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Si eres un tipo larguirucho, ni guapo ni feo, más bien mediocre, que viste sin estridencias y carece de atractivo a simple vista, cuando la hermosa chica que sorprendentemente no ha dejado de mirarte desde que entraste en el café pide la cuenta, aplasta un Fortuna casi entero contra el cenicero, cierra el premio Planeta, lo guarda todo en su bolso, se lo cuelga al hombro, se levanta y se dirige con paso decidido y una maravillosa sonrisa en los labios hacia ti, tal vez alcances a pensar, antes de que ella se plante a tu lado, tres cosas: a) que evidentemente te ha confundido con otro, b) que alguna paloma te ha saboteado secretamente el peinado o c) que, a pesar de que llevas cuatro horas expatriado de las sábanas, te dejaste el grifo de los sueños abierto. Ésas y no otras fueron las tres cosas con que yo traté de justificar el maravilloso espectáculo de sus caderas deteniéndose ante mi mesa. Jamás hubiera sospechado, pues mi vida no da para tanto, que su objetivo fuese coger la copa de cerveza que yo estaba tomando entre sus finos dedos rematados en unas uñas largas y rojas, levantarla suavemente, como en un brindis exagerado, e inclinarla con lentitud, sin prisas, recreándose en vaciar su contenido sobre mi cabeza. Yo me limité a facilitarle la labor en lo posible, permaneciendo inmóvil, con una sonrisa cortés, mientras la cerveza me encharcaba el pelo y corría por mis facciones en hilillos dorados, absurdamente feliz de haberle restado al menos un par de tragos. Los escasos comensales, oficinistas en su mayoría, observaban la escena tan asombrados como yo, contentos de tener algo que contar al regresar a la oficina. No hubo palabras, ni por su parte ni por la mía, sólo aquella lluvia dorada que hablaba por los dos hasta que la copa quedó vacía. A través de la película de cerveza que me empañaba la vista logré ver cómo la depositaba entre mis manos amablemente. Luego se dio la vuelta y salió del café. Es difícil odiar a una chica con un trasero así, pensé ociosamente mientras me secaba con una servilleta y sonreía a la platea. Sólo supe que estaba en edad de obedecerla, de violentar con ella las puertas más cerradas del infierno, de cruzar de su mano esos años hundidos por los que hay que descender a tientas. Me levanté, dejé unas monedas sobre la mesa y abandoné el local. Oí a mi espalda las carcajadas de los comensales, como tracas de feria que cerraban la función. Que rían cuanto quieran, me dije, pragmático. Estaba seguro de que más de uno lo hacía como autodefensa, pues a pesar de la humillación, aquel acto daba a entender que yo tenía algún tipo de relación con aquella preciosidad y que incluso me tomaba la libertad, como se veía, de sacarla de sus casillas. Ellos, en cambio, debían resignarse a sus vidas corrientes, esmaltadas de ese gris tan refractario a las pasiones, tomando cada mañana un café que ninguna gata despechada vertería nunca sobre sus corbatas a rayas.
Divisé a la chica haciendo cola en la parada más próxima. Y pude constatar que lo globuloso de sus curvas no había sido ningún efecto óptico. Poseía en verdad uno de esos cuerpos que producen sed. Me negaba a dejarla ir. La explicación de su comportamiento era lo de menos, pero me ofrecía la excusa perfecta para abordarla, para tratar de retenerla antes de que el autobús la extirpara de mi vida por tiempo indefinido. Avancé hacia ella con paso rápido y la atrapé por el brazo justo cuando se disponía a subir al autobús.
– Un momento -dije, forrando mi voz de una indignación impostada-. ¿Dónde crees que vas?
Ella se volvió y se mostró visiblemente contrariada de encontrarme allí, como si me estuviera extralimitando en mi papel. ¿Qué se suponía que debía hacer yo? ¿Seguir leyendo el periódico como si nada hubiese pasado o como si la gente me echara cerveza encima con regularidad, como si eso les diera suerte o algo así? Ella forcejeó ligeramente, pero desistió al comprender que debería resignarse a tomar el siguiente autobús. Me dedicó una mirada tan gélida que de haber llevado abrigo no hubiese podido evitar subirme las solapas.
Así que allí estábamos, el uno frente al otro. ¿Y ahora? Cuando uno se encuentra ante una chica así no desea más que abrazarla, envolverla en un abrazo sin malicia, como de amigos de verano, sólo eso, y luego seguir apurando el día con su aroma pegado al cuerpo y olerlo cuando menos te lo esperas, como ese perfume de ensueño que nos queda en los dedos tras pelar una mandarina. Pero claro, era un deseo difícil de explicar, excesivamente estrafalario de tan benigno. Uno debe decir cosas más acordes con los tiempos si no quiere pasar por gilipollas. Las chicas de hoy ya no malgastan las tardes cosiendo junto a una madre viuda, madurando sus encantos para aquél que se muestre más educado a la hora del té.
