38659.fb2 La hormiga que quiso ser astronauta - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 18

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Así que yo estaba loco y para dejar de estarlo debía asumir la locura de Coral… Vale, pero, ¿era cierto aquello? ¿Estaba yo loco?, me pregunté, jugando con una pluma de serafín, encadenado con alambre a un sofá destartalado en medio de un salón encendido contra la noche, donde flotaba un olor peculiar, una mezcla de Fortuna y Chanel que a partir de ahora siempre asociaría con el aroma del amor. Evidentemente yo no estaba loco, pero podría estarlo, si ésa era la única forma de no perder a Coral. Por amor, enloquecería. Se trataba tan sólo de creer todos aquellos desvaríos que me había contado. Sólo era cuestión de voluntad. Miré la pluma que tenía entre mis dedos y le dije: tú eres un pendiente… La pluma continuó siendo lo que era, una pluma, creo incluso que de alguna forma sonrió irónicamente ante mi torpe intento. Me sentí como un converso hipócrita.

Aquello no funcionaba…

Bien, me dije, cambiemos el enfoque del asunto. Partamos de la premisa de que ya estoy loco, de que soy yo y no ella el que está loco. Bien mirado, si yo había adjudicado tan alegremente a Coral el papel de loca en cuestión de segundos, ¿por qué no iba a hacerlo ella conmigo, que había dispuesto de todo un año para convencerse? Y siendo así, ¿por qué debía de ser ella la equivocada y no yo? Tal vez Coral estuviese en lo cierto y su versión del mundo fuera la correcta, mientras que lo que yo había tomado por realidad no era más que algo ilusorio e inviable.

Visto así, yo podía estar loco.

De acuerdo, convine, pongamos que lo estoy. Estoy loco, chalado, demente, chiflado, desequilibrado, tocado, medio tarumba.

Bien, ¿qué se entiende por locura? Lo opuesto a la razón. Bien, ¿qué es la razón? Comprendí que ambas, para fundamentarse, se necesitaban mutuamente. Yo estaba loco sencillamente porque el resto de la gente estaba cuerda. Mi mente no estaba enferma, no había alteraciones químicas ni neurofisiológicas bajo mi cráneo. Al parecer, en algún lado se había celebrado una reunión para acordar la forma de ver el mundo y nadie había tenido el detalle de invitarme. Era repugnante descubrir que la locura, como todas las marginaciones, era una mera cuestión cuantitativa. Pretenciosa sociedad la nuestra, reflexioné, que puede condenar al encierro a quienes se pronuncien en contra de la mayoría. Me consolé pensando que la verdad era de los locos, pero que sin embargo, el mundo que dejaban traslucir sus palabras resultaba contraproducente para quienes dirigían el cotarro. Sin embargo, los shows televisivos no cesaban de acoger a ancianas pueblerinas que afirmaban hablarle de tú a la Virgen y era algo, me constaba, que muchos aceptaban sin dudarlo. Se estaba produciendo un conato de cambio, no había duda. En cuestión de años los cuerdos serían derrotados y los locos asumirían el control. Y tal vez ni siquiera se notase.

No sabía dónde iban a conducirme aquellas especulaciones, pero continué casi por pura curiosidad, intrigado por descubrir cuánto podían dar de sí. Coral, tras todo aquel discurso exaltado, se las había arreglado para concederme una especie de beneficio de la duda. Había dicho que si yo era capaz de controlar los relés de mi mente para que dejaran de emitir aquellas interferencias no se trataría de locura sino de inmadurez. Bien, aquello no había ni que considerarlo siquiera: en mi mente seguía mandando yo. Por tanto no estoy loco, sólo soy una persona inmadura, celebré con un regocijo estúpido. Aquello que no era más que una posibilidad peregrina coincidía fielmente, oh sorpresa, con la opinión que mis padres habían mantenido durante toda mi adolescencia, y que probablemente seguían manteniendo, bastaba con llamarles. Pura casualidad, me dije, con escasa convicción.

Seguí especulando, algo inquieto ahora. No me gustaba demasiado el cariz que estaban tomando mis aparentemente inocuas reflexiones. Además, algo curioso ocurría también entre mis dedos, un fenómeno paralelo al discurrir de mi mente. La pluma seguía siendo una pluma, una remera poderosa que no regresaría nunca a casa. Y sin embargo, había algo, algo extraño en su tacto, en su peso, algo que no encajaba, una especie de desajuste sensitivo. No podía asegurarlo, pero la pluma parecía estar mudando su sedosa calidez por una frialdad desconcertante, con un levísimo resabio metálico.

