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Los días son una extraña medida de tiempo en nuestra vida. Algunos corren locos, indiferentes, casi no los sentimos pasar. Otros son lentos, de horas inacabables. Sin embargo, sobre las tumbas todos deben ser igualmente rápidos y seguros. Las medidas del tiempo, para los seres vivos, están desquiciadas por el ritmo de su corazón.
Pasaron los días de mayo de aquel año. Se sentía en la casa una gran calma, una especie de dulzura. Pino estaba mucho más tranquila y era amable aquellos días, casi como los primeros tiempos de su matrimonio. José era más cariñoso. Parecía que aquella muerte ocurrida en la finca los hubiera hecho sufrir a todos, y a todos los hubiera purificado.
Llegó el mes de junio a su mitad. Y al fin, la nueva fecha fijada para la marcha por los parientes de Marta. Este día último en la isla, para la muchacha fue muy largo, muy hermoso también. Había amanecido nublado y fresco; pero hacia mediodía, las nubes se descorrieron preparando una tarde y un crepúsculo llenos de serenidad.
Al fin, el sol comenzó su declive. Hizo hervir el caos montañoso del sudoeste, aquella parada angustia de montañas, que Unamuno llamó un día "tempestad de piedra". A los ojos de quien pueda verlo, este paisaje tiene una emoción religiosa. El Poniente lo ilumina y lo traspasa de manera que picos y vertientes encendidos parecen flotar en humaredas azules y violetas. Sobre este oleaje pétreo se levantan los monolitos sagrados del Nublo y del Bentayga. Y desde estas alturas, a Norte y Sur, Este y Oeste, los ojos de Alcorah ven el mar.
El sol, camino del Oeste, enrojece el Atlántico detrás de la Cumbre, y se va a hundir más allá de las montañas de la isla de Tenerife, convertidas en humo por la distancia.
Marta salió de la casa. Llevaba un propósito bien definido. Había metido en su cartera de cuero algunos cuadernos y papeles sueltos, y también una caja de fósforos. Pensaba quemar aquellas cosas en cualquier rincón de la finca.
Llevada por la fuerza de costumbre, con su carterón de estudiante bajo el brazo, subió la avenida de eucaliptos, y se encontró en la carretera de Bandama. Estaba cargada de flores en sus bordes, íntima y solitaria a aquella hora.
Hacía tiempo que Marta no se paraba a mirar aquellos parajes, y al salir de la finca detuvo algo el paso, sorprendida, como si aquel camino, sus tapias, y la lejana Cumbre, le hubiesen salido al encuentro repentinamente, después de una larga espera.
Había tenido mucho que hacer en el último mes. Estudió hasta entontecerse y aprobó su último curso de Bachillerato. Como había presentido, no volvió a ver a Pablo. Él se fue de la isla, el día en que al principio habían fijado su viaje los parientes. Aunque a ella misma le pareciese imposible, este hecho la conmovió poco, porque estaba como sumergida en la fiebre de los preparativos para su propia marcha… A esto la ayudaban todos. Desde Pino, que se distraía llevándola a las modistas para preparar un extenso equipo de viaje, que al parecer era imprescindible, hasta Matilde, que la atosigaba vigilando sus estudios, porque ella también se sentía nerviosa, impaciente por salir, y cada una de las asignaturas que aprobaba Marta parecía acercar la fecha de partida. Matilde, desde que se enteró que su sobrina iba con ellos, empezaba a tomar con Marta un aire autoritario. A la niña esto la asombraba un poco, pero se dejaba dominar pasivamente, con todas sus fuerzas y sus esperanzas concentradas en la próxima partida.
Unos días después de irse Pablo, Hones, durante una comida en la casa de Las Palmas, hizo un comentario sarcástico sobre él.
– No creo que le volvamos a ver en Madrid… Su mujer está en Méjico y, como tiene dinero, él parece que le perdona con gusto todas las debilidades que ha tenido… Creo que prepara sus papeles para marchar con ella.
Marta se enfadó. Ella sabía bien que Pablo no era tan artista como para renunciar a su mujer por la pintura. Aunque fuese verdad que él no podia hacer aquellas dos cosas al mismo tiempo, quererla y crear su arte.
