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XXII

Tumbado boca abajo, los codos en la arena, la cara angulosa entre las manos y el ceño fruncido, Martín, junto a Carlos, observaba distraídamente el toldo bajo el que se veían -separadas de ellos por la brillante neblina del calor- las figuras de Oswaldo, Anita y el señor Corsi. La que se movía era Anita, que en aquel momento quitaba a Oswaldo el sombrero de paja para ponerlo sobre su cabeza. Un segundo después lo volvió a colocar sobre la del poeta. Oswaldo y el señor Corsi, sentados pacíficamente en las butacas de lona, en bañador, tomaban el sol en las piernas.

– «Humano capiti cervicem pictor equinam junguere sivelit»…

– ¿Qué demonios murmuras?

– Nada, estaba mirando a Oswaldo: «spectatum ad-misirisum teneatis, amici?»

– Caramba, eso deberías decírselo a Anita, le impresionaría tu latín. Nosotros, con el inglés tenemos bastante, ¿sabes? ¿Cómo te ríes del poeta ese?… Me gustaría aprenderlo. Mañana se va. A ver si empezamos a divertirnos de una vez este verano.

Martín no le escuchaba, metido en sus pensamientos.

– Ya está.

Se sentó en la arena en un gesto brusco, volviéndose de espaldas al sombrajo, cara al mar.

– En este momento he comprendido lo que debe ser mi pintura.

Puso su mano en el hombro de su amigo, caliente por el sol, y Carlos se volvió a mirarle perezosamente de reojo.

– ¿Qué demonios te pasa?

– Escúchame. Es toda una teoría sobre la pintura. Llevo tres días pensando en mi pintura. Sobre todo ayer, cuando me dejasteis solo todo el día. Había llegado a creer que en Beniíeca me volvía burro. No hago nada durante los veranos. Es desesperante. Otros años me traje todo el equipo de carboncillos y demás. Este año, no ya los pinceles, ni un lápiz se me ocurrió coger, nada absolutamente. Pero esto no puede ser. Ayer estuve pensando todo el día en mi pintura. Ni siquiera me di cuenta de que os habíais marchado de excursión la familia entera. Te digo que todo el día de ayer fue muy extraño. Fue decisivo para mí.

– El Oswaldo ese nos llevó a comer a un hotel que hay cerca de aquí en otro pueblo de la playa. Un hotel que es una birria, pero donde nos dieron una caldereta de pescado que a Frufrú le gustó muchísimo y luego con el coche se divierte uno de verdad. Nos paramos en cada playa que le apetecía a mi hermana para darnos remojones. Oswaldo sufrió mucho por la tapicería del automóvil. Nos subíamos chorreando y él se empeñaba en que extendiésemos toallas debajo. Frufrú, para congraciarse con Oswaldo, nos reñía, pero imagínate que a ella se le ocurrió bañar a Tití, y cuando el bicho subió al coche sacudiéndose, fue lo peor de todo. Te digo que nos divertimos Ana y yo. Casi estoy pensando si Anita no querrá que hagamos algo con ese tipo. Algo como lo de don Clemente. ¿Te acuerdas?

– Yo, ayer, de pronto, lo vi todo muy claro. Tenía ganas de hablar contigo. Tú y yo no hemos hablado nunca en serio, Carlos. Hasta ahora, chico, mi único confidente ha sido muy extraño. Mis mejores conversaciones las he tenido con un amigo de mis abuelos. Un hombre inteligente, desde luego, pero un viejo al fin y al cabo. Ayer me di cuenta de lo que era mi verdadero destino en la vida. Me di cuenta de la fuerza que puede tener un hombre para crear. Sé que no me explico bien. En realidad un hombre es una especie de insecto entre la corteza de un mundo perdido entre otros mundos. Y sin embargo, dentro de mí yo siento el universo entero.

Carlos se sentó también en la arena y le miró extrañado.

– Oye, ¿te has vuelto loco?

Mientras Carlos se sacudía la arena de las manos, Martín apreció la perfección de la cara de su amigo y su ceño fruncido.

– Estoy hablando en serio, Carlos. Ya te dije que nunca te he hablado en serio.

Carlos miró a un lado y a otro de la gran playa vacía. A un extremo el pueblo de Beniteca se desvanecía en la brillantez del calor. Al otro lado, mucho más cerca, el promontorio del faro, con las olas rompiendo entre las rocas que guardaban el secreto del solarium.