Continué: Coral me quería, de eso no me cabía ya la menor duda. Para estar juntos, sólo tenía que salvar el insignificante obstáculo de la inmadurez, tan omnipresente en mi vida, que si bien no había dejado de ser un engorro en mi adolescencia, ahora se atravesaba entre nosotros como un infranqueable farallón de piedra. Sin embargo, ahora tenía las claves para sortearlo, aunque el peaje resultaba excesivo. Más bien aterrador. Significaba dar por falsas muchas cosas: negar la existencia de los ángeles y las sirenas, de los comemierda, olvidar todo eso sobre la conexión de las almas gemelas, y sobre todo, lo que me hacía sentir como un verdadero Judas, era negar la existencia de Javi, venderlo por unas míseras monedas al reino de mi imaginación. Era aceptar que me había pasado la mayor parte de mi adolescencia, desde que Wenceslao se largara, hablando solo, que todavía lo hacía.

– No irás a creer a esa puta, ¿verdad?

Miré hacia la ventana. Javi se encontraba apoyado contra ella, fumando un cigarrillo. A su espalda, la noche empezaba a cuartearse en grietas anaranjadas bajo el empuje del alba.

– Pero Javi, todo encaja… -dije, algo inseguro-. A ti nunca te pedían el carnet cuando íbamos a las sex shops. Y nunca tenías problemas para entrar en las discotecas, ¿recuerdas? Los porteros ni siquiera te miraban.

– Casualidades.

– Puede, pero son muchas. A ti nadie parece verte más que yo. Desde que nos conocemos nunca te he visto hablar con nadie. Nunca.

Javi se encogió de hombros.

– En realidad, me cuesta más demostrar tu existencia ante los demás que tu inexistencia ante mí mismo.

– ¿De veras?

– Sí.

– Genial -susurró para sus adentros.

Aceptar aquello iba a hacernos un daño terrible a los dos. Miré a Javi con ternura. Parecía abatido. Meneaba la cabeza de un lado a otro, acelerando el balanceo cada vez más, a medida que la irritación le ganaba. Finalmente, estalló:

– ¿Cómo puedes hacerme esto, Álex? ¿Cómo puedes creer que yo no existo?

Se apartó repentinamente de la ventana y se acercó hasta mí. Me palmeó la mejilla. Una, dos, tres veces. Yo me dejé llevar por los golpes como un tentetieso, incapacitado como estaba para oponer alguna resistencia.

– ¿Podría hacer esto alguien que no existe? -me preguntó, ahora tirándome de los cabellos con fuerza, ahora pellizcándome la nariz y las orejas.

– Ya vale, Javi… -protesté-. Estate quieto, joder.

Se retiró, dándome la espalda. Le oí respirar profundamente varias veces, luchando por serenarse.

– Así que soy un producto de tu mente, ¿no? -comentó, ya más calmado.

– Eso creo.

– ¡Entonces me verías siempre! -replicó, volviéndose de nuevo hacia mí-. ¡Y yo entro y salgo! ¡Tengo mi vida!

– Apareces cuando te necesito -dije, tratando de que mis palabras sonasen tranquilas y meditadas-. Cuando estoy hecho polvo o necesito aclarar mis ideas. ¿Recuerdas el día en que nos conocimos? Apareciste de la nada justo cuando necesitaba un amigo. Es como si te hubiese invocado.

– Desvarías, tío.

– Fíjate ahora -razoné-. Esta vez ni siquiera te has molestado en entrar por la puerta. Apareces de repente junto a la ventana, como la cosa más normal del mundo.

Me dedicó una mirada llena de rabia, pero no pudo rebatirme eso. Se cruzó de brazos y se acercó de nuevo a la ventana. Aproveché que se había calmado un poco para seguir con unas digresiones que no por salir de mi boca me resultaban menos aterradoras. Las piezas encajaban con una facilidad alarmante.

– Por eso no llegaste a conocer a Blanca, ¿sabes? Porque con ella yo era feliz y no te necesitaba. Luego, cuando la abandoné, preferí irme de juerga a afrontar mis actos, es decir, a esperar a que tú aparecieras. Cuando volví, sin embargo, estaba tan arrepentido que encontré una nota tuya. Fue algo así como un reproche de mi subconsciente.

