38663.fb2
Aquella luna llena fue peligrosa, como había presentido Martín. Hubo muchos desvelos en los días de aquella luna.
Una de aquellas noches Adela se revolvió inquieta en su cama. El llanto de la niña pequeña y la sensación del calor llegaron hasta su cerebro adormilado. Adela tenía mucho sueño y aquel llanto le atravesaba los oídos junto a los ronquidos de Eugenio. Los ronquidos de Eugenio iban subiendo gradualmente hasta alcanzar las proporciones de un rugido; en este punto se detuvieron y el silencio resultó pavoroso. Hasta la niña quedó callada unos momentos. Eugenio movió su cuerpo lanzándolo hacia un lado de la cama, murmuró unas palabras y luego su respiración volvió a ser profunda, acompasada, próxima al ronquido nuevamente.
La niña reanudó su protesta con más fuerza que antes, y Adela, exasperada, abrió los ojos. El cuarto estaba semioscuro con la cortina corrida sobre la ventana entreabierta. Zumbaba un mosquito en el espesor del aire. Tanteando, Adela encontró en la cuna el chupete de la pequeña y lo introdujo en la boquita que inmediatamente empezó a succionar.
Adela tenía la sensación de que acababa de acostarse y su necesidad de dormir era intensa, pero se había espabilado. Oía los chupeteos de la pequeña, que no había querido tomar el biberón a su hora y tenía hambre. Oía aquel zumbar de mosquitos. Recordó que sus niñas llevaban a veces huellas de las picaduras de esos insectos en la cara y recordó inmediatamente que jamás había visto esas señales en la cara cetrina de Martín. Cuando aparecía la imagen de Martín en el cerebro de Adela -y aparecía continuamente-, era como si cayese una gota en un charco de ideas oscuras y venenosas. Una serie de círculos se movían allí. Adela se mordió los labios y se llevó las manos a la cabeza. La niña volvió a llorar y Eugenio, sin acabar de despertarse le llamó la atención sobre ella.
Adela se sentó en la cama. Sus sobacos estaban húmedos y sus cabellos pegados a la nuca por el sudor. Era el sudor de la noche de verano encerrada entre cuatro paredes, mientras aquella luna grande trataba de meterse por detrás de la cortina oscura.
– Ea, niña, ea, ea.
Metió los pies en las zapatillas. La ligera claridad que se filtraba a través de la cortina resultaba suficiente para guiarse. Adela tomó a su hija en brazos y salió con ella del cuarto sin encender la luz.
– Ea, pequeña, ea -dijo en el pasillo y en el comedor, donde la luna, detrás de los cristales, permitía moverse entre los muebles sin cuidado-. ¿Te duele la boquita? ¿Qué te duele a ti?
Los dientes de Martín eran fuertes y sanos como los de Eugenio. Adela tenía una muela careada que se tocaba con la punta de la lengua y la niña sufría por la dentición.
Abrió la puerta de la alcoba de la criada. Un vaho espeso le dio en la cara. Ramona se removió en su cama y encendió una luz. Adela pudo verla vestida con sus enaguas y con la trenza colgándole a la espalda. En la misma cama, junto a la pared, Adelita dormía enrojecida por el sofoco. Adela tendió la niña más pequeña a la mujer, que empezó a acunarla mientras ella se dirigía a la cocina para preparar el biberón.
La ventana de la cocina estaba abierta y en el primer momento fue un alivio entrar allí. La reacción inmediata sin embargo, fue de enfado por el descuido de Ramona, porque Adela vivía aterrorizada por supuestos ladrones que podían introducirse en el domicilio. La luna era tan clara que la cocina parecía llena de luz. Adela se acercó a la ventana para cerrarla, pero se detuvo asustada. Alguien cuchicheaba junto a la caseta del perro. Adela hubiera podido jurarlo.
El miedo le erizó la piel durante un instante, pero la curiosidad pudo más en ella y avanzó sin ruido pegada a la sombra de la pared. Asomó un filo de su cara por la ventana y retrocedió en seguida.
Acababa de verlo. Carlos, el chico de la casa de al lado, estaba allá abajo acariciando al perro. Creyó en una alucinación porque aquella imagen se presentaba con la irrealidad de algunos sueños. Pero era cierto. Carlos Corsi, el amigo de Martín, de quien don Clemente había sospechado siempre malas inclinaciones, rondaba la casa a aquellas horas. Escuchó sus pasos ahora acercándose a la ventana de la cocina.
