38653.fb2 La Hermandad De La Buena Suerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

La Hermandad De La Buena Suerte - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

La mayoría de los hombres llevan vidas

de tranquila desesperación.

H. D. THOREAU

No, Lucía, te digo que no es lo mismo lo uno que lo otro. Ahora no se me ocurren mejores ejemplos, pero estoy seguro de que tengo razón. Y tú también lo sabes, no me mires con esa cara tan seria pero llena de guasa. ¡Venga, que estás a punto de echarte a reír! ¿Lo ves? ¡Anda que no te conozco…! A lo que iba: en efecto, quien pretende la felicidad suele fracasar; pero los que se esfuerzan en estropear su vida se salen siempre con la suya. De modo que más vale tener una actitud positiva ante las cosas, aunque desde luego sin permitirse ningún género de esperanza. A fin de cuentas estamos perdidos, bueno, pero nada más: mientras tanto se las puede arreglar uno.

De acuerdo, esa fórmula «actitud-positiva-ante-las-cosas» es una ridiculez, un lema de manual de autoayuda de la peor especie, un rótulo idiota para algún embaucador que vende crecepelos espirituales. Que sí, que estamos de acuerdo. Pero hay tan pocas cosas a las que aferrarse… No tenemos orientación. Hablo por mí, como bien sabes, desde que tú ya no… ¡Bueno, olvídate de una maldita vez de la actitud positiva! Retiro lo dicho. En fin, déjame un último intento: fíjate en el Príncipe. ¿Ves lo que quiero decir? El Príncipe no tiene esperanza pero tampoco miedo: va por el mundo con una actitud… sí, con una actitud positiva ante las cosas, no sé expresarlo mejor. No frunzas el ceño, ya sé que el Príncipe no te gusta. Mejor dicho, sé que no te gusta que nos guste tanto a nosotros, sus amigos, sus compinches. ¡Qué le vamos a hacer! Para ti el Príncipe nunca ha sido más que el Príncipe, y para nosotros, fervorosamente, es ni más ni menos que el Príncipe.

En cualquier caso, no te lo menciono para irritarte ni como ideal, sino sencillamente porque él ejemplifica la modalidad de ánimo con que yo quisiera afrontar la puñetera existencia, es decir, lo que me queda de ella. La peor parte, ya sin ti. Vivir, lo que se dice propiamente vivir, no pido que con júbilo pero al menos sin que cada bocanada de aliento duela, es empeño que me parece inabordable. Incluso seguir simplemente tirando, puesto que hay que tirar inevitablemente hacia algún lado, me resulta enormemente difícil. Necesito un rumbo, no un rumbo que me interese especialmente sino algún rumbo, cualquiera, igual que un coche necesita tener la carrocería de uno u otro color, feo o bonito, lo que sea. Mera cuestión práctica, para poder hacer lo que sea sin hacerme ilusiones. De encontrar ese rumbo, de imaginarlo siquiera, soy incapaz por mí mismo, pero creo -o quiero creer- que algo puedo conseguir de más o menos efectivo si le sigo. Me refiero al Príncipe, claro. ¿Alguien puede garantizarme más? Ya no, desde que no te tengo. Puestos a soñar despiertos, me gustaría recobrar la fuerza que tú me dabas, pero lo cierto es que ahora estamos como estamos, tú allá y yo acá. Desolado aunque incapaz de rendirme aún. De modo que no me queda más remedio que conformarme con seguir al Príncipe.

