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Otra vez el sol de colores en la mañana. Y las chicharras. Y el solarium. Todo lo mismo y nada igual al mismo tiempo, porque se siente cada año que no se es el mismo del año anterior. En el interior de Martín había una nota de malicia al mirar a Carlos y Anita. Sabía perfectamente sus puntos vulnerables. Anita se sorprendía y se interesaba con las demostraciones más burdas de superioridad que le mostraran. Carlos era vulnerable sólo a través de su hermana. Cuando desaparecieron el señor Corsi y Oswaldo en el coche color crema del poeta, ellos tres quedaron solos en el mundo, con el fondo de aquel paisaje conocido y las historias de Frufrú.
Martín se preguntó con curiosidad si Anita sentiría nostalgia del poeta, pero Anita parecía incapaz de recordar, parecía nacer cada día,
– Vosotros me recordáis a los monos.
– ¿Ah, sí, pescador? ¿Por qué a los monos? Te has vuelto muy impertinente desde que sabes latín.
– Pues porque parecéis una bandada de monos. Llegáis, lo tocáis todo y después os quedáis tan tranquilos. No os importa nada de nada. Muchas veces me pregunto si tendréis incluso inteligencia normal.
– Carlos, vamos a tirarle al agua.
– ¿Qué os importa a vosotros en esta vida? ¿Os importa lo que pasa en el mundo? ¿Os importa el arte? No os importa nada.
– Carlos, este pescador está insufrible. ¿Cómo lo has aguantado tanto tiempo tú solo? Está siempre hablando de arte y no ha hecho un solo cuadro en su vida.
– Me gustaría haberme traído las pinturas. Entonces verías.
– Muchas gracias. Carlos, cógele de los pies. Vamos a chapuzar al gran pintor… Te perdonamos el chapuzón si nos enseñas a decir esa frase latina tan rara que sabes, risum teneatis… ¿qué más?
En cierta manera los ojos de Anita eran ingenuos. Martín comprendía que envidiaba su latín. Y los ojos de Carlos, más sombríos, detrás de la cara de su hermana, eran ingenuos también. No quería que Anita hiciese demasiado caso a Martín tampoco. La quería sólo para él, ahora que no estaba Oswaldo. Y Martín, que quería a Carlos más que a Anita, encontraba más fácil ahora que Anita le respetase, que inspirar respeto a Carlos. Respeto. Esa palabra tan rara quizá resultaba demasiado solemne. Inspirar curiosidad. Martín trataba de inspirar curiosidad y lo conseguía más fácilmente con Anita.
Todo el día del sábado Martín trabajó su propia importancia con los dos hermanos; aquella primera tarde sin el poeta compró lápices de colores en el pueblo y un trozo de cartulina y se dedicó a hacer un dibujo de tipo cubista delante de los dos hermanos en el fresco de la leonera de Carlos.
– Es algo horrible y disparatado, chico. ¿Qué has querido representar ahí? Jamás llegarás a ser un pintor.
– Es un arlequín.
Martín se reía y Anita le miraba inquieta. Carlos, aburrido, trataba de demostrar su desinterés dándoles la espalda, junto a la ventana.
– Si yo hubiese inventado este cuadro sería un gran pintor, niña. Claro que esto no es un cuadro, sino un dibujo coloreado, pero trata de copiar, y bastante bien (¿me oyes, Ana?: bastante bien), un Picasso 1915. Lo copié este invierno y lo sé de memoria. Lo copié de un libro de arte muy bueno… No me digas que no sabes quién es Picasso.
– Si pinta cosas de ésas, un tonto.
– Y si Oswaldo te oyera repetir ese juicio, ya verías lo que pensaba de ti. Oswaldo, con todas sus tonterías, era un hombre culto, me parece. Demasiado cultivado para ti.
– No era: es… No se ha muerto.
Carlos, vencido, vino hacia ellos y les puso las manos en los hombros; una mano en el hombro de Anita, otra en el hombro de Martín.
