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"La regularidad ordinaria de las mareas lunares y la abundancia de mareas meteorológicas aseguran un servicio casi constante de fuerza motriz. Los arrecifes son un vasto sistema de murallas contra invasores; un hombre los conoce; es nuestro capitán, McGregor; he cuidado que no vuelva a arriesgarse en estos peligros. La clara, no deslumbrante luminosidad, permite esperar una merma verdaderamente exigua en la captación de imágenes.
"Les confieso que, una vez descubiertas estas generosas virtudes, no dudé en invertir mi fortuna en la compra de la isla y en la construcción del museo, de la iglesia, de la pileta. Alquilé ese barco de carga que ustedes llaman el yacht, para que nuestra venida fuera más agradable.
"La palabra museo, que uso para designar esta casa, es una sobrevivencia del tiempo en que trabajaba los proyectos de mi invento, sin conocimiento de su alcance. Entonces pensaba erigir grandes álbumes o museos, familiares y públicos, de estas imágenes.
"Ha llegado el momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro paraíso privado. He tomado algunas precauciones -físicas, morales- para su defensa: creo que lo protegerán. Aquí estaremos eternamente -aunque mañana nos vayamos- repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendrá siempre sus atributos."
Siempre sobre la duración de nuestra inmortalidad sus máquinas, simples y de materiales escogidos son más incorruptibles que el Metro, que está en París (N de Morel).
Aparecen de vez en cuando. Ayer he visto a Haynes en los bordes; hace dos días a Stoever, a Irene; hoy a Dora y a otras mujeres. Me impacientan la vida; si quiero ordenarla, debo alejar de mi atención estas imágenes.
Destruirlas, destruir los aparatos que las proyectan (sin duda están en el sótano) o romper el rodillo, son mis tentaciones favoritas; me contengo, no quiero ocuparme de los compañeros de isla porque me parece que no les falta materia para convertirse en obsesiones.
Sin embargo no creo que este peligro me amenace. Estoy demasiado ocupado en sobrevivir al agua, al hambre, a las comidas.
Ahora busco la manera de instalar una cama permanente; no la encontraré si me quedo en los bajos; los árboles están podridos; no pueden sostenerme. Pero estoy resuelto a cambiar de situación: cuando hay grandes mareas no duermo y los demás días las inundaciones menores irrumpen mi sueño, siempre a distinta hora. No me acostumbro a este baño. Tardo en dormirme, pensando en el momento en que el agua, barrosa y tibia, va a taparme la cara y producirme un ahogo momentáneo. Quiero que la creciente no me sorprenda, pero la fatiga me vence y ya está el agua, en silencio, como una vaselina de bronce, forzándome las vías respiratorias. El resultado es una fatiga dolorosa, una inclinación a irritarme y abatirme ante cualquier dificultad.
Estuve leyendo los papeles amarillos. Encuentro que distinguir por las ausencias -espacia-les o temporales- los medios de superarlas, lleva a confusiones. Habría que decir, tal vez: Medios de alcance y medios de alcance y retención. La radiotelefonía, la televisión, el teléfono, son, exclusivamente, de alcance; el cinematógrafo, la fotografía, el fonógrafo -verdaderos archivos- son de alcance y retención.
Todos los aparatos de contrarrestar ausencias son, pues, medios de alcance (antes de tener la fotografía o el disco hay que tomarla, grabarlo).
Asimismo, no es imposible que toda ausencia sea, definitivamente, espacial… En una parte o en otra estarán, sin duda, la imagen, el contacto, la voz, de los que ya no viven (nada se pierde…).
Queda insinuada la esperanza que estudio y por la que he de ir al sótano del museo, a mirar las máquinas.
Pensé de los que ya no viven: alguna vez pescadores de ondas los congregarán, de nuevo, en el mundo. Tuve ilusiones de alcanzar algo yo mismo. Tal vez, de inventar un sistema para recomponer las presencias de los muertos. Quizá pudiera ser el aparato de Morel con un dispositivo que le impidiera captar las ondas de los emisores vivientes (de mayor relieve, sin duda).
La inmortalidad podrá germinar en todas las almas, en las descompuestas y en las actuales. Pero ¡ay!, los más recientes muertos nos asomarán a tanto bosque de remanencias como los más antiguos. Para formar un solo hombre ya disgregado, con todos sus elementos y sin dejar entrar ninguno extraño, habrá que tener el paciente deseo de Isis, cuando reconstruyó a Osiris.
La conservación indefinida de las almas en funcionamiento está asegurada. O mejor dicho: estará completamente asegurada el día que los hombres entiendan que para defender su lugar en la tierra les conviene predicar y practicar el malthusianismo.
Es lamentable que Morel haya escondido en esta isla su invento. Tal vez me equivoque; tal vez More[sea un personaje famoso. Si no, como premio por comunicar el invento, yo podría alcanzar el indebido indulto de mis perseguidores. Pero si Morel no lo comunicó, lo habrá hecho alguno de sus amigos. Con todo, es extraño que no se hablara de esto cuando salí de Caracas.
