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Enfrentaron Beniteca en una revuelta de la carretera. Apareció toda blanca, envuelta en el calor de las cinco de la tarde.
Martín iba sentado junto al chófer de la camioneta, que era el mismo Juan el recadero: un hombre delgado y jovial con la cara picada de viruelas y los ojos protegidos por gafas con montura de acero. Al otro lado de Martín iba un hombre gordo y melancólico que dormitó todo el camino. Martín estaba empapado de sudor y asentía a lo que Juan le iba diciendo de que aquel verano era peor que el pasado y que se achicharraba uno vivo.
– Nos detendremos un momento para los encargos pequeños que espera la gente, aquí en Beniteca. Luego seguimos hasta tu casa, Martín. Ahora hago parada en la tienda que hace esquina a tu calle. Ha prosperado mucho esa gente, ya le dije a tu padre que no tiene que mandar al asistente este año para buscarte y llevarte la maleta. Y a la vuelta lo mismo. Todos los viernes a las cinco de la mañana me tienes allí en la esquina de la tienda por si te quieres volver. Pero parece que tú le tienes cariño a mi tierra y que no te gusta marcharte, ¿eh?
Desfilaban las casas de Beniteca, aquellas azoteas, aquellos muros blancos, rosas o azules, las ventanas iluminadas por el sol. Martín tenía ganas de bajar un momento para respirar el aire limpio y libre del pueblo. Cuando se detuvo la camioneta miró con curiosidad hacia el grupo de mujeres que esperaban la llegada de los paquetes y en seguida, cuando el hombre grueso salió de la camioneta, bajó detrás de él por el extremo contrario al de las mujeres vociferantes.
Sin esperarlo, sin creerlo casi, apenas puso los pies en el suelo, se encontró delante de Carlos. Carlos le puso una mano en el hombro apartándolo un poco para mirarle mejor.
– Estás negro como la pez, Martín, ¿no se dice así?… Es esa barbaza que tienes. Necesitas afeitarte, ¿eh? Vaya barba. Nunca lo esperé de ti.
Se reían. Martín se fijó en que Carlos seguía siendo más alto que él, un poco más alto. Vio también que se había convertido en un joven elegante. Llevaba el cabello largo y no cortado a cepillo como otros años, pero en verdad su barba no se notaba. Al sol era un poco de vello rubio como el año anterior. Y Martín, más pequeño, más estrecho y unos meses más joven, se afeitaba ya cada dos o tres días como mínimo.
– Pareces un gitano, tan negro, tan sucio, con esos dientes tan blancos.
– Me parece que no es la primera vez que me lo dicen. No esperaba encontraros aquí. He venido este año antes que nunca.
– No nos encuentras… Me encuentras. Anita, la muy fresca, se ha ido a hacer un viaje con mi padre y con un amigo de mi padre y con un perrito pequinés que le han regalado. En vista de esa injusticia yo convencí a Frufrú de que viniéramos. La pobre Frufrú es un encanto y me la traje aunque ella había jurado no volver por aquí. Pero ya ves, aquí estamos desde hace ocho días.
Martín miraba a Carlos ansiosamente.
– ¿Estabas hoy por casualidad en el pueblo?
Carlos sonrió y le dio una cariñosa palmada en el hombro.
– Juan el recadero me guardó el secreto, ¿eh?. Él fue quien me dijo que te iba a traer en este viaje. Le pedí que no te fuera con el cuento de que yo estaba aquí.
Juan se acercó a los chicos.
– Qué, Carlos, ¿vienes también en la camioneta? Dentro de diez minutos sigo hasta la esquina de la finca.
– No, éste y yo nos vamos en la moto. Tú lleva la maleta de Martín, te esperaremos allí.
Martín ponía la cara de asombro que Carlos había imaginado que pondría.
– ¿Tienes una moto?
– Ya lo creo. Una «Ariel» de 5 HP. No sé cuánto tiempo tendré gasolina para usarla este verano. Pero mientras tenga vales le vamos a dar un buen tute, ya verás.
La moto estaba a la vuelta de la esquina, grande, poderosa. Martín la tocaba sin acabar de creer en aquella riqueza de su amigo hasta que Carlos le hizo sentarse detrás de él y emprendieron la marcha con un ruido enorme, carretera adelante. Carlos llevaba gafas de motorista. Martín, aunque se protegía con la espalda de su amigo, tenía que guiñar los ojos por el polvo y el sol. Cuando se detuvieron en aquella esquina de la calle de Martín, donde el tenducho de los años anteriores había prosperado tanto, volvieron a mirarse y a reír los dos
– Sabes, martín pescador granuja -dijo Carlos, después de quitarse las gafas-, cuando conseguí que mi padre me comprara este cacharro tuve en seguida ganas de enseñártelo. No lo creerás, pero es así. Por eso cuando me dejaron tirado como una colilla mi padre y Anita me di tanta prisa a venir a Beniteca.
