examinar a los participantes de la primera carrera, que en ese momento salían a la pista. Desde su elevado observatorio se los veía pequeños y manejables, portátiles casi. A Susana le pareció imposible atribuirles cualquier virtud o defecto, ni siquiera características notables salvo en lo tocante a los distintos colores que portaban.
– Ahí está el favorito, el ocho. A mí, francamente, sigue sin gustarme. Siempre está cerca, pero nunca delante…
– Entonces, ¿a cuál le ha jugado usted?
– ¿Jugar? -El Sultán la miró con una sonrisa paternal y lasciva-. Yo no apuesto, Susana. Estoy del otro lado, compréndalo. Si apostase sería como un chef que de pronto abandona la cocina y se sienta a una mesa del restaurante para pedir el menú del día.
– Pero… ¿corre algún caballo suyo en esta carrera?
– Concretamente en ésta, pues no. Es poca cosa, la verdad. Corro a Kambises, en la cuarta, la más importante de la tarde. Luego le contaré. Pero yo soy criador y propietario siempre, aunque en muchas pruebas no participe. No vengo al hipódromo a ver qué pasa sino a ver qué logro… y a calibrar mis posibles adversarios. -Hizo un amable gesto de excusa-. ¡Perdóneme, me estoy poniendo enfático! Comprenda, se trata de mi gran pasión. Acepte este rollo con paciencia, como si fuera la lección primera… Pero este curso será corto, muy corto. Y yo voy a sentirlo mucho, porque luego usted se marchará.
Más corto de lo que tú te crees, revolvió en su magín Abdulá. Mucho más corto. Pero serás tú quien se vaya, aunque ni lo sospeches. Y sucederá antes, mucho antes de lo que piensas. Mientras colocaba un aparatoso objetivo en su Canon y se desplazaba por el palco, como buscando el mejor ángulo para las primeras tomas, Abdulá se palmeó secretamente el pecho -más o menos a la altura del esternón- para comprobar que allí seguía lista y a su alcance el arma que iba a utilizar. Era un arma o, mejor dicho, un Arma que no podía fallar y cuya potencia letal resultaba a priori imprevisible. Abdulá se estremeció levemente de placer, de expectación y de terror.
– Lo que quisiera averiguar, señor Basilikos -comenzó Susana, tras instalar dos grabadoras en un asiento vacío junto al que ocupaba el Sultán y comprobar que funcionaban-, es lo que significan para usted los caballos de carreras. ¿Qué satisfacción, qué orgullo obtiene de ellos? ¿Le resultan a fin de cuentas rentables?
– Comenzaré por su última pregunta, Susana. -El Sultán se mostraba verdaderamente regocijado-. Mire, yo tengo muchos negocios. Créame, muchísimos y muy variados. Incluso me atrevo a decir que más de los que la gente supone… ¡aunque hay tantas fábulas corriendo por ahí sobre mi humilde persona! Pues bien, todos son buenos negocios, provechosos, y todos me producen ganancias… salvo los caballos. De ahí vienen casi todas las pérdidas de mi balanza de pagos. Mis caballos ganan mucho pero gastan mucho más. Imagínese, la mitad de la isla Leonera es mía y la compré para ellos: para criarlos, para entrenarlos. Carísimo, un auténtico despilfarro. Aunque ganasen siempre, lo cual es imposible, todavía perdería dinero con ellos. Pero ya ve, estoy más contento perdiendo dinero así que ganándolo con cualquier otra inversión. Le confiaré mi secreto: como lo que me importa es disfrutar, mi único mal negocio resulta ser a fin de cuentas el mejor negocio de todos.
– ¿Tanto se divierte usted… aquí? -La joven hizo un gesto algo displicente que abarcaba la pista, los animales que trotaban por ella a lo lejos y el gentío de figuritas apresuradas que hacían cola allá abajo, en las taquillas de apuestas.
El Sultán la miró con burlona fijeza. Tenía ojos brillantes y oscuros, científicos, instrumentos de precisión para calibrar cuánto, cómo y quién.
– Cambiemos un momento los papeles, señorita. Déjeme hacerle una pregunta. ¿Suele usted venir con frecuencia al hipódromo?
– Creo que he estado dos o tres veces en mi vida, acompañando a algunos amigos.
– Y ¿se ha divertido mucho?
– Pues no, muy poco… casi nada -confesó Susana-. Me parece un espectáculo bastante aburrido. ¡Las carreras duran poquísimo y hay que esperar una eternidad entre una y otra!
– Claro, claro… -Basilikos palmoteó como celebrando una respuesta acertada a una cuestión dificilísima-. Pero ¿qué me dice usted de la intensidad? ¿Acaso no valora usted la intensidad, Susana? No me negará que hay placeres deliciosamente intensos que duran incluso menos que una carrera de caballos… y que suelen presentarse más espaciadamente. Pero no por ello resultan desdeñables.
Aunque Susana Lust estaba acostumbrada a utilizar su atractivo para facilitar las confidencias de los entrevistados, siempre se sentía incómoda ante las sugerencias escabrosas demasiado explícitas. De modo que respondió con bastante sequedad:
– Será que no aprecio la intensidad del mismo modo que usted.
