38653.fb2 La Hermandad De La Buena Suerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 28

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Ni derrotas ni desgracias cortan el apetito de vivir.

Sólo la traición lo extingue.

N. GÓMEZ DÁVILA, Escolios

– Pat Kinane está en esa isla del Mediterráneo, en la Leonera. De eso no me cabe la menor duda. Lo que ignoro es si ha ido allí voluntariamente o coaccionado, cuestión relativamente secundaria. La pregunta que ahora más nos interesa es la de si no vuelve porque no quiere o porque no le dejan. En cualquiera de los dos casos, creo que debemos intentar traerle de regreso. O sea, que no hay más remedio que ir hasta la isla de marras y buscarle…

El Príncipe apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y los miró a los tres con enérgica benevolencia. El mensaje estaba claro: atentos, que llega la hora de ganaros el sueldo y sobre todo de refrendar la confianza que tengo puesta en vosotros. Fue el Comandante quien se adelantó a los demás en el turno de preguntas, para demostrar que era el único verdadero profesional:

– Me gusta moverme sobre seguro. ¿Qué sabemos de la isla?

Inmediatamente, el Príncipe desplegó sobre la mesa un plano, obviamente obtenido vía Internet. Todas las cabezas convinieron sobre él, con el fondo sonoro de un silbido entre dientes del Comandante, quizá la sintonía de los programas de National Geographic. Con la contera de su bolígrafo, el Príncipe fue señalando los lugares que mencionaba:

– Leonera está al sureste de las Baleares, eso ya lo sabéis. Dicen que tiene la forma de una cabeza de león con la boca abierta, aunque yo no veo el parecido por ninguna parte. En la costa sur de la isla se concentra casi toda la población urbana, el aeropuerto, etc. Luego hay una línea playera de apartamentos y hoteles, por aquí, todo seguido hasta aquí. Lo demás, es decir los lados oeste y noroeste, casi la mitad de la isla, pertenece al Sultán. La zona costera y la parte más llana del interior están ocupadas por la yeguada y las pistas de entrenamiento. Mirad, más o menos por este lado está su pequeño hipódromo particular, que según dicen es una verdadera maravilla. Yo sólo he podido verlo a ojo de pájaro, en el Google Earth. Por lo que parece, es lo mejor y más funcional que existe en su género. Pero lo que a nosotros nos interesa está aquí…

El bolígrafo tamborileó sobre un punto situado casi en el centro de Leonera, en lo que parecía ser la cota más alta de la isla.

– Se trata de una colina de poco más de mil quinientos metros de altura que los nativos llaman grandiosamente «la Montaña». Toda ella pertenece también, cómo no, al Sultán. Y en su cima ha levantado una villa, vamos, una especie de palacete con todas las comodidades y desde donde puede disfrutarse una vista insuperable. Por decirlo como Orson Welles, ahí se ha hecho su Xanadú…

Automáticamente, el Comandante se puso a canturrear el lema de El tercer hombre, audible demostración de que su cultura cinematográfica era peor de lo que él creía pero mejor de lo que le suponían los demás.

– Entonces, el plan es… -se impacientó el Doctor.

– Para ser sincero, el plan es… que no hay mucho plan. -El Príncipe se encogió de hombros con una mueca de disculpa-. Iremos a Leonera y subiremos a Xanadú (o como se llame), a ver qué encontramos. Llevaremos armas, pero quiero evitar por todos los medios tener que utilizarlas. A fin de cuentas, nadie nos espera allí, de modo que la sorpresa ha de ser nuestra mejor baza. Además, no creo que el Sultán quiera organizar una batalla para retener a Kinane, en el supuesto de que lo tengan en la isla contra su voluntad.

– Pero Leonera no es muy grande, según percibo -objetó el Comandante-. En cuanto bajemos del avión, ¡zas!, ya estaremos localizados por los hombres del Sultán.

– Insisto en que no nos esperan -remachó pacientemente el Príncipe-. Además, no iremos en avión. Efectivamente, el aeropuerto es desde luego la entrada a la isla más lógica y fácil de controlar. De modo que nosotros volaremos sólo hasta Mallorca. En el puerto de Palma nos espera un yate que pertenece a un viejo amigo de mi padre. Me lo cede sin cobrar nada y, lo que más importa, sin preguntas. Llegaremos a Leonera por mar y atracaremos aquí, en Puerto Escondido, que naturalmente es el menos escondido y el más público de toda Leonera, frente al núcleo urbano. Está lleno de embarcaciones que arriban y parten todos los días, de modo que si todo marcha normalmente pasaremos desapercibidos. Después, con una lancha neumática, nos pasearemos por la costa en busca de alguna cala acogedora y favorable a nuestro objetivo. -La contera del bolígrafo aporreó de nuevo un punto sobre el plano-. A mi juicio, ésta es la que parece más adecuada… O esta otra, se verá sobre la marcha. Bueno, pongamos que bajemos aquí o quizá aquí, es lo mismo. Después emprenderemos el ascenso a la Montaña. Hay una carretera asfaltada, estrecha pero decente, para que los vehículos suban hasta Xanadú. Como resulta más prudente, la evitaremos: si hay guardia, allí es donde debe de estar. Nosotros iremos a pie y tomaremos en cambio este sendero de montaña, que parece bastante practicable… al menos visto por Internet. Nada, es un paseo, nos vendrá bien algo de ejercicio. Cuando lleguemos arriba, a la villa, ejercitaremos la improvisación radiante: es decir, nuestra especialidad.