– Bueno, vamos a dejar de perder el tiempo, ¿verdad? Siempre nos hemos divertido juntos y no sé qué pasa este año que no podemos divertirnos.
Anita se volvió graciosamente y besó a su hermano en la mejilla. Tuvo que empinarse para ello.
– Bueno; pues vamos con Frufrú. Vamos a pedirle que nos cuente el viaje a Tierra de Fuego. ¿Quieres, tonto mío?
Debía ser algo convenido entre los dos hermanos esto del viaje a Tierra de Fuego, porque Martín notó una rápida gratitud y alegría en los ojos de Carlos. El se limpió las manos, descuidadamente, en el pantalón y luego rompió el dibujo que había hecho, mientras los Corsi salían de la habitación. Le llamaron desde el jardín, eso sí, para que oyese las historias de Frufrú.
Frufrú dijo que no quería contar historias, que merendasen en paz. Y había ya paz entre ellos. Había paz junto al balancín, en la explanada, mientras Carlos y Anita, aquellos grandullones, hacían cosquillas -como tantas veces había visto Martín- a la vieja arrugada y pintada. Cuando ella terminó de reír, merendaron. Benigna, la muchacha que de cuando en cuando turbaba ligeramente a Martín, sirvió la merienda en la mesita plegable. Martín dijo:
– Echo de menos los cigarrillos de Oswaldo.
Recibió una mirada poco agradable de Carlos y una sonrisa de Anita, que daba a Tití, su pequinés, unas galletas mojadas en té en aquel momento. Después Anita sacó una cajetilla de los bolsillos de su falda y se la tiró a Martín.
– Están confabulados contra mí, Prufrú. Se miran todo el día…
Carlos lo dijo medio en broma, medio en serio y Frufrú le consoló:
– ¿Cómo van a estar confabulados contra ti?… Esta demoña coquetea como siempre. Hasta coquetea con Martín… Bueno, ¿queréis que os cuente otra vez aquella historia…?
Benigna recogió los platos y las tazas en una bandeja y se puso encarnada delante de una mirada de Martín. Él apartó rápidamente sus ojos de la criadita.
– Estos ñiños no se cansan nunca de oír contar cómo fue mi viaje a Tierra de Fuego. Cuando eran pequeños y más malos que demoños, Frufrú, para meterlos tempranito en la cama, les tenía que contar el viaje a Tierra de Fuego. Carlos, pobrecito, se enfadaba mucho porque en Tierra de Fuego no había fuego, ni cocoteros, ni abanicos, aunque ya lo sabía él de sobra, ya que le contaba yo mi viaje cada día. Anita se reía siempre como una pilla mala que era. Se reía de su vieja Frufrú.
Martín, Carlos y Anita escuchaban a Frufrú alrededor del balancín. Los chicos en el suelo, sentados a estilo moro y Anita en la silla de hierro, de frente, con las piernas cruzadas. En la sombra del balancín, Frufrú parecía muy pequeña y se sentía un gran descanso al escucharla entre el olor de las enredaderas al atardecer y la algarabía de los pájaros antes de acostarse. Frufrú hacía sonar las pulseras de colores a cada movimiento de sus manitas.
– Pues sí, Martín. Mi viaje a Tierra de Fuego fue el viaje más horrible de todos los viajes con excepción del que hice ya de vuelta desde Tierra de Fuego a Buenos Aires, que me parece que fue lo mismo o por el estilo. Pero lo peor fue que yo creía de veras que Tierra de Fuego era el país del cocotero, aunque Corsi se había cuidado de comprarme un abrigo de pieles que parecía de esquimal y a Mari Pepa otro. Yo, la verdad, creía que aquellas pieles formaban parte de una broma de Corsi. Tengo que deciros que estábamos los tres en Buenos Aires bastante desesperados por las deudas, cuando apareció Peggy y le encargó aquel trabajo a Corsi de vender su estancia de Tierra de Fuego, pagándole los gastos de viaje y prometiéndole una buena remuneración al final. Sí, fue una especie de salvación… Pero esto no tiene sentido. No sé por dónde iba en mi relato.