Parecía increíble, pero allí estaba Carlos Corsi moviéndose como un ladrón en el jardín de Adela. Estuvo a punto de gritar llamando a Eugenio. Una especie de instinto la contuvo. Esperó, porque Carlos se agarraba ahora al palo de la luz y empezaba a trepar por él, camino de la azotea. Adela necesitó unos cuantos segundos para alcanzar la comprensión de aquello que en el fondo de su mente, aun sin creerlo, estaba admitiendo ya. En su casa y delante de sus narices estaba ocurriendo algo que si se enteraba Eugenio de ello podía librarla de Martín para siempre. Increíble, pero no tan increíble recordando las palabras de doña María sobre Carlos Corsi. Doña María aseguraba que su marido le llamaba efebo, y eso en cristiano quería decir algo muy feo. Doña María le había advertido -con gran cólera de Eugenio- que si Martín seguía la amistad íntima con el guapo muchacho, pronto le llamarían efebo también. Doña María le había contado que Pepe, su hijo, antes se dejaría cortar una mano que ser amigo del chico de la casa del inglés. Y Eugenio se había enfadado cuando ella le repitió estas palabras. Y ella, ingenua, en el fondo tampoco había encontrado más razón para ellas que su propio deseo de que pudiesen ser ciertas.
Pero era cierto. Lo que había visto era cierto. Carlos había subido a la azotea donde dormía Martín.
De puntillas retrocedió Adela. Salió de la cocina y abrió nuevamente el cuarto de la criada.
– Ramona -cuchicheó ahogándose-, Ramona…
Ramona, envuelta en el halo amarillo de luz eléctrica, la miró desde el fondo de sus ojos salvajes. Apreció aquel temblor de su señora, la palidez de los labios de Adela, el brillo de sus grandes ojos de párpados hinchados. Ramona comprendió que algo muy interesante sucedía, algo que se le iba a confiar inmediatamente, que venía hacia ella mientras la cara de Adela se acercaba a su cara y la boca reseca de Adela a su oído.
Adela cuchicheó largamente con Ramona sin hacer caso del llanto de la niña pequeña y del espanto de Adelita, que acababa de despertarse y veía en la pared la sombra de su madre y la sombra de la criada, enormes las dos, unidas las dos en el cuchicheo. Eugenio roncaba con el pijama empapado de sudor sobre el fuerte pecho velludo. Roncaba y soñaba con las maniobras últimas sin sospechar el despertar próximo, con dos mujeres sacudiéndole y metiéndole en los oídos palabras que le iban a hacer buscar la pistola -escondida cuidadosamente por Adela- y que le iban a hacer tanto daño -aún no despierto del todo, envuelto en una cólera de sonámbulo- que este daño sería para él algo de lo que nunca podría reponerse. Algo que marcaría su vida con una enfermedad que dos años más tarde a pesar de su aspecto de oso fuerte, le haría morir.
Mientras sucedía todo esto con la gran luna derramándose fuera de la casa, Martín notaba una paz profunda en todo su cuerpo y se dormía.
Era la tercera noche de luna grande y las dos anteriores había velado Martín por diferentes motivos. La primera vela, angustiosa y solitaria, fue la que terminó con el sueño pesado sobre los baldosines de su cuarto. La segunda no la había podido presentir cuando se acostó y cuando Carlos trepó hasta la azotea, en la madrugada, lo encontró dormido.
Carlos se había cansado de vagar por los pedregales. Había dejado a Oswaldo y Anita en el balancín, frente a la casa, vigilados por Frufrú, que se encargaba de cambiar los discos del gramófono. Les dijo a todos:
– Dejadme si queréis la llave junto a la ventana. No pienso volver hasta que sea de día.
– Ñiño -dijo Frufrú-, no seas tonto.
– Déjale, Frufrú. Ayer le vieron ir al pueblo y volverse luego. Aún no me había acostado yo cuando volvió.
Carlos hubiese estrangulado a su hermana en aquel momento. A su hermana y a Oswaldo. Al mundo entero. Ni siquiera había logrado engañar a Martín con su paseo de la noche anterior. Cuando Martín le preguntó, emocionado, cómo era aquella casa y cómo eran las mujeres, él sólo supo encogerse de hombros y vio en los ojos de Martín que éste no se dejaba engañar, que había comprendido su cobardía.
No pensaba ir a la casa de mujeres aquella noche, pero estaba decidido a no volver a la finca hasta por la mañana. Estaba decidido a engañar a Anita y a preocuparla. Llegaría silbando y dando patadas a las puertas y tenía bien pensado equivocarse de cuarto abriendo bruscamente la puerta de su hermana y pidiéndole perdón para que se diese cuenta de la hora de su llegada.
En todo esto estuvo pensando por la carretera y por la playa luego, y más tarde en los pedregales. Cuando el cansancio empezó a rendirle se acordó de aquella alcoba de Martín tan solitaria y asequible en la azotea. Inmediatamente se dirigió a casa de su amigo dando la vuelta hasta la verja trasera. Calmó al perro que ladraba, llamándole y acariciándole. El perro le conocía bien. Muchas veces, en compañía de Martín, le había sacado de paseo.