– ¡Por favor, no me entienda mal! -se disculpó el Sultán-. Creo que la intensidad a la que me refiero es algo que todo el mundo… en cualquier campo… Permítame ponerle un ejemplo literario, para que no haya equívocos. ¿Ha leído usted el Quijote?
– ¿El Quijote? ¿La novela esa? Por favor, no.
– ¡Muy bien! Tiene usted mucha razón, Susana. La verdad es que se trata de un libro insoportable, una de las obras clásicas más aburridas de todos los tiempos. Interminable, no se acaba nunca. Aunque también la Divina Comedia… En fin, a lo que iba. No hace falta haber leído ese tostón para conocer a Don Quijote, ¿verdad? Seguro que usted sabe algo del personaje…
– Bueno, eran dos, ¿no?, uno muy flaco y otro gordito. -La guapa frunció el bonito ceño, en su esfuerzo por concentrarse-. El tipo estaba loco, desde luego. Llevaba una enorme lanza y peleaba con todos los molinos de viento que veía, no sé por qué.
– ¡Ajá, ahí quería llegar yo! -De nuevo aplaudió el Sultán-. Fíjese, Susana: usted no ha leído la novela y probablemente nunca ha visto uno de esos molinos, pero sabe que el Caballero de la Triste Figura luchó en cierta ocasión contra ellos. Casi todo el mundo conoce el episodio, aunque no sean lectores de Cervantes ni… bueno, ni de nadie. Pues voy a decirle una cosa: el libraco tiene sus buenas mil y pico de páginas, pero el enfrentamiento con los molinos no ocupa más que una. ¡Sólo una, amiga mía, en el muermo inacabable de la vieja historia! Sin embargo, usted ha oído hablar de esa batalla.
– Ya. Bueno, ¿y qué? No veo…
– ¡Cómo no va a verlo, mujer! Ése es el poder de la intensidad. La página intensa justifica los cientos de páginas aburridas. Lo mismo que la eventual intensidad de algunas carreras rescata y premia las largas esperas, el hastío de las pruebas rutinarias, el dinero malgastado, tantos disgustos… También en el amor, claro. Los sinsabores se borran cuando llega la intensidad del placer. Lo que sucede es que cada cual responde a un tipo de intensidad y no a otros. Susana, confiese, ¿qué intensidad…?
– Luego se lo digo. Acuérdese de que es usted el entrevistado. Por favor, volvamos a sus caballos.
Abdulá se irguió de repente y disparó repetidamente su cámara a la altura de los ojos del Sultán, que se echó instintivamente hacia atrás, sobresaltado. Con una amable y modesta sonrisa, Abdulá bajó la máquina y se desplazó inclinado hacia la derecha, como buscando otro enfoque. Pensaba mientras: es la intensidad del poder la que buscas y reclamas, ninguna otra. El poder que mancilla, que expolia, que atropella, que suprime o soborna las voluntades, el poder cuyo sueño produce todos los monstruos… pero cuya intensidad es la droga más potente que se conoce. Tú eres un vicioso del poder, un drogadicto. Y la gran verdad es que no hay poder bueno, al menos en este mundo. Un día también él, Abdulá, creyó… pero ahora ya sabe que no existe poder terrenal aceptable, sólo apisonadores de la dignidad humana. Hace falta acatar el poder de Alá, rendirse a él, para salvar a los hombres del poder vicioso de sus semejantes. Someterse a Dios libera de todos los vasallajes y permite cualquier rebelión, por audaz que sea. ¡Hágase Tu voluntad y aniquílese cualquier otra voluntad, humana, pecadora!
– ¡Perdóneme, Susana, por favor! -El Sultán se mostraba coqueto y contrito-. He olvidado hasta los rudimentos de la hospitalidad. Un gran pecado, cuando se tiene la suerte de ser anfitrión de una mujer hermosa. ¿Puedo ofrecerle una copa de champán? Es la bebida oficial de los hipódromos, con la que celebramos los éxitos y nos consolamos de las derrotas.
A Susana no le gustaba el champán, pero sabía mejor que nadie llevarse veinte veces la copa espumosa a los labios y dejarla de nuevo intacta en la mesa con un suspirito de satisfacción fingida. O sea que aceptó ese trago cortés que a nada la comprometía. Habría sido imprudente desairar la vanidad de su entrevistado, que por el momento sólo se pavoneaba con inocencia típicamente masculina y se estaba portando bastante bien. En cuanto recibió el placet, el Sultán lanzó un breve y enérgico ladrido, a cuyo reclamo acudió presuroso uno de los grandullones que montaba guardia en la puerta. Lo instantáneo de su llegada no dejó de ser registrado mentalmente por Abdulá. Habría que tomar en cuenta esa circunstancia: tenía poco tiempo, muy poco. Pero contaba con el Arma…
El vigoroso mayordomo trajo del antepalco el cubo plateado con la botella de Moët Chandon bien fresca y dos copas. Por supuesto, un simple fotógrafo no iba a beber con el jefe y su invitada, gruñó mentalmente Abdulá. No era digno de tanto honor: ¡ah, el poder, que sólo se siente fuerte cuando ejerce su discriminación entre elegidos y excluidos!
