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Las religiosas se afanaban en el huerto y las niñas necesitaban atención, pero Ann Marie se sentía débil y padecía fuertes jaquecas y mareos. Habían pasado dos días desde su regreso a la misión y Jake no había demostrado interés por verla, aunque sí por su salud, pues había dado instrucciones al doctor White de que la visitara diariamente para seguir su evolución; también habían recibido regalos que mostraban su voluntad de enmendar su error: el padre Damien estaba feliz con la nueva camioneta que le hizo llegar a través de un sirviente, y les envió varios peones con el cometido de levantar de nuevo la capilla destruida por el antiguo capataz y sus hombres.
Aquella tarde el sol brillaba con fuerza. Después del último aguacero, Ann Marie agradecía la luminosa tregua. Se puso un pantalón corto y una blusa de algodón de vivos colores y se dirigió a la playa para disfrutar de la brisa marina. Una vez allí, extendió una manta sobre la arena, donde se tumbó a leer un libro a la sombra de un conjunto de palmeras que con sus caprichosas formas ofrecían una semipenumbra que sólo dejaba pasar entre sus hojas unos tenues rayos de sol.
Ann estaba desilusionada. Jake no la había ido a visitar y ella se atribuía parte de culpa: se había ido sin despedirse después de una desagradable discusión. Quizá él se había molestado por su ingratitud y había reconsiderado su proposición de matrimonio. «Tal vez sea mejor así. Yo sólo representaba un trofeo y, a estas alturas, se habrá convencido de que tenía pocas posibilidades», se dijo, cerrando los ojos. Estaba bien allí, acompañada por el rumor de las olas y el chillido de las gaviotas.
– Hola, Marie, ¿cómo te encuentras?
Aquella voz tan peculiar la devolvió al mundo real. ¡Era él! Estaba de pie, a su lado, bajo las palmeras.
– Mejor, gracias -respondió, abriendo los ojos y tratando de incorporarse.
– Por favor, no te levantes, siento haberte despertado. -Se arrodilló y le puso las manos en los hombros para evitar que se moviera. Después se tendió en la manta junto a ella, apoyándose en un codo y sin dejar de mirarla-. Me ha dicho el doctor que estás más recuperada -dijo, tratando de esbozar una sonrisa.
– Sí. Las jaquecas van remitiendo.
Se quedaron en silencio, contemplándose como si ambos aguardaran a que el otro hiciera el primer movimiento. Ann seguía tendida, y él, recostado a su lado e inclinado sobre ella.
– Marie, he venido a informarte de que mis abogados han iniciado los trámites para solicitar la anulación de mi matrimonio.
– ¿Has contactado ya con tu mujer?
– No, pero estoy a punto de localizarla.
– Eres un cabezota. -Sonrió-. Creía que habías desistido de tu empeño de casarte conmigo.
– Espero que cuando llegue el momento hayas cambiado de opinión. Me han asegurado que ese asunto pronto quedará resuelto. -Hablaba con voz tranquila y persuasiva, observándola.
– ¿Y si se niega a concederte la anulación?
– ¿Por qué iba a hacer algo así?
– Para devolverte el golpe. Si tú no tuviste consideración con ella, ¿por qué debería tenerla ella contigo?
– Si estuvieras en su lugar, ¿me lo negarías?
– Si yo fuese tu mujer, estaría encantada de fastidiarte. -Sonrió con ojos burlones-. Y si el motivo de la solicitud de anulación era para casarte con otra, pondría todos los obstáculos del mundo para evitarlo, aunque me enviases montañas de diamantes.
– Vaya, veo que eres rencorosa.
– No es rencor, es amor propio. A nadie le gusta que se burlen de él. Si quieres recuperar tu libertad, allá tú, pero a mí no me utilices como excusa. No es asunto mío. He pedido el traslado al continente y me marcho en el próximo barco, dentro de dos semanas. -Ann Marie quería ver su reacción y ésta no tardó en llegar.