Ahora le parecía a Marta que la vida se le presentaba con dimensiones distintas, con contornos más precisos. Estaba segura de que aquella balbuciente conversación que el pintor tuvo con ella, una noche, en el barrio antiguo, era sólo una confesión de su impotencia para desligarse del atractivo de su mujer, y se admiraba de no haberlo entendido desde el primer momento así. Pablo no era, al fin y al cabo, un ser más extraordinario que Daniel o José, o ella misma. Ninguno sacrificaría a un fin más grande sus pequeños deseos momentáneos, sus perezas, sus pasiones. Ella misma pensaba a veces que si Pablo la hubiera querido, no habría sabido nada, ni su ilusión por salir de la isla, que no hubiese sacrificado por él. Pero la vida que ella creía ver desde su nueva sabiduría, estaba ya suficientemente llena de cosas pequeñas y tristes para que aún se inventasen chismes calumniosos y se empequeñeciesen aún más las personas queridas. Honesta sabría que aquello que había dicho era una mentira inspirada por el despecho, y Marta la miró a los ojos.
Desde la noche en que murió su madre, Marta había rehuido mirar a Hones; entonces lo hizo con descaro. Honesta quedó muy tranquila, mirándola también, con unos ojos inocentes y unas cejas muy levantadas. Fue Marta la que empezó a ruborizarse y a quedar desconcertada. Sin embargo, se atrevió a decir:
– A Pablo no le importa el dinero. Tú misma has dicho muchas veces que él tiene de sobra.
– Comparado con la fortuna de su mujer, no es nada. Todos los hombres son unos interesados… No seas inocente.
– No soy inocente.
Hones sostuvo una sonrisita mirándola entre los párpados entornados.
No sucedió nada más. Al terminar aquella comida, llegó un invitado a tomar café a casa de los tíos… Hones les presentó a un caballero bigotudo y simpaticón, de edad mediana, con el que había trabado conocimiento hacía poco. Daba la casualidad de que aquel caballero necesitaría ir pronto a Madrid por sus asuntos, y Hones había querido presentarlo a sus hermanos. Marta se marchó pronto al Instituto, sin fijarse en aquel señor, obsesionada por la conversación que ella y Honesta habían tenido. Aquélla fue la única mención del pintor que Marta y su tía sostuvieron después de la noche en que murió Teresa.
Los recuerdos de aquella noche, a Marta, ahora, le parecían confusos. Tenía idea de que durante unas horas había renunciado a salir de la isla, y ya no sabía por qué.
Mientras andaba aquel día de junio, en cambio, le parecía haber echado sus penas a la espalda. Sentía su juventud como los árboles, después de un chaparrón primaveral, sienten la savia hinchándoles de vida. Su equipaje acababa de ser enviado a Las Palmas… Pino había estado husmeando cerca de ella mientras lo estuvo preparando. Marta se había detenido mientras colocaba torpemente pilas de ropa blanca, abrigos, trajes… Por primera vez en aquella temporada Marta deseaba algo, aparte el afán absorbente de marchar que la había sostenido. Era una pequeña cosa y miró a Pino vacilante.
– Quisiera llevarme algo de esta casa.
Pino esperaba esto, de modo que levantó la barbilla con aire de desafío. Aquel día no llevaba puesta ninguna de las joyas de Teresa. Pino no se fiaba de las grandes amabilidades de Marta en los últimos tiempos. Siempre le parecía que los ojos de la muchacha estaban fijos en aquellas joyas, cuando ella se las ponía, y el día aquel las guardó cuidadosamente. Estaba esperando a que Marta se refiriese a ellas y ya tenía pensada una respuesta. Miró a su cuñada con rigidez, desconfiada.
– ¿Qué es lo que quieres llevarte?
– Alguno de los libros que hay arriba, en el cajón del desván.
Pino consideró de arriba a abajo aquella criatura. Siempre la creyó algo boba, pero no tanto como en aquel momento. Soltó una risa de alivio. Se encogió de hombros.
– ¿Y quién te lo impide?
Marta miró a Pino también. Vio una mujer desgraciada, sentada en un extremo de su cama observándola. Pensó que Pino no se sentiría nunca feliz. Parecía no poder soportar las paredes de su casa y sin embargo sólo se preocupaba de las cosas que sucedían allí. Era como un animal cogido en una trampa. Todo el día estaba pensando en el precio del azúcar o en que la costurera le había dejado mal hecho un traje, o en pequeñas cosas semejantes, a pesar de que estas preocupaciones no la llenaban. Su cara, algunas veces, daba la impresión de un ser que está asfixiado. Todas estas cosas, sin pensarlo, las sintió confusamente Marta, viéndola. Comprendió que los libros eran de todo lo que contenía aquella casa lo menos deseable para Pino. Sin embargo, como ella se sentía tan rica con su cambio de vida en perspectiva, cualquier antojo de poseer cosas que los que se quedaban pudieran disfrutar, le parecía un poco abusivo. Dijo:
– Quizá a José no le guste… Eran de mi padre.