La casa estaba en silencio y a oscuras. Lo más difícil era saltar la verja puntiaguda, pero Carlos no se arredraba por tan poca cosa y, después de saltar la verja, volvió a acariciar al perro y subió fácilmente por el poste de la luz a la azotea.
Martín, largo y estrecho, dormía boca abajo en su cama sin más ropas que sus calzoncillos. Así lo vio Carlos y pensó que seguramente soñaba, el condenado de su amigo, con aquel pecho hermoso de mujer terminado en un pez horrible que tanto se complacía en describir.
Carlos bostezó ruidosamente, pero Martín no despertó. Se desvistió, quedando desnudo por completo. Colocó las ropas al alcance de su mano sobre uno de los baúles y se tendió junto al cuerpo de su amigo. Un segundo después deliberadamente, le empujó a un lado y Martín abrió los ojos con tanto asombro que le puso la mano en la boca para que no gritase.
Martín vio a Carlos entre aquella gran luna coloreada en parte por los cristales de los ventanillos, y en parte llegando en oleadas blancas desde la puerta abierta de par en par. Vio la sonrisa de su amigo y tuvo la sensación del fuerte cuerpo de Carlos junto al suyo. Los latidos de su propio corazón le golpearon en los oídos.
No necesitó mucho tiempo para comprender las reacciones de Carlos. Casi no necesitó palabras que el otro le volcó al oído, aunque eran pocas para explicar aquel hecho asombroso de encontrarlo en su cama. Pocas y
todo, casi sobraban para la comprensión agudizada de Martín.
– Llámame cuando amanezca.
Fue una de aquellas órdenes típicas de los Corsi. En esa orden se encerraba una confianza absoluta en el amigo. La confianza de Carlos en ser obedecido, guardado y ayudado en todo por Martín.
– ¿No tienes miedo de que me eche atrás como ayer? Ayer me arrepentí de no haber ido contigo. Alguna vez tiene que ser la primera vez.
Carlos bostezó, empujando un poco más a Martín hacia el borde de la cama. Luego cerró los ojos respirando profundamente, como quitándose todo cansancio y toda preocupación de encima, y mientras Martín se sentía espabilado por los nervios, él se durmió.
Unos minutos más tarde, cuando Martín notó que el cuello y los brazos le hormigueaban por el esfuerzo de no moverse, se deslizó fuera de la cama con precauciones enormes. Estuvo mirando un instante a su amigo dormido y le cubrió con la sábana hasta la cintura.
Se sentó en el suelo del cuarto, junto a la puerta, como un centinela y empezaron para él las horas de guardia sin relevo bajo la luna.
Fue tan distinto este insomnio al de la noche anterior como puede ser distinta una noche sin sueño a otra noche sin sueño. Fueron unas horas muy duras aquellas que pasó Martín velando a Carlos. Cabeceaba a veces, despertando en seguida con el espanto de que se le pasase el momento de avisar al durmiente para que llegase sin peligro hasta la finca del inglés. Fueron para Martín unas horas de esas aparentemente perdidas en que, sin embargo, se recogen todas las sensaciones de la noche y casi el rodar de los mundos sobre la pequeña vida humana. Una de las veces, después del sobresalto de una cabezada, se encontró Martín con que los pájaros empezaban a piar en el bosque de al lado. El color de la luna, reflejado en el cielo, se había vuelto como de oro viejo y el día estaba a punto de salir del mar. Se levantó entumecido y sacudió a Carlos. La huida se realizó felizmente aquella vez.
Durante el día no se dijeron nada. Martín estaba ojeroso y bostezante, pero nadie se fijó en estas circunstancias. Martín, en cambio, comprendió, por la actitud de Anita, que la estratagema de Carlos había tenido éxito. Anita casi no se ocupó de Oswaldo aquel día, en su afán de atender a Carlos y por la tarde hizo que Oswaldo invitase a los chicos llevándolos con ella en el coche hasta una venta, a varios kilómetros de Beniteca, donde tomaron vino bajo un emparrado.
En aquel ventorrillo, bajo aquel emparrado estuvieron solos los cuatro aquella tarde. Una niñita morena, con trenzas gruesas, jugaba en un rincón del patio con una piedra disfrazada de muñeca y ellos cuatro estaban junto a una mesa de tablas.
Muchas avispas zumbaban alrededor.