– ¡Por usted, Susana! Por el éxito de su reportaje. Ojalá yo consiga hoy interesarla un poco más por los caballos de carreras, esas criaturas mágicas…
Chocaron las copas: después él bebió y ella hizo como si bebía. Pero en ese preciso instante el griterío que ascendió hacia ellos desde los aledaños de la pista los avisaba de que los caballos ya estaban disputando los metros decisivos antes de la meta. El Sultán recurrió a sus prismáticos -impresionantes, algo menores que dos botellas de whisky enlazadas- y la periodista echó una ojeada distraída a la pista, por donde cruzaba un raudo, confuso revoloteo de brazos esgrimiendo fustas, rubricado con un pataleo apremiante de cascos sobre el césped afelpado.
– ¡Vaya, pues ha ganado el ocho! Me he equivocado. ¿Ve usted como hago bien en no jugar?
– Pero, vamos, ¿cómo puede ser que se equivoque alguien que sabe tanto como usted y que está, por así decirlo, en el ajo del asunto? Yo creí que ustedes, los happy few, siempre sabían quién va a ganar…
– ¡Los happy few! ¡Buenísimo! Pues ya ve, a la hora de la verdad los happy son mucho más few de lo que usted supone. Aquí casi nadie puede estar seguro de nada. Seguramente incluso los caballos se equivocarían, si pudiéramos pedirles su pronóstico antes de cada carrera.
– ¿Acaso ni siquiera ellos saben distinguir a los buenos de los malos? Porque no me negará usted que todo consiste en que hay caballos mejores y peores…
Abdulá lanzó otra ráfaga de instantáneas, mientras pensaba: los caballos pueden ser de varias categorías, pero los humanos pertenecen todos a la misma. Desvalidos y estimables cuando carecen de poder, arrolladores y falaces -¡odiosos!- cuando lo consiguen. Pero la insobornable voz de su Arma, el momento se acerca, será más pronto que tarde, pondrá a cada cual en su sitio: y Alá reconocerá a los suyos.
Con gesto floreado, el Sultán sacó de su bolsillo pectoral una voluminosa cigarrera y de ella extrajo un puro nudoso, retorcido, convulsionado. Disfrutó evidentemente con la mirada de asombro y rechazo de la señorita Lust.
– ¿Buenos y malos? Veamos, Susana: ¿qué le parece a usted este cigarro? Admita que no le gusta su aspecto: parece estropeado y viejo. Sin embargo, es excelente. Se trata de una muy rara y selecta labor cubana, los llamados «culebras». Los ignorantes, adoradores de la línea recta y las convenciones, los rechazan porque tienen forma de sacacorchos. Ellos se lo pierden… Con los caballos de carreras pasa frecuentemente lo mismo. El simple aspecto atlético del animal es engañoso. A veces hay que ser un poco retorcido y dar bastantes vueltas hasta encontrar la auténtica excelencia…
La periodista le lanzó una mirada discretamente impaciente, mientras tamborileaba con la contera de su bolígrafo en el bloc de notas. Empezaba a hartarse de tanta sinuosidad para responder a preguntas directas y sencillas. Pero Basilikos no pensaba renunciar así como así a su pavoneo filosófico: probablemente ante los guardaespaldas tenía menos gracia darse aires de sabiduría… Encendió con giratoria minuciosidad su «culebra», aspiró, expulsó con deleite una bocanada de humo fragante, comprobó que la punta contorsionada del puro estaba uniformemente prendida, volvió a dar otra chupada y procedió a seguir con su discurso:
– Mira, Susana. ¿Me permites que te tutee? Después de todo, ya nos conocemos desde hace un buen rato… Los caballos son animales tribales: cuando están en su libertad salvaje viven en grupos y corren en manada. Tienen sus jefes, sus guías, el macho alfa y todo eso. La evolución los ha hecho así. El caballo de carreras es una obra de arte humana, desde luego, pero ni la cría ni todos sus artificios han borrado los hábitos genéticos de tantos milenios. Así que ya ves: cuando participa en una carrera, rodeado por semejantes, el caballo vuelve a sentirse en su manada primigenia. Y en esa manada alguno suele erigirse como líder, mientras que otros adoptan mansamente posiciones subalternas. Pero en bastantes ocasiones el que tiene vocación de jefe o guía no es el más rápido, sólo el más decidido y valiente. De modo que a veces hay caballos que dominan en la carrera más por su personalidad imperiosa que por su velocidad. Y no pretendo ahora hacerte comparaciones con la sociedad humana… Sólo te aclaro que la mayoría de los mejores caballos son también los que tienen peor carácter, los menos dóciles. Es legendario el caso de Saint Simon, invencible campeón a finales del siglo diecinueve. Cuando se retiró para ejercer como semental, le pusieron un gatito en la cuadra con el fin de que le hiciera compañía. Lo mató al instante. Te recuerdo el dictamen de Clemenceau: quien tiene genio, tiene mal genio…
– Y ¿hay en su cuadra muchos cuadrúpedos geniales como ésos?
– De tú, por favor. ¿No hemos quedado en que íbamos a tutearnos? Pues sí, alguno tengo, alguno. Por ejemplo, Invisible. Con él gané el año pasado la Gran Copa y espero volver a ganarla otra vez, dentro de un mes. Es un verdadero capitán, irascible pero leal a su bandera. Es decir, a la mía.
