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Los pedregales de color violeta, de color ocre, con los lejanos montes al fondo. La luz comiendo el reflejo de algunos caseríos, palmeras, cañaverales. Todo resultaba en un primer plano sin perspectiva en la tarde. Todo herido por la mordedura de la luz de verano.
Cirilo, el asistente que tenía aquel año el teniente Soto, resultaba también disminuido en la luz de la tarde, al cruzar la carretera con el saco y la azada al hombro. Desde las tapias de la finca del inglés se le unieron los dos chicos. Carlos con su brazo en cabestrillo y Martín. Desde un poco más lejos otra sombra, blanca y negra, cruzó la carretera y se fue acercando a ellos al comenzar los pedregales.
– ¿Has visto cómo viene Anita?
El comentario fue de Martín. Carlos se volvió a mirar, lo mismo que Cirilo. Cirilo acababa de dejar en el suelo el saco y la azada y en aquel descanso había sacado su petaca con tabaco y el librillo de papel de fumar para hacer un cigarro.
– ¡Caray con la chica! ¿Va de máscara?
– Ha cogido el velo de Carmen, el velo de viuda… Es el que yo te dije, Martín, que se ponía ella muchas veces delante del espejo.
Cirilo se reía.
– ¿Qué hay, maja? Mucho duelo por el perro, me parece.
Anita estaba muy seria. Por primera vez durante el tiempo en que Martín la conocía, los ojos de Anita tenían huellas de haber llorado.
Iba Anita con alpargatas, con su traje blanco, con el velo negro de gasa sobre los cabellos sueltos y con un puñado de flores amarillas, silvestres, en la mano. Y había llorado. Esto era lo asombroso: había llorado.
Cirilo el asistente se rascó la oreja.
– Chicos, hay cristianos a quienes se entierra con menos sentimiento. Y en estos tiempos en que la vida no vale nada… ¡mira que llorar por un perro y ponerse de luto! ¡Jesús!
Todo esto lo dijo el asistente en un lenguaje pintoresco, comiéndose la mitad de la terminación de las palabras. Anita le miraba tan seria que el hombre terminó por ponerse nervioso. También lo miraban serios Carlos y Martín.
– Chicos, ya no puede creer uno que seáis vosotros los que echasteis la carne envenenada por encima del muro.
– Alguien se mete en nuestra finca -Carlos dijo esto pensativamente y lo repitió en voz más alta-. Sí, alguien se mete en nuestra finca por las noches.
Cirilo le miró con curiosidad, aunque su mayor curiosidad iba dirigida a aquella chica del velo negro de gasa. El asistente había oído contar cosas muy pintorescas de Anita la de la finca del inglés, pero en aquel momento no sabía qué pensar de ella. En realidad le parecía loca y sin embargo no tenía ojos de loca, sino unos hermosos ojos llenos de fuerza y enrojecidos por haber llorado. Y un aire tal de autoridad, dentro de toda aquella tontería del disfraz del velo negro, que Cirilo estaba desconcertado. El muchacho aquel del brazo enyesado, había dicho que alguien se metía en la finca, con una seguridad que también resultaba extraña.
– Dicen que andan huidos por los alrededores del pueblo -explicó Cirilo al fin-. Pero no hacen nada. Sólo vienen a buscar comida. La guardia civil cogió a dos este invierno.
– ¿Huidos? -dijo Anita-. Huidos, ¿de qué?
– Rojillos… Pero no hacen nada. No es como en otras partes que han formado partidas en el monte. Vienen al pueblo a buscar comida y nada más.
– Si vienen a buscar comida -dijo Martín-, no creo que tengan trozos de carne con vidrios para matar a los perros.
– Claro…
Cirilo se volvió a rascar la cabeza. Aquel grupo que formaban los chicos y el hombre con el saco que contenía el despojo del perro, allí en tierra entre ellos, no podía ser más raro.
Martín se sentía muy frío, muy extraño. «No siento nada. Se ha muerto Lobo y después de la primera indignación no siento nada. Me da lo mismo. Anita me parece una idiota con ese velo negro por la cabeza y sin embargo me da envidia porque ha llorado por Lobo. Y Carlos está conmovido y furioso y yo no siento nada.»