– ¡Humm! -gruñeron a la vez el Doctor y el Profesor.

Más optimista y combativo, el Comandante silbó: ¡fiuuu…!

De modo que dos días más tarde volaron casi de madrugada a Mallorca: entre los tres sólo facturaron una maleta grande, llena de mudas superfluas para envolver armas que con un poco de suerte tampoco resultarían necesarias. En el puerto de Palma los esperaba el yate Dardanelos: al Profesor le recordó a primera vista aquel Orca que en la célebre película de Steven Spielberg terminaba siendo hundido en la batalla contra el gran tiburón blanco. Un atezado tripulante mallorquín, con quien no les resultó demasiado fácil comunicarse, se encargaba de pilotarlo. Cuando zarpó, el Dardanelos remolcaba una amplia zodiac con el motor fueraborda en alto, como el estoque de un esgrimista que saluda a su adversario y espera la primera finta. Así navegaron rumbo a su incierto destino, bajo la amplitud del sol.

La travesía duró escasamente tres horas y transcurrió en la bella serenidad luminosa propia de un mar hasta cuyo simple nombre resulta entrañable y humanista. Cuando llegaron a Leonera apenas comenzaba la tarde. Atracaron frente a un rosario de villas y bloques de apartamentos con envidiables terrazas, entre embarcaciones cuyo diseño iba desde el ancestral y elegantísimo minimalismo de los llaüts característicos de esas islas hasta semitrasatlánticos privados de imponente eslora, que pertenecerían sin duda a mafiosos del Este o del Oeste, pero siempre mafiosos. El Príncipe transmitió sus instrucciones al tripulante, repitiéndolas un par de veces y haciéndoselas repetir a él para asegurarse de que las había comprendido correctamente: si en cinco horas no había recibido noticias suyas por el móvil, debía telefonear a cierto número que le pasó anotado en un papelito. Después, en todo caso, tendría que esperar allí hasta las diez horas del día siguiente. Luego podría volver a Palma y olvidarse de todo el asunto. Aunque lo más probable es que se reunieran de nuevo sin novedad dentro de un rato… Y le obsequió con una de sus gratas y cálidas sonrisas de compañerismo.

Abordaron la zodiac con desigual soltura: el Doctor y el Príncipe sin problemas, el Comandante como si la tomase al abordaje (estuvieron a punto de zozobrar bajo su vehemente acometida) y el Profesor con tan indecisa cautela que -tras tratar de agarrarse al brazo solícito del Doctor- no acabó yéndose al agua de puro milagro. El Príncipe se sentó a popa y empuñó la barra del timón, tras encender el motor fueraborda casi al primer intento: evidentemente no era la primera vez que navegaba en semejante tipo de lancha. Petardeando y saltando de plano sobre la superficie, comenzaron a recorrer la línea costera. El Comandante, muy erguido en la proa, asestaba sus prismáticos hacia tierra con cierta grandilocuencia de almirante frustrado. De pronto señaló un punto y gritó: «¡Allí está!», como quien da la voz canónica de «¡Por allí resopla…!». La orilla se replegaba en ese punto formando una cala pedregosa, cuyas aguas sumamente trasparentes estaban tachonadas de innumerables medusas. El Doctor se las señaló al Profesor, mientras la zodiac penetraba al ralentí buscando el mejor lugar de desembarco:

– ¿Ves? Están acabando con todos los atunes del Mediterráneo…

– ¿Qué? ¿Las medusas se comen a los atunes?

– No, hombre, qué cosas tienes. Es la pesca incontrolada la que extermina a los atunes. Y como son los atunes quienes devoran a las crías de las medusas, pues ya ves, cada vez hay más. Se rompe el equilibrio ecológico, ¿comprendes? Dentro de poco no habrá quien se bañe en estas playas…

– Bueno, de todas formas a mí no me gusta bañarme aquí. El agua está demasiado caliente…

– Vaya, pues entonces no he dicho nada -gruñó indignado el Doctor, mientras se ajustaba por enésima vez las gafas en la nariz-. Si al señor no le gusta bañarse, ¡vivan las medusas!

Con pericia, el Príncipe condujo la lancha hasta una estrecha lengua de arena grisácea. Después de saltar a tierra, replegaron el motor y la arrastraron hasta ponerla a cubierto bajo la concavidad de una gran roca. A continuación hicieron un breve conciliábulo para consultar el plano y volver a orientarse.

– En efecto, ésta tiene que ser la cala que buscábamos -confirmó el Príncipe-. De modo que podemos subir por ahí, a la derecha. El sendero de montaña debe empezar más o menos a doscientos metros…

Se pusieron en marcha y, tras unos breves tanteos que los obligaron a dispersarse para cubrir más terreno, el Comandante volvió a ser el afortunado que lanzó un ¡eureka! Allí comenzaba una trocha de tierra y pedregullo, bastante empinada pero perfectamente inequívoca y practicable. El ascenso se inició guardando una improvisada pero no demasiado rígida formación de la tropa: a la cabeza el Comandante, que en esta ocasión prefería abstenerse de sus habituales tonadas aunque en ciertos momentos no podía contener algún suave y estimulante silbido armónico; detrás el Príncipe y cerrando la marcha casi a la par el Doctor y el Profesor, que se echaban de vez en cuando una mano en los puntos más empinados del escabroso recorrido. Avanzaron durante más de veinte minutos, que se les hicieron largos. En un punto donde el pedregullo llegó a ser especialmente resbaladizo, el Comandante se dio una monumental costalada. Inmediatamente se levantó, reanimándose con una retahíla de blasfemias de sorprendente variedad e inventiva. Después advirtió a los demás, poniendo una voz de experto algo cavernosa por la sordina: «¡Cuidado aquí, que resbala!» El Doctor y el Profesor intercambiaron una rápida mirada de complicidad maliciosa, aguantándose la risa.