– Escucha: hoy he dejado pasar la convocatoria de unas oposiciones que he estado preparándome desde hace meses, llevo casi un año en esta ciudad y aún no he encontrado trabajo, no he hecho un solo amigo digno de ese nombre y de mi bagaje sentimental mejor no hablar; para colmo casi todos los jueves me llama mi madre para saber cómo me va y yo le suelto todas las mentiras que se me ocurren. Pero a pesar de todo trato de conservar cierto optimismo y al irme a la cama lo hago con la esperanza de que al día siguiente me toque ganar a mí. Cierro los ojos y antes de dormirme intento convencerme de que el mundo no es tan malo, de que es incluso comprensible, que es lógico que la amistad sucumba ante el dinero, que los hombres se maten unos a otros por lo que dicen los mapas, que esperemos al sábado por la noche para emborracharnos con desesperación o que, ya en un ámbito más personal, esta mañana una chica me vaciara una copa de cerveza en la cabeza sin mediar palabra.
Me felicité por el discurso, que aparte de informarla de que el monigote sobre el que se había desahogado también sangraba si se le pinchaba, le daba a entender que estaba disponible, que llevaba una vida perra y que necesitaba que alguien me consolara. No pareció en absoluto conmovida.
– Así que para colmo necesitas una explicación… -dijo, casi para sí misma, como si con mi ignorancia acabase por defraudarla del todo.
– Me ayudaría, sí -respondí, cortante.
– De acuerdo. A mí, aunque te suene raro, no me gusta que me den plantón.
¿Qué cojones quería decir con eso?
– No sé de qué me hablas -dije. No se puede ser brillante siempre.
– ¿Ya no te acuerdas de mi pelo de whisky? -me preguntó, pasándose una mano rápida por sus cabellos-. ¿Y de mi sonrisa de anís? -Trazó una sonrisa tipo Jim Carrey-. Me tuviste esperando casi una hora en la Plaza Nueva, estúpido.
Creo que me estaba perdiendo algo. Me encogí de hombros, y mi desconcierto debió parecerle de lo más sincero, pues el furor de sus ojos amainó de pronto.
– Pues sí que estabas trompa… -comentó, dándole a sus palabras un tono de regañina que me sacó los colores.
Me contó entonces una historia disparatada. Al parecer, el sábado pasado yo le había regalado un poema y le había propuesto una cita a la que no había tenido el detalle de acudir. Escuché sus explicaciones con media sonrisa. Me sentí halagado de que aquella belleza inventara todo ese tinglado para atraer a un tipo como yo. Ahora que sabía su juego, podía hacer dos cosas: pasar o jugar. La muñeca merecía el riesgo. Decidí tirar los dados.
– Me llamo Álex -dije con una amplia sonrisa-. Y sí, estaba trompa perdido y no te recuerdo. Debía ser un buen whisky si consiguió que me olvidara de una cara como la tuya. ¿Te gustó el poema?
Se puede ser brillante casi siempre.
– Puede -respondió ella, con una sonrisa recelosa.
La refunfuñante mole del autobús dobló la esquina. Ambos lo miramos avanzar hacia la parada. Al parecer ya habíamos agotado nuestro tiempo.
– ¿Cómo te llamas? -me apresuré a preguntarle.
– Carolina -respondió ella, haciéndole una señal al autobús-. Coral, es más corto.
– Coral -repetí, saboreando el exotismo del nombre, pensando en corsarios intrépidos y tesoros bien enterrados. Era un nombre que incitaba a la aventura, idea que secundaba su cuerpo de trapecista.
El maldito autobús se detuvo ante nosotros y abrió sus puertas. El conductor me obsequió con una mirada entre maliciosa y divertida, contento de que su tedioso trabajo le otorgase al menos cierto poder sobre las vidas ajenas: los conductores de autobuses, como confirmará cualquiera que no disponga de coche, pueden desbaratar conversaciones con toda impunidad, forzar a los enamorados a concluir con un beso rápido o incluso interrumpir discusiones en los momentos más álgidos. Me refiero, claro, a los de la vida real. Los conductores de las películas suelen ser infinitamente más pacientes e incluso algunos de ellos hacen gala de una increíble complicidad.
– Bueno, ha sido un placer -se despidió Coral, poniendo un pie en el primer peldaño del autobús.
– Espera… -dije, obligándola a dejar a medias la subida-. ¿Y si nos vemos otro día?
Coral acabó de subir al transporte, pero se quedó en el primer peldaño.
– Mañana -dijo, regalándome una sonrisa ladina a través de las puertas que el conductor se apresuró a cerrar-. En la Plaza Nueva. A las diez.