– Andando, chicos…
Otra vez recogió Cirilo el saco y la azada y otra vez el cortejo se puso en marcha entre el sol de la tarde que comía los colores y las figuras. Cuando dieron la vuelta a una pequeña loma, Cirilo dijo que aquel terreno era bueno para cavar una zanja.
– Me gustaría que enterrase usted a Lobo en un sitio mejor. A la sombra de un árbol.
– ¿Al pie de un árbol, señorita? Tendríamos que meternos en una finca. Mire, aquí es mejor.
Se extendían los pedregales, un pequeño camino polvoriento los cruzaba y muy lejos se veían palmeras y aquellos montes. El sol, encima, todo lo unificaba y lo desvanecía. Cirilo se quitó la chaqueta y se remangó la camisa y empezó a cavar. Los chicos se sentaron por allí cerca, en unos pedruscos. Anita estaba pensativa, con su puñado de flores en la mano.
– No puedo comprender la muerte. No, no puedo comprender la muerte. No sé cómo Lobo, que tanto corría y jugaba, puede estar quieto y muerto ahora.
– Todo el mundo se muere.
– Sí, pero yo no puedo comprender la muerte. A mí me parece que yo no moriré nunca. Si yo muriera tendría que dejar de existir todo lo que yo veo. Sería imposible que siguiera el sol, que siguierais vosotros si yo me muriese. Yo no me puedo morir.
– Desde luego -Martín se sentía un poco impaciente de aquellas meditaciones-, desde luego que tú no te vas a morir. Tienes más fuerza que yo y hasta que Carlos si nos descuidamos.
– Lobo estaba lleno de fuerza. Era muy joven. Parece imposible que su instinto no le avisase de que los cristales estaban escondidos dentro de la comida. Si encuentro al tipo que lo ha matado le haré comer un trozo de carne con cristales a ver si le gusta.
– Eso se llama asesinato, hermanita.
– ¿En el caso de un perro no es asesinato?
Martín se sentía nervioso. Empezó a pasear, con las manos en los bolsillos, delante de Anita y Carlos, que continuaban sentados.
– Parece mentira que seas inteligente, Anita. Presumes de que tienes un año más que nosotros y dices cada tontería… También las haces… Cirilo contará a todo el mundo que te has puesto ese velo de gasa para el entierro de Lobo. Todo el mundo creerá que estás loca.
Anita miró a Martín con un desprecio absoluto. Carlos también le miraba extrañado.
– ¿Que estoy loca? Y toda esa gente del pueblo vestida de negro, ¿está loca también?… Aquí no hacen más que matarse los unos a los otros y después se visten de luto. No es tan ilógico ponerme este velo negro que me encanta. Yo quería a Lobo más que a mucha gente. Y si creen que estoy loca, mejor. Todo el mundo respeta a los locos. Todo el mundo se aparta cuando pasa el tío «Torcío», porque saben que empuja al que encuentra en su camino. Cuando no tiene la «iluminación» nadie le hace caso y hasta los chiquillos le tiran piedras, pero cuando se le ponen los ojos fijos y empieza a andar en zigzag causa miedo y nadie se mete con él… Yo hasta he pensado que es el tío «Torcío» el que ha matado al perro porque es primo de Carmen y a veces viene a verla. Sin embargo, el «Torcío» no ha venido nunca a la finca de noche… Ah, sí, sí, Martín, a mí no me importa nada que me crean loca. Al revés. Me encanta. Cuando sepa doña María, la mujer de don Clemente, que me he puesto el velo negro esta tarde quizá se muera de terror por haberme dado una bofetada… Este invierno he leído Hamlet, lo he leído en una traducción española y ésta es mi gran vergüenza, pero el papel de Ofelia me gusta. Lo único que no me gusta es su equivocación al morir ahogada. Yo no me equivocaré nunca. Me creerán loca y espantaré a todos, pero no me ahogaré nunca, puedes estar seguro.
Martín estaba de pie ahora delante de Anita, con las manos en los bolsillos y la cabeza un poco baja. La miraba en silencio y a veces miraba también a Carlos. Carlos parecía subyugado por lo que decía su hermana. Sonreía un poco, pero no se reía de Anita. Sonreía porque las cosas que ella estaba diciendo debían provocar pensamientos que le hacían sonreír.
