38670.fb2 La Isla Y Los Demonios - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 11

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X

La luna entró en febrero subiendo un cuarto creciente. Primero una delgada raya curva, como el recorte de una uña. A medida que los días avanzaban, más panzuda y luminosa sobre los campos de Alcorah. Más atrevida sobre los barrancos, sobre los bancales de plataneras, sobre los tres riscos últimos guardianes de la isla, sobre los viñedos del monte Lentiscal y de las faldas negras de Bandama en cuyo inmenso, hondísimo cráter redondo, la luna se puede derramar tímida y asustada como en un profundo estanque.

Marta vio crecer la luna cada noche, cuando atravesaba los campos para ir a la finca. A veces, el viento sonaba entre los achaparrados taharales y los hacía resaltar oscuros, con una vida que no tenían durante el día. Cuando la luna fue tomando fuerza, se distinguió a su claridad, el color de las bugambillas. Marta escribió un poema de viejos demonios danzando a aquella luz, saltando con su aspecto de machos cabríos entre los esqueletos de las vides invernales.

No hubiera creído, aunque se lo jurasen, que una pena grande le acechaba antes de que aquel astro frío y brillante que iba hacia su plenitud empezara a decaer. Marta tenía el alma llena de confianza aquellos días. Iba con la cabeza alta, sentía una dulce y caliente sangre corriendo por sus venas. En el aire vivo del campo, en febrero, sus piernas desnudas lanzaban un reto al frío. Vivía y sorbía vida en todo. Cualquier incidente le hacía reír hasta saltársele las lágrimas. A veces se ruborizaba de orgullo, al recordar que era la mejor amiga y la confidente de un hombre extraordinario, que había llegado a la isla quizá sólo para llegar a fortalecer e ilusionar su vida. Pero de esto no hablaba nunca.

Después de la noche de la toma de Barcelona, Marta escribió al pintor una carta muy larga. Con ciertas dudas, después de pensarlo mucho, la confió al correo. Aguardó tres días llena de emoción. Recibió por correo también una respuesta dirigida a casa de sus tíos. Unas líneas breves, muy cariñosas, en las que Pablo le prometía hablar con ella cuanto quisiera, de todo lo divino y lo humano, a la vuelta de una excursión que se proponía hacer. Se iba al pinar de Tamadaba con una tienda de campaña y dos o tres amigos. "¿Quién iba a pensar -terminaba la carta- que en tu isla hubiera bosques grandes?"

Nadie lo habría pensado, en verdad, viendo tantos secos riscos y en cada hoyo templado, cultivos de la mano del hombre: flores y platanares, tomatales y plantaciones de tuneras en cuyas anchas hojas, que se limpian de púas, se cría la cochinilla, y que parecen campos de fantasmas cubiertos por sábanas blancas.

Marta sabía que entre aquel caos de montañas que se ven desde el puerto de Tejeda, custodiados por los roques del sur: Nublo y Bentaiga, hay kilómetros de pinares ardientes y secos, en tierras de lava, los pinares de Pajonales. Ella no los había visto nunca.

Tamadaba es un pinar alto, al final de la carretera del Norte. Para llegar a él, en aquella época, había que seguir varios kilómetros a caballo o a pie entre los campos. Luego se recibía un premio de soledad y belleza. El pinar se corta en un tajo alucinante de ochocientos metros a plomo sobre el mar. Marta se informó mucho sobre aquel rincón desconocido para ella y amado desde que albergaba a Pablo. Sabía que la luna creciente estaría iluminando nieblas frías en el bosque. Que en los atardeceres, Pablo vería recortarse sobre la superficiedel mar la isla de Tenerife, y ponerse el sol detrás de la silueta del Teide… Si Marta hubiese sido un muchacho, quizá Pablo no hubiese tenido inconveniente en invitarla a compartir con él aquellos días espléndidos. Hubieran encendido juntos la hoguera que el frío de las alturas haría imprescindible y juntos hubieran oído el gemir de los árboles. Parecía imposible que una isla tan pequeña guardara tan diferentes paisajes en su redondo interior, climas diferentes entre sí, como las almas de los hombres son diferentes unas de otras.