– Es curioso -comentó, casi para sí mismo, el Príncipe- que no haya cabras. No sé dónde se habrán metido las cabras.

¿Las cabras? ¿Qué cabras? El Doctor se interesó por el asunto, siempre enciclopédico. Lo normal, según explicó el Príncipe, es que por esos cómodos riscos nunca faltaran cabras domésticas. Pero no se veía ni se oía a ninguna, ausencia completa de esquilas y berridos, ni tampoco sus características bolitas de excremento adornaban el camino -propiamente caprino- que seguían. El Profesor inició un forzado chiste sobre que quizá habían sido devoradas por las medusas. Y en ese momento, precisamente entonces, oyeron rugir por primera vez al león. Todos se detuvieron a la vez, sin necesidad de que nadie diese la señal de alto. El Príncipe levantó en silencio la mano derecha, como pidiendo atención. Después, sin comentarios, reanudaron la marcha: un poco más despacio, sin duda, y ya no por culpa de lo empinado del terreno.

Desde hacía un rato el sendero se había hecho más estrecho, entre el escarpado risco que se precipitaba casi a pico a la derecha y una verja de hierro, algo herrumbrosa pero aún sólida, que los acompañaba a la izquierda subiendo junto al caminillo. Tras superar otro repecho apareció ante ellos el león, la cabeza alta, inmóvil como una estatua heráldica salvo por el rabo que azotaba perezosamente sus flancos. Afortunadamente estaba al otro lado de la verja, la cual quedaba así de lo más inapelablemente justificada. La expedición volvió a detenerse, cada uno en la postura en que le había sorprendido la visión de la fiera, como los niños que juegan a aproximarse por detrás a otro cuando éste se vuelve de repente para intentar descubrir y señalar el movimiento de alguno de ellos. Al fondo, más allá del primer león, divisaron a otro aún mayor que tumbado sobre una roca disfrutaba de los últimos y tibios rayos del sol de la tarde.

– Algo de esto había oído -comentó pensativo el Príncipe-, pero supuse que sería una especie de leyenda motivada por el nombre de la isla…

– ¡Venga, coño, que no pasa nada! -zanjó animoso el Comandante-. Están en su jaula, como en el zoo. Mucho grrr, grrr… pero de ahí no pueden salir.

– Por si acaso, será mejor no acercarse demasiado -aconsejó el Doctor-. Me parece que, en cambio, puede sacar la zarpa perfectamente por entre los barrotes…

El Comandante refunfuñó un poco sobre lo impresionables que son ciertas personas y reemprendieron el ascenso. En efecto, la proximidad de la verja y de quienes aguardaban tras ella resultaba algo incómoda. Tanto más cuanto que el primer león los acompañaba a lo largo del camino, unas veces a su propio paso majestuoso y otras trotando como un enorme ternero melenudo. En alguna ocasión se les adelantaba y entonces se detenía y los esperaba, volviendo la cabeza, como el perro que precede a su amo en un plácido paseo. Si le arrojásemos un palo a lo lejos, quizá se molestase en ir a buscarlo, pensó el Profesor, y después le susurró al Doctor que tanta docilidad le daba mala espina. No, ciertamente no era lo mismo que ver a la gran bestia en el parque zoológico. Y mientras el otro que esperaba en retaguardia, haciéndose el adormilado… Los cuatro aventureros procuraban mantenerse lo más alejados posible de la cerca metálica. Pero cuando alguna vez éste o aquél daban un tropezón o un bandazo, el león se acercaba en seguida a olfatear y ronronear, mostrando una solicitud nada tranquilizadora. «Está pendiente de nosotros -rumió el Profesor-. Espera la ocasión.»

Y lo más parecido a esa ocasión se presentó un poco más adelante. En ese punto, el sendero se angostaba hasta medir poco más de medio metro. Barranco en caída libre a un lado, jaula de fieras al otro… La verja estaba allí especialmente maltratada, vencida hacia fuera, como si hubiera soportado demasiados embates desde dentro y estuviese a punto de claudicar. Después el camino se ensanchaba de nuevo, incluso se apartaba decididamente en la subida de la verja, que a partir de entonces giraba hacia la izquierda. Pero durante casi dos metros el arriesgado viajero estaba indudablemente al alcance de las zarpas, a poco que el león se esforzase en alargar la pata entre los barrotes oxidados. De modo que a los expedicionarios se les presentaba una ordalía: la prueba del león. Volvieron a detenerse y esta vez se agruparon, considerando la situación. El corpulento felino también hizo un alto un poco más arriba, precisamente en la zona crítica: se volvió para mirarlos con sus ojos amarillos, y en su facha adusta -la boca semiabierta mostraba como por descuido los enormes colmillos- parecía apuntar una chispa de ironía, como diciendo «¡Aquí os quería yo tener!».

Esta vez ni siquiera el siempre farruco Comandante parecía tener prisa por dar el primer paso. Tras la vacilación de un instante -porque sólo un instante duró, por larga que se les hiciera a quienes vacilaban-, el Profesor se adelantó, suspirando con resignación humorística:

– Bueno, vamos allá. Más vale un final con horror que un horror sin final…

– Oye, un momento… -protestó el Doctor.