Tengo que volver a él, perdona. Por lo visto planea otra aventura, algo de apariencia bastante insignificante que le ha encargado el Dueño. Bien pagado, muy bien pagado, claro está: lo bueno del Dueño es que no recompensa según la dificultad de la empresa sino de acuerdo con la prontitud con que se cumplen sus deseos. El asunto es banal, encontrar a un jockey que ni siquiera sabemos si se ha perdido y asegurarnos de que podrá montar a cierto caballo en cierta carrera. Como no me interesan nada los asuntos hípicos, poca información puedo darte ni sobre aquél, ni sobre ése ni sobre ésta. Supongo que el trasfondo del asunto es la pugna interminable del Dueño con el Sultán: choque de plutócratas o, mejor, desafío al amanecer entre la vanidad millonaria de dos insignes indeseables. El uno quiere humillar al otro, derrotando a sus caballos, como si los corceles propiedad de un hombre representaran su dignidad o lo intangible de su persona. ¡En qué miserables absurdos llega a creer la gente que carece de la paciencia de conocer y de la humildad de amar! A mí desde luego me da igual, lo que quiero es tener un proyecto compartido y poder acompañar al Príncipe en cualquier tarea que -por venir de su voluntad- me haga sentir significativamente vivo. Voy a conectar mi anemia a su chorro de energía… De modo que ya me he puesto a sus órdenes otra vez. Por favor, mi Lucía, no me mires con reproche.

El Príncipe me llamó a capítulo el otro día. Lugar de reunión, nuestro habitual apartado en Las Tres Calaveras, que yo no pisaba desde… ya sabes, desde lo tuyo. Al entrar me encontré con el Profesor, tan peripuesto y retórico como de costumbre. No es mala persona, en el fondo, pero no aguanto sus tiquismiquis de huerfanita perdida en la selva. Por favor, admito que un hombre puede llorar en público, pero no hacer pucheros. ¡Y cómo mira al Príncipe! A su edad, porque no es ningún adolescente, ya hay que tener un poco de contención y de pudorosa ironía. A nadie se le puede reprochar conservar intacto el deseo, porque eso no depende de nosotros (más bien yo diría que nosotros dependemos de ello), pero la exhibición desordenada del apetito debe tener fecha de caducidad. De modo que el Profesor me irrita con su demasiado visible y arrebatada languidez en cuanto se avecina a nuestro jefe, aunque en el fondo le entiendo demasiado bien. En mi relación contigo aprendí que el verdadero apasionamiento no es fruto hormonal de la juventud, sino que llega con los años y los desengaños. La juventud es época de ilusiones, no de pasiones: la pasión es el castigo y la ardiente conquista de la madurez, incluso de la senilidad.

Pero bueno, allá estaba el Profesor, tropezando en sus prisas por sentarse en el reservado junto al Príncipe, como si pensara en la posibilidad de acariciarle la rodilla por debajo de la mesa… lo que podría de hecho costarle la vida. Yo me acomodé frente a ellos, mostrando una compostura un puntito irónica. Estoy a su disposición pero no quiero entregarme por entero a su servicio. Pedimos las bebidas -whisky el Príncipe y yo (el mío bien aguado, descuida), el Profesor su coca light de alcohólico reformado- y me dispuse a escuchar los detalles del encargo que nuestro jefe iba a hacernos. Pero pasaban los minutos y sólo nos entretenía con rememoraciones de aventuras antiguas, amablemente idealizadas y preguntas no menos corteses y superfluas acerca de cómo nos trataba la vida. Francamente, logró impacientarme. De vez en cuando miraba discretamente el reloj, de modo que no hacía falta ser un sabueso para darse cuenta de que esperaba a alguien. Y, finalmente, alguien llegó. ¡A que no eres capaz de adivinar quién! Te dejo decir cinco nombres… o diez, si aún quieres más ventaja. Nada, que no aciertas.