No me gustó la forma en que lo dijo, pero no me costaba comprobar si aquello era una cita o una venganza. A la hora de espera en la Plaza Nueva, ya lo sabía. Dejé de hacer el panoli y eché a caminar hacia mi casa, consolándome con el argumento de que de no haberme presentado, nunca hubiera sabido que no me perdía nada.
Pero esa noche Coral y yo teníamos una cita, y el que ella no hubiese acudido sólo era un detalle sin importancia, de lo más nimio, porque esa noche a todo ese azahar que flotaba en la brisa le faltaba la h. Hay un escritor americano que convierte sus novelas en sinceras apologías sobre el azar, esa fuerza inescrutable que nos gobierna con mano invisible y que deberíamos escribir con mayúsculas. Ese tipo hubiera disfrutado con lo que sigue, una cadena de decisiones aparentemente inocuas y arbitrarias que, en contra de todo pronóstico, acabaron por conducirme hasta Coral. Hacía una noche demasiado agradable para meterse en casa. Decidí meterme en un cine, estrechando sin saberlo el cerco en torno a la chica que había comenzado mi periplo y a cuyo lado acabaría. Tiré hacia el más cercano, un multicines. Debido a la temporada veraniega, la cartelera estaba saturada de títulos infantiles. Examiné con detalle las tres o cuatro alternativas que tenía. Durante el trayecto hasta el cine, deprimido por la cita fallida, tras varios circunloquios, mi mente se saltó la regla número uno de la casa y me descubrí pensando en Blanca. Eso decidió la película: me metí a ver Cosas que nunca te dije, una película española que había sido rodada con un presupuesto anoréxico en Estados Unidos, una carambola que, según decían las revistas, estaba saliendo bastante rentable. El cartel hablaba por sí solo: mostraba a los enamorados en una lavandería, esperando que la colada terminase, nada de besos ni abrazos empalagosos, nada de posturitas made in Hollywood, aquello prometía una historia de amor sin trucos, de las de verdad, de ésas en las que uno busca reconocerse y tal vez aprender algo más constructivo que cómo follar con filtros azules, una historia de amor con ropa sucia incluida. Entré en la sala a oscuras, buscando una butaca libre, cosechando murmullos de fastidio cuando mi zarpa invadía alguna bolsa de palomitas o manoteaba un muslo confiscado. Al fin di con una butaca desocupada, y, aunque la cogí empezada, la película no tardó en subyugarme. Era, en efecto, un romance sin glamour, envuelto en lluvia y cielos penumbrosos, ribeteado de soledad y desesperanza, y deseé enormemente recibir aquellas imágenes con la mano de Blanca entre las mías, sintiendo a través de sus dedos cómo se le conmovía el alma. Fue la primera película que Coral y yo vimos juntos, y la única en la que no nos cogimos de la mano.
Salimos del cine envueltos en un embarazoso silencio. Y tomamos la misma calle, una de esas calles extralargas sin bifurcaciones. Estábamos condenados a seguir juntos hasta el centro. El destino se empeñaba en ejercer de celestina.
– Está bien -dijo ella, resignándose a lo inevitable-. ¿Cómo coño lo supiste? No me digas que fue casualidad.
– Fue el azar -contesté en un alarde lírico que no entendió. Me miró de tal forma que tuve que dejar a un lado la poesía a riesgo de perder la vida-. La casualidad, quiero decir.
– Ya -susurró.
No me creía en absoluto. La casualidad rige nuestra vida, pero nadie se percata oye ello. En el cine, la casualidad delata la incapacidad del guionista para resolver situaciones. Puede que Dios no sea mas que un guionista mediocre y chapucero, reflexioné.
Seguimos caminando sin decir nada más, y cada paso que dábamos era una derrota. No había duda: Coral era una princesa cautiva en una torre demasiado alta para mí, un caballero sin suerte ni blasón.
– Ha estado bien la peli, ¿verdad? -comentó ella de pronto, aunque sin demasiado entusiasmo. El camino era largo y era mejor hablar que soportar el silencio.
