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Marta estuvo varios días encerrada en casa. Era un encierro soportable. Podía salir al jardín y vagar por la finca, y sólo le estaba prohibido transponer la verja de hierro -por otra parte siempre abierta- del portón de entrada.
Marta sentía su impaciencia como el rumor de un mar que avanza en la marea, y su imaginación corría rápidamente. Al pronto esperó que sus tíos preguntaran por ella, pero los días fueron pasando y tuvo que desengañarse. Seguramente tenían ellos suficiente tarea con preparar su viaje de vuelta para ocuparse de la niña. Ella no intentó más llamadas por teléfono, convencida al fin de que no servirían para nada.
Marta comía silenciosamente entre sus hermanos y silenciosamente obedecía a Pino cuando le encargaba alguna tarea de la casa. Esperaba que le levantaran el castigo en vista de su buen comportamiento. Pero su paciencia se iba agotando. Lo más irresistible era la obligación de sentarse a coser, por las tardes, frente a Pino. A su cuñada le gustaba mortificarla, y en efecto, Marta sufría. Pero no por las palabras de la otra mujer, sino por no poder estar sola, por tener que contestar alguna vez, aunque fuese con monosílabos, para no irritarla demasiado. Llevaba quince días de encierro cuando supo que no podía aguantar más.
– Vaya un novio que tienes, ni te manda un recado, ni intenta verte…
Pino le decía estas cosas. Estaban las dos sentadas junto a una ventana, con un cestón de ropa por repasar. Marta cosía inhábilmente, fastidiada como nunca. Se encogió de hombros.
– Yo no tengo novio, pero si lo tuviese, ¿sería un crimen?
– Díselo a tu hermano.
– Ya te digo que no lo tengo. No sé por qué estoy aquí encerrada.
– ¿No lo estoy yo también y me aguanto? Si tu hermano lo manda te fastidias tú también.
– Yo no estoy casada con mi hermano.
Estaban en el comedor, bajo los ventanales. El viento agitaba el jardín en la tarde y el reloj hacía sonar su tictac.
– No -dijo Marta-. No me aguanto.
Se puso en pie y tiró la costura al cesto.
– ¡Ven aquí inmediatamente!
– No tengo por qué obedecerte.
Pino empezó a gritar furiosa. Marta se escabulló escaleras arriba a su cuarto, se encerró con llave y se echó sobre la cama a llorar. Aquellos quince días de encierro la habían vuelto nerviosa y desequilibrada. Sabía por la majorera que Sixto había llamado por teléfono varias veces. Pero eso poco consuelo le proporcionaba; no quería nada con Sixto.
Al oscurecer oyó el automóvil de José en el jardín, y al poco rato sintió que su hermano llamaba a la puerta de su cuarto. Marta le abrió.
– ¿Se puede saber qué le has hecho a Pino? Dice que le has pegado.
– ¿Y tú lo crees?
José se desconcertó.
– Tienes que obedecerla, ¿entiendes?
– No sé por qué.
– Te pesará si no lo haces.
– ¡Como no piensen ustedes envenenarme! Más de lo que hacen, no me pueden hacer.
– Te has portado como una sinvergüenza teniendo un novio a mis espaldas.
– Te digo que no quiero novio… Te lo he dicho mil veces, pero si me tienen encerrada así, sin dejarme estudiar ni vivir, entonces sí me escaparé con él y para que te enteres, me casaré depositada. Sé muy bien mis derechos.
Marta se detuvo asustada de ella misma. Estaba tan harta, desesperada y triste de tantos días inactivos y monótonos, que se había vuelto feroz y descarada. Estaba segura de la furia de José por esta contestación. Se sorprendió cuando vio que él cruzaba la alcoba para asomarse a la ventana dándole la espalda. Siempre que algo le hacía reflexionar tomaba esta actitud.
Los hombres se asustan siempre cuando se invoca al derecho, a la ley, pero Marta no lo sabía y miraba con asombro la larga figura de José, en un silencio tan tolerante, dándole la espalda a ella. Habló al fin sin mirarla.
– Nadie quiere secuestrarte… ¿Entiendes? Pero cuando llegue el momento de casarte, seré yo quien te busque un novio que te convenga. Ése viene por el interés. Es un imbécil.