Me he sobrepuesto a la repulsión nerviosa que sentía por las imágenes. No me preocupan. Vivo confortablemente en el museo, libre de las crecidas. Duermo bien, estoy descansado y tengo, nuevamente, la serenidad que me permitió burlar a los perseguidores, llegar a esta isla. Es verdad que el roce de las imágenes me produce un ligero malestar (sobre todo, si estoy distraído); esto pasará también, y ya el hecho de poder distraerme supone que vivo con cierta naturalidad.
Estoy acostumbrándome a ver a Faustine, sin emoción, como a un simple objeto. Por curiosidad, la sigo desde hace unos veinte días. Tuve pocas dificultades, a pesar de que abrir las puertas -aun las cerradas sin llave- es imposible (porque si estaban cerradas cuando se grabó la escena, tienen que estarlo cuando se proyecta). Tal vez pudiera forzarlas, pero temo que una rotura parcial descomponga todo el aparato (no lo creo probable).
Faustine, al retirarse a su cuarto, cierra la puerta. En una sola ocasión no me será posible entrar sin tocarla: cuando la acompañan Dora y Alec. Después estos dos salen rápidamente. Esa noche, en la primera semana, quedé en el pasillo, frente a la puerta cerrada y al ojo de la llave, que mostraba un sector vacío. En la otra semana quise ver desde afuera y caminé por la cornisa, con gran peligro, lastimándome las manos y las rodillas contra la aspereza de la piedras, que abrazaba asustado (hay como cinco metros de altura). Las cortinas me impidieron ver.
En la próxima ocasión venceré el temor que me queda y entraré en el cuarto con Faustine, Dora y Alec.
Paso las otras noches a lo largo de la cama de Faustine, en el suelo, sobre una estera, y me conmuevo mirándola descansar tan ajena de la costumbre de dormir juntos que vamos teniendo.
Un hombre solitario no puede hacer máquinas ni fijar visiones, salvo en la forma trunca de escribirlas o dibujarlas, para otros, más afortunados.
Para mí ha de ser imposible descubrir algo mirando las máquinas: herméticas, funcionarán obedeciendo a las intenciones de Morel. Mañana lo sabré con certeza. Hoy no he podido ir al sótano; he pasado la tarde juntando alimentos.
Sería pérfido suponer -si un día llegaran a faltar las imágenes que yo las he destruido. Al contrario: mi propósito es salvarlas, con este informe. Las amenazan invasiones del mar e invasiones de las hordas propagadas por el crecimiento de la población. Duele pensar que mi ignorancia, preservada por toda la biblioteca -sin un libro que pueda servir para trabajos científicos- quizá también las amenace.
No abundaré sobre los peligros que acechan a esta isla, a la tierra y a los hombres, en el olvido de las profecías de Malthus; en cuanto al mar, hay que decir: en cada una de las grandes mareas he temido el naufragio total de la isla; en un café de pescadores, de Rabaul, oí que las islas Ellice o de las lagunas son inestables, unas desaparecen y otras emergen. (¿Estoy en ese archipiélago? El siciliano y Ombrellieri son mis autoridades.)
Asombra que el invento haya engañado al inventor. Yo también creí que las imágenes vivían; pero nuestra situación no era la misma: Morel había imaginado todo; había presenciado y había conducido el desarrollo de su obra; yo la enfrenté concluida, funcionando.
Esta ceguera del inventor con respecto al invento nos admira, y nos recomienda la circunspección en los juicios… Tal vez yo esté generalizando sobre los abismos de un hombre, moralizando con una peculiaridad de Morel.
Aplaudo la orientación que dio, sin duda inconscientemente, a sus tanteos de perpetuación del hombre: se ha limitado a conservar las sensaciones; y, aun equivocándose, predijo la verdad: el hombre surgirá solo. En todo esto hay que ver el triunfo de mi viejo axioma. No debe intentarse retener vivo todo el cuerpo.
Razones lógicas nos autorizan a desechar las esperanzas de Morel. Las imágenes no viven. Sin embargo, me parece que teniendo este aparato, conviene inventar otro, que permita averiguar si las imágenes sienten y piensan (o, por lo menos, si tienen los pensamientos y las sensaciones que pasaron por los originales durante la exposición; es claro que la relación de sus conciencias [?] con estos pensamientos y sensaciones no podrá averiguarse). El aparato, muy parecido al actual, estará dirigido a los pensamientos y sensaciones del emisor; a cualquier distancia de Faustine, podremos tener sus pensamientos y sensaciones, visuales, auditivas, táctiles, olfativas, gustativas.
Y algún día habrá un aparato más completo. Lo pensado y lo sentido en la vida -o en los ratos de exposición- será como un alfabeto, con el cual la imagen seguirá comprendiendo todo (como nosotros, con las letras de un alfabeto podemos entender y componer todas las palabras). La vida será, pues, un depósito de la muerte. Pero aun entonces la imagen no estará viva; objetos esencialmente nuevos no existirán para ella. Conocerá todo lo que ha sentido o pensado, o las combinaciones ulteriores de lo que ha sentido o pensado.