Me agarré a aquel principio de conversación como un trapecista a su trapecio. Pronto, casi sin darnos cuenta, nos encontramos comentando la película con fervor. Le arranqué un par de carcajadas y eso me envalentonó. Eché mano de todo mi ingenio. Yo sabía que, dadas las circunstancias, comentar la película no era más que un pretexto, una cortina de humo, que en realidad de lo que se trataba era de hablar de nosotros, de enseñar un poco el alma en cada opinión. Agradecí de corazón a Isabel Coixet, la artífice de aquella maravilla, los múltiples meandros que proponía su argumento. Improvisé algunas teorías sobre la soledad, la melancolía, y ricé el rizo hablando del azar, cuyo tentáculo había emergido de la pantalla para envolvernos a nosotros, pues por qué estábamos allí, caminando por aquella calle semidesierta, si no era por capricho del azar. Coral me dio la razón. El final de la calle nos sorprendió, poniendo un maldito cruce delante de nuestras narices. ¿Y ahora? Los dos nos detuvimos, sin saber qué hacer. Sólo existía un 25% de posibilidades de que tomáramos el mismo camino. El primero que diera un paso en su dirección contaba con un ancho 75% para asesinar sin piedad la conversación, para abortar nuestro futuro, cualquiera que éste fuese. Atisbé un bar en una de las esquinas y, antes de que lo insostenible de la situación la forzara a recurrir a la salvadora despedida, le propuse continuar la charla ante unas cervezas. Me miró como quien mira una ecuación de tercer grado. Tragué saliva. Si ella rechazaba la oferta, no confiaba en que el destino se tomase más molestias por nosotros.
– De acuerdo -dijo con una leve sonrisa.
Oí música y el cielo se llenó de fuegos artificiales. Ya la tengo, me dije, sabiendo que en realidad era ella la que me tenía cogido por las pelotas, que es el sitio donde veranea el corazón.
El bar era una tasca de mala muerte: una barra cochambrosa y cuatro mesas mal colocadas. No había un alma. Un televisor, encumbrado sobre la puerta de los servicios, hacía gárgaras con las noticias. El camarero, acostumbrado a los parroquianos habituales, nos miró con cierta sorpresa, incluso con temor, como si fuésemos alienígenas desocupados en su invasión terráquea. Pedimos unas cañas y tomamos la mesa más recoleta. El camarero agregó unas aceitunas daltónicas por cuenta de la casa. Coral las apartó discretamente a un lado cuando éste regresó a la barra. El mugriento decorado, en vez de perjudicar nuestra cita, forjó entre nosotros una solidaridad de náufragos. Entre muecas divertidas y risas disimuladas yo tendía con naturalidad mi escala hacia su torre.
– Cuéntame el principio de la peli -pedí, encaramándome a su balcón.
No hay método más infalible que ése para averiguar si uno podrá o no enamorarse de la chica que le atrae. Eso la vuelve un poco comediante, embaucadora, y nos da una idea aproximada de su inventiva, un ingrediente ornamental que luego, al ir adentrándonos en otras parcelas, agradeceremos. Enlacé mis manos, improvisando un atril para mi barbilla, y la observé escoger las palabras más adecuadas, resaltar los hechos que verdaderamente importaban y desechar lo anecdótico, recrear el suspense de la escena con pausas y aspavientos, intentar transmitirme la misma emoción que la embargó a ella… Sí, podría enamorarme de Coral. Vaya si podría. Bueno, para ser sinceros, llevaba cuarenta y ocho horas dedicado a ello.
Cuando Coral acabó su narración el silencio aprovechó para instalarse de nuevo entre nosotros, pero esta vez era un silencio agradable y dulzón, cómodo como un viejo sofá.
– Siento la putada de la cita -dijo ella al rato.
Así que aquella chica también podía ser amable. íbamos progresando.
– Olvídalo.
Intercambiamos los cromos de nuestras tontas sonrisas durante unos segundos.
El camarero empezó a barrer a nuestro alrededor, aventurando la escoba de tanto en tanto entre nuestros pies, asegurándose de que captábamos la indirecta. Pagamos y salimos del tugurio para no volver en lo que nos quedaba de vida. Coral no parecía de esa clase de chicas que aceptaría seguir la charla en casa, con una copa y la cama sonriendo maliciosa por entre la puerta entornada del dormitorio, así que no dije nada y esa noche no follamos. Pero, tachán, quedamos para mañana.
La noche siguiente le propuse ir a cenar a un mexicano. Coral pidió una ensalada, no soportaba el picante. Tenía una hermana pequeña que se llamaba Lucía y que ese mes estaba enamorada de Brad Pitt; también un hermano que practicaba la natación. Yo tenía dos padres y una vez había tenido un gato que se llamaba Jedi y su fuerza todavía me acompañaba. No entendió el chiste y le pedí una foto suya. Su padre, que era cirujano, opinaba que el cordón umbilical no debía desecharse tan a la ligera y ella había estado en París el verano pasado. Yo le hablé de Javi y le conté algunas cosas divertidas que nos habían pasado juntos, cómo habíamos tratado de montar una empresa con los comemierda o cómo nos emborrachábamos en tascas de mala muerte. Sorprendentemente me dijo que le gustaría conocerle. Rematamos con un helado que tomó despacio, escurriéndole el frío a cada cucharada antes de abrirle la aduana de la garganta. Esa noche tampoco follamos.