A Marta se le ocurrieron muchas cosas. Echarse a reír o contestar una grosería, por ejemplo, pero quedó callada, esperando. Como se prolongaba el silencio, preguntó al fin:
– ¿Cuándo puedo volver al Instituto?
– Mañana, si quieres -fue la sorprendente respuesta-. Pero tienes que prometerme que no vuelves a ver a ese idiota.
José investigaba su cara; Marta sintió que una alegría muy grande la llenaba, de tal manera que no acertaba a decir nada. Al fin le prometió lo que él quería, asintiendo apresurada con la cabeza para dar más fuerza a sus palabras.
– Ya te dije que él no me importa.
– Mejor… Pero mucho cuidado con lo que haces.
La cena fue desagradable, con Pino, nerviosa y ofendida, delante de ella. Marta, desde su nueva seguridad, empezó a comprender que Pino fuera tan mal pensada y tan mezquina. El aburrimiento de su vida era enorme, y no hay nada peor que ese aburrimiento mediocre, triste, sin lucha, para el espíritu. Envejecer en esta casa, sin interés de ninguna clase por ella, éste era el porvenir de Pino. Y Pino por eso la miraba a ella con una grisácea envidia de la que ni siquiera se daba cuenta. Pino estaba enferma de envidia por todos y de todo. Aquella enfermedad le volvía los ojos brillantes y las manos temblonas como una fiebre.
Había discutido con José. Pino hubiera querido que José arrastrara a Marta por los cabellos y le pegara una paliza tremenda. Marta la había oído gritar estas cosas sin inmutarse. Le parecía que sólo le importaba aquel hecho de haber perdido quince días de su vida metida allí obediente y callada… No perdería ni uno más. Estremecida de horror, pensó que su vida, el año próximo, cuando ya no tuviese el pretexto de los estudios, sería la vida que había llevado estos días en la casa, si ella no lo remediaba y dejaba escapar la única oportunidad de la marcha de sus parientes para irse con ellos.
Durante aquella cena no tuvo hambre. Comía sólo para disimular sus pensamientos, porque le parecía que su hermano y su cuñada podrían leérselos en la cara. Y, así, bajaba la cabeza y tragaba lentamente los alimentos. Preguntó, cuando pudo:
– ¿Se sabe ya cuándo se van los tíos?
– Sí, ya tienen los pasajes para el doce de mayo… ¿Por qué?
– Ya sabes que yo quería irme con ellos.
Pino se echó atrás en su silla, excitada. Esperaba una buena contestación de su marido para Marta. Cualquier pequeña cosa tomaba para ella proporciones tremendas. Su ojo izquierdo, estrábico, le daba un aire maligno. José no se inmutó.-Tú tienes muchos pájaros en la cabeza, Marta. Bastante es que no te vuelva a meter interna.
– Interna… -en la voz de Pino vibraba un rencor apasionado-; interna en un buen colegio… En un correccional es donde tendría que estar…
Marta suspiró hondamente mientras Pino comenzaba su habitual ataque de nervios. Como siempre, mezclaba las acusaciones a Marta con inculpaciones a su marido y denuestos a Teresa. Como siempre, José preguntaba, perdidos los estribos: -¿Qué tiene eso que ver? Marta pensaba escabullirse sin ruido. -¿Qué tiene que ver, criminal…? ¡Criminal! Que me tienes aquí encerrada mientras otras se ríen… ¡Mira cómo se ríe ésta, mírala, que la mato!
Pino se puso en pie y arrojó un cuchillo a la cabeza de Marta. La chica se agachó rápidamente y el cuchillo pasó por encima de ella. José, asustado ya, fue a calmar a su mujer, que sollozaba ahora en su fase depresiva.
"Doce de mayo… -pensó Marta rápidamente-. Me quedan dos semanas poco más o menos. Si sale todo bien, me veré libre de esto muy pronto. Nunca más veré estos ataques de nervios. Nunca más oiré el tictac de este reloj. Nunca más…" Estas palabras, "nunca más", le regaban el espíritu, se lo vigorizaban, lo hacían hervir al pensarlas. Y estaba allí junto a la mesa, un poco pálida, muy seria, con los ojos brillantes.
Al día siguiente, después de tantos días de pensarlo, súbitamente adelgazada por el nerviosismo, iba intranquila por las calles de Las Palmas.