– ¿Marcharte? -exclamó desconcertado-. Pero… ¿por qué? Esperaba que consideraras mi propuesta de matrimonio.
– En estas circunstancias no puedo pensar con claridad…
– ¿Es por Kurt?
Ann Marie observó con regocijo que estaba celoso y no se molestó en responder en seguida. Tras un incómodo silencio, se incorporó y se quedó sentada en la manta, dándole la espalda.
– Es por mí. Necesito aclarar mis sentimientos.
– ¿Hacia quién…?
Ella se encogió de hombros y suspiró, negando con la cabeza, indicando que no sabía qué responder.
Jake se incorporó también y se acercó para hablarle al oído.
– Aún no le has perdonado, ¿verdad?
– ¿A quién?
– Al hombre que te abandonó. Quizá esté arrepentido… ¿Te casarías con él si te lo pidiera otra vez?
Ann Marie se quedó desconcertada. Parecía que hablase con doble sentido, como si estuviera pidiendo disculpas por su falta, así que decidió desviar la conversación.
– Ese hombre forma parte del pasado. Apenas lo recuerdo. Pasó hace mucho tiempo.
– Ese necio no sabía lo que hacía. Se equivocó. Pero yo no pienso renunciar a ti. Llevo esperándote demasiado. -Posó la mano en su cintura y se la introdujo por debajo de la blusa. Ann Marie se estremeció.
– Jake, esto es muy difícil para mí… Es una situación complicada…
– Cierra los ojos y déjate llevar.
Ann notó sus labios en el cuello y la caricia se hizo más profunda. Era inútil, se sentía incapaz de rechazarle. Él tiró de sus hombros hacia atrás y la obligó a tenderse de nuevo; después se colocó sobre ella y la besó. De repente, Ann decidió que aquél no era el lugar ni el momento adecuados para dar rienda suelta a sus deseos. Antes debían aclarar su situación.
– ¡Espera, Jake! Antes tenemos que hablar…
– Hablaremos más tarde -contestó, mientras devoraba sus labios. Después vendrían las explicaciones, las disculpas y el resto de los detalles de su extravagante boda.
– Para, por favor… Deja que te explique. Esto no es tan fácil como crees. -Trataba de detenerlo colocándole la mano en la mejilla-. Hay algo que debes saber…
– No hay nada que explicar.
Jake le cogió la mano, y le besó la palma. Ann Marie estaba tan aturdida que apenas pudo protestar, y siguió bajo su cuerpo mientras él unía otra vez su boca a la de ella. Rodaron por el suelo fundidos en un apasionado beso, libres de prejuicios y formalidades. La pasión recorrió sus cuerpos como una descarga eléctrica; ninguno de los dos recordaba cuándo había sentido por última vez aquel deseo urgente de hacer el amor.
– Jake, no podemos hacer esto… Así no… -Ann le agarró las manos cuando él ya recorría los botones de su blusa, desabrochándoselos uno a uno, presa de una excitación como la de un adolescente en su primera cita.
– ¿Cómo entonces?
– No pienso convertirme en tu amante.
– Pues entonces sé mi esposa.
– Muy seguro estás tú de qué voy a aceptar tu proposición… -replicó molesta.
– Te advierto que no pienso cesar en mi empeño hasta conseguirlo -le dijo, tratando de besarla de nuevo.
– No podemos tomarnos esto tan a la ligera. Por favor, respétame -pidió ofuscada, colocándole ambas manos en el pecho para apartarlo.
Estaba tan obsesionada con no volver a caer bajo el dominio de un hombre, que no supo captar el velado mensaje que él le estaba enviando. La experiencia de su primer matrimonio la convirtió en una mujer rebelde y difícil de dominar, y temía repetir con su nuevo marido la relación de sometimiento que se había producido con el anterior. Ella también tenía derecho a fijar condiciones y definir sus prioridades.
– Sé que sientes lo mismo que yo…
– ¡Qué sabes tú de mis sentimientos…! ¡Nada! No tienes idea de cómo me sentí cuando… -De repente se calló. Iba a reprocharle su abandono el día de su llegada, pero rectificó en el último instante.