La noche siguiente dimos un paseo por los aledaños del río, que estaban alfombrados de coches con los maleteros abiertos, congestionados de botellas. Coral había pasado casi dos años fuera de casa, compartiendo piso con una amiga que el mes pasado se había ido a vivir con un tipo doce años mayor que ella, obligándola a regresar al nido. Le dije que Dios nos había colocado entre las hormigas y las estrellas, para que cada uno decidiéramos hacia dónde mirar y ella me contó que tenía un primo en Barcelona que había dejado embarazada a dos chicas el mismo mes sin que su novia se enterase y yo asentí como si comprendiera de qué rara forma enlazaba aquello con mi comentario. Presenciamos, desde una distancia prudente, una gresca entre un par de chavales pastilleros. Coral trabajaba de secretaria para un amigo de su padre, poniéndole al día los archivos y esas cosas; no le pagaba mucho, pero tampoco le metía mano. De regreso a casa, yo tampoco le metí mano, así que esa noche tampoco follamos.
La noche siguiente fuimos al concierto de Ketama. Coral brincaba y coreaba todas las canciones, yo daba saltitos y movía los labios, como hacía de pequeño en misa con el padrenuestro. Su primera vez fue en verano, en una playa de Málaga, y fue por amor, por el amor de un extranjero que se llamaba Salman y que no le había mandado una puta carta después de aquello. Mi primera vez fue en el gimnasio de mi instituto, y fue por aburrimiento, sobre una colchoneta que apestaba a abdominales y con una dispensada como yo, mientras el resto de la clase se partía el pecho dando vueltas al campo de fútbol. En realidad mi gran amor de aquel entonces era una sirena, pero ni ella tenía por dónde entrarle ni yo dinero para encargar un traje de submarinismo con aberturas especiales. Coral aborrecía las películas de Woody Allen y coleccionaba cajas de cerillas y en el portal de su casa me besó y yo arriesgué una caricia, pero esa noche tampoco follamos.
La noche siguiente fuimos al cumpleaños de una amiga suya supersimpática que se llamaba Sara y que por las puñetas de la vida y los retruécanos de la amistad resultó ser la misma Sara con que Artemisa me había sorprendido en la cama, ahora enrollada con un gigante amenazador llamado Ricardo, al que de entrada no parecí caerle bien, no se si porque sabía que mi cosita se había alojado con anterioridad donde ahora reinaba su COSA, o sencillamente porque sí, porque en este mundo amar al prójimo no es una ley sino sólo una sugerencia. Coral le regaló a la festejada unos pendientes de cristal verde con forma de lágrima y yo me dediqué a huir de su pertinaz acoso durante toda la noche, mientras la gente se emborrachaba, follaba en el baño, vomitaba en el fregadero y comentaban lo moderno y solidario de encargar a Sebastián, un tío que había tenido la mala suerte de nacer sin brazos, la labor de pinchadiscos. Esa noche no follamos, ni falta que hacía.
La noche siguiente, sábado, iniciamos una ronda de bares que acabó en el Insomnio. A Coral no le gustaba cocinar y de pequeña creía que su vecino era un vampiro porque vestía siempre de negro, llevaba el pelo muy engominado y sólo salía por las noches. Era gigoló; y en aquel entonces, aquella palabra sin significado que te llenaba la boca de chicle al pronunciarla, la aterrorizó aún más. Me cogió la mano y me pidió que le recomendara algún libro de poesía, pues estaba atravesando un estado en que le parecía que cualquier poema hablaba de ella, y lo hacía con mucho más tino. No sé qué imagen mía se había formado, pero mis ojos no acostumbraban a pacer demasiado en los verdes campos de la poesía, y sacar el nombre de alguno de esos poetas que nos hacen odiar en el instituto me pareció vulgar y ridículo; tuve que escurrir el bulto: le dije que la mejor poesía era la que no era consciente de serlo y le recité un titular que había leído por la mañana: Una universidad británica trata de descifrar los secretos de las auroras boreales. Esa noche fue pródiga en besos, y supe que su boca albergaba también una lengua, húmeda y juguetona como la que más. Me dio una foto suya, con pelirroja incluida, por supuesto. Al despedirnos, ella se estrechó contra mí, acuñando sus poderosas formas en mi piel derretida, y me susurró que se sentía especial a mi lado, pero esa noche tampoco follamos… en la realidad. En los privados aposentos de mi mente fue otro cantar.
Etcétera, etcétera, etcétera…
Y así hasta enamorarnos. Creo que ha quedado suficientemente claro que nuestro romance siguió los cauces más tradicionales. Fue un amor políticamente correcto.