El hecho de que no podamos comprender nada fuera del tiempo y del espacio, tal vez esté sugiriendo que nuestra vida no sea apreciablemente distinta de la sobrevivencia a obtenerse con este aparato.
Cuando intelectos menos bastos que el de Morel se ocupen del invento, el hombre elegirá un sitio apartado, agradable, se reunirá con las personas que más quiera y perdurará en un íntimo paraíso. Un mismo jardín, si las escenas a perdurar se toman en distintos momentos, alojará innumerables paraísos, cuyas sociedades, ignorándose entre sí, funcionarán simultáneamente, sin colisiones, casi por los mismos lugares. Serán, por desgracia, paraísos vulnerables, porque las imágenes no podrán ver a los hombres, y los hombres, si no escuchan a Malthus, necesitarán algún día la tierra del más exiguo paraíso y destruirán a sus indefensos ocupantes o los recluirán en la posibilidad inútil de sus máquinas desconectadas. *
Durante diecisiete días vigilé. Ni un enamorado habría descubierto motivos para sospechar de Morel y de Faustine.
No creo que Morel aludiera a ella en el discurso (aunque fue la única en no celebrarlo con risas). Pero admitiendo que Morel esté enamorado de Faustine, ¿cómo puede afirmarse que Faustine esté enamorada?
Si queremos desconfiar, nunca faltará la ocasión. Una tarde pasean del brazo, entre las palmeras y el museo. ¿Hay algo extraño en esta caminata de amigos?
Por mi propósito de cumplir con el ostinato rigore de la divisa, la vigilancia alcanzó una amplitud que me honra; no tuve en cuenta la comodidad ni el decoro: el control fue tan severo debajo de las mesas como en la altura en que se mueven habitualmente las miradas.
En el comedor, una noche, otra en el hall, las piernas se tocan. Si admito la malicia, ¿por qué desecho la distracción, la casualidad?
Repito: no hay prueba definitiva de que Faustine sienta amor por Morel. Tal vez el origen de las sospechas esté en mi egoísmo. Quiero a Faustine: Faustine es el móvil de todo; temo que esté enamorada: demostrarlo es la misión de las cosas. Cuando estaba preocupado con la persecución policial, las imágenes de esta isla se movían, como piezas de ajedrez, siguiendo una estrategia para capturarme.
Morel se enfurecería si yo hiciera público el invento. Esto es seguro y no creo que pueda evitarse con elogios. Sus amigos se agruparían bajo una común indignación (también, Faustine). Pero si ésta se hubiera disgustado con él -no compartía las risas durante el discurso- tal vez se aliara conmigo.
Queda la hipótesis de la muerte de Morel. En ese caso, alguno de sus amigos habría difundido el invento. Si no, tendríamos que suponer una muerte colectiva, una peste, un naufragio. Todo increíble; pero queda inexplicado el hecho de que no se tuviera noticia del invento cuando yo salí de Caracas.
Una explicación podría ser que no le hayan creído, que Morel estuviera loco, o, mi primera idea, que todos estuviesen locos, que la isla fuera un sanatorio de locos.
Estas explicaciones requieren tanta imaginación como la epidemia o el naufragio.
Si llegara a Europa, a América o al Japón, pasaría un tiempo difícil. Cuando empezara a ser un charlatán famoso -antes de ser un inventor famoso- vendrían las acusaciones de Morel y, tal vez, una orden de arresto, desde Caracas. Lo que sería más triste es que me pusiera en ese trance el invento de un loco.
Pero debo convencerme: no necesito huir. Vivir con las imágenes es una dicha. Si llegan los perseguidores, se olvidarán de mí ante el prodigio de esta gente inaccesible. Me quedaré.
Si la encontrara a Faustine, cómo la haría reír contándole todas las veces que he hablado, enamorado y sollozado, a su imagen. Considero que este pensamiento es un vicio: lo escribo para fijarle límites, para ver que no tiene encanto, para dejarlo.
La eternidad rotativa puede parecer atroz al espectador; es satisfactoria para sus individuos. Libres de malas noticias y de enfermedades, viven siempre como si fuera la primera vez, sin recordar las anteriores. Además, con las interrupciones impuestas por el régimen de las mareas, la repetición no es implacable.
Acostumbrado a ver una vida que se repite, encuentro la mía irreparablemente casual. Los propósitos de enmienda son vanos: yo no tengo próxima vez, cada momento es único, distinto, y muchos se pierden en los descuidos. Es cierto que para las imágenes tampoco hay próxima vez (todas son iguales a la primera).
Puede pensarse que nuestra vida es como una semana de estas imágenes y que vuelve a repetirse en mundos contiguos.
Sin conceder nada a mi debilidad puedo imaginar la llegada emocionante a casa de Faustine, el interés que tendrá por mis relatos, la amistad que estas circunstancias ayudarán a establecer. Quién sabe si no estoy verdaderamente en camino, largo y difícil, hacia Faustine, hacia el necesario descanso de mi vida.