Estaban solos cerca de la puerta de la tienda, junto a la cuneta de la carretera.
– Oye, Carlos, ¿sigue en la finca el hombre?… Ya sabes.
– Chico, creí que te lo habíamos escrito. Damián ya no está en la finca. Este invierno se marchó, pero lo cogieron antes de embarcar. Me parece que quería irse a Marruecos. Está en la cárcel. Me ha dicho Paco que las cosas van bien y que cree que lo soltarán pronto, pero está en la cárcel. Carmen se ha ido a servir de criada a un sitio que no me acuerdo como se llama cerca de donde está su marido encerrado. Un caso de amor matrimonial, ¿no crees? El pobre Paco está solo, cuidando de las gallinas y cuidando de la finca, y ha conseguido una criada para Frufrú. Una hija del «Torcío», ¿sabes? Es joven y bastante bonita al estilo de pueblo. Con un pecho así de grande, muchacho. Está todo el día en casa, pero por la noche el «Torcío» viene a buscarla, y si no es el «Torcío» viene alguno de sus hermanos a llevársela a dormir a casa de ellos. ¿Y a que no sabes por qué? Te vas a mondar de risa.
– No sé.
Pero sólo de ver la expresión de Carlos, Martín ya se estaba riendo.
– Pues por mí… Tienen miedo de que yo me enamore de la chica, al parecer, o de que intente violarla como un sátiro. Y eso parece que sucede más frecuentemente de noche que de día, por lo menos en este país. Te digo que Frufrú y yo nos hemos reído hasta que nos saltaron las lágrimas de risa… Se llama Benigna la muchacha.
Ahora se reían los dos amigos hasta saltárseles las lágrimas de risa a los dos.
– Oye, Carlos, ¿quieres que te invite a un refresco en la tienda? Me quedan unas pesetas de las que me dieron mis abuelos para el viaje. Me ha dicho Juan que ahora está esto convertido en una especie de bar o ventorrillo o lo que sea.
– Vamos. No sólo despachan vino en esta tienda, sino que creo que es el lugar de perdición de Beniteca y hay juerguecitas de los señores decentes de la población cuando ya tienen la puerta cerrada. Una noche vendremos a husmear lo que hay por aquí. Imagínate que encontremos a don Clemente.
– No lo creo -dijo Martín riendo-. No lo creo.
Le parecía a Martín que su risa le iba a durar siempre, todo el verano de Beniteca. Carlos se reía también. Tomando el vaso de vino que pidieron se reían tanto que a Carlos le salió el vino por la nariz. La mujer que les servía detrás del mostrador de zinc, sonreía también como a la fuerza, con cierta desconfianza.
Llegó la camioneta de Juan y también se rieron Carlos y Martín, porque cuando la camioneta se acercaba Carlos iba describiéndola.
– Parece una camioneta tuerta, con un faro más alto que otro. El motor va atado con alambres y con ligas de señora, que le he visto arreglarlo a Juan. Los lados de la camioneta van temblando. A cada momento se le caen los guardabarros y Juan los pega con saliva… Chico, yo no sé cómo te has atrevido a venir en ese cacharro.
Cuando Martín tuvo en su poder la maleta, comprendieron los dos que era necesario que el chico se acercase a su casa.
– ¿Se enfadará mucho tu preciosa mamá si te acompaño? ¿Estás seguro de que no me echarán el perro nuevo que tienen, para que me muerda las pantorrillas?
– Caramba, Carlos. Claro que no se enfada nadie, ni en broma.
Carlos arrastró la moto lentamente por la callecita, mientras Martín cargaba con su maleta, calle adelante, hasta el chalet del fondo. Por entre la verja vio Martín la terracita del porche, vacía y llena de sol a aquella hora. Mientras Carlos acomodaba la moto junto a la pared empujó aquella verja, y al sonido de la campanilla, casi en seguida, salió Eugenio a la terraza.
Estaba más grueso que el año anterior, llevaba una camisa desabrochada y sus pantalones viejos de casa. Al brazo llevaba a la niña mayor, ya muy crecida y peinada a flequillo. La dejó en el suelo al ver a Martín y abrió los brazos estrechando al hijo contra su corpachón.
Adela se asomó en seguida a la puerta. No iba en quimono como los otros años, pero llevaba una bata larga hasta los pies de color rojo oscuro y muy parecida al quimono. También se le veían al andar los bajos del camisón. Estaba más gruesa que el año anterior. De manera diferente a Eugenio, estaba más gruesa que él.
– ¿Qué te dije, Adela? Tenemos un hombre aquí. Mírale. Un hombre con toda la barba, coño.