El fantasma de Blanca, por supuesto, flotaba sobre nuestra relación, que se formaba pieza a pieza, como un mecano, evaluando cada situación como una maestra severa. Algún idiota dijo que las comparaciones son odiosas. Puede, pero son sobre todo reveladoras, necesarias e inevitables. Comparar es la única forma de saber. Y yo quería saber, y por eso comparaba. Y como Artemisa, si es que alguna vez había sido algo, ya era historia, Coral y Blanca iniciaron un inopinado duelo en mi cabeza, dos luchadores de sumo en huelga de kilos que trataban de expulsar al rival del círculo de arena.
Si amar a Blanca había sido exactamente eso, amar, amar a una mujer sin pasado, sin ataduras, amar únicamente lo que veía en aquel momento, un ser de humo, estimulante como la marihuana y espontáneo como los cuentos de Boris Vian, un ser cristalino al que comprendía como si lo hubiese creado yo mismo, amar desde el primer momento, con un sentimiento uniforme, que no crecía día a día porque era algo infinito, y saber con absoluta certeza que yo era amado de la misma forma, sin tener que anunciarlo con besos ni te quieros, sin explicaciones, sin dudas; amar a Coral era, sin embargo, luchar por meter el amor en una maleta llena de cosas que ella consideraba imprescindibles, amar a Coral era tratar de orientarse desesperadamente en las conversaciones con su padre, de enarbolar una sonrisa educada durante la cena de los domingos, de sobrellevar con su hermano, un rebujo de músculos fanático del Madrid, una camaradería falsa, era exiliar las manos a los bolsillos cada vez que su hermanita, un pastelito que haría las delicias del mismísimo Nabokov, se me tiraba encima en la piscina, era lidiar con sus amigas e incluso con algún ex novio que me dedicaba guiños y sonrisas, como si fuéramos miembros de alguna fraternidad, era percibir un molesto rastro de beligerancia cuando intercambiábamos opiniones, era rebuscar a diario en sus más banales comentarios el indicio de un amor que sólo se le subía a la cabeza en contadas ocasiones, cuando había velas o luna llena o nada mejor que hacer, y que durante el resto del día uno debía creer que estaba allí, como un espíritu maligno que esperaba una orden suya para poseerla. Era soportar su mal humor, sus manías, sus broncas y sus reconciliaciones, porque una mujer, a excepción de Blanca, no podía dedicar al amor todo su tiempo. Y, ¿cómo saber qué forma de amar era la válida? El amor de Blanca era tan perfecto que sonaba a espejismo, a ficción, a mitología. Coral, por su parte, me ofrecía un amor imperfecto, aquejado de dudas, emponzoñado de realidad y miseria, un mejunje de necesidad, egoísmo e inseguridad, y todo ello me obligaba a aguar mis sentimientos, a olvidarme de locuras y desafueros y perder las riendas, a dedicarle una mínima parte de todo el amor en el que me hubiera gustado ahogarla. Y sin embargo, sabía que ella me quería, que cada día me iría queriendo más, y me gustaba que fuese así, que fuese un amor hecho a sí mismo, que peligrase por cualquier cosa y que tuviese un extrarradio lleno de suburbios infectos, porque la vida no era un camino de rosas sino un sendero de cabras embarrado y el amor no podía ser gratis porque nada lo era. Mi alma y la de Coral no encajaban para nada, eso era evidente, y nunca lo harían. Debíamos recurrir al papel celo, a realizar un apaño y rezar para que aguantase… Y eso era el amor, ¿no? El amor de los desafortunados, de los que nunca encontrarían su mitad. Un amor que tenía que bastarme, como le bastaba a los demás.
Hicimos el amor casi dos meses después, una noche trémula de finales de septiembre, ese mes de tránsito, esa treintena de días con problemas de identidad, donde todo tiene un regusto pasajero que parece incapacitarle para soportar sucesos importantes. El verano agonizaba sin prisas, el otoño apenas se insinuaba con alguna brisa más fresca de lo normal y la ciudad, desde cualquier sitio que se la mirase, cobraba ese aire de relicario encantado, ese aliento inexplicable que la publicidad, tan sabia ella, había denominado líricamente duende. Coral estaba sentada en el sofá, hojeando una revista, y de repente deseé liberarla de esa costra mundana y verla brillar bajo las estrellas, como si yo fuese un pigmalión ocioso. Pensé, idiota, en un paseo en coche de caballos. Habíamos pasado por una de esas semanas tontas y esa noche quería la revancha, la quería romántica, la quería para mí, sin tener que compartirla con la tele ni robársela al sueño.
– ¿Y si cenamos fuera? -propuse.
Nada más plantearlo, llamaron a la puerta.
– Demasiado tarde -dijo ella con una sonrisa misteriosa.
Fui a abrir y me encontré con una pizza sin anchoas. El pizzero insistía en sus miraditas por encima de mi hombro. Le arrebaté la pizza y le cerré la puerta en las narices. A la mierda mi noche romántica… Arrojé la pizza sobre la mesita del salón.