– Anita, estás asustando a martín pescador.
– Huy, qué bien, me gusta asustar a los tontos.
– Puede que no sea yo tan tonto como te crees.
– Si no fueras tonto no estarías asustado… ¿Tú dices que quieres ser un gran artista? Tú nunca serás nada, martín pescador. Tienes demasiado miedo para eso. Te lo aseguro. Todos los grandes hombres tienen personalidad. Y tú no tienes.
Martín tragó saliva. La escena que le rodeaba le pareció de pronto muy fantástica. Anita con su velo sobre la cabeza y sobre los hombros, Carlos con el brazo en cabestrillo y el cabello inflamado por el sol, las piedras, los cardos, el aire caliginoso, los golpes de azadón que daba Cirilo tan cerca de ellos. Era una escena que no se sentía capaz de dibujar. Que nunca dibujaría ni pintaría. Una escena destinada a perderse para siempre.
– ¿Por qué no voy a ser un gran artista yo? ¿Tú qué sabes? No entiendes una palabra de pintura.
Estaban mirándose como dos enemigos.
– Ten cuidado, Martín, Anita te arañará. Anita está agresiva esta tarde.
Anita al oír a Carlos cambió el gesto y se echó a reír inesperadamente.
– Los tontos más grandes que conozco sois vosotros dos… pero os quiero mucho. Sobre todo quiero a Carlos porque tiene sentido del humor. Martín tiene muy poquito sentido del humor.
– Me parece que la que no tiene sentido de nada eres tú. Me gustaría saber lo que piensa Cirilo de ti esta tarde.
– Ah, Carlos, este martín pescador es muy fatigoso. Siempre se preocupa por lo que piensan los demás. No tiene vida propia.
Martín se encogió de hombros y se volvió hacia el asistente. Notó que el sol se estaba enrojeciendo sobre la figura achaparrada de Cirilo, que en aquel momento sacaba su pañuelo del bolsillo y se limpiaba la frente, después de haber clavado la azada sobre el montón de tierra y pedruscos que acababa de amontonar junto al hoyo recién cavado.
Anita y Carlos se acercaron a su vez y vieron cómo Cirilo sacaba el cuerpo rígido de Lobo del saco que lo envolvía y cómo lo tiró al fondo de aquella pequeña zanja.
– ¿Por qué no le deja usted el saco?.
– Mire, señorita, el saco sirve para otras cosas. No lo vamos a desperdiciar enterrándolo.
– Es terrible esa miseria.
Cirilo se reía socarronamente. Anita detuvo su mano cuando iba a empuñar la azada otra vez.
– Espere.
Anita esparció aquel puñado de flores pequeñas, amarillas y de olor amargo, sobre el perro muerto. La palma de las manos se le había quedado manchada de verde de tanto apretar los tallos de aquellas flores y las limpió descuidadamente en su traje.
– ¡Tiene hormigas en los ojos!
Lo dijo tan espantada que Cirilo se echó a reír francamente. En seguida empezó a amontonar la tierra sobre el despojo de Lobo.
– Usted sería capaz de rezar una oración por el perro, ¿eh, señorita? Caramba, muchos cristianos no tienen una muerte tan sentida. Usted no ha visto lo que son muertes, señorita. Usted no ha pasado la guerra aquí. Un perro no nos impresiona, señorita, a los de esta tierra. Y no es que a mí los animales no me gusten, pero esto que ustedes hacen parece como una burla. Cuando tanta gente se muere de hambre parece un chungueo sentir a un perro… Si usted hubiera visto a mi hermanillo al que las ratas se le comieron las orejas, no sé qué hubiera hecho… A mi, la verdad, la muerte de este animal no me impresiona. Y hasta la muerte de un niño me impresiona poco, «angelitos al cielo», como dicen. Y la muerte de un viejo… Mire, señorita, la muerte de un viejo es un alivio. Después que uno ha visto morir hombres jóvenes a montones, eso no impresiona nada. Usted tiene muy blando el corazón.
– Cállese.