Pero fue el Príncipe quien echó a andar delante de todos, dando al pasar una cariñosa palmada al Profesor.

– Con permiso, profe. Es mi turno.

Con paso vivaz y decidido, sin mirar a derecha ni a izquierda, cruzó el estrecho peligroso. El león se aproximó rugiendo a la verja, pero no fue más allá de esa reconvención ominosa. Con un «¡Me cago en…!», el Comandante apartó de un empellón al Profesor y siguió al jefe, aunque caminando tan al borde del barranco para alejarse de los barrotes que un momento estuvo a punto de perder pie. Después fue el Profesor y, pisándole los talones, el Doctor. Demasiadas provocaciones para el inquilino de la jaula. Con un torvo rugido, el león cargó contra la verja, que tembló y pareció inclinarse bajo el peso de su tremenda acometida: su potente brazo, rematado por una ancha almohadilla llena de guadañas, apareció entre los barrotes buscando al Profesor. Pero el Doctor llevaba en la mano una fuerte rama, terminada en una punta aguzada, que venía utilizando como bastón en la subida: con esa improvisada lanza de leño aguijoneó desde atrás el flanco de la fiera, poniendo toda su fuerza en el golpe. Gruñendo ofendido, el gran felino retrocedió, revolviéndose y tratando de morder el palo. El Doctor se lo cedió de buen grado, para que se entretuviera mientras su compañero se ponía a salvo un par de metros más allá. Después él mismo empezó a su vez a cruzar aquel peligroso estrecho, pero con las prisas tropezó y se fue de bruces justo cuando el león volvía de nuevo al ataque. Gateó con premura para ponerse fuera de su alcance, estimulado y casi ensordecido por los maullidos gigantescos y los rabiosos gruñidos que le perseguían.

Un poco más arriba, ya en terreno seguro, se dio cuenta de que había perdido las gafas. Allí estaban, en medio del sendero fatídico, brillando como joyas en el escaparate de Tiffany's. El Doctor sentía por sus antiparras la sólita adhesión de los miopes, hasta el punto de que por un momento pensó en jugarse el todo por el todo y volver a por ellas. Pero el león se encargó de disuadirle: sacó de nuevo la frustrada zarpa por entre los barrotes, propinó un contundente manotazo y las aplastó magistralmente con un chasquido de adiós. Era lo menos que se podía conceder, después de haberse quedado sin presas mejores. Siguió por un rato enredando con los cristales pulverizados, mientras resoplaba y babeaba lleno de santa cólera. El otro león se había puesto en pie sobre la roca que le servía de pedestal y le miraba con conmiseración, reprochándole tan indecoroso berrinche. Luego levantó la cabeza con los ojos cerrados y bostezó largamente, las fauces distendidas de par en par apuntando al cielo como si quisiera zamparse el sol.

– ¿Todos sanos y salvos? -indagó el Príncipe cuando se reunieron un poco más adelante, en un pequeño ensanchamiento del camino.

– Yo me he quedado sin mis gafas -se quejó el despojado cegato.

– No te preocupes -le tranquilizó el Profesor, con tono de burlesco melodrama-. De ahora en adelante, yo seré tu lazarillo…

– ¡Anda y que te den!

El Comandante los interrumpió, de nuevo impaciente.

– ¡Venga, sigamos de una vez, que ya queda poco y la tarde se nos echa encima!

De modo que continuaron cuesta arriba, por un terreno cada vez más fácil y accesible. Ya tenían a la vista, entre los árboles, el edificio de la villa, con sus terrazas y sus anchas escaleras de piedra. Cruzaron una zona un poco más boscosa y llegaron a un claro muy pedregoso. Allí, sentado en una roca de forma propicia cubierta de musgo, estaba un hombre fumando. Al verlos se levantó sin prisa, tiró el cigarrillo y lo aplastó cuidadosamente con el pie.

– ¡Hola! Os habéis hecho esperar bastante. Los leones estaban abajo, ¿eh?

Era un tipo alto, muy fornido, completamente calvo. Llevaba gafas negras y una camisa ligera de manga corta, desabrochada hasta el esternón, que dejaba ver una abundante vegetación pectoral como compensación a su alopecia en la zona superior. Tenía una voz cultivada y agradable, casi dulce, aunque su sonrisa resultaba demasiado irónica para poder considerarla francamente amistosa.

– Adelante, adelante… Me llamo Tizón y estoy aquí para darles la bienvenida.

– ¿Nos esperaba? -preguntó el Príncipe, sorprendido.

– Pues sí, ya lo ve. Y también sé que van ustedes armados. ¡Me lo ha dicho un pajarito! Les ruego que saquen toda la artillería y la dejen en el suelo. Sin gestos bruscos, por favor, no pongan nerviosos a mis muchachos… -Hizo un gesto amplio con la mano derecha, abarcando generosamente el paisaje a su alrededor. Fue como si efectuara un pase de magia. Saliendo de tras los árboles a sus espaldas aparecieron otros cinco personajes, desplegados en semicírculo. Todos llevaban también gafas oscuras y esgrimían convincentes pistolas.

Tres de los aventureros obedecieron la orden del llamado Tizón y depositaron con melindrosa reluctancia sus armas ante ellos. Todos menos el Comandante, que sencillamente se cruzó de brazos y comenzó a silbar muy ufano la sintonía de «Bonanza», como si no hubiera en su vida el menor motivo de preocupación. Tizón le miró con cierto fastidio y se limitó a comentar:

– Bueno, tú no hace falta.