– ¿Y el que corre dentro de un rato esta tarde? Venga, dígame la verdad, que no sé si jugarle…
– Te diré la verdad sólo si me tuteas. Verás, Kambises no es un jefe nato como el otro, pero tiene calidad. Puedes jugarle con toda confianza, porque estoy razonablemente seguro de que va a pegarse un auténtico paseo en la cuarta. Y también en la Gran Copa correrá muy bien, aunque ahí las cosas serán mucho mas difíciles. Juégale, anda, pero no esperes ganar mucho con él porque va a ser el máximo favorito.
– ¡Lastima! Y además no puedo apostar porque tengo que seguir aquí con usted… contigo. Aún me quedan muchas preguntas.
– Pero seguro que tu compañero fotógrafo puede ir y apostar por ti, además de jugarse también él unos cuantos ganadores -sugirió el Sultán, en tono que insinuaba un mundo de excitantes posibilidades para cuando se quedaran a solas.
– Me temo que no va a ser posible. Abdulá es musulmán y creo que su religión le impide jugar, ¿no? -El aludido suspiró su reconocimiento de esta prohibición, como si fuera un sacrificio enorme, sin dejar de encogerse y estirarse en busca del encuadre perfecto.
– ¡Ah, musulmán! -En la voz del Sultán se combinaron la curiosidad y la repugnancia, como si hubiera dicho «leproso». Por primera vez su mirada fría y desconfiada escrutó de veras a Abdulá.
Con una de sus muecas melifluas, el fotógrafo se excusó y pidió venia para salir un momento. No, je, je, nada de apostar, sólo necesitaba ir al water. En realidad, su propósito era examinar los alrededores para ver cuál podría ser la vía de escape tras la ejecución. Abdulá no se hacía ilusiones: suponía los efectos devastadores del Arma que llevaba escondida -aquí, está aquí, la palpo, la noto- y por tanto estaba convencido de que sus probabilidades de salir con vida tras utilizarla eran mínimas. Casi nulas, en verdad. Asumía ese riesgo y el mas que probable sacrificio con militante alacridad. Si debía morir, moriría sin titubear: ¡hágase la voluntad de Alá! Pero quizá los designios del Más Alto no fueran ésos; es posible que prefiriese resguardarlo entonces del despedazamiento mortal a fin de que cumpliera más tarde otras misiones. En tal caso, su obligación sería tratar de huir y ponerse a salvo para seguir siendo útil a la comunidad de los verdaderos creyentes. Y con tal fin debía intentar conocer las posibles escapatorias. Confiaba sobre todo en el universal desconcierto y general destrozo que produciría la explosión: si sobrevivía, la confusión sería su mejor aliada para huir. No por cobardía ni por culpable prudencia humana, sino por sumisión a los inescrutables designios del Altísimo.
Cuando salió del antepalco al pasillo, se encontró con los irremediables forzudos que vigilaban la puerta. Y también se dio casi de bruces con el cabecilla de los guardias, el que le había resultado vagamente conocido antes, al llegar, cuando le vio de espaldas. ¡Y tanto que le conocía! Era ni más ni menos que Jimmy Giú. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que se encontraron por última vez? ¿Cinco, seis años? Más bien siete. Lo cual no fue óbice para que le reconociera al instante, lo mismo que Jimmy a él:
– ¡Chino! Pero si eres tú… ¿Qué coño haces aquí?
Abdulá se estremeció al oírle: con alarma, con rabia y -para su sorpresa- con un átomo de nostalgia. Como todos los seres humanos, Abdulá era siempre uno y el mismo pero también había sido muchos. Al nacer, hace cuarenta y tantos años, se llamó Cipriano Gómez, un niño y después un adolescente de clase media, hijo único de viuda, cubierto de mimos y de insatisfacciones, acomplejado, quejica aunque con todo bastante feliz. Más tarde, ya en la universidad, adoptó con bastante docilidad la necesidad de la rebelión y formó parte de grupos radicales, con cuyos líderes se identificaba apasionadamente cierto tiempo para luego cuestionarlos más y más a fondo, hasta el rechazo definitivo. El padre, el padre perdido, el padre desconocido, el padre aborrecido y necesario, nunca volvía para quedarse… Tras un breve y desorientado vacío, se sentía atormentado por el «mono» de ortodoxia sublevatoria -era también como una droga para él, en seguida padecía los síntomas desolados de su dependencia- y buscaba otro grupo antisistema. ¡Ah, el Sistema! Ahí estaba el mal, en el Sistema o, mejor, en todos los sistemas que nos oprimen: el sistema capitalista, el sistema consumista, el sistema monetario, el sistema métrico decimal… Fuera del Sistema, de cualquier sistema, los seres humanos son (Cipriano nunca pensaba «somos») espontáneos e inocentes: pero el Sistema, los sistemas, caen sobre nosotros queramos o no, inexorablemente, sin falta, sin excepción. Lo que nos sistematiza, primero nos pervierte y luego nos destruye. Y la política es el Sistema de todos los Sistemas: por tanto hay que hacer política antisistema, es decir, política contra la política.