Se fijaba, por primera vez, en las tiendas de la ciudad. Siempre había sentido timidez de entrar en ellas y nunca había sabido comprar nada. Admiraba a sus amigas cuando disfrutaban palpando telas, combinándolas en su imaginación para futuros trajes, deseando pequeñas cosas fáciles de obtener y sintiéndose luego felices de sus adquisiciones. Ella nunca había deseado nada concreto en la vida, al menos nada de lo que se obtiene a cambio de unas monedas. Le pareció siempre que tenía trajes de sobra para cubrirse, demasiada comida en la mesa, demasiadas chucherías en sus cajones. Nunca había mirado los escaparates de los comercios. Y ahora ella misma tenía algo que vender, y se le hacía muy difícil. Para algunas cosas de la vida se sentía incapaz, absurda, débil. Necesitaba convertir en dinero las únicas cosas de valor que poseía en el mundo, pero las apreciaba tan poco, que hasta tenía miedo de que se riesen de ella al enseñarlas.
Pero las gentes compran. Veía señoras con paquetes. Muchachas airosas con tacones altos, y muchas con blancas y graciosas mantillas canarias. Marta no había tenido nunca gracia para usar la mantilla canaria de lana fina. No sabía sacar partido de sus manos, pintando cuidadosamente las uñas, ni sabía perfilar bien sus labios, ni arreglar sus ojos, ni alhajarse. Para todo esto se necesita tiempo, deseo de agradar, paciencia… Todas aquellas mujeres que encontraba, y que se iban llevando las miradas de los hombres, parecían poseer esas cualidades… Sus amigas también. Por eso florecían y se sentían felices en la intimidad de sus casas, en la suave paz de la ciudad, entre los campos cerrados por el mar. Tenían lo que querían, y no deseaban fugarse.
Las tiendas olían a encajes, a telas nuevas. Los bazares de los indios presentaban mantones de Manila y elefantes de marfil, y expandían a la calle un olor de seda y maderas caras. Todo aquello podía ser una tentación fuerte como la que las sirenas de los barcos, saliendo en la noche, le ponían a ella en el alma…
Encontró a dos amigas del Instituto que la besaron en las mejillas y trataron de que se detuviese con ellas en una tienda de radios y gramófonos, para oír las últimas novedades en discos. Entonces sintió aquella impaciencia brutal, desesperada, que la agobiaba, y se deshizo de ellas casi a la fuerza. Oyó el cañonazo de las doce y comprendió que se le acababa la mañana. Había necesitado habilidad y calma para salir temprano de la casa. Por la noche, cuando Pino ya estaba acostada, había pedido a José dinero para venir a Las Palmas por la mañana en el coche de hora.
– Porque no creo que a Pino le guste que vaya contigo.
– Con ir al Instituto por la tarde tienes de sobra.
– Tengo que preparar mis clases. He perdido mucho tiempo en estos días. Iré a casa de Anita…
– Acuérdate de lo que me has prometido -dijo al fin José.
– No me verás más con Sixto.
Después de esta conversación, la libertad… Y ahora perdía tanto tiempo sin atreverse a entrar en una tienda, expuesta a que José pasase con su coche y la cogiese vagabundeando por la calle.
Era necesario entrar en un comercio que había ya escogido, y por cuya puerta había pasado varias veces. Era una tienda pequeña, donde infinidad de relojes marchaban acompasados. Un hombre, provisto de una gran lupa, trabajaba detrás del mostrador. A través del escaparate de cristal Marta había contemplado mucho rato a este hombre. Le atraía a la muchacha la soledad y el silencio de la pequeña tienda. El sol hacía brillar la bisutería, y cuando un reloj daba una hora, los otros, acompasadamente, persiguiéndose en intervalos de segundos, la daban también. El hombre había echado alguna ojeada indiferente a aquella cabeza rubia que tan insistentemente estaba aquella mañana pegada a sus cristales. Por fortuna no la miró demasiado. Marta pudo vencer su timidez y meterse en aquel cuartito limpio que olía a metales y que era la tienda. El silencio se hacía muy grande.