– Chico, no comprendo. ¿Por qué diablos has escogido este momento para hablarme en serio? ¿Sabes lo que parecías antes? Pues un cura viejo masticando sus latines.

– «Ut turpiter atrum desinat in piscem mulier formosa superne.»

– Menos mal que te ríes, caray. Yo no llegué a estudiar latín, me echaron del Liceo antes. En casa se hablan otros idiomas menos de cura.

– Yo sé muy poco latín, pero escucha lo que traduzco: «Si hiciese de manera que un pecho hermoso de mujer acabase en horrendo pez»…

– ¡Cállate! ¿Quieres un poco de lucha antes de meternos en el agua? A ver si mi hermana se anima y deja al gordo ese con papá. ¿Te dije que mañana se van papá y Oswaldo? Anita se queda, desde luego.

– Ayer me di cuenta de lo que es una vocación de artista, Carlos. Quédate aquí un momento; te pido que me escuches por una vez. Creo que tú y yo podemos hablar como seres inteligentes por un minuto. Ayer, en aquellas horas en que estuve pensando, sentí lo que es la verdadera liberación. No sé cómo explicártelo. No sé si alguna vez tú te has planteado problemas de ataduras religiosas, políticas o familiares, no lo sé. Nunca hemos hablado… Yo me sentí liberado de todo eso como si hubiera roto unas ataduras.

Carlos le miró por entre las pestañas, guiñados los ojos contra el reflejo del sol. Le pareció a Martín que en las pupilas de su amigo había una ironía tremenda y se sintió desconcertado un segundo, pero siguió.

– Ayer me preguntaba yo por qué nosotros no podemos hablar de cosas verdaderamente interesantes. Hemos sido grandes amigos y, sin embargo, tú no has visto aún ni un cuadro ni un dibujo mío. Te sorprenderás de lo que puedo llegar a hacer. Hay dentro de mí una fuerza, te lo juro. Algo que ni tu hermana ni tú sospecháis. Ayer supe que nada podrá detener esta fuerza cuando yo la ponga en marcha. No me podrá atar nada. Necesito una libertad absoluta. Ningún lazo familiar. ¿Oyes bien? Ninguno. Ni ataduras ni patria tampoco. Esa idea de la Patria es forzada, es utópica. Ni ataduras de religión, ni mucho menos sociales, incluso en las relaciones del sexo, incluso en eso he visto dos caminos de liberación; el de Freud, de no retener ningún impulso para que las inhibiciones no te aten, o el de los místicos, superándolo por el espíritu. Y desde luego, lazos familiares ninguno. Ya te lo he dicho. Ni ataduras de amistad. Nada absolutamente. ¿Sigues mi pensamiento? Te aseguro que es completamente sincero. Creo que un artista tiene que ser eso, un hombre liberado en absoluto. Sólo así puede crear su mundo.

Carlos inclinó su esbelto y fuerte cuerpo, sentado en la playa como estaba, y quitó con las manos la arena que se había metido entre los dedos de sus pies.

– Martín, pescatore, como dice papá… No te conocía en plan de discurso, caray. Tú debías ser cura. Un cura muy elegante, no como estos del pueblo que echaron de misa a la pobre Frufrú el primer verano que vinimos, con el pretexto de que era escandaloso su vestido… Imagínate. Y Frufrú que es tan devota… ¿No sabes que es muy devota? Es graciosísimo. Dice ella que mi madre -la voz de Carlos sufrió un ligero cambio que Martín, metido en sus pensamientos, no percibió-, dice que mi madre era devota también. ¡Qué cosas! Yo, chico, como papá y como Anita, soy totalmente indiferente. Nunca me ha preocupado el problema ese. Ni lo entiendo, la verdad. Pero tú, pescatore, deberías ser cura. Le diré a papá que sabes latín.

– Tú, Carlos, no sabes nada de mí. Te llevarías una sorpresa si supieses cómo soy yo realmente.

– ¿Sabes que estás muy pesado hoy, Martín? Sé de ti todo lo que me importa. Sé que eres un buen amigo. ¿No es bastante? Aún no sabes boxear bien, pero ya aprenderás. Con paciencia y una caña, como dicen por aquí, aprenderás a boxear. Nadas regularcillo aunque presumas, y ahora mismo te desafío a una zambullida a ver quién resiste más debajo del agua.

Martín puso otra vez su mano sobre el hombro de Carlos al ver que éste iba a ponerse en pie.

– Espera. Alguna vez tengo que hablarte aunque lo tomes a broma.