En busca de la política que le purgara definitivamente del contagio político, sistemático, Cipriano pasó de un grupo a otro, de una intransigencia a otra mayor, de una denuncia de las complicidades con el sistema a otra denuncia de la denuncia, de un Gran Timonel a otro aún más fiero, de una decepción a otra todavía más grande. Incluso él solía darse cuenta de que los más puros, al llegar al poder, dejaban de serlo y que los más sinceros inquisidores, a fin de cuentas, resultaban tan letales como los inquisidores venales e hipócritas. A la postre, Cipriano llegó a la conclusión de que se puede, en el mejor de los casos, gobernar sin crímenes, pero jamás sin injusticias. Por tanto, el alma limpia debe renunciar a la pretensión de intervenir poco o mucho en la componenda gubernativa. Todo intento de reforma parcial es acatamiento y complicidad. Volvió a la infancia de su rebeldía, al origen, al sano balbuceo después de tantas horas de retórica y debates: «¡Poder, malo! ¡Gobierno, caca!» A todo y sobre todo: «¡No! ¡No!» Y de ahí el salto a la trascendencia monoteísta: sólo un Poder sobrenatural puede librarnos de los poderes naturales, sólo un Señor omnipotente nos sanará del poder, sólo la perfecta sumisión nos curará de la esclavitud y nos devolverá una libertad liberada de la posibilidad libre pero culpable de pecar. Entró a formar parte de la comunidad de los creyentes y se puso a las órdenes de La Base. Fue entonces cuando Cipriano se convirtió en Abdulá. Había perdido gran parte de su vida -quizá lo mejor, aunque a él no se lo parecía- en extremismos y tanteos, en devociones y ciega militancia, pero le quedaba un consuelo: jamás había colaborado en una mejora concreta de nada ni había resuelto el menor de los problemas prácticos de nadie. Nunca había condescendido a lo culpablemente útil: con humilde orgullo podía proclamar que siempre había sido un auténtico y leal revolucionario. Ahora, por fin, llegaba la hora de su venganza.
– ¡Chino!
Por un breve lapso de tiempo, cuando ya no era propiamente Cipriano pero aún no se había convertido en Abdulá, fue conocido como el Chino. Reminiscencias maoístas, aunque él de Mao no había llegado a leer ni el Pequeño Libro Rojo (una vez que se empezaba ya no parecía tan pequeño). Fue en ese período cuando conoció a Jimmy Giú, con el que compartió célula. ¡Cuántos recuerdos protoplásmicos, célula va, célula viene, formaban sus memorias! Jimmy no era precisamente un teórico, propendía en todo caso y circunstancia a la acción o, para ser más precisos, a la destrucción. «¡No podemos quedarnos cruzados de brazos!», rugía: y quería decir que había que ponerse cuanto antes a repartir hostias. En el terreno de la ciencia revolucionaria, lo más sofisticado que alcanzaba a entender era la fórmula magistral del cóctel Molotov. A todas horas se burlaba del apocamiento burgués del Chino, de sus miramientos, de sus remilgos, de sus mínimas concesiones a la prudencia. «¡Tú lo que eres es un humanista!», le espetaba, con un tono que dejaba claro que no le estaba avecinando con Erasmo sino con las cucarachas. ¡El bueno de Jimmy Giú! ¡Vaya bruto! Cuando llegara a saber lo que el inocuo «humanista» que él conoció como el Chino ocultaba hoy, ya Abdulá, bajo su zamarra… En cualquier caso, no tenía nada de raro que hubiese acabado como jefe de matones de un magnate mafioso.
– ¡Hombre, Jimmy, cuánto tiempo! Menuda coincidencia, ¿eh? Tú ahí, tan… y yo, ya ves, pues aquí. Ganándome la vida en la prensa, con los embaucadores del pueblo, je, je… Soy fotógrafo. Bueno, claro, ya lo habías notado, con todas estas cámaras y cachivaches… Oye, te encuentro estupendo. Perdona, pero tengo que ir al water. Estamos en plena entrevista y no veas cómo es mi jefa.
– Chino. Tan chalado como siempre… Venga, ojo, ¿eh? Ándate con cuidado, no quiero líos.
Por un momento pensó decirle que ya no era el Chino, sino Abdulá: pero en seguida se dio cuenta de que tanta información no resultaba necesaria ni prudente. Mejor callar y evitar volver a tropezarse con él hasta que… hasta que pasara lo que tenía que pasar. Con un poco de suerte, después ya no necesitaría darle ningún tipo de explicaciones. De modo que recorrió el pasillo rumbo a los servicios, que estaban al final, cerca de los ascensores (pero ¿seguirían funcionando los ascensores después de haber utilizado el Arma?… mejor sería dirigirse directamente a las escaleras, como se aconsejaba en caso de incendio), luego se entretuvo un poco en el lavabo (no pudo mear, demasiados nervios, estaba todo agarrotado por dentro) y para acabar volvió despacio, semisonriendo como un idiota y mentalmente tomando instantáneas de puertas, ventanas, personas, obstáculos… Todo registrado en su cerebro, aunque seguía siendo incapaz de trazar un plan de huida. En el fondo, no se hacía a la idea de que pudiera seguir vivo tras haber empleado el Arma. ¿Vivo, él, sólo él, entre tanta ruina y matanza? En fin, si tenía esa improbable suerte ya se las arreglaría de algún modo. Mejor dicho, Alá le pescaría con su anzuelo de oro y le sacaría de las aguas turbulentas y ensangrentadas, para depositarlo en la orilla más segura. Probablemente.