Cuando el hombre se quitó la lupa para mirarla interrogativamente, Marta sacó de su carterón de cuero una cajita de plata repujada y la abrió. Con unas manos algo temblorosas fue extendiendo sobre el mostrador de cristal lo que ella llamaba sus baratijas, y que jamás se ponía: dos pares de pendientes de oro, muy infantiles; unas pulseras de plata, gruesas; una cadena de oro, también bastante pesada; un anillito de sello, del mismo metal, con sus iniciales; otro con un pequeño rubí; un medallón gordo, que había recibido como herencia directa de su abuela y que a ella le parecía muy feo, pero que estaba adornado con brillantes, y una medallita de platino con brillantitos pequeños y su cadena. Esto era un regalo de su primera comunión.
Asustada, oyó el frío ruidito de aquellas joyas al extenderlas sobre el mostrador de cristal. Se sentía casi incapaz de hablar. Cada vez le parecían más miserables. ¿Era posible que valiesen algo?
– Quisiera saber cuánto vale esto.
El hombre, al ponerse en pie, resultaba alto, con un largo guardapolvo. Marta tuvo la impresión de que la miraba severamente con aquel ojo que hacía un momento tenía la lupa puesta, y que, aun sin ella, parecía más grande que el otro. Luego examinó cuidadosamente los objetos, volvió a colocarse la lupa, rascó los metales… Al fin pronunció una sentencia algo vacilante:
– Por esto se le podrían dar trescientas pesetas. Incluida la caja.
Marta dijo apresurada, sintiendo que enrojecía:
– Se lo doy sólo por cincuenta duros.
El hombre se enfadó.
– Le estoy ofreciendo trescientas pesetas. Ya se lo he dicho.
– ¡Ah! Sí… Pues, muy bien. Quédeselo.
Marta estaba casi desfallecida de alegría. Era muy fácil vender. Había temido interrogatorios molestos y hasta amenazas de denunciarla a la familia. Pero por fortuna al comerciante no le interesaba su familia ni se dejaba seducir por una rebaja de precio. Se notaba -pensó Marta- que era un nombre honrado; su cara aburrida e indiferente le pareció bañada de una crónica bondad cuando le tendió el dinero.
Trescientas pesetas eran una cantidad fabulosa para ella. Tenía miedo de que se le perdieran, porque jamás había poseído tanto dinero.
Salió como borracha a la calle, que le pareció más hermosa que nunca, más llena de vida, aunque a aquella hora de mediodía se iba quedando desierta. Tenía conciencia de haber dado el primer paso importante para seguir sus planes.
A la hora de comer empezó a atormentarla la duda de que si aquel dinero alcanzaría para un pasaje. No podía tragar. Comía a la fuerza, bebiendo mucha agua para que le pasasen los bocados por la garganta oprimida. Le era imposible hablar o atender a lo que decían sus tíos, que parecían muy contentos de volverla a ver después de su "enfermedad". ¿Era posible que hubiesen creído de veras que ella estuvo enferma quince días? Sólo escuchó cuando comentaron que Pablo se iba aquella misma tarde al Sur.
– Es un loco ese Pablo… No sé qué puede ver para pintar en los barrancos de lava. José le advirtió el otro día que no iba a encontrar alojamiento.
Marta supo que uno de los días que estuvo ella castigada habían hecho todos una excursión a la playa de Maspalomas, en la punta sur de la isla. Habían ido en el coche de José. Marta estaba enterada, naturalmente, de esta excursión, a la que no la habían llevado siguiendo el programa de castigo establecido para ella. Había visto salir a Pino muy veraniega, con zapatos de lona, con gafas negras, y había visto preparar la cesta de la merienda. Ni se le había ocurrido pedir que la llevaran, y cuando Pino volvió con la nariz despellejada, quejándose del calor sufrido, de los pinchos que le habían desgarrado el traje, de la arena que había penetrado en la comida, Marta estuvo riéndose silenciosamente. Pino aborrecía las excursiones campestres.
Pero ahora se enteraba Marta de que también Pablo había ido a la excursión aquella y que estaba entusiasmado.
– Comprendo que quisiera pintar Maspalomas, porque esa playa, con su bosque de palmeras y su laguna de agua dulce, es ideal. Parece una cosa de ensueño… Pero los barrancos de lava, con esos bosques de cactos tremendos, son horribles. Nunca había visto yo cactos más que aquí, tan enormes… Parecen de esos candelabros antiguos, esas lámparas enormes de velas, que se ponían en los salones… ¿Cómo se llaman esos cactos, Marta?