– La señora yugoslava -apuntó Carlos.
– Ah, la señora yugoslava. Compartía mi camarote y parecía un ogro. Usaba gorro de dormir y tenía la frescura de llamar al camarero para quejarse de mí cuando yo daba gritos creyendo que naufragábamos. La cosa no era para menos, porque el barco subía y bajaba de tal modo que nosotras estábamos atadas a nuestras literas para no caer. Yo llamaba a gritos a Corsi y a Mari Pepa, pero no acudía nadie. La señora yugoslava fue una gran pesadilla para mí.
Anita se inclinó en su silla hasta poner su cara cerca de la de Martín.
– ¿No es maravillosa nuestra Frufrú?
– ¿Aún seguís atentos? Un día pararon las máquinas del barco y todos subimos a cubierta bien abrigados con nuestras pieles. Era el mes de abril y hacía un frío espantoso. Estábamos rodeados de niebla, y casi a oscuras.
El mar era de un color de plomo y creo que hasta arrastraba trozos de hielo y se veían unas olazas como montañas. Yo dije que como el barco parase así sus máquinas no íbamos a llegar nunca a Tierra de Fuego, y entonces me dijeron que habíamos llegado y que aquello era Tierra de Fuego. Me pareció una broma antipática por parte de Corsi, que me informaba, pero tuve que convencerme de que era cierto: allá, al fondo de la niebla, se podían ver las lucecitas de Punta Arenas. Corsi me dijo: «Valor, Frufrú. Animo, hija». Mari Pepa se reía, como ahora se ríe Anita muchas veces, desde el fondo de su capuchón. Un marinero me cogió en brazos a la fuerza sin hacer caso de mis gritos y mis pataleos y me bajó por la escala hasta una barquita que parecía un cascarón de nuez. Creo que me desmayé, aunque Corsi siempre me dice que no… Bueno, ese fue mi viaje a Tierra de Fuego.
– No es todo, Frufrú. Cuenta cómo era el hotel donde nací.
– Ya sabes tú de sobra cómo era el hotel Cosmos. No vale la pena de que gaste saliva contándolo otra vez.
Pero en la voz de Frufrú se advertía su gran satisfacción de narradora.
– Se llamaba hotel Universo, Frufrú.
– Eso dice Corsi, pero tiene menos memoria que yo. Se llame como se llame es un hotel magnífico, hecho por fuera como de troncos de árboles y dentro de él encuentras todo el lujo imaginable. Una calefacción que da gusto, chimeneas estupendas donde arden leños más gordos que yo, grandes sillones y pieles de animales por los suelos. Lo único malo para mí era despertarme por las noches y sentir que se movía toda la casa como un árbol que cediese al viento. Ah, sí. Todo eso sucede en Tierra de Fuego, la tierra de Anita. Así es tan mala esa demoña. Ella nació al cabo de un mes de nuestra terrible llegada a Punta Arenas. Nosotros no vivíamos en ese hotel, sino la mayoría del tiempo en la Estancia, rodeados de ovejas. Pero hicimos un viaje a Punta Arenas y tuvimos tanta suerte que esta niña nació allí una de aquellas noches de nieve y de viento en que el hotel se movía.
– Cuéntale a Martín cómo era yo de recién nacida.
– Eras muy gorda. Igual que ahora, pero muy gorda y de tamaño pequeño… No sé por qué esas carcajadas.