Marta canturreaba por los caminos, hacia su casa:

Esta noche no alumbra, la farola del mar…

¿Dónde había oído aquella canción? Cuando la luna se llenase del todo, y su luz fingiese un frío día, lleno de sombras alucinantes, la farola del mar alumbraría de nuevo. Pablo estaría en su cuarto viendo las luces del puerto.

Marta vivía tan despistada aquellos días, que al llegar a la luz del comedor de su casa de campo, con las mejillas enrojecidas por el aire del invierno, se sorprendía siempre al encontrarse con José y Pino, tan reales, llenos de pequeños problemas y discusiones domésticas, se sorprendía de ella misma hablando de sus clases y de que quería ir a estudiar a Madrid cuando la guerra llegase al fin. Porque la guerra, a pasos agigantados, estaba acabándose ya. Pino se reía de manera desagradable.

– ¡Tú crees que vas a hacer todo lo que se te antoje, en el mundo…! ¿Por qué no pides la luna a tu hermanito?

– ¡No sé por qué no puedo! Hay miles de mujeres que estudian.

Cada vez le parecía todo más fácil, y lo explicaba con mayor tranquilidad. No sabía por qué había adquirido esta tranquilidad, esta confianza al pensar en el futuro. Quizá porque ahora vivía también en el presente. Estaba como afianzada en algo. Pino se lo notaba… Se ponía endemoniada contra ella. Llegaba a insultarla.

– ¿Pero qué te importa a ti que yo vaya o no? -decía Marta rabiosa.

Pino no sabía por qué le importaba. No habría sabido explicarlo al menos… No contestaba a esto nunca. Sólo insultaba. Veía que aquellos insultos no daban en blanco, que Marta los oía con paciencia, y perdía la cabeza entonces.

José, una noche, se molestó. Cerró el periódico detrás del que se acostumbraba a aislar de aquellas dos mujeres.

– A ver si me dejan en paz con esas historias… ¡Ni que tú lo sueñes, vas a salir de la isla en tu vida! ¿Entiendes? Cuando termines esos malditos estudios, estarás aquí, en casa, encerrada, que bastante suelta andas ya… Tienes que ayudar a Pino a cuidar a tu madre. Y mientras ella viva, ¿me oyes?, mientras ella viva, ninguno de los tres salimos de aquí.

La última parte del discurso iba dirigida también a Pino, que le contestaba con una mirada de desdeñoso desafío. Últimamente se estaba descuidando mucho en su manera de vestir. Casi todo el día iba en bata, arrastrando sus zapatillas. Muchas tardes se metía en la cruna hasta que José llegaba. Pero José parecía no advertir eso.

A Marta, estas negativas de su hermano no le parecían ya una cosa irrevocable. Sentía que la vida toda se estaba poniendo de su parte. Sin pensarlo se notaba como navegando en una rápida y profunda corriente que la llevaba a su destino. Le parecía imposible que este destino fuese pasar un montón de años pacíficos metida en una casa. Es verdad que desde niña el fin de su vida pareció ser éste: vivir resguardada entre gentes de una familia y crear otra a su debido tiempo, igualmente resguardada, sometida y pacífica. Pero si ahora no podía ni pensar esto, debía ser que algo muy grande la empujaba hacia otro futuro… No es que concretamente lo pensase, pero las palabras de su hermano y de Pino, el trajín de las criadas, el ladrido de los perros de la noche, todo lo que sentía a su alrededor, ¿por qué le parecían ya recuerdos de un tiempo lejano, como si no estuviera sucediendo a cada hora?

Una noche la luna llegó a su redonda plenitud. Desde su altura abarcaba toda la isla. Andando por un camino de esta isla, la chiquilla la miró ansiosa. Sus pensamientos iban al compás del ligero crujido de sus sandalias sobre el picón. Pensamientos iguales y monótonos, como las cuentas de un rosario. Ni siquiera pensamientos… deseos, imágenes. Si Marta se detiene, estas imágenes un poco ridículas, estos deseos saltan a su alrededor como los demonios que había imaginado. Bailan. Aquella noche, Marta encontró en la casa un pequeño alboroto: Teresa se había puesto mala. Había cogido una gripe, y se temía que la majorera le hubiese dado algún brebaje de los suyos, queriendo curarla. Había tenido vómitos, sudores, un ligero síncope. La majorera decía que Pino se equivocó con una medicina… Pino, en vista de eso, tuvo un ataque, y don Juan, el médico, estaba allí. También otro personaje, al que José no veía con gusto en la casa: el ama de llaves de don Juan, la madre de Pino.