– Te he dicho mil veces que no pidas nada a la pizzería del barrio -mascullé, enojado.
– Pero, ¿por qué? Es la más cercana, es lógico que…
– No me gusta ese tipo -expliqué, acercándome a la ventana-. No estoy seguro, pero creo que me vigila.
– Mira que eres paranoico… -se burló ella-. El Mundo contra Alejandro Alcina. Siempre ha sido así y así siempre será.
Pasé de contestarle. Descorrí la cortina con cuidado. El repartidor se encontraba bajo la ventana, sentado en su moto, tomando frenéticas notas en un grueso cuaderno. Cuando acabó, lo guardó satisfecho en la caja de las pizzas, miró hacia la ventana, inclinó la cabeza en una especie de saludo enigmático y arrancó. Paranoico, ¿eh?
Tomamos la pizza en el sofá. Ya cenados, cogí el mando a distancia, resignado a una noche insulsa huyendo de bazofia en bazofia en un zapping tedioso, y me encontré con la mano de Coral sobre la mía, como una sorpresa tibia y agradable.
Se acercó a mí gateando por el sofá y me besó. Aún no está todo perdido, pensé mientras respondía a su beso, un beso que progresaba inusitadamente en mi boca, que se demoraba demasiado, que se desdoblaba contra mis labios, un beso prolijo, frondoso, húmedo y peleón que me dejó una herrumbre oscura y delictiva en las comisuras. Miré sus ojos y entonces supe. Supe que aquella noche sucedería, que la pizza había sido la última pieza de un montaje meticuloso. Supe que aquella noche, que para mí era una noche cualquiera perdida en el calendario, para ella era La Noche, una noche escogida entre muchas otras, una noche que de alguna manera había calculado que cerraría una jornada tranquila, una mañana laboral sin demasiados ajetreos y una tarde desocupada en la que poder relajarse y disipar cualquier preocupación, cualquier tensión que supusiera un lastre para el disfrute que se avecinaba, una noche que probablemente había estado anhelando y temiendo durante toda la semana sin que yo tuviera la más remota idea. Lo comprendí sin dificultad, estaba escrito en sus ojos con una caligrafía reluciente y clara que distaba mucho de la letra de médico que solía encontrar en sus pupilas, no sé si para que yo pudiera leerlo sin problemas o porque se sentía incapaz de esconder una decisión así, lo cierto es que allí estaba aquel brillo que publicitaba amor, o al menos su materia prima, algo que debía ir manufacturándose con los días, madurado en tardes de cine y parques como el vino al arrullo del tiempo, y que al parecer había sido juzgado como suficiente para entregarse a mí al fin sin tener la impresión de estar cometiendo una imprudencia, algo de lo que luego habría de arrepentirse.
Al certificar eso, un calambre de excitación y vértigo me recorrió de arriba abajo, y mi mano diestra, que el primer arrumaco había situado en la cornisa de su cadera, se estremeció de gozo, como un peregrino harto de senderos angostos que de repente desemboca ante la inmensidad de una llanura vasta y sobrecogedora, toda para sus míseras sandalias. Sentí un cosquilleo perverso en la punta de los dedos, sabedores de que esta vez no habría aduanas, de que esta noche se emborracharían de texturas nuevas y arderían hasta la muerte, y los noté encogerse dolorosamente, como intimidados por los secretos encantos que le esperaban. Me pregunté de refilón si no habría sido la prohibición lo que en otro tiempo los había vuelto tan temerarios, y acabé por sonreír como un niño goloso que pide permiso para estropear la tarta. Ella me devolvió la sonrisa y hundió su rostro en mi cuello, como una leona en la carroña, incitando a mis hormonas a la rebelión. Luego buscó mis ojos para comprobar los estragos, y torció ligeramente la cabeza, no sé si algo decepcionada por mi envaramiento.
Apreté los dientes. Tenía que reaccionar, reponerme de la sorpresa. Llevaba soñando con aquel momento casi desde siempre y ahora los nervios se me amontonaban en el estómago. Sentía deseo, sí, pero también muchas otras cosas que no tenía tiempo ni fuerzas para estudiar. Cerré los ojos y respiré hondo, ascendiendo a un nirvana improvisado que extendió el hielo picado de la relajación por mis miembros. Abrí los ojos. Me tocaba mover. ¿Por dónde empezar? Tiré de mis agarrotados dedos hacia arriba, hacia el hermoso bodegón de sus pechos, tantas veces vedado, arrastrándolos trabajosamente, como un arado por los surcos de su jersey. Coral entrecerró los ojos. Se la veía confiada, manejando la situación con un aplomo dulce. Sentí cómo mis yemas se quemaban y ardían a medida que se aproximaban al objetivo, lentas y enajenadas, abriéndose como tulipas de cristal sobre la anhelada redondez.