– De modo que has sido tú quien los ha avisado de nuestra llegada -resolvió el Profesor, constatando por fin lo evidente-. Eres de los suyos. Debí sospechar algo cuando me hiciste entrar en aquella carbonera para que me liquidara el cíclope. ¡Buen amigo estás hecho!

– Yo nunca he sido tu amigo -puntualizó el Comandante-. Me das bastante asco. Pero debo reconocer que te las arreglaste bien aquella noche… y desarmado. Aunque supongo que todo fue más bien cuestión de suerte.

El Príncipe le miró largamente, como si le viese por primera vez. Con una voz átona, igual que si repitiera un viejo verso memorizado tiempo atrás, estableció:

– Fuiste tú quien mató a mi padre.

– ¡Yo, naturalmente! Nadie más podría haberlo hecho. Sólo confiaba en mí.

– Entonces… ¿por qué?

– En primer lugar, por dinero -enumeró el Comandante en tono pedagógico-. Por mucho dinero. El Sultán paga muy bien este tipo de servicios, mientras que el Rey se había vuelto un poco tacaño en los últimos tiempos. No pasaba una buena racha. Pero el dinero no fue todo, ¿eh? ¡Nanay! Se trataba de algo entre nosotros, algo que no entenderéis los… los civiles. Yo le admiraba, le admiraba más que a nadie. Era un auténtico guerrero, impecable. ¡Ar…! Pero yo sabía que era tan bueno como él. Ni más ni menos. Y sólo había un modo de probarlo.

– Le traicionaste…

– ¡Psche! Técnicamente, quizá sí. ¡Cuidado! Le di todas las oportunidades. Lo de la emboscada lo inventé luego; en realidad, estuvimos solos él y yo. Tenía su pistola y fue cara a cara. ¡Sin ventajas ni trampas! -Se quedó un momento pensativo, y luego siguió en un murmullo-: Salvo la sorpresa. No se lo esperaba. De mí, nunca se lo esperó.

– ¿Y el honor, maldita sea? -rugió el Doctor, fuera de sí como nunca nadie le había visto antes-. ¿Dónde queda el honor?

– Venga, doc, que no somos niños -comentó displicente el Comandante-. Soy un militar, aunque de fortuna, mercenario. Entiendo de estas cosas más que tú. Y sé muy bien que el honor es la victoria. Vencer o morir, lo demás son cuentos.

– ¡Qué vergüenza! -masculló el otro-. Y qué vergüenza que ni siquiera te avergüences…

Los hombres de Tizón recogieron las armas depuestas, sin dejar de encañonarlos con las propias. Y el jefe parecía tener cierta prisa en despachar cuanto antes a su cómplice, el Comandante.

– Bueno, Comandante, ya puedes irte. Nosotros nos encargamos ahora de todo. Te aconsejo que bajes por la carretera, irás con mayor comodidad y rapidez… además de no tener que saludar de nuevo a los leones. Si te das un poco de prisa, aún puedes tomar el último avión de la tarde. Es el que va a Malta, si no me equivoco.

El gigantón se mostró puntilloso:

– No te preocupes por mí, sé muy bien lo que tengo que hacer. ¡Bah! Lo importante es que no te olvides tú de lo acordado. Ya me entiendes. Con esos dos puedes hacer lo que quieras -abarcó con su manaza al Doctor y al Profesor- porque nadie va a echarlos de menos. Bye-bye, Kaputt! Pero al Príncipe tienes que tratarle como es debido. Le retienes un mes, como al otro -aquí guiñó aparatosamente el ojo-, y luego le sueltas en Marsella o en algún otro puerto del Mediterráneo. Sin tocarle ni un pelo, ¿eh? ¡Cuidadito! Sano, salvo y todo lo demás.

– Irá a buscarte -aseguró Tizón, lúgubre.

– Eso no es asunto tuyo. Ya me las arreglaré. Tú preocúpate solamente de cumplir lo acordado.

– Y tú no te preocupes ya de nada más. -El calvo parecía un poco molesto por el tono exigente del Comandante-. Lárgate tranquilo, que conozco muy bien mis obligaciones. Yo también soy un profesional, como tú. No me gusta que desconfíen de mí cuando llevo un asunto entre manos. Haré lo que tengo que hacer.

– Más te vale -advirtió el Comandante.

Después giró bruscamente sobre sí mismo, con el movimiento mecánico de esos soldados de morrión alto que hacen el cambio de guardia ante los palacios. Y echó a andar con grandes zancadas campo a través hacia su izquierda, en busca de la carretera de bajada. Al pasar frente a ellos, su mirada se cruzó un breve instante con la de sus antiguos compañeros, pero no se detuvo: se encogió un poco de hombros, engalló la testa hirsuta y se alejó silbando Una vez nada más.

Tizón y su pandilla invitaron de manera perentoria a los tres prisioneros -era imposible ya no considerarlos así- a que continuaran ascendiendo por el camino que llevaba al palacete. Los trataban con cierta expeditiva amabilidad. Caminando junto a Tizón, el Príncipe entabló conversación con él:

– ¿Puedo preguntarle algo?

– Claro, adelante.

– Me gustaría saber si tienen a Pat Kinane en la villa.