Cuando volvió al palco -luego de haber soportado de nuevo al entrar el escrutinio dubitativo y malévolo de Jimmy Giú, mira, mira y que te den, ya verás luego…- encontró al Sultán y a Susana riendo a carcajadas. Ahora iban quizá por la tercera ronda de champán, porque Basilikos era anfitrión insistente, y la reportera se había tomado por lo menos una copa y media, entre burlas y veras. Fuera por lo que fuese, se los veía contentos. En el suelo yacían los restos del «culebra» no apurado del todo, como un gusano seco y retorcido. Ambos miraron a Abdulá con esa expresión boba de las personas interrumpidas bruscamente en su risa. Después, para recuperar protagonismo, el Sultán señaló en la pista a un grupo de caballos que pasaba trotando.
– Mira, Susana, ya salen los de la cuarta. ¡Y ahí va Kambises!
– ¿Cuál es?
– Ése, el tordo. El de las anteojeras… Casi blanco, ¿ves?
Pasó Kambises, larguirucho y ceniciento, enmascarado con un antifaz rojo: galopaba de medio lado, como a regañadientes.
– No parece gran cosa. Al menos visto desde aquí… -Susana consideró que la entrevista estaba ya lo suficientemente asentada como para permitirse ligeras impertinencias.
– ¡Susana, Susana, qué voy a hacer contigo! ¿No te he dicho ya que la calidad de los caballos no puede medirse por criterios de estética convencional? Acuérdate de mis «culebras»… Ahí donde le ves, con su aire desgarbado, Kambises fue capaz hace un año de batir nada menos que a Espíritu Gentil.
– Perdona mi ignorancia, pero… ¿ése quién es?
– Un buen mozo. Seguro que si le vieses no le pondrías pegas, porque tiene un físico admirable. Y además es todo un campeón. Pero resulta que Kambises le ganó.
– ¿Es tuyo también el Espíritu famoso?
– No, pertenece a… a un conocido mío. Vamos, a la competencia. -El Sultán hablaba en tono divertido, pero le asomaba en los ojos una chispa feroz-. Dentro de poco mis caballos volverán a correr contra él y estoy seguro de que le derrotarán otra vez.
– ¿A pesar de ser todo un campeón?
– También los campeones tienen sus puntos débiles. Espíritu Gentil no es fácil de montar, ¿sabes? Y me parece que su dueño no cuenta por ahora con el jinete adecuado para él… -Lanzó una breve y seca risita. Luego se volvió hacia Abdulá, que se había refugiado en un rincón del palco y allí jugueteaba con sus cámaras, probando uno y otro objetivo para hacer tiempo-. ¿Por qué no saca usted alguna foto de los caballos en acción? Iría bien en el reportaje…
– No sé… -balbuceó Abdulá, cogido de improviso-. Es que no he traído el teleobjetivo y como estamos bastante lejos de la pista…
– ¿No tiene teleobjetivo, con todos esos artilugios que lleva en los bolsillos? -comentó el Sultán, combinando el desdén con la suspicacia.
Solidaria como responsable de la expedición, Susana Lust acudió al rescate de su indeseado compañero:
– Bueno, da igual. Haz lo que puedas. Volvió de nuevo al sex-appeal, que nunca olvidaba mucho rato. Inclinando su busto indiscutible hacia el magnate, ronroneó casi con devoción, como si recitara un verso-: La verdad es que hay algo magnífico en ver a hombres a caballo.
– ¡Magnífico, sí, señor! -El Sultán volvía a mostrarse atento y complacido-. Aún más, Susana, fíjate, hazme caso. De ahí, del hombre a caballo, nace nuestra civilización. ¿Has leído a Jared Diamond?
– ¿Me lo puedes deletrear? -Muy aplicada, la chica recurrió al cuaderno y al bolígrafo.
– No hace falta… Es un teórico que estudia por qué en algunos sitios florece la civilización y en otros no. ¿Qué razón hay para que no se haya desarrollado en el centro de África, por ejemplo? Pues porque no se puede ensillar a un rinoceronte y utilizarlo como montura. En cambio, donde tenemos caballos…
– Vaya, no lo había pensado nunca. Pero reconoce que sería estupendo poder ver una carrera de rinocerontes…
– ¡La Gran Copa de los rinocerontes! ¡Una idea notable! Eso merece brindar con otra copita de champán, Susana.
Pero no le dio tiempo. La megafonía informó de que los caballos ya habían entrado en los cajones de salida y estaba a punto de comenzar la prueba más importante de la tarde. Inmediatamente, el Sultán requirió sus prismáticos y se puso en pie, tenso, concentrado. En un momento se le borró todo rastro de ligereza y frivolidad: ahora la vida iba en serio, su caballo se aprestaba a tomar la salida y él ya no estaba repantingado en el palco con una guapa señorita, sino allá lejos, en el extremo de la pista y con los músculos a punto. Los antiguos marinos que afrontaban el mar tenebroso tenían como lema el adagio «Vivir no es necesario, pero es necesario navegar». El blasón de Ahmed Basilikos, llamado el Sultán, podría leerse así: «Vivir no es necesario, correr y ganar sí lo es.» Entonces sonó un trompeteo por los altavoces, el público exhaló una voz unánime -de ánimo, de alivio por el fin de la espera…- y los caballos se pusieron en marcha veloz.