– Son los cardones.
Marta recordaba que a ella los enormes cardones y las enormes rocas de aquellos barrancos le habían dado miedo cuando, de niña, la había llevado el abuelo por aquellos parajes, después de visitar un almacén cercano de empaquetado de tomates. Habían ido a comer a una casita solitaria precisamente en uno de aquellos barrancos… Allí, cerca de la carretera; era una tienda…
– El loco de Pablo dice que se piensa alojar en casa de ese hombre gordo de la tienda donde paramos a comprar gaseosas, y si no puede ser, en unas casuchas de pescadores que hay por allí cerca… Bueno, todos los artistas están chiflados.
– Un día de estos iremos nosotros a verlo entre sus cardones, como dice Marta. Hay que despedirse bien de la isla. Faltan pocos días… Estamos ya a finales de abril.
Marta, haciendo un esfuerzo, se acordó del nombre del aquel hombre gordo de la tienda donde había comido con su abuelo. Debía ser allí donde Pablo quería alojarse. El hombre se llamaba Antoñito. Si sus tíos iban a ver a Pablo, ella deseaba que la llevaran. ¡Cuánto necesitaba ver al pintor! Necesitaba mucho hablarle de sus planes de fuga. Tenía que decírselo a alguien porque, si no, pensaba que se iba a ahogar.
Daniel dijo que Marta tenía muy mala cara. Hones se la llevó aparte, después de comer.
– Quizá hicimos mal en decirle a tu hermano lo del noviazgo… Parece que no le hizo gracia. ¿Te ha dicho algo?
– Sí… no quiere. Pero no tiene importancia.
Había pensado mucho en hacer escenas con los parientes acerca de ello. Pero bien sabía que todo era inútil. A aquellas gentes no les importaba ella lo más mínimo. "¿Me ayudarán cuando me descubran en alta mar con ellos, no me devolverán a mi casa otra vez?" Pablo se iba también el doce de mayo, con ellos. Esto era la única verdadera y grande esperanza. Él se pondría de su parte. Convencería al gordinflón Daniel, a Hones, a todos. Él tenía que saber los proyectos de la chiquilla de antemano…
Pero Pablo también se le había ido. Siempre se estaba marchando a algún sitio.
Por la tarde, antes de ir al Instituto, corrió al puerto, a la Compañía de navegación, para enterarse de si había pasajes de tercera en el barco del día doce de mayo.
– Sí, únicamente de tercera.
– ¿Cuánto cuesta un pasaje hasta Cádiz?
– Se lo dijeron. Era menos de la mitad de aquella cantidad que poseía.
– Quisiera uno.
La miraban con sorpresa. Cuchichearon dos empleados. Un tercero se asomó a verla.
– ¿Para usted? ¿Trae salvoconducto?
– ¿Es necesario para comprar el billete?
– Sí, por estas circunstancias especiales del final de la guerra… No podemos dar pasajes sin salvoconducto.
Marta se sintió angustiada un minuto, como si la hubieran parado de pronto en medio de una carrera loca. Al fin pudo hablar:
– Tardaré unos días… ¿Habrá billete?
– De tercera es fácil que haya pasaje, sí.
Cuando salió a la calle, parpadeando después de la penumbra de las grandes y limpias oficinas, Marta se sintió horrorizada de pensar que algunos de aquellos hombres, que trabajaban tan cerca de la casa comercial de José, conociesen a su hermano y le fueran con el cuento. Había salido de allí a un tiempo oprimida y espoleada por las dificultades. Necesitaba a Pablo para que la ayudase; él sabía cómo había que conseguir el salvoconducto, él le podía facilitar tantas cosas… Pero si él no estaba, lo arreglaría sola. Una persona que se fuga debe saber resolver sus propios asuntos y tiene que arriesgarse…
Metida en las clases, como en una jaula, ansiosa, enfebrecida, daba vueltas a sus ideas dentro de la cabeza, que le ardía, durante toda la tarde.