– Bueno, sí, está en la casa grande. Pero yo no diría que le «tenemos», ni siquiera que le retenemos, en sentido estricto. Por el momento, al menos. La verdad es que no le dejaríamos irse, pero tampoco lo ha intentado hasta la fecha. Vino por su voluntad, de modo que ahora hacemos todo lo posible porque esté contento y no piense en marcharse. Es un personaje curioso… No conozco a ningún otro jockey, pero me extrañaría que hubiese muchos como él. Es interesante… ¿cómo decirlo?… es profundo. Y ya ve qué cosas, le gusta mucho hablar conmigo. O por lo menos que yo le escuche.

– ¿De modo que se han hecho amigos?

– No tanto, no tanto… -Tizón sonrió, divertido ante esa idea-. Pero lo cierto es que cuando se marche voy a echarle de menos.

El Príncipe se detuvo de pronto, como para pensar mejor, obligando al otro a parar también.

– Escuche… ¿no podría verle, aunque fuese un momento? Le conozco, seguro que se alegrará de verme.

– No, lo siento. No es una buena idea. Usted sabe bien que Pat debe seguir con nosotros, en la isla, al menos un mes más. Hasta que pase la Copa. Si es posible, hasta que se olvide la Copa. Ahora está tranquilo, pensando en sus… filosofías. Si usted aparece de pronto le perturbará, vendrá a recordarle obligaciones y compromisos, en una palabra: le despertará. Y no nos interesa que despierte, no todavía… Sigamos, por favor.

Llegaban casi al pie de la escalinata que subía hasta la terraza y entonces Tizón ordenó torcer a la izquierda, por una senda emparrada. Se alejaron de la casa, lo cual no auguraba nada bueno. El sol estaba a punto de ocultarse y las sombras se alargaban, tan enormes como desvalidas.

– Tizón, se lo pido formalmente. Es más, se lo exijo. No quiero en ningún caso separarme de mis hombres. Lo que a ellos les espere, que sea también para mí.

– Claro, hombre. -Tizón se puso serio, casi melancólico-. Todos vais a… a lo mismo, no te preocupes. Al Comandante le hemos contado un bulo, para que se marchase tranquilo. ¡Qué fastidio de hombre! No sé quién se ha creído que es. Tiene una obsesión contigo: a ti no se te puede tocar ni un pelo. ¿No estará enamorado, verdad? Es broma, no me hagas caso… En fin, la verdad es que el Sultán se ha propuesto acabar de una vez con todo lo que queda de la banda del Rey. Una vieja cuenta que pretende saldar definitivamente. Y claro, viniendo aquí de forma clandestina se lo habéis puesto muy fácil… En fin, lo siento. Ya sabes que no es nada personal. Me caéis bien. -Suspiró, con aire pensativo-. Es curioso, pero a mí todo el mundo suele caerme bien. No me gusta tener que liquidar a la gente, aunque supongo que a veces le haré un favor a alguien, ¿no?

Al salir del emparrado se dirigieron hacia el calvero que se abría en medio de un encinar.

– Mira, todavía tengo sombra -le comentó el Profesor al Doctor.

– ¿Qué quieres que mire? Bastante tengo con intentar ver dónde piso. Así, sin las gafas… ¿De qué diablos de sombra hablas?

– Según los taoístas, cuando uno deja de ver la propia sombra es señal de que su materialidad se ha depurado definitivamente y ya es imperecedero. Pero yo veo mi sombra todavía. De modo que aún puedo perecer…

– Si aún ves algo, no te quejes. Yo no veo ni gota.

– Oye, Karl…

– Venga, suéltalo ya.

– Nada, que ha sido un privilegio conocerte. Yo no he tenido muchos privilegios en la vida, ¿sabes?, más bien lo contrario. En fin, para qué voy a quejarme. Pero quería que lo supieras. Ha sido hermoso cabalgar a tu lado y cazar juntos.

– ¿Cabalgar? ¿Cazar? ¡Siempre con tus cursilerías! Acaba de hacer pucheros. Mira lo que te digo, Alan: es muy sencillo, somos compañeros. Y pienso que eres el tío más legal que he conocido en este puñetero y asqueroso mundo.

– Hombre, quizá «legal» no sea precisamente la palabra más adecuada… -dijo el Profesor con una sonrisa.

– ¿Ah, no? Pues lo siento mucho, pero creo que ya no me va a dar tiempo a encontrar otra…

Tizón dio el alto al llegar al claro del bosque. El Príncipe supuso que no debía de ser la primera vez que allí se realizaba una ejecución.

– Bien, ya estamos. Ya os digo que lo siento, chicos, pero así son las cosas.

– ¿Vais a usar silenciador? -se interesó, muy profesional, el Doctor-. Porque de otro modo los disparos se oirán en media isla.

– Sin duda se oirán -explicó Tizón-. Pero nadie les dará importancia, porque aquí hacemos prácticas de tiro todos los días. La gente está acostumbrada. Lo de hoy ya ha pasado otras veces, sin despertar alarma. De los restos se encargan los leones, que son estupendos en tareas de limpieza. Eso sí, se los damos bien troceados para que no los relacionen con la forma humana. No queremos que cojan malos hábitos y luego nos miren a nosotros como posibles filetes… -Lanzó una breve risita, poco coreada-. Ahora voy a pediros que os arrodilléis y pongáis las manos en el suelo ante vosotros. ¡Venga, rápido! A pesar de la hora que es, sigue todavía haciendo calor…

Se pasó el pañuelo por la calva para quitarse el sudor. Luego se sobresaltó, porque alguien estaba silbando la sintonía de «Kojak». De detrás de una encina salió el Comandante y se quedó mirándolos muy tieso, con los brazos cruzados, como una torre amenazadora.