No creas que eras bonita. Carlos era guapísimo desde que nació, pero tú no lo eras. Siempre has tenido la misma nariz de patata. A pesar de todo, Corsi se volvió loco contigo, hija. Sí, fue una gran sorpresa descubrir que Corsi tenía sentido paternal. Nunca lo demostró con los gemelos de Peggy, aunque no puede dudarse de que son hijos suyos ya que se le parecen como dos gotas de agua, aunque no son guapos esos ñiños. Tú tampoco eres guapa y ya ves… Mari Pepa se puso tan oronda con el entusiasmo de Corsi que nos hizo la faena de traer otro niño al año justo. Entonces Corsi se puso serio y dijo que no quería convertirse en un patriarca. Pero no te pongas triste, Carlos, sabes muy bien que a ti te quiere tanto como a esta demoña de tu hermana. Corsi pasa por hombre interesado y, sin embargo, bien se ve que no lo es, ya que los gemelos de Peggy tienen mucho dinero y nunca les ha hecho caso y a vosotros, que no dais más que disgustos, Corsi os quiere como a las ñiñas de sus ojos. ¿Qué pasa, Martín? ¿Qué pasa, ñiño? ¿Quieres preguntarme algo?
– No se atreve -Carlos se levantó, estirándose entre la luz azul del atardecer-. Martín piensa que mis padres no se casaron nunca y no se atreve a preguntarlo.
– No pienso eso.
– Sería una gran tontería pensarlo. Se casaron poco antes de nacer Carlos. Antes de nacer Anita no fue posible porque aún estaba pendiente el divorcio de Corsi con Peggy. ¿Comprendes, Martín? El matrimonio de Peggy era sólo civil. Peggy quería su divorcio y nos pagó a Corsi y a mí para que huyésemos juntos de su casa… Pero esto es otra historia… La cosa es que hasta poco antes de nacer Carlos, Corsi y Mari Pepa no pudieron casarse porque Corsi quería también matrimonio civil, aunque Mari Pepa se hubiese conformado sólo con el matrimonio católico.
– Pero luego nos abandonó, ¿verdad Frufrú?
Carlos dijo esto con una falsa indiferencia que hizo que Martín le mirase. Anita también miró a su hermano con el ceño fruncido.
– ¿Has visto Frufrú, lo que dice este idiota?
Frufrú levantó sus manos haciendo ademán de espantarlos como a las gallinas.
– Carlos, ya sabes que Corsi me tiene prohibido hablar de muertes. Trae mala suerte eso. Mari Pepa murió y debes creerlo. Si viviese yo te lo diría… Ahora marchaos -batió palmas para espabilarlos y, como no se movían suspiró-. Anda, anda… Os prometo que otro día os contaré una cosa que estuve pensando esta mañana. Una historia espeluznante de cómo en esta misma finca hubo un hombre terrible escondido en la torre. Ya veréis qué historia… ¿Por qué tanta risa? Bueno, así me gusta.
Sus risas les volvían niños otra vez. Las risas de Carlos, las de Anita y las del mismo Martín. Le parecía a Martín que tenía los mismos recuerdos que sus amigos. Se preguntó si Carlos y Anita habrían llegado a conocer alguna vez, de verdad, a aquella Peggy, la mujer primera de su padre, que por alguna misteriosa razón siempre mandaba dinero. «Sí no llega el dinero de Peggy…» «Cuando llegó el dinero de Peggy…» «Peggy nos dio dinero…» Martín había oído hablar de Peggy centenares de veces en aquellos tres veranos. Peggy en los relatos de Frufrú aparecía lo mismo montando a caballo que conduciendo un automóvil. En Estados Unidos, en Venezuela, en Argentina -países a un tiempo tan desconocidos y tan fáciles de imaginar en escenas de películas-, Peggy también en la finca del inglés, allí al lado de ellos, en cualquier conversación. ¿Cómo entenderían estas historias Eugenio y Adela si él, Martín, se las explicase? No las entenderían de ninguna manera. Y al señor Corsi ¿lo entenderían si él les contara que de niño había conocido en un circo a Frufrú y de mayor había partido a Frufrú en varios pedazos a la vista del público en un escenario? Todo le parecía a Martín que lo había visto él con sus propios ojos. Y aquel mar casi del polo con trozos de hielo, en Tierra de Fuego. Todo. Aquellos paisajes, aquellas vidas, aquellas personas eran también la vida del verano, como las lagartijas y los lagartos y las chicharras y los grillos y la calina brillante que comía los colores del día y convertía en humo los gestos.