– ¿Dónde va el nuestro? -preguntó Susana, como si formase ya parte del equipo.
– Pues ahora va el último, claro. -El Sultán bajó un momento los gemelos y envió a Susana una mueca burlona, con exhibición fugaz de dientes carniceros-. No te preocupes, ahí es donde tiene que ir. Le gusta correr así.
La periodista no estaba preocupada en absoluto, pero sentía un conato de excitación y compromiso. ¿Quería la victoria de Kambises, quería su derrota? En cualquier caso, innegablemente, quería ya un resultado. Lo esperaba, lo exigía, se sentía trémula en el delicioso trance del «aún no, pero ya vienen, ¡ya vienen!». No necesitaba prismáticos para ver en la recta de enfrente la hilera de caballos, doce o trece, cada vez más estirada, y a la cola -un par de cuerpos detrás del resto- la figura blanquecina de Kambises, perfectamente discernible porque no había ningún otro de ese color entre los participantes. Y ahí seguía, el último, cuando los que marchaban en cabeza comenzaron a tomar la curva antes de la recta final. Susana lanzó una ojeada al Sultán: muy erguido, con los prismáticos en ristre, los labios apretados, sin concesiones mundanas. En lo suyo. Intentó indicarle por señas a Abdulá que debía fotografiarle en ese éxtasis, pero su auxiliar parecía sumido en alguna meditación inaplazable mientras consideraba con suma fijeza su pie derecho. Maldito imbécil, la última vez que cargaba con él.
Los caballos se habían agrupado un poco en la curva y desembocaron en la recta con probabilidades bastante parejas. Delante iban dos, netamente destacados, aunque uno de ellos ya daba muestras de haber agotado sus fuerzas; luego seguía un rabioso pelotón de seis o siete, todos bastante juntos, con los jinetes fusta en mano para exigir el aceleramiento definitivo; después unos pocos más, desperdigados, probablemente casi convencidos de que ése no era su día. Y, por fin, el último aún… ¡no, el penúltimo ahora!, marchaba Kambises. Casi sin querer, Susana se llevó la palma de la mano a la boca y luego la agitó como si quisiera sacudirse algo pegajoso que tuviera adherido en un dedo. Ya sembrados a lo largo del último tramo de la carrera, los adversarios hacían su esfuerzo más concluyente. Uno de los dos guías cedió por fin sin remedio, pero el otro todavía aguantaba aunque acosado de cerca por dos o tres aspirantes. Allá en la cola del grupo, Susana vio o, mejor, adivinó un remolino blanco que se desmarcaba hacia fuera y luego se abalanzaba por el exterior de la pista: con el tiempo justo o quizá demasiado tarde, Kambises iniciaba la caza. En unos pocos trancos, largos, descoyuntados pero efectivos, rebasó a media docena de competidores desanimados. Y siguió cada vez más rápido hacia los de cabeza. Ya estaba el cuarto, ahora el tercero… ¡No, mala suerte, la meta estaba demasiado cerca y no le iba a dar tiempo de alcanzar a los primeros! Kambises daba la impresión de haber llegado a su tope, no podía acelerar más, pese a los esfuerzos a punta de látigo de su jinete. Delante, aún otros dos luchaban entre sí y sostenían el tipo gallardamente. Ya estaban a punto de… Susana volvió a mirar al Sultán: con una mano mantenía los gemelos pegados a los ojos y con el puño de la otra golpeaba el aire, una y otra vez, rítmicamente, como el cómitre que marca con su mazo el ritmo de los remeros en la galera. De la garganta le salía una especie de gruñido enfático y cada vez más intenso, un «¡oooogg!» de aprobación, de aliento, de violencia apenas contenida. En la pista, la escena pasaba a toda velocidad, durante las fracciones de una fracción de segundo, pero a Susana le dio la impresión de que la veía a cámara lenta o, aún más, que estaba fija, esculpida más allá del tiempo. Estirándose por el margen de la ancha cinta de césped con un último impulso decisivo, Kambises se puso irremisiblemente a la altura de los dos primeros y siguió, siguió adelante hacia la meta que ya se les venía encima. Al instante siguiente, una eternidad después, la cruzaron los tres juntos pero el tordo había ganado por medio cuerpo. El Sultán bajó entonces los prismáticos y alzó el brazo derecho al aire, con la mano abierta como si quisiera encestar una canasta gloriosa. Sólo gritó:
– ¡Sí!
– ¡Lo ha conseguido! ¡Ese flacucho gris… no se da por vencido, no! ¡Ha sido emocionante! ¡Nunca creí…! -Cuando Susana se entusiasmaba, se ponía mucho más guapa, con los grandes ojos verdes brillando con fulgor apasionado y las mejillas arreboladas. Llevada por la emoción se acercó mucho al Sultán, como si quisiera abrazarle, y él aprovechó para tomarla por los hombros y besarla con el ósculo de la alegría compartida.
– No creas, ha ganado más fácil de lo que parece. Kambises siempre es así, le gusta hacernos sufrir. Si te empeñas en ponerlo delante se para, no hay manera. Sólo corre cuando ve a los demás delante: para fastidiarlos, para amargarles la fiesta. ¿Creéis que vais a ganar, eh? Pues ahora veréis… Adoro a ese bicho, de verdad.