Martín volvió a fumar con gusto por segunda vez en su vida el cigarrillo que le ofreció el poeta. Anita había acercado su asiento al de su hermano. A cada momento le echaba el brazo por el cuello, le sonreía, metía sus dedos entre el cabello largo, de color rubio oscuro, del hermano y hasta una vez le habló al oído, sin pizca de consideración a Martín y a Oswaldo. Y Carlos se echó a reír lanzando una rápida mirada de triunfo a Martín. Una mirada que Martín recogió, apartando los ojos en seguida.
El poeta se esforzaba por comenzar conversaciones. Se le veía aburrido y molesto. A veces miraba su reloj. Trató de decir alguna ironía sobre los niños y las niñeras y Anita frunció el ceño.
Martín reconoció que Anita estaba guapa aquella tarde. Anita no era guapa, como otras mujeres, de manera constante. Ni era fea constantemente tampoco. Aquella tarde estaba guapa, como casi siempre que se vestía de blanco. Sus ojos tenían una fuerza y una luminosidad que se metía en el espíritu. Cuando frunció el ceño mirando al poeta, hasta Martín se impresionó. Y tuvo ganas de subir el cabello de Anita sobre la cabeza de la muchacha para verla como en la playa, sin melena. Un deseo estúpido.
– Mañana, Oswaldo, quiero que nos lleves de excursión a todos. A Carlos, naturalmente, y a Titi y a Frufrú. Martín también puede venir. Cabemos todos. Saldremos tempranito y comeremos junto a la playa de las cabras.
– Estos niños se van a aburrir, linda. Y yo estoy cansado. Piensa que me marcharé pronto…
También había una amenaza en la voz suave del poeta. Martín y Carlos miraron hacia aquel hombre al mismo tiempo. Anita también le miró. Dejó a su hermano y dando la vuelta a la mesa se colocó detrás de Oswaldo acariciándole la cabeza con coquetería e infantilidad al mismo tiempo.
– Tú no te vas a marchar aún, ¿verdad, poeta mío?
Carlos volvió a mirar a Martín y Martin volvió a comprender su mensaje. Estaban empeñados los dos -también Martín- en una lucha contra el poeta. Una avispa cayó en el vaso de vino de Martín y el muchacho vio con indiferencia y atención a la vez, la agonía de la avispa al ahogarse.
Frufrú le dijo a Martín, por la noche, que había mandado poner un telegrama a Corsi.
– Guárdame el secreto, pescador, pero estoy preocupada con estos ñiños y sobre todo estoy preocupada con Corsi. Como esa demoña de Anita siga con su sistema de enciende fuegos y apaga fuegos, Corsi va a perder la amistad del poeta y es una amistad que Corsi necesita mucho. El poeta le ha prestado dinero. Yo lo sé… Y Carlos… Tú no habrás acompañado a Carlos al pueblo, ¿verdad, pescador?
Martín, sonriente, negó con la cabeza. Frufrú insistió con sus ojillos brillantes clavados en los ojos de Martín.
– ¿No te ha propuesto que le acompañes esta noche? Tienes que decir la verdad a la vieja Frufrú.
Martin volvió a negar.
– Le juro que no me ha dicho nada.
– Bah, bah -Frufrú suspiró-. No jures. No vale la pena. Bah…
Carlos no le dijo nada, pero Martín supo que iría a la azotea, otra vez, aquella noche. Y lo esperó.
Estuvo esperándole mucho tiempo, unas veces echado en la cama y otras paseando. Cuando al fin se dio cuenta de que Carlos estaba en el jardín, cuando notó el temblor del palo por el que su amigo trepaba y sobre todo cuando lo vio aparecer sano y salvo, le entró una tranquilidad enorme.
Con la tranquilidad le vino a Martín un cansancio de plomo. Se echaron los dos chicos juntos, en la cama, aunque Martín murmuró que sólo descansaría un momento y los dos se durmieron.
No le despertó a Martín ni el llanto de las niñas en el piso de abajo, ni los pasos, ni el tropezar contra muebles. Despertó con la sombra de Eugenio y de las dos mujeres encima de su cama.
Carlos despertó también. Más rápido de reflejos que su amigo dio un salto instantáneamente y agarró, al pasar, sus ropas. Cuando Adela y Ramona chillaron ya había pasado Carlos entre ellas, desnudo como Adán y con las ropas en la mano corriendo hacia el palo de la luz en su huida.
Martín no pudo verlo. Sólo tuvo conciencia, durante un segundo, de su despertar. Ni siquiera notó el dolor del primer puñetazo que Eugenio descargó en su cabeza. Sólo un crujido como si se le partieran dentro del cráneo miles de bombillas iluminadas y luego una oscuridad total. Poco a poco volvió el dolor y el ahogo y un gemido que al pronto no reconoció como suyo, sino que le pareció el gemido de las paredes que le rodeaban. Y al fin, el pensamiento.