Martín se olvidó de su importancia. De su latín, de su pintura. Se volvió a olvidar de él mismo y hasta de la extraña turbación que le producía Benigna.
El domingo Anita se empeñó en ir a las dos sesiones de cine que este año había en Beniteca los días de fiesta. A la primera sesión acudieron los tres amigos bajo el sol de la carretera, calzados con alpargatas, y se mezclaron a la larga cola formada delante de la taquilla por lo que llamaba Anita en broma «gentecillas de tres al cuarto como nosotros».
Una vez dentro del local, un olor a desinfectante barato y a botas de soldado se metía en la nariz. Se oía un rumor como de caldera hirviente debajo del techo agujereado por el que se filtraban rayos de sol. Escucharon de pie los himnos patrióticos y vieron luego una vieja película del Oeste, muy cortada y jaleada por silbidos, pateos y aplausos del público. No se vio un solo beso en esta película, pero cuando llegaban los momentos en que el público imaginaba que iba a producirse el corte salvador para ocultar ese instante terrible del beso, un gran rugido, silbidos y hasta llantos de niño se producían en la sala, coreados entusiásticamente por los Corsi y por Martín. Anita y Carlos llegaron hasta llorar de risa, y Martín tuvo una imagen fugaz de Anita, fea y despeinada, con la nariz roja por el sol, olvidando por completo sus coqueterías.
Volvieron a la finca del inglés siempre bajo el sol de justicia de aquel día canicular, y Martín pasó aviso a su casa de que no cenaría allí y de que iría al cine otra vez, con los Corsi.
Anita se vistió con un traje blanco aquella noche y se puso unos tacones altos de aquellos corridos, según la moda del momento. Frufrú se vistió con su blusa verde brillante y un asombroso boa de plumas rojas colgándole de los hombros como si fuera un chal. Anita y Frufrú olían al mismo perfume cuando subieron a la tartana que fue a buscarlos hasta la misma explanada de la finca del inglés. Era un perfume como a maderas orientales, muy propio de Frufrú, pero no de Anita, según pensó Martín.
Perico, el tartanero, que según dijo tenía mucho quehacer, vino a buscarles muy pronto y Anita le pidió que les dejase a todos en el café del casino para esperar allí la sesión de la noche.
– Ñiña -gritó Frufrú, asustada-, ese café es para los socios.
– No digas disparates, preciosa.
La cara morena de Anita y sus desnudos y delgados brazos destacaban mucho en el blanco de su vestido. Se movía con soltura sobre sus altos zapatos entre las mesas del café y eligió la que le pareció mejor situada sin hacer caso de las miradas de algunos hombres que jugaban a las cartas y dejaban el juego para mirarlos. Carlos corrió una silla para Frufrú mientras ésta, como un pequeño papagayo asustado, revolvía sus ojitos de un lado a otro. Martín quiso ayudar a Anita a su vez, galantemente, y recibió un pellizco en la mano que apartaba la silla para la muchacha y una mirada brillante y burlona.
En cuanto llegó el camarero, Martín comprendió en seguida cuánto respeto inspiraba la voz y el gesto exigente de Anita. El mismo camarero que les había despedido la noche de San Juan les atendió ahora, sin atreverse siquiera a echar una ojeada a Frufrú, ni a sus collares, ni a su cresta de cabellos teñidos. Y hasta saludó a Martín a quien esta vez quiso reconocer.
La sesión de cine de la noche estaba concurrida por el público más elegante del pueblo. Entre tanta elegancia Frufrú se sentía muy excitada y ponía silencio a los comentarios cáusticos de Anita sobre la gente que les rodeaba y les miraba. La película era tan vieja como la de la otra sesión aunque no del Oeste americano. Cuando llegaron los momentos tiernos en que se prevén los besos, la mano del operador apareció en la pantalla tapando todo, y entonces el mismo rugido de la sesión de la tarde se levantó en el cine. Y silbidos. Carlos volvió a meter los dedos en la boca para silbar. Martín no lo hizo entonces porque sabía que su padre y Adela estaban en el cine. Anita reía y pateaba, y Frufrú se tapaba los oídos, compungida.