– Vaya, veo que he hecho bien entreteniéndome por aquí. Por lo visto me tomas por un pardillo, ¿eh, Tizón? No es esto lo que habíamos acordado. Bueno, se acabó. Ahora el Príncipe se vendrá conmigo.

– Mira, Comandante, es mejor que lo dejemos estar. No quiero líos contigo, pero tengo órdenes que cumplir. Vete a tomar tu avión y todos tan amigos.

– ¡Qué coño! No soy amigo vuestro, faltaría más. Ya me has oído, me llevo al Príncipe. Y ahora mismo, antes de que me enfade de verdad.

– ¡Y dale con el puto Príncipe! ¿Qué pasa, acaso eres su niñera?

– ¡Cuidado con lo que dices, que no estás hablando con uno de tus gorilas! No tengo por qué darte ninguna explicación. Pero oye bien lo que voy a decirte… y que lo oiga también el interesado. ¡Atentos todos! Fue el Rey quien me lo mandó, para que lo sepas. Varias veces, además. Me decía: «Cuando yo no esté, tú cuidas del chico. En mi ausencia, como si fueras su padre.» Me lo encargó a mí porque no confiaba en nadie más. Lo que pasó luego entre el Rey y yo es cosa nuestra. Pero algo tiene que quedar claro: nunca, ¿entiendes, sicario?, nunca desobedecí una orden del jefe. Yo sé lo que es la disciplina, no soy un piojoso aficionado. Príncipe, ven aquí. Nos vamos.

Tizón se afianzó sobre las piernas un poco abiertas y luego hizo un breve gesto de atención a sus hombres.

– Se acabó la discusión. El Príncipe está bien donde está y de ahí no va a moverse hasta que yo lo diga. El único que tiene que largarse, y ahora mismo, eres tú, Comandante. Te doy medio minuto para perderte de vista. ¡Ya!

– ¡Cómo! ¿Te atreves a darme órdenes a mí? ¿A mí vas a mandarme tú, jodido matón de discoteca? ¡Yo soy un soldado, para que te enteres! ¡Maldita sea! ¡Yo sé lo que es la guerra, y no tiene nada que ver con dar una paliza al borracho de turno que se niega a pagar! ¡Te cagarías patas abajo si hubieras estado en sitios donde yo hice la siesta tranquilamente, mariconazo rapado! ¡A ver si te atreves ahora a darme órdenes! ¡Venga, tú y yo solos, de hombre a hombre!

El Comandante cargó a toda máquina, avanzando con enormes zancadas hacia Tizón. «¡Abajo con él!», voceó el calvo. Disparó inmediatamente uno de los sicarios desde la derecha y un instante después otro desde la izquierda. En la camisa deportiva del Comandante, pegada al torso por el sudor, aparecieron varias condecoraciones oscuras y chorreantes. Así marcado pareció toser o gruñir, quién sabe, pero no acortó el paso. En cambio llevó la mano al bolsillo trasero y esgrimió la Uzi, que tan pronto se hizo presente empezó a escupir su retahíla de balas. Tizón fue despedido hacia atrás súbitamente, como si estuviera uncido de modo invisible a un fórmula uno que acabase de arrancar en dirección opuesta. Luego, con un ronco aullido, cayó el sicario de la izquierda. Los demás seguían disparando al ogro feroz que se les venía encima.

Con un exacto puntapié, el Príncipe desarmó al pistolero que tenía más cerca y se hizo con su pistola. Ya inerme, el tipo echó a correr. Mientras, el Profesor, secundado más o menos a tientas por el Doctor, noqueaba a otro gañán y le aligeraba también de la artillería. El resto de la banda desapareció en un santiamén con rumbo desconocido pero previsiblemente lejano. La batalla había concluido y el campo ya era del Príncipe y sus compañeros.

Primero cayó al suelo la Uzi y después el Comandante, de rodillas, como el toro bravo al que por fin la estocada no del todo certera del matador termina por hacer letal efecto. Con la cabeza baja y la barba arriscada sobre el pecho, parecía murmurar una oscura letanía. El Príncipe se acuclilló a su lado.

– Comandante…

– Los cabrones han conseguido… ¡Psche! -Ya resbalando sobre el suelo encharcado con su sangre, miró al Príncipe, irónicamente, aunque sus ojos estaban turbios-. Chico, comparado con tu padre no vales nada. Lo intentas, pero… Él sí que era grande. Ya no quedan de ésos. Y él sabía que yo, que yo también… Lo hicimos todo juntos, el Rey y yo. No merece la pena… pero antes… Siempre fui yo, sólo yo… con el Rey.

Enseñó un momento los dientes, última mueca de ferocidad, y se fue a la nada.

– Vamos a la casa -ordenó el Príncipe.

Al pasar junto al cuerpo de Tizón, el Doctor lanzó una breve ojeada a su cráneo partido, del que rebosaba una espesa mermelada rojiza, llena de grumos.

– Es curioso, nunca creí que este tipo tuviese tanto cerebro.

– ¡Por favor, doc! -se escandalizó el Profesor al oír el chiste impío.

La puerta principal de la villa estaba abierta. Cruzaron un salón grande, confortable y hasta lujoso, decorado con un estilo rural pero de diseño: muebles de aparatoso bambú, esteras de esparto que seguramente llevaban la cotizada firma del artista en el revés, una rocosa chimenea con aire de no haberse encendido jamás, etc. Al fondo sonaba un televisor: la voz apresurada, entrecortada y enfática, retransmitía una carrera de caballos.