Jake esperó a que continuara, pero los dos permanecieron callados. Ann Marie bajó los ojos y se quedó sentada en el suelo, dándole la espalda.
– Necesito reflexionar a solas.
– Vente a casa y hablaremos con calma; quiero tenerte cerca, hacerte el amor… -dijo, estrechando su cintura y acercándose de nuevo para besarla.
– Cuando seas un hombre libre, ven a buscarme. Por ahora, me quedo aquí -respondió ella, sin darle posibilidad de réplica.
Él suspiró y se quedó inmóvil, molesto por su respuesta. Sin embargo, comprendió que su insistencia no serviría de nada, y que todo lo que Ann quisiera ofrecerle se lo daría por voluntad propia, sin tener en cuenta la presión que ejerciera sobre ella.
– ¿A qué estás jugando, Marie?
– Juego a dejarte claro que sólo yo decidiré qué clase de relación vamos a tener. Y te aseguro que no pienso iniciarla en este momento ni en este lugar. Tus métodos de seducción no son demasiado ortodoxos.
– Aún no te he seducido. Me obligas a seguir tus reglas…
– Porque vas demasiado de prisa y das por sentadas muchas cosas. Demasiadas, y yo…
– … y tú no piensas ponérmelo fácil… -La interrumpió.
Jake esperó una respuesta, pero ella no contestó en seguida.
– Cuando consigas el divorcio, volveremos a hablar de matrimonio.
– ¿Te casarás conmigo entonces?
– Tal vez… -murmuró, dirigiéndole una mirada cargada de reserva.
¡Ajá! Jake sonrió triunfante. Ann observó su satisfacción ante aquella declaración de intenciones y él advirtió que no pensaba revelarle su verdadera identidad por el momento. Aceptó la respuesta y decidió no forzar la situación. Se había propuesto seducirla a cualquier precio, pero ella debía acercarse voluntariamente, ser la que tomara la iniciativa de regresar a casa con él.
– ¿Y si la anulación tarda más de lo previsto?
– Eres un hombre rico, seguro que podrás solucionarlo. Si tus sentimientos son firmes, podrás esperar.
– ¿Y los tuyos?
– Los míos están algo confusos, necesito un tiempo de reflexión.
Aún se resistía a mostrarle su afecto. Para ella suponía una claudicación, y su orgullo seguía resentido. Esperaría un poco más, quizá en el próximo encuentro.
– De acuerdo, esperaré el tiempo que haga falta. Pero te advierto que acabaré siendo para ti el único hombre de esta isla… y del mundo. -Le acarició el pelo y luego le sujetó la barbilla y le pasó el pulgar por los labios-. Mañana viajo al continente. Te echaré de menos.
La estrechó de nuevo y se besaron largamente, hasta quedar fundidos en un cálido abrazo. La penumbra del ocaso cayó sobre el lugar, ofreciendo una tétrica visión de sombras.
– Espérame… -dijo incorporándose, sin dejar de mirarla-. Cuando regrese, tendremos mucho de qué hablar, y vendrás conmigo para siempre.
Ann Marie le acarició la mejilla y él le cogió la mano para besársela. Se levantó despacio y se marchó, dejándola sola sobre la arena.
La tregua había acabado, y Ann Marie comprendió que aquella farsa también debía terminar. La barrera que los separaba se había derrumbado. Ella deseaba vivir con Jake, amarlo y ser amada por él. Había deseado con todas sus fuerzas que la cogiera en brazos y la llevara al hogar que tenían que haber compartido desde el principio, y consideró que ya había suficientes mentiras y secretos respecto a su auténtica identidad. Pronto quedaría todo aclarado. Los sentimientos de Jake parecían sinceros y mostraba una inquebrantable voluntad de hacerla su esposa. ¿Qué más podía esperar? ¿No era así el personaje de su inacabada novela romántica? Se sentía deseada y atendida por un hombre enamorado, y por suerte, ella no era la protagonista enferma y moribunda, sino una mujer sana que tenía ante sí la posibilidad de vivir una apasionada historia de amor… Lo estaba deseando con todas sus fuerzas.