Todos estaban de mal humor. Sólo don Juan calmado como siempre, con sus manos que olían a alcohol alcanforado y sus ojos pensativos.

De nuevo Marta pensó que tenía la tremenda sensación de que todo aquello había pasado ya, hacía mucho tiempo. Aquel revuelo, aquellas caras, aquellas discusiones… Se refugió en su cuarto, y allí lo olvidó todo hasta que la vinieron a buscar. Era Vicenta la que llamó a su puerta. Entró y cerró detrás de ella. Pilló a Marta a oscuras, en la ventana con la luna. -Eso trae desgracia.

– ¿Qué?

– Mirar así la luna.

– Bueno, ¿qué quieres?

– Que tengas cuidado.

– ¿De la luna?

– ¡Buena luna! De las personas… Esa está como un gato acorralado. Quiere echarme. Pero yo no me voy de ninguna manera del lado de tu madre. Tú tienes que abrir los ojos.

La majorera estaba iluminada por la claridad de la ventana. Marta a contraluz, con el cabello brillante y la cara en sombra.

– Déjate de boberías, Vicenta. ¿Qué es lo que quieres?

– Yo no quiero nada, sino avisarte… Tú deberías estar en tu puesto, que ya eres grande. Echarle el ojo a todo, pedir cuentas de todo lo tuyo… Echarlos a ellos, desde que puedas.

Marta se enfadó. No le gustaba verse envuelta en cosas que le parecían mezquinas y estúpidas.

– ¡Déjame en paz con tus historias de brujas…! Tengo que estudiar. ¡Vete! ¿Me oyes? ¡Vete!

Vicenta se quedó quieta medio minuto. Luego sacó un pañuelo de su faltriquera, y se sonó con furia, como si escupiera. Se fue. Antes de medio minuto, Marta se olvidó de ella.

El mundo de la casa. Todas aquellas gentes estaban lejísimos para Marta. Oía sus carreras, sus conversaciones y le producían hasta fatiga. Se impuso el deber de ir a ver a su madre. Estaba en la cama con la majorera al lado. No se podía decir si Teresa dormía o no, respiraba leve y desigualmente. Tenía los ojos cerrados y daba pena verla con aquel pelo lleno de trasquilones y aquella palidez. Marta estuvo mirándola sin inclinarse a besarla. No estaba conmovida ni apenada. Tampoco le importaba nada aquel ser. Luchó con estas ideas, parpadeando unos minutos. La majorera la miraba. Ella se encogió de hombros sin darse cuenta. Y salió del cuarto.

Al día siguiente supo la muchacha que Pablo estaba en Las Palmas. Fue don Juan, el médico, que había pasado la noche en la finca, quien comentó durante el desayuno una reunión en casa de los Camino peninsulares, dos noches antes.

– Y si tú me permites un consejo, hijo -le decía a José-, deberías llevar a Pino algunas veces a casa de tus tíos… Daniel dice que siempre te está proponiendo lo mismo. Allí son animados. A Pino le hace falta distraerse… Te lo dice un viejo médico.

– Mire, don Juan, con mi mujer yo sé lo que hago, ¿me oye?

– No te sulfures, hombre.

Don Juan quedó redondo y triste frente a su café con leche.

– Padrino -dijo Marta-, ¿había mucha gente? -No… ese muchacho pintor, que es cojo y dicen que vale tanto, y…

Marta ni siquiera se detuvo a pensar que Pablo no la había avisado, como le prometió en su carta, a su regreso de Tamadaba. Quizá les habría dejado un recado a sus tíos, y ellos se olvidaron de dárselo. Don Juan hablaba y hasta actuaba con una mano. Y la mano cogía una cucharilla y la agitaba un segundo en el aire. Luego don Juan se reía. Pero era lo mismo que si hablase a un sordo. Aquella muchachita inclinada atentamente hacia él, con una cara resplandeciente y limpia, no oyó ni una palabra más de lo que él dijo.