José no hizo la menor objeción. Marta hubiera quitado sus ropas de aquel baúl demasiado lleno para llevarse todos los libros, pero no se atrevió. Fue colocando los que pudo, y al fin se cerró el baúl.
Un grupo de amigas llegó más tarde hasta la finca, para despedirla. Marta miraba aquellas caras, que la juventud hacía florecer. Estaban conmovidas y excitadas con su marcha, pero no la envidiaban. Más bien parecían temerosas por ella.
– ¿No vas a volver nunca? ¿Ni en vacaciones?
– Nunca.
Marta no sabía por qué estaba tan segura de esto, pero lo estaba. Sabía que ella no era de las personas que vuelven.
– ¿Estás segura de que te vas "a hallar" en Madrid?
– No sé…
Madrid era el principio de una meta. Pero después -pensó Marta detrás de su sonrisa-, hay carreteras, otras ciudades, fronteras que se pueden atravesar… El mundo es inmenso. Está esperando ojos que lo miren, piernas que lo crucen. Si había una persona destinada a correr por el mundo, esa era ella. Hubiera podido ser cogida, detenida por el amor… Pero hay personas a las que el amor no quiere detener ni aprisionar. Ella estaba libre delante de su juventud. Para sus pies eran los caminos. Así pensaba.
– Pero, ¿no te da miedo?… Allí, vivir en una ciudad tan grande. Aquí es todo tan acogedor, tan de una… A mí me daría pena ir por las calles, y encontrar montones de gentes desconocidas.
– A mi me gusta.
– ¿Tú qué sabes, niña?
Marta sabía. Las mayores alegrías, las mayores penas que había tenido en su corta vida, las había pasado en soledad. Recordó sus vagabundeos, por las calles de Las Palmas, y sus llantos por cosas de que ellas no tenían idea, y recordó una noche con luna, cuando ella se bañaba sola, en el mar. La soledad no le daba miedo. Ni lo desconocido.
– A lo mejor al mes de marcharte estás pidiendo que te vuelvan a traer a tu casa. Dicen que Madrid está todo sucio y destrozado después de la guerra… Dicen que las gentes tienen sarna y caras de hambre, y, además, la guerra europea está encima, y allí tan cerca… ¡Fíjate que si España entra en la guerra otra vez!… Entonces me imagino que volverás aquí, ¿eh?
– No.
Estaban en el jardín, Marta y sus amigas. Cada una le decía una cosa. Todas llevaban los trajes veraniegos de colores vivos, alegres. Ella uno negro, de mangas cortas. Estaban en aquella glorieta de piedra, sobre el barranco, sentadas las amigas alrededor de la mesa, donde Marta se había encaramado, balanceando las piernas. Se sentía llena de sinceridad. No podía fingirles.
– No volveré. Siempre supe que me iría.
Se rieron. Dijeron que se acordara de cuando su hermano le negaba el permiso para la marcha.
– Si no fuera por tus tíos…
– Me hubiera ido de todas maneras. Ahora lo sé.
Estaba convencida de lo que decía, pero las otras no la creían. Las consideró, sonriendo. Estuvo a punto de contarles aquellos preparativos de huida, que hasta a ella misma le parecían, ya, una leyenda… No les dijo nada al fin. Al repasar el corro de caras alzadas hacia ella, vio que de ninguna manera comprenderían, aunque la quisieran tanto, aunque llegaran a reírle, como una gracia, la aventura.
Todos aquellos rostros eran dulces, felices, y Marta sabía que para entender cualquier cosa ajena a nuestra manera de ser, es necesario sufrir mucho.
Poco más tarde llegó el momento de despedirse de ellas. Una le dijo que, a medianoche, cuando saliera el barco, pensaba ir al muelle con sus padres para darle el último abrazo. A otra se le saltaron las lágrimas al besarla.
Al fin, subieron el camino de eucaliptos hacia la carretera, volviéndose muchas veces para decirle adiós con la mano. Un grupo coloreado de melenas rizosas, de tallas jóvenes. Marta las conocía una a una, las diferenciaba una a una. De lejos se confundían, sin embargo, en una misma masa juvenil.
Se quedó sola. Se le hicieron muy largos aquellos últimos momentos hasta la hora de la cena. Un rato más tarde se le ocurrió aquella idea de quemar sus papeles. Así, casi sin darse cuenta, se encontró en la carretera con el carterón de cuero bajo el brazo.
Tenía el sol de frente, marcando con una raya luminosa las líneas altas de la Cumbre al ponerse detrás de ella. El pico Saucillo se enrojecía como un carbón ardiente, en lo alto.