En la noche del lunes salieron los tres a la playa. Aunque la luna no estaba en su plenitud aún, su claridad hacía relucir la arena. A Martín le entró un extraño miedo de aquella luna, pero rechazó la sensación y siguió a Carlos y Anita que corrían como locos por la orilla del agua y se perseguían. Terminaron los tres jadeantes tirados sobre la arena seca de las dunas. Anita, al tranquilizarse, se fue quedando pensativa.
– Quisiera que tuviésemos todos treinta años -dijo de pronto-. Quisiera que corriese el tiempo y que viviésemos de verdad.
– Estamos viviendo de verdad -dijo Carlos.
Martín empezó a notar la vida en todo su cuerpo. Palpó la musculatura de sus brazos magros. Bajo sus dedos notó en la cara la aspereza del vello de su barba.
– Tengo ganas de que seáis hombres vosotros y de ser yo una mujer de verdad.
– Para eso no hace falta tener treinta años.
– Oswaldo tiene treinta años y se nota mucho su experiencia. Yo le envidio. No es que me crea idiota, pero a su lado algunas veces me encuentro tonta… Quizá me case con Oswaldo. No lo sé. Él ha pedido su divorcio.
Carlos se sentó en la arena. Cogió a su hermana por los hombros, sacudiéndola.
– ¿Con un hombre como ése vas a casarte tú? ¿Tú?
– Oswaldo es muy rico y muy inteligente.
– ¿Piensas dejar a la familia porque ese gordo sea rico?
Martín escuchó las carcajadas de Anita y le pareció que en ellas sonaba una nota falsa.
– Oswaldo vendrá con nosotros, tonto mío. Ésa será la única diferencia. Martín también vendrá con nosotros, ¿verdad Martin? ¿Verdad que cuando se conoce a nuestra familia no se la deja nunca?
Martín sintió una extraña opresión al respirar. Necesitó de pronto ponerse en pie y dijo:
– Mi padre ha pedido traslado. Posiblemente no volveré a Beniteca el verano que viene.
Le costó mucho decirlo, pero los otros no le oyeron. Carlos y Anita peleaban ahora. Anita acabó jurando, entre risas, que no se casaría con nadie y le hizo jurar a Carlos que él tampoco se casaría.
– Yo creo que deberíamos bañarnos -dijo Anita al fin, abanicándose la cara.
– Sí -dijo Carlos-. Será un baño magnífico con esta luna.
Martín lanzó un gran grito, un grito de tarzán de los monos, y echó a correr detrás de Anita cuando -un rato más tarde- iban hacia el agua. No tenía ya miedo a la luna, no estaba turbado por ningún recuerdo ni por ningún presentimiento. Si Anita era capaz de recordar -pensaba en Oswaldo, al fin y al cabo-, él se sintió de pronto tan olvidadizo como un mono. Exactamente igual que lo que él creía que eran los Corsi. Un mono, un ser elemental, vivo en la noche, feliz y a un tiempo torpe e inocente. Corría detrás de Anita, y Carlos corría ahora detrás de él. No había complicaciones en el mundo. La tierra, ese planeta, giraba lentamente bañando de sol y de luna y de negrura, alternativamente, las distintas partes de su vientre. Desde los espacios nadie podría suponer la efervescencia de aquellos momentos, ni las muertes que estaban ocurriendo, ni las vidas que llegaban nuevas, ni las floraciones periódicas, ni las nieves y hielos. Ni las injusticias ni los odios, ni los simples amores de las criaturas humanas. Ni la sencilla felicidad de sentirse vivos que tenían aquellos tres muchachos. Nadie más que el ojo de Dios podría traspasar todo este vasto panorama aquella noche.
Martín y sus amigos fueron sólo unas risas, un chapoteo en el agua templada. Tres sensaciones de vida, con el círculo brillante del verano -brillante de día, brillante de noche- envolviéndoles.