Carlos fue quien mandó callar al asistente. El hombre al oír aquella orden se detuvo en su tarea, dejó la azada y sacó su chisquero con la larga mecha amarilla, lo hizo funcionar y prendió la colilla que colgaba de su labio. Anita estaba seria; con los ojos fijos en aquella tierra removida. Respiró hondamente y dijo a los chicos:
– Vamonos.
Echó a correr y el aire de su carrera le levantaba el velo negro a las espaldas, Martín y Carlos la siguieron.
Al llegar a la carretera Anita aminoró la marcha. Era la hora en que los artilleros llenaban la carretera en su rato de paseo y casi todos conocían a Anita. Algunos se acercaron haciendo comentarios sobre aquel velo que llevaba. Carlos alcanzó a su hermana, jadeante, y se puso a su lado. Y al otro lado, Martín. Así cruzaron la carretera hasta el portón de la finca. Al ver a los chicos los soldados no hicieron otra cosa que saludar a Anita en voz muy alta, sin recibir respuesta alguna.
Al cerrar Martín el portón de la finca detrás de ellos, Anita se quitó el velo negro y lo dobló cuidadosamente prendiéndolo con los alfileres que lo habían sujetado a su pelo. Después, conservando en los ojos la mirada pensativa que le había quedado desde el discurso del asistente, se metió entre los pinos y se sentó en tierra junto a un tronco.
– Bueno, Anita, despierta…
Anita dejó su abstracción para mirar a Carlos con las cejas fruncidas.
– Hoy me alegro de una cosa. Me alegro de que te hayas olvidado de don Clemente. Es sábado, por si no te has dado cuenta. A lo mejor viene ahora mismo ese viejo o a lo mejor ya se ha marchado… Ahora dime, Ana, en serio, qué capricho te ha dado con ese hombre. Siempre estás hablando de venganzas y de matar a todo el mundo y a ese médico, que es un bruto indecente, le haces arrumacos como si fuera la persona más simpática del mundo.
Anita sonrió con su peor sonrisa.
– Puede ser que don Clemente haya matado al perro, Ana. No te rías… Alguien ha matado al perro y no veo que pueda ser otra persona que ese tipo. Si ese hombre viene a la finca por las noches a encontrarse contigo puedes estar segura que es él quien ha envenenado al perro.
Anita miró a Carlos con verdadero interés. Luego se fijó en que Martín asentía con la cabeza a las palabras de Carlos.
– ¿De qué estáis hablando? ¿Sospecháis que alguien se mete en la finca por las noches?
– Carlos tiene esa sospecha.
– Alguien sube al cuarto de la torre por las noches, Ana. Quiero saber si eres tú. También me ha parecido sentir pasos por la finca cerca de mi ventana.
Anita sonreía y movía la cabeza.
– Mi pobre Carlitos… Tú tienes pesadillas. Todo viene de tu brazo. Ahora ya no te duele, ¿no es verdad? Pero te pica y te molesta. Me ha dicho don Clemente que dentro de una semana te quitará la escayola, entonces dormirás bien y no oirás ruidos raros. Se ha pasado todo este verano sin darnos cuenta preocupados con ese brazo tuyo y sin divertirnos de verdad. Pero -sonrió misteriosamente ahora- yo me divierto de todas maneras.
– Lo creo. Tú metes a don Clemente en casa y luego lloras porque matan al perro.
Anita se puso en pie y Martín recogió el velo doblado que había caído al suelo.
– Eres muy estúpido, Carlos. ¿De veras crees que alguien anda en el cuarto de la torre? Son las ratas, chico. Yo también oí ruido una tarde y me lo dijo Carmen. Me ha dicho que han pedido permiso a Mr. Pyne para hacer otra llave de arriba ya que se perdió la que había. Pero míster Pyne no ha contestado aún. Cuando Carmen y su padre reciban la carta limpiarán el cuarto de arriba.
Iban andando Anita y Carlos entre los pinos, hacia la casa. Martín los seguía llevando en la mano el velo de luto de la guardesa y de cuando en cuando miraba aquel velo como asombrado.