Javi dejó de observar la calle y me lanzó una breve mirada llena de ironía.

– En realidad -apostillé-, en este momento no estoy haciendo otra cosa que hablar solo.

– Estupendo. Estás hablando solo -dijo Javi desde la ventana-. ¿Qué mierda hago yo aquí entonces?

Era imposible razonar con él. Agaché la cabeza y solté uno de esos suspiros que comunican la vida con la muerte.

– Joder, tío -le oí decir-, estás hablando conmigo. Soy yo quien se está tragando todas estas estupideces…

– Acéptalo, Javi -rogué-. Para mí también es horrible.

– ¿Y si tú fueras un producto de mi mente? -sugirió-. Cuando las cosas me van mal vengo aquí a desahogarme contigo. Tú, por supuesto, no existes. Me he dado cuenta hoy y…

– Demuéstrame que tienes vida fuera de estas cuatro paredes -le corté-. ¿Qué haces cuando yo no estoy delante?

– ¿Que?

– Dime dónde vives, dime dónde curras y cuánto cobras, dime con quién follas -reté.

– Llevo tres meses currando en el Burger de la calle Promesas con un sueldo de ochenta mil pesetas más incentivos, y vivo en un apartamento con terraza y aire acondicionado con Patricia Salas Hidalgo, con la que también suelo follar cuando no llego muy cansado del trabajo.

Le miré, atónito. El tiro me había salido por la culata. Javi trazó una amplia sonrisa de triunfo.

– ¿Y bien?

– No vale -dije.

– ¿Por qué? -me espetó.

Era difícil de explicar. Realmente difícil.

– De alguna manera es cosa mía. Yo soy quien te ha inventado y puedo darte la vida que quiera. Soy yo quien lo decide. Yo soy quien te hace responderme así. Eres, siempre has sido, una parte de mi mente proyectada en carne para escenificar mis dudas existenciales. Por un lado, trato de destruirte y por otro, hago que te defiendas desesperadamente porque en el fondo no quiero perderte.

Javi lanzó un suspiro y se mesó los cabellos convulsamente.

– Me lo pones realmente difícil, tío -dijo, visiblemente decepcionado.

Nos quedamos un rato sin decir nada.

– Está bien, de acuerdo -dijo Javi con aterradora tranquilidad-. Deja que te siga el juego: yo no existo. Soy un producto de tu mente «perturbada» -recalcó esa última palabra con placer-. Haz que me las pire entonces. Échame de tu apartamento, haz que abandone tu enfermo cerebro. Vamos.

– No puedo -respondí agachando la cabeza-. Tienes que irte tu.

Durante un tiempo estuve contemplándome las rodillas. A través de la ventana nos llegaban los primeros sonidos de la ciudad, todavía esporádicos y desafinados, como una orquesta preparando sus instrumentos. Javi guardaba silencio. Mi respuesta debía de haberle desarmado. Le imaginé plantado ante mí, estudiándome mientras mis palabras daban vueltas en su cabeza. Sí, yo nunca podría echarle. Tenía que irse por su propia voluntad. Debía comprender que su presencia allí era perniciosa para mí, y una vez comprendido eso, si yo realmente le importaba, actuaría en consecuencia, completaría el sacrificio que sin saber cómo mis últimas palabras le habían pedido.

Yo aguardé su decisión durante lo que me parecieron siglos. Creo incluso que en cierto momento cerré los ojos y me sumergí en una oscuridad agradable y en cierto modo protectora. Una negrura mansa donde los sonidos provenientes de la calle trazaban pasajeros bosquejos de algo que existía fuera de mi, tratando de llamar irritantemente mi atención. Todos, sin embargo, me llegaban amortiguados por la distancia y resultaba fácil ignorarlos. Dentro de la habitación sólo lograba situar la respiración de Javi, profunda, acogedora.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que se produjo un nuevo sonido en el interior de la habitación, justo en el centro del radar que habían desplegado mis oídos. Ocurrió tan deprisa y fue tan breve que apenas pude aprehenderlo: un rebotar metálico sobre una superficie de madera. Luego, volvió el silencio, un silencio en el que faltaba la respiración del único amigo que tenía en el mundo. Abrí los ojos. Javi había desaparecido. Ante mí, sobre la mesita, junto a un cenicero lleno de colillas manchadas de carmín, se encontraba una copia de la llave del apartamento.

Javi se había marchado. Y si, como aseguraba Coral, era un producto de mi mente, nunca mas volvería a verlo.