En ese momento sonó el teléfono. Ambos nos sobresaltamos y lo fulminamos con la mirada. Recordé que era jueves y mascullé una maldición.
– Debe ser mi madre -informé sin intención de ir a cogerlo-. Me llama todos los jueves… Ya se cansará.
Esperamos a que eso sucediera sin mover un solo músculo, mi mano detenida a un paso de su pecho, su boca empuñando un beso que no llegaba, mirándonos con esa ansiedad con que los niños contemplan tras la ventana un aguacero que les prohíbe salir a jugar. El teléfono continuó sonando con insolencia, condenándonos a aquella proximidad mareante, haciendo que el deseo se agitara en mi estómago como un pulpo atrapado en una rejilla eléctrica. Me imaginé a mi madre al otro lado de aquellos timbrazos castradores, sentada pacientemente en su mecedora del salón, decidida a hablar conmigo como todos los jueves. Y supe que estábamos a su merced; pensé incluso que su radar de madre le había advertido de lo que estaba sucediendo en mi apartamento y pretendía abortarlo a toda costa. Entonces, con la misma brusquedad con que había comenzado, el aparato cesó de incordiarnos, y quedó sobre la mesita mudo e inútil, ridículamente circunspecto, como estéril. Y por fin, tras unos segundos de sobreponernos al repentino silencio que cayó como una losa sobre el apartamento, mis dedos abordaron con decisión la pospuesta orografía de sus pechos, acariciaron y oprimieron, devoraron con un algo de planta carnívora, sintiéndoles responder a través de los sedimentos de la ropa, y Coral se extendió sobre mí como un crespón de seda, como un caldo caliente, como un aceite hirviendo, acariciada y acariciante.
Desnudé despacio su cuerpo de majorette, cuya deliciosa arquitectura ya había adivinado en sueños y pajas trasnochadas y que ahora, al capricho de mis manos, me sorprendía con los detalles, con un antojo en forma de bellota cayendo en mitad de su espalda, con una levísima quemadura infantil en el muslo derecho, con un enternecedor asedio de lunares en torno al ombligo o con unos senos de emperatriz, de diseño firme y arrogante, condecorados por dos medallas rosáceas y delicadas. Me sentí violento, arruinando con mis dedos aquella piel satinada, aquel cuerpo escultural que afortunadamente venía con el lote, un cuerpo de violonchelo al que yo debía oponer el garabato del mío. Ella me abrazó sin reparar en tan ridícula carcasa, y me sentí mendigo en sus brazos de gobernanta, contento de que mi cuerpo, afortunadamente, también viniese con el lote y no fuese el producto principal. Si el cuerpo de Blanca me había resultado escueto y manejable, una formalidad que había que rebasar para llegar a su alma, mis caricias encontraban ahora una geometría pavorosa, un relieve imponente que exigía recorrerse por puro amor al arte. Y me entregué a ello, repitiéndome una y otra vez que aquel manoseo era legal, que me lo había ganado con noches de ingenio y ternura, que lo merecía, pero no logré dejar de sentirme como una inmunda salamandra correteando por el techo de la Capilla Sixtina.
Esa noche supe muchas cosas. Muchas. Supe que Coral no era de las escandalosas. Coral, no sé si por vergüenza o timidez o porque en el amor, como en todo, le gustaba ejercer el mayor control posible, acostumbraba a dejar caer la cabeza sobre la almohada y recibir el placer en silencio, dejando escapar tan sólo algún suspiro tembloroso cuando yo descerrajaba una zona recóndita de su interior, mientras el rostro se le iba iluminando por dentro como una lámpara de mesilla. Supe que hacer el amor con Coral, esa vez y todas las que siguieron, era sobre todo placer, un placer vivido por separado que culminaba en un orgasmo desacompasado, en un éxtasis frívolo que nos hacía sentir culpables sobre el otro, que en vez de unirnos nos repelía, por muy abrazados que siguiéramos. Y supe con absoluta certeza que yo nunca conseguiría rebasar el rompeolas que era su cuerpo y alcanzar su alma, y que ella, por mucho que indagase en mis ojos, nunca sabría de mis pensamientos más profundos, ésos que se llevan pegados al corazón. Sí, Coral y yo nunca nos fundiríamos en un solo ser. Siempre seríamos dos, dos seres que no encajaban ni encajarían nunca y que insistían en amarse a pesar de todo.
Esa noche, abrazados en la cama, comulgando de su sudor, supe que nunca sabría nada, que con ella todo me pillaría por sorpresa, que nada era descartable, que un buen día, mientras se secaba el pelo, podría decirme, por ejemplo, que se iba a Barcelona por una temporada indefinida, a casa de sus tíos, a replantearse nuestra relación. Y yo sólo podría asentir y ayudarla a preparar el equipaje.