– Esta tarde, hombre. Tenemos todo el verano para hablar. Ya podías haberme dicho eso poco a poco, cada día un trocito de discurso, pescador. Te sugiero que lo cuentes por la tarde después de la merienda, cuando Oswaldo se empeñe en recitar. Si le hablas en latín será la monda, chico. Le vas a dar un susto de miedo. Y Ana se quedará con la boca abierta. Admira mucho a los intelectuales, hijo mío… Y ninguno de nosotros sospechamos que tú pudieras ser un intelectual. Ahora, que es malo para la salud, como dice papá. Pronto tendrás que usar gafas y te quedarás calvo si sigues pensando tanto.

– Carlos, escúchame, hombre. No te puedes imaginar lo que llegué a ver ayer. Un día sin importancia en que está uno solo sentado en las dunas: no sucede nada ni pasa nada alrededor y de pronto se ve claro.

Carlos se puso en pie y, volviéndose hacia el sombrajo, metió los dedos en la boca y dio un largo silbido. Martín, de pie, a su lado, siguió hablando, pero Carlos no le escuchaba y calló al fin. Carlos silbó otra vez sin que Anita, a quien llamaba, le hiciese caso. Estaba ella sentada en la arena, a los pies del poeta, fumando, y ni volvió la cabeza.

– No te das cuenta de que tu hermana quiere que la dejes sola con su pretendiente. Las mujeres son así.

– Oswaldo no es un pretendiente. Es un amigo de mi padre y además es un hombre casado. Yo conocí a la mujer este invierno. Es tan gorda como él.

Carlos volvió a silbar, impaciente.

Martín, separado unos pasos de su amigo, le miró tratando de recoger su figura con ojos desinteresados de artista. Tal como Martín concebía ahora la pintura, Carlos no le resultaba un modelo a propósito. Era curioso que nunca hubiese intentado dibujar a sus amigos, ni siquiera en invierno, recordándolos.

– ¿Y si nos acercásemos?

Carlos, a pesar de su atrevimiento para todo, temía los sofiones de Anita. En todos aquellos días no había hecho otra cosa que rondar por los alrededores de su hermana. Anita toleraba esta escolta, pero había amenazado a Carlos con no quedarse en Beniteca si la molestaba mucho.

– Lo mejor es que nos vayamos al solarium. Sabes perfectamente que si Anita nos ve ir hacia allá viene detrás de nosotros.

– No. No la conoces. Está empeñada en demostrarme que no me necesita. Con eso de ser persona mayor se ha vuelto una lata apestosa. Eso es lo que es.

– Pues vamonos.

– No, vamos a esperar un poco. Anda, cuéntame todo lo que quieras, pescador. Dices que tienes vocación de cura, ¿no?

Se reía, y Martín, a la fuerza, sonrió también. Volvieron a sentarse en la arena. Martín tenia la impresión de que si no hablaba ahora de todo lo que había pensado en aquellas tardes en que Carlos con Anita, el señor Corsi y el perrito Tití se iban de paseo en el coche con Oswaldo y en todo el largo día anterior; si no lo decía ahora no lo diría nunca. Y ni siquiera sabía cómo empezar. Una de las cosas que habría querido darles a entender a los dos hermanos era su convicción de que tanto Carlos como Anita, a pesar de su hechizo, eran enormemente inferiores a él en inteligencia. Sentado este punto -y no sabía cómo sentarlo-, lo demás era fácil. Era necesario hacerles ver que él, Martín, había llegado a ver la amistad de los Corsi como algo sin importancia al compararla con toda aquella vida que se le presentó delante del espíritu. Aquella vida que había estallado como una ola dentro de su pecho.

– Fuera bromas ya con eso de cura… Tengo una vocación de pintor como una catedral. ¿Por qué no lo vas a saber tú? Pensar que hace dos años, cuando llegué a Beniteca, quería ser militar. ¡Qué absurdo! Mi abuela, que es una mujer muy sencilla, pero fina, lista, ¿comprendes?, adivinó que yo sería pintor. Y un médico amigo de mi familia, hombre inteligentísimo que me ha hecho leer mucho, siempre ha dicho que en mis dibujos hay verdadera genialidad.

Carlos silbó burlonamente.

– ¡Caramba! ¡Genio nada menos!… Esto hay que contárselo a Oswaldo, chico. Se nos muere de envidia cuando lo sepa.

– Genio, sí. ¿Por qué no? Ahora nos reímos los dos, pero yo te lo demostraré. Creo que podría prescindir de tu misma amistad desde este momento, si fuera necesario. Puedo prescindir de todo. Eso es de lo que me di cuenta ayer. Poder prescindir de todo es tener la fuerza y la base para crear.