Adela puso una sonrisa torcida al saludar a Carlos y a Martín. A Carlos lo miraba mucho Adela, de arriba abajo. Martín trató de acariciar a su hermanita, pero la niña echó a correr hacia su madre, hundiendo la carita contra la bata de Adela.
– ¡Es que estás tan sucio, Martín!… Apestas. ¿Cómo quieres hacerle gracia a la niña?
– ¿Qué te parece un baño de mar, Martín? -dijo Carlos-. Hace un calor de miedo. Yo tengo ganas de tirarme al agua.
– Me gustaría.
Eugenio se impacientó.
– Pues ve al mar, coño. ¿Qué me miras a mí? Traerás calzones de baño, ¿no?
– Sí, la abuela no se olvida.
Martín arrastró la maleta hacia el interior de la casa y Eugenio le siguió con la mirada.
– Ya estás embobado con tu hijo. ¡Jesús, qué ridículo eres, hombre! Te creerás que es el único varón sobre la tierra. ¡Y es más feo que un saltamontes el condenado chico! Ya ves, Adelita le tiene miedo… En cambio, él, ni ha preguntado por la otra nena. Lo único que le importa es marcharse al mar.
Adela recordó de pronto que Carlos seguía esperando en el jardín, allí, muy cerca de ellos, a que Martín volviese con su traje de baño. Cambió de tono y de expresión instantáneamente.
– ¿No quiere pasar dentro? Aquí se asa uno por las tardes, pase, pase.
El tono de Adela al darse cuenta de la larga y curiosa mirada de Carlos se había hecho meloso, y Carlos tuvo el honor de entrar en el recibidor sombrío que, según le pareció, olía vagamente a leche agria.
– Chico -dijo unos minutos más tarde a su amigo-, qué peste de familia tienes.
Pero Martín no le oyó, porque el ruido de la moto al entrar por la puerta principal de la finca y al subir la avenida por entre los pinos, era un ruido terrible.
Martín saludó a Frufrú, que le acogió con la misma tranquilidad que si le hubiese visto la tarde anterior. Frufrú no variaba como Carlos y Martín de un año para otro. Hasta los vestidos eran los mismos de siempre, o eso le parecía a Martín. Sólo cambiaba el color de su cabello, que este año era rojo como una llama.
– Bueno, ñiños, a disfrutar, a bañaros.
– Ya no somos niños, Frufrú.
– Ah, ¡qué martín pescador! Para mí, ñiños siempre.
Descalzos, con el pantalón de baño, corrieron por la finca hasta el portillo trasero de las dunas, hasta el mar luego. Martín se restregó el cuello y las piernas con agua de mar y arena antes de meterse. Le parecía que quedaría más limpio así. Carlos le empujó. Se persiguieron uno a otro nadando. Aparecían y desaparecían debajo del agua uno al lado del otro. Se reían. La tarde fue palideciendo por el lado del mar y al salir del baño casi tenían frío. Corrieron otra vez a la finca para vestirse. Martín había cogido ropa limpia de su maleta. Un traje viejo arrugado, pero aún con el olor a los armarios de su abuela. Se vistieron los chicos en el cuarto de baño del inglés, de espaldas uno al otro mientras se vestían, y hablando y bromeando sin parar.
– Adivino una cosa. Adivino que Frufrú ha preparado té, en la cocina, con galletas de las mejores que trajimos y pan con mermelada de naranja.
La adivinanza era de Carlos. Martín corrió a ver sí acertaba. Le pareció que aquel verano iba a ser el mejor verano. Estaban apenas a veintidós de junio. Tenían más días que nunca por delante.
Frufrú había preparado tres tazas sobre la mesa de mármol de la enorme cocina, había preparado un plato con galletas y también pan hecho en casa y mermelada de naranja.
Martín y Carlos no hacían más que reírse. Frufrú, sin saber de qué se reían, reía también cloqueando.
Por las rejas de la ventana se veían las ramas del jazminero que empezaba a dar su olor en la tarde. Desde algún lugar de la finca llegó un canto de jipíos, un canto cascado, de viejo.
– ¿Vuelve a cantar Paco su flamenco?
Martín tenía la cara maravillada. Casi resultaba atractivo con aquellos ojos oscuros tan brillantes y aquel filo de los dientes blancos al sonreír.
– Come. Ñiño, come. Tienes cara de lobo hambriento.
Martín echó una ojeada a la gran cocina y a la ventana y respiró el olor que llegaba desde fuera.
– Es exactamente igual que siempre. No falta nada en el verano.
Carlos, que daba un mordisco poderoso a un trozo de pan, frunció el ceño.
– Sí falta. Falta Anita. Yo echo de menos a esa idiota a pesar de que no debería acordarme de ella. Está ahora más presumida que una mona. Sí, no te rías, Martín. Y tú, Frufrú, no muevas la cabeza; un día de tanto moverla se te va a caer. Estoy deseando que venga a Beniteca mi hermana a ver si entre tú y yo, Martín, le quitamos toda esta cursilería que tiene ahora con enamorados y cosas de ésas.