Anita, según le parecía a Martín, había perdido toda su tristeza y hablaba animadamente con su hermano, embromándole con aquello de los ruidos del cuarto de la torre. Después de tanto aparato y de tanto llanto, Lobo había quedado olvidado definitivamente. Los pensamientos de Martín eran muy distintos de los que había tenido un rato antes cuando se reprochaba a sí mismo el ser duro de corazón. Ahora pensaba que Carlos y el habían reaccionado mucho mejor que Anita. En verdad sus sentimientos de hombres eran menos espectaculares pero seguramente más profundos. Tanto él como Carlos, aunque no habían llorado, seguían sintiendo una profunda rabia hacia el desconocido asesino del perro. Carlos y él estaban unidos en aquella idea de buscar al tipo miserable que se dedicaba a matar animales indefensos. Mientras tanto Anita charlaba volublemente sobre aquel médico que era el primer sospechoso para ellos.
– Cuando te quiten la escayola, dice don Clemente que aún tendrás unos días en que el brazo te parecerá como muerto y tendrás que ejercitarlo mucho.
Martín oía estas cosas mientras iba siguiendo a los hermanos entre el pinar, que parecía incendiado en la luz de la tarde. Martín se fijaba en la actitud de Carlos, en su manera de andar, en sus hombros, en la forma de inclinar la cabeza y toda aquella actitud le parecía de repulsa hacia su hermana.
– ¿Es de eso de lo que hablas con don Clemente cuando le acompañas al portón todos los sábados?
– Si no me siguierais tú y Martín, acechándome siempre, os ahorraríais pensar mal de mí.
Frufrú salió de las sombras que se juntaban ya alrededor de la casa bajo el resplandor de la tarde.
– Nunca creí que vinierais discutiendo, niños, en un día tan triste como hoy… Anita, ayúdame a poner la mesita para obsequiar a don Clemente. Llegará muy pronto.
– No tienes que preparar mucho para don Clemente, Frufrú. Sólo una botella de cerveza, porque como viene andando dice que trae sed. Prepara merienda para nosotros, que tenemos hambre… ¿Sabes que tengo fresco, Frufrú? Viene un aire frío esta tarde, de repente. Voy a buscar mi chaqueta, parece que este verano no es como todos los veranos.
– Casi estamos en septiembre, niña.
«Casi estamos en septiembre.» «Casi en septiembre.» El pensamiento se le repetía a Martín con una angustia especial. Se acercó a Carlos, como si él también tuviera frío y sin saber qué hacer le tendió lo que llevaba en las manos.
– Aquí tienes el velo de luto que llevaba tu hermana. A las mujeres pronto se les pasa la pena, ¿eh?
Hubiera querido decir muchas cosas, ahora que Carlos y él estaban solos en la explanada, después de que las dos mujeres entraron en la casa. Pero Martín cuando quería decir muchas cosas casi no acertaba a decir ninguna.
Carlos se sentó en el balancín dándole impulso con sus largas piernas y comentó:
– Las penas no van a durar toda la vida.
Martín cogió uno de los hierros del balancín intentando pararlo y al hablar la voz le salió fuerte y estrangulada a la vez, con uno de aquellos gallos propios de su edad que él odiaba.
– Carlos, tú me ayudarás a encontrar a ese hombre que envenena a los perros, ¿verdad?
– Sí, te ayudaré.
Carlos detuvo el balancín y repitió muy serio con la frente ligeramente fruncida:
– Te ayudaré, Martín. Anita no lo cree, pero sospecho de ese tipo, de ese don Clemente. No sé si es porque deseo que sea él. Creo que le tengo odio como a su mujer y al tiparraco de su hijo Pepe. Cualquiera de ellos me encantaría como asesino. Pero, claro, ni doña María ni Pepe vienen a esta casa. Me iba a reír, Martín, si tu padre lleva un día a don Clemente encañonado con la pistola hasta el cuartel de la guardia civil.
Anita salió en aquel momento a la explanada con su chaqueta azul sobre el traje blanco. La seguía Frufrú con la bandeja de la merienda. La luz de la tarde tenía una belleza acaramelada. Era una luz tranquila, llena de verdes y de rosas claros con pequeñas nubes como islas incendiadas.
Anita gritó:
– Don Clemente sube por la avenida. Voy a encontrarlo.