Carlos le puso la mano en la cabeza.

– ¡Eh, tú! Has tomado una insolación.

– Nada de insolación. Necesito que me escuches un momento; hace un rato, mientras decía esas palabras de la epístola a los Pisones… «spectatum admisi»…

– ¿Epístola a los qué?… Me parece como un chiste sucio, eso de Pisones.

– No me harás creer, por vacía que tengas la cabeza, que no sabes quién era Horacio.

– Un romano antiguo con toga y una corona de laurel en la cabeza.

Martín sonrió y Carlos siguió hablando mientras dibujaba en el aire con las manos una invisible vestidura.

– Algo así como yo cuando acompañaba a Anita en el recitado aquel de Berenice.

– Si me haces reír ya no te puedo contar lo que he pensado antes.

– Cuenta, genio pescador, cuenta. Vas a estallar.

– Sí, porque estoy en desacuerdo completo con Horacio no sólo en cuanto a pintura, sino en cuanto a cualquier arte. Lo he visto claramente. Si un pintor pusiera a una cabeza humana una cerviz de caballo y le pegase miembros, emplumase la figura e hiciese que un pecho hermoso de mujer acabase en pez horrible no sólo no sería torpe, sino que habría roto los moldes. Hay que romper con una tradición que le oprime a uno. Hay que romper con todo. Horacio habla luego de la libertad del artista, pero yo no admito ni los límites contra el absurdo.

Carlos volvió a hacer ademán de tocarle la frente, y luego, encogiéndose de hombros, dijo algo que a Martín le serenó por completo y le quitó toda su exaltación.

– Bueno, chico. De pintura no entiendo ni quiero entender tampoco. No me interesa. Ahora, lo que dices, es absurdo. Crees que has descubierto algo, ¿verdad? Pues no has descubierto nada. Yo he visto muchos cuadros que parecen ese que describe Horacio. Todo eso de romper moldes está descubierto ya.

Se puso en pie y volvió a silbar mirando hacia su hermana. Martín siguió sentado en el suelo, pensativo, tan nervioso que empezó a morderse las uñas. Abstraído no sintió llegar a Anita que venía corriendo hacia ellos después de dejar a su padre dormitando y a Oswaldo con la palabra en la boca. Martín no se dio cuenta de su presencia hasta que ella se echó encima de sus hombros, riendo.

– A éste le conviene una buena zambullida, Ana. Está más loco que una cabra. Hablando latín y todo eso. Así se ha despertado hoy.

– ¿Hablando latín? ¡Qué atrevimiento! Cógele por los hombros, Carlos, y yo le cogeré por los pies. Es largo, pero está más flaco que una sardina. No, no te revuelvas, podemos contigo.

Sacudido por la risa convulsiva que le provocaban las cosquillas y temiendo defenderse demasiado y hacer daño a Anita, Martín fue arrastrado al mar. Un rato después se encontró nadando lejos de los otros dos. Allá, en la arena, vio la figura rechoncha de Oswaldo que se acercaba hacia la orilla. Anita y Carlos, cerca de la playa, se perseguían nadando. Él, Martín, estaba solo. Ahora sabía que nunca podría continuar su conversación con Carlos. Era otro tipo de hombre Carlos. Resultaba bastante curioso observar la incapacidad de admiración que tenía fuera de su propia familia. «Has cogido una insolación», eso le había dicho. En verdad le pareció a Martín que el verano entero de Beniteca -los tres veranos unidos en un largo y llameante verano- constituía una enorme insolación, pero no en el sentido en que había hablado Carlos, sino al contrario. No porque a Martín se le excitase la imaginación hablando de su arte, sino porque lo olvidaba. Olvidaba todo en Beniteca.

Volvió a mirar hacia los Corsi, que estaban cerca de la orilla, de pie, animando a Oswaldo a entrar en el agua. Luego hizo una inspiración y se zambulló, nadando hacia ellos.

Por la tarde, la hora de la siesta era la única en que, aquellos días, estaban solos Carlos y Martín. Momento desperdiciado o ganado -Martín no sabía- en un silencio envuelto en el canto ronco de las chicharras, mientras ellos, subidos a las ramas de los pinos, fumaban uno de los cigarrillos con que -por mediación de Anita- les obsequiaba Oswaldo algunas veces. Momento que se completaba luego con los puñetazos contra el saco de cuero lleno de arena y que más tarde se llenaba de la expectación de Carlos, esperando a Anita para el baño de antes de la merienda.