– Bah, bah, ñiño, ñiño… No le quitarás a Anita su manera de ser. Ella es coqueta. Y ¿qué? Hay muchas mujeres que lo son. Empezó a coquetear ya con Corsi el día que nació, cuando yo se la enseñé a tu padre por primera vez… Qué vamos a hacerle. Además, una mujer de dieciocho años es ya una mujer mayor. Vosotros, ñiños, tenéis que jugar por vuestra cuenta. Y tú, Carlos, si quieres que te estime algo no le hagas caso. Es un consejo que te doy… Vaya -Frufrú miró hacia las caras de los chicos-, ya nos hemos puesto serios. Ahora a reír otra vez como antes. ¡Vamos, vamos!
Frufrú acompañó sus últimas palabras con unas palmaditas alegres.
A Martín no hacía falta llamarle a la alegría. No sentía la menor preocupación por la ausencia de Anita. Carlos le bastaba para notar aquella sensación de arrebato fuera del mundo conocido y cercano que había notado por primera vez cuando aparecieron los dos Corsi sobre el muro del jardín. Aquel esplendor interno en el que Martín no pensaba, sino que llamaba simplemente «el verano».
No volvió a su casa aquella noche hasta el toque de retreta, hasta las diez de la noche, recién terminado el día en aquella época en que los días eran más largos.
Adela, asomada a la ventana del comedor, le vio saltar el muro del jardín y llamó a gritos a su marido. Cuando Martín entró en el comedor Eugenio le dijo:
– Oye, ¿no te parece que tienes demasiado cuerpo ya, para andar saltando tapias? Vas a destrozar los geráneos, coño.
– A mí me da lo mismo -dijo Adela-, el año que viene, si Dios quiere, no estaremos aquí. Lo siento por el pueblo donde tengo muy buenas amistades, pero me alegro por dejar esta casa dichosa que me parece un destierro.
Eugenio movía el cochecillo donde Adelita solía estar siempre el verano anterior y Martín se acercó con cierta aprensión.
– Esta niña es exacta que la otra el año pasado.
– Se parece mucho, sí -dijo Eugenio con complacencia-. La llamamos Mariquita porque doña María, la mujer de don Clemente, ha sido su madrina… Y ahora la sorpresa, Martín. Al año que viene tendrás otro hermano. Adela está empeñada en que sea varón. A mí me da lo mismo, coño. Ya tengo un varón en casa. Adela no se convence por más que se lo digo. Se toma unos disgustos, coño, que no sé cómo quiere tener leche luego para criar a las hijas.
Adela metida en su bata y con cara de pocos amigos miró a Martín con asco. Pero Martín no se daba cuenta. Pensaba en sus cosas, sentado en el extremo de la mesa donde le habían puesto su cubierto.
– ¿Sabes, papá? Carlos tiene un par de guantes de boxeo y un saco de cuero. De cuero, ¿sabes? Lleno de arena para practicar.
Se abrió la puerta y apareció una mujer con la cara muy curtida, como si trabajase en faenas de campo. Bajo su traje de color marrón se adivinaban unas formas opulentas: era la criada de Adela. La pequeña Adelita cogía las faldas de la mujer y trataba de andar a su compás. La sirvienta dejó la sopera de gazpacho sobre la mesa y se quedó mirando a Martin con cazurrería y curiosidad.
– ¿Qué le parece mi hijo, Ramona? Buena altura tiene ya el mozo. Me pasa un palmo a mí.
– ¡Jesús! Es un hombre ya. ¡Jesús María! -la mujer hacía aspavientos de admiración y después se volvió con descaro a Eugenio-. No sé cómo se atreve a tener este hombre en casa cuando hay una mujer tan joven y tan guapa aquí, don Eugenio.
– Coño, no diga usted barbaridades, Ramona. Coño, en mi vida oí cosa igual.
La pequeña Adelita intentaba trepar por las piernas de Eugenio, que seguía diciendo palabras cada vez más fuertes a la mujer que huía hacia la cocina. Al fin se dio cuenta de la niña, la cogió y la sentó encima de el. Martín dijo:
– Fíjate, papá, tenemos la moto y los guantes de boxeo.
Pero Eugenio y Adela estaban ahora hablando y discutiendo en una discusión que había derivado acerca de la niña mayor, que no quería acostarse hasta que la criada se acostase a su vez. Adelita dormía con Ramona en el cuarto de junto a la escalera.
Las hormigas con alas y las mariposas volaban alrededor de la lámpara. Llegó del jardín un olor a tierra reseca y, a ráfagas, el olor del lejano jazminero. Martín miraba hacia el mantel mientras comía y sonreía a la vez como un bendito.