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Capítulo 22

Jake Edwards se deshizo de Charlotte y tomó la dirección sur hacia la misión, para ir en busca de Ann Marie. Entró en el dispensario, pero lo encontró desierto y a oscuras. Después llamó a la puerta de las religiosas, que le abrieron sobresaltadas por la intempestiva visita. Pero ella no estaba allí, y la camioneta tampoco. Condujo de vuelta con gran desasosiego, examinando despacio las cunetas y el camino, inquieto ante la posibilidad de que hubiera tenido un percance, pero no halló ni rastro del vehículo. Regresó al pueblo, y al recorrer la calzada principal, inmediatamente reconoció la camioneta de la misión aparcada ante la casa de su administrador.

Aparcó, salió del coche y lo cerró de un portazo. Después abrió la verja de la casa, se dirigió con paso firme hacia la puerta principal y abrió sin llamar, haciendo que la hoja chocara contra la pared. Se quedó atónito al ver la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos: Marie estaba en el sofá, en brazos de Kurt, y esa visión lo llenó de ira.

– ¿Qué está ocurriendo aquí? -gritó desde el umbral.

A simple vista, Jake no podía adivinar que en realidad Ann Marie trataba de deshacerse del alemán, que la sujetaba por la cintura para vencer su resistencia y besarla de nuevo. Gracias a su oportuna irrupción, el administrador la soltó bruscamente, separándose de ella y levantándose del sofá. Jake se acercó a ellos con gesto crispado.

– Señor Edwards… es… La hermana Marie… No se encuentra bien, ha bebido demasiado y yo iba a acompañarla a la misión -tartamudeó, sin atreverse a mirar de frente a su jefe.

– ¿Y quién la ha incitado a beber? -preguntó Jake con recelo, señalando los dos vasos que había sobre la mesa, junto a una botella de whisky medio vacía.

– He sido yo, nadie me ha obligado -lo desafió Ann Marie con ojos vidriosos.

Jake la miró, y luego a Kurt.

– Si vuelves a acercarte a ella, te echaré a patadas de esta isla -amenazó, señalándolo con un dedo. Después se inclinó para coger a Ann Marie del brazo-. Vámonos, Marie.

Ella se dejó llevar dócilmente; Jake la ayudó a acomodarse en su coche y luego condujo en silencio.

– Llévame a la misión -pidió con voz insegura.

– No. Te llevo a casa.

– Ni lo sueñes. Voy a coger el barco que sale dentro de unos días. Regreso a Londres.

– Ya hablaremos de ese asunto cuando estés serena.

– No tenemos nada de que hablar -sentenció-. Está todo aclarado, tanto por tu parte como por la mía.

– ¿Y eso qué significa? -Jake se volvió para mirarla con gravedad.

Habían llegado y detuvo el coche cerca de la escalinata.

– Lo que has oído -le espetó Ann Marie con rencor.

Jake bajó del coche y lo rodeó para abrirle la puerta, pero Ann Marie no se movió; se quedó de brazos cruzados, en actitud desafiante.

– Vamos, sal del coche.

– Quiero volver a la misión -insistió con tozudez.

– Te quedarás aquí.

– ¿Vas a obligarme?

– No. Baja y hablemos con calma, por favor.

– Aún no me has preguntado si quiero estar aquí. No lo crees necesario, ¿verdad? Mi opinión y mis sentimientos carecen de importancia para ti. Me humillas presentándote con otra mujer y después me llevas a tu casa en contra de mi voluntad. -Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y se las enjugó con un gesto brusco, furiosa por demostrar sus sentimientos.

– No, Marie, estás en un error. -Jake le hablaba con suavidad, consciente de su estado anímico y de su embriaguez-. Entre Charlotte y yo no hay nada. Te doy mi palabra.

– Tu palabra… tu palabra… ¿Cuántas palabras me has dado ya? Mentiroso, eres un… -Pero el torbellino de sentimientos había tomado el control y no pudo dominar el llanto.

Jake esperó en silencio unos minutos.

– Marie, lamento lo que ha pasado esta noche y te aseguro que no se volverá a repetir. Anda, vamos -susurró, cogiéndole la mano para ayudarla a salir del coche.

Esta vez ella se bajó despacio y avanzó vacilante a su lado; al llegar a la escalinata, Jake colocó el brazo sobre sus hombros y la ayudó a subir pegada a él. Ann Marie no opuso resistencia y continuaron en silencio hasta el dormitorio de la primera planta; entonces la condujo hacia la cama, abrió la colcha y esperó a que ella se sentara.

– Ahora debes descansar. -Se inclinó para ayudarla a tenderse.

– ¡Te odio! ¡No vuelvas a tocarme! -exclamó casi sin aliento, apartándole las manos.

Él se incorporó y soltó un paciente suspiro, sin decir nada ni hacer ningún movimiento que pudiera empeorar aún más el desastroso final de aquella desastrosa velada. La dejó sola, pero más tarde regresó para comprobar que dormía tranquila.