Iban los tres solos a la playa sin Oswaldo y sin el señor Corsi y a Martín se le antojaba que entonces representaban una especie de parodia de lo que había sido su amistad dos años antes. Anita soltaba algunas frasecitas en francés, mezclándolas ahora con palabras inglesas para aturdir a Martín, y Carlos le seguía el juego. Luchaban un poco en la playa y al fin se zambullían.

Aquella tarde, cuando Anita se les reunió, Carlos le explicó, riendo, que Martín hablaba latín correctamente y que quería entrar en el seminario el próximo octubre.

– Oh, qué interesante, Martín. Siempre dije que tenias cara de cura.

– Ya está bien de bromas.

– ¿Te molesta? Claro, tú eres un fanático español.

– Yo no creo en nada.

– ¿Ves? Fanático español. Carlos, Martín es un caso perdido. O cree en todo o no cree en nada. No puede ser tolerante como nosotros.

Martín sintió que su violencia se disolvía en las carcajadas de sus amigos. Al cabo de un rato era uno de ellos, riendo también y bromeando. Hasta sintió verdadera alegría cuando Carlos, al volver del mar, le dijo otra vez que por fortuna aquella era la última tarde en que tendrían que soportar al poeta.

Ya de noche Martín echó a andar con paso largo y firme por el senderillo de las dunas que conducía desde el portillo trasero de los Corsi a la verja trasera de su casa. Y se iba riendo solo. La tensión del día anterior parecía haberse disuelto en su espíritu hasta no quedar rastros de ella. Otra vez los Corsi llenaban de tal manera su universo que ni pensaba en esto. Pensaba en las cosas que Anita había dicho al poeta mirándole a los ojos muy cerca, sentada junto a él en el balancín. Otro que no fuese Oswaldo se habría dado cuenta de la burla de Anita. El señor Corsi hasta intervino algunas veces tratando de desviar la conversación de las alabanzas exageradas que hacía Anita a los versos del poeta, hacia otros temas. Carlos, detrás de Oswaldo, hacía muecas feroces a Martín. Los Corsi representaban su comedia. Siempre estaban representando. Y Oswaldo, delante del señor Corsi, de Martín y de Carlos, aprovechaba todos los momentos propicios para tocar a Anita. Se cogía de su brazo y la apretaba contra él en un momento de risas; otras veces le arreglaba el cabello, le tocaba la nariz con su dedo índice y con un pretexto cualquiera hasta palmeaba sus pantorrillas. Muy inocente debía de ser todo esto para que el señor Corsi no se molestase en absoluto. A Carlos, en cambio, este juego le molestaba. Martín lo sabía, pero también sabía que no le molestaba como le habría molestado a él mismo si viese a otro hombre tratando de aprovechar la proximidad y la inocencia de una mujer de su familia. A Carlos le molestaba porque tenía, como siempre, unos celos infantiles de Anita. Martín, camino de su casa, se reía solo.

La verja no estaba cerrada aún con la cadena y el candado que le ponía Eugenio por las noches, y Martín se alegró. La verja era alta y puntiaguda, muy incómoda de saltar, y si hubiese estado cerrada, Martín habría preferido dar una larga vuelta hasta la carretera para meterse por la entrada principal antes de exponerse a romper sus pantalones con aquellos pinchos.

Acarició al perro que ladraba. Vio luz en la cocina y la sombra de Ramona con una sartén en la mano. Un olor de aceite fuerte, sin refinar, salía por la ventana de la cocina envuelto en un humo grasiento. Cuando el perro quedó tranquilo, se escucharon los grillos.

Martín avanzó descuidadamente, doblando la esquina hacia el jardincillo delantero y la realidad doméstica y familiar le envolvió. Por la ventana abierta del comedor salían gritos mezclados de Eugenio y de Adela. En esos gritos se entendía el nombre de Martín y el muchacho se detuvo en seco. No podía ver el interior de la ventana, allí, a un lado donde estaba, pero oía perfectamente.

Eugenio dio uno de aquellos puñetazos que hacían temblar la mesa. Quizá por el ruido había sido otra cosa. Quizás había golpeado la mesa con la pistola descargada, si es que la estaba limpiando. A veces lo hacía, aunque luego juraba, mirando arrepentido hacia la pistola como si el «Astra» fuese un niño a quien hubiese pegado injustamente.