No se había atrevido a faltar al Instituto; también esto hubiera sido muy fácil de averiguar para José y pensaría tonterías. Sus amigas la molestaban; la charla de ellas se le hacía insoportable, y también las explicaciones de los profesores. Se sentó en los últimos bancos y, cuando pudo, cerca de una ventana desde donde veía el mar, y aquel lejano estruendo, aquella brisa libre, la confortaban.
– ¡Qué poco tiempo tengo! Aún no he hecho nada…
Habló a media voz, sin saberlo, en un momento determinado. Una compañera, a su lado, le contestó que tampoco ella sabía nada y que faltaba muy poco para los exámenes. Marta la miró con aire salvaje, dándose cuenta de que debía estar muy loca para haber hablado así.
– Pero tú eres lista, Marta. Tú siempre sales bien. Espero que me soples en Literatura.
Marta, admirada, se fue calmando. Era muy normal que aquella chica dijera estas cosas. Era una criatura vestida de negro, encorsetada y triste, que jamás había pensado en fugarse y a la que los estudios le parecían una de esas cosas horribles que tiene la vida y que caen sobre uno como cae la lluvia o el calor… ¡Qué extraño le parecía todo a Marta ahora! Ella no estaría allí para los exámenes si todo le salía bien. Pero le pareció de buena suerte lo que le había dicho la amiga y le oprimióla mano. La otra muchacha manifestó un ligero asombro por tal cordialidad, y más tarde quiso empezar a hacerle confidencias sobre un ahijado de guerra del que se había hecho novia y que ahora quería dejarla.
Empezaron a pasar los días, mientras Marta se iba enterando de los trámites que tenía que hacer para sacar su salvoconducto, y llegó el uno de mayo. Se dio cuenta con desesperación de que aún no tenía nada arreglado… ¡Y al día siguiente era fiesta! Eso significaba otra pérdida de tiempo. Le habían dicho que necesitaba certificados de vacuna para el salvoconducto, y perdió la mañana en el Instituto de Higiene. También se hizo unas fotos de carnet, al minuto, que reflejaron una imagen suya, casi irreconocible, de gesto feroz.
A mediodía llegó a casa de sus tíos rendida y con cara de fantasma. Afortunadamente no estaban, porque les habían invitado a comer unos conocidos, como despedida. Era un descanso aquella casa silenciosa y fresca, donde no tenía que esforzarse en hablar.
– Mañana, desde tempranito, también se marchan sus tíos al campo para todo el día. Me dijeron que mañana no viene usted tampoco, porque es fiesta. Yo me voy a mi casa, y me quedo allí a dormir.
La criada trataba de darle conversación, porque quizá le daba pena verla tan sola en el comedor oscuro, con aquella cara febril que ahora tenía la niña. Esta criada era una mujer gorda, con un ojo torcido, que daba gritos de pena al ver que Marta dejaba intactos los platos.
– ¡Jesús! Eso son las cosas de la línea. ¿Usted sabe, mi niña, que se está poniendo muy flaca? La señorita Hones también quiere adelgazar, pero ella no deja de comer por nada del mundo.
Marta no atendía. Estaba cansada, pero no podía quedarse quieta un minuto. Recorrió la casa vacía, los silenciosos patios, las alcobas. Por allí, durante muchos años, había corrido, despreocupada. ¿Recordaría ella alguna vez estas grandes habitaciones, estos muebles oscuros, cuando estuviera lejos?… En el convento varias veces se había despertado llorando, porque no estaba ya en la casa del abuelo. Allí había sido feliz, sin duda.
Junto a la cocina, en la galería del patio trasero, había una pila de agua. Una piedra hueca, sobre un soporte, la destilaba gota a gota dentro de una panzuda taya roja. La piedra estaba cubierta de las frescas plantas del culantrillo, con su intenso color verde. En el campo, en el porche de la cocina, había otra pila igual.
Estuvo a punto de emocionarse. Estos pequeños detalles de la casa cobraban una vida profunda, un quieto encanto, una significación hogareña y tierna… Pero era -pensó- porque iba a dejarlos. Sí, los recordaría… Sin embargo, si se quedase sujeta a ellos, sentía que podría aborrecerlos.
La muchacha bizca vio con asombro cómo aquella niña tan rara se quedaba mucho rato junto a la pila de agua, viendo formarse aquellas gotas cristalinas que se futraban por la piedra y que caían lentamente.