Trémula y paciente, esperó varias horas de la mañana frente a la casa del pintor. Cuando lo vio salir casi no quería creerlo. Parecía empequeñecido, un hombrecito feo, algo diferente al que ella veía en su imaginación a cada momento. Se detuvo, con el bastón colgado al brazo, para encender su pitillo, entre los secos arriates del jardín de su hotel. Marta lo tenía allí, casi a su alcance. Pero él no la veía. Marta sentía el martilleo de su corazón: plaf, plaf, plaf. Si seguía así, pensó que no podría ni hablar.

En la puerta del jardín, junto a la acera, tropezó Pablo con Marta, que se le acercó de improviso, incapaz de pronunciar una palabra. Pablo, para no caer, la cogió por los hombros. Luego le asomó a la cara una sorpresa tardía, que se iba acentuando. No parecía contento. Nada de eso. La soltó en seguida. Y mientras ella se reponía sonriente de aquella emoción, la voz de Pablo resultaba tan molesta y tan seca que no parecía suya.

– ¡Vaya…! Esto es como un atraco, ¿no…? Veo que no tienes mucho que estudiar.

– Sí… Pero hoy vine a verle. Pablo miró su reloj. Miró, como si esperase un milagroso chaparrón, el cielo sereno y perezoso con sus inofensivas nubecillas blancas.

– Pues yo no tengo tiempo… Dispénsame. Yo sí que tengo que trabajar.

Marta aún sonreía. No le parecía cierto que Pablo hablara en aquel tono. Pero detrás de su sonrisa se iba quedando dolorosamente seria.

Pablo frunció el ceño. Se iba a ir, sin más, pero aún parecía clavado en la acera; daba ligeros golpecitos con el bastón en el suelo.

Marta miró aquella cara en la que el aire había acentuado el color moreno. Aquellos ojos inteligentes, que parecían distintos ahora, porque la rehuían. -¿Le he molestado…?

Pablo levantó sus ojos otra vez. Allá muy adentro lucía algo. Una chispita cariñosa. Pero muy lejana.

– No debes venir por aquí a buscarme.

– Entonces… ¿dónde podemos vernos?

– No veo la necesidad… Ya nos encontraremos en casa de tus tíos.

– Y… ¿todo aquello de nuestra amistad…? Pablo pareció exasperarse.

– Hija, compréndelo… Yo no tengo tu edad… No me hagas más imbécil aún de lo que soy… Tú, a tus cosas… A tus amistades… Siento decirte esto así, pero no es posible que continuamente te encuentres delante de mí… ¡Vaya, adiós!

Los ojos de Pablo tuvieron una chispa divertida, hubo un relámpago de alivio en ellos cuando vio que la muchacha se volvía muy rígida. Los labios de Marta se fruncieron con orgullo.

– Siento haberle molestado… No volverá a suceder.

Pablo, durante medio segundo, estuvo a punto de decir algo. Luego, tontamente, tiró el cigarrillo que llevaba encendido, lo aplastó con el zapato. Hizo un ligero saludo con la cabeza y se fue.

Acababa de cruzar la acera, cuando sintió a la muchacha corriendo detrás.

– Pablo… Espere. Un minuto. El hombre esperó. Suspiró con cierto cansancio. -¿Usted cree que no tengo nada que decirle? Pablo volvió a mirar el reloj. Estaba un poco ridículo, como todos los hombres cuando hacen algo estudiado. Esperó luego.

– ¿Y si tuviera que contarle algo muy grave… si se tratara -inventó Marta- de mi vida? ¿De algo horrible que me va a suceder? Si usted viera que ayer mismo vinieron a prevenirme… Y yo… yo pensé sólo en contárselo…

De pronto ella sintió vergüenza de lo que estaba diciendo. Se calló inmediatamente, desesperada.

– Marta, yo no soy ningún estúpido ni ningún chiquillo. Si te digo que me dejes en paz es tanto por tu bien como por mi tranquilidad. ¿Entiendes…? En fin, no pensaba decírtelo, pero he prometido a una persona que no se me iba a ver más hablando contigo por las calles, porque eso, entre las gentes de tu ciudad, te perjudica.

Marta estaba desesperada.

– Pero… ¿a quién le importa? ¿Qué mal hay…? Y usted dice eso… Usted, que se ríe de todas las tonterías…

De pronto parecía mucho mayor.