– Te callas, coño, te callas y me escuchas. Estoy cabreado ya con ese médico del demonio y su mujer y toda su maldita parentela, ¿entiendes? En ese chico de al lado no hay maldad, ni maldito peligro alguno, ni maldita porquería, coño, y menos en mi hijo… ¡Pues estamos buenos, coño! Un día me quito el uniforme y le arreo una paliza al individuo ese que le dejo tuerto, coño. Y a ti, como vuelvas con cuentos, te pongo la cara al revés.

Adela gritó sollozante que de eso sería Eugenio capaz, de pegar a una mujer inocente que no hacía más que repetir lo que doña María le había dicho del chico de al lado que era un indeseable, que tenía sugestionado a Martín. Al fin y al cabo ella, si Martín se maleaba, le daba lo mismo. Eugenio con el hijo estaba ciego y ya se arrepentiría algún día de tratar así a su mujer.

Antes de terminar Adela su parrafada ya estaba gritando Eugenio que bien pudiera ser que don Clemente y toda su familia fueran unos cochinos rojos camuflados, y que si era así él mismo los llevaba al paredón, por cochinos y por sinvergüenzas. La confusión de las dos voces que gritaban era terrible. Un momento más tarde a esos gritos se mezclaron otros: los de Ramona, la criada, y los de Adelita llamando a su papá.

Martín se escurrió entre las sombras desandando el camino hasta la caseta del perro, que volvía a ladrar atado a su cadena. Allí esperó un rato. Sabía que la cosa iba a terminar muy pronto y que cuando entrase en el comedor no quedaría de la discusión más que un poco de enrojecimiento en el cuello y la cara de su padre y mucho mal humor en los ojos huidizos de Adela.

Acarició al perro, calmándolo, y el animal rozó su cara con la lengua áspera, húmeda. Bajo sus dedos sintió el temblor de la vida cuando acarició el cuello y las orejas del pachón.

La imagen de Anita parecía partida dentro de su cerebro. Y la de Carlos, y la de Frufrú y la del señor Corsi y la de Oswaldo. No comprendía exactamente el sentido de las palabras que acababa de escuchar a su padre y Adela, pero sí sentía el odio de aquel hombre, el médico. «¿Qué le habéis hecho, demoños, a don Clemente…?» Algo de eso había dicho Frufrú una vez. Le pareció asombroso que don Clemente siguiera recordando y recordando aquella paliza, sin decidirse a hablar de ella claramente. ¿Qué pensaría Eugenio de aquella paliza, si él, Martín, le hablase, si le confiase todo aquel viejo asunto?

– Si yo le hablase de hombre a hombre a mi padre…

Porque él era un hombre, efectivamente. Una larga figura de hombre doblada sobre el perro en la semipenumbra de aquel trozo del jardín. Y era también un niño sorprendido delante del primer rencor que había provocado. Mientras apretaba las orejas del perro sintió durante un segundo un deseo feroz de volver a pegarse con don Clemente. Y después, miedo. Un miedo indefinido que se iba concretando en la idea de que Eugenio pudiese no comprenderle, de que le obligase a dejar la compañía de los Corsi: el sol, el verano, por el procedimiento de enviarlo a Alicante. A otro sol, en verdad, a otro verano, pero que no era el suyo.

De la ventana de la cocina salía luz y humo y el rumor del aceite hirviendo en la sartén. El verano era lo que importaba. Y Carlos y Anita también; aunque ya no volvieran Carlos y él a la caza del lagarto. Le había hablado a Carlos de su sabiduría. No sabía ya si le había hablado de esto hacía mucho o poco tiempo. Esa sabiduría de la impasibilidad. Pero no podía permanecer impasible. No podía perder el verano. Estaba allí. Era suyo. Tan suyo como sus sueños de ser un gran pintor. Carlos y Anita; Anita y Carlos. La finca del inglés, las viejas paredes con enredaderas. Golpe a golpe, la vida. Era imposible recordar, volver a sentir furia. El no podía. Era necesario que pasase la noche, esperar la mañana y volver a disolverse en la luz y en los gestos de sus amigos. Lo importante era el minuto presente. Allá se las apañasen Eugenio y Adela con sus discusiones y su vida.

La casa estaba ya calmada y sin gritos en el momento en que decidió volver hacia el jardincillo de delante. Se dirigió hacia la luz de la ventana del comedor, por donde entraban los insectos nocturnos. Fue hacia la mesa familiar, hacia el gazpacho y el pescado frito que le esperaban para la cena.