El suelo que pisaba, junto a una tapia, estaba lleno de bugambillas caídas; crujían bajo los pies y le recordaron las alfombras de flores frescas que se extienden en las calles el día de Corpus, al paso de la procesión. Junto a aquella tapia se reclinó un momento y dilató la nariz al olor de la tierra. De cada tallo, de cada hoja, de cada trozo de tierra, subía un olor distinto. No sabía ella si todos los campos del mundo tendrían aquel perfume. Estaba conmovida.
Por última vez sintió la música de Alcorah. Aquella sinfonía de tonalidades que bajaban por los barrancos desde la cumbre central, y de olores que suben de la tierra. Ella creyó un día que Daniel sería capaz de interpretarlos en su piano.
A un lado del camino encontró un lugar apropiado para encender su fuego, junto a una gran piedra.
Le parecía que la vida que iba a empezar era tan nueva, que no quería meterse en ella cargada con recuerdos viejos. Rompió sin compasión la pequeña agenda en que, día a día, había resumido durante varios meses, en unas frases cortas, sus impresiones. La niña que había escrito aquellas cosas no era ella ya. Le prendió fuego con mano segura y vio como ardía, con una especie de encantada fascinación. Luego, llegó el turno a unas cuantas hojas de cuaderno, cargadas con una letra alta y trágica, que había servido para expansionar su amor hacia Pablo, su primera desesperación… Sintió un poco de temblor al quemarlas. Aquello era, verdaderamente, convertir en cenizas su adolescencia. Ardieron más de prisa las hojas arrugadas que la agenda. Levantaron una breve y cálida llama que le iluminó la cara, y se consumieron rápidamente.
Dentro de la cartera sólo quedaban las leyendas de Alcorah. Las consideraba su obra, su ilusión. Le gustaban mucho, y no había pensado en desprenderse de ellas. Algo quería recordar de la isla cuando se fuese y estas leyendas suyas le servirían.
La escocían un poco los ojos con el humo. El olor a papel quemado se le pegaba al vestido. Oyó las campanillas de unas cabras, y se puso de pie. El crepúsculo estaba cayendo con rapidez. A la última luz se recortaron las siluetas de aquellos animales esbeltos, barbudos, parados un momento al silbo del cabrero, en la cuesta del camino de la Atalaya.
Marta se sonrió. Ella había visto así a los viejos demonios guanches. Los había hecho bailar hieráticos, entre las vides, en una de sus leyendas.
Sin saber por qué, cogió una ramita, y se inclinó al borde del camino donde había polvo. Escribió muchas frases ilegibles.
"Los demonios están en todas partes del mundo. Se meten en el corazón de todos los hombres. Son las siete pasiones capitales."
Las sombras caían tan rápidas, que aunque el polvo hubiese sido menos blando, y la rama con que escribía más afilada, tampoco hubiera podido leer sus palabras. Se irguió, y, con cierta vergüenza, borró aquello con sus sandalias. Ni siquiera era verdad que los demonios fuesen las siete pasiones capitales. Los demonios no se pueden contar.
Al apoyarse en la gran piedra junto a la que había hecho su hoguera, vio que el cielo al ennegrecerse había volcado un aluvión de estrellas grandes, bajas; a cada segundo más pesadas y brillantes, como si descendieran en una silenciosa y oprimente lluvia hacia ella.
El Roque Saucillo parecía traspasarlas.
Entonces supo Marta que no tenía necesidad de llevarse las leyendas de Alcorah para recordar la cálida hermosura de la isla. Supo el porqué de su rotunda afirmación de que no volvería allí.
Todos aquellos caminos, hartos de soportar el peso de sus sandalias, estaban dentro de su alma. La silueta de la Cumbre, y el silencio de los barrancos, el mar y las playas, humedecerían siempre el latido de su sangre. Donde quiera que fuese, la isla iría con ella.
Despacio, acabó de vaciar su cartera. Arrugó los papeles que quedaban allí; de nuevo frotó una cerilla para prenderlos. Las leyendas que no quiso leer nadie, se quemaron, crepitando, humeando, como la víctima del sacrificio a un dios pagano. Al fin, quedaron sólo unas cenizas retorcidas. Marta las aventó.
El fulgor del cielo pesaba angustiosamente sobre el camino, cuando la muchacha volvió hacia la finca. Tuvo la sensación, como tantas otras veces, de que se le había hecho muy tarde. Empezó a correr.
Al llegar al jardín, oyó su nombre. La llamaban José y Pino, más nerviosos que ella misma, para su última cena en la casa.