– ¿Hones se lo ha dicho?

Pablo se sonrió.

– No. ¡Qué tontería!

– ¿De verdad?

– ¿Por qué iba a mentirte? No es Hones, pero tampoco te diré quién me ha hecho prometer esto. Es una persona muy razonable, que tiene interés por ti… De modo que dame la mano y adiós, ¿eh?

Marta no dio la mano que se le pedía. Pablo se encogió de hombros y se fue nuevamente. Esta vez la muchacha no le siguió.

Se quedó quieta junto a la valla florida de un jardín, mirando obstinadamente al suelo. La acera, llena de sombras de plantas, parecía bailar bajo sus pies. Aquella conversación había sido tan rápida que no acababa de entender aún su significado. Ni tampoco entendía el temblor que cogía sus manos y que le hizo morderse los dedos para contenerlo.

Cuando levantó la cabeza vio que Pablo subía a una guagua. Él no volvió su oscura cabeza para mirarla. No le había costado el menor esfuerzo dejarla plantada en la acera. Si es verdad que un día la había considerado como mujer fuerte, como amiga, hoy era sólo una niña molesta y mentirosa la que dejaba atrás. ¡Ojalá hubiera sido cierto que su vida estuviese amenazada! ¡Ojalá la matara alguien y Pablo recibiera horrorizado y pálido la noticia!

Corrió hacia la acera del mar, y llegó hasta la barandilla de la playa. Vio desde allí una agua mansa, apenas rizada en la superficie por el aire vivo, protegida de los grandes oleajes por el lejano espigón del muelle… La playita estaba desierta. En un rincón, unas barcas se secaban al sol… Solamente los extranjeros suelen bañarse en la playa en el mes de febrero.

Imaginó que se tiraba al mar. Pero -el pensamiento le hizo sonreírse, mientras dos gruesas lágrimas le corrían al fin por las mejillas-, pero ella nadaría inmediatamente. Le gustaba con pasión nadar, sumergirse, deslizarse.

Pensativa, secó aquellas lágrimas. Huyó el pensamiento del suicidio, sustituido por el más placentero de imaginarse a sí misma nadando en lucha contra los elementos. Este pensamiento la distrajo unos segundos, como si en realidad estuviera con sus fuerzas concentradas en esa lucha. Puesto que ya no se trataba de morir, no era posible satisfacer inmediatamente aquel deseo de meterse en el mar; para eso es necesario, en una playa civilizada, llevar ropas a propósito.

Sin embargo, como el mar parecía llamarla, como sentía su sal y su hirviente murmullo tirando de ella, bajó las escalerillas de la playa, se descalzó y fue a tumbarse en la arena junto a las barcas. Allí su cuerpo se distendió, y el sol cosquilleó sus piernas, y al aspirar hondamente, la arenilla seca subió hasta sus labios.

No estaba tan sola como había pensado. Un corro de chiquillos astrosos, medio desnudos, con la piel de un sano color dorado, jugaban con un clavo en la arena. Constituían una media docena de ejemplares llenos de vida y color, cuyas voces, con el acento muy arrastrado, agujereaban el viento del mar. Marta los veía, distraída. Ellos juntaron las cabezas de pronto y cuchichearon mirándola. Uno se acercó a ella. Parecía un diablejo, con unos pelos tiesos, con las puntas rubias por el aire y el sol del mar, y una boca de oreja a oreja.

– Oiga, miss… guay peny.

Esto es lo que habían decidido en sus cuchicheos aquellos arrapiezos.

– ¡Vete a la porra!

Marta se lo dijo con tal ira, que el chico escapó a correr, y esto a ella le provocó una risa algo nerviosa, que le hizo brotar, al fin, unas lágrimas, mientras el crío, espantado, le presentaba su culito entre el pantalón hecho jirones, que le golpeaban al correr.

La habían tomado por una inglesa excéntrica al verla tendida en la playa. "¡Ahora aprenderán a chapurrear alemán esos demonios!", pensó, porque a toda costa quería distraerse de aquella angustia, de aquel vacío que desde un rato antes le hacía vacilar la cabeza. "José dice que Hitler lleva a los alemanes por el camino de hacerse dueños del mundo, y que pronto tendremos más turistas alemanes que ingleses." Miró fijamente un montoncito de arena, bajo su cara, y concluyó con un desconsolado: "Pero a mí todo eso me importa bien poco…," Se encogió de hombros y sobre la arena volvieron a caer lágrimas. Por unos momentos se le apagaron el ruido del mar, el brillo del sol y las sombras de las nubes, ocupada en llorar.