Sentado en un sofá ante el aparato estaba un hombre de estatura algo menos que mediana pero ancho de hombros. Su cabello era de un rubio tan claro que las cejas parecían blancas, como si fuese un anciano. Fumaba un petardo de algo que obviamente no olía a tabaco de Virginia. Seguía con tanta atención la carrera televisada que no advirtió la presencia de los visitantes hasta que estuvieron junto a él.

– Hola, Pat. ¿Cómo lo llevas? -saludó el Príncipe.

– ¡Príncipe, tú por aquí! Y el profe… ¿Qué, habéis venido de visita? ¿Estáis de vacaciones?

– Algo así. Se te echa de menos, Pat. Te fuiste sin avisar y muchos están preocupados por ti.

El otro dio una honda chupada al porro y contrajo la cara al tragarse el humo.

– Ya, comprendo. He quedado mal con… Ahora no recuerdo bien. -Sonrió beatíficamente, mostrando la mojada colilla con aire de gratitud-. Esta maría es cojonuda, de veras. Oye, ¿quién dices que se ha preocupado por mí?,

– Para empezar, Wallace.

– ¡El viejo Wally! Está fastidiado, ¿eh? ¿Cómo anda ahora?

– No muy bien. Pero ya sabes que cuenta contigo para el Espíritu en la Copa. Y como no sabe dónde te has metido, está cada vez más inquieto.

– ¡Caramba, no quiero que Wally se preocupe! Con lo que tiene ya encima… Además, a mí me gustaría mucho montar al Espíritu otra vez. Me entiendo bien con ese cabronazo.

– Pues entonces… -El Príncipe hizo una pausa, buscando las palabras-. En fin, Pat, ¿qué coño estás haciendo en esta isla? ¿Darle al porro y ver la tele? La acción está en otra parte, ya lo sabes.

Pat Kinane se echó a reír silenciosamente.

– Tampoco aquí se está nada mal, no creas. Lo malo es que no consigo ver en la tele más que carreras francesas, de provincias. ¡Hasta pruebas de trotones me he tragado, imagínate! De lo que pasa en Leopardstown y en Newmarket, ni enterarme.

Hizo una pausa para apurar las últimas caladas y se quedó pensativo.

– Verás, he andado últimamente dándole vueltas a las cosas. Buscaba algo… Me dijeron que aquí podrían ayudarme y vine. Hay un tipo, Tizón, probablemente le habréis conocido. Hemos hablado mucho, es interesante. Pero en seguida me di cuenta de que sólo querían retenerme en la isla, que no me fuera. Es curioso… Con todas las comodidades, eso sí. Pero soy una especie de prisionero. Me vigilan… -Bajó la voz y miró a derecha e izquierda-. ¿Sabes que tienen leones?

– Sí, los hemos visto… Bueno, ya se acabó. Ahora podrás irte cuando quieras.

– ¿De verdad? ¡Estupendo! Ya empezaba a aburrirme. Porque, fíjate, encontré lo que buscaba. Era muy sencillo, no sé cómo me costó tanto.

– Y… ¿qué buscabas?

– Te va a parecer una tontería. Son esas cosas que… A la mayoría de la gente no le interesa el asunto, pero a mí me ha tenido obsesionado. Deben de ser manías mías, ya sabes que soy un poco raro… Verás, quería saber en qué consiste de veras la buena suerte. No me refiero a tener de vez en cuando un buen golpe, una racha afortunada, no. Yo quería saber en qué consiste el premio gordo, la Buena Suerte con mayúsculas, la de verdad, la definitiva. Al principio supuse que debía de ser la belleza…

– ¿Cómo la belleza? ¿Qué belleza?

– Pues ya sabes, tener belleza o ser capaz de producir belleza. La belleza es lo que convence sin tener que dar explicaciones: lo irrefutable porque no hay que argumentar. ¿Puede uno tener suerte mayor que ser dueño de la belleza? Pues luego me di cuenta de que sí, de que hay algo más allá… algo mejor, indudablemente.

– ¿El amor? -apuntó el Doctor, acordándose de Siempreviva.

– ¡No, hombre, qué cosas se te ocurren! -Pat pareció regocijarse con la sugerencia-. ¡Menuda zozobra, el amor! Más que buena suerte se parece a una maldición. No, la gran suerte, la mayor suerte, la definitiva buena suerte es la muerte por sorpresa.

– No te entiendo -se asombró el Príncipe.

– Sí, claro, la muerte furtiva. La que llega de repente, sin aviso ni preámbulo, sin padecimiento.

– Sicut latro… -murmuró el Profesor.

– No la tememos cuando se acerca, no la notamos cuando se cumple. No me cabe duda de que ésa es la mejor suerte de todas. ¡Lástima que uno no pueda darse cuenta de ella precisamente cuando nos beneficia! Aunque, claro, si nos diésemos cuenta ya no habría tal suerte. En fin…

Se puso en pie y se desperezó, como si saliera de una buena siesta. El Príncipe se le acercó, le puso la mano en el hombro y le miró de frente, sonriendo un poco pero sin asomo de burla ni ironía.

– Entonces, si ya has encontrado lo que buscabas… puedes venirte con nosotros, ¿no?

– ¡Naturalmente! Recojo unas cosas y podemos irnos en cuanto queráis. Cuanto antes, mejor; ya tengo ganas de volver al trabajo. No vaya a ser que Wally se enfade conmigo por esta bobada, imagínate…