Por la noche pensó Marta en Teresa, y entró en su habitación de puntillas. Hacía rato que la habían acostado.
Sobre la cómoda ardía siempre una lamparilla de aceite y aquella luz iluminaba apenas la cara de la mujer dormida entre las almohadas. En las mejillas se le proyectaba la sombra de las pestañas. La hija se inclinó, algo demudada, sobre aquel rostro.
"Es como si estuviera muerta. Nunca estuviste con ella. Nunca te necesitó… Ni la necesitaste desde que dejó de estar en tu vida. ¿Te habría entendido alguna vez?… Ella era una mujer feliz en su casa. Le gustaban sus pequeñas joyas, sus cositas, como dice la majorera. No leía, no soñaba con otros mundos y no era histérica ni desgraciada como Pino. Sin embargo… ¿Te hubiera detenido de poder hacerlo…? Desde que creciste pensaste, más que en ella, en tu padre, que te dejó un cajón lleno de libros en el desván. La vas a dejar para siempre. Mírala."
Marta se sintió horrorizada. Si Teresa abriera los ojos y dijera: "No te vayas, tienes que estar conmigo, te he llevado dentro de mí, eres mía"… Bien sabía que mucha gente comentaba desfavorablemente su conducta para con su madre enferma, sobre todo al compararla con la de José, que era su hijastro nada más.
Pero Teresa no podía decir eso. No podía detenerla. Marta no era de nadie, no se sentía atada a nadie, y eso le daba fuerzas. Teresa la había abandonado hacía años, más que si estuviera muerta. Si Teresa le hubiera impedido marchar, también de ella hubiese huido, sin piedad, sin volver la cabeza. La cara de Marta tomó una expresión muy dura.
Empezó a recordar mil hogares amigos que conocía, casas llenas de ternura, hasta el punto de que la marcha de un hijo a la Península para estudiar parecía una tragedia, y a las que la guerra había hecho temblar en sus cimientos. En estos hogares ni se hubiera soñado que una hija pensara desgajarse de ellos, como no fuera por el matrimonio.
Con la punta de los dedos tocó una mano de su madre, blanca y abandonada sobre la colcha. Los ojos de Teresa se abrieron espantados, enormes, verdes con las pupilas negras. Luego los cerró fuertemente y volvió la cabeza, hundiéndola en la almohada.
Marta durmió profundamente, agotada. Se despertó muy temprano, pero tuvo la impresión de que antes de dormir había alcanzado a ver el alba; que sólo había cerrado los ojos unos minutos.
Era un hermoso amanecer, y la vida temblaba allá fuera, en los campos. Pensó que en el puerto se reflejaría en el agua la sombra de los barcos.
Delante de la habitación de Pablo nacía el sol, enrojeciendo el agua… El cuarto estaba vacío, como cuando lo vio ella. Muy pronto, ya no sería ni siquiera el cuarto de Pablo… Ella necesitaba verle. Mientras él y su vida extraña, y su capacidad para comprender las cosas hondas, las que en realidad tienen importancia, llenasen la isla, era posible vivir allí; pero si él se iba… Si él se iba daba lo mismo vivir en un convento o en aquella casa o morirse. En aquellos momentos, en que sabía que Pablo se había preocupado de ella, aunque fuera para denigrar su conducta, marchar con él le parecía a la niña ya una cuestión de vida o muerte.
Estaba en el Sur. Marta conocía la casa donde él paraba. Había comido allí con su abuelo, por lo menos una vez, poco antes de empezar la guerra. Tenía idea de que era una tienda humilde, cerca de la carretera. Ni siquiera sabía el lugar en la larga carretera del Sur… Pero podría reconocerlo, estaba segura, aunque desde luego era muy lejos… Al dueño de esta casa le llamaban Antoñito, el barquero. Hacia años que Marta no había salido en coche por la carretera del Sur. Quizá, reflexionó, el viaje no fuera tan largo como le había parecido aquella vez, porque los parientes pensaban ir y venir en el día, cuando fueran a ver a Pablo.
