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Capítulo 18

Era noche cerrada cuando el fiel criado acudió a recibir a su amo.

– Nako, ¿cómo ha pasado el día mi invitada?

– Ha salido con el señor Jensen, señor.

– ¿Con Kurt? -preguntó Jake, visiblemente enojado-. ¿Cuándo? ¿Adónde han ido?

– Esta tarde, tras el almuerzo. La señora Edwards ha bajado al salón y se ha encontrado con el administrador. Entonces le ha pedido que la llevase a la misión, señor.

– ¿Por qué llamas señora Edwards a la hermana Marie…?

– Disculpe, señor. Ella es… La mujer que vino en el barco hace unos meses -respondió el sirviente, atemorizado.

– ¿Mi… esposa? -Jake se volvió bruscamente, como si lo hubieran espoleado-. Tú hablaste con ella cuando llevaste mi mensaje -dijo, acercándose a él-. ¿Me estás diciendo que fue a la hermana Marie a quien le diste los diamantes?

– Sí, señor. Estoy seguro. No había ninguna otra mujer blanca en el puerto, y esta mañana la he reconocido cuando bajaba la escalera, aunque se ha cortado el pelo y está más delgada. He creído que usted había cambiado de opinión con respecto a su matrimonio, señor -explicó el sirviente, azorado.

Por toda respuesta, Jake dio media vuelta, bajó la escalinata, arrancó el coche con furia y partió colina abajo a gran velocidad.

– ¡Es ella, mi propia esposa, y ha estado burlándose de mí todo este tiempo! Voy a traerla a casa. La muy embustera… ¡Nadie se ríe de Jake Edwards!

Conducía ciego de ira cuando una fuerte tromba de agua empezó a caer. Aminoró la velocidad al recorrer los caminos embarrados que llevaban al sur. El asfaltado de la zona urbana había quedado atrás y debía ir con prudencia para no quedarse atascado en los baches causados por la violenta tormenta que descargaba en aquel momento.

Detuvo el coche y se quedó inmóvil en la oscuridad, escuchando el sonido del agua que golpeaba con furia el cristal. Sólo entonces tomó conciencia de los mensajes que ella le había enviado durante su conversación de la tarde anterior y aquella misma mañana. Eran mensajes de rabia, de desconfianza, de resentimiento; y mientras tanto, Jensen tomaba posiciones. ¡Y delante de sus propias narices! ¿Acaso se había enamorado del alemán?

Bajo la apocalíptica tormenta, Jake Edwards evocó la devastadora experiencia con su primera esposa y concluyó que, a pesar de los años que habían pasado, no lamentaba su muerte, al contrario; aquellos turbulentos recuerdos regresaban nítidos a su memoria, alzándose como una ola gigante que nublaba su juicio.

Pero eso pertenecía al pasado, y ahora, la perturbadora atracción que sentía por Marie le liberaba de aquella desazón. Tenía que idear una estrategia para que ella se uniera a él de forma voluntaria y definitiva. Esa vez no podía cometer los mismos errores; el destino le había regalado otra oportunidad, quizá la última, de recuperar aquellos años dilapidados por el rencor y los remordimientos.

«Muy bien. Si ella quiere jugar, voy a apostar mi última carta… y pienso ganar esta partida», se dijo. Después arrancó de nuevo el coche y dio la vuelta.