Desbordando con su voluminosa y truculenta figura la recoleta estrechez del apartado, irrumpió el Comandante. Más barbudo que nunca, más estentóreo que nunca, más gigantesco y fanfarrón que nunca: es decir, como siempre. Después de la sorpresa inicial, seguro que te habrías reído al verle. No puedo decirte dónde se sentó, porque dio la impresión de sentarse en todas partes a la vez, sobre todo encima de las míseras criaturas que allí acompañábamos al Príncipe. En modo alguno pretendía humillarnos, claro. Su prepotencia ni siquiera es intencionada: eso resultaría a fin de cuentas lo mas humillante de todo, si por un momento uno cometiera el error de tomarle en serio. De inmediato proclamó con vozarrón de ogro las numerosas razones por las que se sabía indispensable para la misión que íbamos a acometer y de la que ninguno -y él menos que nadie- sabíamos absolutamente nada. Su autoalabanza incluyó un somero y hagiográfico repaso a su hoja de servicios a las órdenes del padre del Príncipe, de quien había sido -si fuésemos a creerle, lo que no es el caso- mano derecha, perro fiel, confidente y genio tutelar. Se emocionó tanto al recordar al patrón asesinado, pese a sus desvelos (y supongo que en parte por su torpeza), que hasta se le escaparon unas lágrimas de megaterio dolorido. Afortunadamente, el Príncipe logró atajar con firme discreción su torrente de efusiones y autobombo. Levantó la mano izquierda, como sabe hacer para detener las tormentas y pedir atención. La torrencial verbosidad del Comandante frenó de golpe, gracias a los dioses, como el toro que pega un topetazo contra la barrera y se queda medio atontado. Luego, empezó por fin a explicarnos la tarea para la que requería nuestra ayuda. La de todos nosotros, claro está.

El asunto es en apariencia tan trivial que me desasosiega un poco. Es como uno de esos contratos demasiado ventajosos que uno siempre supone que deben de tener alguna trampa escondida entre los renglones de la letra pequeña. Por lo que sabemos -mejor dicho, por lo que no sabemos-, el jinete perdido podría estar montando en cualquier hipódromo de provincias… o del ancho mundo. Si no me equivoco, no tiene ninguna obligación de decirle a nadie adónde se va a ir ni por qué. Ni siquiera tiene un agente que le organice las montas, como todos sus colegas: debe de ser el único de su gremio que carece de representante. Un tipo raro, todo se lo guisa y se lo come él solito. Cierto, no se ha presentado a un par de compromisos menores que tenía apalabrados, por lo que se ha ganado sin duda una buena multa. Pero es una informalidad que según parece ya había cometido antes más de una vez. Como cuando le da la gana de cumplir es hábil y competente, los entrenadores siguen contando con él a pesar de sus ocasionales groserías. ¡Ah, es un genio, es único!, comenta el Profesor con un suspiro de arrobo: todos los verdaderos artistas son caprichosos.

No hay cosa que más me fastidie que este impostado romanticismo que rodea las carreras de caballos, según algunos cursis como el Profesor. En el fondo siguen siendo un entretenimiento feudal, corrompido con el paso de los años por el negocio de las apuestas y agujereado por más trampas que un proceso de canonización del Vaticano. Y los jockeys no son en su inmensa mayoría más que mozos de cuadra venales y fulleros, cuyas derrotas deliberadas para cobrar algún soborno suelen tener más arte que sus victorias, que siempre se deben a la superioridad del caballo y nada más. ¡Artistas! ¡Bah! Ni más ni menos artistas que esos cocineros que engañan a los esnobs con sus mejunjes carísimos o los futbolistas que cobran fortunas por hacer con desgana lo que cualquier chaval hace mejor gratis en un patio.

¿Dónde estará ese tal señor Kinane? Si quieres que te diga lo que pienso, probablemente durmiendo la mona en algún tugurio después de haber empalmado una juerga tras otra durante más de una semana. Ni más ni menos. Aparecerá en cualquier momento, con resaca y apestando a meados. Son todos iguales; como no pueden comer a sus anchas para vigilar el peso, se desquitan con la bebida; y como suelen ser bajitos, el alcohol se les sube en seguida a la cabeza, ja. Pero, claro, si nosotros podemos encontrarle antes de su resurrección espontánea y de ese modo ganarnos un buen dinero, pues no se hable más, vamos a ello. Éste fue el tenor de los comentarios que aporté a nuestro conciliábulo, aunque algo edulcorados porque los otros tres son románticos del turf y por tanto susceptibles ante cualquier menosprecio de sus héroes. Los hice en ese tono ligero y risueño, aunque debidamente malicioso, que a ti tanto te gustaba en nuestras sobremesas. Aunque ahora, ni risueño ni ligero, el corazón ya no está.