El Sultán cogió a la periodista de la mano y dio un par de pasos hacia la puerta del palco.
– Venga, acompáñame abajo. Vamos a recibirle. Si quieres, puedes llevarle tú hasta el recinto de ganadores.
– ¿Yo? No sé si sabré… ¿Es la costumbre?
– Es mi costumbre, siempre que gano.
Susana volvió a ponerse un poquito maliciosa, para marcar distancias.
– Pero no has ganado tú. Ha ganado Kambises…
El Sultán se paró y la miró muy serio, aunque con una llamita irónica en los ojos.
– Un poeta persa llamado Al-Hallach escribió: «Yo soy a quien Yo amo y a quien Yo amo es Yo.» Claro que como vivía en el siglo diez le crucificaron por blasfemo. Pues, bueno, yo, también yo…
– ¡Blasfemo!
El aullido los sobresaltó como una explosión. Allí estaba Abdulá, erguido y tembloroso, señalándolos con la mano engarfiada de los profetas de mal augurio, sollozando o riendo, quizá las dos cosas a la vez, vaya usted a saber. Histérico perdido, eso sin lugar a dudas.
– ¡Blasfemo! ¡Arrogante explotador de los pobres! ¡Tu yo no es más que vanidad y miseria! ¡Todos los infieles… sois mierda! ¡Mierda! Pero Alá es el Señor de la justicia… ¡La venganza es mía, dijo el Señor! No habrá refugio ni descanso para los infieles. ¡Llega la hora de Alá! ¡Maldición sobre los poderes de este mundo! ¡Matadlos a todos, Él reconocerá a los suyos! ¡A muerte, a muerte!
Se metió la mano convulsa bajo la zamarra y de un tirón la sacó esgrimiendo un grueso cilindro rugoso y negro, que blandió con triunfal amenaza. El Sultán retrocedió un paso dando un grito, un rugido más bien, mientras Susana se tiraba al suelo cubriéndose la cabeza con las manos. Abdulá bailoteó un instante con su cilindro en alto, pero sólo un instante, porque ya los fornidos guardianes habían irrumpido a paso de carga en el palco. Uno de ellos se arrojó en plancha contra Abdulá, derribándole sin esfuerzo. Pero no pudo impedir que de su mano escapara el ominoso tubo negro, que rodó por el suelo mansamente. Alguien, quizá el propio Sultán, dio la voz de alerta: «¡Cuidado con eso!» Otro de los guardaespaldas lo cogió con un gesto rápido y de inmediato se alzó para tirarlo lejos… aunque al momento siguiente, tras una ojeada, se lo tendió en la palma de la mano al Sultán.
– No hay peligro, jefe. Es sólo un teleobjetivo corriente.
– Registradle bien -gruñó el Sultán. Después, acercándose al caído, de bruces contra el suelo mientras un gigantón le mantenía el brazo doblado a la espalda y otro le palpaba por todas partes-. ¿Quién te manda? ¿Quién te ha encargado matarme?
Con la cara torcida y aplastada contra las baldosas, Abdulá apenas podía hablar. Sólo pudo lanzar una especie de balido, errático y lamentable:
– La comunidad de los creyentes… bendito sea, bendito… Él prevalecerá.
– Limpio, jefe. -El esbirro se irguió, concluida su tarea-. No lleva armas de ninguna clase.
¿Desarmado? ¡Qué sabrás tú! El verdadero creyente siempre dispone del Arma más poderosa, contra la que no hay escudo ni guarida. Yo la tengo aquí, aquí mismo… ¿O quizá no? La notaba hace un momento sobre mi pecho. Pero ahora… ya no sé. ¿La he perdido? ¿No tengo fe suficiente? Porque si he perdido mi Arma, estoy perdido. ¿Todo es inútil… otra vez inútil? Imposible, esta vez tengo al Todopoderoso de mi lado, sólo Él puede acabar con los fastos del poder terrenal. Pero el Arma… la verdad, no tengo arma ninguna. Ya no la tengo, aún no la tengo. ¿La tendré alguna vez? Aunque, quién sabe, quizá la explosión se ha producido y el exterminio ha sucedido ya, pero yo estoy condenado en el infierno a ignorarlo, a creerme fracasado, a no ver el día de la victoria. ¡Son tantos mis pecados… a lo largo de tantos años! Y ésa será mi tortura eterna.
– Sacadlo fuera y entregádselo a la policía. -Los forzudos alzaron a Abdulá como un pelele y se pusieron en marcha hacia la puerta, pero el Sultán los detuvo-. O, mejor, no. Es un chiflado inofensivo. Bajadlo a la entrada, pegadle una patada en el culo y que se vaya. ¡Que se largue bien lejos! No tengo ganas de perder el tiempo por su culpa dando explicaciones a la bofia.
Con un sicario sujetándole cada brazo, casi en volandas, Abdulá se resignó a ser transportado al pasillo, rumbo al ascensor. Allí, a medio camino, mirándole con una pizca de asombro para dar sabor a su habitual desprecio, estaba Jimmy Giú.
– Jodido Chino.
Abdulá le miró compasivo al pasar, sin rencor y, volviendo la cabeza por encima del hombro mientras le arrastraban, dijo con voz suplicante pero serena, melancólicamente serena:
– ¿Cuándo amanecerá, camarada?