Aquella misma noche habló con la hermana Antoinette. Le dijo que Jake le había propuesto matrimonio y que pronto se marcharía a vivir con él.
– Pero eso es muy raro. Bueno, tal vez sea lo correcto… ¿O no? -murmuró, llevándose las manos a las mejillas, con los ojos muy abiertos-. ¿Por qué no le has aclarado de una vez que eres su esposa?
– Le he dicho que quizá me case con él, pero no me he atrevido a confesarle la verdad. Ahora soy su prometida.
– Ann, eso no está bien -dijo, la religiosa negando con la cabeza con desaprobación-. Estás jugando con fuego…
– Es que no puedo evitarlo. -Se encogió de hombros-. Cada vez que estoy a punto de decírselo, me parece que no es el momento adecuado y lo retraso una vez más.
– ¿Confías en él?
– Sí. Está enamorado de mí, hoy lo he sentido, y en cuanto regrese le explicaré todo este enredo.
– ¿Te ha hablado de su primera esposa?
– Pues no; bueno, sí. Me dijo que a ella no le gustaba vivir aquí y que no fueron felices.
– ¿Nada más?
– ¿Crees que debería averiguar algo más sobre su pasado?
– Intentaba sugerirte que ambos deberíais profundizar un poco más sobre el otro antes de iniciar una vida en común. Todavía estás a tiempo -sentenció Antoinette, con la sutileza que sólo los años y la experiencia otorgan-. Reúnete con él en cuanto regrese y pídele un margen de tiempo para conoceros mejor. Háblale de tu anterior marido y que él te cuente su experiencia de su primer matrimonio. Eso es todo.
Aquella noche, Ann apenas pudo dormir. Trataba de imaginar su nueva vida en aquella gran mansión, junto a Jake. Su deseo de dejar la isla había desaparecido, y no porque él fuera a impedírselo. Era la fascinación que sentía por aquel hombre lo que la ataba a aquella tierra, rendida ya ante la evidencia de que lo amaba profundamente. No sabía desde cuándo, si había sido desde su primer encuentro en la playa o desde que la visitó en la misión para pedirle explicaciones sobre los diamantes, pero estaba segura de que la unía a él un firme sentimiento que sólo había experimentado una vez, al principio de su primer matrimonio. Con cierta angustia, intuía que Jake era un hombre difícil, aunque se repetía que a veces las apariencias engañan. John la enamoró con una gentil sonrisa, pero al poco tiempo perdió el encanto, convirtiéndose en un compañero desleal. Jake era totalmente opuesto: era franco y se le veía venir, a pesar de su áspero carácter. Sus extrañas maniobras en los últimos encuentros la tenían desconcertada: le pareció sincero cuando le habló de su amor en su casa, pero aquella última tarde le había hecho algunas insinuaciones que la pusieron en guardia. ¿Sabía quién era ella en realidad? Ahora, su principal inquietud era cómo decirle la verdad.
Aquella noche, Ann escribió en su diario:
La sombra de John ha revoloteado entre nosotros cuando he percibido en Jake una excesiva confianza en mi claudicación, pero debo admitir de una vez que estoy locamente enamorada. Hoy he estado a punto de confesarle la verdad, y quizá debería haberlo hecho, pero ya no habrá más aplazamientos; en cuanto regrese de su viaje, hablaré con él y comenzaremos desde cero, como el matrimonio que somos. Me duele separarme de los religiosos y de las niñas, pero debo seguir el camino que yo misma me marqué cuando salí de Londres. Además, no es un adiós definitivo, sino un cambio de residencia, pues no tengo intención de desentenderme de ellos. El primer acercamiento con Jake no ha ido nada mal, una experiencia difícil de olvidar, y estoy segura de que él comenzará a tramitar la anulación del matrimonio con mayor urgencia. Tengo que decirle que no es necesario. Al contrario: ¡no debe mover un solo papel!