Para mi sorpresa, al Príncipe parecieron desagradarle indudablemente mis observaciones, incluso me atrevería a decir que le inquietaron un poco, como si pusieran en peligro nuestra misión. Con rostro muy serio; adusto (¡cómo se parece en esos momentos a su padre!), levantó de nuevo la mano imperiosa para atajar mis palabras. ¡Nada de bromas!, exigió. El asunto puede ser más difícil de lo que parece. Y sobre todo más peligroso. No sólo tenemos que encontrar a Kinane, sino garantizar que montará al caballo del Dueño en la Copa. Y por lo visto hay sombras potentes que se opondrán a ello. El Príncipe hizo un silencio algo teatral -¿te acuerdas de cuando le vimos de muy jovencito en aquella representación de Cuento de invierno? Sobrio y eficaz, por encima de lo que suele llamarse «teatro de aficionados»- y nos miró a los ojos, uno tras otro. «Es probable que tengamos enfrente al Sultán», tal fue su última palabra, dicha en un tono que no explicaba nada pero sugería cualquier cosa. Si quería impresionarnos, desde luego lo consiguió. El Profesor martilleó la mesa con los nudillos, tratando de parecer despreocupado pese a que a mi modo de ver estaba peligrosamente cerca de la histeria. Por su parte el Comandante se puso a tararear entre dientes la sintonía de «Perdidos en el espacio». Se trata de uno de sus múltiples rasgos absurdos: cuando quiere cantar algo para calmar los nervios no opta por la ópera ni por el rock, sino que prefiere recrear con desoladora torpeza alguna de las mas populares tonadillas de las series televisivas. Para tormento de quienes le rodean, se las sabe todas, incluso las más cutres y eventuales, pero todas se las sabe mal. Si esos himnos desdichados tienen letra, sólo evoca una palabra de cada diez: «¡Taturit, tit, turatit, tit tip, de mi almaaa! ¡Por favor, no me tataritut, tut, taratot, tim-yom, de mi corazón!» Etcétera. En fin, que sólo yo supe guardar la actitud debida. En silencio, bajé la cabeza -para evitar cualquier apariencia de desafío imprudente e injusta ante el jefe-, aunque no me privé de esbozar una sonrisa que dejase clara mi final independencia: obediente pero nunca esclavo.

Quizá por decir algo, por mostrarse cálido y simpático, el Profesor comentó: «¿De modo que puede haber… cierto peligro?» Sin aligerar la gravedad de su rostro, el Príncipe asintió: «Desde luego, no lo dudéis. Peligro de muerte.» Inmediatamente, al constatar nuestro unánime respingo -supongo que es lo que buscaba-, soltó una de sus irresistibles carcajadas pícaras. Pero ¿quería con su risa desmentir como algo ridículo lo que acababa de decir tan serio o se burlaba del peligro y de la mismísima muerte, por presentes que pudieran llegar a estar en nuestro empeño? Sinceramente, no lo sé. El Comandante coreó y amplificó hasta lo atronador la carcajada principesca, como era de suponer, mientras el Profesor y yo nos limitábamos a un je je conejil. El resto de la velada fue meramente técnico. Reparto de tareas, instrucciones sobre los primeros pasos a dar, etc. Luego pasamos a cosas más triviales, como recuerdos comunes cien veces celebrados y anécdotas personales más recientes de cada cual que los otros no conocían. Cuando nos levantamos para despedirnos, el Príncipe volvió a ponerse severo y comentó: «De modo que ya lo sabéis, vamos a ser cuatro en esto. Nosotros cuatro.» Extraño énfasis en lo obvio. Como si no quisiera que ninguno se desligase o se considerara dispensado del esfuerzo, como tratando de evitar cualquier escisión o enfrentamiento entre nosotros. Y también: como para convencernos de que formamos juntos algo único y especial, un mundo dentro del mundo.