Los críos desarrapados, seguían jugando ruidosamente: se pegaban, discutían, saltaban a la pínola unos sobre otros. Era algo estupendo que no se les hubiese ocurrido acercarse, con las manos en las narices, para mirarla de cerca. Marta terminó mirándolos a ellos embobada y distraída. Aquella era una edad buena. ¿Cómo había llegado a pensar que la infancia fuese aburrida? Trató de recordar lo que hacía ella en la playa en los veranos de su infancia y por qué se divertía de manera extraordinaria. La mandaba su abuela a Las Canteras, todas las mañanas, con una criada. Aquélla era una playa mucho mayor que ésta, al otro lado del istmo. Una playa de varios kilómetros, en forma de concha, llena de casetas y de gente en verano. Ella jugaba con varios niños, hijos de amigas de su madre. Hacían castillos y barcas de arena que la marea deshacía. Cuando llegaba el abuelo a buscarla al mediodía, le parecía siempre demasiado pronto. Entonces no tenía preocupaciones. No creía necesario para ser feliz salir de la isla y conocer gentes distintas, parecidas a los complicados héroes de las novelas. Todo esto había venido más tarde, y se convirtió en una especie de enfermedad desde que supo que los parientes peninsulares llegaban a la isla. Luego todos los héroes la habían rechazado uno a uno… En verdad, los parientes no resultaron como los había imaginado, pero Pablo sí. Muy reflexiva, se sentó ahora en la arena, frente al mar. No sabía por qué Pablo le era tan necesario. Por qué tenía ganas de arrodillarse delante de él, suplicarle que le prestara un poco de atención. Decirle: "A usted yo puedo enseñarle mi alma".

"Acostúmbrate a la idea de que no tienes que perseguir a quien te rechaza… De ninguna manera." Se hizo esta reflexión, despacio, firmemente. Era como si hubiese dos Martas en la playa, una dispuesta a llorar a gritos, a patalear como una niña, a correr detrás del pintor para pedirle explicaciones de aquel brusco rechazo de su amistad, y otra muy implacable, hasta burlona, que le decía que no fuese pesada, que obrase por su cuenta, que no se dedicase a ser una histérica obsesa como Pino. Otros pensamientos, cualquier otro pensamiento sería mejor.

"Mañana traigo mi bañador."

Sobre las penas lo mejor es poner ideas concretas. Uno puede entregarse a la alegría, desbordarse en ella; la alegría no molesta a nadie, no hiere… Puede irse uno a su deriva. Pero la angustia debe ser para uno solo. No hay que dar el espectáculo, porque a nadie le importa. Pablo -pensaba la niña- también guardaba su angustia, porque él valía, él era un ser entero… Sólo ante Marta, un momento, en circunstancias muy extrañas, se descubrió. Quizá por eso le había sido tan fácil escuchar las habladurías de las gentes y rechazar la amistad de ella. A lo mejor a Pablo le daba vergüenza hablar ahora con ella. Nadie más que Marta sabía su pena. Todos los demás -sus tíos, por ejemplo- tenían la idea de que Pablo estaba encantado de la vida lejos de su mujer.

"Si alguien supiera todo lo que yo quiero a Pablo, todos mis sueños de marcharme, y además de hacer algo, de escribir algo, de… no sé, de que algo hecho por mí quede para siempre… Si alguien supiera todos mis secretos, yo, a ese alguien, le aborrecería… Excepto si fuese Pablo mismo."

Y no cabía imaginar que el pintor a ella la quisiera y la necesitara tanto como ella a él. Es verdad que en aquellos últimos días sí que había llegado a pensar…

Se mordió las uñas, sintiéndose triste, estúpida. Levantó otra vez los ojos al mar, como si de aquella inmensidad pudiera venirle algún consuelo. El mar era maravilloso; un suave oleaje se rompía en la playa y lamía el muro de un pequeño muellecito cercano. Sobre aquel muelle se veía la silueta de un pescador de caña. Un montón de pájaros marinos se precipitaron en su vuelo ligero, lleno de gracia, se disolvieron a la luz.