Fue en el momento de pensar estas cosas, mientras se estaba vistiendo, cuando Marta tuvo un sobresalto y vio con claridad en su imaginación que era allí, a casa de Pablo, a donde iban a ir los parientes aquel día de fiesta. Cada vez estaba más segura. ¡Qué estúpida había sido en no dejarles un aviso, pidiendo que la llevaran para aquella excursión! Marta calculó que si se daba prisa, aún los alcanzaría en Las Palmas, y la podrían llevar con ellos. Entonces sí que encontraría ocasión de explicar a Pablo todo lo que le pasaba y todo lo que estaba haciendo aquellos días. Hacía tanto tiempo que no veía al pintor que casi desfallecía de pensar en volver a hablarle. Llevaba días convirtiendo todos sus pensamientos en acción, y terminó de vestirse a la carrera, como si verdaderamente su familia la estuviera esperando para llevarla a ver a Pablo.
Las criadas acababan de levantarse, espabiladas por la majorera, y José y Pino dormían aún, cuando Marta escribió unas líneas para Pino en una hoja de cuaderno, porque ahora se había vuelto muy precavida y consciente. No quería irritar a su familia demasiado, ni tampoco exponerse a una posible negativa.
"Salgo temprano porque me olvidé de decir que los tíos me invitaron a ir con ellos de excursión. Si volvemos tarde, me quedaré en Las Palmas esta noche. Dile a José, si desconfía, que puede averiguar dónde está Sixto. Yo no me veo con él."
Rompió dos o tres avisos parecidos y al fin quedó contenta con éste. Buscó a su alrededor un sitio para dejarlo bien visible y luego se le ocurrió otra cosa mejor y llamó a Lolilla. De las tres sirvientas, ésta le parecía la mejor. Era una chiquilla muy bondadosa y sentimental, siempre espantada y risueña a un tiempo. Desde que llegó la noticia de la muerte de Chano, el jardinero, no hacía más que llorar por los rincones, sorbiéndose los mocos, siempre en medio de aquella sonrisa suya que desarmaba. Vicenta le decía, a modo de consuelo, que bien podía dar gracias a Dios de no ser ella la que hubiese muerto.
– Oye, Lola. Le das este papel a la señorita, pero después que mi hermano se vaya a Las Palmas… ¡No te olvides! Después de que se vaya él. Pero no dejes de dárselo. Si lo haces bien, te hago un regalo…
¡Otra vez aquella sensación de vida, aquella prisa, aquella llama!
Cuando llegó a casa de sus tíos, encontró solamente a la criada, que la miró esta vez sin simpatía, como si pensase que la iba a dejar sin vacaciones. Se apresuró a explicarle con bastantes malos modos que estaba recogiendo la casa para marcharse, porque tenía todo el día libre. A los señoritos les vinieron a buscar en dos coches cuando todavía era oscuro. No le podía decir más. Además, ya se lo había dicho el día antes. -¿Dónde se fueron?
– Si le digo la engaño, mi niña… A mí no me dijeron nada… ¡Oh! Yo, ¿qué quiere que sepa?
Marta tuvo la certeza absoluta de que habían ido a ver al pintor. Su deseo era tan fuerte, que se engañaba a sí misma; llegó hasta a imaginar que había oído de boca de Hones que era este día precisamente, el dos de mayo, cuando pensaban ellos dar una sorpresa a Pablo presentándose allí, en aquel paraje medio desierto donde se había refugiado con sus pinceles.
De pronto le pareció que si no iba ella también a ver a Pablo quedaba chasqueada y fallida. Si no lo hacía, no tendría fuerzas para seguir su plan y salir de la isla. Necesitaba un amigo que la ayudase, únicamente él, en el mundo, podía tenderle una mano… Decidió marchar a verle por sus propios medios, porque nada es difícil cuando se desea de veras, nada es imposible, y eso el mismo Pablo se lo había dicho… Salió de casa de sus tíos dispuesta a ir a los barrancos a toda costa, aunque fuese a pie y tardase días.
Era muy temprano. Por las calles tranquilas se oían campanillas. Unas beatas, con sus mantillas negras, iban hacia la iglesia cercana. Pasaban unas cabras. Se detuvieron arracimadas frente a un portal. El cabrero llamó a la puerta cerrada, hasta que una criada soñolienta apareció llevando en la mano una vasija que tendió al hombre. Luego se apoyó en el quicio para ver ordeñar la leche.
Detrás de las casas el mar olía, azul, espléndido.