Dicha como advertencia o provocación amistosa, la expresión «peligro de muerte» siguió dándome vueltas en la cabeza durante horas. La tengo aún dentro, la mosca atrapada en la botella que intenta levantar vuelo y choca con los infranqueables cristales, con la barrera invisible. Me ocurre frecuentemente en los últimos tiempos, esto de quedarme atascado con la palabra «muerte». No era así antes. Aunque del rango más modesto, siempre me he tenido por un científico. Y precisamente la ciencia busca establecer certidumbres, de modo que la muerte -lejos de ser un enigma o un misterio- es la evidencia científica por excelencia. Así lo he creído hasta hace bien poco. Si hace un año alguien me hubiese preguntado «¿Qué será de mí tras la muerte?», le hubiera respondido sin vacilar: «Primero serás una efigie lamentable y exánime que después se convertirá poco a poco en algo abominablemente hórrido, que más tarde se desplomará en cascotes, para hacerse luego polvo y finalmente acabar en nada.» No hay mucho más que añadir. Y sigo pensando así, créeme: mantengo esta versión científica de la muerte.

Y sin embargo, junto a ella, desde hace un año atisbo algo más… Se me impone otra evidencia: inexplicable, incomprensible, negra y también escandalosa y opacamente consoladora. Si es que se puede llamar consuelo a que el dolor siga vivo y no se resigne al acatamiento final de lo necesario. De esta perplejidad contradictoria, como de tantas otras dulces o amargas de mi vida, eres la responsable. Para entendernos: yo sé que has muerto, Lucía, asistí a la devastación del cáncer y a su culminación lógica, irresistible, fatal. También estoy seguro -estremecido, escalofriantemente seguro- de que ahora sigues los diversos estadios degradantes que establece para cualquiera de nosotros y para todos el concepto científico de la muerte. No quiero imaginarte hoy, ahora, no puedo, no lo soporto. Todo eso lo sé, lo comprendo, doy razón de ello. Pero hay algo más, que se opone a toda mi acrisolada sensatez. Te sigo viendo, Lucía. Sí, te veo. Ni mejor ni peor de lo que siempre fuiste, tan imprescindible para mí como en cualquier otro momento desde que nos conocimos, atenta, irónica, enfurruñada, a veces displicente aunque sabes que eso no me gusta. Conmigo, no. Te veo y te hablo. Tú lo sabes muy bien y me comprendes, ¿verdad? Claro que sí.

Por supuesto que no estoy loco ni tengo nada de místico, de modo que ya sé que esto no puede ser. Pero precisamente porque soy hombre de formación científica no quiero negar la evidencia de mis sentidos: no digo ni mucho menos que lo imposible pueda ser, sólo me limito a constatar que lo imposible es. Llego a casa y me esperas sentada en tu sillón favorito, en el que leías una tras otra novelas policíacas, o en la cocina, o incluso un par de veces te he encontrado en el retrete y me he retirado tras cerrar de prisa la puerta, murmurando «¡Huy, perdón!».

Entonces… ¿la muerte? Y que conste que no pienso ahora mejor de ella que antes. Pero, claro, resulta que te veo y por tanto puedo hablar contigo. Me respondes asintiendo o negando con la cabeza, sonriendo, amenazándome con el dedo, sacándome la lengua… No sé si podría evitar verte, pero desde luego no quiero. ¡Hace tanto que no sé vivir sin tu compañía! Quizá se trata de eso: lo mismo que una tira de papel enrollado guarda cuando se lo alisa la tendencia a recuperar su formato anterior, puede que el alma también adquiera el pliegue de las frecuentaciones y los afectos que le han sido imprescindibles. Entonces eso quiere decir que tú sigues conmigo por costumbre, y por dulce y menesterosa costumbre te sigo viendo yo. Ahora mismo, ahora mismo te veo: igual que siempre, intacta y cotidiana, un poco despeinada, algo impaciente por mi manía de darle tantas vueltas a las cosas. Te veo como fuiste, es decir como eres, o sea como estoy convencido de que nunca dejaras de ser, aunque lo demás haya cambiado por fuera horriblemente. Te veo así, tal cual, tú misma. Te veo como si te estuviera viendo.