Marta sintió una flojedad, un alivio, casi como una necesidad de sueño mirando al mar. Tuvo la sensación de su insignificancia. También la isla era pequeña comparada con el mar. Y el archipiélago, una colección de puntos perdidos en el mapa de los océanos. Su propio corazón, su latido, nada frente al insistente romper rítmico de las olas.

Las olas del mar escupieron a la playa un bañista. Una bella figura de hombre joven se recortó, chorreante, sobre el cielo y el agua. Marta admiró el cuerpo esbelto, su duro contorno que la luz recortaba, y volvió a apoderarse de ella la necesidad ansiosa de nadar sin descanso.

El hombre se acercaba. Cada vez se distinguía mejor. Detrás tenía nubes, un mar manchado de sol. Marta tuvo la extraña sensación de que reconocía aquella figura joven y luminosa. Así se había imaginado ella siempre a Alcorah. Lo miró como hipnotizada, sugestionada por aquella gracia y aquella fuerza joven.

Al cabo de un momento los labios le temblaban de risa. El muchacho estaba ya muy cerca y la saludaba. Era su amigo Sixto. Ahora se distinguía hasta la célebre cicatriz del pecho, de la que tanto le había hablado, como una raya rosada. Nunca hubiera supuesto que Sixto pudiera parecerle tan guapo.

La voz de él sonaba ya, jovial. Enseñaba unos dientes blancos.-Pero, ¡qué raro encontrarte aquí…! ¿Me habías visto?

– No, ¡qué va!

Sixto parecía muy contento. Fue a buscar entre sus ropas, que había guardado en una barca, un paquete de cigarrillos. Aunque le pareciera extraño a ella misma, tampoco a Marta le molestaba la súbita aparición de su amigo. Conforme al plan que se había trazado, de aguantarse la pena, nada podía haber que la distrajese más que una presencia así, tan inofensiva y tan ajena a sus pensamientos. Era muy consolador también saber que ella, a Sixto, le gustaba un poco.

El muchacho hablaba mucho de cosas sencillas. Marta no escuchaba todo lo que decía, pero le contestaba de cuando en cuando amablemente.

– Yo me escapé hoy, ¿sabes…? Mi madre no quiere que yo nade todavía. Ella sabe que yo estoy ya bueno completamente; lo que pasa es que tiene miedo de que digan que soy un emboscado a pesar de los galones de herido… Claro, ella no quiere que yo vuelva al frente ahora que la guerra está acabando. Natural… ¿no? -Natural.

El muchacho se tendió boca abajo, apoyándose en los codos, junto al lugar donde Marta estaba sentada. Ella veía caer el agua en gotitas de sus cortos cabellos. Sentía el olor de salitre que traía en la carne.

– Pero también es natural que yo me fugue para bañarme, después de haber pensado tanto allá lejos en este mar. -Sí.

Sixto levantó los ojos como si mirara lejos un momento. Quizá pensaba en aquellos días, aquellas horas, cuando en el frente recordaba el mar. Pero sus ojos no se ensombrecían. Marta tenía ganas de estirarse como él. La pena le había molido los huesos como una enfermedad; casi le dolían las articulaciones al moverse… Sixto la miró con una risueña simpatía. -¿Tú no te bañas?

Negó con la cabeza sin gran esfuerzo.

– Hoy no vine a eso.

Era raro; pero esta conversación cortada por la pereza, por la grata proximidad del cuerpo bien hecho del muchacho, por el rumor del mar rompiendo sus olas en la orilla, a Marta tuvo la virtud de tonificarla, de dejarla fuerte y decidida.

Durante todo el día, cuando pensaba en el pintor, en vez de dejarse ir, como de costumbre, detrás de aquella obsesión, opuso como muro la imagen limpia y sonriente de Sixto, con sus largas y derechas piernas y la musculatura de sus hombros. Le había hecho pensar en Alcorah y esto le hacía sonreír.

Al día siguiente y al otro día volvió a la playa. Toda aquella primavera tomó la costumbre de ir a nadar diariamente. Casi siempre encontró a Sixto.